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Memoria de las barakaldesas en el franquismo a partir del servicio doméstico (II)

Memoria de las barakaldesas en el franquismo a partir del servicio doméstico (II)

Pasemos ahora a analizar cómo entendían nuestras entrevistadas el servicio durante esta época. El caso de Elena Marías es muy significativo al respecto, reconoce las malas condiciones en las que se movía el servicio doméstico en comparación con otros sectores, pero aun así no tiene una mala experiencia al respecto y además nos cuenta el valor que daba a su propio trabajo:

“Te daban de comer, – recuerda Elena – era por un cacho de pan o de membrillo. Porque yo cuando iba a por aceitunas, sí me daba un sueldo, pero el que les daban a los niños. Porque, por ejemplo, mis hermanos echaban unos jornales, igual no eran dinero: tantas libras de aceite o tantos kilos de arena… Pero me hacía ilusión ir a trabajar porque era como una ayuda que yo aportaba a casa.”

Este primer trabajo en el servicio de Elena Marías, como el de muchas mujeres de su generación, fue en su pueblo natal y cuando todavía era una niña. Aunque Elena reconoce la injusticia que le suponía no recibir jornal por su trabajo cuando los trabajadores del campo sí lo recibían, cree que los amos se aprovechaban de la necesidad de las familias que tenían que poner a sus hijos e hijas a trabajar. A pesar de que trabajaran igual que la gente de mayor edad, recibían una menor retribución, y las niñas que trabajaban en el servicio doméstico ni siquiera tenían eso. Pero a ella le gustaba poder ser retribuida, ya que así sentía que ayudaba más a su familia.

En el campo, al menos en las primeras décadas del franquismo, la retribución del servicio doméstico en moneda o incluso en especie debió ser algo excepcional, anecdótico o complementario. En las ciudades el salario fue algo más común. En los casos en los que se remuneraba, el sueldo de las muchachas era inferior al de otros sectores laborales femeninos, aunque estos bajos salarios intentaban compensarse con una serie de primas. El escritor, abogado y adepto al régimen, Fernando Vizcaíno Casas, en su novela Chicas de Servir (1984) explicaba de esta manera las formas de pagos establecidos en el servicio doméstico en el tiempo de la posguerra: “Bueno, pues nosotros podemos ofrecerle pesetas mensuales. Y además la vestiremos, que en esta casa somos siete mujeres y siempre sobra algún traje, todavía en buen uso, por supuesto”. Vizcaíno Casas describía que en sí el salario era muy bajo, pero parte de la remuneración consistía en regalos caritativos de prendas de segunda mano. Obviamente, con el tiempo los salarios fueron incrementándose, pero esta tendencia a justificar los bajos sueldos mediante las donaciones de la ropa que la familia empleadora rechazaba se mantuvo en el tiempo dentro de un sistema de contraprestaciones.

Para el discurso oficial del régimen, el servicio doméstico se concebía como una especie de oportunidad que se les daba a las chicas más humildes, un favor y no como un trabajo que debía ser justamente remunerado. Esa concepción de carácter gracioso del servicio doméstico se dejaba notar en el nombre de la especie de seguro laboral con el que contaron las mujeres del servicio doméstico desde 1959 hasta 1969: el Montepío del Servicio Doméstico. Como la propia nominación indica, se trataba de una mutualidad más que un seguro propiamente dicho, y en realidad su objetivo no fue tanto proteger a las muchachas en caso de enfermedad o accidente laboral sino, liberar a las familias de clases medias y altas de tener que cubrir los gastos de dicha contrariedad médica. De todas maneras, al servicio doméstico se le quería dotar de una pátina de paternalismo, se pretendía mostrar que las familias “contratantes” se preocupaban de las muchachas y les proporcionaban ciertos conocimientos. Aunque en algunos casos las muchachas pudieron sentirse de alguna manera protegidas por estas familias, era este paternalismo el que alejaba al servicio doméstico de ser concebido como un trabajo en sentido estricto. Aun y todo no debemos pensar que la experiencia de las mujeres en el servicio doméstico durante el primer franquismo pudiera ser del todo negativa. Primero, como se ha dicho, porque el hecho de ponerse a servir para una familia que no tuviera un pasado republicano podía dar a las sirvientas cierta seguridad en un contexto de dura represión. En segundo lugar, durante la posguerra el servicio doméstico constituyó una forma de huir a la ciudad, donde se creía que se iba a estar más a salvo de la represión directa. En tercer lugar, a pesar de que en algunas casas las condiciones en las que tuvieron que vivir las muchachas fueron extremadamente duras, el hecho de que hubiera tanta demanda de servicio doméstico favorecía que las muchachas cambiasen de casa con total facilidad para así mejorar su situación. Incluso, podemos pensar que ponerse a servir, sobre todo en la ciudad, dotaba a estas mujeres de cierta independencia algo sumamente positivo sobre todo en un contexto en el que las posibilidades laborales de las mujeres estaban tan reducidas. Además, según pasó la posguerra y la remuneración económica fue más común en el sector, el servicio doméstico reportó a sus trabajadoras una agencia económica e incluso una capacidad de ahorro de los que no disfrutaban otras mujeres. Todo ello no reduce las duras condiciones en las que tuvieron que vivir las mujeres que trabajaron en el sector, pero nos puede ayudar a equilibrar hasta cierto punto la imagen que tenemos del servicio doméstico. Las empleadas de hogar El boom del servicio doméstico durante el desarrollismo estuvo muy ligado a la llegada de inmigrantes a Barakaldo como a otras ciudades del Gran Bilbao. Si desde el siglo XIX hasta la década de los treinta en el Gran Bilbao el origen de las sirvientas había sido principalmente local y el número de inmigrantes era muy reducido, a partir de esa fecha cambiaron las tornas. En 1940 el 27,27% de las criadas eran inmigrantes de media o larga distancia y las nativas y el resto de vizcaínas eran 63,63%. En 1960, el número de locales se redujo muchísimo y las castellanas, gallegas, cántabras y asturianas (fundamentalmente) se convirtieron en el 60,36%. Podemos pensar que con el paso del tiempo mientras las lugareñas fueron teniendo mayores opciones laborales, o mayores recursos y pudieron ir abandonado el servicio doméstico interno, las inmigrantes fueron entendiendo el servicio doméstico como la opción “menos mala”, y, de hecho, lo convirtieron en su fórmula para emigrar. Como es sabido, durante las décadas de los cincuenta y sesenta había muy pocos pisos disponibles y las personas migrantes tampoco podían acceder a las ventas. Para la emigración familiar la solución solía ser vivir en una casa de vecinos. Eran viviendas que se alquilaban cada habitación a una familia

