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El diablo metido a arquitecto

El diablo metido a arquitecto

Arrancamos hoy en DEIA un espacio dominical que descubrirá rincones perdidos de nuestra geografía con la historia del Puente de Castrejana, conocido como Puente del Diablo. Por sus piedras sopla la leyenda de una venta de alma a Satanás a cambio de un paso que uniese dos corazones cautivados

he aquí una historia de amor escrita con mayúsculas, un romance a la altura de los Capuletos y los Montescos, una leyenda de orígenes inciertos que se sitúa en la ribera del río Cadagua, una suerte de frontera geográfica y natural entre los municipios de Bilbao y Barakaldo. El relato tiene un enclave físico bien real, el puente de Castrejana, al que también se conoce como Puente del Diablo (pronto les contaré por qué…), cuya fecha exacta de construcción se desconoce, aunque se sitúa entre finales del siglo XIV o principios del siglo XV. Los legados de la época se lo atribuyen al maestro Pedro Ortiz, de Lekeitio, con la autorización de la reina Isabel, la Católica;la leyenda dice que fue la mano del Diablo la que lo puso en pie. Eran tiempos medievales, donde la mitología, las leyendas y los espíritus se colaban por las rendijas de todo conocimiento científico.

Está registrado que por el puente cruzaron comerciantes castellanos de lana, que bajaban con sus mercancías desde la meseta (hay reseñas del siglo XIX que destacan su papel principal al formar parte del Camino Real que unía Bilbao y Castilla a través de Balmaseda y del Valle de Mena…) y peregrinos rumbo a Santiago de Compostela, siguiendo el camino jacobeo de la costa. Muchos de ellos eran cristianos del norte de Europa y de las Islas Británicas que arribaban a los puertos vascos, como Bilbao. Los cronicones de la época cuentan que uno de los peregrinos más célebres fue el obispo de Oporto, Hugo, quien en 1120 dejó escrito: “Se encuentran por doquier la aspereza del lugar, la atrocidad de sus habitantes, la furia hinchada de los brazos del Océano”. Asombra la buena conservación de la calzada peregrina con losas de arenisca, roca muy común en la zona, y que favoreció la presencia de un árbol poco común hoy en día en nuestros montes: el abedul, conocido también en la antigüedad como el árbol de 1a sabiduría, habida cuenta que sus flexibles ramas eran usadas como vara y fusta de castigo para los díscolos discípulos y los estudiantes descarriados.

Una mirada arquitectónica a la construcción lo describe con todo lujo de detalles. Está realizado con sillares de piedra arenisca, formando un solo arco de medio punto. Los estribos se apoyan sobre las márgenes rocosas del río. El arco es el primer elemento del puente que se construye y las dovelas (piezas que dan forma al arco) se disponen en una doble hilada, según describen los técnicos en la materia.

Los libros de Historia tampoco olvidan este enclave. En 1836, durante la Primera Guerra Carlista, fue objeto de un duro combate. Las tropas isabelinas de Baldomero Espartero ocuparon Barakaldo con el propósito de romper el cerco de Bilbao. Los carlistas se replegaron cruzando el puente hasta Castrejana, pero las tropas de su brigadier Prudencio de Sopelana habían tomado posiciones en altura para controlarlo, y desde ellas masacraron a las tropas isabelinas que intentaron tomarlo.

Hasta aquí habla la razón, que tantas veces se da de bruces con la mitología, las leyendas y los viejos cuentos medievales. Porque el puente de Castrejana fue también conocido como el Puente del Diablo, según recogen historiadores de la época. Oigámosle, por ejemplo, al escritor vizcaino Antonio Trueba, quien dejó plasmado en una de sus obras lo que un amigo suyo le contó sobre la construcción de este puente, al que los vecinos denominan el Puente del Diablo. “Se cuenta que hace mucho tiempo, una joven que llevaba siempre un gallo vendió su alma al Diablo a cambio de un puente que le permitiera cruzar a la otra orilla del Cadagua, donde vivía su amado. Cuando solo faltaba una dovela para acabar el puente, la joven se arrepintió y el canto del gallo ahuyentó al demonio. Pudo así salvar su alma, cruzar las aguas y ver a su enamorado”.

