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Industrialización en Barakaldo (1841-1882)

Industrialización en Barakaldo (1841-1882)

1. INTRODUCCION

La margen izquierda del Nervión fue el foco de la industrialización vizcaí­na, industrialización que junto a la extracción minera se erigió como principal sector económico del territorio histórico a partir de la década de los ochenta del siglo pasado. Para entonces ha comenzado la explotación masiva de los yacimientos férricos de Triano, Sopuerta, Galdames, etcétera, y han abierto sus puertas tres siderurgias de capacidad productiva y competitividad considerables, San Francisco de Mudela, Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao (AHB) y Sociedad Anónima de Metalurgia y Construcciones Vizcaya.

Sin embargo esas fábricas no surgieron de la noche a la mañana. El proceso de industrialización habí­a comenzado a mediados de siglo, cuando en la zona se levantaron una serie de instalaciones fabriles menores que evolucionaron con mayor o menor éxito. Esos establecimientos y otras actividades como las obras públicas, la marcan el pulso de una industrialización que sentó sus orí­genes en la sociedad tradicional transformándola o acomodándose a ella. Una y otra actitud son el resultado de cierto tipo de conflictos o consentimientos que en ocasiones superan el ámbito local, pero que siempre tienen un reflejo en él.

Baracaldo es y fue el mayor municipio de la margen izquierda del Nervión. En el periodo 1841-1882, que se corresponde con lo que se ha dado en llamar primera industrialización, entraron en funcionamiento cuatro fábricas dentro de su territorio, tres de fundición y una escabecherí­a:

1) la fábrica Nuestra Señora del Carmen, propiedad de los señores Ybarra, fue levantada en la zona del Desierto desde 1856; base efectiva de la ya comentada Altos Hornos de Bilbao, destacó por la mejora constante de su tecnologí­a, su importante producción, su consumo de energí­a y su elevado número de empleados (en 1877 daba ocupación a 510 hombres, 150 mujeres y 40 niños).

2) en el barrio de Yráuregui la sociedad Mwinckel, Arregui y Cí­a empezó a levantar una fábrica de fundición de menores dimensiones en el año 1861; envuelta en todo tipo de dificultades, fue liquidada en el año 1868.

3) en el año 1862 la sociedad Facundo Chalbaud y Compañí­a levantó la fábrica de Santa Agueda en Castrejana; es el prototipo de empresa en pleno declive por su retraso tecnológico y financiero; en la Estadí­stica Fabril e Industrial de 1877 aparece como Olaechea y Compañí­a ocupando a 108 hombres, 4 mujeres y 12 niños.

4) la escabecherí­a en el barrio de Burceña del mayor propietario agrí­cola de la anteiglesia, Jose Marí­a de Escauriza, se esconde en la documentación; al parecer estaba alquilada a Lorenzo de Latorre desde una fecha próxima a 1860, se incluye en el censo de riqueza territorial de 1867 pero ya no aparece en 1877, con lo que cabe ponerla en relación con el intento frustrado de establecimiento de industrias alimentarias de nueva planta en Vizcaya.

De acuerdo con lo anteriormente mencionado, hubo otros elementos vinculados a la industrialización, además de las fábricas. Por un lado las obras públicas (edificios municipales, carreteras, ferrocarril Bilbao-Portugalete), por otro el auge de ciertos oficios artesanales al hilo de nuevas necesidades (carpinteros, tejeros, herreros…). Consideración aparte merece la extracción minera, ya que las disposiciones legales del sexenio revolucionario promovieron la privatización del subsuelo. En Baracaldo en los últimos años del periodo estudiado se acondicionaron diversas minas de hierro y se pusieron las bases de infraestructura para una explotación destinada a la exportación en su mayor parte (ferrocarril de la compañí­a Luchana Mining, tramo del ferrocarril de la Orconera Iron Ore Company Limited).

La industrialización no fue un fenómeno meteórico. Su implantación irreversible en la margen izquierda data, como hemos comentado, de la década de los ochenta del siglo pasado.

Hasta esa fecha convivió con formas de vida tradicionales que es preciso comentar antes de entrar a valorar los tira y afloja entre ambos sistemas. No hablamos, evidentemente, de la sociedad de los siglos XVII-XVIII. Para estas alturas del s. XIX la sociedad tradicional está próxima a su desintegración: buena parte de sus valores retroceden, el sistema polí­tico ha adoptado criterios de representatividad, la propiedad se adecúa al capitalismo, ha comenzado la alfabetización.