teniendo que compartir entre todas la cocina y el baño, como fue el caso de Josefa Costa, y el chabolismo en barrios como Beurko. Hacia mediados de los sesenta se crearon iniciativas públicas para la creación de barrios residenciales en Bizkaia. También algunas empresas privadas, como es el caso de Altos Hornos, intervinieron en el problema de la vivienda proporcionando, bien directamente o por medio de patronatos concertados con empresas locales, la construcción de viviendas para los trabajadores. Estas iniciativas, no estuvieron exentas de una clara intención paternalista. Las agrupaciones asistencial-recreativas, las mutuas… también jugaron un papel muy importante en cuanto buscar soluciones al problema de la vivienda. En este aspecto, encontramos el caso del Centro Gallego mandó construir en Arteagabeitia-Zuazo 330 pisos para socios y socias que no tuvieran vivienda. En el caso de emigración individual masculina, la opción era vivir de patrona. Eran hostales ilegales dispuestos por madres de familia que en su propio domicilio disponían camas para pupilos y según el dinero que pagaban también les incluía la manutención y la limpieza de ropas. A su vez, el pupilaje estaba muy relacionado con el servicio doméstico ya que era un trabajo que podían realizar las mujeres de clase humilde cuando tenían niños pequeños. Debido al gran poder de atracción de la industria barakaldesa, el pupilaje se convirtió en una actividad común entre las mujeres casadas. Bajo este panorama podemos comprender cómo para muchas jóvenes la opción de emigrar a través del servicio doméstico les parcería la más adecuada: iban a la ciudad, pero lo hacían en un marco que les parecía seguro, como era el familiar. No tenían que preocuparse por el alojamiento y la manutención, ya que lo tenían cubierto y les permitía tener una capacidad ahorradora nada despreciable.

