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Romerí­a de Santa Lucí­a

Romerí­a de Santa Lucí­a

87f775f3INTRODUCCIí“N

Desde Bengolea hasta Agirza, la cuenca del Castaños o valle de El Regato, es el ámbito que comprende la cabecera y curso medio del rí­o Castaños, afluente del Galindo que, a su vez, vierte sus aguas al Nervión o Rí­a de Bilbao. Espacio geográfico que corresponde a la jurisdicción de varios términos municipales, los de Barakaldo –en su mitad-, Galdames, Gí¼eñes y –tangencialmente- los del Valle de Trapaga y Ortuella. Esta cuenca entre sendas alineaciones montañosas –Triano y Sasiburu-Eretza-constituye una unidad ecológica y paisají­stica, de actividades comunes en la sociedad tradicional –ferrona, minera, carbonera y pastoril- y con una identidad común sustentada en rasgos etnológicos. Reserva naturalí­stica e identitaria, de los rasgos distintivos atribuidos a la cultura popular baracaldesa. Escenario definitorio de la identidad local en el imaginario, y plataforma cultista de la reinvención de la tradición en el género chico baracaldés.

Identidad compatible con un pluralismo administrativo, acorde con la pluralidad toponomástica del rí­o de referencia: Agirza, Castaños, Regato, Bengolea o Galindo; nombres todos que recibe en todo o en parte de su curso. Patrimonio cultural más marcado en las aldehuelas o somos de sus laderas: Santa Lucí­a, Mesperuza, Tellitu, Saratxo y Castaños. Los núcleos más antiguos de su poblamiento tardomedieval, cuando la colonización agrí­cola se dirigió a las altitudes intermedias delas laderas antes que al llano, y los menos afectados en la contemporaneidad por las explotaciones mineras a gran escala de los montes en los que se asientan. Algunos con ermita propia, cuya ubicación en lugares dominantes contribuí­a a cristianizar las periferias jurisdiccionales, y punto de referencia de una religiosidad popular instrumental y de un ciclo festivo de referente agropecuario. Patrimonio cultural, en suma, tanto material como simbólico; del que las romerí­as aquí­ estudiadas constituyen un importante recurso, desde luego, el más activado. Porque forman parte de un pequeño ciclo de fiestas rurales intra o supralocales, a través del cual grupos de vecinos, de oriundos, de montañeros y de personas del entorno buscan renovar las fuentes de sus identidades primordiales, desde la familiar y local hasta la étnica, asociadas a una tradición evocada o inventada, expresadas y exaltadas en estos acontecimientos festivos, además de la diversión y la devoción. Funciones caracterí­sticas de toda fiesta en cualquier época y latitud, pero especialmente manifiestas en nuestras romerí­as contemporáneas, que mantienen el cordón umbilical con la sociedad tradicional. En referencia a la de Santa Lucí­a, ya lo expresaba así­ en 1889 el corresponsal en Barakaldo de El Noticiero Bilbaino  aquejado, como tantos vascos protonacionalistas, de ese estado de abatimiento colectivo, desencadenado por abolición foral y los cambios socioculturales inherentes a la industrialización, que un ensayista ha calificado como bucle melancólico (Jon Juaristi).

[…] las romerí­as en este noble y alegre suelo son como la panacea de todas nuestras desdichas e infortunios. Lo que existe es la esencia de la raza, como lo demuestra nuestra historia, hablando del carácter vascongado, no hay potencia humana que lo destruya, por mucho quesea el empeño en que suframos una inútilmente pretendida metamorfosis“.

Para el autor de este texto, baracaldés y encartado, lanzar una mirada reflexiva sobre un espacio tan familiar, e identidades primordiales como las asociadas a estas fiestas, supone un ejercicio de objetividad, un reto más difí­cil que el de precedentes experiencias analí­ticas en las que circunstancias geográficas y/o cronológicas garantizaban un cierto distanciamiento. Por el contrario, esta circunstancia posibilita un ajustado cálculo de participantes por actos, espacios y tiempos de las tres pequeñas romerí­as montesinas aquí­ estudiadas. Hablando de éstas, y de otras de análogo tipo de Barakaldo y su entorno, dice Ernesto Perea en sus  Perfiles baracaldeses:

También los somos aferrados a la sierra tienen sus conmemoraciones festivas; fiestas de égloga en que los habitantes de las cumbres acuden con sus rebaños que enjabelgan la montaña. Estas ermitas minúsculas de los somos baracaldeses, emplazadas en lo alto, en cualquier arruga del terreno, son autos de fe de la piedad de nuestro pueblo […]. En el dí­a de la fiesta, estos montañeses sencillos y sin maquiavelismos, adornan el altar humilde de la humilde iglesia con puñados de florecillas silvestres y de bermejos muñugres montesinos. Y cantan salmos y aleluyas“.

