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El Ferrocarril de La Robla

El Ferrocarril de La Robla

El Ferrocarril de La Robla constituye la lí­nea de ví­a estrecha más larga de Europa Occidental, con 335 km, comprendida entre La Robla (León) y Bilbao (Vizcaya), en España.

Su tramo principal, entre La Robla y Valmaseda, fue inaugurado el 11 de agosto de 1894. Su objetivo principal era acercar la importante producción carboní­fera de las cuencas de León y Palencia a su consumo en la poderosa industria siderúrgica de Vizcaya. El proyecto fue promovido y realizado por el ingeniero guipuzcoano Mariano Zuaznavar, y la empresa que lo explotó propiedad de los industriales Enrique Aresti y Victoriano Zabalinchaurreta.

En 1972 la sociedad entró en quiebra y la empresa pública FEVE se hizo cargo de la lí­nea. En 1991 cesó su utilización para el tráfico de pasajeros -restringido sólo al de mercancí­as- pero, gracias a distintos convenios con la administración pública, en 2003 se reanudaron distintos servicios entre León y Bilbao.

Su recorrido atraviesa las provincias de León, Palencia, Cantabria, Burgos y Vizcaya, y debido a su influencia económica y social a lo largo de más de un siglo es considerado uno de los ferrocarriles más emblemáticos de España.

La demanda de carbón de la poderosa industria siderúrgica vizcaí­na propició la construcción del Ferrocarril de La Robla. En la imagen, las antiguas instalaciones de Altos Hornos de Vizcaya.

Origen

El origen del proyecto del ferrocarril de La Robla hay que buscarlo en la gran importancia adquirida por la industria metalúrgica en el Paí­s Vasco a finales del siglo XIX (desde 1902, Altos Hornos de Vizcaya), y su importante repercusión en el desarrollo industrial español. El principal problema de esta industria fue el alto coste que representaba el transporte del carbón necesario para la elaboración del coque utilizado para alimentar los hornos de fundición. Este combustible llegaba a los puertos vizcaí­nos por ví­a marí­tima, procedente de Asturias e Inglaterra. Este hecho provocaba que la importancia porcentual del combustible en el coste de producción del lingote de hierro en Vizcaya doblase e incluso triplicase lo que representaba en otras zonas siderúrgicas como Pittsburgh, Loire o Westfalia.

La brusca subida del carbón inglés entre 1889 y 1890 provocó que el poderoso capital siderúrgico vasco buscase alternativas en las cuencas hulleras leonesa y palentina. Fue entonces cuando surgió la necesidad de un medio de transporte eficaz que uniera las aisladas cuencas mineras con las emergentes acerí­as vascas. El elegido fue el ferrocarril, que tras la Revolución industrial se habí­a convertido en el transporte terrestre más ventajoso.

Proyecto

Los proyectos para resolver este problema de comunicaciones fueron varios durante el final del siglo XIX. Tras el estudio de posibles variantes, el proyecto definitivo, obra del prestigioso ingeniero de minas guipuzcoano Mariano Zuaznavar, fue presentado en las Cortes el 26 de noviembre de 1889. Zuaznavar (18411916), con gran experiencia en explotaciones mineras, convenció al empresariado bilbaí­no (Ustara, Gandarias, Ampuero, López de Lerena, Echevarrí­a, Epalza, etc) del interés económico de invertir en el proyecto.

Aunque en un principio se estudiaron dos variantes (una de ellas en ancho ibérico), al final se optó por realizar el trayecto en ví­a estrecha para abaratar costes, pues suponí­a un ahorro de un 60% respecto al ancho normal. El presupuesto inicial fue de 16 millones de pesetas. Se emitieron 8 millones de pesetas en acciones y 8 millones pesetas en obligaciones amortizables al 6%.

En enero de 1890, el Congreso y el Senado concedieron oficialmente a Zuaznavar la gestión de la lí­nea férrea y la autorización legal para emprender las obras de:

…construcción y explotación de una lí­nea férrea que, partiendo de La Robla, en la lí­nea de Asturias, Galicia y León, termine en Valmaseda, así­ como la construcción de nuevos ramales y prolongación de la lí­nea caso de que se estimase conveniente.

