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Horacio Echevarrieta (II)

Horacio Echevarrieta (II)

asd2.- Primera Guerra Mundial, negocios, polí­tica y espionaje.

En el verano de 1914 un conflicto atroz se extendió por toda Europa y pronto desbordó el continente. Es la Gran Guerra, la primera confrontación a nivel mundial. Nuevas armas y técnicas hasta ese momento desconocidas asolaron paí­ses y ejércitos. Nunca hasta entonces se habí­an visto tantos estragos en tan poco tiempo. Los océanos se tiñeron de sangre y de fuego. El dominio británico se vio amenazado por una marina alemana que junto a sus grandes acorazados luce una nueva arma: el submarino. Invisibles y perfectamente equipados, los u-boots tení­an autonomí­a para navegar por todos los mares. El Kaiser acariciaba su sueño: derrotar a los británicos y construir un imperio para Alemania. En pocos meses queda claro que la guerra iba a ser larga. Ambos bandos vuelven sus ojos a los paí­ses neutrales, entre ellos a España.

La guerra disparó la economí­a española. En puertos como Bilbao se vivió una verdadera edad de oro: alimentos, materias prima, maquinaria… se moví­an por toneladas. La demanda no tení­a fin, tampoco los precios. En un solo dí­a se amasaban verdaderas fortunas. Ya no era Hamburgo la ciudad europea con más millonarios, ahora lo ocupaba Bilbao. Y éstos se movilizan cuando el Gobierno decide regular los beneficios de la guerra. Al frente de sus demandas ponen a Horacio Echevarrieta y Maruri, un singular empresario que se habí­a ganado el respeto de la burguesí­a de Bizkaia. Dueño de cotos mineros y de una naviera, hizo gala de su ideal republicano, tanto en sus empresas como en el Parlamento, donde fue diputado en tres legislaturas (1910-1917) por el partido republicano que habí­a fundado Nicolás Salmerón. El esplendor de aquella época es aun visible por todo Bilbao, donde, sin embargo, la huella de Echevarrieta ha pasado desapercibida. El toque británico envuelve a una ciudad que se forjó en el siglo XIX en plena revolución industrial. Este aire perdura en las sociedades y clubes fundados entonces y que hoy dí­a siguen en actividad.

Bilbao se convierte en las dos últimas décadas del siglo XIX en un lugar idóneo para hacer negocios, porque posee un mineral de hierro que es fantástico y muy apreciado por los ingleses y alemanes, debido al bajo contenido en azufre y fósforo, muy apto para utilizarlo en la fabricación de acero Bessemer, sistema que revolucionó la industria siderúrgica europea. Además, en Bilbao siempre hubo una importante tradición comercial. Cosme Echevarrieta, el padre de Horacio, hizo su fortuna en 15 años y se convirtió en un importante potentado. Cuando muere en 1902 es uno de los hombres más ricos de Bilbao. Junto a la habilidad en los negocios, Horacio hereda de su padre un compromiso por la libertad y el progreso, una España laica, federal, sin monarca y que no ve contradicción entre tales ideas y su fortuna.

En su tercera legislatura como diputado a Cortes, Horacio Echevarrieta se siente atrapado entre burgueses y obreros. Representar a ambos era cada vez más complicado y empezaba a dudar si su sitio estaba en la polí­tica. í‰l ha heredado el legado republicano en Bizkaia de su padre. Su única intervención importante fue para defender los intereses económicos obtenidos durante la Primera Guerra Mundial. Apasionado por la innovación, invirtió en hidroeléctricas, en comunicación, compró el diario El Liberal y una de las primeras emisoras de radio. Ensanchó su imperio con fábricas de cemento, madera, participaciones en grandes bancos. Sin embargo sus ojos buscaban negocios más internacionales. Esperaba su oportunidad para situarse entre los más grandes; y en tiempos de guerra cualquier ambiente era propicio para ello.

Pero donde mejor se encontraba a sus anchas era en el mar. Esta pasión también la heredó de su padre, por eso era el Cosme-Jacinta su mejor yate. Siempre buscaba veleros más manejables para sus regatas. Consiguió el Primer Premio en la Regata Internacional de Yachts a Vela Plymouth-Santander, en 1925, con su yacht «Marí­a del Carmen Ana» sacando seis horas de ventaja al segundo. Lejos de despachos y fábricas, siempre que podí­a estaba en alta mar. Para su nueva casa, Echevarrieta eligió un lugar señalado entre las grandes mansiones de Neguri, Punta Begoña. Era un mirador sobre las mareas. Desde su sillón nada escapaba a sus ojos: en la Margen Izquierda sus minas y por la Rí­a el ir y venir de su marina mercante.

