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Ayalas y Velascos

Ayalas y Velascos

convento-burcena-1Durante largo tiempo las torres de Lutxana fueron uno de los elementos más caracterí­sticos y llamativos de Bizkaia tanto por su situación, en Barakaldo, al pie de la rí­a, como por su construcción espectacular. Llamadas indistintamente “torres de Lutxana” o “castillo de Lutxana”, se trataba de la construción militar de mayor envergadura que ha existido en Bizkaia. El conjunto fue edificado por los dueños de la casa alavesa de Aiala en la primera mitad del siglo XV y permaneció en pie hasta el siglo XIX cuando los asentamientos industriales eliminaron una gran parte del patrimonio arquitectónico barakaldés.

Por distintos avatares que iré comentado, los Aiala no consiguieron que las torres permanecieran mas que unos pocos años en su poder. Es precisamente a esos años y a las razones que motivaron el cambio de propietario a los que me referiré en este artí­culo.

Existen referencias documentales al interés mostrado por los Aiala por la costa de la Encartación, fletaban barcos desde Castro Urdiales, poseí­an ferrerí­as, torres guerreras, numerosas casas llanas y tierras. Pero lo más destacado de su patrimonio en este entorno lo constituí­a sus posesiones en el valle de Barakaldo, lugar del que fueron patrones y donde hicieron enormes inversiones en construcciones militares y religiosas.

La pérdida de sus propiedades y preheminencias en Barakaldo privó a los Aiala de la que tal vez fuera, por encima incluso que sus propiedades en Kexaa, la mayor joya del patrimonio aialés y, desde un punto de vista estratégico, les privó de la salida natural del valle de Aiala al Cantábrico, además de dejar en poder de sus adversarios en las guerras banderizas un lugar de importancia militar sin igual.

Para conocer el origen de la casa de Aiala es necesario referirse previamente a su antecesora, la de Salcedo, un linaje que extendí­a su dominio e influencia por un área impresionante, que en la costa llegaba desde Colindres hasta Barakaldo y en el interior alcanzaba los valles de Mena, Artziniega, Lanteno y Kexaa. Las crónicas medievales sitúan a los Salcedo junto a los señores de Bizkaia y a los reyes de Castilla sirviéndoles en diferentes batallas y actuando como sus delegados cuando se trataba de solucionar conflictos en el territorio encartado. Esto fue así­ hasta el año 1328, en que murió sin descendencia Juan Sánchez de Salcedo, apodado “el Negro”, que fue el último representante de los Salcedo. Su sucesor fue Sancho Pérez de Aiala, hijo de Pedro López de Aiala, adelantado mayor de Murcia y representante de una rama del linaje salcedano que se habí­a desplazado a Toledo, y de Sancha Fernández Barroso, de ascendencia portuguesa.
Sancho Pérez de Aiala no logró recuperar mas que con una pequeña parte del inmenso señorí­o que habí­a disfrutado la casa de los Salcedo y, aún así­, debió defenderlo contra las casas de Gebara y de Murga, que se lo disputaban.

Sancho Pérez de Aiala y Sancho Garcí­a de Murga, lí­deres de las facciones enfrentadas, murieron en sendos encuentros de armas. Finalmente, la balanza se decantó a favor de los Aiala y Fernán Pérez de Aiala (n.1305), hermano del citado Sancho Pérez, quedó al frente del solar. A él se debe la reconstrucción, siquiera en parte, del antiguo mayorazgo de los Salcedo mediante compras de propiedades y diezmos que pudo realizar gracias a la considerable fortuna que recibió de su tí­o materno, el cardenal Barroso.
Las crónicas medievales recogen a Fernán Pérez de Aiala como uno de los principales delegados de los reyes de Castilla en las Encartaciones, territorio que, en ocasiones, debió “pacificar”. También lo fue en Araba, hasta el punto de constituirse en uno de los principales artí­fices de la “voluntaria” (pónganse todas las comillas que se quieran) unión de Araba a Castilla.

Del matrimonio de Fernán Pérez de Aiala con Elvira de Zavallos nació Pedro López de Aiala (1332-1407), que alcanzó talla universal por su obra “Rimado de palacio”.
Fue protagonista de una época marcada en su juventud por la Peste Negra (1348-1350), y más tarde por las turbulentas guerras habidas entre las monarquí­as de los reinos peninsulares que vivió en primera persona desde su cargo de canciller de Castilla y de las que dejó memoria escrita en sus “Crónicas de los reyes de Castilla”.

