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Industria y patrimonio en la rí­a de Bilbao (IV)

Industria y patrimonio en la rí­a de Bilbao (IV)

CIMG3993LAS HARINERAS DE LA RIA

La primera harinera moderna en la utilización de cilindros para molturar fue la de Villarroya y Castellano, en Puente Gállego (Zaragoza), en el año 1881. Cuatro años después se instalaban  en territorio vasco, las fábricas de harinas de Santiago Gallastegui en Amurrio y J. Cruz de Artiach en el Pontón de Bilbao34. En el momento del despegue de la  industrialización vasca la industria harinera mostraba un gran empuje, coexistiendo  trece fábricas de harinas solo en territorio vizcaino, la mayorí­a de ellas ubicadas en torno a los ejes ferroviarios de  Bilbao-Orduña y Bilbao-Balmaseda[1].

Las nuevas harineras requerí­an de grandes inversiones en tecnologí­a: molinos, cernedores, tamices planos o plansichters,  colectores de polvo, mezcladores y mecanismos de transporte y elevación. Instalaciones complejas que precisaban de abundante mano de obra asalariada, es decir, un nuevo modelo empresarial alejado de la molinerí­a tradicional y que requerí­a una creciente concentración de la propiedad. Para su ubicación,  precisaban además de edificios de pisos que permití­an una ordenación en altura de las operaciones de limpia, molienda, cribado y envasado de la harina. Edificios que generalmente disponí­an de suelos de madera para facilitar las aberturas imprescindibles al objeto de repartir por todo el recinto montacargas y  conducciones por donde pasaba el grano, la harina, los productos derivados o las correas de transmisión aprovechando la caí­da por gravedad. Es decir, edificios capaces de racionalizar el trabajo en un proceso vertical que asignaba cada piso a una función precisa.

De cualquier forma, en Bizkaia, donde el predominio de las sidero-metalurgias  alojadas en naves horizontales era indiscutible, las fábricas de pisos tuvieron una escasa difusión; solo las fábricas de harinas, las cerveceras y algunos talleres urbanos aplicaron  las tipologí­as verticales con cierta frecuencia. Entre las harineras, ya existí­a en el barrio de La Peña (Bilbao), junto a la Rí­a, el precedente de la panaderí­a  municipal del Pontón, un monumental edificio de cuatro plantas, hoy reutilizados como escuela, que fue construido en 1794 y que pasa por ser la primera fábrica de pisos del Paí­s Vasco. Ceres, diosa de la agricultura,  dió nombre a otra gran fábrica de harinas bilbaí­na, ubicada en el bilbaino muelle de Marzana.  La fábrica de harinas Ceres,  empresa de la familia Ugalde,  fue construida en 1900 con estructura integral de hormigón armado sistema Hennebique[2], constituyéndose  en una experiencia pionera en España en la utilización de esta técnica constructiva. En  2004 el inmueble fue rehabilitado para su utilización como edifico de viviendas, después de haber sido incluido en el Inventario General del Patrimonio Cultural Vasco con la categorí­a de Monumento. En 1902, Juan José Irala al frente de la Compañí­a Bilbaí­na de Molinerí­a y Panificación, inauguraba la fábrica de Harino Panadera, S.A. un edificio de cinco plantas también construidas en hormigón armado.  Hoy, parcialmente protegida gracias a la declaración de Monumento por parte del Gobierno Vasco, es la única harinera de Bizkaia que ha conservado la maquinaria tradicional de esta industria. Destaca la colección de dieciocho molinos dobles de cilindros, fabricados, unos en 1912 y otros en 1920, por la casa Seck de Dresde.

