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RECORRIDO HISTÓRICO 74: COMO EN TODAS LAS GUERRAS: EL HAMBRE

RECORRIDO HISTÓRICO 74: COMO EN TODAS LAS GUERRAS: EL HAMBRE

Un tema muy recordado por las personas que tuvieron que vivir la guerra en Barakaldo (y, sobre todo, la posguerra) es el del hambre o la escasez de comida. Pero tengo que decir, que la falta de alimentos no afecto a todo el mundo por igual. No era lo mismo vivir en el centro urbano de Barakaldo, que en barrios o zonas de carácter mayoritariamente rural[1].

La gente que vivía en barrios de índole rural, o que tuvieron acceso a productos agrícolas de primera mano, pudieron sobrellevar mejor los periodos de escasez[2]. Pero bien es cierto, que tuvieron que defender sus huertas de los robos de la gente más desesperada. Llegaron incluso a tener que hacer guardias armados con cuchillos o aperos de labranza, para defender así la comida de sus familias. Estos casos parece ser no son muchos, pero sí que existieron, tal y como afirmaba Paula Landeta. La población en general, se comportó de una manera muy honorable, aún esas situaciones más extremas. En la mayor parte de los casos documentados y acusados de robo en huertas, se trata sobre todo de pequeñas substracciones de fruta y vegetales, no de grandes saqueos.

Las familias propietarias de las huertas, también utilizaron los productos que sacaban de la tierra para venderlos o intercambiarlos por otro tipo de productos, normalmente más difíciles de conseguir. Muchas de estas personas, se dedicaban al estraperlo[3] y a vender sus productos en el mercado negro. Otras familias poseedoras de huertas tuvieron la suerte de tener batallones acuartelados cerca de sus casas, ya de paso o durante toda la guerra. En estos casos, estos batallones lo que hacían era canjear los productos de la huerta por otros productos a los que la población civil tenía más difícil acceso. Esos mismos batallones también intercambiaron trabajos eventuales por comida, tal y como recuerda Ana María Cermeño: «Donde los rojos teníamos que hacer calcetines para los soldados del frente a cambio de pan».

Por otro lado, la población que vivía en el casco urbano de Barakaldo sufrió de una manera mayor la escasez de alimentos. Solo unos pocos afortunados tenían acceso a los productos agrícolas gracias a familiares o amigos. Lo normal era que tuvieran que conformarse con los productos que pudieran comprar con sus libretas  cartillas de raciona­miento. Los productos racionados iban desde el aceite, garbanzos, patatas hasta el jabón. Estos productos los gestionaba y distribuía el propio Gobierno de Euzkadi. El Gobierno ponía el precio al que se debían vender los productos racionados a los ayun­tamientos, mayoristas, minoristas y particulares. El propio Gobierno era el encargado de sancionar y multar a los que cometieran infracciones queriéndose aprovechar de la situación y de la desesperación de una población hambrienta.

Para poder utilizar las libretas, existían una serie de reglas, que incluso se publica­ron en los diarios, para informar mejor a la población. Estas eran las principales normas:

  • Cada libreta ha de quedar adscrita a un establecimiento determinado.
  • Los proveedores, además de estampar en la libreta su sello, formarán por du­plicado la relación de los que han de surtirse en su despacho, presentando una de las relaciones en los puntos indicados anteriormente: Centro Mercantil, Federación Viz­caína de Ultramarinos o Delegación de Cooperación.
  • La otra relación la conservarán en su poder para las debidas comprobaciones
  • Las entidades antes señaladas remitirán, a su vez, a estas oficinas (Gran Vía, 5E cuarto), las relaciones que hayan recibido de los establecimientos, a fin de establece-el registro de cada tienda para el racionamiento.
  • Se advierte al vecindario que aquellas libretas que no hayan sido selladas pre­viamente en un establecimiento, no serán utilizables para el racionamiento. Lo que ha­cemos saber para conocimiento de todos y en evitación de ulteriores reclamaciones[4].

Cuando comienzan las evacuaciones al extranjero o las largas ausencias en Barakaldo, el deber de las familias es el de pasarse por las oficinas de Abastos a dar de baja a las personas que estaban en los anteriores supuestos, para poder llevar así un mejor control de la población, artículos distribuidos y evitar posibles engaños y fraudes favoreciéndose de la situación de caos reinante sobre todo tras el comienzo de la ofen­siva liderada por Mola. Esta misma petición para dar de baja a los ausentes se hizo al final de la guerra (en Barakaldo el 2 de junio de 1937). El 3 de junio, sin embargo, la oficina de Abastos de Barakaldo lanza el aviso a la población para que inscriba en la oficina a los recién nacidos. Para ello tenían que llevar un certificado del juzgado. De esta forma podemos ver que era muy importante para las autoridades el saber cuánta gente estaba inscrita en las libretas sin tener que estarlo, y cuantas faltaban por estar apuntadas. Por eso mismo también insistían en que los refugiados se apuntaran si todavía no lo habían hecho a principios de junio.

