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RECORRIDO HISTÓRICO 76: SUSUNAGA: VIVO RECUERDO DE UNA CASA-TORRE

RECORRIDO HISTÓRICO 76: SUSUNAGA: VIVO RECUERDO DE UNA CASA-TORRE

Contempla uno con mirada abierta nuestro entorno (torres de Beurko-2016) y vislumbra un caserío ordenado tanto en su primitivo núcleo (que unía las plazas de Abajo -Vilallonga- y Arriba-Ayuntamiento-) como en su ensanche (Fueros-BideOnera-Santa Teresa-San Vicente). En su perímetro los denominados barrios “obreros (Zuazo, Arteagabeitia, Retuerto, Rontegi, Lasesarre, Bagatza y Beurko). Apegado a este gran núcleo, Cruces y, alejado del ciudadanil ruido, el “valle del Regato”. Bordea el noroeste urbano la alargada silueta curva del Mega Park.

Una contemplación que refleja una ciudad insulsa que, desaparecida la razón principal de su desarrollo (la industrialización de finales del siglo XIX y gran parte del XX), lucha por su supervivencia significativa ante el empuje de la siempre observante Bilbao.

Es preciso mirar el pasado para vivir el presente y proyectar un futuro sostenible que profundice en su Historia. Una historia que, en el caso de la anteiglesia, ha sufrido y sufre más de miopía que de vista cansada, comenzando por los programas políticos (de todo signo) que adolecen de perspectiva renovadora para centrase, cuasi exclusivamente, en el presente que, a fin de cuentas, es lo que moviliza el voto ciudadano.

Presentamos en este recorrido (hacia atrás, presente y futuro) el excelente trabajo de Juan Glez. Cembelllín[1] sobre la “Casa-Torre” de Susunaga, como resto más significativo de la existencia del Barakaldo permanente y eterno.

Se alza el caserío de Susunaga en la ladera del monte Argalario, sobre la vega conformada por el curso bajo del río Regato[2]. En el centro de la barriada se sitúa la torre del mismo nombre, domi­nando desde su posición la tradicional ruta Bilbao-Castro Urdiales en su recorrido entre Retuerto y Ugarte[3], ruta cuya importancia queda señalada por la existencia en su entorno de otras casas fuertes (Zuazo, Careaga, Retuerto) hoy desaparecidas.

Actualmente el en otro tiempo fértil y rico valle, por cuyo control no dudaron en enfrentarse los linajes banderizos durante la Edad Media[4], apare­ce saturado por grandes bloques de viviendas y una sucesión, sin solución de continuidad, de naves industriales. La privilegiada situación de Susunaga ha salvado a la torre de ser destruida por los embates del descontrolado proceso industrializador de los últimos años, y a la vez la ha convenido en uno de los últimos y marginales reductos del mundo rural en Barakaldo.

 1.- Origen de las Casas-Torre

Desde el siglo X hasta cerca del año 1300 Europa conoció una larga etapa de crecimiento que desembocó en una relativa superpoblación, cuyo precario equilibrio se rompió durante un siglo XIV caracterizado por constantes crisis de subsisten­cias, hambres y epidemias, culminadas por la Peste Negra (1348-50). El consiguiente descenso demográfico afectó a la producción, a los ingresos fisca­les, a los tributos y a la renta del suelo. Para luchar contra estas dificultades los monarcas optaron por devaluar la moneda, lo que afectó a los ingresos fijos percibidos en metálico: soldadas de los hidalgos, tributos en dinero, etc.

Los señores, los nobles, que se vieron directa­mente afectados por esta crisis, no tardaron en reaccionar. Y esta reacción consistió en el recurso a la violencia, tratando de imponer o de reactualizar viejas cargas sobre los labradores, usurpando tie­rras, apropiándose de los diezmos de las Iglesias, asaltando los caminos; dedicándose, en fin, al des­pojo de labradores, clérigos y comerciantes. Pero estas actividades no solucionaron todos los proble­mas económicos de los señores, que acabaron por verse así implicados en una serie de conflictos internos entre ellos, agrupados, en el País Vasco, en dos bandos oñacinos y gamboinos- de límites no siempre precisos. Estas «luchas de bandos» tenían pues, como causa última, lo que Lope García de Salazar denominó «valer más», esto es, poseer más rentas, hombres y honor; se combatía por defender el nivel socioeconómico del linaje, por resolver una situación crítica, sin detenerse en los medios que para ello fueran necesarios. Los clanes hidalgos de cada comarca, capitaneados por sus «parientes mayores», se enfrentaban entre sí por conseguir el pleno dominio sobre su entorno[5].

