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El crecimiento urbano de la margen izquierda del Bajo Nervión

El crecimiento urbano de la margen izquierda del Bajo Nervión

La denominación de «margen izquierda», que es de uso común en todos los informes urbaní­sticos sobre Bilbao y que ha sido popularizada por los medios locales de comunicación, hace referencia inicialmente a la comarca que ocupan los términos municipales situados en la orilla izquierda del Nervión, aguas abajo de Bilbao, y que, a lo largo de este siglo, han protagonizado la expansión del plano urbano de la ciudad hacia el oeste, transformando su anterior espacio rural en suelo urbano e industrial. En dichos municipios es donde se localizan las principales factorí­as industriales de la aglomeración: siderúrgica, quí­mica pesada, construcción naval, metalurgia de transformación, producción de energí­a eléctrica, etc… y, en consecuencia, han recibido un elevado contingente de la inmigración laboral llegada a Vizcaya, que es el que ha aumentado con rapidez su tamaño demográfico y ha convertido la estructura social de su población en esencialmente proletaria.

En un sentido amplio, dentro de los lí­mites territoriales de la “margen izquierda2, podrí­an incluirse a ocho de los diecinueve municipios que pertenecen administrativa mente al Gran Bilbao; pero, en función de una mayor precisión en el análisis, la “margen izquierda” se reduce comarcalmente al espacio que ocupan los cuatro municipios situados entre Bilbao y la desembocadura del Nervión: Baracaldo, Sestao, Portugalete y Santurce. De hecho, desde un punto de vista exclusivamente locativo, sólo estos municipios son ribereños de la orilla izquierda del Nervión y, sobre todo, en base a los actuales criterios de comarcalización en Geografí­a Urbana, los cuatro núcleos citados difieren considerablemente de los demás porque han alcanzado un grado de evolución demográfica y de transformación espacial y funcional muy superior, que los diferencia de forma notoria de los otros cuatro situados, más al interior, en la zona minera de Vizcaya.

Esta diferenciación geográfica queda muy bien marcada en la subdivisión de las unidades intraurbanas del área metropolitana bilbaí­na que proponen tanto Ferrer Regales como Garcí­a Merino en sus estudios sobre el Gran Bilbao. Según la clasificación del primero, dicha aglomeración está compuesta por tres unidades urbanas fundamentales: la ciudad central de Bilbao con la “city” y los barrios de la periferia municipal, el área sub metropolitana con una serie de «ciudades secundarias», que serí­an las cuatro citadas de la margen izquierda más el municipio de Guecho en la margen derecha y los de Basauri y Galdácano en la zona de expansión oriental del plano urbano siguiendo el cauce del Nervión aguas arriba de Bilbao, y, en tercer lugar, el área suburbana, subdividida, a su vez, en dos sectores: uno septentrional, que abarca los municipios del valle de Asúa y se extiende hasta Plencia por la lí­nea de la costa, y otro meridional, que se corresponde con la zona minera, en la que se sitúan los términos municipales de Ortuella, San Salvador del Valle, Abanto y Ciérvana y San Julián de Musques. Utilizando una terminologí­a distinta, también Garcí­a Merino diferencia la caracterización urbana de los municipios de la margen izquierda de los de la zona minera, al incluir a los primeros en lo que denomina «área suburbana externa» y a los segundos en el «área periurbana en transformación».

En ambos casos, la «margen izquierda» propiamente dicha sólo abarca las cuatro entidades administrativas emplazadas en la orilla izquierda del Nervión, entre Bilbao y el mar, y que constituyen otras tantas «ciudades secundarias» del área submetropolitana en relación de dependencia y de complementariedad con la «ciudad central». Los otros cuatro municipios de la zona minera pertenecen, en cambio, al área suburbana o periurbana en trasformación y no han llegado a alcanzar un tamaño demográfico ni un nivel de urbanización que los haga comparables con los anteriores. La crisis minera de comienzos de siglo detuvo su espectacular desarrollo Inicial y su anterior ritmo de crecimiento cedió en favor de los núcleos más próximos a la rí­a bilbaí­na en los que se polarizó espacialmente la industrialización posterior.

1 La integración urbana de la «margen izquierda” en la aglomeración bilbaí­na

La geografí­a urbana de la margen izquierda del bajo valle del Nervión no puede entenderse sin valorar adecuadamente su progresiva inserción espacial y funcional, a lo largo de los años del presente siglo, en el área metropolitana del Gran Bilbao, puesto que ésta circunstancia constituye el principal factor de urbanización del espacio rural existente hasta hace poco tiempo en los cuatro municipios de nuestra área de estudio. Además, la influencia geográfica del crecimiento económico y espacial de Bilbao en la transformación urbana de la «margen izquierda”, no sólo es un importante dato histórico referido al momento inicial de la industrialización de la rí­a bilbaí­na, a finales de la pasada centuria, sino que mantiene en la actualidad plena vigencia debido a que una de las direcciones más dinámicas de la expansión horizontal del plano de la aglomeración se proyecta sobre su “banlieue” occidental, afectando directamente al espacio de nuestros municipios que han experimentado, por este motivo, un espectacular despegue demográfico en la anterior década intercensal y se encuentran hoy agobiados como consecuencia de las múltiples carencias infraestructurales que padecen al haberles faltado una previsión urbaní­stica mí­nimamente eficaz.

En la historia urbana de Bilbao pueden distinguirse tres grandes etapas en función de su progresivo acercamiento geográfico al espacio comarcal que nos ocupa. Las dos primeras establecen unos presupuestos significativos que encuentran su desarrollo definitivo en la tercera etapa con la formación del área metropolitana de Bilbao, en la que se integran los municipios de la margen izquierda del Nervión, produciéndose así­ las condiciones necesarias para su acelerado y definitivo desarrollo urbano.

En un primer momento, desde la fundación medieval de la villa hasta el último tercio del siglo XIX, los ensanches del núcleo primitivo no alcanzan más que una reducida extensión superficial alrededor del emplazamiento inicial; pero, desde los últimos años del siglo XIX, Bilbao experimenta un auge económico que provoca el agotamiento de su escaso suelo intramunicipal disponible y le obliga a iniciar una polí­tica anexionista de los municipios más próximos. El paso siguiente se iniciará, al terminar la guerra civil española, con un planteamiento más amplio de las necesidades urbanas a escala comarcal, que es el que afecta de lleno a la geografí­a de la “margen izquierda”.

El origen histórico de la Villa de Bilbao se fecha en el año 1300 con la concesión del Fuero de Logroño que le hace D. Diego López de Haro. A pesar de los amplios lí­mites territoriales que se señalan en el texto fundacional de la Carta Puebla y que abarcaban gran parte de la actual comarca del Gran Bilbao a lo largo del bajo valle del Nervión; la extensión territorial de la primitiva villa se reducí­a al espacio ocupado por su primer emplazamiento sobre una estrecha terraza fluvial de la margen derecha donde el Nervión se convierte en rí­a. Al otro lado del rí­o existí­a ya un pequeño núcleo que hoy conserva todaví­a un topónimo expresivo de su antigí¼edad: “Bilbao la Vieja”.

Desde la fundación medieval de la villa hasta los años finales del siglo XIX, todo el desarrollo económico de Bilbao se realiza en este reducido espacio que se corresponde con el recinto amurallado de las Siete Calles y con sus arrabales adyacentes, por donde se realizan unas primeras expansiones laterales de poca extensión superficial. Este emplazamiento equivale a lo que hoy se denomina el “Casco Viejo”, fácilmente localizable en el plano actual de Bilbao por su estructura abigarrada con calles estrechas y paralelas y con una forma ortogonal o en da mero que recuerda su origen medieval.