La historia ha sobrevivido hasta hoy en día con diversas variedades. Algunas tradiciones cuentan que fue un ángel el que desvió la última piedra de la obra del diablo, habida cuenta que el pacto estaba sellado siempre y cuando el emisario de Belcebú acabase la obra de ingeniería antes de que cantase el gallo. Al no estar el puente construido, la maldición se deshizo y el diablo no logró hacerse con aquel cándido espíritu. Según otros vecinos de la zona, diversas narraciones hablaban de que no fue un ángel sino la mano sagrada de San José, quien con la fuerza sagrada de su vara de avellano detuvo la última piedra allá donde la clavó. Son historias que el viento de la tradición oral ha llevado de generación en generación: con variaciones pero siempre con el mismo fondo: el amor entre dos jóvenes separados por un río.

Hay variaciones menos satánicas. Un relato menos extendido atribuye a unos geniecillos de figura semihumana, los mikolases, la construcción del puente. Estos diablillos se disponían en fila desde una cantera cercana hasta el puente pasándose uno a otro los sillares de piedra. Más allá de los mitos y leyendas referentes al macho cabrío, de los alrededores de aquel puente de orígenes singulares llega la historia de los viejos robles que bordean el camino y cubren el suelo de sabrosas bellotas que, según dicen, eran recogidas por las mujeres porque, se murmuraba, las mantenía jóvenes al considerarse que los robles gastaban fama de longevos. He ahí a la madre naturaleza espolvoreando su aliento sobre el acervo popular de los pueblos.

Verán que a lo largo de los tiempos la presencia del diablo en nuestras calles ha sido algo común en la imaginación de los diversos habitantes. Más allá de esa puente de larga leyenda, hay otros relatos que hablan del Paseo de los Caños, donde, según cuentan los conocedores de los arcanos secretos, se esconden entre las sombras las huellas dejadas por el Diablo y el Ángel al emprender una carrera por el alma de una desgraciada joven. Como ven, los descendientes de Satanás han pasado por la villa de cacería,casi siempre en pos de almas jóvenes, bien como arquitectos de mano firme o bien como corredores de fondo. Si miran a su espalda y notan un aliento o una presencia gélida, tiemblen. O salúdenle si lo prefieren. Pero sepan que a él, a su Satánica Majestad, le gusta visitarnos.

Tomado de www.DEIA.eusk.

El diablo metido a arquitecto

Arrancamos hoy en DEIA un espacio dominical que descubrirá rincones perdidos de nuestra geografía con la historia del Puente de Castrejana, conocido como Puente del Diablo. Por sus piedras sopla la leyenda de una venta de alma a Satanás a cambio de un paso que uniese dos corazones cautivados

he aquí una historia de amor escrita con mayúsculas, un romance a la altura de los Capuletos y los Montescos, una leyenda de orígenes inciertos que se sitúa en la ribera del río Cadagua, una suerte de frontera geográfica y natural entre los municipios de Bilbao y Barakaldo. El relato tiene un enclave físico bien real, el puente de Castrejana, al que también se conoce como Puente del Diablo (pronto les contaré por qué…), cuya fecha exacta de construcción se desconoce, aunque se sitúa entre finales del siglo XIV o principios del siglo XV. Los legados de la época se lo atribuyen al maestro Pedro Ortiz, de Lekeitio, con la autorización de la reina Isabel, la Católica;la leyenda dice que fue la mano del Diablo la que lo puso en pie. Eran tiempos medievales, donde la mitología, las leyendas y los espíritus se colaban por las rendijas de todo conocimiento científico.

Está registrado que por el puente cruzaron comerciantes castellanos de lana, que bajaban con sus mercancías desde la meseta (hay reseñas del siglo XIX que destacan su papel principal al formar parte del Camino Real que unía Bilbao y Castilla a través de Balmaseda y del Valle de Mena…) y peregrinos rumbo a Santiago de Compostela, siguiendo el camino jacobeo de la costa. Muchos de ellos eran cristianos del norte de Europa y de las Islas Británicas que arribaban a los puertos vascos, como Bilbao. Los cronicones de la época cuentan que uno de los peregrinos más célebres fue el obispo de Oporto, Hugo, quien en 1120 dejó escrito: “Se encuentran por doquier la aspereza del lugar, la atrocidad de sus habitantes, la furia hinchada de los brazos del Océano”. Asombra la buena conservación de la calzada peregrina con losas de arenisca, roca muy común en la zona, y que favoreció la presencia de un árbol poco común hoy en día en nuestros montes: el abedul, conocido también en la antigüedad como el árbol de 1a sabiduría, habida cuenta que sus flexibles ramas eran usadas como vara y fusta de castigo para los díscolos discípulos y los estudiantes descarriados.

