La estructura física de los núcleos urbanos medievales vizcaínos (VIII)
CONCLUSIONES
Todas las villas vizcaínas están rodeadas por una muralla que limita exactamente el caserío y obedecen a una evidente planificación previa respondiendo a varios tipos entre los cuales el más característico es el de campamento militar o bastida. Es un tipo de plano muy regular, aunque se ve condicionado por el terreno sobre el que se conforma, de calles no jerarquizadas, que se ajusta perfectamente a la clase de sociedad homogénea de hombres libres que se pretendía asentar: ciertos «hombres buenos» deberían repartir el terreno intramuros en forma de solares entre los pobladores presentes y prever la afluencia de los futuros. Se da un igualitarismo inicial muy grande que el tiempo va transformando. La pequeña nobleza afluye paulatinamente a las villas, ya debido a la erosión de sus rentas rurales, ya obedeciendo a motivos belicosos o de prestigio. Esta clase advenediza pronto se configura como emergente y dominante, y de la mano de otros estamentos típicamente urbanos como comerciantes y funcionarios, se disponen a tomar, tras la luchas de bandos, el poder de la ciudad. De esta forma se va produciendo una diferenciación social que se verá reflejada con claridad en la habitación. Las clases más favorecidas ocupan en muchas ocasiones más de un solar, pero no aleatoriamente, esto es, ocupan en general la superficie correspondiente a uno y medio o dos solares. Paralelamente y en sentido contrario, la presión demográfica obliga frecuentemente, y sobre todo en el seno de las clases más desfavorecidas, a la partición vertical u horizontal de la casa, a la elevación del número de pisos, a la ocupación total de la parcela como vivienda etc. El espacio intramuros era limitado y por tanto en las villas con éxito, valiosísimo. El espacio público, que era muy escaso: calles, cantones, torres de la muralla … ,fue objeto de apropiación lenta pero ininterrumpida por parte de los vecinos. Todo lo demás, partido en solares, era privado, lo que igualmente ocasionaba muchas pugnas entre los vecinos como resultado de los intentos de expansión de la propiedad individual.
La casa gótica acusa una falta de divisiones funcionales en su interior, lo que trae como consecuencia un desarrollo más amplio de las funciones domésticas en las instituciones públicas (hornos, casas de matar reses … ). La construcción era muy endeble. El principal material constructivo era la madera, causa fundamental de los numerosísimos incendios que arrasaron
las villas vizcaínas en la Edad Media. Fueron motivos de seguridad los que decisivamente influyeron en un cambio progresivo hacia el ladrillo y cal y canto, reservándose la piedra casi en exclusivo para las casas-torre y palacios nobiliarios.
Ya en plena Edad Media un teólogo popular, el franciscano Eiximenio ( 1340-1409) enunció una teoría de la ciudad ideal inspirándose en los filósofos griegos y en Roma, que supuso un prematuro anuncio del Renacimiento.
En el siglo siguiente, el humanista y obispo D.Rodrigo Sánchez de Arévalo (1404-1471) mantiene una preocupación por el embellecimiento de las ciudades aunque en un plano mucho más especulativo y teórico que Eiximenio. Esta temprana preocupación por la estética urbana se difundió en los medios cortesanos llegando a alcanzar los populares y con consecuencias prácticas en Levante (Castellón, Villareal…) ya que en la Corona de Aragón, muy enlazada política y comercialmente con Italia, se desarrollaba un nuevo espíritu ciudadano.
Desde la segunda mitad del s. XIV iba cundiendo el gusto por la simetría tanto en edificaciones como en conjuntos urbanos. La gente del nuevo espíritu renacentista suspiraba por grandes, rectas y anchas calles, amplias y regulares plazas, jardines y fuentes, bellos edificios …
Una de las reivindicaciones del Renacimiento fueron las calles y plazas con soportales, debido a su
ascendencia romana.
Lejos del Mediterráneo, en las tierras pobres de la mitad norte de la Península en las que la monumentalidad se expresaba sólo, aparte de las fortalezas, en los templos despreciando el aspecto exterior de las viviendas, era imposible que esta prematura preocupación renacentista por la grandeza y la belleza urbanas encontraran gran eco.
La afición de los elementos dirigentes de la sociedad castellana y tras ellos, de los de más modesta
condición a la vida, lujo y ostentación, evidente enlos reinados de Juan II y Enrique IV, quizá por influencia de Borgoña o Levante, colaboró lentamente a la introducción de la preocupación urbana en el Reino de Castilla. Sin embargo la época de reformas más radicales en villas y ciudades de Aragón y Castilla fue la del reinado de los Reyes Católicos.
En el País Vasco el cambió comenzó un poco más tardíamente siendo consecuencia de la anulación de la lucha de bandos con la derrota definitiva de los parientes mayores y de la incorporación de Navarra a Castilla en 1512, en los últimos años de vida de Femando el Católico, así como del progresivo desarrollo económico y demográfico que iban experimentando algunas de las villas. Como resultado de ello surge la arquitectura palacial vasca y tanto los torreones como los recintos fortificados de las villas van desapareciendo.
Orduña, transformada ya en ciudad mediante privilegio real en el s. XV adquirió caracteres de gran
población llegando a su perfecta madurez como evidencia la fundación de instituciones religiosas y culturales. Expulsados definitivamente los musulmanes y desaparecidas las guerras banderizas, las fortificaciones sobran. Esta ciudad, que en siglos anteriores había mantenido sus defensas y murallas, a principios del s. XVI destruye la fortaleza que ya no era útil a una población que gozaba de paz y prosperidad ecónomica.
De la misma manera Bilbao, con un comercio floreciente (recordemos la fundación del Consulado en 1511) y un cierto aumento demográfico debido a la inmigración tanto peninsular como de ingleses, franceses y flamencos, fue despojándose de sus muralla.
Por la ronda de la antigua muralla se formó una nueva calle. La Ribera también fue poblándose de casas y locales. Torres y Portales dejaron paso a construcciones puramente civiles y se prosigue el trazado de nuevas calles paralelas a la última de las «Siete Calles».
La estructura urbana, si bien en ocasiones con lentitud y siempre con permanencias, refleja los modos de vida de sus habitantes y el espíritu de la época, elementos éstos que se hallan en los momentos finales de la Edad Media en profunda transformación hacia un mundo completamente diferente: El Mundo Renacentista.
M.ª José Zabala Altube
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