Durante la Gran Guerra personajes de toda clase andaban a la caza de grandes negocios: banqueros, diplomáticos, industriales, contrabandistas. En estos ambientes Echevarrieta supo desenvolverse bien. Hací­a tiempo que comerciaba con ambos bandos. Su mineral viajaba a puertos ingleses y alemanes en sus propios barcos. En una de esas fiestas organizadas por la burguesí­a, llama la atención un marino alemán, que con su acento chileno cuenta grandes e increí­bles hazañas, una batalla naval en el Atlántico Sur. Con técnicas de información él solo ha puesto en jaque a la flota británica y ha convertido sus hundimientos en una victoria. El nombre del barco era ya un mito, el Dresde, y el de este joven oficial empezaba a sonar por las cancillerí­as de toda Europa: Wilhelm Canaris. Hijo de un empresario siderúrgico de la cuenca del Ruhr, se habí­a criado entre sueños imperiales y la admiración al Kaiser. Su discreción, su habilidad con las lenguas y sus modales británicos le convirtieron en el hombre clave para una misión muy delicada: ser el primer agente secreto de la Marina Alemana.

Cuando llegó a España en 1916, su primera misión fue buscar puntos de abastecimiento para los submarinos alemanes. Necesitaban apoyo técnico, combustible, para lo que debí­a localizar emplazamientos. Tení­a que construir una red de confidentes que informaran sobre el posicionamiento de España en la guerra, y sobre las acciones de sus enemigos en este paí­s. Así­ que le habí­an asignado una verdadera misión de inteligencia. Su confidente en la Costa Cantábrica era Herr Wilhelm Wakonigg, cónsul austro-húngaro en Bilbao. Ingeniero de profesión, vino como representante de la empresa siderúrgica Krupp en el año 1902. Mantuvo una estrecha amistad con Echevarrieta, al que le asesoraba en la compra de cotos mineros y otros negocios. Organizó el avituallamiento y suministro de combustible a los submarinos alemanes que operaban en el Golfo de Vizcaya. Los abastecí­a de noche, en el pequeño puerto de Plentzia.

Alemania dio entonces una nueva vuelta de tuerca. Sus u-boots atacarí­an cualquier barco sin previo aviso, sin importar su bandera, cargamento o pasaje. 1917 se estrenó con una total guerra naval. Supuso el fin de los antiguos códigos de combate y un duro golpe al comercio marí­timo. Con este bloqueo, el Kaiser confiaba en obtener la victoria en pocas semanas, pero lo único que consiguió fue que aumentase el odio hacia Alemania. A la vez surgió un nuevo tipo de héroes, jóvenes comandantes que contaban sus hundimientos en miles de toneladas. Al mando de pequeñas naves pasaban semanas en la mar, en busca de blancos para su caza. Una de sus primeras ví­ctimas fue Echevarrieta. El Manuel fue el tercer barco que perdió su naviera en lo que iba de guerra. Hací­a tiempo que el empresario vasco deseaba dar el salto, entrar en grandes negocios, abrirse un hueco en la industria pesada. Pensaba si era ese el momento propicio y qué opciones le quedaban en el Paí­s Vasco. Horacio era un empresario con un enorme capital, iniciativas y con ganas de actividad, pero que no tení­a hueco en Bizkaia.

            2.1.- La compra del astillero Vea-Murguia y la fundación de Astilleros de Cádiz.