Una parte considerable del patrimonio de los Aiala se encontraba en el valle de Barakaldo. A mediados del siglo XIV Fernán Pérez de Aiala recuperó el palacio de Burtzeña comprándoselo a la poderosa Leonor de Guzmán, en cuyo poder habí­a caí­do el grueso de las propiedades salcedanas. Posteriormente, el mismo Fernán Pérez, en la creación del mayorazgo de Aiala -año 1373- dotó a su primogénito, el canciller, con cuanto tení­a en Barakaldo, además de lo que poseí­a en otros lugares, con mención especial del monasterio de Kexaa y de “el fuero de Aiala y Orozko”. Tiempo después, el propio canciller Pedro López de Aiala en su testamento -año 1406- señalaba que habí­a incrementado el patrimonio realizando ciertas “compras” en el valle de Barakaldo. En conjunto se trataba de un patrimonio excepcional, que demuestra el interés de los Salcedo, primero, y de los Aiala, más tarde, por Barakaldo. Descrito de forma sucinta, su patrimonio en Barakaldo consistí­a en: el monasterio de Burtzeña y, en los aledaños de este, la torre y el palacio. La torre de Kadaltso, tal vez la más antigua de las que se levantaron en este valle pues ya se encontraba en mal estado en el siglo XV. La torre de Landaburu y los palacios de Bitoritza que son, posiblemente, los que más adelante se citan documentalmente como torre de Bitoritza o torre de Basarrate. A todo ello habí­a que añadir los solares y heredades que cada una de estas torres tení­a anexas.
Los Aiala también poseyeron ciertos derechos sobre las herrerí­as de Barakaldo como se deduce del hecho de que el monasterio de San Juan de Kexaa gozase, entre otras muchas rentas donadas por los Aiala, de 2000 maravedí­s sobre las alcabalas de las ferrerí­as de Orozko, Laudio, Aiala y del valle de Barakaldo.

Al margen de las propiedades es necesario destacar el poder polí­tico y la influencia social de los Aiala en Barakaldo. Pretendí­an la justicia civil y criminal, aunque los vecinos se la negaban y la limitaban a los vasallos o pecheros que ocupaban las numerosas casas llanas que los Aiala tení­an en este valle. Eran, también, patrones de la iglesia de San Vicente de Barakaldo y, en los tiempos de las guerras de banderí­as, fueron los lí­deres indiscutidos del bando oñacino en la Encartación y Araba.

El primogénito del canciller Aiala, Fernán Pérez de Aiala (f. 1439), es un personaje poco conocido, difuminado por la fama de su padre y de su abuelo del mismo nombre. Sin embargo, con el se engrandeció y amplió la influencia del mayorazgo y serí­a recordado si dos de sus principales proyectos no hubiesen desaparecido, el hospital de Santa Marí­a del Cabello, en Gasteiz, que hizo construir en 1428, y las torres de Lutxana, iniciadas poco después, hacia el año 1430.

Fernán Pérez de Aiala comprendió perfectamente las ventajas que ofrecí­a el lugar de Lutxana para situar aquí­ la que serí­a la mayor fortaleza que existió en Bizkaia. A los pies de esas torres, bañando sus cimientos, se hallaba la rí­a del Ibaizabal, por cuyas aguas debí­a pasar todo el tráfico de barcos que llegaba o salí­a desde Bilbao. Desde las torres, en caso necesario, hubiese podido ser controlado el comercio de la rí­a.
Pero para controlar la rí­a no bastaba una torre normal, como las muchas que se alzaban en la Encartación, debí­a ser un auténtico castillo, inexpugnable, y así­ lo hizo levantar Fernán Pérez de Aiala. Constaba de dos cuerpos, uno menor que hundí­a sus cimientos en la rí­a, unido por un pasadizo elevado al cuerpo mayor, de tamaño descomunal. Una muralla cerraba un recinto que serví­a de patio de armas. Por unas escalerillas se accedí­a a la rí­a donde se habilitó un barco destinado a unir ambos márgenes. Semejante obra necesitó para concluirse cinco años. Las referencias que nos han llegado mediante testigos contemporáneos hablan de que al valle de Barakaldo llegaban continuamente carros cargados de piedras destinadas a las torres y de cómo Fernán Pérez traí­a a su costa maestros y canteros y que para alimentar a los operarios traí­a en bestias de carga “farina y sidra de su tierra de Aiala”.