De ámbito contiguo en lo espacial y discontinuidad en lo temporal son nuestras tres romerí­as, una de ellas pretérita. En cualquier ámbito geográfico, las fiestas pautan el tiempo y significan el espacio, y también en este anfiteatro de montañas que es la cuenca alta del Castaños, circunvalada por los montes de Argalario, Gasteran, Eretza, Apuko y Sasiburu. El esquileo de las ovejas se realiza a partir de San Bernabé (11 de junio), por Santa Lucí­a (30 de junio), hasta La Magdalena (22 de julio), y los desplazamientos por transtermitencia entre diversas zonas de estos montes tienen lugar a partir de esta última fecha. Las dos primeras festividades abren, y la tercera confirma, esa estación del amor que es el estí­o festivo; antaño ocasiones recurrentes de relación entre géneros, y hoy de reencuentro sociable entre amigos, familiares y antiguos vecinos separa-dos en lo cotidiano por los imponderables de la supervivencia y/o de su opción residencial.

1. ROMERíA DE SANTA LUCíA

1.1. De la montaña a la ribera: espacios sagrado y profano de la celebración

1.1.1. Emplazamiento, funciones y población La extinta romerí­a de Santa Lucí­a tuvo como referente sacral la ermita de esta advocación sita en el pequeño somo al que da nombre, “que resalta en el cautivante paisaje”, a 270 m. de altitud en la ladera del monte Argalario (509 m.) y de su satélite Garrasti o Garrastegi (366 m.); y como espacio profano la campa de Bengolea, a orillas del rí­o Castaños, bajo la loma de Espinueta (143 m.) y próxima a la barriada homónima. Lugares, todos ellos y junto con las aldeas de Mesperuza y Gorostiza, considerados como pertenecientes al ámbito del barrio de El Regato en la tradicional división del territorio de la Anteigleia  pero progresivamente adscritos –no sin controversia- al de Retuerto dado su proximidad al mismo; y, aún más, a los ámbitos de su iglesia de San Ignacio y escuela, ubicadas en la inmediata barriada de Amézaga y erigidas respectivamente en 1879–parroquia desde 1947- y con anterioridad a 1881.Santa Lucí­a fue considerada como abogada y protectora de la vista, función que justifica las promesas, las misas encargadas y los legados efectuados a esta advocación en su ermita baracaldesa a lo largo de los siglos . Por su emplazamiento, en un punto elevado del lí­mite del área cultivada, Santa Lucí­a –como San Bartolomé y Santa ígueda- fue punto de destino de procesiones de Letaní­as, para celebrar una misa cantada y bendecir desde allí­ los campos. Rogaciones descuidadas a mediado del siglo XIX, por lo que el municipio decide incentivar al cabildo para que las recupere. La zona paisají­stica de la ladera SE de Argalario, entorno de Santa Lucí­a, presenta restos de vegetación autóctona, con intercalación de prados, cultivos, argomal y repoblaciones de pino y eucalipto. Erial –brezo, argoma y helecho- en las cotas (Mota, Goronillo, Argalario), en La Jara y las lastras de Modorreta. También hubo pequeñas minas, desde Bengolea hasta las Kukutxak; y en las inmediaciones de Bengolea huertas, prados y eriales, más bosquetes caducifolios (Homobono).En 1860 el enclave de Santa Lucí­a estaba integrado por dos edificios: la ermita y una casa habitada; y la barriada de Bengolea por cuatro casas habitadas. La actividad tradicional de este somo, como en todos los Montes de Triano y Sasiburu, fue el pastoreo.