El primer ensanche extramuros se realiza a partir de 1483, y durante todo el siglo XVI, hasta el incendio de 1571, que supuso una renovación interior de la villa. La dirección de este ensanche es lineal y lateral siguiendo el cauce fluvial por la margen derecha de la rí­a, hacia Ascao y el Arenal por el oeste y hacia Ibeni por el este, formándose la Ribera y alcanzando la superficie municipal las 31,63 hectáreas. Los principales factores de estas primeras ampliaciones del recinto urbano están relacionadas con el crecimiento económico de Bilbao: desarrollo del comercio lanero y creación del Consulado (1511), auge de las ferrerí­as y exportación de hierro a Inglaterra, e incremento de la construcción naval aprovechando la abundante madera de los bosques próximos.

Durante el siglo XVIII, la expansión económica y demográfica que afecta a todo el territorio peninsular influye muy particularmente en Bilbao y tiene sus consecuencias en el crecimiento urbano con el Plan Loredo (1786), en el que se continúa la dirección lateral de los ensanches a través de la iglesia de San Nicolás hacia la Sendeja y con las nuevas manzanas de casas entre la calle de Esperanza y el Arenal. En estos mismos años se proyecta también una plaza porticada, entre las calles de Ascao y Correo (1790), que es la actual Plaza Nueva que se construyó definitivamente en 1828 siguiendo el modelo neoclásico de las «Plazas mayores».

En todo este largo perí­odo de tiempo que se extiende desde la fundación de Bilbao, a comienzos del siglo XIV, hasta el último tercio del siglo XIX, Bilbao urbaniza las áreas rurales más próximas y rompe la estrechez de su primitivo recinto amurallado; pero su expansión horizontal es todaví­a muy limitada y se adapta a las condiciones topográficas de la margen derecha del Nervión, siguiendo una dirección lineal entre el angosto cauce fluvial y las pendientes cercanas del norte (Archanda, Santo Domingo), que le impiden un crecimiento más radial. Tampoco se debe olvidar que, en toda esta extensa etapa de la historia del urbanismo bilbaí­no, existen otras motivaciones de carácter económico y polí­tico que frenan el crecimiento horizontal del plano, ya que los intereses de las anteiglesias rurales limí­trofes se oponen decididamente a los afanes expansivos de la villa mercantil. Por esta razón las previsiones espaciales contenidas en la Carta Puebla de 1300, que definí­an unos lí­mites de proyección comarcal para la nueva ciudad, no podrán cumplirse hasta que el impacto social de la revolución industrial decimonónica acabe definitivamente con las inercias de la organización administrativa del territorio impuesta por la sociedad estamental. La integración geográfica de la «margen izquierda» en el urbanismo bilbaí­no está todaví­a muy lejos de producirse y únicamente la dirección longitudinal del plano hacia el oeste, que se intensificará y acelerará en los años posteriores, indica una remota posibilidad.

La segunda etapa del crecimiento urbano de Bilbao se extiende desde los años finales del siglo XIX hasta los primeros años de la postguerra, en la década de los cuarenta del siglo actual. El despegue industrial de la economí­a bilbaí­na en ese periodo agota por completo las disponibilidades de suelo urbanizable en su estrecho perí­metro municipal y la villa de Bilbao se ve obligada a urbanizar los espacios rurales de los municipios limí­trofes para evitar el colapso. Es el comienzo de la polí­tica anexionista que amplí­a considerablemente la extensión del término municipal a través de sucesivas incorporaciones de espacio entre 1870 y 1966, pasando de las 31,63 hectáreas de los años finales del siglo XVI a las 10.726,25 hectáreas de la actualidad, con lo que se configura la estructura urbana que hoy presenta el plano del municipio de Bilbao.

Pero el hecho geográfico más significativo de esta segunda etapa es el plan de urbanización de 1873, del que son autores Achúcarro, Alzola y Hoffmeyer, y que va a dar origen al primer ensanche del Bilbao moderno en la vega de Abando, traspasando, por tanto, el rí­o e iniciando la urbanización de su margen izquierda.

Para la ubicación de este ensanche se aprovecha un meandro del rí­o que forma una cubeta casi circular, de unos dos kilómetros de diámetro, sobre una baja terraza aluvial de colmatación arenosa y que supone una excepción en medio de la estrechez del cauce del bajo Nervión, limitado topográficamente en sus dos márgenes por los glacis de fuerte pendiente que enlazan con los rebordes montañosos del sinclinal colgado de Santa Marina al norte y con los del anticlinal de Vizcaya al sur.

La urbanización de esta margen izquierda tiene su precedente más antiguo en el barrio ya citado de Bilbao la Vieja, por donde entraba en la villa el camino de Orduña que comunicaba Bilbao con la meseta castellana y de donde, a su vez, partí­a el camino hacia Valmaseda y hacia la provincia de Santander a través de Portugalete. La unión de estos caminos en la margen izquierda da origen al barrio de San Francisco, que se extiende en dirección este-oeste, siguiendo el curso del Nervión, desde Bilbao la Vieja hasta el nuevo ensanche, donde ya en 1845 se habí­a proyectado la estación de ferrocarril que unirí­a Bilbao con Miranda de Ebro y con la red nacional. En esos años se abre también la actual calle de Hurtado de Amézaga que, bordeando la estación, une la calle y carretera de San Francisco con el comienzo del ensanche. Esta expansión lateral del plano a lo largo del Nervión tiene una correspondencia en la margen derecha, donde la apertura del Campo de Volantí­n, como nueva zona residencial, extiende la urbanización desde el Arenal hasta el lí­mite con Deusto. El nuevo ensanche de 1873 se concibe bajo el influjo de las tendencias urbaní­sticas del periodo final del barroco y tiene su eje central en la Gran Ví­a. El trazado de esta importante arteria sitúa el corazón urbano en «la plaza elí­ptica», que es el centro focal de un plano parabólico con las calles principales siguiendo una disposición radial.

En esta segunda etapa, además del ensanche comentado, se redactan, con posterioridad a él y en las primeras décadas del siglo XX, otros proyectos de planificación que van a tener importancia en el proceso urbano de Bilbao. Los más importantes son la conferencia (1923) y el proyecto de extensión de Bilbao (1926) de Bastida, en los que se empieza a apuntar la solución del valle de Asúa como el espacio más adecuado para la descongestión urbana, una vez agotadas las posibilidades de expansión en el estrecho valle del Nervión. Los intentos de planificación en estos años se completan con el plan de reforma del “casco viejo” de Zuazo y el plan de extensión de Bilbao de Garcí­a Marcadal (1926). En todos estos planes se empiezan a formular los primeros planteamientos de tipo comarcal como única solución al creciente desarrollo urbano de Bilbao; pero estos planteamientos no encontrarán su realización práctica hasta después de la guerra Civil con la creación del área metropolitana.

Indudablemente dichos planes son una prueba evidente de que la anterior polí­tica anexionista empieza a ser insuficiente para satisfacer la demanda de espacio urbanizable que provoca el auge general de la economí­a bilbaí­na. En efecto, en los años finales del siglo XIX y en los primeros del actual, la configuración del Bilbao actual con el Casco Viejo y San Francisco, el ensanche de Abando y algunas penetraciones periféricas hacia Deusto y Begoña, es la consecuencia urbana de un complejo crecimiento económico muy acelerado que se basa en el desarrollo de la minerí­a, en la gran industria siderúrgica, en la construcción naval y en el aumento de la flota mercante, en el empuje de la banca local y en la    creación de las sociedades anónimas, y, también, en las importantes obras de infraestructura y de comunicaciones: ví­as férreas, carreteras y puerto exterior. Todos estos factores reclaman con urgencia una nueva concepción administrativa y polí­tica, capaz de garantizar la oferta de espacio urbano que necesita Bilbao. Esta nueva concepción tardará todaví­a algunos años en encontrar su sistema concreto de actuación.