Ortún Sáez de Llano, nacido en Barakaldo en el año 1420, contaba que con Fernán Pérez de Aiala viví­an muchos caballeros de Bizkaia y de las Encartaciones, entre ellos su padre, al cual le oyó decir en cierta ocasión que, paseando Fernán Pérez y él junto a las torres de Lutxana le comentó aquel que habí­a hecho las torres “a su propia costa y misión”, y que le habí­an costado “diez y ocho mil doblas de la banda de Castilla”, es decir, dos millones y medio de maravedí­es. Para hacerse una idea del valor que alcanzaba el conjunto de Lutxana baste decir que algunos años después, en el 1.500, según estimaciones de aquella época, triplicaban el valor del castillo de Muñatones, que entonces se hallaba en su máximo explendor.

Al cuidado de las torres de Lutxana los Aiala pusieron un caballero que actuaba como su delegado con el tí­tulo de “alcaide” de las torres. Además, cumplí­a con el cargo de merino cuya misión consistí­a en recoger las rentas de Barakaldo y de administrar justicia entre los vasallos que la casa de Aiala tení­a en el valle.

La “continuación anónima de la genealogí­a de los Aiala”, que prosigue las genealogí­as escritas por Fernán Pérez de Aiala y su hijo el canciller Pedro López de Aiala, atribuye al canciller y a su mujer, doña Leonor de Guzmán, la construcción de varias casas fuertes y, más concretamente, dice de esta que “labró la casa fuerte de Baracaldo”, en el tiempo en que su esposo permanecí­a preso en Portugal, y, añade, que la construcción fue “estorbada” por el solar de Butron y Muxika, y que por esta razón acudieron los gamboinos en su defensa.

No podemos precisar de cúal de las casas fuertes que los Aiala poseí­an en Barakaldo se trata. En cualquier caso, y atendiendo a la forma en que se menciona, pararece tratarse de la principal o más fuerte de todas ellas. Labrada, es decir, construida en piedra, y de carácter militar. Algunos autores suponen que las torres de Lutxana pudieron edificarse sobre esta casa fuerte aunque no poseemos ningún dato que nos lo confirme o desmienta. Sí­ sabemos que junto a las torres se hallaban unos llamados “palacios viejos”, ya caí­dos en el año 1500 y, además, era costumbre que junto a los palacios existiese una torre guerrera. También existe la posibilidad de que, dado que las torres de Lutxana fueron dos, unidas por un pasadizo elevado, una fuese previa a la otra y que la construcción promovida por Fernán Pérez de Aiala se tratase del cuerpo principal, considerablemente más amplio que el otro.

Pascual Madoz complicó algo más las cosas al escribir en su “Diccionario Geográfico” que la torre de Lutxana fue construida en el año 1402 por Fernan Pérez de Aiala, una fecha que no encaja con la aportada por los testigos que declararon el año 1.500 en el pleito que se siguió por la propiedad de estas torres.

El pleito que mantuvieron las casas de Aiala y Velasco sobre la posesión del valle de Barakaldo, fue largo en el tiempo y profuso en documentos, lo que dio origen a que entre estos se cuelen anécdotas que rompen la monotoní­a de las actuaciones judiciales. Incluso hubo oportunidad para algún que otro “chascarrillo”, como el contado por Sancho Martí­nez de Ulibarri, vecino de Barakaldo, nacido en 1410. Una anécdota que Mikel Gorrotxategi, secretario de la comisión de onomástica de Euskaltzaindia y entrañable amigo, y yo hemos publicado ya en el libro “Toponimia Histórica de Barakaldo”, pero que, como creo que es deliciosa, incluiré aquí­ también.
Contaba, el dicho Sancho Martí­nez de Uribarri, haber oí­do decir que doña Marí­a de Sarmiento, mujer de Fernán Pérez de Aiala, se quejaba porque su marido “enviaba muchos haberes de dineros a gastar en el dicho valle” y continuamente le requerí­a sobre el destino que daba a aquellos gastos. Fernán Pérez de Aiala se limitaba a responder: “callad señora, que llévolo todo a gastar en casa que habreis placer desque la veáis”.