Sus rebaños practicaban movimientos de corta transtermitencia hacia los pastos del Eretza e inmediaciones, por Castaños. Sin rebasar la divisoria de aguas de la cuenca, porque el ayuntamiento de Galdames nunca ha autorizado a los ganados de otros municipios a pastar más allá de ella, hacia San Pedro. En cuanto a Bengolea, en 1860 eran cuatro las viviendas tradicionales existentes en la barriada. Aquí­ existieron, al menos desde el siglo XVII, ferrerí­a y molino; adquirido éste con el de Retuerto por la fábrica  Ntra. Sra. del Carmen en 1855para usar el caudal del Castaños. En 1909 su sucesora, la sociedad  Altos Hornos de Vizcaya, verificó una captación de agua mediante tres bombas de impulsión. El caudal restante era utilizado por las vecinas de las clases populares de Barakaldo para el lavado de ropa en el rí­o, en el tramo comprendido entre Retuerto y Bengolea; hasta que la construcción de lavaderos y el servicio de agua a domicilio vayan poniendo término a esta práctica. Los remansos de Bengolea y su presa del Pontarrón, sombreadas por chopos, alisos y plátanos, sus riberas con prados con eucaliptos, robles y cerezos, fueron frecuentadas por los bañistas infantiles de Barakaldo, ya desde el periodo de entre siglos, actividad de esparcimiento asociada con la pira escolar, la pesca y el hurto de frutas. Lugar de acampada de los gitanos nómadas, y de pesca. Meta excursioní­stica, asimismo, de grupos amicales y familiares, de picnic dominical o de ocio forzoso durante huelgas, como la de 1917. Pero, sobre todo, estos pintorescos parajes -más los de Urkullurreketa, Tiletxe (Telletxe), Pasajes y Belgarriz- se vieron concurridos por los jóvenes parados del interregno republicano; muchos de ellos de ideologí­a libertaria, practicando el nudismo y el naturismo en la denominada “playa de los anarquistas”, algunos de ellos balanceándose enl as ramas imitando al Tarzán popularizado por el cine.

1.1.2. Administración y mantenimiento

El patronazgo de Santa Lucí­a, como de las restantes ermitas baracaldesas, correspondió a los fieles regidores y vecinos de la anteiglesia, quienes la dotaron de bienes propios para su arreglo y mantenimiento. Las rentas de Santa Lucí­a procedí­an de sus frutales, ganado y sus derivados. Durante el primer tercio del siglo XIX se efectuaron obras de reparación en esta ermita.

La deuda contraí­da por el erario público con motivo de la primera guerra carlista, obliga al Ayuntamiento a vender, en 1834, las casas de Santa Lucí­a a Francisco de Gorostiza, por importe de 11.999 reales, tras lo que la ermita careció de fondos propios para su reparación. Ya en 1868, y a instancias Martí­n de Loizaga, mayordomo de Santa Lucí­a, la corporación acordó que se repusiera la chimenea de la casa aneja. En 1902 se restauró la ermita por encargo de su propietaria, Manuela de Garay; aunque en 1904 el párroco de El Regato solicitaba su nueva reparación al municipio. José Crespo, apoderado de Fidel Arana, participa al Ayuntamiento en 1915 su estado de ruina y derrumbe del tejado; es autorizado para proceder a la reparación, pero sin que el erario municipal aporte su contribución. A través de su cancela, algunos fieles arrojaban calderilla a modo de modesto donativo. En cuanto a la campa sabemos que, en 1866 y en atención al mal estado del terreno donde se vení­a efectuando la función profana de esta romerí­a, y a que varias personas han caí­do al cauce del molino de Mengolea, el Ayuntamiento decide tomar medidas para evitar estos accidentes; disponiendo al efecto, que “este año se hará la romerí­a un poco más arriba pegando al camino y el rio madre”; es decir, se traslada el espacio festivo a un entorno inmediato. Como evidencian los datos precedentes, es evidente que pese a su doble significación, como centro de religiosidad popular y de concurrencia romera, Santa Lucí­a experimentó un endémico estado de abandono. Por otra parte, el reducido espacio público existente en este antuzano obligó a desplazar la función profana de la romerí­a hasta Bengolea. A la que se describe como “una hermosa campa cubierta por la sombra de seculares castaños”. Más tarde se plantaron allí­ algunos eucaliptus que aún perduran.