Sin embargo algunos elementos de la sociedad tradicional perviven, y mucho más en núcleos pequeño-medianos (entre dos y cinco mil habitantes a lo largo del periodo) como Baracaldo.

La mayor parte de la población se ocupa en la tierra, es decir, vive en un contexto agrario. Aunque se haya adoptado la representación polí­tica liberal, el poder municipal lo siguen ostentando los propietarios de tierra. El pasado, la tradición, sigue constituyendo una fuente de legitimación para cualquier práctica económica o polí­tica, por encima de la naturaleza de esa tradición. El idealismo religioso preside las pautas de convivencia a través de la autoridad moral del clero. La presencia de estas y otras manifestaciones en Baracaldo y en otras zonas de Vizcaya y del Paí­s Vasco dan la pista de la aceptación en fechas tardí­as de un movimiento eminentemente tradicional, el carlismo.

¿Hasta qué punto la novedad industrial se acomoda a los esquemas tradicionales o los rompe? ¿En qué medida la sociedad tradicional se resiste a las necesidades industriales y a los nuevos comportamientos? ¿Están los intereses individuales o colectivos por encima de las diferencias culturales, en sentido amplio, o éstas reelaboran a aquéllos perceptiblemente?

Vamos a contrastarlo dentro del ámbito especí­fico de Baracaldo trayendo a colación algunas aportaciones documentales,

2. RESISTENCIAS Y COLABORACIONES ECONOMICO-INSTITUCIONALES

La institución que mejor refleja la realidad baracaldesa, una realidad pasada por el tamiz de las familias acomodadas, es el ayuntamiento. En él, con pocas excepciones, los propietarios agrarios ejercieron el poder por las ví­as de los mayores contribuyentes o de los concejales-Fieles Regidores. La primera ví­a la dominaron en exclusiva, mientras que la segunda presenta excepciones polí­ticas o económicas. En cuanto a las excepciones polí­ticas los arrendatarios acaudalados alcanzaron el poder durante el Bienio Progresista, y sólo en la segunda guerra carlista entraron en las corporaciones los pequeños labradores y los operarios fabriles En lo que concierne a las excepciones económicas, los Ybarra introdujeron permanentemente agentes en la corporación.

Quedémonos, en cualquier caso, con la situación prevaleciente, la de la mayorí­a de rentistas agrarios en el poder municipal. Ajenos y en principio no beligerantes contra la novedad industrial, se posicionaron ante ella de acuerdo con sus experiencias previas, sus relaciones jurí­dico-polí­ticas y sus intereses. Estas pautas de comportamiento son variables. Los contactos con técnicos y propietarios de las fábricas les introdujeron en una mentalidad y unas relaciones nuevas. Se da también la circunstancia de que el mayor propietario agrí­cola de la anteiglesia, un hombre joven, compaginó la percepción de rentas procedentes de labradores arrendatarios con la apertura de una escabecherí­a, además de participar asiduamente en la polí­tica municipal. El trato que la aristocracia tradicional baracaldesa habí­a ofrecido a los labradores no pudientes era paternalista y bastante excluyente, Los ayuntamientos liberales reprodujeron esta consideración de menores de edad para labradores y obreros. Sólo en el Sexenio Democrático se rompe relativamente con esa tendencia a distinguir, de cara a la institución, entre ciudadanos de primera y de segunda, «benefactores» y «beneficiados».

El ayuntamiento es el vehí­culo institucional de buena parte de las resistencias y las colaboraciones tradicionales a la industrialización. De ninguna manera puede ser considerado un elemento neutro, puesto que los intereses económicos derivados de las presencias mayoritarias pesaron en sus decisiones polí­ticas y en su engranaje administrativo. Evidentemente su acción no se restringe al terreno de lo económico, pero es en él donde adquiere relevancia ante el fenómeno industrial a nivel local.

2.1 Colaboraciones

2.1.1 El pago de la Contribución de Industria y Comercio

Dentro de las cantidades que la anteiglesia de Baracaldo debí­a aportar a la Diputación del Señorí­o en base a la riqueza territorial, merece un apartado la Contribución de Industria y Comercio. Establecido su pago desde el momento en que las fábricas empiezan a producir, desde ese mismo instante comenzaron los problemas para que las distintas empresas fabriles satisficiesen unos pagos de los que el ayuntamiento ere recaudador y responsable indirecto.