Sin embargo, el interés de esta segunda etapa en relación con la urbanización de la «margen izquierda”, impulsada desde la ciudad central de Bilbao, está en el establecimiento de una serie de propuestas urbaní­sticas que va a influir en el desarrollo urbano de los años siguientes. En primer lugar, la urbanización de Abando supone el desplazamiento del núcleo urbano a la margen izquierda del Nervión, por donde se va a desarrollar una de las lí­neas más dinámicas de la extensión del plano. Además, la expansión de la ciudad en las dos márgenes confirman su disposición longitudinal hacia la desembocadura del Nervión, formando un paralelismo de tipo axial a ambos lados, que va acercando el espacio urbanizado hacia nuestra área de estudio, al tiempo que la estructura urbana empieza ya a establecer una segregación sociológica que va a tener un mayor desarrollo posterior en los próximos años. En la margen derecha, las residencias de lujo del Campo de Volantí­n van a desplazarse hacia la ciudad-jardí­n de Neguri en el municipio de Guecho, mientras que el carácter proletario del barrio de San Francisco se va a extender por todos los núcleos de la margen izquierda hasta Santurce y la zona minera.

Por otra parte, estos presupuestos, que se derivan de la evolución de la estructura urbana y que van a influir en la intensificación de las relaciones geográficas entre Bilbao y los municipios de la «margen izquierda”, se ven favorecidos por el establecimiento de nuevas comunicaciones y por las obras del puerto exterior. El tranví­a de caballos que comunicaba Bilbao con Santurce desde 1882 se electrifica en 1896, el tren de Bilbao a Portugalete se prolonga hasta Santurce en 1926 y, desde 1902, estaba terminado el rompeolas que enmarca por la orilla izquierda la bahí­a del Abra y supone la creación del puerto exterior, que desplaza desde Portugalete hacia Santurce los servicios y tinglados del puerto comercial de Bilbao. El planteamiento comarcal del urbanismo bilbaí­no en la etapa siguiente es el que potenciará estas favorables condiciones y determinará la incorporación definitiva de nuestro espacio al proceso del Gran Bilbao.

Esta tercera etapa del crecimiento del plano de Bilbao comienza con la elaboración del «Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao y su Comarca” de 1946, en el que la planificación adquiere unas dimensiones extramunicipales y metropolitanas. La creación de la Corporación Administrativa del Gran Bilbao (1945) supone el reconocimiento legal de un área metropolitana que configura administrativamente una compleja realidad geográfica: la aglomeración urbana del Gran Bilbao, en la que se integra la «margen izquierda” de la rí­a de una forma cada vez más dinámica.

La urgencia de esta solución viene determinada en los años sesenta no sólo por la falta de espacio en la ciudad central; sino también por los progresivos niveles de congestión y de anarquí­a que se observan en todo el área industrial y residencial de la margen izquierda del bajo Nervión, donde la falta de espacio y la ausencia de zonificación de los usos del suelo están produciendo unas urbanizaciones periféricas en los municipios que no reúnen las condiciones mí­nimas de calidad urbaní­stica y que carecen de los equipamientos y de las infraestructuras más elementales.

Por esta razón, en el plan de 1961 se reconoce también la imposibilidad de descongestionar el Gran Bilbao a través de una planificación exclusivamente comarcal. En el texto informativo, junto con el sistema de zonificación de usos del suelo, con las nuevas ví­as de acceso al centro urbano y las circunvalaciones periféricas, con las infraestructuras dotacionales necesarias y con el establecimiento de una red de «metro», que se prevén; se señala también la necesidad de coordinar una polí­tica de descongestión industrial hacia las provincias más próximas a Vizcaya y de ampliar el planteamiento comarcal del área metropolitana, ordenando el territorio de las restantes comarcas de la provincia. Esta nueva concepción geográfica mente más amplia es la que se defiende y se quiere poner en práctica, en los últimos años, a través de la segunda revisión del Plan de Ordenación Urbana que la Corporación del Gran Bilbao ha encargado a la empresa Metra-Seis en 1975.

A pesar de todos estos esfuerzos planificadores que hemos resumido, los problemas urbaní­sticos de Bilbao se agravan dí­a a dí­a, como tendremos ocasión de comprobar con más detalle en las páginas siguientes; fundamentalmente porque las limitaciones financieras y ciertos intereses privados de la burguesí­a bilbaí­na retrasan y hasta impiden, en muchos casos, la realización de proyectos absolutamente necesarios para frenar determinadas inercias y para evitar la espontaneidad general que está produciendo una inevitable anarquí­a en el desarrollo urbano. En el estado actual de las cosas, la solución del problema urbano de Bilbao no depende sólo ya de la ordenación de su comarca, ni siquiera de su provincia, sino que exige un planteamiento extraprovincial. En la actualidad, muchos de los proyectos más urgentes del plan de 1961, y hasta del plan 1946, no han sido realizados, y algunos ni tan sólo iniciados, sobre todo, en lo referente a las comunicaciones, a la infraestructura viaria ya las dotaciones del equipamiento colectivo, por lo que el tiempo va a ser difí­cilmente recuperable dado el desarrollo demográfico y espacial que ha experimentado el área urbana en los últimos años.

Pero lo que más interesa destacar ahora es cómo, a través de todas estas disposiciones legales y administrativas que tratan de ordenar el desarrollo urbano bilbaí­no, se ha consumado la integración definitiva de la «margen izquierda” en el urbanismo de la aglomeración que va a potenciar su desarrollo. Desde que se inicia el planteamiento comarcal en la ordenación territorial de Bilbao, los municipios de esta comarca van a perder su autonomí­a geográfica en favor de una mayor dependencia espacial y funcional respecto a esa nueva realidad urbana que sustituye a la ciudad bilbaí­na y que es el área metropolitana del Gran Bilbao.

En efecto, Bilbao y el conjunto de municipios que forman su área metropolitana constituyen una verdadera «aglomeración urbana» según la definición que de este concepto dan los geógrafos franceses. La ciudad central ha traspasado sus lí­mites municipales en su proceso de crecimiento espacial y ha urbanizado los espacios rurales de los municipios limí­trofes que, sin embargo, ya diferencia de lo que ocurrí­a en la anterior etapa anexionista, no pierden su autonomí­a e independencia administrativas. Se forma así­ un área suburbana que en la terminologí­a geográfica francesa internacionalmente aceptada, se denomina «banlieu» y que señala los lí­mites geográficos de la aglomeración, que no siempre son fáciles de precisar sobre el plano.

Los municipios del Gran Bilbao, que están ubicados en ambas márgenes del Nervión, desde Galdácano hasta Santurce y Guecho, en la misma desembocadura del rí­o, reúnen las tres caracterí­sticas esenciales que definen a toda aglomeración que crece espacial mente a través de sus «banlieues» periféricas. En primer lugar, la «ciudad central» del municipio de Bilbao, en su proceso de expansión longitudinal adaptándose a las imposiciones topográficas del estrecho valle del Nervión, se va uniendo progresivamente a los núcleos suburbanos emplazados en dicho valle alargando el plano urbano sin solución de continuidad; pero sin alterar sus lí­mites administrativos y sin anular su autonomí­a de gestión. A la unidad municipal de la ciudad tradicional sucede la pluralidad administrativa de las «banlieues» de la aglomeración. Indudablemente, Bilbao ejerce una mayor influencia y un mayor protagonismo de todo tipo sobre el resto de los municipios de su área metropolitana, pero no llega a eliminar nunca su propia capacidad organizativa.

En segundo lugar, el proceso de urbanización, que se extiende a impulsos del crecimiento de la «ciudad-central», afecta a núcleos rurales preexistentes, que le sirven de base para su expansión, y que, con su posterior transformación urbana, van a dar origen a las «ciudades-secundarias» de la aglomeración.

En tercer lugar, y como consecuencia de las caracterí­sticas anteriores, estas «ciudades secundarias» son siempre unidades urbanas incompletas que necesitan de la «ciudad-central» y de las otras «ciudades-secundarias», lo que explica su especialización funcional con un carácter complementario dentro del conjunto de la aglomeración. Esta complementariedad de funciones es la que determina un constante intercambio de productos, servicios y personas entre unas unidades y otras, dando origen a los desplazamientos diarios de población que constituyen los «movimientos pendulares».