Ahora bien, ¿Por qué emigraban estas mujeres? El cambio de orientación económica introducido con los tecnócratas en 1957 y en 1959 con el Plan de Estabilización fue, en cierta manera, una respuesta a los serios disturbios sociales de 1956 provenientes de la huelga de estudiantes y de trabajadores. Debemos dejar de observar el desarrollismo como un fenómeno exclusivamente económico. El desarrollismo fue también y, sobre todo, consecuencia de un cambio de actitudes. El cambio se hizo patente, entre otras cosas, en la disposición de emigrar. El hecho de que gran parte de las y los jóvenes no quisieran continuar aceptando pasivamente la vida que habían seguido sus antepasados ya es un claro signo de que gran parte de la población estaba sumergida en ese cambio de mentalidades antes del auge económico o paralelamente a él. Este cambio de mentalidades, estas ganas de modificar sus trayectorias vitales y de mejorar las expectativas de juventud están presentes en el testimonio de nuestras entrevistadas que hacia mediados o finales de los cincuenta decidieron emigrar a Barakaldo para trabajar, pero, sobre todo, para labrarse un nuevo futuro, uno ajeno al que habían tenido sus padres. Estas mujeres ya no emigraban huyendo de la represión que continuó tras la Guerra Civil, lo hicieron porque quisieron ampliar sus horizontes y mejorar sus expectativas de juventud. Escuchemos a Anabel Marías: “Yo me acuerdo -cuenta Anabel- que la mayor ilusión era que me habían dicho que había mucha gente. Que me podía sentar en un banco todo el día y que nunca iba a ver la misma gente. Aquello me parecía, ¡Una cosa increíble! Y me pasaba las horas así, sentada sola a ver a gente. Fue una época de descubrimiento, la diferencia de un pueblo que tendría 2.000 habitantes que conoces a todos a venir a un pueblo grande…”. Anabel se sintió integrada desde un primer momento a la vida en Barakaldo. Pero no siempre el cambio fue incorporado como algo positivo. Hubo muchachas que, a pesar de que sentían que debían emigrar y cambiar de vida al acudir al Gran Bilbao, se sintieron encerradas, como, por ejemplo, la hermana de Anabel, Elena, que al pasar del campo a la ciudad sintió “que le faltaba el aire”: “Lo primero mucho coche, mucha gente, muchas luces y sobre todo por la noche – recuerda Elena -. El ambiente oscuro, una tristeza, acostumbrada al cielo azul, con estrellas, y aquí tanto humo. Mi abuela vivía por la parte de debajo de Barakaldo: ¡Una bovina de Altos Hornos, el cielo rojo por las noches se me hacía como el infierno! (ríe). Todo fábricas, un cambio como que te ahogas, totalmente distinto”. Observamos cómo el mismo hecho es vivido de formas dispares por mujeres procedentes del mismo ambiente. Para una, mudarse a Barakaldo supone una brisa de aire fresco y a la otra le provoca un sentimiento de ahogo. Elena describe un Barakaldo industrial, que, con sus partes positivas y negativas, parece estar muy alejado del de hoy en día. Con el paso del tiempo, Elena se fue sintiendo más a gusto en el Gran Bilbao hasta el punto que nunca se ha planteado retornar a Málaga. Sin embargo, esa sensación de claustrofobia es frecuente entre las muchachas del servicio, no tanto como consecuencia del cambio cultural que describe Elena (la mayoría de las mujeres a las que me he referido lo vivieron como algo positivo), sino porque al entrar de internas pasaban a tener un horario de trabajo mucho más estricto que el que habían tenido en el campo y muy escasas horas en el exterior. De todas maneras, el servicio doméstico estaba cambiando. Las mujeres que entraron en el sector durante estos años no lo hicieron en las mismas condiciones que lo hicieron sus predecesoras. Estas nuevas trabajadoras se corresponden con el cambio de modelo de mujer que se dio desde finales de los cincuenta y que impulsaba un modelo femenino mucho más dinámico que el anterior del ama de casa. Concretamente, se estaban dando los primeros pasos hacia el modelo de mujer trabajadora. Poco a poco el servicio doméstico se fue convirtiendo en un empleo, y como tal, sus empleadas no iban a tolerar abusos de poder por parte de sus superiores. Esto no implica que se pasara de un régimen paternalista a otro plenamente laboral, no, estamos ante un sistema de relaciones mixtas en donde se podía agradecer en los señores cierta preocupación por la muchacha de servicio. Este cambio de relación entre “señores y criadas” se corresponde, como se ha dicho, con el cambio de modelo de mujer, pero también con la aparición de un nuevo agente histórico: la interina. La interina era la trabajadora por horas que acudía a una casa para ocuparse de la limpieza y/o del cuidado de las personas dependientes. Tenía sus horarios mucho más limitados de lo que lo tenían las internas, y sus tareas podían estar mejor definidas para dejar de ser así “chicas para todo”. Las interinas tuvieron mucho que ver en que el servicio doméstico se fuera interpretando como un trabajo y en que las trabajadoras internas pudieran estipular ciertos límites en su trabajo. No es casualidad que en el desarrollismo de los pocos oficios femeninos que aparecieran en las películas españolas fuera el de la sirvienta que además pasó de tener un papel secundario para convertirse en el personaje principal. Gracita Morales es parte del imaginario popular, pero no todo el mundo se ha dado cuenta de que sus películas mostraban el cambio de modelo de mujer y el cambio del servicio doméstico hacia el empleo. En una primera