La situación se repetí­a, y a cada pregunta seguí­a la misma respuesta. Un dí­a le llegó a Fernán Pérez la oportunidad de justificar aquellos gastos desorbitados. Habí­a mandado a sus sirvientes que pescasen en la rí­a, al pie de las torres de Lutxana, y habiendo conseguido piezas de gran tamaño las llevó a su mujer. Cuando se las presentaron cuentan que, sorprendida, preguntó que “a dónde los habí­an tomado” y Fernán Pérez le respondió “estos, señora, se toman al pie de las torres que yo he fecho en Varacaldo”. Entonces ella respondió “agora doy por bien empleado todo cuanto se ha gastado en ellas”.

Cierta o no, la anécdota, corrió de boca en boca y se hizo popular entre los vecinos de Barakaldo.

Fernán Pérez de Aiala murió el año 1439 dejando por heredero a su hijo Pedro López de Aiala, homónimo del canciller. Este fue el momento que aprovecharon dos de sus vasallos más poderosos, Lope Garcí­a de Salazar y Gómez González de Butrón, para arrebatar a los Aiala el patronazgo del monasterio de San Vicente de Barakaldo. Las consecuencias de este hecho, medidas o no, provocaron la inmediata reacción del aialés. El nuevo señor de Aiala necesitaba ayuda militar porque los Salazar y los Butron, eran capaces de movilizar grandes contingentes de hombres armados y, resguardados en sus fortalezas, sobre todo en el cercano castillo de Muñatones, que recientemente habí­a sido remodelado, eran prácticamente invencibles. La situación era especial y precisaba de decisiones especiales. Pedro López de Aiala solicitó la ayuda militar al conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco, lí­der de los gamboinos y su enemigo natural. En contrapartida aceptó dejar en prenda, como garantí­a para el pago del ejército que aportase el Velasco, sus propiedades en Barakaldo; entre las que se encontraban, lógicamente, las torres de Lutxana.

Fernando de Velasco de Mena, ayo del conde de Haro, encabezó un ejército compuesto por 300 jinetes y 5.000 infantes a los que se sumaron 800 aialeses y otros muchos aliados, sobre todo del valle de Salcedo y Balmaseda. Para enfrentarse a ellos Lope Garcí­a de Salazar consiguió reunir 2.300 hombres de Somorrostro, estableciendo en los lugares de Muñatones y Portugalete sus plazas fuertes. El respeto que los dos contendientes se mostraban limitó los enfrentamientos a algunas escaramuzas entre ambos ejércitos. Sin embargo, nuevos contingentes gamboinos, encabezados por los poderosos Abendaño, Gebara y Arteaga inclinaron a su favor el fiel de la balanza. En el último momento la intervención del doctor Ulloa, en representación del rey don Juan, consiguió evitar la previsible derrota salazariega.

En septiembre del año 1449 volvieron nuevamente las tropas capitaneadas por Fernando de Velasco para enfrentarse a Lope Garcí­a de Salazar. En esta ocasión los efectivos salazariegos se hallaban disminuidos porque muchos de sus escuderos habí­an cambiado de bando. Lope Garcí­a de Salazar solo podí­a limitarse a defenderse con 700 hombres barreados en Muñatones y otros tantos que dispuso en Portugalete. En esta ocasión la fortuna se alió con Lope Garcí­a porque las tropas de Fernando de Velasco fueron reclamadas para acudir a la guerra de Gomiel.

Aún hubo una tercera “venida” del ejército velasqueño un año después y, como en la anterior ocasión, se resolvió con un nuevo golpe de suerte para Lope Garcí­a de Salazar. El rey habí­a dado al conde de Haro la villa de Frí­as y, como esta se le opuso a ser entregada, el Velasco  se vio obligado a recurrir a todas sus tropas para cercarla hasta que consiguió rendirla por hambre y sed. Frí­as cayó, pero el de Muñatones consiguió librarse por tercera vez.