En nuestro caso concreto, el planteamiento comarcal de la planificación urbana de Bilbao es el que confirma definitivamente la integración de los cuatro municipios en la aglomeración, impulsando su creciente urbanización y convirtiéndolos en importantes «ciudades-secundarias» de la «banlieue» occidental del Gran Bilbao, en la margen izquierda de la rí­a, y por donde discurre una de las lí­neas más progresivas de la expansión horizontal del plano de la aglomeración.

2 El fracaso urbaní­stico del Gran Bilbao

A pesar de los distintos intentos de planificación a nivel metropolitano que se han ido sucediendo durante los últimos años, la aglomeración bilbaí­na no ha podido evitar la congestión, la anarquí­a y el caos que hoy caracterizan a su espacio urbano. Este fracaso de la planificación es consecuencia directa de la inadecuación y del desfase entre las previsiones teóricas y el espectacular y acelerado crecimiento real de las necesidades urbanas, como ya se ha indicado en páginas anteriores. Las deficiencias más graves del urbanismo bilbaí­no dependen de tres tipos de factores: topográficos, polí­tico-administrativos y financieros.

Los primeros factores son de orden fí­sico y están determinados por los inconvenientes de la difí­cil topografí­a local del valle del bajo Nervión, por donde discurre la dirección más importante del crecimiento horizontal del plano urbano. El primitivo emplazamiento medieval de la villa de Bilbao presenta unas ventajas naturales evidentes por la proximidad de las minas de hierro del anticlinal de Vizcaya y por la salida al mar que proporciona el Nervión, al convertirse en una rí­a-estuario 14 kilómetros antes de su desembocadura. Estas circunstancias fí­sicas positivas ejercen, en un principio, una importante influencia en la determinación geográfica de la doble vocación industrial y comercial de Bilbao; pero se van a convertir en dificultades graves para el posterior crecimiento urbano, que viene reclamado, desde comienzos de siglo, por el proceso de industrialización y que va a agotar en pocos años el espacio urbanizable en el estrecho valle del Nervión. En este valle del bajo Nervión se concentra actualmente la casi totalidad de la población del Gran Bilbao, que supone el 78,3% del total provincial, y se localizan, al mismo tiempo, las principales factorí­as industriales y los centros de servicios más importantes, que absorben el 80% del empleo industrial y el 90% del empleo terciario, y sin embargo, las condiciones topográficas de este espacio son extremadamente difí­ciles y contribuyen a agravar las dificultades urbaní­sticas al determinar una estructura urbana lineal o axial en dirección Este-Oeste, desde Galdácano hasta Santurce y Guecho, siguiendo los cauces del Ibaizabal y del Nervión, entre colinas y serrotas próximas por ambas márgenes. Lo que más llama la atención en todo el eje fluvial es la estrechez de las bajas llanuras aluviales.

Aparte del amplio meandro en el que se ha construido el ensanche decimonónico de la ciudad-central, en las restantes zonas del valle se pasa de forma brusca de la baja llanura a las fuertes pendientes y retazos de glacis de erosión o a las vertientes de los relieves periféricos. Este encajonamiento del valle, que orienta la expansión del plano, determina una serie de inconvenientes en la estructura urbana que se manifiestan principalmente en la escasez de suelo urbanizable, en la promiscuidad de factorí­as y viviendas, en los emplazamientos de los barrios y suburbios en pendientes y en los alarmantes niveles de contaminación del aire producidos por la dirección dominante de los vientos, por la inadecuada ubicación de las fábricas y por las vecindades industriales, en el eje de colonización del angosto cauce. Todas estas circunstancias se unen para producir un fuerte deterioro urbaní­stico y una acelerada degradación de la calidad de vida. La irregularidad morfológica y la abundancia de fuertes pendientes obligan a la población a aprovechar al máximo las exiguas superficies planas del fondo del valle principal del Nervión y de los que forman sus afluentes cerca ya de las desembocaduras, de tal manera que, en la provincia de Vizcaya, el 95% de la población habita en espacios de menos de 170 metros de altitud, a pesar de que, de sus 2.217 Km2. de extensión, solamente 978 Km2., un 44%, están por debajo de esa cota. La topografí­a, por tanto, del bajo Nervión, en la que se asienta el Gran Bilbao, establece una serie de condicionamientos fí­sicos que no son nada favorables para un ordenado desarrollo urbano y que, además, debido a la negativa influencia de los factores de origen humano no van a poder ser convenientemente evitados.

En efecto, la necesaria corrección humana de estas dificultades caracterí­sticas del lugar de emplazamiento y del eje natural de expansión del plano no se ha concretado en suficientes realizaciones infraestructura les y de equipamiento por falta de apoyo financiero y por deficiencias administrativas en los sistemas de planificación. A la hora de valorar la gestión urbaní­stica de los últimos años hay que hacer una referencia expresa a la institución más directamente comprometida en este quehacer: la Corporación Administrativa del Gran Bilbao.

En relación con este organismo, las crí­ticas han proliferado en los íšltimos años y, a través de la prensa local, han transcendido a la opinión pública, centrándose principalmente en estos tres aspectos: la Corporación Administrativa del Gran Bilbao no es un instrumento de planificación sino un organismo de control social y polí­tico; los municipios integrados en ella, a excepción del de Bilbao, no tienen representación adecuada en los órganos ejecutivos y, por fin, su presupuesto económico es exiguo. En primer lugar, en Bilbao, parece que no se dan, o no tienen suficiente influencia, los dos motivos que determinan la planificación urbana en las aglomeraciones de los paí­ses industrializados: las tensiones sociales que originan el propio dinamismo de la ciudad y que se canalizan y se expresan a través de los movimientos urbanos que se organizan en ella, y el motivo económico que trata de evitar que, a partir de cierto tamaño y de cierta estructura inadecuada, la ciudad deje de ser rentable. Los movimientos sociales urbanos no han tenido un gran desarrollo hasta ahora en el área metropolitana de Bilbao y su debilidad organizativa, unida a las dificultades de todo tipo que han encontrado por parte de la Administración derivadas de las caracterí­sticas generales de la sociedad española, ha privado a los responsables polí­ticos de la planificación de un eficaz instrumento de crí­tica que les hubiera acercado al conocimiento real de los problemas concretos de las distintas áreas urbanas.

Por otra parte, la falta de racionalización estrictamente económica da la impresión de que viene determinada por las preferencias de las nuevas inversiones de capital hacia zonas menos problemáticas, porque siempre puede ser más rentable crear infraestructuras en terrenos libres que remodelar una aglomeración sobrecargada y congestionada. Desde luego, es evidente que la Corporación del Gran Bilbao ha cumplido una finalidad ineludible al establecer un cierto control y al imponer una cierta disciplina urbaní­stica; pero, en la práctica, sus escasos medios jurí­dicos y su limitada capacidad financiera han entorpecido demasiado su labor. Martí­n Mateo detalla con precisión, desde la crí­tica administrativa del urbanismo bilbaí­no, las principales dificultades jurí­dicas del Gran Bilbao:

-El ámbito territorial de competencia es ya insuficiente desde los criterios geográficos más aceptados sobre los verdaderos lí­mites de la aglomeración.

-Las imprecisiones jurí­dicas que impiden la delimitación de competencias del área metropolitana y de los municipios de la comarca y que dan lugar a tensiones, a inseguridades, a conflictos ya incumplimientos insistentes de las obligaciones.

-La escasa representatividad de los órganos de gobierno que originan desconfianzas frecuentes en los Ayuntamientos de la zona ante muchas de sus disposiciones.

-La insuficiencia de técnicos y de expertos en las distintas especialidades del urbanismo en relación con la abundancia de representantes de la Administración local y central.

-La ineficacia de las relaciones públicas de la Corporación que no han sido capaces de crear un consejo de apoyo a los proyectos comunes, y que, por el contrario, han provocado muchas suspicacias en la opinión pública».