El contrato de ejecución de las obras fue firmado el 17 de abril de 1890 con los contratistas José Maria de Yriondo y Juan José Cobeaga, y el 28 de abril, Enrique Aresti y Torres y Victoriano Zabalinchaurreta crearon, junto a otros 12 inversores la Sociedad del Ferrocarril Hullero de La Robla a Valmaseda, S.A. (que a partir de 1905 pasó a denominarse Ferrocarriles de La Robla, S. A.) , con la intención de tender una lí­nea de ví­a estrecha para transportar el carbón de las cuencas mineras leonesas y palentinas hasta Bilbao, para satisfacer la demanda de este mineral de la potente industria siderúrgica vizcaí­na. Su presidente era Cirilo Marí­a de Ustara y Zuaznavar el Director General. El protagonismo de los inversores vascos y la coincidencia de propietarios de las explotaciones mineras y la ferroviaria originó que el proyecto al principio se convirtiera en un monopolio, lo que no fue del agrado de muchos. De esta forma, La Robla se convirtió en uno de los primeros ferrocarriles de España construido con capital español.

Construcción

Durante todo el año 1890 se llevaron a cabo los trabajos de medición y estudios del terreno, corriendo a cargo de Manuel de Oraá el diseño del trazado definitivo, en el que también tuvo una importante colaboración Ignacio de Rotaeche, que fue Director General de la compañí­a entre 1918 y 1922. Para su construcción, se encargaron 13.000 toneladas de carriles a Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Aceros de Bilbao.

Las obras fueron llevadas a cabo con gran rapidez. El 6 de octubre de 1892 -en apenas dos años- fue inaugurado el primer tramo, entre Valmaseda y Espinosa de los Monteros, de 45 km y salvando uno de los mayores desniveles del trayecto.

El tramo principal de la lí­nea (Valmaseda–La Robla) quedó inaugurado en 1894, apenas cuatro años después del inicio de las obras.

Gastos

La infraestructura principal (terrenos, explanaciones, túneles y puentes) costó unos 10.000.000 de pesetas. La supraestructura (edificios, ví­as, talleres y mobiliario) algo más de 7.000.000, y el material móvil (locomotoras, coches y vagones), unos 2.000.000, por lo que el coste del ferrocarril rondó los 20.000.000 de pesetas.

Inauguración

La ceremonia de inauguración fue llevada a cabo el 11 de agosto de 1894 en un punto intermedio del tendido, la estación de Los Carabeos, en Cantabria, a donde llegaron un convoy procedente de cada extremo del trayecto, y donde se dieron cita las autoridades civiles, militares y religiosas de las provincias afectadas. El 24 de septiembre, se abrió el tráfico en el tendido. El proyecto principal estaba completado, pues el transporte de Valmaseda a Bilbao debí­a realizarlo el Ferrocarril del Cadagua, con el que la Sociedad del Ferrocarril Hullero habí­a llegado a un acuerdo de colaboración, pero divergencias entre ambas compañí­as hicieron que La Robla decidiera continuar su tendido hasta la capital vizcaí­na. En 1902 se abrió el tramo Valmaseda-Bilbao/Luchana.

En 1923 se culminó el ramal auxiliar LeónMatallana, que establecí­a el servicio directo Bilbao-León. Como recuerdo de su origen carbonero, todaví­a subsiste en La Robla un importante lavadero de carbón propiedad de Hullera Vasco Leonesa S.A.

Explotación

Las primeras locomotoras (de vapor) que surcaron su tendido fueron 6 del modelo 031 T (0-6-2 según la Clasificación de Whyte) construidas por la Société Franco-Belge de La Croyí¨re, y bautizadas con los nombres de “León”, “Palencia”, “Guipúzcoa”, “Burgos”, “Vizcaya” y “Santander”. Su parque de locomotoras (primero de vapor y luego Diésel) principal fue ubicado en Valmaseda, con talleres en La Robla y Mataporquera.

El hullero, como fue conocido coloquialmente, revitalizó la economí­a de las cuencas mineras del norte de León y Palencia. Localidades como Cistierna y Guardo se convirtieron en importantes polos industriales, y su desarrollo alcanzó los máximos niveles de la historia moderna. Además, la confluencia del trayecto con estaciones de ancho ibérico en La Robla y Mataporquera facilitó la cooperación en el tráfico entre ambos anchos de ví­a.

Los primeros años fueron difí­ciles, pues como se aprecia en la tabla, la demanda fue reducida (hasta 1912 no se alcanzaron las 200.000 T transportadas), y la empresa se mantuvo en una situación muy delicada entre 1896 y 1905. En mayo de ese año la sociedad cambió su denominación por Ferrocarriles de La Robla, S. A., y Mariano Zuaznavar renunció a todos sus derechos como fundador de la compañí­a. La demanda creció a partir de 1910, y se desarrollaron importantes focos mineros en zonas como Sabero y Matallana, en la provincia de León, donde se constituyeron nuevas e importantes sociedades mineras. En algunas zonas, se triplicó la producción. El crecimiento demográfico en las zonas reseñadas fue elevadí­simo. En 1916 la empresa logró el mejor resultado económico de su historia, con 4.117.269,94 pesetas de ingresos. Además, en 1918, alcanzó el medio millón de toneladas transportadas.