Este mismo día aparece el nuevo racionamiento en Bizkaia y Zona Leal. Con artículos como garbanzos, arroz, tomate y azúcar. Se especifica que el 13 de febrero de 1937 se dará por habitante 500 gramos de garbanzos, 250 gramos de arroz, 250 gramos de bacalao y 250 gramos de azúcar. Y por libreta se dará un bote. Incluso se llegó a racionar el jabón, que se distribuía a 0,45 pesetas los 250 gramos que se daban por habitante en los distintos ultramarinos de la localidad. Como uno de los problemas para el abastecimiento de la población era el bloque franquista del Cantábrico, cuando un barco logra entrar en puerto es todo un acontecimiento que incluso se publicita en los periódicos. Es el caso del vapor inglés «Sheat Gorth» que después de que lograra entrar en puerto bizkaino y gracias a los víveres que pudo traer a Bizkaia, la dirección general de líquidos, alimentos y compras avisaron que las próximas semanas suministrarían semanalmente cuatro garrafones de vino por cada establecimiento.

Un ejemplo de los distintos precios que existían en función de si se era mayorista, minorista, ayuntamiento o particular, lo tenemos en esta tabla publicada en Tierra Vasca a finales de diciembre de 1936[5].

 

  Para

el mayorista

Para

el minorista

Para

el Ayuntamiento

Para

el público

Patata 0,45 pts/kilo 0,47 pts/kilo 0,47 pts/kilo 0,50 pts/kilo
Garbanzos xxx 1,315 pts/kilo 1,315 pts/kilo 1,40 pts/kilo
Bacalao 2,80 pts/kilo 2,82 pts/kilo 2,82 pts/kilo 2,90 pts/kilo
Azúcar 1,70 pts/kilo 1,73 pts/kilo 1,73 pts/kilo 1,80 pts/kilo
Arroz 0,74 pts/kilo 0,79 pts/kilo 0,77 pts/kilo 0,85 pts/kilo

 

Si analizamos la tabla de precios de finales de diciembre de 1936, se puede entender que los miembros de los diversos partidos políticos y sindicatos quisieran cambiar el modo en el que se estaba llevando a cabo el reparto de alimentos. Podemos comprobar que los precios a los que se vendían los alimentos para los mayoristas eran menores que los precios a los que se vendían los mismos productos tanto al Ayuntamientos como a particulares[6]. Muchas personas y organizaciones vieron a oportunidad en esta Guerra Civil de cambiar el tipo de sociedad basada en el consumo en el que se vivía en aquel momento. Vieron que era un buen momento para tratar del punto de vista político-social-económico de la población, con la posibilidad e salirse de la teoría y entrar de lleno en la práctica. Como es el intento de la CNT por cambiar el sistema de reparto de alimentos y productos de primera necesidad que había organizado el Gobierno de Euzkadi con sus libretas de racionamiento.

Esto lo podemos ver en una información aparecida en el diario CNT del Norte el 2 de febrero de 1937. En dicho artículo, se critica que se cuidasen más los intereses de comerciantes, almacenistas y vendedores, que los de la gente. Según los que redactaron este estudio, como ellos lo llaman, la solución estaría en crear Cooperativas de consumo por barriadas. Desde dichas cooperativas sería mucho más fácil proveer a la población de alimentos de una manera más equitativa, sin «favoritismos injustificables, ni restricciones vengativas». Según este diario, el objetivo principal es el de ahorrar tiempo y facilitar economías a los esfuerzos que se realizan para resistir la campaña. Además, justifican que estas no son sus ideas de economía, sino que estas ideas son las que mejores resultados podrían dan en la situación de guerra en la que estaban. Este plan funcionaría de la siguiente manera: en cada barriada, el Ayuntamiento correspondiente entregaría a cada familia del barrio un padrón, donde los interesados harían una relación del número de familiares y una serie de datos para organizar la es­tadística. Como por ejemplo, condición de cada uno de los familiares. Dentro de este punto, encontraríamos cinco clasificaciones distintas:

  • Milicianos (estos comen en los cuarteles).
  • Presidiarios (comen en las cárceles).
  • Niños menores (diferente racionamiento, previo estudio de los médicos sobre la edad).
  • Enfermos (racionamiento diferente y previo certificado del médico).
  • Personas sanas (trabajen o no).

Otros detalles importantes a la hora de rellenar el padrón serían: profesión y lugar donde se trabaja. Esto se hacía para estudiar una posible sobrealimentación de los traba­jadores en faenas pesadas. Condición de refugiados, para que estos siguieran consumiendo en comedores especiales y no fueran incluidos en estas cooperativas de barriadas

La idea es que se encargasen de la distribución las cooperativas de barriada, que serían reguladas desde la Dirección Local de Cooperativas, siendo estas las responsa­bles de transmitir los pedidos al Departamento de Abastecimiento y de distribuir Io que les llegaba. Los productos se repartirán en función de las necesidades, y no del poder adquisitivo de cada clase social[7].

Otra idea que aportan desde CNT deI Norte es la de ampliar los comedores colec­tivos, llegando a hacer que los restaurantes y hoteles realizasen menús especiales para que quien quiera se los pudiera llevar a sus casa para comerlos en con mayor intimidad o para ser consumidos allí mismo. Esto también solucionaría en gran medida la nece­sidad de repartir por cada casa cierta cantidad de aceite, carbón y demás elementos necesarios para realizar la tradicional comida casera.