Este constante estado de guerra obligó a la pequeña nobleza rural a reforzar sus viviendas, a convertirlas en reducidas fortalezas en las que po­der resistir los embates de las familias enemigas: nacían así las torres que aún hoy, perdida su función y, en muchos casos, buena parte de sus característi­cas definitorias, alzan su peculiar volumen distribui­das por toda la geografía vizcaína. La torre o casa fuerte es un edificio levantado sin ningún tipo de cimentación sobre una planta cuadrangular y, al menos en origen, de gran desa­rrollo vertical. Sus muros, de un gran grosor que habitualmente supera el metro y en alguna ocasión alcanza los tres, son cerrados, sin apenas ventanas o puertas; estas últimas suelen estar bien protegidas, situándose a veces la principal en la segunda planta, a la que se accede mediante un patín o escalera exterior en piedra fácilmente defendible desde el interior de la construcción. En sus fachadas es frecuente ver hileras de canes o ménsulas destina­das al soporte de cadalsos o voladizos en madera, que eran armados en los momentos de peligro a fin de aumentar las posibilidades defensivas de la forta­leza. En los modelos más desarrollados este torreón era rodeado por una cerca, un recinto amurallado exterior como en Butrón, la Quadra o Muñatones, ésta dotada de doble muro y foso.

Pero estas construcciones no han de ser enten­didas tan solo desde un punto de vista castrense: habitualmente aparecen asociadas a una ermita, un molino y/o ferrería, una vía de comunicación, etc. Se constituían así como auténticas células de poder y dominio, no solo desde el punto de vista militar, sino también desde el económico y religioso.

2.- Los señores de la Torre durante la Edad Media

El linaje de Susunaga nació a fines del siglo XIII, al poblar un segundón de los Zamudio en el lugar del mismo nombre, en el Txoriherri. Alguno de sus miembros debió de pasar a Artecona, en Galdames, desde donde más tarde se trasladaron a Barakaldo, emparentando allí con la familia de este apellido, a través de la que heredaron parte del patronato del templo de San Vicente. Este largo periplo hasta llegar a su asentamien­to definitivo quizás pueda ser puesto en relación con la expansión de los Zamudio y sus afines, quienes, mediante una hábil política matrimonial y militar, alcanzaron una de las más altas posiciones entre los linajes hidalgos vizcaínos, posición perdida al dis­gregar Ordoño de Zamudio su amplio patrimonio repartiéndolo entre sus numerosos hijos.

Lope García de Salazar nos dice de los Susuna­ga que «fueron omes para mucho, e del que ay mas memoria que mas valio de ellos fue Martin Sanches de Susunaga, el Viejo», que tuvo por hijos a Martín Sánchez, su sucesor, Sancho Ortíz y Juan Negrete. Estos son los únicos representantes conocidos del clan, y prácticamente nada sabemos sobre sus acti­vidades, salvo las escuetas notas que a ellos dedica el cronista de Muñatones: vinculados habitualmente al bando gamboino, se iniciaron en las luchas entre estos y los oñacinos a mediados del siglo XIV, si bien fue a partir de 1370 cuando sus enfrentamientos con los Retuerto, «oviendo sus yntençiones como vesinos, a qual valería mas en la tierra», se hicieron habituales, prolongándose durante todo el siglo XV. Fue posiblemente tras finalizar este período de conflictos cuando la torre que nos ocupa adoptó su forma definitiva.

