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Vivienda obrera en Bizkaia

Vivienda obrera en Bizkaia

La carencia de vivienda obrera, en Bizkaia, fue un problema preocupante a partir de las últimas décadas del siglo XIX.

Existieron dos zonas totalmente definidas donde la falta de vivienda fue motivo de serios conflictos.

Una es la minera, sin lugar a dudas en este sector se protagonizó la situación más penosa. La otra zona se desarrolla en torno a las grandes factorí­as, sobre todo en la Margen Izquierda de la Rí­a del Nervión.

Después de la Guerra Carlista durante la década de 1870, los terrenos de minas de hierro de Bizkaia supusieron un destino para cantidad de temporeros y de familias en busca de un jornal. Los temporeros, acudí­an sólo durante unos meses al año a trabajar a las minas y regresaban a sus casas para atender a las cosechas.

Pero el hierro atrajo también a numerosas familias sin recursos económicos, que acudieron a trabajar en la extracción de dicho mineral. La oferta de empleo para todos (hombres, mujeres y niños), era una manera de subsistencia para familias que viví­an en el umbral de la pobreza. San Salvador del Valle fue el municipio vizcaí­no más afectado por el contingente humano que llegó. Muestra de ello fue que en diez años, de 1877 a 1887, creció un 406%.A los mineros varones se les alojaba en barracones levantados por las compañí­as mineras; a los matrimonios con niños, se procuró alojarlos en habitaciones individuales, pero enseguida se vieron obligados a compartirlas con otras familias e incluso con peones solteros.

Esta situación, con algunas oscilaciones, se mantuvo en toda la zona minera hasta comienzos del siglo XX y, aunque en las primeras décadas del siglo la cantidad del hierro extraí­do bajó, el número de obreros mineros continuaba siendo muy elevado y la situación de la vivienda no mejoraba.

1.- Barracones mineros

Las primeras viviendas para los obreros mineros vizcaí­nos, fueron simples chabolas construidas en madera.

Las compañí­as mineras de finales del siglo XIX se vieron en la obligación de dar alojamiento a sus obreros. Lo hací­an a pie de boca de mina, pero como dudaban de la cantidad y de la calidad de la veta encontrada en cada momento, las viviendas debí­an ser fácilmente desmontables y transportables para evitar gastos de materiales y de tiempo.

Se caracterizaban por ser construcciones muy ligeras, de vida limitada, con grave peligro de incendio y de í­nfimo confort. El resultado fue, en su mayorí­a, construcciones de tablazón tejado a dos aguas, una o dos puertas de acceso y una ventana. En realidad, no estamos desencaminados si decimos que los patronos las consideraban como una herramienta de trabajo, más que como una vivienda.

El procedimiento de construcción era muy sencillo. Lógicamente, no se necesitaba mano de obra especializada para la construcción de semejantes residencias; eran los propios obreros, dirigidos por los capataces, quienes montaban y desmontaban estos barracones. La materia prima era la madera, abundante en la zona. Con ella se realizaba un esqueleto de piezas muy delgadas, montadas en paralelo con una distancia aproximada de unos ochenta centí­metros y trabadas entre sí­ por otras vigas arriostradas para asegurar la indeformabilidad de la estructura. Toda ella se revestí­a con tablones de madera, que se claveteaban unos a otros sin más complicación.

En cuanto al tamaño y distribución de los barracones, tení­an unas dimensiones variables. En Matamoros podí­an albergar hasta unos 250 mineros, que pagaban 0´25 pesetas al capataz de la mina por el alquiler de la vivienda.

Dicha vivienda se reducí­a a un espacio para dormir, consistente en una simple tabla sobre el suelo, a la que se denominaba cama caliente, ya que los obreros trabajaban a turnos, la cama nunca estaba vací­a, cuando unos se levantaban para ir a trabajar otros se acostaban, no dando tiempo a que se enfriara. En las paredes se clavaban puntas, para colgar las escasas pertenencias de cada trabajador, juntándose las prendas de vestir con los escasos ví­veres que podí­an comprar: pan, tocino, cecina…

Cocinaban en un hornillo y por supuesto no habí­a mesas ni sillas; a lo sumo cajones sobre los que sentarse y depositar la comida. Tampoco existí­an retretes.

Fácil es suponer la suciedad, el abandono y la ausencia de higiene producida por la escasez de espacio, por el hacinamiento, la carencia de agua y, por supuesto, de retretes y de lavabos.