Una gran oportunidad surge en la primavera de 1917, a más de 1.000 kilómetros de distancia. Rodeada de mar por todas las partes, Cádiz es la tacita de plata, una ciudad de tradición naval en un lugar estratégico muy cerca de Gibraltar. Allí­ un viejo astillero estaba en venta. Era la ocasión que andaba buscando, pero requerí­a una inversión muy fuerte para ponerlo al dí­a. Echevarrieta no lo duda, vende su flota y compra el astillero. Con la demanda que generaba la guerra esperaba recuperar rápidamente la inversión y con creces. Cuando el empresario vasco compró el astillero, la maleza invadí­a las instalaciones de lo que habí­a sido el viejo astillero de los hermanos Vea Murguia, propiedad de la Constructora Naval Española. Llevaba cerrado catorce años por falta de liquidez financiera. La construcción naval en esas primeras décadas del siglo XX habí­a experimentado un gran importante cambio tecnológico. Entre otros cambios, estaba la construcción en serie de barcos que Echevarrieta iba afrontar con la renovación de la única grada existente en el astillero, y la construcción de dos gradas más, hasta completar tres. Un año más tarde el astillero celebraba su vuelta a la actividad. A finales de 1918 empiezan a botarse los primeros barcos, seis vapores de pequeño cabotaje que esperaban encontrar dueño muy pronto, gracias a la demanda que generaba la guerra. Su misión, en un principio, era abastecer de combustible a los submarinos alemanes que operaban en el Mediterráneo. Debido a sus numerosas visitas a la ciudad, Horacio se construye el chalet Villa Rosa en terrenos cercanos a los astilleros, que ocuparí­a como vivienda habitual su hijo Rafael durante el tiempo que ejerció como jefe de compras de la empresa. La llegada de Echevarrieta a Cádiz fue la llegada de un salvador que iba a impulsar la ciudad para que recuperase algo de su viejo esplendor, y por lo tanto, iba a ser bien recibido tanto por la burguesí­a gaditana como por la clase trabajadora. Proporcionó riqueza a Cádiz y dio trabajo al punto de que, bajo los auspicios de personal directivo y técnico bilbaí­no, se hicieron en ellos magní­ficos operarios navales.

            2.2.- Horacio Echevarrieta y su relación con la Marina de Guerra Alemana tras el fin de la contienda.

Muy cerca de Cádiz un u-boot navegaba rumbo a casa, era el U-128. Como teniente de naví­o, Canaris también habí­a visto cumplido su sueño de comandar un submarino. Su orden en aquel momento era cesar el fuego y regresar a Alemania. Al llegar a Kiel, base de la flota alemana en el Mar Báltico, no pudo creer lo que contemplaban sus ojos: marinos y obreros se habí­an sublevado, y por todo el paí­s se producí­an brotes revolucionarios. El pueblo se levantaba contra un gobierno que habí­a prometido la victoria. Acusado del desastre, Guillermo II fue forzado al exilio. Desde Holanda rechazó su responsabilidad en la derrota y culpó a los nuevos gobernantes de la ruina de Alemania. En medio de aquel caos las fuerzas polí­ticas fundaron la República de Weimar. Cuando finalizó la guerra y Canaris regresó a Kiel después de tres meses fuera y una travesí­a tan larga, se encontró lo que debió ser un golpe brutal para él y los otros oficiales de la marina. Entrar en aquella bahí­a, ver todo aquello y recordar lo que habí­an dejado… una escena así­ debió ser un shock. Se convirtió para ellos en un verdadero problema de identidad. Regresar y no saber lo que iba a pasar en las siguientes semanas y meses: qué iba a ser de su patria. El 11 de noviembre de 1918 a las 11 horas cesaron las hostilidades, la guerra habí­a terminado.

Toda Europa celebraba el fin de la contienda, toda excepto Alemania, donde la guerra parecí­a no haber acabado. Fue una lucha abierta entre los que proclamaban una revolución obrera y los que conspiraban con el regreso del antiguo régimen. La joven democracia nació envuelta en combates y sus calles eran el escenario de un nuevo campo de batalla. Entre los que se sentí­an traicionados estaba Canaris. Su anhelo por el Káiser le llevó a colaborar con la ultraderecha. Los Freikorps, un grupo paramilitar responsable de varios golpes de estado y continuas acciones armadas se hizo presente en tal situación. En tal clima de violencia social se produce el asesinato de dos lí­deres revolucionarios, los llamados espartaquistas: Rosa Luxemburg y Karl Liebneckt, sí­mbolos de la lucha obrera que mueren violentamente tras su detención por la policí­a. Canaris apareció vinculado a esta trama. Ayudó a Waldemar Pabst, uno de los asesinos, a escapar de la prisión. Se habí­a implicado en las acciones criminales de la extrema derecha y de sectores contrarrevolucionarios. Demasiado expuesto a la escena pública, se retiró a un discreto lugar de la flota hasta esperar a ser llamado al servicio.

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