Por último, CNT deI Norte propone eliminar el sistema de cupones «por ser complicado» y poner al frente de la gestión de las cooperativas de barriada a personal es­pecializado de los sindicatos mercantiles de la UGT, CNT y SOV. Además, quierer reformar las libretas de racionamiento, haciendo que estas estén en blanco, para poder apuntar en ellas lo administrado y realizar así un mejor balance. Otra idea que aportar desde este diario es la de que los productos que normalmente no son racionados como las naranjas y las uvas, se pongan por turnos a disposición de las cooperativas de barrio, para que así estén todas aprovisionadas de manera regular. Creen que Io mejor sería considerar las cárceles, hospitales y comedores, a todos los efectos, como unas cooperativas de barriadas más, haciéndoles su pertinente distribución, igual que a las demás cooperativas de barriadas.

Dicha propuesta no prosperó, y el Gobierno de Euzkadi siguió con su programa de distribución de alimentos, tal y como lo había estado haciendo hasta ese momento. Lo que la CNT de Bizkaia se quedó con las ganas de poner en práctica, aunque fuera de una forma modificada, su ideal libertario en lo que al reparto de alimentos y productos de primera necesidad respecta. Tenían razón al decir, que el reparto no se estaba haciendo bien llegando las cartillas a manos no necesitads. Esto o desigualdades y problemas en distintos puntos, sobre todo urbanos de Barakaldo, llegando a documentarse una muerte por hambre como es el caso de Francisco Urcullu fallecido el 19 de abril de 1937 a los 53 años de edad. Pero seguro que existieron más fallecimientos por inanición en Barakaldo, pero no han quedado así registrados en ninguna parte. Sí que tenemos otros testimonios directos, de personas que vivieron aquellos meses con la angustia de encontrar algo que llevarse a la boca. El caso de Elba García Ibisate es muy significativo, porque resume bien a las claras las penurias que tuvieron que pasar muchísimos barakaldeses y barakaldesas a una edad en la que tenían que estar pensando en jugar, y no en salvar la vida. Elba trae a la memoria cómo una vecina le pedía a su madre las peladuras de naranjas y patatas, para hacer guisos y purés, porque no tenían nada con lo que alimentarse. Porque «había gente que sobrevivía a base de pellejos de naranja y peladuras de patata», añade Elba llenándosele los ojos de tristeza.»Un día, sigue recordando Elba, mi madre tenía dos huevos, y nos dijo que nos iba a hacer una tortilla. Entonces, bajó una vecina, que tenía un niño pequeño, y le pidió a mi madre uno de los huevos. Mi madre se lo dio, y yo protesté, pensando que si una tortilla de dos huevos para seis me parecía escasa, una tortilla de un solo huevo no nos iba a llegar para llenar la tripa. Mi madre entonces hizo la tortilla con el huevo y maicena. De esta ma­nera no solo cenamos nosotras seis, sino que también cenaron los vecinos. Además, mi ama nos cantaba zortzikos para quitarnos el hambre, recuerda Elba mientras se le quiebra la voz de la emoción y se le van humedeciendo los ojos.

Se añade en este caso la angustia de una madre, que creía que su hija podría sufrir problemas de desarrollo y crecimiento si no conseguía comida suficiente para ella. Elba recuerda cómo su madre, por este miedo a que ella tuviera problemas de crecimiento, hacía que sus otras hermanas, mayores que Elba y ya completamente de­sarrolladas, ingirieran menos cantidad de alimentos, repartiendo sus raciones con la hermana pequeña. Incluso les pedía que cada una les diera una onza entera de cho­colate. Esto fue una losa más a añadir sobre muchas familias, pero sobre todo, sobre muchas mujeres, que eran etxekoandres y que eran las que tenían que gestionar y hacer malabares con la poca comida que en muchos casos eran capaces de obtener. Un asunto que tenía a su favor la madre de Elba, era que ella era la lechera de la Cooperativa, además de limpiar en Altos Hornos de Vizcaya tras el fallecimiento de su marido a la edad de 32 años y dejándola con cinco hijos/as. Su padre era mulero en AHV y era conocido como Mariano “el mulero” y se encargaba de llevar en su carro tirado por mulas el caldo de hierro. Al fallecer él, como era costumbre en la empresa, le dieron un pe­queño empleo a su viuda.

Como he dicho, la madre de Elba era la lechera de la Coo­perativa, así que solía ir con una cantimplora que tenía una capacidad de entre 8 y 10 litros a comprar leche. Ella solía ir a la zona de Yurre (Igorre), donde compraba la leche, para luego volver en el tranvía de Arratia[8] y vender 6 u 8 litros y quedarse para consumo de su propia familia la leche restante. En algunos baserris de Yurre le daban lana para que tejiera calcetines, que ella hacía por las noches. Por cada par de calcetines entregados la molinera de Yurre le daba a cambio harina de maíz y alubias.Tal llegó a ser la amistad que entre las dos mujeres se creó, que un día la molinera se presentó en la casa de Elba, con la intención de conocer a la familia de esta. Elba debió de generar un senti­miento de inmensa pena a la molinera y a partir de aquel día, siempre le daba a su ama un talo «para la txikitxu» recuerda sin poder contener la emoción suscitada por este recuerdo de su infancia.