Goyo Bañales[6] nos acerca al Mayorazgo de Susunaga en los siguientes términos. 1) Relación de propiedades: La casa torre de Susúnaga y las sepulturas de la casa y torre de Susúnaga en San Vicente de Barakaldo. 2) Propietarios: no hemos encontrado una relación de las propiedades que componían el mayorazgo de Susunaga salvo la referencia que hacen sus dueños a poseer la torre y las sepulturas del solar en la parroquia de San Vicente. El linaje de Susunaga fue uno de los principales de Barakaldo en el transcurso de las guerras de bandos y por tanto es de suponer que el solar estaría en consonancia con la importancia del clan por lo que posiblemente los bienes del mayorazgo fuesen la mayor parte de las heredades de su entorno, salvo lo correspondiente a dos o tres caserías situadas en las inmediaciones.

Era frecuente que junto a las casas-torre se levantase alguna casa llana propiedad de los parientes o allegados del solar. De las existentes junto a la torre de Susúnaga tenemos noticia de las llamadas casería de Susúnaga, casa vieja de Susúnaga y casa de Susunagabeitia. El apellido Susúnaga había estado al frente de la torre y del linaje al menos desde finales de Edad Media pero desapareció antes de terminar el siglo XVI en la persona de Inés de Susúnaga, que había contraído matrimonio con el escribano de Barakaldo Martin Ruiz de Landaburu, hijo del también escribano Martín Ruiz de Landaburu y de Inés de Ugarte. Martín Ruiz de Landaburu había casado con anterioridad con Catalina de Loizaga, dueña de la casería de Loizaga, de cuyo matrimonio nació Teresa de Landaburu y Loizaga. De sus nupcias con Inés de Susúnaga nació María Sáez de Landaburu y Susúnaga.

En el año 1600 María Sáez de Landaburu y Susúnaga contrae matrimonio con Toribio Ruiz de Bustamante (n. 1558) y su madre, Inés de Susúnaga, la dota con el solar y torre de Susúnaga. Ese mismo año Toribio Ruiz comienza la construcción de una aceña en el regato de Careaga. Por esas fechas Teresa de Landaburu y Loizaga contrae matrimonio con Lope de Careaga, hijo de Lope de Larrazabal de Careaga y Antonia de Careaga, dueño de la casería de Careaga. Ella lleva en dote la casería de Loizaga.

Ambas hermanas, María Sáez de Landaburu Susúnaga y Teresa de Landaburu Loizaga fueron las últimas en poseer por línea de antepasados sus respectivos solares. Teresa debió morir sin dejar descendencia porque alguna generación más tarde se dice que la casería de Loizaga recayó en María Sáez. Y de esta última leemos que de su matrimonio con Toribio Ruiz de Bustamante nació Juan de Bustamante, quien murió sin descendencia y entró en posesión de la casería de Loizaga el General Vallecilla, y después su hijo el licenciado Juan de Vallecilla y el Casal y este se la vendió a Juan de Beurco Larrea.

De esta forma vemos recaer la casería de Loizaga en el mayorazgo de Beurco-Larrea pero nos quedamos sin saber en quien recayó la torre y solar de Susúnaga. Perdemos así la referencia de los dueños del solar hasta finales del siglo XVII, años en los que está al frente del mayorazgo el apellido Azebal. Estos descendían de Simón del Azebal (f.1634), natural del barrio de Mercadillo de Galdames, quien fue a casar a San Salvador del Valle con Magdalena de Hemegaray, hija de Juan de Hemegaray y María Saez de Trapaga. De este matrimonio nacieron Simón y Lucas del Azebal.

Lucas, el hijo mayor se avecindó en San Salvador del Valle y Simón se avecindó en Barakaldo, donde casó con María López de la Bárcena. De este matrimonio nacieron: Juan Ramos del Azebal, casado con María Santos de Uraga, Diego del Azebal, que contrajo matrimonio con Agustina de Landaburu.

En el año 1669 encontramos a Juan Ramos del Azebal como dueño de la torre de Susúnaga, aunque en la documentación no se aclara si lo era por compra, herencia o matrimonio. Juan Ramos del Azebal falleció en 1704. En la relación de fallecidos de este año en San Vicente de Barakaldo junto a la cita que recoge su defunción figura una nota en la que se dice: «no testó por ser su hacienda de vínculo y mayorazgo». Este mismo año de 1704 se realizó una fogueración en la que se recogen siete fogueras en el barrio de Aguirre-Susúnaga, dos de las cuales corresponden a Diego y a Martín del Azebal. Este último hijo y heredero de Juan Ramos del Azebal quien, cuando se recogieron los datos del censo, estaría ya al frente de la casa de Susúnaga.