De todo ello resultaron unas condiciones de vida bastante insufribles. Como mostraron los propios mineros al reivindicar una vivienda digna y como quedó patente en los numerosos testimonios de la época. De ellos es de destacar los escritos de médicos, higienistas y arquitectos, quienes denunciaron tal situación, por ser el campo perfecto para infecciones intestinales, de heridas y todo tipo de epidemias.

A pesar de todo, de estas chabolas construidas en las últimas décadas del siglo XIX, fueron surgiendo barrios que aún hoy perduran: La Arboleda, La Reineta, Matamoros, Parcocha y Pedernal. La Reineta en 1884 contaba ya con 329 edificios, mientras que San Salvador del Valle llegaba a los 209 edificios.

2. Primeras reivindicaciones de vivienda digna. Huelga de 1890.

Para 1890 el problema del alojamiento era tan notable que los trabajadores se negaron a continuar viviendo en las condiciones infrahumanas de los barracones de las zonas mineras. El primer punto en las reivindicaciones de la huelga iniciada por los mineros vizcaí­nos, en mayo de 1890, fue el de la supresión de los barracones en los que viví­an.

Aunque la situación más dura se viví­a entorno a las zonas mineras, los obreros de las fábricas del Gran Bilbao también sufrieron todo tipo de abusos. Entre ellos vamos a mencionar una práctica habitual de las fábricas, y tambiénde las minas vizcaí­nas, que se mantuvo hasta la huelga de 1890. Se trata de la recaudación de los alquileres devengados por sus trabajadores, previo acuerdo con los propietarios particulares que los alojaban. El importe era retenido del salario y entregado al arrendador.

Como se ha indicado, eran las propias compañí­as mineras las que construí­an lo que llamaron cuarteles. Simples barracones de madera que serví­an para alojar a los obreros que contrataban.

Los cuarteles estaban regentados por los capataces y contratistas de las minas, que además gobernaban las cantinas, único lugar para comprar los escasos ví­veres de los que se alimentaban los mineros. La lejaní­a de las minas respecto a los municipios y a los comercios hací­a que las cantinas fueran necesarias para abastecer a los mineros. Pero esta situación dio lugar a tales abusos y desmanes por parte de los contratistas y encargados de las minas, que los mineros protagonizaron una de las primeras huelgas históricas, la de mayo de 1890.

La prensa de la época reflejó en sus páginas lo duro de este capí­tulo, fundamental en la historia de las reivindicaciones obreras por unas mejores condiciones de vida y vivienda: “Desde las ocho de la mañana empezaron ayer a bajar por los altos de las Conchas, La Salve y Matamoros numerosos grupos de obreros con dirección a Ortuella, donde debí­an reunirse, gritando en voz alta y todos a coro: ¡Mueran los cuarteles! ¡Viva la huelga! ¡Viva la zona minera! ¡Ocho horas de trabajo!

… A las nueve y media se reunieron en la plaza de Ortuella unos tres mil obreros, los cuales gritaban: ¡Abajo las tiendas obligatorias!

Los huelguistas a aquella hora se dirigieron por la carretera con dirección al Desierto gritando desaforadamente: !Abajo los cuarteles! ¡Fuera las tiendas obligatorias! ¡Viva la unión minera! ¡Mueran los burgueses! ¡Vivan los trabajadores! ¡Viva nuestra bandera!

Al llegar la multitud al crucero de la carretera de Portugalete, unos 50 ó 60 forales y guardias civiles impidieron el paso a los huelguistas.

Estos se empeñaron en pasar violentamente, y entonces las fuerzas cargaron y armaron los fusiles en previsión de lo que pudiera ocurrir. El corneta tocó retirada para indicar que retrocediese la multitud.

Ante esta actitud de las fuerzas, comenzaron a excitarse los ánimos de los huelguistas; en esto que llegaron al cruce de la carretera de Portugalete las dos compañí­as de Garellano de guarnición en aquella villa, y otras fuerzas de la Guardia civil y forales, todas las cuales se unieron a las que habí­a en dicho cruce haciendo frente a los huelguistas.

Todas estas tropas, a bayoneta calada, hicieron retroceder a la multitud que ascendí­a a 8.000 o 10.000 mineros los cuales fueron dispersándose por las alturas, ofreciendo aquella masa de hombres un cuadro imponente.