1.2. Historia de la romerí­a

La festividad litúrgica de Santa Lucí­a es el 13 de diciembre, pero su romerí­a se celebró el 30 de junio, con misa por la mañana en la ermita; y baile la tarde de este dí­a y el de su repetición al siguiente domingo en la campa de Bengolea. Dualidad de espacios festivos constatada ya en 1814, cuando el ayuntamiento faculta al rematante de vinos de Retuerto para surtir la romerí­a de Bengolea, y al de El Regato la de Santa Lucí­a. Además del gran contingente de romeros baracaldeses, acudí­an muchos otros desde Bilbao, Abando, Deusto, “y parte allá del Nervión”. Esta romerí­a, la primera del ciclo estival de fiestas baracaldesas, suscitaba diferentes expectativas entre los romeros, de acuerdo con su correspondiente edad. Entre los adultos y viejos, la de cumplimentar las promesas efectuadas, rezar a Santa Lucí­a en su ermita y degustar la comida portada en su cestita. Para los jóvenes, la de establecer relaciones con el sexo opuesto, bailando prolongados aurreskus provistos de alpargatas, “para danzar con más agilidad”. Para los niños, por último, la de adquirir “ricos pasteles, silbos y otros objetos más o menos ruidosos” en la campa de Bengolea.

Desde primeras horas de la mañana, numerosos romeros subí­an hasta la ermita, donde tení­a lugar la función religiosa. Consistente, a nivel formal, en varias misas rezadas y una última “cantada por reputados músicos”; pero también en actos de religiosidad popular, como el de “elevar sus preces a la abogada de la vista”. Si la subida no carecí­a de animación, el regreso de la ermita era tumultuario y jubiloso.

“Por doquiera que uno se dirigí­a, encontrábase con multitud de grupos de gentes de buen humor, que en medio de fraternal algazara, compartí­an su alegrí­a lanzando estrepitosos sansos y dirigiéndose amistosos saludos”.

Como afirma una vieja copla de vuelta de esta romerí­a, una vez cumplimentado el aspecto religioso, llegaba el momento de la diversión y del flirteo: “De Santa Lusí­a vengo, de cumplir una promesa; ahora que está cumplida, dame la mano, Teresa”.

Esta comitiva, que se dirigí­a de regreso hacia la campa de Bengolea, centro de la función profana, era reforzada por los que hasta allí­ acudí­an procedentes de todas partes. Una vez en ella, los romeros se reuní­an en grupos para comer, entre ellos una cuadrilla “alegre, simpática y reverenda” de bilbainos presidida por el reportero Cipri y provista de suculento menú según el cronista local. Las choznas, poncheras y cervecerí­as ambulantes instaladas en la campa agotaban sus provisiones antes de las seis de la tarde, con las consiguientes melopeas de la concurrencia. Aunque, al parecer, sin otras consecuencias que los requiebros amorosos con los que los adoradores de Baco –de ronca y fuerte voz-obsequiaban a “algunas distinguidas romeritas”. Por la tarde, tras la apacible digestión, comenzaba un animado baile, durante el que:

“…una inmensa multitud de jóvenes de todas edades, sexos y condiciones, cubrí­an la tapizada superficie de fresca yerba (sic) del ameno campo de Bengolea, para convertirla en breve tiempo en rico arenal, metamórfosis producida por la infinidad de aurrescus e innumerables corros de bailes formados por ciegos músicos en los cuales la alegre juventud y no pocos viejos se entregaban con embriagador entusiasmo al bullicio y jolgorio haciendo las delicias del público”.

Pero también amenizaron las funciones campestres de ambos dí­as los “músicos tamborileros” (txistularis), alternando en 1883 con la charanga de Aguirreche. Entrada la noche, y previo toque de retirada del tamborilero, los romeros abandonaban Bengolea para regresar a sus casas. Al domingo siguiente, y por lo menos desde 1879, se repetí­a en Bengolea esta función profana, con análogos “pertrechos de munición bucólica y bailable”, asistiendo grupos de jóvenes y de maduros comensales, y entre ellos “la alegre, simpática y por todos los conceptos reverenda colonia Bilbaina”.