Quizás, en conjunto, el problema más grave de fondo que resume todos los puntos radica en la falta de representatividad de los municipios en la Comisión Ejecutiva de la Corporación, lo que determina la desconfianza de éstos y la oposición generalizada de amplios sectores de opinión que consideran a este organismo como un instrumento de presión polí­tica sin ninguna posibilidad de fiscalización democrática. controlado por el poder central y por su representación local en el Ayuntamiento de la «ciudad-central» de Bilbao, que ejerce una autoridad un tanto caciquil e en favor de los intereses privados de una minorí­a social que se enriquece con la especulación del suelo. Esta crí­tica coincide también con algunas de las respuestas que los especialistas consultados dan a la encuesta distribuida por Ferrer Regales, cuando afirman que «… el Gran Bilbao no ha dado los resultados que se esperaban y no precisamente por falta de equipos técnicos, sino por conflictos de competencia administrativa, y falta de desarrollo urbaní­stico, condicionada por deficiente organización e incumplimiento de la legislación por particulares, y por los mismos órganos urbaní­sticos que habí­an de aplicarla».

En el caso concreto de los municipios urbanos de la «margen izquierda de la rí­a», aguas abajo de Bilbao. el enfrentamiento con el monopolio de poder que ostenta la autoridad municipal de la «ciudad-central» en la corporación Administrativa es realmente digno de tenerse en cuenta. No hay que olvidar que todos ellos son municipios de importante tamaño demográfico, de economí­a industrial y acelerado desarrollo urbano y de fuerte arraigo tradicional, debido a su antigua autonomí­a administrativa que despierta su espí­ritu localista al advertir que sus altos niveles de congestión y de deterioro urbaní­stico son, en muchos casos, consecuencia de los errores de una administración que ellos no pueden controlar eficazmente.

Posiblemente la manifestación más pública y más popular de esta oposición entre la «margen izquierda» y el Ayuntamiento de Bilbao, a nivel sociológico, esté en la fugaz aparición durante los años setenta de la revista «Márgenes» que, en el poco tiempo que pudo resistir los ataques de la Administración Pública, centró la temática de todos sus números en la crí­tica de esta situación.

Al mismo tiempo. y como respuesta a la hegemoní­a administrativa del municipio de Bilbao, la revista proponí­a con insistencia la necesidad de crear una mancomunidad de municipios de la rí­a, que fuera capaz de programar las soluciones a problemas comunes y, sobre todo, que, con su tamaño demográfico y económico, pudiera contrapesar la excesiva influencia de Bilbao. La sensibilización de la opinión en este sentido evitarí­a algunos peligros de localismo pueblerino que podrí­an ser, además, perjudiciales para la integración sociológica y para el desarrollo conjunto de toda la aglomeración urbana.

Por último, la ineficacia de la planificación urbaní­stica del Gran Bilbao ha sido provocada por la escasez de sus disponibilidades financieras, que ha impedido, o ha retrasado demasiado, la realización de proyectos urgentes al no poder incluirse, en la programación de infraestructuras y equipamientos, los presupuestos concretos que permitan el desarrollo puntual de los programas de acción. Ya en la primera revisión del Plan de Ordenación Urbano de Bilbao y su comarca, realizada en 1961, la imprecisión financiera es una de las caracterí­sticas del texto de dicho Plan. El total de las inversiones previstas asciende en este año a 8.655 millones de pesetas y la parte más sustanciosa queda asignada a los trabajos de ampliación y mejora del Puerto (2.230 millones), a la red de infraestructura viaria (2.090 millones) y el aprovisionamiento de agua (2.000 millones). El resto se reparte en una serie de capí­tulos diversos que se refieren a parques y jardines, ví­as férreas, ciudad universitaria, aprovisionamiento de gas y electricidad ya la preparación de terrenos para zonas residenciales e industriales. La procedencia de esta suma de 8.655 millones de capital era la siguiente: el sector privado tendrí­a que aportar 714 millones y la cantidad restante provendrí­a del sector público, aportando la administración local (Gran Bilbao) 1.824 millones y el Estado 6.115 millones. Sin embargo. todas estas previsiones resultan teóricas y gratuitas desde el momento en que no se señalan plazos, ni se detallan procedimientos, ni se arbitran disposiciones legales, capaces de asegurar las percepciones con puntualidad.

Así­ es como se produce el abandono dotacional de toda la aglomeración. A pesar de su espectacular crecimiento en todos los aspectos, se sigue apoyando durante los años setenta, en las infraestructuras urbanas construidas antes de los años treinta con la excepción de algunas realizaciones de las iniciativas privadas, en función de la defensa de sus propios intereses económicos. Este es, por ejemplo, el caso de la autopista Bilbao-Behovia, de la proyectada ampliación del aeropuerto en el valle de Asúa, de la construcción de la refinerí­a de petróleo y del Superpuerto y hasta de la carretera entre Arminza y Baquio abierta por la Diputación, que se pensaba que iba a tener una finalidad turí­stica al unir los quince kilómetros de costa que quedaban en Vizcaya sin carretera y que, más tarde, se ha podido comprobar que fue proyectada para la construcción de la Central Nuclear de Lemoniz. Los ejemplos podrí­an multiplicarse y todos confirmarí­an que la falta de representatividad de los organismos públicos de planificación y la ausencia de participación democrática en sus decisiones determinan unas presiones constantes de los intereses privados de la construcción sobre los intereses sociales de la planificación. que producen la actual irracionalidad de la estructura urbana con zonas industriales y residenciales en perfecta amalgama, con standars de equipamiento a nivel í­nfimo y con una especulación del sueldo que se está adueñando del espacio.

Las consecuencias de todos estos factores, que han impedido un ordenamiento eficaz del territorio comarcal, se manifiestan en los múltiples problemas en la agobiante falta de suelo disponible. que provoca los actuales niveles de congestión, donde algunos espacios, como los de nuestra área de estudios de la margen izquierda de la rí­a, están próximos a su saturación. Las previsiones de suelo vacante establecidas por el Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao y su Comarca han quedado considerablemente disminuidas en la actualidad debido a la proyectada ampliación del aeropuerto en el mismo emplazamiento del valle de Asua y debido también a la futura red viaria capaz de mitigar los actuales problemas de circulación rodada. La oferta global de suelo vacante útil (con pendientes menores de 15%), que era. en 1970, de 8.150 hectáreas. ha quedado reducida a 6.100 hectáreas como consecuencia de las servidumbres urbaní­sticas originadas por el nuevo aeropuerto y la imposibilidad de programar nuevos usos en áreas próximas, como ocurre en el proyectado polí­gono-residencial de Asua calculado para 120.000 habitantes y al que hay que renunciar. Pero si la oferta de suelo urbanizable disminuye, no ocurre la mismo con la demanda cuyo aumento previsible es ya preocupante. El aumento demográfico entre 1970 y 1990 ha sido estimado en 660.000 habitantes lo que supone una demanda futura de suelo útil de 6.600 hectáreas aplicando un standard mí­nimo agregado de 100 m2 por habitante, lo que demuestra que, aún en el caso óptimo de aprovechar todo el suelo actualmente disponible (6.100 hectáreas), no se llegarí­a siquiera a satisfacer la demanda de 1990 como año horizonte (25).

Es evidente, por otra parte, que, como consecuencia de este crecimiento espontáneo y anárquico que caracteriza a la aglomeración urbana, se originan importantes cortes sociales que pesan sobre la mayorí­a de la población. Las manifestaciones de estos cortes sociales se observan en la comarca de Bilbao con mucha claridad:

-déficits de equipamiento e infraestructuras en los barrios proletarios.

-tamaño insuficiente, baja calidad y deterioro prematuro de las viviendas.

-pavimentaciones, alumbrado, servicios de agua y desagí¼es deficientes.

-escasez de dotaciones colectivas de tipo cultural, sanitario, recreativo y zonas verdes.