Una mirada arquitectónica a la construcción lo describe con todo lujo de detalles. Está realizado con sillares de piedra arenisca, formando un solo arco de medio punto. Los estribos se apoyan sobre las márgenes rocosas del río. El arco es el primer elemento del puente que se construye y las dovelas (piezas que dan forma al arco) se disponen en una doble hilada, según describen los técnicos en la materia.

Los libros de Historia tampoco olvidan este enclave. En 1836, durante la Primera Guerra Carlista, fue objeto de un duro combate. Las tropas isabelinas de Baldomero Espartero ocuparon Barakaldo con el propósito de romper el cerco de Bilbao. Los carlistas se replegaron cruzando el puente hasta Castrejana, pero las tropas de su brigadier Prudencio de Sopelana habían tomado posiciones en altura para controlarlo, y desde ellas masacraron a las tropas isabelinas que intentaron tomarlo.

Hasta aquí habla la razón, que tantas veces se da de bruces con la mitología, las leyendas y los viejos cuentos medievales. Porque el puente de Castrejana fue también conocido como el Puente del Diablo, según recogen historiadores de la época. Oigámosle, por ejemplo, al escritor vizcaino Antonio Trueba, quien dejó plasmado en una de sus obras lo que un amigo suyo le contó sobre la construcción de este puente, al que los vecinos denominan el Puente del Diablo. “Se cuenta que hace mucho tiempo, una joven que llevaba siempre un gallo vendió su alma al Diablo a cambio de un puente que le permitiera cruzar a la otra orilla del Cadagua, donde vivía su amado. Cuando solo faltaba una dovela para acabar el puente, la joven se arrepintió y el canto del gallo ahuyentó al demonio. Pudo así salvar su alma, cruzar las aguas y ver a su enamorado”.

La historia ha sobrevivido hasta hoy en día con diversas variedades. Algunas tradiciones cuentan que fue un ángel el que desvió la última piedra de la obra del diablo, habida cuenta que el pacto estaba sellado siempre y cuando el emisario de Belcebú acabase la obra de ingeniería antes de que cantase el gallo. Al no estar el puente construido, la maldición se deshizo y el diablo no logró hacerse con aquel cándido espíritu. Según otros vecinos de la zona, diversas narraciones hablaban de que no fue un ángel sino la mano sagrada de San José, quien con la fuerza sagrada de su vara de avellano detuvo la última piedra allá donde la clavó. Son historias que el viento de la tradición oral ha llevado de generación en generación: con variaciones pero siempre con el mismo fondo: el amor entre dos jóvenes separados por un río.

Hay variaciones menos satánicas. Un relato menos extendido atribuye a unos geniecillos de figura semihumana, los mikolases, la construcción del puente. Estos diablillos se disponían en fila desde una cantera cercana hasta el puente pasándose uno a otro los sillares de piedra. Más allá de los mitos y leyendas referentes al macho cabrío, de los alrededores de aquel puente de orígenes singulares llega la historia de los viejos robles que bordean el camino y cubren el suelo de sabrosas bellotas que, según dicen, eran recogidas por las mujeres porque, se murmuraba, las mantenía jóvenes al considerarse que los robles gastaban fama de longevos. He ahí a la madre naturaleza espolvoreando su aliento sobre el acervo popular de los pueblos.

Verán que a lo largo de los tiempos la presencia del diablo en nuestras calles ha sido algo común en la imaginación de los diversos habitantes. Más allá de esa puente de larga leyenda, hay otros relatos que hablan del Paseo de los Caños, donde, según cuentan los conocedores de los arcanos secretos, se esconden entre las sombras las huellas dejadas por el Diablo y el Ángel al emprender una carrera por el alma de una desgraciada joven. Como ven, los descendientes de Satanás han pasado por la villa de cacería,casi siempre en pos de almas jóvenes, bien como arquitectos de mano firme o bien como corredores de fondo. Si miran a su espalda y notan un aliento o una presencia gélida, tiemblen. O salúdenle si lo prefieren. Pero sepan que a él, a su Satánica Majestad, le gusta visitarnos.

Tomado de www.DEIA.eusk.

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