Las fuerzas de Garellano, de la guardia civil y de los forales tomaron alturas desplegadas de guerrilla.

Los huelguistas seguí­an gritando: ¡Mueran los contratistas! ¡Viva la huelga! ¡Abajo los cuarteles! ¡Ocho horas de trabajo! ¡Leña contra la burguesí­a! ¡Vivan los mineros!

Ante estos gritos y estas amenazas se llegó a temer que ocurriera un serio conflicto.

Los ánimos de los trabajadores se hallaban excitadí­simos.

El vecindario de Ortuella, asomado a los balcones estaba muy alarmado.

El vocerí­o y la algarabí­a crecí­a por momentos. Las fuerzas seguí­an ocupando las alturas en las mejores posiciones y dispuestas a la defensa, en caso de que fuera necesario tomar medidas severas.

En el Desierto

Al llegar nosotros al Desierto a las tres y media vimos el movimiento que en aquel instante existí­a en la zona fabril, donde también en las fábricas habí­a ocurrido algo extraordinario.

La gente corrí­a por todas partes, y una multitud inmensa se arremolinaba en la carretera junto a la Sociedad Cooperativa.

Lo sucedido allí­ fue que un grupo de treinta o cuarenta mineros, que sin ser vistos por las tropas habí­a dado la vuelta por Nocedal, se dirigió a las fábricas de La Bizkaia, Los Astilleros del Nervión y Altos Hornos, excitando a los obreros de todas ellas a que abandonaran los trabajos.

En la Bizkaia

En esta fábrica las cosas revistieron mayor gravedad.

Un numeroso grupo de huelguistas se dirigió a dicho establecimiento fabril que estaba custodiado por algunas fuerzas de la guardia civil y forales intentaron entrar en él.

Quisieron impedirlo dichas fuerzas, y entonces la multitud empezó a pedradas con los guardias, los cuales se vieron precisados a hacer fuego con los huelguistas, resultando un muerto y siete heridos.

Un guardia foral recibió una pedrada en la cabeza que le hirió gravemente. Inmediatamente los trabajadores de los dos primeros establecimientos fabriles se declararon en huelga, dirigiéndose a la fábrica de Altos Hornos, cuyos obreros, al toque de una campana, dejaron los trabajos inmediatamente y se unieron a los huelguistas.

Hay que advertir que la fábrica de Altos Hornos fue asaltada por parte del muelle por los huelguistas, los cuales obligaron a los operarios a que se les unieran.

La huelga en aquel momento tomaba proporciones alarmantes.

Los huelguistas de las fábricas mencionadas, en número de unos 4.000 ó 5.000, se dirigieron por la carretera, unos con dirección a Sestao y otros hacia Rájeta, con objeto de que se unieran a ellos los operarios de la fundición que hay en este último punto.

Al dí­a siguiente eran los huelguistas más de 21.000, por lo que las fuerzas del orden público llamaron al General Loma, para que acabara con el levantamiento y se declaró el estado de guerra.

A pesar de todo, el dí­a 16, los huelguistas conseguí­an parar el trabajo en numerosos puntos de la capital: Olaveaga, fábricas de la Rí­a y muelles de carga y descarga.

Los representantes de los obreros pudieron reunirse con el General Loma, quien visitó los barracones y quedó completamente asqueado por tales habitáculos, comentando: “estas casas no son ni para cerdos”.

Pero la situación, cuatro años después, continuaba siendo la misma. Como veremos en capí­tulos sucesivos, las soluciones fueron lentas y los objetivos tardaron en plasmarse en realidades.

Casas Baratas

Toda esta situación generó unas condiciones propicias para que instituciones, médicos higienistas y arquitectos se pusieran de acuerdo para encontrar un modelo de vivienda para las clases trabajadoras. Esto dio lugar a las viviendas conocidas como Casas Baratas, cuyas caracterí­sticas marcaron una tipologí­a de vivienda muy notable en el Paí­s Vasco. Casas unifamiliares, pareadas o adosadas, con un pequeño jardí­n y un huerto.

Interior distribuido, al menos, en cocina, retrete y tres dormitorios.

3.- Retretes, sanidad y mortandad laboral

El modo de evacuación de las excretas en la zona minera merece análisis independiente, porque fue causa directa de denuncias de obreros, médicos e higienistas.