-niveles alarmantes de contaminación del aire, que, en el caso de Bilbao, se elevan hasta cotas peligrosas por la influencia negativa de tres factores complementarios: topografí­a, meteorologí­a y falta de previsión urbaní­stica.

Pero además, el fracaso de la gestión urbaní­stica en el área metropolitana de Bilbao tiene también una directa proyección económica como consecuencia, sobre todo, de las graves carencias que padece su infraestructura viaria. El problema es de tal envergadura que, a juicio de muchos especialistas, dichas carencias podrí­an determinar en un futuro próximo una asfixia urbana y un colapso económico de proporciones incalculables al incomunicar interiormente el espacio de la aglomeración y al aislarlo de los otros centros de gravedad de la economí­a regional y estatal. Las insuficiencias de la red viaria interna y de los sistemas de comunicación exterior, unidas a la congestión espacial existente ya la débil oferta de suelo disponible dentro de los lí­mites urbanos, constituyen las causas más evidentes de que, en la actualidad, los rendimientos económicos del Gran Bilbao, como espacio de producción y consumo, sean peligrosa mente decrecientes y que sus anteriores economí­as de aglomeración se hayan convertido en regresivas.

Desde luego, la noticia recientemente aparecida en la prensa, en los dí­as finales de 1980, anunciando la desaparición de la Corporación Administrativa del Gran Bilbao, no es ajena a la crisis social y económica que ésta ha propiciado en su área urbana de influencia y que se acaba de analizar. Si bien es cierto que el factor determinante más inmediato de la supresión de este organismo público está relacionado con el cambio polí­tico actual y con la nueva organización autonómica; también es verdad que el fracaso general del Gran Bilbao como gestor del urbanismo local hací­a cada vez más inviable el mantenimiento de competencias básicas de intervención espacial en manos de dicha Corporación.

La recuperación del tiempo perdido y el cambio radical de rumbo en materia urbaní­stica es el gran reto que tienen planteado desde ahora los nuevos entes polí­ticos, administrativos y técnicos, responsables de la planificación urbana en el recién inaugurado contexto democrático y autonómico.

3 Crecimiento geográfico y congestión espacial en la «margen izquierda»

Los problemas urbaní­sticos del Gran Bilbao analizados en el apartado anterior se agravan considerablemente en nuestra área concreta de estudio. Los municipios de la «margen izquierda», al estar situados en la «banlieue» occidental, entre la «ciudad central» y el «área suburbana en transformación» de la zona minera, ocupan un espacio particularmente estratégico, por donde se canaliza una de las expansiones más dinámicas del pleno de la aglomeración. De esta forma, la congestión urbana derivada de la creciente falta de espacio urbanizable se desplaza, con una inercia cada vez más fuerte, desde la «ciudad central», a través de toda la «margen izquierda», hasta su extremo urbanizado en Santurce, determinando así­ un incremento tan rápido de las necesidades dotacionales de equipamiento colectivo que ha superado, hasta la fecha, todas las previsiones del modelo de planificación.

La «margen izquierda» de la rí­a de Bilbao, con sus 58,86 Km.2 de extensión, supone e115,81 % de toda la superficie del Gran Bilbao y ésta, a su vez, equivale al 16,81% de la superficie provincial. En este reducido espacio de los cuatro municipios viví­a una población de 237.852 habitantes, en 1970, que supone el 29,12% de toda la aglomeración del Gran Bilbao que concentra, a su vez, el 78,30% de toda la población de Vizcaya. Por tanto las densidades son mucho mayores en la «margen izquierda» que en cualquier otro punto del Gran Bilbao y de Vizcaya: 4.040,97 hb./Km.2 en 1970 frente a los 2.194,18 hb./km.2 del Gran Bilbao y los 497 ,75 hb./km.2 de la provincia. Estos primeros datos generales indican ya un alto nivel de congestión urbana en esta zona del área submetropolitana, donde las viviendas del proletariado inmigrante se confunden con las industrias en los cascos urbanos de estos municipios y, sobre todo, en sus bordes periféricos, en los que la mezcla morfológica de usos del suelo industrial y residencial origina zonas altamente deterioradas.

A lo largo del presente siglo, la población del Gran Bilbao ha experimentado un crecimiento espectacular en términos absolutos al pasar de los 182.906 habitantes de 1900 a los 816.676 que anota el censo de 1970.

Los municipios de Basauri y Santurce, que se sitúan ambos en los dos extremos de la actual expansión lineal del plano urbano, registran los mayores crecimientos, seguidos de los municipios más próximos a ellos: Portugalete y Baracaldo cerca de Santurce, y Echévarri y Galdácano junto a Basauri. Todos ellos arrojan aumentos demográficos sensiblemente superiores al crecimiento medio de la aglomeración, que equivale aproximadamente al del municipio de Bilbaoo Es, pues, indudable que el crecimiento se polariza en los extremos de las dos «banlieues” periféricas de una urbanización longitudinal que se adapta al estrecho cauce del bajo Nervión y que desplaza hacia ambos lados los problemas de congestión urbana y de falta de espacio desde el núcleo impulsor de la «ciudad-central».

Pero, además, este crecimiento demográfico, que no es uniforme en el espacio de la aglomeración, tampoco lo es a través del tiempo durante este siglo (Cuadro n. 1).

En el último periodo intercensal (1960-1970), los mayores incrementos poblacionales corresponde a Portugalete (101,86%), Basauri (81,47%), Santurce (80,65%), Galdácano (79,94%) y Guecho (70,59%); mientras que otros municipios de importante tamaño demográfico manifiestan un ritmo de crecimiento más lento en esta década como es el caso de Bilbao (33,76%), Baracaldo (39,78%) y Sestao (49,29%), lo que está indicando un desplazamiento del dina mismo demográfico y del crecimiento urbano desde la “ciudad central” y los centros secundarios más próximos a ella hacia el puerto exterior, con una dirección occidental (Portugalete y Santurce), y hacia la «banlieue» oriental, por el valle del Ibaizabal, en dirección a la comarca del Duranguesado (Basauri, Galdácano), confirmando la constante expansión lineal del plano de la aglomeración bilbaí­na. De esta forma, en 1900, la población del municipio de Bilbao suponí­a el 64% de la de todos los municipios que hoy forman e! Gran Bilbao, mientras que la zona industrial y residencial suponí­a el 31% y la zona rural el 5%; en cambio, en 1972, la población de Bilbao sólo equivale a146% de toda la aglomeración, al tiempo que los demás municipios industriales y residenciales aumentan su porcentaje al 43% y la zona rural al 9,5%.

Esta pérdida de la importancia demográfica relativa de Bilbao se explica por el progresivo agotamiento de su suelo urbanizable dentro del término municipal Lo que determina, por saturación, un desplazamiento de los centros de crecimiento hacia otros municipios inicialmente menos congestionados, con mayores reservas de suelo rural, y en los que se empieza a producir un acelerado proceso de concentración urbana.

Es el mismo desplazamiento que se produce en la «margen izquierda», siguiendo una dirección occidental que tiene actualmente su tope en el espacio municipal de Santurce, donde se agravan, por tanto. los problemas de equipamiento urbano. Este es el caso de Baracaldo que habí­a registrado un fuerte crecimiento demográfico hasta 1960 y que, en la última década, frena relativamente su ritmo de tal modo que su participación demográfica en el conjunto del Gran Bilbao, que en 1960 era de un 13%, en 1970, se mantiene estacionaria; y lo mismo ocurre en el municipio de Sestao, donde disminuye el porcentaje de 4,9% en 1950 a 4,5 en 1970. Son municipios demográficamente saturados y los incrementos poblacionales se desplazan hacia la desembocadura del Nervión desde Portugalete y Santurce ven aumentar su participación en el conjunto de la población del Gran Bilbao entre 1960 y 1970 de 3,9% a 5,5% y de 4,4% a 5,6% respectivamente. Este proceso encuentra también un paralelismo en los municipios de la «banlieue» oriental, en el otro extremo del plano urbano, donde el crecimiento más rápido se localiza en los núcleos periféricos de Basauri y Galdácano.

