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Utilización del agua de mar en el riego de la Vega (Desierto)

Utilización del agua de mar en el riego de la Vega (Desierto)

Así como la puesta en cultivo de la Vega fue debida a la necesidad de los monjes para ampliar las cosechas en la primera huerta establecida en el monte nada hemos podido hallar en la variadísima documentación manejada para la preparación de esta conferencia. Sin embargo, es en este capítulo excepcional, donde nosotros por los muchos años dedicados al estudio del agua de mar para su aplicación directa a la agricultura creemos poder aportar actualmente un testimonio irrefutable que exponemos seguidamente.

Los monjes, antes de utilizar el agua de mar para el riego, cultivaron algunos años regando con agua dulce (lluvias principalmente) pero observarían que, en los meses de verano, cuando es más necesaria el agua, ésta no caía y los cultivos se agostaban en gran parte.

También observarían que durante los temporales de mar a que se vieron expuestas sin cesar y que inundaban la Vega en parte, muchas plantas no obstante haber sido mojadas por el agua salada, al retirarse la marea, volvían a recuperar su ciclo vital y llegaban a fructificar.

Estos importante extremos los tenemos nosotros perfectamente comprobados en nuestra Estación Experimental de Oriñón  y podemos justificarlos donde sea pertinente y como ya lo hemos efectuado al darlo a conocer a los principales Centros de investigación internacional: por dichas razones y volvernos a los monjes, empezarían estos a cavilar sobre la posibilidad de riego con agua de mar sobre todo en la época estival o de grandes sequías, llegando por deducción puramente experimental a la conclusión de que el agua marina podía ser utilizada siguiendo algún proceso especial.

Efectivamente, y como ya hemos explicado, trazaron las parcelas o tablares de la Vega en forma de que el riego salado llegara a las plantas por la parte inferior de la zona de raíces, a través de la arena, sin llegar a perjudicar a las plantas con tan alta salinidad, pues tuvieron la suerte de dar precisamente con la clase de arena favorable para poder desarrollar tan increíble operación de irrigación. Es así que el suelo de la Vega estaba formado por aluvión moderno de origen marino muy apropiado con una profundidad de unos 15 metros (hasta encontrar la roca firme como se ha comprobado al verificar los cimientos de algunas construcciones fabriles del área), lo que permitía un buen drenaje de las aguas de riego y asegurando la perfección del sistema de irrigación seguido por los monjes, impidiendo la acumulación de las sales nocivas de agua de mar en la zona superior del terreno.

Resulta curioso la coincidencia de factores favorables con que la Naturaleza dotó a la Vega, pues se da el caso que de acuerdo con los modernos estudios y análisis que hemos verificado en nuestra Estación Experimental de Oriñón, los practicados en esta zona de Sestao y en otras partes del mundo, los terrenos de la margen derecha de la Ría de Bilbao, precisamente en Erandio, frente al Convento, un área costera de Algorta y la playa de Plencia, no hubieran permitido a los monjes obtener cultivos con el aguade mar, pues dichos lugares no son adecuados, si no se verifica antes un acondicionamiento físico-químico de los terrenos.

Casi toda Vizcaya se haya comprendida, en lo geológico, en la Era Secundaria, Período Cretácico, en los que se operó una lenta sedimentación en el seno de las aguas, predominando el material calizo y siendo además muy favorable para la formación de yacimientos de hierro, como así ha resultado, y como todos hemos visto extraer este mineral de las entrañas de esta tierra de Vizcaya en que nos ha tocado nacer y vivir.

Pues bien, SESTAO,  también está incluido en la era y periodo citad y asentado sobre una masa de rocas calizas (caliza arcillosa) que asoma a flor de tierra por cualquier sitio y no ha dado tierras de labor profundas (obsérvese excavaciones actuales en esta misma calle de La Iberia) salvando los terrenos que forman la zona de Galindo -laderas y riberas- y dejando aparte el área de la Vega del Desierto, que como ya dijimos, tiene otro origen, pues está formada por la acción demudadora y sucesivamente acumuladora del mar en su dinámica complicada.

Por lo relatado, los monjes carmelitas de nuestro Desierto resultaron excelentes observadores y supieron aprovechar óptimamente las condiciones favorables que les brindó el suelo arenoso de su famosa Vega.

También conviene resaltar que la salinidad del agua de mar empleada en el riego por los monjes, oscilaría entre los 29 o 30 gramos por mil ya que el agua utilizada en los riegos se tornaba a marea alta y a otro lado del río Galindo, lejos de su desembocadura, al NW de la Vega que es la parte más afectada por la marea entrante.

En la zona en que estuvo emplazada la Vega en cuestión vierten sus aguas varios ríos que, aunque no muy caudalosos aportan a la Ría de Bilbao hasta el Abra, situada en la desembocadura, un caudal de agua dulce no despreciable.

Estos ríos son los siguientes: los más importantes el Nervión o Ibaizabal, que pasan por Bilbao ya unidos y recogen en su camino hacia el mar, por la margen derecha, el Asúa, el Udondo y el Gobelas, los tres de escasa importancia, y en la margen izquierda queda el Elguera, pequeño riachuelo, más adelante el Cadagua, casi tan importante como los dos primeramente mencionados, Nervión e Ibaizabal, y finalmente desagua, también en la margen izquierda, precisamente en la parte Sur del lugar en que se asentó el Convento y su Vega, el río Galindo, pequeño arroyo de montañas.

Este aporte de agua dulce a la del mar, aun teniendo en cuenta la limpieza y caudal de aquel tiempo (hoy esta zona está materialmente cubierta por la industria pesada que arroja sus residuos e impurezas a la Ría) no es de gran importancia como para rebajar en su época de manera considerable la salinidad del agua de mar.

Además, y como ya queda apuntado anteriormente, en la ápoca a que nos hemos referido no existían las defensas de nuestro Puerto exterior viniendo a romper el mar directamente sobre los diques NW y N de la Vega por cuyo motivo y aunque hoy es muy difícil conocer la salinidad de las aguas empleadas entonces en el riego, por las causas anotadas en los dos párrafos anteriores, un cálculo bastante aproximado de esta salinidad nos daría unos 30 gramos de sales disueltas en 1.000 partes, de las cuales, el cloruro de sodio representaría el 23.34 gramos por 1.000, cantidad que supera el límite fisiológico de la planta para esta sal en una veintena de veces.

Recientes análisis verificados por nosotros del agua de mar, en zona libre, a marea alta y en dirección a la desembocadura de nuestro Puerto exterior, nos han dado 33 gramos aproximadamente de sales disueltas por litro, y como las concentraciones de salinidad en los océanos no han variado con el transcurso de muchos años, la cantidad de 30 gramos asignada para el cálculo de la disuelta en el agua de riego empleada por los monjes, nos parece bastante acertada.

Isidro Esteban Gómez

1965

 

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