Sobre el hecho de que algunos barakaldeses que se tuvieran que alimentar con peladuras de patatas y mondas de naranjas, decir que tanto María Gago como Tomás Aranaga coinciden sobre ello cuando rememoran sendos pasajes acaecidos en las calles de la anteiglesia durante la guerra. Contaba Tomás Aranaga cómo había presen­ciado más de una vez la recogida por parte de personas del pueblo de estas sobras alimentarias con el fin de ingerirlas como único sustento. A esto, María Gago añadía que ella había visto a un maestro de escuela recoger las peladuras de unas naranjas del suelo y comérselas acto seguido. En casa de María no se pasaron penurias, aun no teniendo ni padre ni madre en aquel momento. Además, María estaba el 18 de julio de 1936 de vacaciones en un pueblo de Burgos llamado Villasana y allí pudo obtener grandes cantidades de aceite con el que llenó el taxi que la trajo de vuelta a Barakaldo. En el caso de Tomás, él mismo comenta que en su casa no pasaron hambre entre otras cosas porque tenían unos parientes en la zona de Zuazo que tenían una huerta. Él, junto con su padre y algún hermano, solían ir desde su Burtzeña natal hasta Zuazo montados en una barca de remos, con el obje­tivo de visitar a la familia, y recuerda cómo solían volver con la txalupa cargada de pro­ductos de la huerta con los que alimentarse. Tomás no puede sino sonreír cuando recuerda cómo su tío tenía las mejores pavías de toda la zona de Barakaldo. Este era el punto de miseria y necesidad al que se llegó en algunos casos durante la guerra en Barakaldo. Otro testimonio que puede dar cuenta de la miseria que se vivió en aquellos meses de guerra es el de José Manuel Martínez. Este barakaldes, que cuando em­pezó la guerra contaba con casi 12 años, recuerda cómo iba con otro amigo a la tienda de ultramarinos de Oceita, donde normalmente les regalaban un panecillo pe­queño. José Manuel describe el panecillo como algo pequeño, que no estaba hecho con harina, sino con algo que parecía serrín y que aun siendo»incomible, nos lo comíamos». Un día, cuando José Manuel y su amigo llegaron a la altura de la tienda de ultramarinos, vieron cómo la dueña daba uno de esos panecillos a un perrillo que estaba allí sentado. «Sin decirnos nada ni uno ni otro, nos tiramos encima del perro para quitarle el cacho de pan y comérnoslo nosotros”.

El mismo José Manuel recuerda cómo él era un niño muy vergonzoso, y que su madre solía mandarle al cuartel del batallón Celta, que estaba situado en el colegio de los Salesianos, con la intención de que ellos le dieran de comer. Parece ser, por lo que cuenta José Manuel, que los milicianos tenían por costumbre todos los días, re­partir sus sobras entre la población civil que se acercaba por el cuartel con la intención de comer. Cuenta que los milicianos hacían la comida en un gran perolo, y que nor­malmente hacían comida en cantidad suficiente para que sobrara y así poder repartirla entre los civiles. A él le daba tanta vergüenza, que más de un día se quedó sin comer. El hecho de que los milicianos dieran comida a la población civil lo ratifican los testi­monios tanto de Teresa Cabezas como el de Ana Mª Cermeño que antes ha recordado cómo hacía calcetines para los soldados del frente a cambio de comida.

Incluso el escritor Carlos Ibáñez cuenta en uno de sus libros, Pinceladas Barakaldesas, cómo un día fue con su padre a la carnicería de Damián Torres, situada en la Daza del mercado, y les dieron lo último que les quedaba para vender; cuatro patas de burro. Carlos recuerda que incluso una de esas patas todavía tenía puesta una herradura. Aun así, según narra el escritor, su padre y él se fueron contentos para casa con la compra realizada.

LAS MULTAS Y SANCIONES

La forma en la que se utilizaba la libreta o cartilla de racionamiento no era siempre la más adecuada, o la más legal. Podemos ver en los diarios de la época, como las autoridades pertinentes hacían llamamientos a la población, en este caso de Barakaldo, para que dieran de baja de las libretas a aquellas personas que hubieran tenido en sus casas a gente de otras localidades alojadas y que hubieran dado de alta, con el objetivo de conseguir alimentos y productos de primera necesidad que estuvieran racionados. Al mismo tiempo, se pide que se devuelvan aquellas libretas de forasteros que se hayan visto obligados a ausentarse. Se recuerda a la población que se encuentre en cualquiera de estas dos situaciones que, en caso de no poner en orden las libretas en la oficina de estadística municipal, se estará incurriendo en un delito y que serán sancionados con el mayor rigor. Viendo esta noticia, podemos sacar la conclusión que hubo gente que, empujada mayoritariamente por las necesidades, utilizó la picaresca y el engaño para poder obtener algunos productos racionados. La intención nor­malmente sería la de poder dar de comer en mayor cantidad a la familia, pero en otros casos esas buenas intenciones se verían nubladas por la codicia. Otras personas utiliza­rían estas libretas de la manera fraudulenta que denuncia el diario Tierra Vasca, con la intención de conseguir productos de sobra para venderlos en el mercado negro y poder así obtener productos de mayor calidad o que estuvieran al alcance de unos pocos. El caso es que algunas personas llegaron a hacer negocio en esta situación bélica mientras otras muchas sufrían necesidades y carencias alimentarias graves.