La conclusión más evidente de este breve análisis es que la expansión de Bilbao, a través de su área sub metropolitana, está presidida por la espontaneidad más absoluta sin que intervenga ningún factor corrector como fruto de una planificación previsora. Solamente cuando un espacio urbano está completamente saturado y ha alcanzado prácticamente su techo demográfico es cuando cede en su ritmo de crecimiento a favor de los espacios próximos, siguiendo una progresión lineal desde la «ciudad-central» hacia las dos «banlieues» periféricas, con lo que los problemas de congestión urbana y sus consiguientes carencias dotacionales no se solucionan nunca; sino que simplemente se desplazan horizontalmente hasta afectar a toda la estructura espacial de la aglomeración en sucesivos momentos cronológicos.

En este sentido, la distribución de densidades de población en el Gran Bilbao y el incremento de viviendas en sus principales municipios, durante la década intercensal de los sesenta, confirman la importancia y la gravedad de este problema, que individualiza la geografí­a de la «margen izquierda» incluso dentro de la problemática general de todo el área metropolitana. El cuadro estadí­stico n.” 2, además de mostrar la densificación progresiva de todos los municipios, aunque con distinto ritmo y con la única excepción de Abanto y Ciérvana que es el único núcleo que pierde población entre 19601970, expresa muy bien los niveles de saturación alcanzados por la «ciudad-central” de Bilbao y por las «ciudades-secundarias» del área submetropolitana como Portugcillete. Sestao, Santurce, Basauri y, en menor proporción, Guecho, en comparación con los demás municipios del área suburbana.

La excepción de Baracaldo (2.417 hb./Km.2), que se explica por la gran extensión de su término municipal con amplias zonas rurales de difí­cil urbanización debido a sus inconvenientes topográficos, demuestran como estos datos generales de densidad poblacional por municipios no son suficientemente expresivos del nivel de congestión que afecta a muchos espacios del Gran Bilbao, por lo que se hace necesaria una subdivisión intramunicipal de las zonas más problemáticas para poder medir las densidades de forma más correcta haciendo referencia exclusivamente a su espacio útil, a su suelo edificable con pendientes inferiores, por tanto, al 15%. Esta puntualización es absolutamente necesaria en un área urbana de tan complicada topografí­a, como ya se ha indi cado en páginas anteriores. Por ejemplo, según esta medición más especí­fica y más precisa, en 1970, el casco urbano del centro de Santurce tení­a una densidad de 54.100 habitantes por km2, que sólo era superada en la aglomeración por el barrio de Recaldeberri en la periferia de la «ciudad-central» (61.400 Hab./Km.2) y, en tercer lugar, figura el barrio de San Vicente de Baracaldo con 53.100 habitantes por km.2 (29).

Los factores de esta irregularidad en la distribución de las densidades, que congestiona el espacio municipal de la «margen izquierda» en proporciones alarmantes, en relación con el resto de la aglomeración, están relacionados con el más bajo nivel de vida de la periferia urbana que recibe elevados contingentes de inmigración, formando en las «ciudades-secundarias» de las «banlieues» auténticos «municipios-dormitorio» de estructura social mayoritariamente proletaria.

Por otra parte, y en lo referente al incremento de viviendas en el periodo intercensal 1960-1970, se sitúan muy por encima de la media de la comarca metropolitana, que es de un 75%, los municipios periféricos de la actual área sub metropolitana: Portugalete (140,6%) y Santurce (124,2%) en el extremo occidental del plano urbano, y Basauri (123%) y Galdácano (107%) en el extremo oriental. Junto a ellos también es importante el incremento de Guecho (140%) (30). En contraste, e1 ritmo de edificación de viviendas es sensiblemente más lento en otros municipios importantes que ya estaban saturados con anterioridad: Sestao (75%), Baracaldo (68%) y Bilbao (63%) (31). En definitiva, todos estos indicadores estadí­sticos generales coinciden en afirmar que el crecimiento espontáneo de la estructura urbana de la aglomeración bilbaí­na se polariza actualmente en los dos extremos de sus «banlieues» periféricas, por las que se desarrolla con un mayor dinamismo la extensión longitudinal del plano que se adapta a la estrecha y difí­cil topografí­a del valle del Nervión. Los datos de Santurce y de Basauri, en los extremos opuestos de la zona urbanizada, presentan un paralelismo que demuestra la existencia de fuertes inercias en la dirección de la expansión urbana bilbaí­na, que actualmente no chocan con ninguna planificación eficaz que las desví­e. En consecuencia, el valle del bajo Nervión no sólo padece una grave anarquí­a urbaní­stica; sino que, debido a ello, está en el lí­mite de su saturación espacial y necesita con una urgencia inminente unas lí­neas geográficas de descongestión que eviten el inmediato peligro del colapso.

Este es precisamente el problema que hoy preocupa a los investigadores sociales. y particularmente a los urbanistas y planificadores, como se pone de manifiesto en todas las publicaciones recientes sobre el problema urbano del Gran Bilbao. El informe de Metra-Seis, tantas veces citado, al abordar la segunda revisión del Plan de Ordenación Urbana de Bilbao y su Comarca en 1975, apunta como solución a la urgente y necesaria descongestión del Gran Bilbao la urbanización de las restantes comarcas de la provincia, cuyas reservas de espacio rural determinan unas densidades de población considerablemente más bajas que las del bajo Nervión y, por tanto, permiten una ordenación racional del territorio a escala provincial, como se desprende de los datos siguientes:

Este planteamiento comarcal, a escala provincial, es ampliamente superado por el de Ferrer Regales que propugna una solución de tipo regional, que implica un «stop» urbaní­stico e industrial a la comarca del Gran Bilbao y especialmente a su área sub metropolitana, de la que afirma que «… no sólo debe de frenar, sino incluso parar su crecimiento en mancha de aceite, para resolver sus problemas dotacionales, mejorar su hábitat y hacerse más humana en los distritos obreros». y más adelante, resume este mismo profesor la solución, que él defiende, de la siguiente manera: «El dilema que se presenta en la actualidad es la elección de dos grandes opciones. O se continúa el camino emprendido hacia la concentración y masificación urbana, multiplicando los estrangulamientos del presente hasta lí­mites insospechados, o bien se emprende una polí­tica regional coherente, descentralizadora y descongestionadora a nivel extraprovincial, es decir, regional». Sin embargo, esta tesis de la descentralización regional no se contradice con la comarcalización provincial de Metra-Seis; sino que la completa, ya que el mismo Ferrer Regales acepta el ordenamiento comarcal del territorio como un proceso paralelo al planteamiento extraprovincial y regional.

Indudablemente, la necesidad de regionalizar el problema del Gran Bilbao es una solución aceptada por todos los autores y que se desprende del análisis de la penosa situación presente; pero el problema de fondo se plantea cuando se valoran las posibilidades concretas de que dicha regionalización sea viable. Aquí­ es donde empieza el desacuerdo entre los especialistas en el tema y la opinión de Martí­n Mateo contiene una mayor dosis de realismo que las teorí­as anteriores desde el momento en que reconoce que frente al slogan de «Stop al Gran Bilbao» se debe proponer el de «Ví­a Libre a la metrópoli del Norte» pero matiza y aclara esta afirmación cuando afirma que: «Un cierto futurismo, un poco de derroche de imaginación no desbordada parece imprescindible, porque desde luego a Bilbao lo que no se le puede hacer, es imposible, no está en la mano de nadi, es frenar su crecimiento. En este mismo sentido, se manifiestan Philippe Cazal, y Dorao Lanzagorta cuando concretan. a partir de los análisis especí­ficos de la situación actual, las lí­neas más probables de expansión del plano hacia el área suburbana de la zona minera a través de Santurce y hacia los espacios rurales del Duranguesado a través de Basauri, siguiendo las tendencias reales que hoy se observan y valorando el impacto de las grandes obras de infraestructura viaria en realización o de más reciente construcción, como son la autopista de Bilbao a Santander y la autopista Bilbao-Behovia.