En los libros eclesiásticos de Barakaldo encontramos a Martín del Azebal Uraga casado con María Hermuco de Izaguirre, hija de Iñigo de Izaguirre y María de Tellitu. Fueron padres, al menos, de Vicente (b. 1703) y María Santos (b. 1698). También les suponemos padres de Juan Ventura del Azebal, casado con Francisca de Sobiñas, a quienes se menciona como dueño de la torre de Susúnaga y padres de Domingo del Azebal Sobiñas, quien les heredó a mediados del siglo XVIII.

 3.- Evolución histórica

Levantada originalmente en el siglo XIV, como sede de un linaje directamente implicado en las luchas banderizas, es posible que no fuese en un primer momento más que una sólida construcción en madera para, más tarde, ser sustituida por una torre fuerte aparejada en piedra, único material capaz de hacer frente a las cada vez más difundidas armas de fuego. Sin duda tuvo entonces una mayor altura de la que hoy muestra y que pudo perder como consecuencia de la orden dictada en 1458 por Enrique IV a fin de derribar la parte alta de las casas torre vizcaínas.  Tras el conflictivo período bajomedieval, a fines del siglo XV se produjo un cambio de sentido de la coyuntura económica: la crisis cedió paso progresivamente a una nueva fase expansiva. A este hecho, que suponía la desaparición de las causas que habían generado las guerras de bandos, hemos de unir la directa intervención de la monarquía como poder pacificador, por un lado, y como fuente de nuevas posibilidades de encumbramiento para la nobleza (participación en las guerras de conquista, adjudicación de puestos en la recién creada estruc­tura administrativa del Estado, etc,…) por otro. La unión de todos estos factores, íntimamente relacio­nados entre sí, abriría un extenso período de tranquilidad social en el mundo vasco.

Como consecuencia de esta situación, muchas torres fueron abandonadas al resultar inadecuadas a los nuevos modos de vida de la nobleza rural vizcaína, alejada ya de las violencias medievales y deseosa de una vivienda de carácter más residen­cial, apropiada a la condición de cortesanos, funcio­narios o rentistas adquirida habitualmente por sus moradores.

En otros casos, no obstante, las casas fuertes fueron reconvertidas en función de las nuevas nece­sidades, a base generalmente de abrir abundantes ventanas en los gruesos y herméticos muros del edificio, a fin de favorecer sus posibilidades habita­cionales. Así se hizo, por ejemplo, en las torres de Ariz, en Basauri, La Puente, en Sopuerta, Muxika, en el municipio del mismo nombre, o en la que ahora nos ocupa: Susunaga, en Barakaldo. En ella se rasgaron las fachadas por medio de artísticos vanos y se le añadieron elementos ornamentales de gran calidad que le hicieron perder su primitivo aspecto castrense transformándola en un modesto palacete rural.

Desde la realización de estas reformas, a princi­pios del XVI, el edificio parece haber sufrido pocos cambios, salvo la apertura de algunos nuevos hue­cos. Por tanto, la casa fuerte de Susunaga se nos presenta hoy en día como uno de los edificios gótico-renacentistas residenciales -más que milita­res- que mejor ha conservado hasta nuestros días su imagen original.

4.- Descripción

La torre de Susunaga es una construcción cúbica, de dimensiones más pequeñas de lo habitual en las casas fuertes (9 x 9 x 8 m. aproximadamente), contando tan sólo con dos plantas y un pequeño camarote alzados directamente sobre una parcela previamente abancalada, formando un basamento o pedestal delimitado por sillares poco trabajados.

Las paredes alcanzan una anchura de poco más de 80 cm. en su planta inferior, perdiendo unos 20 cm. en cada altura.  Sus muros se aparejan en mampuesto (que en la fachada delantera aparece algo trabajado) empleándose sillería tan sólo en el recerco de los vanos y las esquinas del edificio. A excepción de estos sillares, en arenisca, el material empleado es caliza de no muy buena calidad.