Dentro del grupo de personas fraudulentas, tenemos a los vendedores y tenderas que trataron de engañar a la población de Barakaldo por muy diversos medios. El car­nicero de Juntas Generales, Cesáreo Saracho, fue sancionado con 25 pesetas de multa por despachar un kilo de carne con falta de peso. La Comisión Municipal de Abastos sancionó a finales de diciembre de 1936 a varios comerciantes de Barakaldo por di­versos motivos. Esteban Bengoechea fue multado a pagar 100 pesetas por vender gé­nero a mayor plazo del señalado. A Ángel S. Miguel le decomisaron por ocultación de género los productos que él mismo había escondido: 54 latas grandes de tomate, 74 medias latas de tomate, 16 latas de pimiento, 133 medias latas de pimiento y 10 bote­llas de licor de diversas marcas. Otro tipo de problema era el hurto de cartillas de racionamiento. En marzo de 1937 en Bilbao atraparon a unos rateros que habían robado 7 libretas y que estaban haciendo acopio de alimentos tanto para comer como para hacer negocio vendiéndolos en el mercado negro.

El 8 de junio de 1937 se publicaron en el diario Tierra Vasca las siguientes faltas y sanciones:

  • 50 pesetas de multa a Feliciana Bilbao por vender naranjas a más precio que el ordenado. Además del decomiso de cerezas, por no ajustarse a las normas establecidas, 105,10 pesetas.
  • 5 pesetas de multa a Surano Perea por sacar el racionamiento de unos niños que asistían a los comedores.
  • 5 pesetas de multa a Robustiano Camarero por no cumplir las normas estable­cidas para la venta de cerezas.
  • 10 pesetas de multa a Isaac Villabeitia por la rotura de una libreta de raciona­miento.
  • 5 pesetas de multa a Tomás Martín, Benito Jiménez, Antonio Fernández, Venan-cio Álvarez y José Carrete por la pérdida de la libreta de racionamiento.

Todas estas multas sumadas hacen un total de doscientas pesetas con diez céntimos, que pasaron a manos de la Beneficencia Municipal.

LA LECHE

Por lo que podemos apreciar leyendo los diarios de la época, fue un producto muy apreciado tanto por su valor nutritivo, como por su valía para can­jearla por otros productos o venderla a muy buen precio. Se llegaron a publicar instrucciones a los repartidores de leche para que nadie les pudiera engañar llevándose cantidades de leche que por número de familiares les pudieran corresponder. De hecho, a partir de finales de diciembre de 1936 el reparto de leche se hizo de la siguiente manera:

  • Familias hasta dos personas, un cuarto de litro.
  • Familias hasta cuatro, medio litro.
  • Familias hasta seis personas, tres cuartos de litro.
  • Familias hasta ocho personas, un litro.
  • Familias de más de ocho personas, litro y cuarto de cuya cantidad no se podrá exceder.

También se advertía, tanto a los despachos en puestos fijos como a los de servicio a domicilio, que tenían la obligación de apuntar en tinta o en lápiz las cantidades suministradas a cada familia, en cada libreta. De no hacerlo así, ya avisaban que realizarían cuantas investigaciones hicieran falta, y que sancionarían de la manera más rigurosa posible cualquier tipo de anomalía que pudiesen encontrar. Y para rematar la noticia, terminan diciendo que la gente que se encontrase más delicada de salud y que necesitaran por ello mayor cantidad de leche, tendrían que conformarse con la ingesta de leche condensada que tendrían que adquirir en las farmacias tras presentar certificado médico. Esto último también estaba perfectamente regulado, para evitar cualquier tipo de acto fraudulento. El médico de turno tendrá que recetar la leche dentro del cuadro de enfermedades acordado por la junta asesora del Departa­mento. En las recetas tenía que aparecer muy claramente el nombre, domicilio, edad y enfermedad del paciente, para que no haya ningún tipo de error o engaño. Incluso llegaron a nombrar médicos inspectores para comprobar la autenticidad de las enfermedades diagnosticadas. Decidieron que la leche condensada destinada a lactantes y enfermos que no estuvieran obligados a guardar cama solo la entregarían mediante la receta-cartilla. Esta libreta especial solo se podía expedir en la consulta llamada «La Gota de Leche», situada en la calle Colon de Larreategui número 2. Y finalizaban di­ciendo «NOTA IMPORTANTE: Para evitar que gente desaprensiva se presenten con niños que no son suyos, al objeto de conseguir leche, en casos de duda se exigirán por el inspector aquellos documentos que crea necesarios para hacer la debida comprobación, imponién­dose duras sanciones a quienes intenten realizar engaño».

Por lo que podemos entender leyendo estas noticias, había gente que trataba de hacer trampas para conseguir leche de forma fraudulenta. Una de las razones podía ser la poca cantidad de leche que se suministraba por familia, como hemos visto antes. Medio litro para cuatro personas podía significar que se hiciera tabla rasa entre los adultos y los niños. No se tenía en consideración que los niños y las niñas tuvieran que tomar una mayor cantidad de leche para ayudar en su desarrollo. Así podemos entender mejor la preocupación de la madre de Elba García Ibisate con respecto a la falta de alimentos fundamentales en edades problemáticas. Ni que decir, que nadie pensaba que las personas mayores o que las mujeres que hu­bieran pasado la menopausia necesitaran también una ingesta mayor de lácteos que las personas que estuvieran en otras franjas de edad. Uno de los problemas a la hora de distribuir la leche es el que denunciaron en Bilbao en marzo de 1937. Mucha gente, en vez de esperar a que la Comisión distribuyera la leche entre los vecinos, acudía directamente a los caseríos. La decisión que tomaron para evitar que esto se siguiera haciendo fue la de cancelar todos los permisos a particulares para comprar en procedencia la leche. También recordaron a todos los ayuntamients que ellos eran los responsables de evitar que la leche saliera de sus municipios de origen.