A partir de 1890 el grueso de la animación musical de la romerí­a y de su repetición corresponde a la banda municipal de música y a los cohetes lanzados por cuenta del Ayuntamiento. De este modo se aprecia, en esta de Santa Lucí­a, una inexorable evolución constatable para el conjunto de las romerí­as de su época; porque, incluso un festejo tan tradicional como éste no puede sustraerse al influjo de la modernización de las costumbres, asociado con la industrialización y la correlativa introducción de expresiones exóticas por los inmigrantes establecidos en los núcleos urbanos y fabriles. El declive delos bailes colectivos y comunitarios, como el aurresku , a favor de nuevos ritmos constituye un indicador neto de la secularización, a la par que de la autonomí­a individual en las sociedades industriales. El tamboril (txistu) debe alternar con los nuevos acordes de charangas, bandas de música, acordeones, guitarras, y los polémicos pianos de manubrio. Y se introducen nuevos bailes como chotis, valses, polkas, mazurkas y pasodobles; interpretados al agarrao. A diferencia de otras romerí­as baracaldesas, estas de Bengolea no se caracterizaron por las peleas juveniles, sin que estuvieran exentas por ello de incidentes puntuales. Como el de aquella repetición dominical del 7-VII-1889, durante la que sufrió un desgraciado accidente Francisco Murga, alcalde del barrio de Retuerto cuando recibí­a a la comitiva de autoridades municipales y romeros que regresaban al anochecer desde Bengolea.

Precisamente ese mismo año y poco antes –5-VI-1889- tres vecinos del barrio de referencia, habí­an solicitado al Ayuntamiento, sin que al parecer su solicitud prosperara: “…el que la romerí­a de Sta. Lucí­a, primera de la temporada, y una de las principales de la anteiglesia, se amenizara en el casco del barrio de Retuerto, á donde se retiran los romeros por la noche, con vistosos fuegos artificiales”.

Con tiempo desapacible los dí­as de Santa Lucí­a y su repetición algún año, como el de 1900, se celebró otra romerí­a al domingo siguiente, a petición del público. También la romerí­a profana, celebrada en Bengolea en 1909, se vio deslucida por la lluvia, que no cesó durante todo el dí­a. Sin embargo, “la música tocó varios bailables” y la juventud bailó al agarrao y a la guitarra. La programación festiva de 1913 y 1914 prevé que la romerí­a de “Santa Lucí­a en Retuerto” se celebre en la campa el 30 de junio hasta el anochecer, y asimismo en la repetición hasta las 11 h. de la noche, sin especificar la ubicación de este espacio festivo; ambas sesiones amenizadas por la Banda de Música, tamborileros y corros de ciegos. Durante los tres años siguientes, el dí­a de Santa Lucí­a tiene lugar romerí­a de 4 h. de la tarde hasta el anochecer en la campa de Bengolea; el de su repetición, romerí­a vespertina allí­ y por la noche en Retuerto hasta las 10,30 h. El presupuesto festivo de estos años supone entre el 2,1 y el 5,6 % del destinado al conjunto de las romerí­as baracaldesas. Por la inmediatez de su espacio festivo profano a Retuerto, esta romerí­a de Santa Lucí­a fue imbricándose en el sistema festivo de este barrio; y, pese su adscripción eclesiástica a El Regato, cuyo cura celebraba la misa del 30 de junio en la ermita, la romerí­a de la repetición se traslada al anochecer al núcleo de Retuerto, tras el animado baile vespertino en la campa de Bengolea. Un episodio más de una dialéctica inter local que perdurará hasta la desaparición fí­sica de la ermita. Por esta misma razón, la campa se asocia a la festividad de la nueva capilla de San Ignacio erigida en Retuerto; que se inaugura con diversos festejos el 1º de febrero de 1879, en su término de Amézaga, en calidad de ayuda de la parroquial de San Vicente. A partir de este mismo año, comienza a celebrarse cada 31 de julio la festividad de la advocación patronal de Bizkaia, convertida en tutelar de la ermita y barrio de Retuerto. Cada año, y una vez finalizada la función religiosa, se celebraba romerí­a vespertina en la campa de Bengolea, con dotación de tamborilero y atabalero para el siguiente domingo de repetición. La romerí­a de Bengolea se estructuró en torno al baile animado por corros de ciegos, banda de música, txistularis y acordeonistas, más los puestos de chosneras. La gran concurrencia, y el escenario compartido, convertirán a esta festividad en una especie de segunda edición de Santa Lucí­a; persistiendo así­ al menos hasta 1950, cuando el crecimiento industrial y demográfico del barrio modifica el programa festivo, con la pérdida de protagonismo del aspecto romero o campestre y su reconversión en unas fiestas patronales de barrio. Paralelamente al ascenso de la romerí­a de San Ignacio, la de Santa Lucí­a va languideciendo a partir de 1917 y hasta la guerra civil, a juzgar por la escasez de referencias a la misma en la documentación municipal, aunque se costean partidas destinadas a la Banda Municipal y a los cohetes lanzados ante la ermita , y se producen diversas incidencias concernientes al orden Por lo demás, la romerí­a matinal continúa celebrándose, con una sola misa en la ermita –a las 12 h.- más un breve y espontáneo baile con charanguilla y unas jotas. Pero va perdiendo su poder de convocatoria supralocal, reduciéndose a los fieles romeros retuertanos y regateños, sin que nos conste la antaño multitudinaria asistencia del vecindario bilbaí­no. Desde El Regato suben un piano doméstico –en burro- para acompañar la misa en la ermita, celebrada por su cura. Finalizado los actos citados, cada cual regresaba a su respectivo punto de origen, y los jóvenes se desplazaban –ya por la tarde- a los actos profanos celebrados en la campa de Bengolea. Puntualmente también se celebraron en esta campa actos lúdicos de diversas asociaciones de Barakaldo y de su entorno. La afluencia juvenil a este espacio de esparcimiento, hizo que un promotor retuertano obtuviera –en 1934- permiso municipal para instalar aquí­ txozna y altavoz con los que celebrar baile domingos y festivos.