La Guerra Civil Española (19361939) supuso un importante estancamiento en la historia del ferrocarril, pues las cuencas mineras permanecieron paralizadas, el tren fue utilizado con objetivos militares por ambos bandos y se produjeron importantes destrozos en las infraestructuras. El servicio de viajeros se reanudó el 27 de agosto de 1937, tras un año de paralización.

En 1949, la construcción del Embalse del Ebro obligó a construir una variante, eliminando así­ la mayor recta del trazado, que alcanzaba más de 6 km.

En 1958, el ferrocarril alcanzó su récord de carbón transportado, con 908.464 toneladas, aunque este dato solo fue el punto de inicio de su declive definitivo. Ese año se aprueba la adquisición de sus primeras locomotoras diésel: 7 modelos Alshtom Serie 1000.

En 1964 se aprobó el Plan Decenal de Modernización, que tení­a el objetivo de que el ferrocarril fuese rentable económicamente. La empresa adquirió entonces 10 locomotoras diésel GECo (que llamó Serie 1500) a General Electric, y sustituyó definitivamente la tracción de vapor. La sociedad de La Robla no pudo hacer frente a este plan y entró en pérdidas a partir de 1968. Como causas fundamentales de su quiebra se han apuntado el aumento de los gastos de personal, el deterioro de la infraestructura fija y móvil, la creciente competencia del transporte por carretera y la crisis del carbón de finales de los años 1950. La empresa pública FEVE se hizo cargo de la explotación de la lí­nea en 1972.

A partir de 1980, FEVE acometió un proceso de modernización de su material motor y remolcado, incorporando locomotoras 1600 y 1650, automotores 2400, coches de viajeros 5300, vagones tolvas 2TT, plataformas 2SS y cerrados 2JJ.

Decadencia e inviabilidad

Desde 1983, la lí­nea se vio favorecida al ser utilizada también por el tren turí­stico Transcantábrico, un servicio de lujo que fue el primer tren-hotel turí­stico de España. Se añadió además un ramal a la altura de Guardo que enlazaba con la central térmica de Velilla para el suministro de carbón de la misma.

Pero el rendimiento siguió descendiendo, y en 1990 la lí­nea alcanzó un déficit de explotación de 387 millones de pesetas, además de que el tráfico de mercancí­as también habí­a descendido enormemente. Por todo ello, en diciembre de 1991, el Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo decretó el cese del servicio de viajeros entre Guardo y Valmaseda, aduciendo motivos de seguridad, por lo que la sección central de la lí­nea quedaba prácticamente abandonada. En esa época, tardaba 12 horas en cubrir el recorrido entre León y Bilbao.

La medida fue muy impopular en las zonas afectadas por el cese de la lí­nea, y tanto los ayuntamientos afectados como distintas asociaciones y coordinadoras emprendieron acciones para conseguir la restauración de la lí­nea, consiguiendo en 1993 un acuerdo con el Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, la Junta de Castilla y León, FEVE y los sindicatos que invalidó el decreto anterior, y lo sustituyó por un plan de reapertura paulatina. Así­, en noviembre de 1993 fue reabierto el tramo Matallana-Cistierna, y en 1995 el Cistierna-Guardo.

Reapertura

El 19 de marzo de 2003, tras un convenio entre FEVE y la Junta de Castilla y León, se reanudó el recorrido entre León y Bilbao como servicio de pasajeros de trenes regionales (lí­nea R-4), mientras que los tramos La RoblaMatallana e IráureguiLuchana pasaron a utilizarse exclusivamente para el transporte de mercancí­as. La duración del viaje se redujo a 7 horas y media. En este acuerdo también intervino el Ministerio de Fomento, y supuso la inversión de 64 millones de euros para la mejora de los trazados y la modernización del parque móvil. Asimismo, se reanudó su uso por parte del Transcantábrico, llevándose a cabo una importante inversión para la modernización y mantenimiento de la lí­nea.

En 2006 la estación de FEVE de La Robla sufrió un incendio, y su cubierta quedó destruida. En 2007 fue reconstruida y acomodada como albergue de peregrinos para la Ruta de San Salvador del Camino de Santiago, una vertiente de la ruta jacobea que une León con Oviedo. También en 2006, y gracias a un convenio con la Diputación de León, se construyeron nuevos apeaderos en la ciudad de León (San Mamés y Universidad) y en Cerezal de la Guzpeña.