OTROS PRODUCTOS

Habitual solía ser también que la gente se enterase mediante los medios de co­municación de cuando se iban a repartir los productos racionados. Por ejemplo el siguiente bando, «Se pone en conocimiento de los dueños de bares y cafés, que hoy se procederá al reparto de azúcar para el servicio de los mismos». Otro producto racionado era el jabón, que se repartía a 250 gramos por habitante y a un precio de 0,15 pesetas los 250 gramos. Las galletas también estaban racionadas y el 15 de febrero de 1937 en Barakaldo se repartieron 200 gramos por habitante a razón de 4,20 pesetas el kilogramo.

Los precios de los productos no variaron mucho durante los primeros meses de ­la guerra, si nos atenemos a las tablas de precios que aparecen publicadas en los periódicos. Por habitante daban 500 gramos de garbanzos a 1,40 pesetas el kilo o cupones de la libreta de racionamiento. Este precio variaba si la venta se efectuaba a un ayuntamiento, en este caso el precio del garbanzo se ponía en 1,315 pesetas el kilogramo. El arroz era suministrado a 250 gramos por habitante y libreta a un precio de 0,90 pesetas el kilo o 11 cupones de la libreta. Otros productos, sin embargo, tenían unas necesidades especiales. Era el caso de la carne de cerdo y del chocolate. En el caso de la carne de cerdo, esta tenía que recogerse muy rápidamente, y la Junta dejaba que los ayuntamientos y los despachos guardaran este producto en cámaras frigoríficas ya que era muy perecedero. Se daba 100 gramos por persona y libreta, al precio de 4 pesetas el kilo o 12 cupones de la libreta. Para los ayuntamientos el precio bajaba hasta 3,72 pesetas el kilo. Este producto también podía ser adquirido por los industriales tocineros, a un precio de 3,75 pesetas el kilo. Eso sí, tenían que efectuar el pago del producto al contado a la hora de recoger la mercancía. En Barakaldo, la gente que quería coger la carne de cerdo tenía que hacerlo en «El bilbaíno» en la plaza de Galán y García o en Nicolás Arteagabeitia en Abastos. El chocolate era a media libra por persona y libreta, a un precio de 0,85 pesetas la media libra para los habitantes de Barakaldo o 13 cupones de la libreta, y a 0,75 pesetas la media libra en caso de que fuera el ayuntamiento el comprador. Se advertía eso sí, que solo un 75% del chocolate se distribuiría por las tiendas de ultramarinos, ya que el 25% restante se repartiría entre las distintas confiterías existentes. Esto hará que muchas personas que habían sellado sus libretas en las tiendas de ultramarinos se vean obligadas a acudir a las confiterías para conseguir su chocolate, por la falta de género creada por el reparto de chocolate.

En Barakaldo se llegó incluso a crear una cooperativa gipuzkoana, con la idea de astecer a las personas refugiadas de dicha provincia que vivían en la anteiglesia. De modo, todos los refugiados gipuzkoanos que residían en Barakaldo tuvieron un lugar propio al que acudir, vetándoseles la compra o el canje de cupones en los distintos comercios de ultramarinos de la localidad.

EL PESCADO

Un producto muy escaso teniendo en cuenta los problemas que existían para que los arrantzales pudieran traer pescado frescon ya que los buques franquistas hacían continuos minados de las aguas del Cantábrico. La flota pesquera había quedado muy reducida porque una cantidad importante de barcos de pesca fueron requisados para la Marina Auxiliar de Guerra. Cuando los barcos pesqueros salían a faenar, lo hacían escoltados por los buques de la Marina Auxiliar de Guerra y a la espera de que no estuviera la flota franquista al acecho. En muchas ocasiones, los pesqueros tuvieron que buscar refugio en los puertos más cercanos por culpa de los ataques franquistas, ya que habitualente las embarcaciones de la Marina Auxiliar y los cañones de defensa marítima eran insuficientes. En el caso de Barakaldo, al no disponer de una flotilla de pesca propia, tenía que esperar que los barcos pesqueros de otras localidades lograran salir a faenar, que tuvieran éxito y que se repartiera equitativamente lo pescado. En Barakaldo, además hubo problemas a la hora de repartir el pescado, ya que por lo que denunciaban los miembros de la Comisión había gente que se olvidaba de la escasez de este producto debido a la gue­rra o que hacían cola varios familiares en los lugares de abastecimiento, con la inten­ción de hacer acopio sin preocuparse de sus semejantes. Así que decidieron imponer ciertas normas:

1.- El pescado se venderá a los precios de tasa establecidos por la Dirección Ge­neral de Comestibles Sólidos y solamente en los lugares designados, como son las dos plazas del mercado en el centro de la población, despachos de Cooperativas y en el extrarradio en los locales que existan al efecto y lugares donde les señale el Municipio de servicio.

2.- La venta del pescado se efectuará mediante la anotación con tinta o lápiz tinta en la libreta de racionamiento y en las cantidades prudenciales de medio, uno y dos kilos, según sea el número de familiares que registre la misma.