La primera planta es la más hermética de las dos principales que levanta la torre. Tan sólo vemos en ella un hueco importante, el único ingreso de la casa: un arco de medio punto nacelado, con sus aristas ligeramente rebajadas, de grandes dimensio­nes (1,05 m. de luz por 2,15 de altura total) formado por cinco dovelas de gran radio (1,60 m.) perfectamente trazadas, la central de las cuales luce un escuson o escudo sin labrar. Este acceso se abre paso a través del muro en cañón escarzano. Se sitúa este vano a ras del suelo y lateralizado, como es habitual en las construcciones góticas y renacentistas, y dispuesto en función de la escalera que comunica las tres alturas, y que más adelante describiremos.

Completa la fachada principal un ventanillo cuadrado de factura moderna. Al Norte cuenta este primer piso con una aspillera (hoy oculta por la chimenea de una estufa) y otras dos al Sur, siendo ciego el muro Oeste. Mientras esta planta debió servir, como lo hace aún, de almacén, bodega o cuadra -pese a su vocación residencialista, Susunaga probablemente fue siempre sede de una célula de producción agro­pecuaria- el piso superior, más iluminado, fue el propiamente de habitación. Se abre hacia el Este un vano moderno y una ventana ajimezada conformada por dos arcos gemelos de medio punto rematados en su arista por una doble moldura cóncava rellena con bolas. Hoy, sin embargo, le falta el mainel o parteluz, y el hueco ha sido prolongado hacia abajo, convirtiéndolo en un balcón.

La torre de Susunaga jerarquiza claramente sus fachadas, bonificando ornamentalmente a la princi­pal, en la que además del acceso y la referida ventana podemos ver los elementos decorativos de mayor interés del edificio: se trata de una serie de relieves, tallados en la zona superior de esta segun­da altura, en los que aparecen representados un cazador -o más bien un montero soplando un cuerno de caza (en el ángulo izquierdo)-, una especie de serpiente con dos cabezas, una por cada extre­mo, un perro de caza (en un guardapolvos situado sobre la ventana) y un cerdo o un jabalí (en el ángulo derecho). El conjunto parece formar una escena -cazador, perro, jabalí-, aunque interrumpida por la presencia de la serpiente. Estas excepcionales imágenes -Susunaga es la única casa fuerte que cuenta con este tipo de decoración- se encuentran en un variado estado de conservación: bueno para el cazador, algo peor para el jabalí, y deficiente para las figuras situadas sobre el vano.

Hacia el Norte, y siguiendo en el segundo piso, se abre un pequeño vano en arco conopial complejo y otro de semejantes dimensiones, trilobulado, se orienta al Sur. Al Oeste debió de existir una ventana de carac­terísticas similares que no ha llegado hasta noso­tros, aunque se conserva el cañón, escarzano, a través del que penetraba el muro. Junto a él se puede ver un nuevo vano moderno, adintelado.

Tanto el acceso como estos huecos de la segun­da planta y los relieves responden estilísticamente al renacimiento, siendo datables en la primera mitad del XVI, probablemente durante la tercera década de la centuria, momento en el que la torre debió de ser rehecha, aunque aprovechando los muros pre­viamente existentes.

Sin embargo, y pese a esta tardía datación, algunos de estos elementos pueden considerarse como arcaizantes, retardatarios, como el vano en arco conopial, que responde aún a un espíritu gótico, y el friso de imágenes de la cara principal, cuya temática -una cacería- nos vuelve al mundo y la mentalidad medievales, en las que los señores consideraban las actividades venatorias tanto un deporte o distracción como una forma de entrena­miento para la guerra, en contraste con el desdén que por ellas sentía el hombre renacentista; pero además la práctica de la caza era en la Vizcaya de los siglos XIV y XV, a juzgar por lo que sobre ella disponen el Capitulado de Juan Nuñez de Lara y el Fuero Viejo, un derecho reservado exclusiva­mente a los hidalgos, por lo que la escena de Susunaga podría entenderse como una referencia a los privilegios de los que en otro tiempo gozaron sus moradores y como un reflejo de su poder y su noble cuna.  Una tercera planta, ciega al exterior y de escasa altura, constituye el camarote y sirve de apoyo a la cubierta a cuatro vertientes que remata el edificio.