Si bien es cierto, que incluso en muchas viviendas del centro Bilbaino no existí­an en aquel momento los retretes como hoy los entendemos, (sobre todo por la carencia de agua corriente en muchos distritos de Bilbao), el asunto de las deposiciones, en zonas de una gran concentración humana, como era el caso de la minera, fue motivo de graví­simos problemas higiénicos.

Son abundantes los documentos escritos que se conservan, en los que se describen la insalubridad de las casas de los mineros. Probablemente fueron las peores de la época, así­ las describe el periódico El Socialista:

Los barracones son nauseabundos alojamientos que más parecen viviendas de bestias, donde los infelices viven a centenares, mucho peor que en los presidios.

En este periódico abundan los números, en donde se hacen descripciones de vida de los mineros, sirviendo primero como denuncia ante la sociedad, y segundo como modo de reflexión y de concienciación para el levantamiento del proletariado. De la siguiente manera, hací­an la reseña sobre los barracones en el número noventa y cinco de El Socialista: son cuevas o malas casuchas construidas de madera y piedras, buenas si acaso para irracionales, pero impropias de todo punto para ser habitadas por personas. Sin embargo allí­ descansan, echados en malos jergones, sin más abrigo que el que llevan puesto y muchas veces empapados por el agua que ha caí­do sobre ellos durante el trabajo, una porción de obreros.

El interior contaba con una cocina y dependiendo del tamaño una o dos habitaciones a modo de barracón, en las que llegaban a dormir hasta 42 personas, en 21 camas. En ningún caso existí­a letrinas y tampoco espacio destinado para aseo. No habí­a agua corriente.

Contamos con testimonios como el del médico higienista del municipio minero de San Salvador del Valle, Garcí­a Vergara:

Las habitaciones son casi siempre reducidas, hasta el punto de que puede decirse que hay verdadero hacinamiento,… en ellos se procura colocar el mayor número posible de camas, con distintos turnos para dormir… Tedio y compasión me ha dado cuando por mi ministerio he tenido que entrar en alguno de esos cuartos que teniendo apenas cabida para dos o tres personas a lo más, se albergaban uno o dos matrimonios con su prole y algún peón, que contra toda regla de pudor y buena educación, comen y duermen casi juntos, todos revueltos cual gitanos.

Desde luego estas condiciones de vida fueron causa directa de la elevada mortalidad dada en estos municipios.

Según Pilar Pérez Fernández la tasa de mortandad en la zona minera durante la década de 1877 a 1887, fue la más elevada de Bizkaia, superando incluso a los municipios industriales como Bilbao.

La causa de las muertes era debida no a brotes epidémicos, que por supuesto se llevaron muchas vidas, ni a accidentes laborales que también acabó con muchos mineros, sino a enfermedades comunes como colitis, gastroenteritis, disenterí­a, etc., cuyo proceso se alargaba excesivamente, provocadas por la insalubridad de las condiciones de vida, la ausencia de limpeza y por la falta de defensas de una población mal alimentada.

Uno de los motivos principales que ocasionaba las enfermedades gástricas era la ausencia de agua y de retretes.

Como se ha indicado, la zona minera constituí­a un centro de población obrera muy considerable. No era cuestión de que cada uno fuera a realizar sus necesidades fisiológicas campo através. Por lo que el asunto de las excreta, lo solucionaron animando a los mineros a que realizaran sus deposiciones en un cajón de madera colocado para tal uso. Normalmente se colocaba en el exterior de cada barracón y, en el mejor de los casos, se protegí­a de las miradas por unas paredes de tablas de madera.

La limpieza de dicho cajón y la evacuación de las excretas se realizaba dos veces por semana. Esta labor la realizaba un obrero al que denominaban el mierdero.

No es difí­cil imaginar que ésta forma de limpieza, debió ser nauseabunda y por supuesto nefasta. Sirvió de campo de abono a las abundantes epidemias tifoideas, viruela y cólera.

Ejemplo de esta vivencia lo forma el pueblo de la Arboleda, que surgió de un grupo de chabolas que se comenzaron a levantar en 1877, hasta llegar a constituirse en el principal núcleo minero de la zona.

Ante la grave situación higiénica que se produce sobre todo con la epidemia de 1885 de cólera (se mantuvo durante 57 dí­as y mató a 243 mineros), y debido a las presiones obreras, las instituciones comienzan a idear soluciones.