3.- Al objeto de evitar aglomeraciones, las vendedoras de pescado vienen obligadas a establecer una numeración, que en los días que tengan pesca la repartirán, nunca antes de las siete de la mañana, a los primeros que lleguen, poniendo especial cuidado de no dar número, ni pescado, en tanto quede sin abastecer algún vecino o refugiado a quienes lo hayan llevado el día anterior, cosa fácilmente comprobable con el examen de la libreta.

4.- Para facilitar la labor de las vendedoras, se procurará por parte del vecindario acudir corrientemente a la misma expendedora, pero, en los casos que así no sea se tendrá igualmente en cuenta la última parte de la norma anterior.

5.- Cuando los vendedores sean de fuera de la localidad quedan relevados de obligación de la numeración, pero sujetos al resto de las normas establecidas.

Con esta serie de normas quería la Comisión mantener el orden a la hora de proveer a la población de pescado fresco y evitar así engaños y desmanes. Llama la aten­ción que las vendedoras de pescado tengan prohibido dar números a la gente que estaba haciendo cola hasta las siete de la mañana. Esto quiere decir que había gente que hacía cola antes de las siete de la mañana, con la intención de asegurarse la compra de pescado. También llama la atención que hubiera vendedores de pescado de fuera del municipio. Puede que se refieran a las sardineras de Santurtzi que, como es bien sabido por todo el mundo, vendían pescado por todos los municipios a orillas de la ría hasta Bilbao. O puede que en poblaciones donde era más fácil acceder al pescado quisieran estos vendedores hacer negocio seguro viniendo a una localidad como Barakaldo, sin acceso a pescado fresco diario. Todo esto denota la importancia del pescado dentro de la dieta de los barakaldeses y los esfuerzos que hacían por adquirir dicho producto.

LAS PATATAS

Las patatas eran un producto de primera necesidad, que se utilizaban con suma relevancia en la cocina de diario. Viendo la importancia que tenían estos tubérculos, la Comisión decidió repartir patatas para sembrar, con la intención de que la población pudiese autoabastecerse de dicho producto. La Comisión quería repartir estas patatas para siembra entre los que se dedicaban exclusivamente a la labranza, así que se les exigía presentar un certificado municipal donde viniese especificado la cantidad de terreno que disponían para siembra y la cantidad de patatas precisas que necesitaban. La gente que tuviera terreno para sembrar, pero que no vivían de la siembra y además, no residieran en las Sociedades de Casas Baratas de Barakaldo, tenían que personarse en la oficina de Abastos provistos de una certificación o declaración jurada del propietario o administrador del terreno, haciendo constar la extensión de este al fin indi­cado. Por su parte, el arrendador del terreno tenía que solicitar la cantidad de patatas que querían sembrar. Existían sanciones para los infractores, y para llevar un control más exhaustivo, en la oficina de Abastos apuntaban la cantidad exacta de patatas que se llevaba cada labrador barakaldes. Hubo gente a los que no les hizo ninguna gracia este tipo de control, e incluso llegaron a amenazar con no sembrar las patatas. La actitud de la Comisión fue la de amenazar a estos labradores protestones con denun­ciarles como facciosos y entregarles a las autoridades pertinentes. Querían evitar así la siembra descontrolada de patatas con la única intención de hacer oscuros negocios. De lo contrario, no se entiende su negativa a que se apuntaran los kilos de patata de siembra de los que se les hacía entrega. Esto denota que no tenían ninguna noble intención y sí, por el contrario, que se querían aprovechar de la situación.

Para que la gente no tuviera ninguna duda a la hora de sembrar las patatas, ya que algunos de los agricultores eran neófitos en la materia y solo habían llegado a este trabajo por las necesidades creadas por la guerra, se explicaba que «la patata es un cultivo productivo en terrenos ligeros, silíceos o calcáreos y de buenos resultados en terrenos de nueva roturación. Su producción depende de los cuidados de que sea objeto». Termi­nada esta definición daba comienzo toda una clase de explicaciones que iban desde cómo preparar las patatas para la siembra hasta qué tipo de abonos utilizar pasando por qué tratamiento darle a las patatas sembradas o cuando recogerlas. El artículo ter­minaba con una receta sencilla para preparar un «buen caldo bordelés».

Siguiendo con el reparto de productos del mundo agrícola, las autoridades tam­bién repartieron piensos en Barakaldo durante la guerra a los propietarios de ganado y la fórmula empleada era la siguiente: se emplazaba en un lugar determinado a una hora concreta a todos los dueños de ganado de Barakaldo cuyo apellido comience por unas letras en concreto. En el caso del domingo 6 de marzo de 1937, el reparto de piensos se hizo de 9 a 13 horas a los dueños de ganado cuyos apellidos empezaran por las letras E, F y G. Al día siguiente, el lunes se repartió a los dueños cuyos apellidos comenzaban por las letras H, I, J, K, L, M y N El reparto de piensos, al igual que el de carbón se estuvo realizando casi con total normalidad hasta el día en el que las tropas franquistas entraron en Bilbao. Tras la caída, de Bilbao, el su­ministro de alimentos y líquidos se vio prácticamente cortado y no se reanudaría hasta que las autoridades fascistas se hicieron con la provincia.

