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HORACIO ECHEVARRIETA MARURI (III)

HORACIO ECHEVARRIETA MARURI (III)

asd3.- La crisis de los años veinte.

A principio de los años veinte Madrid era el escenario idóneo para un empresario con ambiciones como era Horacio Echevarrieta. Eligió para sus negocios un piso con catorce balcones y despachos con vistas a las Cortes. Pero el tiempo de los negocios fáciles se habí­a terminado en España. Desde que acabó la Gran Guerra, la crisis se expandió y fue especialmente grave en la construcción naval. Al principio hubo mucha demanda de buques, el astillero marchaba bastante bien, con varios miles de obreros y obteniendo beneficios. Pero un astillero, para poder sobrevivir en tiempo de crisis, necesitaba tener algún respaldo, por lo menos una naviera o bien una relación privilegiada con el Estado. Las expectativas no se cumplí­an. Sin contratos de la Marina el astillero viví­a sus horas más bajas. Para evitar el cierre, Echevarrieta buscaba cualquier encargo. En sus astilleros de Cádiz se construí­a un puente metálico para una estación de Barcelona. No es casualidad, la Lí­nea 1 del metro era uno de los negocios del empresario vasco en Cataluña. Durante varios años la construcción de depósitos, plataformas y puentes ferroviarios mantuvo el aliento productivo, pero ¿cuánto iba a aguantar el astillero? Ante aquella parálisis, el Gobierno creyó dar con la clave para un impulso económico de España.

            3.1.- La guerra en Marruecos y la Dictadura de Primo de Rivera.

En el norte de Marruecos un conflicto alentaba los sueños imperiales del Ejército. La guerra en la última colonia española prometí­a ilusión, riquezas y glorias militares. Al reactivarla, el paí­s volvió a ponerse en marcha. En el lado marroquí­ la resistencia estaba encabezada por un lí­der singular. Abd el Krim aglutina a todas las tribus locales y proclama para el Rif una república democrática. Lo que iba a ser un paseo militar se torna en una catástrofe: 10.000 militares españoles mueren en una acción coordinada de los rifeños. En el desastre de Annual seiscientos militares españoles fueron apresados. Abd el Krim pidió por ellos un fuerte rescate. La conmoción fue total en España. En 1922 el Régimen estaba desesperado y buscaba de alguna manera solucionar el problema de Marruecos. Por fin, los responsables gubernamentales decidieron que el hombre adecuado era Horacio Echevarrieta, porque el lí­der rifeño le respetaba y le acepta como interlocutor, ya que mantení­a relaciones de amistad con destacadas personalidades marroquí­es, gracias a sus negocios en el protectorado español. Llegó incluso a ofrecerse como rehén, pero no se le aceptó a cambio de su palabra.

Echevarrieta zarpó de Málaga el 26 de enero de 1923 rumbo a la bahí­a de Alhucemas. A bordo llevaba el rescate que exigí­an los rifeños: cuatro millones de pesetas, 20 toneladas en monedas de plata. Tras dos años de cautiverio habí­a pocas certezas respecto del número de prisioneros y del resultado de la misión. La negociación consumió el dí­a entero. Entre aquellos trescientos hombres habí­a soldados, oficiales y un general. Sólo cuando el último de ellos fue liberado Don Horacio abandonó la playa. El episodio de ífrica abrió la leyenda. Recibido con grandes honores, Echevarrieta era el hombre de moda en España. A él se le encargará la obra emblemática de Madrid. La Gran Ví­a iba a ser uno de los negocios más rentables, pero surgen otros. Al astillero empezaron a llegar encargos. Su triunfo coincidió con el final de la crisis, que se produce de una forma extraña: un golpe de estado pone al frente a Miguel Primo de Rivera, un general que anunció modernos planes y una industria nacional. En los años veinte, España se convirtió para los alemanes en un objetivo económico-militar de primer rango. Durante la Dictadura se registró, en efecto, una ofensiva masiva del capitalismo alemán para establecerse en el territorio hispánico. En 1924, la Krupp fundó en Barcelona la Maquinaria Terrestre y Marí­tima. La Siemens, la AEG, la IG Farben, la Osram y otros consorcios teutónicos penetraron en el mercado ibérico con sucursales, firmas subsidiarias y participaciones de capital. La penetración germánica estaba organizada, a nivel financiero, por el Deutsche Bank y el íœberseeischen Bank. En 1929, el consorcio de aviación Junker concedió a Construcciones Aeronáuticas de Madrid (CASA) una licencia para la construcción de aviones de guerra alemanes. La Lufthansa fundó también en España compañí­as subsidiarias como la Aéreo Lloyd Española y la Iberia

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