Las pretensiones municipales al respecto, que es casi lo mismo que decir las pretensiones de los propietarios agrarios, eran que cada fábrica hiciese frente al desembolso que le correspondiese. Sin embargo, el ayuntamiento tropezó con la nula colaboración de los establecimientos fabriles y con sus dificultades financieras. A pesar de la insistencia demostrada a lo largo del periodo, en muchas de las ocasiones no consiguieron recaudar las cantidades señaladas. La escasez de medios persuasivos a disposición del ayuntamiento y la estrechez productiva y competitiva a que estuvo sometida la siderurgia vasca durante la primera industrialización consiguieron que el ayuntamiento, y dentro de él los propietarios agrarios, se viese entre una Diputación insistente en cobro y unas fábricas reticentes al pago.

La solución sorprendente, a las dificultades recaudatorias, fue cubrir con los fondos del común la deuda fiscal de las fábricas. Esta actitud de desví­o de las cargas impositivas es terreno para las hipótesis. Aquello que los industriales no pagan, ¿lo paga la aristocracia municipal agraria por compromisos institucionales prioritarios con la Diputación? ¿lo pagan en un acuerdo con la burguesí­a industrial a cambio de alguna contrapartida? ¿o se desví­a hacia los pequeños labradores a través de otros impuestos municipales?

Cualquiera que sea la respuesta, demuestra que la élite agraria, con o sin continuidad ideológica tradicional, cubrió las espaldas a los sectores industriales mientras éstos pasaban por una fase de consolidación.

2.1.2 Utilización industrial de los comunales

Aunque atendiera a instancias superiores como la Diputación Foral o el Gobierno Civil, el ayuntamiento era titular y administrador de unos bienes comunales que a pesar de que disminuyeron con el tiempo conservaron bastante importancia. En ellos se integraban los cursos de agua, las canteras, los montes y determinadas heredades cultivables. Su explotación complementaba o era la base de los ingresos de bastantes familias campesinas, de tal manera que los comunales eran uno de los pilares de la economí­a agraria tradicional. En ella se incluyeron talleres artesanales que se beneficiaban de las aportaciones de los comunales (tierra arcillosa para los tejeros, cursos de agua para los herreros, madera para los carpinteros…).

Estos talleres, aunque con reconversiones, pervivieron y siguieron aprovechando los comunales con el consentimiento, en general, del ayuntamiento.

La puesta en marcha de las fábricas de nueva planta exigió inversiones llamativas para la época. Administradores y propietarios intentaron suprimir inversiones acogiéndose a las concesiones de comunales en la idea de que, como ciudadanos, tení­an el mismo derecho que cualquiera a su disfrute. Así­ se asiste a la utilización del status de determinados terrenos destinados a prácticas económicas tradicionales (cultivo, leña, pastos, talleres familiares, extracción de venas a pequeña escala) a cambio de cánones bajos, para proyectos industriales de envergadura.

La piedra necesaria para la construcción de las fábricas salió casi siempre de canteras incluí­das en los bienes comunales de la anteiglesia, es decir, a mejor precio. Los Ybarra obtuvieron el abastecimiento de agua potable para la barriada obrera establecida alrededor de su fábrica en el Desierto invocando al carácter comunal de las fuentes. Una década más tarde las compañí­as mineras que trazaron sus ferrocarriles por Baracaldo volvieron a aprovecharse del carácter comunal de las canteras, arrendadas o no, para las obras.

El ayuntamiento, la élite municipal agraria, accedió con reticencias a las pretensiones de los sectores industriales, Sea por presiones (directas o ejercidas a través de instancias polí­ticas superiores), sea por un pacto tácito entre rentistas agrarios y empresarios industriales, sea por un replanteamiento de las visiones económicas globales, o por un poco de todo, los comunales quedaron a disposición de quienes participaron en el auge industrial y las reacciones en contra fueron muy puntuales.

2.2 Resistencias

2.2.1 Al ferrocarril Bilbao-Tudela

Las colaboraciones que, por activa o por pasiva, los propietarios agrarios de Baracaldo prestaron desde el ayuntamiento a las iniciativas industriales dentro de la anteiglesia, no se repitieron ante un proyecto de la burguesí­a comercial bilbaí­na para vincular a la villa con las zonas cerealistas de la Meseta (se uní­a en Miranda de Ebro con la lí­nea Madrid-Irún) y del valle del Ebro. Contaba con el apoyo decidido de la Diputación, hasta el extremo de que el dinero público aportó a la financiación más de un tercio del presupuesto. La Diputación distribuyó entre los municipios del Señorí­o las aportaciones según su riqueza territorial. De esta manera Bilbao aportaba el 40% del global correspondiente a la Diputación, Abando el 4%, y otros municipios menores, entre los que se contaba Baracaldo, corrí­an con un 1% cada uno.