CONCLUSIONES

Muchas son las conclusiones que se pueden sacar tras analizar este capítulo. La primera conclusión es que el período de guerra fue muy duro para toda la población en todos los aspectos, pero uno de los más importantes fue la escasez de alimentos y productos de primera necesidad. Como hemos visto, los habitantes de Barakaldo que residían en zonas más urbanas lo pasaron peor que los que residían en zonas más ru­rales. En barrios rurales como Zubileta, Zuazo o Retuerto, casi todo el mundo tenía ac­ceso a productos hortícolas, esquivando así las carencias nutricionales y alimenticias que se podían dar en las zonas más urbanas de la localidad.

El Gobierno Vasco trataba de repartir los alimentos y los productos de primera necesidad de una manera equitativa entre toda la población y, para ello, creó las libre­tas de racionamiento fundamentadas en cupones. A la hora de desarrollar este pro­grama de entrega y venta de alimentos para la población, las oficinas de Abastos se encontraron con serios problemas como la falta de productos que repartir y vender la falta de un control real y seguro de la población existente en Barakaldo, tanto resi­dentes habituales como refugiados. Y por último, hubo que hacer frente al problema de los vendedores fraudulentos y de los habitantes tramposos. Esta misma carencia la sufrió también la industria, que dependía en muchos casos del carbón que se traía en barco desde Asturias y que tantas veces se quedó en el camino. Aun así, casi hasta el final de la guerra estuvieron los barcos ingleses trayendo alimentos hasta Bilbao, pero una vez caída la capital del Gobierno de Euzkadi, estos buques se dedicaron a evacuar a la población civil hasta Cantabria y Asturias.

El problema de la falta de alimentos trajo de cabeza tanto al Gobierno Vasco como a la Junta de Defensa Local. Era vital que los jóvenes que estaban en el frente estuvieran bien alimentados para que pudieran combatir contra el enemigo. Al mismo tiempo, la población civil tenía que tener cubiertas sus necesidades básicas para que la moral no decayese en retaguardia. Este punto era muy importante, porque entre los bombardeos y la falta de alimentos, parte de la población civil no podía dejar de colaborar en el triunfo del bando republicano, pensando que podría ser mejor que ganase el bando rebelde. Además, los milicianos y los gudaris tenían sus familias en retaguardia, y el hecho de saber que estaban siendo bombardeados constantemente era un peso sobre ellos, que se veían incapaces de defender a sus seres queridos, como para añadir también el peso de saber que sus familias estaban faltos de comida. De hecho, una de las primeras cosas que hará el gobierno de Burgos una vez tomado Barakaldo, será repartir comida entre la población, para hacer ver que en la España de Franco, la gente de bien no pasaba hambre. Luego se pudo comprobar que solo fue un espejismo propagandístico, como bien pueden atestiguar todas las personas que vivieron en Barakaldo durante los años 40.

Así que podemos decir que el control y reparto de alimentos era otro frente de batalla al que se tuvo que enfrentar el Gobierno Vasco. Era muy importante también por el hecho de evitar rebeliones y asaltos a oficinas de abastos por parte de la población hambrienta. Esto no ocurrió principalmente por que se gestionó de una manera más o menos eficaz el reparto de alimentos. Y por otra parte, porque aparentemente no hubo abusos ni reparto desigual de los alimentos y productos básicos regulados por as autoridades. Además, a esto hay que añadir el ejemplar comportamiento de la mayor parte de la población civil, que no trató en ningún momento de saquear las oficinas de abastos de Barakaldo. Aun así, hemos podido comprobar como para algunos partidos políticos y organizaciones, como la CNT, el reparto de comida no se estaba haciendo acorde a sus principios ideológicos básicos. De todas formas, todas estas organizaciones disconformes supieron entender lo difícil de la situación, y trataron de colaborar en la medida de sus posibilidades con la buena gestión y reparto de los alimentos.

 

[1] Koldobika LÓPEZ “La Guerra Civil en Barakaldo”, pp.175 y ss.

[2] Debemos recordar que, sobre todo en el valle del Regato y la Vega de Ansio-Retuerto, se mantenía un importante sector primario.

[3] Comercio ilegal de artículos que escasean o están administrados por el Estado y sujetos a tasa.

[4] Bilbao, 6 de febrero de 1937-Departamento de Comercio y Abastecimiento.

[5] Tierra Vasca, 27 de abril de 1937. Hemeroteca del Archivo Foral de Bilbao.

[6] Sobre esta realidad, afirma Koldibika “era una visión totalmente capitalista de la situación económica, que chocaba con la visión más revolucionaria e izquierdista que tenían otros zartidos y sindicatos de la realidad económica”. Página 179.

[7] Afirmación, a nuestro modo de ver, un tanto contradictoria por cuanto quienes podían dedicarse al “estraperlo” o “fraude de cartillas” eran quienes tenían posibilidades económicas.

[8] El 7 de diciembre de 1902 entraba en servicio el tranvía de Bilbao a Durango y Arratia, prestando servicio tanto de viajeros como de mercancías. Su ancho de vía era de 1,365 mts., medida poco utilizada en el mundo, ya que lo habitual era la vía métrica (como sucede actualmente en el Metro de Bilbao o en Eusko-Tren) o el ancho internacional (1,44).  Finalizada la guerra civil comienza una lenta agonía iniciada con la supresión del tramo Amorebieta- Durango, seguida de otros como el de Lemoa-Amorebieta y Bilbao-Lemoa. Finalmente, en 1964, se suprimía el último tramo entre la estación de los Ferrocarriles Vascongados en Lemoa y Zeanuri. www.areatza.net.

 

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