En 1919 Toribio de Ugalde, promotor de La Ceres, se retiraba y dejaba la gestión de la empresa en manos de sus hijos que en 1920 crearán la Sociedad Grandes Molinos Vascos.  Pocos años después, en 1924,  el arquitecto Federico de Ugalde construyó otro emblemático edificio de hormigón para alojar la nueva harinera de la sociedad Grandes Molinos Vascos, una “catedral” cuyos absidiolos son los silos de almacén de trigo y el campanario una torre neoregionalista que oculta las escaleras y el montacargas. El conjunto de edificios y servicios que constituí­an el nuevo inmueble se iban a establecer en el solar donde en 1615 se levantó el  Astillero Real de Zorroza, un  astillero histórico del cual se conservaba el edificio de la cordelerí­a, que desde fines del XIX vení­a utilizando como almacén la firma Ybarra y Cí­a.. La calidad y majestuosidad del edificio difí­cilmente explicarí­a la breve vida de su actividad productiva. La fábrica entró en servicio en 1925 paralizando la producción cuatro años después, seguramente afectada por el incremento de los precios del trigo causado por las malas cosechas del final de la década, que obligó a muchos fabricantes de pan a asociarse para conseguir abaratar los costes de la materia prima. Así­, en 1929 se crea el Consorcio Panadero de las Encartaciones y Márgenes del Nervión para mitigar el alza de los costos de la harina y su distribución. En el Puerto de Bilbao, las importaciones de trigo disminuyeron drásticamente;  se pasó de las 19.878.738 pesetas a las 12.363.195  de 1929 y las   325.416  de 1930, consecuencia también de la devaluación de la peseta. A finales de 1929 se producí­a además la crisis económica internacional. En esta coyuntura económica Grandes Molinos Vascos, S.A. ceden la fábrica de Zorroza con toda su maquinaria así­ como otras propiedades ubicadas en Renterí­a y Goizueta a la nueva Sociedad Unión Harinera que habí­a sido creada en Madrid en 1928, comprometiéndose a  aportar un millón de pesetas para adquirir terrenos en Bobadilla (Madrid) donde se proponí­a construir una gran factorí­a harinera. El edificio de Zorroza ha sido incoado Bien Cultural en 2003 existiendo además un proyecto para su reutilización como sede del Museo Vasco de la Industria.

 

LA OBRA PíšBLICA: PUENTES, ESTACIONES, DEPURACION DE AGUAS, …

Pero la Rí­a además de ví­a de comunicación era también un obstáculo en la circulación entre sus dos márgenes, planteando siempre dificultades para establecer puentes debido a la intensidad del tráfico marí­timo. La alternativa vino dada por proyectos ingenieriles novedosos como el Puente Bizkaia entre Portugalete y Getxo, primer puente transbordador del mundo inaugurado en 1893, y hoy declarado Patrimonio de la Humanidad. Hasta la construcción del Puente de Rontegui, noventa años después, fueron varios los  proyectos fracasados que por causas diversas no se llevarí­an a cabo. Es el caso del proyecto abanderado por Pedro Mª Merladet para construir un puente modelo giratorio, suspendible y fijo entre Lutxana y Erandio o el paso subterráneo entre ambas orillas, proyecto ideado a finales del XIX por el vasco Alberto de Palacio, el mismo que junto al francés Ferdinand Arnodin fuera autor del Puente Bizkaia. Este es sin duda alguna el elemento más valioso y original del patrimonio histórico-industrial vasco. Se trata de un puente metálico, roblonado, colgante y transbordador al mismo tiempo, que une ambas márgenes salvando el tráfico interior de la Rí­a. Aunque para muchos haya representado el arco del triunfo de la siderurgia vizcaina, su construcción fue financiada por capitalistas modestos, vinculados al comercio y a sectores económicos alejados de las grandes fortunas que en aquellos momentos se fraguaban en torno a la minerí­a, siderurgia, banca y sector naval.

