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La campana de Gastaca (Leyenda)

La campana de Gastaca (Leyenda)

san-vicente-4Cuentan los más antiguos de la Anteiglesia barakaldesa que a finales del siglo XIX, hubo un Alcalde de los de «toma y daca», a la vez que de ideas fijas, en el que no encajaba la blasfemia así­ como todo aquello que sonara a inmoralidad.

En aquellos lejanos años eran muy frecuentes ver y oí­r el «tinti­neo» de campanillas y cascabeles que anunciaban la presencia de una reata de mulas tirando de un carro de carga, cuyo arriero hací­a sonar su tralla mientras que de su boca salí­a una buena sarta de juramentos para animar a las bestias en su caminar. Los carros de bueyes -con su lentitud- también daban motivo a los «tacos» malsonantes. Tampoco quedaban libres los conductores de calesines o los usuarios de burros de todos los tamaños, en los que el palo era acompañado de la blasfe­mia, palabrotas que herí­an los oí­dos de los entonces muy religiosos barakaldeses.

La Anteiglesia de San Vicente de Barakaldo, apenas si contaba con los 5.000 habitantes en la época de este relato y los accesos al centro del pueblo eran dos y malamente empedrados. La entrada principal se realizaba por Retuerto en la Carretera General Bilbao- Santander, pasando por la vega de Ansio (Carretera vieja) y subir a la plaza de Landaburu. Algo así­ como el recorrido actual al salir de la autoví­a, pero en peor. El otro recorrido era desde la carretera Bilbao-Santurce en el lugar denominado Desierto, para subir la cues­ta de Pormetxeta. Dos buenas subidas para que los carreteros solta­ran «sapos y culebras» por su boquitas.

Se dio la circunstancia de que el señor Alcalde viví­a en la entrada principal de Landaburu, siendo testigo diario de las palabrotas malso­nantes.

Ni corto ni perezoso, -nuestro Alcalde- cursó un Bando en el que se «recomendaba» no jurar ni maldecir a Dios, a la Virgen y los santos, y si los animales no tiraban, habí­a de remediarse de otra ma­nera, pero nunca con palabras malsonantes.

Las gentes del pueblo, -no todas- pronto comentaron que mejor «arreglar los caminos y menos multas». Pero la ley era la ley y esta se cumplió a rajatabla.

Nunca supimos a cuánto ascendió el costo y recaudo de las sancio­nes, pero aquellas perras «gordas y chiquitas» de cobre, pronto se convirtieron en bronce sonoro. Muy sonoro y sonada resultó ser la campana que el señor Alcalde barakaldés consiguió colgar en la espa­daña de la Parroquia de San Vicente a cuenta de las multas.

En la panzuda campana pudo leerse lo siguiente: «LOS QUE CON PALABRAS VILLANAS A DIOS Y SUS SANTOS OFEN­DIERON, CON SUS MULTAS CONTRIBUYERON A FUNDIR ESTA CAMPANA». Y para que no hubiera duda, aparecí­a el nom­bre del Alcalde: J. R. GASTACA.

Poco más de medio siglo duró el teñido la citada campana ya que por causas que se ignoran, se rajó y su sonido resultaba imperfecto. Lo cierto es que en el año 1942, el mofletudo y colorado cura párroco de San Vicente, don Pablo de Guezala, mandó trocearla y fundirla, para después rehacer el nuevo campano achatado, que en lo alto de la torre de la iglesia nos anuncia las «enteras y medias» horas del re­loj.

Cuando falleció don José Ramón Gastaca, el Pueblo se pregunta­ba cual serí­a el paradero del alma del señor Alcalde, ya que nunca se supo la fuerza que pudieron tener las oraciones del clero agradecido o las maldiciones de aquellos arrieros sancionados. Pero esto sólo Dios lo sabe.

Lo que sí­ es cierto es que la historia nos habla de «La campana de Huesca» por ser sonada. Pero la campana de Barakaldo resultó ser sonada y sonora.

Carlos Ibáñez

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