Los mandatarios locales aludieron a dificultades presupuestarias, después arrostraron multas personalizadas e incluso la ruptura polí­tica con la Diputación una vez que la negativa a satisfacer las cuotas correspondientes al quinquenio 1857-1862 elevaron lo adeudado a cifras importantes. Finalmente la anteiglesia fue eximida del pago de esas cantidades. La negativa, compartida por el ayuntamiento general de vecinos y por los Mayores Contribuyentes, se sustentaba en el duro golpe que el ferrocarril Bilbao-Tudela suponí­a para uno de los productos básicos de la economí­a tradicional. Un fragmento de una de las cartas enviadas con multitud de firmas a la Diputación para exculpar a los representantes municipales explica con claridad las causas de este enfrentamiento institucional: «Ante todas cosas conviene que la Ylma. Diputación general sepa que el Pueblo de Baracaldo está í­ntimamente convencido por mayorí­a de que el ferrocarril de Bilbao a Tudela será la causa próxima e inmediata de la muerte de su principal industria que consiste en el chacolí­; supuesto que el vino de Rioja vendrá con poco recargo de flete, y con tal motivo no es posible que el chacolí­ pueda resistir la competencia».

Se comprobará que no es una resistencia ciega a la industrialización, sino que obedece a intereses fundados. En el caso del chacolí­ se da la paradoja de que mientras la industrialización primero multiplicó su producción (los obreros fabriles constituí­an una clientela creciente y próxima), después la hundió acercándole caldos mucho más competitivos. La pérdida de este cultivo comercial probablemente empujó a muchos campesinos a convertirse en obreros.

2.2.2 Las obstrucciones de servidumbres

Una de las preocupaciones permanentes de las sucesivas corporaciones municipales dentro del ámbito convivencia1 era la preservación de las servidumbres públicas (puentes, caminos, lugares de esparcimiento, señalizaciones). Las obstrucciones por apropiación y cercado indebido, destrozos de ganado, obras de construcción, etcétera, se sumaban a la larga lista de impedimentos naturales que cí­clicamente entorpecí­an el tránsito por los caminos carretiles o la celebración de festejos populares. La sociedad tradicional era muy sensible a todo tipo de colapso de las ví­as de comunicación, ya que de ellos se resentí­an actividades productivas muy importantes como complemento de la agricultura (acceso del ganado al pasto, acarreo de venas y de leña) y las formas de sociabilidad (acceso a la iglesia, romerí­as).

De esta sensibilidad en Baracaldo participaban tanto los propietarios agrarios como el vecindario en general, hasta el punto de que las normativas sobre obstrucción de servidumbres se cumplí­an con puntualidad y sin apenas discriminaciones.

Los promotores de la industrialización estaban interesados en el mantenimiento de una red de comunicaciones regular, pero éstas ni siempre eran objeto de sus intereses primordiales ni tení­an por qué coincidir con las ví­as tradicionales. En la primera tesitura se encontraron los propietarios de las fábricas que priorizaban la construcción de sus instalaciones sobre las molestias ocasionadas a la población agraria circundante. En la segunda estuvieron los constructores del tendido ferroviario minero, que antepusieron las necesidades de su construcción a las del vecindario. En uno y otro caso el ayuntamiento se hizo eco del sinfí­n de protestas que la ruptura de las formas tradicionales suscitaba. Desde la petición en 1860 a la fábrica de Castrejana de que suspendiera la apertura de cimientos en un campo que se dedicaba «a carga y descarga de maderas, venas y otros efectos», hasta las solicitudes al contratista del ferrocarril de Triano para que dejase expedito el camino vecinal que llevaba a la campa donde se celebraba (y se continuó haciéndolo hasta hace pocos años) la romerí­a de Nuestra Señora del Carmen el 16 de julio. El ayuntamiento se mostró riguroso las más de las veces, obligando a los ingenieros y administradores a replanteamientos y desembolsos, pero el éxito y el respaldo de los proyectos fabriles y mineros provocaron graves alteraciones en las economí­as y formas de sociabilidad tradicionales, primero puntuales y posteriormente estructurales.