La consecuencia de todos estos acontecimientos fue que la deuda contraí­da por Pedro López de Aiala para pagar a los ejércitos que habí­an acudido en su ayuda se habí­a disparado hasta tal punto que, para poder liquidarla, se vio obligado, tal y como regí­a el acuerdo alcanzado previamente, a entregar sus posesiones en el valle de Barakaldo al conde de Haro. Esto, que en principio serí­a un simple depósito hasta que se formalizase el pago, se convirtió finalmente en un trueque de territorios y vasallos entre Ailas y Velascos que contó con el permiso y ratificación del propio rey. De esta forma las propiedades de los Aiala en Barakaldo pasaron a los Velasco, dejando en poder gamboino no solo las fortalezas y torres guerreras sino un territorio geográficamente situado de forma estratégica para servir de puente militar a las aspiraciones de hacerse con el gobierno de Bizkaia que años después mostrarí­a el conde de Haro.

La forma en que el conde de Haro tomó posesión de la fortaleza de Lutxana, valiéndose de un ardiz, además de demostrar una enorme falta de elegancia, evidenció la inseguridad que se tení­a en la legalidad del trueque.

Lope Sánchez de Anuncibai, en calidad de lugarteniente del conde de Haro, se presentó al frente de una comitiva de veinte hombres ante las puertas de las torres de Lutxana. Desde allí­ pidieron al alcalde de las torres, el aialés Juan de Unsáa, que saliese a parlamentar con ellos, cosa que este hizo sin sospechar nada. Mientras tanto, otros hombres que se deslizaban por los muros de la parte trasera, se introdujeron en la fortaleza y la tomaron .

Cuando el alcalde se dio cuenta del engaño ya era demasiado tarde. Los ocupantes se limitaron a comunicarle que habí­a habido un trueque entre el de Haro y el de Aiala y que tomaban posesión de ella.

Juan de Unsáa, el merino de las torres de Lutxana, avergonzado por el engaño en que habí­a caido, nunca quiso volver a ver al señor de Aiala y cuentan que murió adoleciendo de melancolí­a en su casa de Ibarrola, en el lugar de Respalditza. En Barakaldo dejó varios descendientes que entroncaron, por ejemplo, con las casas de Gorostitza, Ugarte y Martiartu.

El cambio de propietario de un castillo exigí­a cierta ceremonia y el conde de Haro en persona acudió a tomar posesión oficial de las torres. Acudieron al evento los principales lí­deres gamboinos, entre ellos Abendaño, Gebara y el preboste de Bilbao. El conde de Haro aprovechó para pasar ante Bilbao, villa que, atemorizada, le cerró las puertas.

Años después, en 1472, volvió el conde de Haro con la intención de tomar Bizkaia, ocasión en la que la alianza de los bandos oñacinos y gamboinos, comandados por el conde de Treviño, destrozó al ejército del conde de Haro en los llanos de Mungí­a.

Por lo que respecta a las torres de Lutxana, estas quedaron definitivamente en poder de la casa de Velasco, lo mismo que el resto de propiedades en el valle. Años después, en el 1.500, un Pedro López de Aiala, conde de Salvatierra, las reclamó sin éxito ante la justicia y, si pudo llegar a albergar alguna esperanza en recuperarlas se perdió cuando se alzó contra Carlos V al frente de los comuneros. Derrotado en Durana, en 1521, huyó a Portugal. Murió en 1524, después de presentarse en la corte, según algunas versiones desangrado por orden imperial, según otras de muerte natural.
Su hijo y heredero, Atanasio de Aiala, consiguió, después de largos litigios, que se le reintegrase la parte de la casa de Aiala que no habí­a sido repartida entre sus adversarios, pero no se encontraba en situación de reclamar nada más.

Hasta su desaparición, la vida de las torre de Lutxana transcurrió, al menos que conozcamos, sin ningún protagonismo reseñable. Solamente en 1836, en la batalla de Lutxana, que tuvo lugar en las navidades de aquel año, las torres de fueron escenario de uno de los enfrentamientos más sangrantes y decisivos de la guerra carlista.

En aquellas fechas las torres ya habí­an cambiado de propietario. El año 1821 los Velasco vendieron las torres de Lutxana al vecino de Barakaldo Felipe de Murga quien las adaptó y transformó en casa de labranza. Las torres se mantuvieron en pie hasta mediados del siglo XIX, cuando las obras de los cargaderos de mineral que se construí­an en la rí­a obligaron a derribar los edificios.

Escrito por Goyo Bañales

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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