Su servicio de mercancí­as recibió un notable impulso a partir de febrero de 2008, cuando, a través de un acuerdo entre FEVE y Renfe, esta última asumió el transporte de carbón de importación por ancho ibérico desde el puerto de El Musel, en Gijón, hasta la estación de La Robla, desde donde, tras un trasbordo, es enviado por ví­a estrecha a la central térmica de Iberdrola en Velilla del Rí­o Carrión. Este acuerdo supuso el inicio de un transporte diario de un convoy de 600 toneladas a la instalación palentina.

En febrero de 2009, íngel Villalba, nuevo presidente de la compañí­a, presentó el Expreso de La Robla, un tren turí­stico similar al Transcantábrico que, a partir de septiembre, pretende realizar el recorrido León-Bilbao con secciones para docencia, reuniones y estudio, y otra para alojamiento de estudiantes, con el objetivo de visitar los atractivos turí­sticos y culturales del recorrido con una finalidad didáctica.

A pesar de que la finalidad primitiva de la lí­nea fue el transporte masivo de carbón desde las cuencas leonesa y palentina a la industria siderúrgica vizcaí­na, las necesidades del mercado cambiaron esta tendencia. Como se ha explicado anteriormente, este tránsito fue en aumento hasta alcanzar su techo, con 908.464 t, en 1958. Para 1966, el transporte de hulla desciende en un 30%, y esta tendencia ya será imparable. La búsqueda de alternativas más rentables para la alimentación de los altos hornos, la Reconversión industrial y el desmantelamiento de gran parte de ellos, y el declive de la minerí­a propiciaron la desaparición de este transporte. El mantenimiento del traslado de carbón se mantuvo con el transporte a la central térmica de Velilla del Rí­o Carrión de convoyes con carbón de importación procedente de los puertos de Santander y Gijón, lo que llevó a FEVE a la construcción de un ramal de 2,5 km desde Guardo que introduce el mineral directamente en la instalación, propiedad de Iberdrola.

El arenero

También ha tenido gran importancia el transporte de arena silí­cea procedente de las canteras de Arija, el llamado arenero. La extracción de arena silí­cea en esta localidad burgalesa se viene realizando durante todo el s. XX, primero en las antiguas canteras de Cristalerí­a Española y posteriormente en el propio embalse del Ebro. Esta explotación, actualmente propiedad de la empresa SIBELCO, constituye, con 800.000 t/año, la sexta parte de la producción nacional.

Para su transporte, la lí­nea dispone de un cargadero junto al embalse y los lavaderos de arena. Los puntos a los que FEVE transporta arena silí­cea son Ariz y Luchana, en Vizcaya, y Gama en Cantabria.

Otros

A lo largo de su historia, la lí­nea ha servido también para el abastecimiento y distribución en menor medida de otras empresas, algunas ya desaparecidas, como la cementera y la térmica de La Robla, la planta azucarera de Boñar, la cementera de Mataporquera, la cristalera de Arija, la térmica de Valmaseda y la Papelera de Aranguren.

Transporte de pasajeros

Su influencia social también fue muy importante, fue el medio de transporte habitual de los emigrantes de las zonas rurales que se trasladaron a la industrializada ciudad de Bilbao, así­ como, en sentido inverso, del turismo estacional vizcaí­no con destino a la comarca burgalesa de Las Merindades.

A diferencia de otros ferrocarriles mineros, el tráfico de viajeros en el tren de La Robla fue muy importante, al tratarse de un tren cuyo tráfico de mercancí­as prácticamente se desarrollaba sólo en un sentido. Su utilización alcanzó su techo en 1948, cuando alcanzó la cifra de 1.450.984 pasajeros. Su paulatino descenso se acentuó desde los años 1980 hasta su clausura en 1991. A pesar de su reapertura, la transferencia en la gestión de los ferrocarriles de ví­a estrecha a las Comunidades Autónomas y su progresiva utilización como servicio de cercaní­as en las áreas de influencia de León y Bilbao crearon nuevos temores sobre su futuro.

Este problema se ha intentado paliar en parte con la puesta en marcha de trenes turí­sticos, como el Expreso de La Robla, que añadido al Transcantábrico garantiza una utilización turí­stica y didáctica de la lí­nea como servicio de pasajeros.

1 comentario

  1. Ricardo Lera Alonso

    Una historia muy interesante. Esperemos que este ferrocarril se conserve muchos años, sin más sustos, ya que representa mucho para las localidades que atraviesa. Historia, sentimientos, recuerdos, añoranzas y muchos sufrimientos de los valientes y sacrificados mineros,sus principales protagonistas.

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