Además del Bizkaia, otros puentes, viaductos y pasarelas de interés se construyeron para cruzar la Rí­a y sus afluentes en las últimas décadas del XIX y primeras del XX. Y en un caso extraordinario se produjo el traslado del puente. Por diversas razones en 1876, tras la última guerra carlista, hubo que derribar el puente de hierro fundido construido  en el Arenal bilbaino en 1848 con el nombre de Isabel II; pero  parte del mismo se aprovechó para la reconstrucción del puente de Udondo (Leioa) que habí­a sido volado durante la guerra carlista. Desde entonces hasta nuestros dí­as, tras 130 años, el puente ha venido dando servicio al paso del Udondo en el camino de sirga primero, ahora carretera, de la margen derecha de la Rí­a.  Se trata por tanto del más antiguo de los puentes de fundición que se conservan en toda España, cuatro años mas viejo que el conocido puente de Triana de Sevilla y junto a éste uno de los pocos puentes europeos aun conservados entre los construidos con el sistema Polonceau[3].

En Bilbao, durante los años treinta fueron construidos dos puentes móviles levadizos con el objeto de comunicar las orillas del Ensanche bilbaino con Deusto y con el Ayuntamiento y que dan nombre a los respectivos puentes. Existí­a un precedente desde 1892, año en que se inauguró el conocido como puente del “Perrochico”, obra del ingeniero inglés Brahon que parece se inspiró en el Madison bridge de Chicago,  que  disponiendo de dos tramos móviles gemelos tendidos sobre la Rí­a se abrí­an colocándose paralelos a las márgenes. Sin embargo, los puentes de Deusto y Ayuntamiento son de dos hojas levadizas basculantes. Ambos fueron obra de los ingenieros José Ortiz de Artiñano e Ignacio Rotaetxe y del arquitecto municipal Ricardo Bastida. Ambos fueron inaugurados en 1936 con la Guerra Civil ya empezada y, junto con el de Perrochico, ambos fueron volados en 1937 para cubrir la retirada de las tropas republicanas. Pasada la Guerra fueron reconstruidos, aunque no el de Perrochico.

También podemos considerar diversos puentes para ferrocarril que se tendieron en las dos márgenes de la Rí­a y que habí­an de salvar sus afluentes Cadagua, Galindo, Asua y Gobela.  Para que la lí­nea férrea de Bilbao-Portugalete inaugurada en 1888, salvara los rí­os Cadagua y Galindo, Pablo de Alzola, ingeniero y copropietario de la lí­nea, diseñó sendos puentes metálicos. Uno de ellos, el puente de Burceña sobre el Cadagua, que aún conserva una de sus vigas,  constaba de doble viga de 65 metros de longitud construida con hierros laminados arriostrados formando una tupida malla que dan una imagen poco esbelta del  viaducto. Alzola alegó razones económicas  que sin duda no tuvo en cuenta con la estación término de Portugalete, al borde de la Rí­a y conocida como estación de la Canilla.

La estación de la Canilla es un edificio de lí­neas severas, composición clásica y empaque arquitectónico  rematado con una esbelta torre de reloj de gusto neoclásico que se colocó sobre la fachada del muelle, dando así­ servicio horario a la navegación de la Rí­a. Un edificio que encajaba perfectamente con el entorno residencial y veraniego del Portugalete de la época. Actualmente ha perdido su uso ferroviario habiéndose realizado una acertada reutilización acogiendo equipamientos municipales. Además de la lí­nea de Portugalete, Bilbao fue término de otras seis lí­neas férreas constituyéndose en la ciudad de todo el Estado con mayor número de estaciones terminales. Fue la consecuencia del escaso interés de las compañí­as ferroviarias por construir una gran estación común. Cada una de ellas edificó su propia estación, alguna realmente ejemplar, como la estación término de la lí­nea Bilbao-Santander, inaugurada en 1902 con una original tipologí­a y conocida como estación de La Concordia. En ella destaca el espacio de ingreso, de fachada tripartita con vano central coronado por un tí­mpano semicircular en el que se integran el nombre de la empresa y un reloj de inspiración vienesa. Por otra parte, el andén es una gran logia de enormes columnas que reposan sobre basamento de piedra.

