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La Ermita de Santa Lucí­a (emplazamiento, funciones y población)

La Ermita de Santa Lucí­a (emplazamiento, funciones y población)

002d3viz001_1-180x180La extinta romerí­a de Santa Lucí­a tuvo como referente sacral la ermita de esta advocación sita en el pequeño somo al que da nombre, “que resalta en el cautivante paisaje”, a 270 m. de altitud en la ladera del monte Argalario (509 m.) y de su satélite Garrasti o Garrastegi (366 m.); y como espacio profano la campa de Bengolea, a orillas del rí­o Castaños, bajo la loma de Espinueta (143 m.) y próxima a la barriada homónima. Lugares, todos ellos y junto con las aldeas de Mesperuza y Gorostiza, considerados como pertenecientes al ámbito del barrio de El Regato en la tradicional división del territorio de la Anteigleia6, pero progresivamente adscritos –no sin controversia- al de Retuerto dado su proximidad al mismo; y, aún más, a los ámbitos de su iglesia de San Ignacio y escuela, ubicadas en la inmediata barriada de Amézaga y erigidas respectivamente en 1879 –parroquia desde 1947- y con anterioridad a 1881. Santa Lucí­a fue considerada como abogada y protectora de la vista, función que justifica las promesas, las misas encargadas y los legados efectuados a esta advocación en su ermita baracaldesa a lo largo de los siglos. Por su emplazamiento, en un punto elevado del lí­mite del área cultivada, Santa Lucí­a –como San Bartolomé y Santa ígueda- fue punto de destino de procesiones de Letaní­as, para celebrar una misa cantada y bendecir desde allí­ los campos. Rogaciones descuidadas a mediado del siglo XIX, por lo que el municipio decide incentivar al cabildo para que las recupere. La zona paisají­stica de la ladera SE de Argalario, entorno de Santa Lucí­a, presenta restos de vegetación autóctona, con intercalación de prados, cultivos, argomal y repoblaciones de pino y eucalipto. Erial –brezo, argoma y helecho- en las cotas (Mota, Goronillo, Argalario), en La Jara y las lastras de Modorreta. También hubo pequeñas minas, desde Bengolea hasta las Kukutxak; y en las inmediaciones de Bengolea huertas, prados y eriales, más bosquetes caducifolios. En 1860 el enclave de Santa Lucí­a estaba integrado por dos edificios: la ermita y una casa habitada; y la barriada de Bengolea por cuatro casas habitadas. La actividad tradicional de este somo, como en todos los Montes de Triano y Sasiburu, fue el pastoreo. Sus rebaños practicaban movimientos de corta transtermitencia hacia los pastos del Eretza e inmediaciones, por Castaños. Sin rebasar la divisoria de aguas de la cuenca, porque el ayuntamiento de Galdames nunca ha autorizado a los ganados de otros municipios a pastar más allá de ella, hacia San Pedro. En cuanto a Bengolea, en 1860 eran cuatro las viviendas tradicionales existentes en la barriada. Aquí­ existieron, al menos desde el siglo XVII, ferrerí­a y molino; adquirido éste con el de Retuerto por la fábrica Ntra. Sra. del Carmen en 1855 para usar el caudal del Castaños. En 1909 su sucesora, la sociedad Altos Hornos de Vizcaya, verificó una captación de agua mediante tres bombas de impulsión. El caudal restante era utilizado por las vecinas de las clases populares de Barakaldo para el lavado de ropa en el rí­o, en el tramo comprendido entre Retuerto y Bengolea; hasta que la construcción de lavaderos y el servicio de agua a domicilio vayan poniendo término a esta práctica. Los remansos de Bengolea y su presa del Pontarrón, sombreadas por chopos, alisos y plátanos, sus riberas con prados con eucaliptos, robles y cerezos, fueron frecuentadas por los bañistas infantiles de Barakaldo, ya desde el periodo de entresiglos, actividad de esparcimiento asociada con la pira escolar, la pesca y el hurto de frutas. Lugar de acampada de los gitanos nómadas, y de pesca. Meta excursioní­stica, asimismo, de grupos amicales y familiares, de picnic dominical o de ocio forzoso durante huelgas, como la de 1917. Pero, sobre todo, estos pintorescos parajes -más los de Urkullurreketa, Tiletxe (Telletxe), Pasajes y Belgarriz- se vieron concurridos por los jóvenes parados del interregno republicano; muchos de ellos de ideologí­a libertaria, practicando el nudismo y el naturismo en la denominada “playa de los anarquistas”, algunos de ellos balanceándose en las ramas imitando al Tarzán popularizado por el cine.

El patronazgo de Santa Lucí­a, como de las restantes ermitas baracaldesas, correspondió a los fieles regidores y vecinos de la anteiglesia, quienes la dotaron de bienes propios para su arreglo y mantenimiento. Las rentas de Santa Lucí­a procedí­an de sus frutales, ganado y sus derivados. Durante el primer tercio del siglo XIX se efectuaron obras de reparación en esta ermita. La deuda contraí­da por el erario público con motivo de la primera guerra carlista, obliga al Ayuntamiento a vender, en 1834, las casas de Santa Lucí­a a Francisco de Gorostiza, por importe de 11.999 reales, tras lo que la ermita careció de fondos propios para su reparación. Ya en 1868, y a instancias Martí­n de Loizaga, mayordomo de Santa Lucí­a, la corporación acordó que se repusiera la chimenea de la casa aneja. En 1902 se restauró la ermita por encargo de su propietaria, Manuela de Garay; aunque en 1904 el párroco de El Regato solicitaba su nueva reparación al municipio. José Crespo, apoderado de Fidel Arana, participa al Ayuntamiento en 1915 su estado de ruina y derrumbe del tejado; es autorizado para proceder a la reparación, pero sin que el erario municipal aporte su contribución. A través de su cancela, algunos fieles arrojaban calderilla a modo de modesto donativo. En cuanto a la campa sabemos que, en 1866 y en atención al mal estado del terreno donde se vení­a efectuando la función profana de esta romerí­a, y a que varias personas han caí­do al cauce del molino de Mengolea, el Ayuntamiento decide tomar medidas para evitar estos accidentes; disponiendo al efecto, que “este año se hará la romerí­a un poco más arriba pegando al camino y el rio madre”; es decir, se traslada el espacio festivo a un entorno inmediato. Como evidencian los datos precedentes, es evidente que pese a su doble significación, como centro de religiosidad popular y de concurrencia romera, Santa Lucí­a experimentó un endémico estado de abandono. Por otra parte, el reducido espacio público existente en este antuzano obligó a desplazar la función profana de la romerí­a hasta Bengolea. A la que se describe como “una hermosa campa cubierta por la sombra de seculares castaños”. Más tarde se plantaron allí­ algunos eucaliptus que aún perduran.

 

 

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