lectura diríamos que estas películas realizadas en tono burlón pretendían ridiculizar a la sirvienta. Sin embargo, y a pesar del carácter de la protagonista o precisamente gracias a éste, en estas películas se hacía también crítica a las familias que contrataban estos servicios, y en especial a las señoras de la casa que se las solía mostrar como haraganas. En este contexto, Gracita aparecía como una especie de heroína que con su trabajo tenía que lograr la correcta marcha de la familia que la había contratado. Obviamente, hubo mujeres que trabajaron en el servicio doméstico como Maribel Marías que se sentían incómodas con este tipo de películas porque creían que en ellas se las ridiculizaba. Al mismo tiempo hubo mujeres como Josefa Costa que se sintieron identificadas con sus protagonistas ya que creían que se reflejaba bien la situación del servicio doméstico. Incluso, podían sentirse identificadas con las críticas que se vertían sobre las gracitas, por ejemplo, sobre la frecuencia con la que cambiaban de casa. Carmina Villa Pozas empezó en el trabajo extradoméstico como interina cuando se quedó viuda, ya que era uno de los pocos trabajos a los que una mujer sin estudios y con cargas familiares podía acudir en caso de urgencia económica. Como otras muchas mujeres, decidió cambiarse de casa siempre que sus condiciones no le convinieran o siempre que la relación con la señora fuera complicada: “Ya sabes qué decía (Gracita Morales): <¡Señorito!> -cuenta Carmina-. Y cuando no está bien en una casa porque no le trataban bien, que tiene películas así, se marchaba a otra, claro que se reflejaba, como me ha pasado a mí en cuarenta casas, cuando no aguantabas. En Barakaldo, te voy a decir, he estado tres días tres días he durado. Pues era un matrimonio con un niño y salían por la mañana los tres a trabajar. El marido parecía muy majo y el niño también, pero ella… ¡rediez hija mía! Si tenías que mover el cenicero para limpiar el polvo, como lo pondrías (sic) más allá o más acá, ya lo notaba y me chillaba. […]. Tres días duré”. Existen interpretaciones sobre las películas del servicio que ven a quien emplea como víctima de los caprichos y las veleidades de sus empleadas. Pues bien, en este caso, un aspecto criticado en las empleadas de hogar de los sesenta, el escaso aguante o capacidad de sacrificio, es defendido por Carmina como el camino a seguir: si la chica no se sentía cómoda en una casa, debía cambiar. En este caso, Carmina creía que no tenía que so- portar la fiscalización ejercida por la señora. Le gustaba que en las películas aparecieran esos aspectos, lejos de sentirse avergonzada por ello se sentía empoderada porque se vieran los despropósitos que las trabajadoras debían aguantar. Pero al mismo tiempo, también le agradaba que se indicara que la empleada de hogar siempre tuviera el recurso de escapar de aquellas situaciones con dignidad y compostura. Uso el término empleadas de hogar porque fue a finales de la década de los sesenta cuando colectivos del apostolado laico como la Juventud Obrera Católica (JOC) comenzaron a formar grupos para las chicas del servicio reclamaran la igualación del sector al resto de sectores laborales y que fueran denominadas empleadas de hogar. En efecto, la JOC fue el primer colectivo que después de la II República incorporó a las trabajadoras de hogar dentro del movimiento obrero. De hecho, la JOC estuvo luchando para mejorar la situación de estas trabajado- ras y proponiendo al mismo tiempo la desaparición del servicio doméstico a favor de los servicios colectivos públicos. El peso de los años de reivindicaciones continuas de la JOC consiguió que para la altura de la Transición la sociedad se hiciera consciente de la situación de las trabajadoras del servicio doméstico. De todas maneras, entre 1976 y 1977, la JOC había atemperado su discurso y la organización entró entonces en una profunda crisis. Parecía que la batuta de estas reivindicaciones de la JOC la fueran a coger los sindicatos que poco a poco se fueron legalizando. No obstante, ante la incomprensión de sus camaradas varones, la lucha de las trabajadoras del servicio doméstico parecía no poder encauzarse en los sindicatos de clase: debía hacerse desde el feminismo. A partir de la década de los ochenta, la lucha se enraizó en el feminismo y a través de esa relación, el movimiento de las ahora trabajadoras de hogar y el feminismo se robustecieron mutuamente. Las trabajadoras de hogar asumieron las prácticas de acción directa que el feminismo había diseñado, y el feminismo, a través de estas trabajadoras, pudo llevar a la práctica gran parte de sus presupuestos teóricos. Y así fue como en 1985 se creó la Asociación de Trabajadoras de Hogar de Bizkaia (ATH-ELE), justamente en el año que el Real Decreto sobre el Trabajo del Hogar Familiar, la primera regulación desde la época republicana, oficialmente las convertía en trabajadoras de tercera clase. Esta regulación discriminatoria tuvo lugar además en un momento en el que estas trabajadoras se pudieron convertir en el único agente económico de sus hogares debido a la grave desindustrialización y crisis económica que estaba viviendo el país. Demostraban que a pesar de tener unos derechos de papel mojado eran mujeres de acero inoxidable

 

Tomado de Revista K Barakaldo Aldizkaria 4

Eider de Dios Fernández

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Actualizado el 3 de marzo de 2024

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