3. INTEGRACION SOCIAL DE LOS OBREROS INDUSTRIALES

Entre los muchos efectos de la industrialización, acaso el más destacable desde el punto de vista humano sea la movilización de mano de obra que acarrea. A diferencia de las industrias de carácter rural, que tienden a adecuarse al hábitat tradicional, la industria moderna incide en las formas previas de poblamiento. En la medida en que los cambios de poblamiento trastocan las formas de sociabilidad, si se les suma la afluencia de habitantes de zonas lejanas la vulneración puede dar lugar al rechazo.

3.1 Los obreros extranjeros

Un grupo de a priori difí­cil integración en la sociedad tradicional baracaldesa lo constituyen los ingenieros y obreros especializados de origen francés que acudieron a la oferta de los empresarios primerizos. Aunque no es un fenómeno exclusivo de los Ybarra, a su asesoramiento responde seguramente la instalación en El Carmen de ocho hornos esponja o Chenot, horno de tamaño medio a carbón vegetal considerado un paso en falso dentro de la tecnologí­a siderúrgica europea. En realidad la competitividad de la siderurgia vasca sólo se alcanzó dentro y fuera de la pení­nsula desde la década de los ochenta, con el abaratamiento que propicia el carbón mineral importado y la fabricación propia del acero Bessemer.

Siendo un caso extremo de diferencias culturales, en absoluto existe indicio documental alguno de que se produjeran tensiones entre estos inmigrantes tan particulares y la población indí­gena depositaria de la cultura tradicional. Por su número reducido y su proclividad al retorno al paí­s de origen, pasaron bastante desapercibidos. El desembarco de trabajadores extranjeros cualificados se repitió durante la explotación masiva de la riqueza férrica, después de la segunda carlistada. Esta vez vino de la mano de las compañí­as extranjeras (Luchana Mining, Orconera), pero para entonces la cultura tradicional, habí­a perdido fortaleza de la mano de la inmigración persistente, del éxito inapelable del capitalismo y de la derrota carlista.

3.2 Los obreros españoles

En Baracaldo los cambios de población resultaron progresivos y distantes, lo cual probablemente atenuó la conflictividad. La anteiglesia poseí­a dos núcleos tradicionales de población, los barrios de Retuerto y San Vicente. Con el asentamiento de la fábrica de los Ybarra en el Desierto surgió allí­ un barrio de habitación obrera que en la década de los ochenta era equiparable a los otros dos, Sin embargo esta zona de habitación obrera concentrada no se relacionaba con las zonas de habitación campesina. El empleo en la fábrica ocupaba hasta la mitad del tiempo natural de los trabajadores y trabajadoras, los comercios al por menor instalados allí­ aseguraban el abastecimiento e incluso una capilla en el interior de la fábrica disculpaba de la asistencia a la iglesia los dí­as de fiesta. La posibilidad de fricciones convivenciales a que podrí­an haber dado las distintas ocupaciones con todo lo que éstas arrastran (lealtades, disciplinas, deudas, calendarios) quedaron reducidas a las romerí­as o al acceso de los pequeños a las escuelas. Siendo la zona industrial de la localidad por antonomasia, su aislamiento favoreció la inexistencia de un clima tenso. Otros factores explican que los focos de población mediatizados por la convivencia de operarios y campesinos (el barrio de Yráuregui especialmente) no asistieran a conflictos.

Acaso la idea de que una mayorí­a abrumadora del proletariado industrial de la margen izquierda del Nervión era de origen emigrante, idea expuesta para el periodo plenamente industrial pero que se ha desplazado a los inicios de la industrialización, esté llamada a un replanteamiento.

En el caso de Baracaldo se ha comprobado que un tercio de los operarios industriales incluidos en el recuento de 1861 aparecen como labradores en el recuento de 1857. Estos obreros indí­genas, manteniendo sus contactos y sus residencias en los barrios agrarios, conectarí­an a los inmigrantes con la población campesina portadora de la cultura tradicional. De hecho los obreros mantuvieron muchos de los hábitos campesinos. Ante coyunturas excepcionalmente malas acudí­an al ayuntamiento en busca de socorros en metálico que la autoridad acostumbraba conceder. Buena parte de los obreros que se ocuparí­an en la escabecherí­a de Burceña y las fábricas de Yráuregui y Castrejana conservaban parcelas como propietarios o arrendatarios en 1867, exponente de que participaban de una economí­a mixta. De lo desarrollado hasta aquí­ se concluye que prácticamente desde el principio de la industrialización en Baracaldo cuajaron dos tipos de proletariado. Uno de mayorí­a emigrante, empleado exclusivamente en el trabajo industrial de una fábrica pujante como El Carmen y poco relacionado con la población campesina. Otro procedente de la población campesina, empleado con eventualidad en fábricas en decadencia y que mantiene amplios lazos con la sociedad tradicional. Con el asentamiento de la economí­a industrial será el primero el que, después de haberse escudado en el segundo, se consolide ideológicamente; sin embargo un colectivo heterogéneo muy desvinculado de la problemática industrial mantiene bastantes de sus formas de vida a pesar de su ocupación en establecimientos fabriles, una constante que llega hasta la actualidad menos en Baracaldo que en zonas próximas (Encartaciones).