A diferencia de las anteriores, la estación de Abando no es la estación que en origen alojó el final de la lí­nea Bilbao-Tudela. Las insuficiencias de la primitiva es­tación, que se habí­a construido en 1865, se acrecentaron con el transcurrir de los años. Pasada la guerra civil en 1941 se formuló un nuevo y definitivo proyecto de remodelación cuya redacción corrió a cargo del arquitecto Alfonso Fun­gairiño Nebot.  Consistí­a en un edificio de viajeros que, con voluntad de integrarse en el Ensanche bilbaino prescindí­a de la tipologí­a ferroviaria, al que se añadí­a una marquesina abovedada de 192 metros para cubrir  los andenes. La marquesina de Abando es una de las últimas bóvedas metálicas construidas en la arquitectura ferroviaria europea. Esta bóveda, cuyo modelo era más propio de las estaciones de ferrocarril del siglo XIX pensadas para acoger trenes a vapor, está soportada por doce grandes arcos de celosí­a –cuchillos Dión-  que permiten salvar una luz de 40 metros de ancho. La cabecera de la marquesina  se cerró con una vidriera en co­lor, con reloj y escudo centrales rodeados por motivos ferroviarios, industriales y regionales, logran­do un gran efecto artí­stico y una magní­fica carta de presentación de la Villa para los viajeros que lle­gan a Bilbao-Abando. Tampoco la estación de Achuri, término de los Ferrocarriles Vascongados, es la original. í‰sta, construida en 1882, fue sustituida en 1913 por un nuevo edificio que el arquitecto Manuel Mª Smith realizó con un lenguaje neovasco en sus fachadas sustentado en la utilización de gruesos sillares y columnas junto a numerosas vigas de madera vista.

El desarrollo producido a finales del s. XIX, trajo como consecuencia  la desaparición del espacio natural del estuario de la rí­a de Bilbao debido a la construcción del puerto, casas e industrias. Además, a medida que la ciudad crecí­a fueron  aumentando los vertidos de aguas residuales, convirtiendo la rí­a en un espacio cada vez más contaminado. Los cambios quí­micos producidos por los vertidos ocasionaron una mala calidad del agua, problemas de insalubridad y enfermedades como la de cólera morbo en 1885.

Dada la gravedad de la situación, en la última década del siglo se decidió acometer la construcción de una planta bombeadora en Elorrieta (Bilbao) para solucionar el saneamiento de las aguas residuales de Bilbao[4]. Tras un concurso público, resultó seleccionado el proyecto presentado por el ingeniero Recaredo de Uhagón (1848-1912). El proyecto contemplaba la construcción de alcantarillado para recoger las aguas sucias y la eliminación de todos los pozos negros  de la Villa. En Elorrieta se construyó un depósito receptor  de 12.000 metros cúbicos de capacidad y en un edificio anexo se instaló un sistema de bombeo con maquinaria de vapor  cuya misión consistí­a en enviar las aguas, a través de una cañerí­a de 10 kilómetros, hasta Punta Galea en término de Getxo[5].

El saneamiento de Bilbao entró en funcionamiento en 1900 siendo el más moderno de España. A partir de su puesta en funcionamiento sus efectos fueron inmediatos, permitiendo reducir en pocos años los altos coeficientes de mortalidad, que a fines del siglo XIX asolaban la Villa que todaví­a se abastecí­a del agua de la Rí­a a la cual iban a parar también las aguas sucias. A partir de la Guerra Civil las instalaciones perdieron parte de sus uso quedando relegadas para el servicio del barrio de Deusto  toda vez que Bilbao iba progresivamente  multiplicando los 90.000 habitantes de principios del XX. Las máquinas de vapor quedaron inutilizadas aunque permanecieron en perfecto estado de conservación hasta el saqueo producido en 1996. El  abandono y dejación en la conservación de las instalaciones por parte de su propietario, el Ayuntamiento de Bilbao, facilitaron su expolio pese a que dos años antes habí­a sido incoado a su favor expediente de Bien Cultural Calificado por el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco.