Interiormente Susunaga se estructura a base de pisos holladeros, de vigas de madera trabadas entre las fachadas Sur y Norte en la primera planta y Este y Oeste en la segunda, tratando posiblemente con estas alternancias de equilibrar las presiones y los pesos sobre los muros; estas vigas se apean funda­mentalmente en los rebajes escalonados del muro, aunque refuerzan este armazón, que prácticamente se alza independientemente de las paredes perime­trales, tres pies derechos en la altura inferior y dos en las superiores, algunos de los cuales están dota­dos de brazos o tornapuntas.

La comunicación entre las plantas se realiza a través de una escalera de madera, de único tramo, situada prácticamente en línea con el acceso y que sube, adosada al muro Norte, directamente desde el suelo del edificio hasta el sobrado, descansando tan sólo en un leve rellano desde el que se accede a la planta noble, la puramente residencial.

De su descripción se deduce que, más que una torre fuerte, Susunaga es un pequeño palacio rural, un edificio residencial de calidad en el que posible­mente lo único conservado de su primitiva fábrica gótica, alzada en el siglo XV con motivo de las guerras de linajes, sean los muros perimetrales, mantenidos en la reforma que a principios del XVI le dio su definitivo aspecto, y que proporcionó a la casa sus más destacables elementos: el acceso, los vanos de la segunda altura y, sobre todo, los relie­ves; ellos son, gracias a su calidad artística, los que definen y caracterizan a esta torre como una de las construcciones más reseñables de su época.

5.-  Estado actual

Susunaga, como muchas otras casas fuertes, se halla convertida hoy en sede de una explotación agrícola. Sin embargo, y este es un caso poco frecuente, la adaptación para tal función apenas le ha perjudicado: salvo la presencia de algunas tejava­nas al Este y al Sur, el edificio se mantiene total­mente exento, libre de los habituales y antiestéticos añadidos modernos; por otro lado, se han respetado casi en su totalidad los huecos originales, abriéndo­se en sus muros tan sólo aquellos estrictamente necesarios.

En consecuencia, el estado de conservación de esta construcción es más que aceptable, a excep­ción de los desperfectos en el vano geminado de la fachada Este y en parte de los relieves.

Favorece esta situación la decidida intención de sus actuales habitantes, la familia Saracho, de conservar y, en la medida de sus posibilidades, consolidar el edifi­cio, actitud poco frecuente y por ello más destaca­ble.

Sin embargo, la reciente creación de un gigan­tesco vertedero en sus inmediaciones amenaza con destruir no solo la torre, sino toda la barriada de Susunaga. Se hace por ello urgente, cuando menos, la limitación de la expansión del citado vertedero, que a estas alturas ya ha deteriorado irremediable­mente la calidad ambiental del entorno.

La protección de la casa resulta tanto más necesaria por cuanto se halla enclavada en un área escasa en edificios monumentales, lo que revaloriza aún más sus ya señaladas características históricas, arquitectónicas y decorativas[7].

 

 [1] Juan M. GONZÁLEZ CEMBELLÍN: “Monumentos de Bizkaia”.

[2] Con este nombre se denomina al complejo Agirtza-Castaños-Galindo.

[3] Posiblemente referenciado como “Huart” en el más antiguo documento de la zona (1040).

[4] Lope García de SALAZAR: “Bienandanzas y fortunas”.

[5] Un excelente artículo sobre los “Parientes mayores” lo encontramos en “La lucha de Bandos en el País Vasco”, José Ramón DÍAZ de DURANA (ed), pp. 207-233

[6] Goyo BAÑALES “Mayorazgos de Barakaldo” pp. 83-89

[7] En torno al año 1990 la familia Saracho, efectivamente, remodeló toda la torre respetando lo más significativo de la misma. Hoy aparece con toda su mampostería raseada y pintada de color “fucsia”. Se han respetado las sillerías esquineras, ventanales y relieves citados.

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