Frente a estos juicios más realistas, las previsiones de Metra-Seis y la solución de Ferrer Regales se manifiestan como idealizaciones teóricas y excesivamente abstractas, en la medida en que parece que oponen una racionalidad técnica a un proceso social y no puede haber polí­tica de urbanización sin comprensión del significado del proceso social que la determina. Dicho proceso social se refiere a la forma en que la relación sociedad-espacio expresa las articulaciones de las sociedades con la estructura a la que pertenecen. El origen de las aglomeraciones urbanas depende de la concentración capitalista de los medios de producción y la anarquí­a y el desorden urbaní­stico que les caracteriza es consecuencia directa de la incapacidad de dicho modo de producción de planificar el desarrollo de la ciudad con proyección social y en interés de la colectividad. En el caso concreto de Bilbao, no hay ningún motivo para pensar que la espontaneidad que ha dominado hasta la fecha la expansión urbana desaparezca de repente por obra y gracia de unos proyectos teóricamente bien concebidos. Por esta razón, frente a las «idealizaciones» que se traducen en las utopí­as tan frecuentes en la teorí­a y en la planificación urbaní­stica, el geógrafo tiene que valorar en cada caso, y basándose en análisis cuantitativos de suficiente rigor estadí­stico, las fuertes inercias que se manifiestan en el presente y que constituyen condicionamientos reales que pesan en la proyección hacia el futuro.

En el caso que nos ocupa, los datos analizados sobre la congestión urbana en la «margen izquierda» y sobre la polarización del crecimiento demográfico y espacial en las dos «banlieues» periféricas, expresan unas tendencias muy claras sobre la expansión real del plano de la aglomeración. Es evidente que los actuales niveles de saturación van a obligar al urbanismo bilbaí­no a abandonar el sobrecargado eje fluvial del bajo Nervión; pero las lí­neas más inmediatas de descongestión van a trazarse a partir de los núcleos más dinámicos y más progresivos del presente. que se encuentran situados en los dos extremos de dicho eje. Nadie pone en duda la conveniencia de una descentralización comarcal a través del valle de Asua (aunque la discutida decisión administrativa sobre la ubicación del aeropuerto le hace prácticamente irrealizable) ya través, después, de la comarca de Munguí­a, que ofrece abundante espacio rural, o, en tercer lugar, a través de los municipios costeros de Sopelana, Plencia y Gorliz, donde el precedente que ya existe de «segunda residencia», para la época veraniega y los fines de semana, y la proyectada autopista pueden suponer dos estí­mulos importantes. Tampoco se puede dudar, por supuesto, de la necesidad de ampliar el proceso de descentralización a unas dimensiones regionales que convertirí­an al Gran Bilbao en la metrópoli del norte de España. Pero, a más corto plazo, y desde la perspectiva realista que corresponde al análisis geográfico, hay que afirmar que los próximos ensanches de la aglomeración van a realizarse a través de sus «banlieues» periféricas. Y esto no sólo por la inercia de la constante expansión longitudinal del plano de Bilbao desde hace varios siglos; sino porque, en la actualidad, existen realizaciones y proyectos de infraestructura urbaní­stica que van a estimular esta tendencia secular.

En la «banlieue» oriental, el crecimiento actual de Basauri, Galdácano y Arrigorriaga va a tener su continuidad por el Duranguesado siguiendo el valle de Ibaizabal, donde la abundancia de espacio rural y el impacto de la autopista Bilbao-Behovia, que es ya una realidad y va a producir en un breve periodo de tiempo una serie de conurbaciones entre los municipios industriales existentes (Durarigo, Ermua, Eibar y valle del Deva), son factores que marcan una dirección inmediata del progreso urbano.

Paralelamente, en la «banlieue occidental», el protagonismo geográfico de la periferia occidental hacia el área suburbana de la zona minera que, con el tiempo, puede producir una conurbación con los núcleos turí­sticos de Castro Urdiales y Laredo en la provincia de Santander. La terminación del dique de Punta Lucero en la parte sudoccidental del Superpuerto, la instalación de la refinerí­a de petróleo en Somorrostro y la proyectada autopista del Cantábrico, que unirá Bilbao con Santander, son estí­mulos suficientes para asegurar el carácter irreversible de esta dirección occidental del plano y la participación activa de la «margen izquierda» en el desarrollo urbano de la aglomeración bilbaí­na.

En función de esta previsible dirección del crecimiento espacial del plano, lo que los distintos especialistas en las ciencias humanas, entre los que se encuentran también los geógrafos, deben reclamar en sus estudios el que los costes sociales de dichas expansiones urbanas inevitables se reduzcan al máximo y que, en todo caso, el reparto de las cargas necesarias sea colectivamente distribuido de manera equitativa.

No es, desde luego, esta la situación que se desprende del análisis espacial del área metropolitana bilbaí­na y, en especial, de una de sus subunidades más deterioradas urbaní­sticamente como es el caso de la «margen izquierda». Por otro lado, es evidente que la superación de la actual crisis socio-económica se encuentra hoy con fuertes obstáculos derivados de la pesada y negativa herencia legada por la anterior administración territorial, a través de una oferta de suelo urbano altamente deteriorado, cuyos elevados niveles de congestión determinan una creciente pérdida de rentabilidad productiva en toda la aglomeración y constituyen, además, un exponente modélico de marginación humana y de segregación social en el usufructo colectivo del espacio, que incrementa y generaliza la conflictividad ciudadana.

El problema es grave y urgente pero sus soluciones, en consecuencia con las conclusiones que se derivan de las páginas anteriores, no tienen nada que ver con la formulación teórica y evasiva de grandes proyectos, que siempre son utópicos por irreales, de descongestión espacial a gran escala; ni tampoco con la improvisada y precipitada aportación de respuestas parciales, meramente técnicas, para disimular por el momento las múltiples deficiencias concretas que, en demasiados casos, aparecen como insostenibles en relación con unos topes mí­nimos de calidad de vida urbana.

El único sistema válido de evitar las actuales contradicciones de origen geográfico y de favorecer, por tanto, la progresiva integración de la colectividad en su propio hábitat, consiste en una rectificación decidida e inmediata del actual modelo de urbanización, reconociendo su estrepitoso fracaso. La eficacia de la polí­tica autonómica debe demostrarse también en una nueva organización del espacio urbano y debe concretarse en una mejor distribución de los usos del suelo, técnicamente más coherente, económicamente más racional y socialmente más justa.

En cualquier caso, las condiciones de posibilidad real de esta propuesta implican, a su vez, una doble tarea ineludible. Los responsables de la nueva administración territorial autonómica y democrática deben, en primer lugar, revisar en profundidad el espí­ritu y la letra de la actual legislación urbaní­stica, con vistas a la elaboración de nuevas alternativas jurí­dicas de intervención espacial; y, en segundo lugar, tienen que convertirse en celosos guardianes de su más estricto cumplimiento. Tanto la nueva legislación como la nueva disciplina urbaní­stica no podrán, por último, ser eficaces si, en ambos casos, no se facilita y estimula la participación ciudadana a través de las múltiples ví­as, creadas y por crear, de intervención individual y colectiva en la gestión y en la producción del espacio de la ciudad.

Enrique CLEMENTE, 1981

1 comentario

  1. mattin

    Hola buenas,
    Escasea la informacion actualizada en el artí­culo. Y la próxima inauguración de la Super sur? la urbanización de los nuevos barrios bakaldeses y su incidencia en el censo? El futuro proyecto de contrucción de los puentes que comunicarán a Barakaldo por la rí­a?
    Es necesario hacer un estudio sobre el presente mas inmediato para intentar predecir el futuro mas próximo y así­ anticiparnos a lo que pueda pasar.
    Un saludo

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