Al final del perí­odo que estudiamos, cuando comienza el boom minero, se comprueba que los obreros industriales del Desierto han emprendido una serie de mejoras en su calidad de vida (se reclama la iluminación del barrio, se solicita la apertura de una escuela…) que anuncian comportamientos de clase no muy lejanos.

4. RESISTENCIAS Y COLABORACIONES RELIGIOSAS

La capacidad de influencia de la Iglesia sobre la sociedad tradicional vasca se ha demostrado impresionante. Constituida en baluarte de una ideologí­a dominante que impregna desde las decisiones privadas hasta la estructura económica (celibato, calendario de festividades agrario-religiosas…), su posicionamiento ante los albores de la industrialización va a ser variable.

En el periodo estudiado dos premisas condicionan la trayectoria del clero en Baracaldo, la supeditación a autoridades civiles y la autonomí­a con que funciona cada uno de sus escalones jerárquicos. En cuanto a la primera, se asiste a la dependencia respecto del ayuntamiento, que financia la actividad religiosa a través de las cuotas de culto y clero y nombra mayordomos o responsables seglares para el mantenimiento de las construcciones sacras.

En cuanto a la segunda, si se observa, la silla episcopal siempre estuvo distante, en Vitoria como muy cerca; por su parte la casa parroquial estaba ubicada desde antiguo en el barrio de San Vicente, lejos de las ermitas que en cada barrio eran administradas por los mayordomos correspondientes. Ambas premisas no impiden que la autoridad moral de la Iglesia incida poderosamente en la población y las instituciones, pero facilitan la disparidad de criterios incluso dentro de la anteiglesia.

En el talante de Iglesia ante la ruptura que supone la industrialización en Baracaldo se capta un cambio que llama la atención por lo poco que tiene de progresivo. De la intolerancia absoluta, no ya a las industrias, sino a sus efectos rupturistas sobre las costumbres, se pasa a la vista gorda compensada con pequeñas limosnas. En Baracaldo ese giro copernicano se produce entre 1863 y 1866, sin que medien alteraciones polí­ticas por lo tanto, ante el asunto concreto del trabajo en festivos.

Ya en 1856, entre las recomendaciones obispales al cura figura la necesidad de propagar en las pláticas la santificación de las fiestas y la prohibición de trabajar en ellas. Semejante cortapisa a la industria en una época de limitaciones técnicas decisivas (la dependencia de la luz solar y de la benignidad meteorológica empujan, como en la minerí­a, a la estacionalidad) se planteó en la construcción de la fábrica de la sociedad Mwinckel, Arregui y Cí­a en Yráuregui en el año 1863. Las denuncias del cura sobre el trabajo festivo de los carreteros, cuestión que vení­a de bastante atrás, y el aislamiento en que la construcción dejaba a la ermita del barrio, provocaron una respuesta muy dura por parte del ayuntamiento, azuzado por el Gobierno Civil. Desde entonces las relaciones entre la fábrica y el ayuntamiento, con el añadido de las dificultades técnicas y financieras de la primera, se volvieron tirantes. Desde  el año 1866, por el contrario, entre las limosnas recogidas en las cuentas de mayordomí­a, aparecen cantidades cedidas por las fábricas del Desierto y Castrejana (ésta se incorpora en 1877) a cambio del permiso para trabajar los festivos.

El cambio, repentino en lo que cabe, podrí­a explicarse por la apertura de la diócesis con sede en Vitoria desde el año 1862. Quizá esa instancia eclesiástica aplicó una polí­tica más conciliadora que su antecesora al fenómeno de la industrialización. Con todo, la Iglesia mantuvo a lo largo del periodo cierto distanciamiento con respecto a la población obrera. Ese distanciamiento se manifestó durante la última carlistada, cuando el ayuntamiento liberal se sustentó casi exclusivamente con obreros de la fábrica del Desierto. Probablemente, debido al entorno en que vivieron el conflicto bélico, los obreros del resto de establecimientos fabriles no tomaron el mismo partido.

Rafael Ruzafa Ortega

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