1.3. Rescoldos de una fiesta extinguida

Tras el paréntesis festivo impuesto por la guerra civil, la ermita de Santa Lucí­a fue arrasada por el gran vendaval acaecido el 15 de febrero de 1941, habilitándose su edificio primero como corral de ovejas y después como garaje. Pese a la oposición de los retuerta-nos la imagen de su advocación fue trasladada a la iglesia de El Regato, donde ocupa un sitial en su retablo, perdurando la devoción popular hacia ella. Al desaparecer el referente religioso del somo, la romerí­a fue languideciendo, incluso en su expresión lúdica de la campa de Bengolea, con animación musical a cargo de la Banda de Música y de txistularis, para desaparecer finalmente al término de esa década. Aunque desvinculada de este acto festivo, en El Regato comenzó a celebrarse misa el dí­a de la festividad litúrgica de Santa Lucí­a. Por su calidad de patrona de las modistillas, en1946 acudieron a las aprendizas de academias de costura de Barakaldo –como las de Tere Almau y Pilar Hernández-, muchas de Gorostiza y Retuerto, que llegaban y regresaban andando. Por la tarde se desplazaban a Bilbao, para merendar en la pastelerí­a de Santiaguito e ir a bailar a  Los Campos o a Gazteleku.

Asun Nuño creó, en 1947, una de estas academias de costura en El Regato. Desaparecidas, tras la Guerra Civil, las jiras anuales del movimiento nacionalista al santuario de Santa ígueda (Kastrexana) serán recuperadas por las Juntas Municipales del PNV baracaldés como

Alderdi Eguna (Dí­a del Partido) local, celebrándose el 10 de mayo de 1987, a base de mitin, misa, festejos y música de txistu. Ese mismo año, el equipo municipal de este partido recuperó la romerí­a de Santa Lucí­a, que durante tres años, se celebró –cada 13 de diciembre- en el somo de su nombre, y otros dos más en un lugar cercano, el collado de Mandiola entre Santa Lucí­a y Mesperuza. Con actos elementales: misa, festejos populares, más animación musical de txistu y baile al suelto; y con una pequeña concurrencia algo inferior a las 100 personas, como corresponde a los rigores climáticos estacionales y al nivel intraorganizativo de la convocatoria. Por lo que la festividad desapareció, y en esta ocasión definitivamente.

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