Las normas que se editan para acordonar la epidemia son rigurosas y duras, prohibiéndose la salida de la zona minera a cualquier persona para evitar la propagación, para lo que se pidió la fuerza del ejército. Es interesante la adopción de una medida higiénica que hasta entonces no se habí­a tenido en cuenta: el de las excretas humanas y la colocación de retretes en los puestos de trabajo, obligando a los obreros a depositar sus deyecciones en ellos bajo multa de 5 pesetas a quien no lo hiciera.

Esta epidemia también fue la causa de que se realizara, un año después en 1886, un proyecto para organizar el sistema de desagí¼es y excusados de todas las viviendas que albergaban a los mineros, el proyecto tení­a el objetivo y el tí­tulo de Higienizar Triano. Se solicitó el concurso de Willian Gill, miembro del Instituto de Ingenieros civiles de Inglaterra, pero el proyecto no prosperó, y aunque el mencionado ingeniero persentó una propuesta nunca llegó a realizarse. En el mismo año se publicó en Bilbao un libro sobre higiene doméstica, su autor era un médico higienista inglés, el doctor Teale, su obra fue traducida al castellano y editada en la Villa bilbaí­na con el nombre de La salud en peligro en las casas mal acondicionadas. En él se muestran 70 láminas con un texto explicativo de las soluciones y modelos en cuanto a desagí¼es y sanitarios así­ como a su instalación.

Por otro lado, también en 1886 las autoridades publican Reglamento de Policí­a e Higiene que debe regir en la Zona Minera o Fabril de los municipios de Baracaldo, Sestao, Portugalete, Santurce, San Julián de Musques, Galdames, San Salvador del Valle y Abanto y Ciervana.

En él se especificaba, entre otros artí­culos, que no se consentí­an dormitorios para personas de diferente sexo excepto matrimonios y los hijos menores de diez años. Que no se permití­an más de dos personas en una misma cama. También se hace mención a los excusados, indicando que al menos debí­a existir uno por cada veinte personas. El sistema que se aconsejaba adoptar era el de mantener separadas las aguas sucias de las inmundicias sólidas, de manera que pudieran recogerse estas últimas en el estado más seco posible.

Para la recepción de escrementos y basuras secas de casa, el reglamento disponí­a de un croquis que se debí­a seguir para construir en cada casa, se trataba de un depósito impermeable de poca profundidad, elevado sobre el terreno todo lo posible, y no deberí­a ser de mayor tamaño que el necesario para contener las inmundicias correspondientes a una semana. El reglamento señalaba, en otros artí­culos, que los excusados debí­an estar fuera de las casas y los receptáculos debí­an vaciarse por lo menos una vez cada ocho dí­as

Al igual que ocurrió en el caso inglés, tanto las autoridades polí­ticas como los empresarios se vieron obligados, por las presiones descritas, a dar respuesta a las demandas solicitadas, pero realmente hubo que obligarles muy seriamente como se desprende de las numerosas huelgas que protagonizaron los mineros y los obreros de las factorí­as vascas.

Al Gobierno le costaba promulgar leyes en este sentido, y los patronos de la Cuenca Minera vasca distaban mucho de ser filántropos paternalistas que cuidaran de sus obreros. Es más, se unieron y formaron el Cí­rculo Minero, para defender sus intereses sin tener en cuenta los de los obreros, más bien, en contraposición a ellos.

Las leyes que el Cí­rculo Minero promulgó, todaví­a en 1903, eran draconianas para los asalariados. Testimonios al respecto, como el que cuenta Facundo Perezagua de lo vivido cuando trabajaba en la zona minera, debí­an producir verdaderos escalofrí­os. Así­ se desprende de la Ley de Accidentes promulgada por los patronos:

… Antes del 90, en los cuarteles mineros, se leí­an extraños carteles como éste: Por dos piernas, 40 duros; por dos brazos, 20; por dos manos 10.

Dicho cartel, indicaba la cantidad que cobraban los obreros en caso de accidente y amputación de una extremidad.

La seguridad en el trabajo, fue una constante reivindicación no sólo en la Cuenca Minera sino también en todos los pueblos industriales de Bizkaia. Comenzaron en las últimas décadas del siglo XIX y continuaron en los años de 1920, siendo motivo de movilizaciones obreras a través de manifestaciones y huelgas.

