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Progreso en el pantano gracias al edificio Ilgner en Barakaldo

Progreso en el pantano gracias al edificio Ilgner en Barakaldo

A comienzos del siglo XX el progreso echaba humo. Funcionaban en todo el mundo bastantes trenes de laminación eléctricos. La demanda se vio incrementada a partir de 1903, año en el que Karl Ilgner desarrollaba por primera vez el accionamiento eléctrico reversible para trenes de laminación, que resultaba un 75% más barato que los accionamientos de vapor. En 1906, tres fábricas vizcainas: La Basconia de Basauri, Echevarria de Rekalde y San Francisco de Sestao ya habían instalado los primeros trenes eléctricos de España, todos ellos accionados por motores Siemens.

Dos años después, AHV ponía en marcha por primera vez un tren frío de accionamiento eléctrico en la fábrica de hojalata. El resto de sus 23 trenes –entre blooming, reversibles, fermachine y de fabricación de hojalata–, seguían movidos por máquinas de vapor o motores de gas. En 1912 se proyectan nuevos trenes: un blooming en la fábrica de Barakaldo y un tren continuo para hierros comerciales en Sestao. Este último se inaugurará en 1918 con accionamiento eléctrico; sin embargo, el tren blooming proyectado para la fábrica de Barakaldo nunca llegará a su destino; comprado en 1914 en Alemania, su transporte queda bloqueado en el puerto de Rotterdam por las vicisitudes de la Primera Guerra Mundial.

Una vez tomada la decisión de introducir el accionamiento eléctrico en Altos Hornos de Vizcaya (AHV), se eligió el sistema Ilgner, encargándose el suministro del grupo y equipo eléctrico completo a Siemens Schuckert Industria Eléctrica. Toda una apuesta.

No era una decisión fácil, habida cuenta las dificultades encontradas para dar con el espacio idóneo. La escasez de terreno se resolvió proyectando la instalación al otro lado de la carretera, en un terreno de muy difícil cimentación por carecer de base firme hasta los 27 metros de profundidad y ser terreno pantanoso, una complicación a la hora de lanzar el órdago.

Con todo, el ingeniero Alfonso Peña Boeuf, experto en consolidación de terrenos, se hizo cargo de la obra llevando a cabo una cimentación experimental con gran éxito; construyó una gran placa de hormigón armado lanzando a grandes presiones, a través de ella, inyecciones de mortero con escorias.

Poco antes se habían construido en terrenos próximos tres magníficos edificios industriales de hormigón armado que iban a servir de referencia: las naves fundacionales de Babcock & Wilcox en Sestao (1919) y, sobre todo, la fábrica de Grandes Molinos Vascos en Zorroza (1924) y la desaparecida Central Térmica de Burceña (1926).

Más allá de los sudores y esfuerzos que conllevó su localización, desde su inauguración, en 1927, sorprendió por su belleza, fue una revolución, es una auténtica joya de la arquitectura con fachada en ladrillo con enormes ventanales, y una decoración interior a base de motivos ornamentales. Tras los derribos de la fábrica de Altos Hornos de Vizcaya (AHV) de 1995 se rehabilitó para alojar la sede del Centro de Desarrollo Empresarial de la Margen Izquierda (Cedemi).

En 1927, tres años después de su inicio, se inauguraba el edificio. Ejecutado en hormigón armado, con excepción de la cubierta de cerchas metálicas, respondía a las necesidades constructivas que imponía el soporte de la pesada maquinaria. Su planta basilical era compartida por una nave central diáfana de 55 metros de longitud y 20 de luz, que albergaba la sala Ilgner con la maquinaria y el tablero de mandos, y dos naves laterales a diferente nivel, la de mayor altura con la instalación de distribución y la menor con las instalaciones de transformadores y rectificadores.

En su interior la sala presentaba una gran riqueza decorativa, poco corriente en las construcciones de la siderurgia. Los zócalos de baldosa cerámica, en los que se intercalaban siete puertas de arco rebajado y el piso acabado en terrazo con diferentes motivos ornamentales, son todo un ejemplo de deferencia hacia un espacio de calidad donde la fábrica dejaba de ser un antro infernal para dar lugar a la fábrica-catedral, capaz de combinar utilidad y estética.

Exteriormente la construcción mostraba su esqueleto de hormigón con los pilares distribuidos entre amplios ventanales que verticalizaban sus fachadas, en contraste con el ladrillo visto de cierre de los muros y las líneas horizontales de la cornisa y el tímpano. Las proporciones se asemejaban a las de un templo clásico sin concesiones al ornamento, pero con una nítida expresión de poder, solidez óptica y monumentalidad, en consonancia con las nuevas tipologías que las arquitecturas de la electricidad estaban reproduciendo en toda Europa a aquellas alturas del siglo.

Digamos que las proporciones se asemejaban a las de un templo clásico sin concesiones al ornamento pero con una nítida expresión de poder, solidez óptica y monumentalismo, en consonancia con las nuevas tipologías que las arquitecturas de la electricidad estaban reproduciendo en todo Europa a estas alturas del siglo. Estas se encaminaban hacia la búsqueda de unas formas propias de auténtica estética industrial a partir de una nueva interpretación de los recursos histórico-eclecticistas. Soluciones arquitectónicas donde la electricidad se convirtió en expresión del poder –temples of power– y del confort que esta fuente de energía era capaz de ofrecer.

Tomado de www.DEIA.eus

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