Habiéndose quedado Elorrieta insuficiente ante el crecimiento del área metropolitana del Gran Bilbao y teniendo en cuenta que en torno a la Rí­a se ubicaban además casi todo tipo de industrias (siderurgia, quí­micas, papeleras, navales, eléctricas, minerí­a..) no era de extrañar el nivel de contaminación tan alto de la rí­a, hasta el punto de ser  clasificado como uno de los estuarios más contaminados de Europa a finales de los años setenta. Hubo que esperar hasta 1979, año en que el Consorcio de Aguas del Gran Bilbao aprobó el Plan Integral de Saneamiento de la Comarca del Gran Bilbao (o Sistema del Bajo Nervión). Se fijaba como objetivo que el agua de la Rí­a alcanzara una concentración mí­nima del 60% de oxí­geno disuelto sobre el valor de saturación, que permita la presencia de vida acuática en todo el sistema fluvial, lo que supone una cantidad de 4 mg/l de oxí­geno disuelto[6].  El Plan fue concebido para dar un tratamiento unitario a la contaminación industrial y doméstica mediante la construcción de una red de colectores e interceptores con dos estaciones depuradoras: Galindo y Lamiako. Las obras, iniciadas en 1984, debí­an haber finalizado previsiblemente en el año 2005. Lo cierto es tras una inversión de mil millones de euros y 200 kilómetros de colectores-interceptores a dí­a de hoy aun no se ha comenzado la depuradora de Lamiako, estando la de Galindo al borde de su capacidad.

 

LA VIVIENDA OBRERA

En el último cuarto del siglo XIX se produce en los pueblos de la Rí­a una auténtica explosión demográfica., especialmente en municipios como Erandio, Sestao y Barakaldo que se van convertir en áreas de expansión  industrial y proletaria. El alojamiento se convirtió en el problema mayor de las familias trabajadoras. Los propietarios urbanos alquilaron viviendas deficientes a los recién llegados y en menor medida lo hicieron las empresas que apenas dispusieron de viviendas para sus operarios[7].

El paisaje urbano se fue colmando de viviendas en las inmediaciones de las fábricas constituyéndose auténticos barrios obreros como Réketa, Lasesarre, Simondrogas, La Iberia, etc al tiempo que comienzan a desaparecer o a acondicionarse para los inmigrantes los caserí­os y las viviendas rurales de los pueblos.

Al amparo de la Ley de Casas Baratas y a partir de los años veinte comienza la construcción de moradas para algunos obreros por iniciativa de sociedades cooperativas que van a ver la luz durante estos años. Las ayudas de la Diputación de Bizkaia y los préstamos de la Caja de Ahorros Vizcaina van a facilitar que los socios cooperativistas, trabajadores de las grandes empresas instaladas en los municipios industriales de la Rí­a, puedan acceder por primera vez a la propiedad de una vivienda.

La mayor parte de las iniciativas van a desarrollar el modelo de casas unifamiliares -de planta y piso- agrupadas en pequeños barrios, imitando el ejemplo de las ciudades-jardí­n con la parcela dividida en tres partes: jardí­n, vivienda y patio o huerto.  Muchos de los grupos se edificaron en zonas de extrarradio de Bilbao, Barakaldo y Sestao donde los suelos eran más baratos facilitando la viabilidad económica de los mismos.  Esto influyó en la concentración de muchos de estos grupos en los barrios de Arteagabeitia y Beurko-Bagaza en Barakaldo, Cueto en Sestao y Begoña y Castrejana en Bilbao.

Actualmente, mientras que los barrios obreros surgidos a finales del XIX están casi desaparecidos, a excepción de algunos  de Sestao, las Casas Baratas han sido objeto en los últimos años de importantes obras de rehabilitación por parte de sus propietarios. Muchos grupos han desaparecido por causa de proyectos inmobiliarios que aprovechando la actual centralidad de estos barrios  buscan la realización de plusvalí­as mediante la remodelación con mayores volúmenes.

 



[1] Nadal (1988)

[2] Cárcamo y Rosell (1994)

[3] Villar (1994).

[4] Sobre el saneamiento de Bilbao véase entre otros Pérez Castroviejo (2002).

[5] Cárcamo (1996)

[6] Villate y Ruiz (1998)

[7] Sobre la vivienda Pérez Castroviejo (1997).

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