Retomando el asunto de los retretes, decir que La Arboleda, en 1904, contaba con 20 calles y 150 casas en las que habí­a 2.553 almas, lo que da una media de 17´2 personas por casa. Cada casa contaba con un excusado como el descrito (o sea un cajón), pero todaví­a no existí­an los pozos negros, por lo que habí­a que retirar los mencionados cajones, de manera manual. Esta labor se continuaba realizando dos veces por semana, por el mierdero lo que provocaba un ambiente en la zona, insalubre, hediondo con emanaciones nada gratas. Así­ lo hemos encontrado descrito en la prensa de la época:

…si el aspecto exterior de aquellas viviendas es repugnante, el interior es de lo más triste que puede verse. Habitaciones de tablas con cuartos reducidos donde viven hacinados seres humanos sin apenas luz, pues las ventanas son estrechí­simas, en el interior de aquellas viviendas se hace insoportable la vida a los cinco minutos, tal es el hedor que allí­ se siente.

Sobre todo las enfermedades infecciosas del aparato digestivo descendieron rápidamente con la traí­da de aguas, con el servicio de alcantarillado y con los lavaderos públicos.

Pero el agua llegó muy lentamente, si tenemos en cuenta, que el lí­quido elemento no llegó al Hospital Minero de Triano hasta 1897 y la electricidad hasta 1902, podemos hacernos una idea de por qué los mineros en la década de 1910 continuaban manifestándose.

Las reivindicaciones comenzaron a sensibilizar a la opinión pública de manera que médicos, ingenieros y arquitectos apoyaron la instalación del inodoro en las viviendas. Se desarrollaron diferentes modelos y sistemas de evacuación. Así­ las cosas, podemos decir que los logros no se empezaron a notar hasta que entró en vigencia la primera legislación de casas baratas (1911). Que contempló como obligatorio la instalación del retrete provisto de su sifón y correcta instalación de desagí¼e. En este aspecto, es interesante observar el interés que presentaban los arquitectos y las instituciones por dar soluciones ágiles. De forma que los proyectos arquitectónicos realizados por los diferentes arquitectos de casas baratas, adjuntaban a las plantas y alzados los dibujos de los retretes y el sistema de desagí¼e que se debí­a utilizar.

Por lo tanto, todas las viviendas construí­das bajo las leyes de casas baratas en Bizkaia, tuvieron retrete, excepcionalmente tení­an lavabo y la mayorí­a carecí­an de bañera o en su defecto tampoco tení­an ducha. El modelo en cuanto a planta y alzado era prácticamente el mismo. Se trataba de un espacio estrecho y alargado, la mayorí­a de las veces no alcanzaba el metro y medio de ancho. El reglamento indicaba que debí­an tener al menos 0´50 metros cúbicos y una ventana que diera a patio o al exterior. El inodoro debí­a estar al fondo del estrecho espacio y debajo de la ventana.

Hemos tenido la suerte de poder visitar el interior de viviendas que se mantení­an sin modificar, y debemos de reseñar que a este elemento higiénico le acompañaba el alicatado de las paredes y las baldosas del suelo. Todo ello suponí­a un elemento más del confort y facilitaba la limpieza y desinfección de dicha estancia. Además se procuró utilizar elementos de calidad, y muchos de los suelos estaban decorados con grecas bicolores y en algunos casos hay retretes que tienen baldosas polí­cromas con cuatro colores. Para las paredes siempre se eligió el blanco esmaltado en los azulejos.

Mientras que el inodoro, en las primeras décadas de siglo XX en Bizkaia, se contemplaba como una necesidad dentro de cada vivienda, no ocurrí­a lo mismo con los elementos de baño o ducha. Como se ha indicado las casas baratas, en general, no consideraban la instalación de bañera, ducha y ni siquiera del lavabo. Los obreros, para su higiene personal, continuaban acudiendo a las duchas públicas de sus municipios, y en su defecto se lavaban por partes en un barreño en la cocina de casa.

La bañera, la ducha y el lavabo se consideraban instrumentos higiénicos que se asociaban a un lujo, del que sólo podí­an disfrutar los moradores de las grandes viviendas burguesas. A este respecto apuntar que, la fabricación nacional de las mencionadas piezas era escasa, excepto en retretes. Paulatinamente se comenzó a abrir comercio en este sector sobre todo en la década de los años veinte, siendo pionera la firma de José González Serrano, posteriormente en la década de los años 30 aparecerá la marca Roca. Pero las capas sociales más pudientes importaron los sanitarios, preferentemente de Inglaterra, siendo las marcas Doulton y Shanks unas de las más solicitadas.

Ana Julia Gómez Gómez

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