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La vida social en la zona minera vizcaína (siglos XIX-XX) (V)

La vida social en la zona minera vizcaína (siglos XIX-XX) (V)
  1. El trabajo de la mujer fuera de las minas

Fuera de las explotaciones mineras las mujeres desarrollaron muchas tareas, que podríamos resumir en trabajos domésticos varios y producción de bienes y servicios de atención al nuevo capital humano del que se abastecieron las minas. Las tareas eran muy variadas y exigentes.

Poco tiempo les quedaba a las mujeres para el ocio y el descanso. No faltaban las tareas en la huerta, la atención a los animales, compraventa en los mercados próximos, abastecer el hogar de agua y leña. También el lavado de la ropa en los lavaderos públicos, confeccionarla y repasarla, tanto para el consumo propio como «para afuera» a cambio de una cierta retribución. El cuidado de la casa incluía el blanqueado, que una vez al año realizaban las mujeres. Muchas lo combinaban con el servicio doméstico en Bilbao, Guecho o Portugalete, donde había familias que lo requerían. Desde luego, la atención a los niños, enfermos y accidentados de la casa.

Los trabajadores de las minas, en su mayoría varones inmigrantes,con un alto porcentaje de temporeros, desplazados solos, demandaban una amplia gama de servicios que eran cubiertos por mujeres. Entre sus necesidades estaba el alojamiento. Al principio este problema se resolvió con barracones patronales, donde dormían apelotonados una media de 50 mineros. Las mujeres se encargaban de cocinar y lavar sus ropas. El ritmo de trabajo lo marcaba el ritmo de la mina. Se ha mencionado arriba la entrevista a la alberguera Ángeles Arroyo, donde detalla sus ocupaciones.

Los trabajadores comían en las propias minas, con lo que eran las mujeres también las encargadas de llevarles la comida y el agua. Algunas se encargaban de recoger las comidas de varios mineros a cambio de un modesto pago.

Como consecuencia de las protestas y conflictos en la década de 1890, los barracones obligatorios fueron sustituyéndose por albergues voluntarios, y fue apareciendo otra forma de residencia, el hospedaje en casas particulares. La modalidad de vivir en familia se fue abriendo paso y constituyó, con la libertad de albergue, la forma de domiciliación más extendida.

El Informe del Instituto de Reformas Sociales de 1904 se desentendía del tratamiento de «los que viven con una familia, que alquila, o mejor subarrienda una o más habitaciones para obreros» y se centraba en las casas que las compañías alquilaban a un «obrero casado (generalmente el capataz), para que éste la subarriende luego a los obreros». Mencionaba también, con el ejemplo de la compañía Orconera, a los particulares autorizados que construían casas en terrenos de las compañías para subarrendar.

El hospedaje o lodge system se utilizó en todas las regiones mineras e industriales como forma de inserción para los recién inmigrados, normalmente hombres que llegan en solitario. El fenómeno adquirió una dimensión extraordinaria en los barrios altos de San Salvador del Valle (La Arboleda, La Reineta, Barrionuevo) en la última década del siglo XIX. De hecho, en los años 1880-1890 el 85,9% de los huéspedes empadronados en la zona minera los encontramos allí (1.285 de un total de 1.500). En la muestra de padrones de esa década hemos detectado la presencia de barracones en Galdames con 36 mineros registrados, y en San Salvador del Valle con 469 en barracones de entre 10 y 32 mineros. En estos barracones

trabajaban mujeres que se encargaban de hacer la comida y lavar la ropa de los mineros a cambio de un modesto salario. El resto de los huéspedes los hemos encontrado viviendo en familias. Tenemos una muestra de 325 familias con huéspedes registrados, con una media de 3 huéspedes por hogar (3,43 en San Salvador del Valle), si bien hay casos con más de diez, verdaderas hospederías.

Las mujeres prestaban múltiples servicios a los huéspedes, entre ellos lavado y repaso de las ropas, comida y limpieza de la habitación. Esta dedicación mejoró las condiciones de los mineros y permitió a las compañías mantener unos salarios bajos. Por su parte, las familias que tenían huéspedes aumentaban sus ingresos sin que la mujer abandonara la unidad del hogar. Por supuesto, se asistió a la superposición de las estrategias patronales para el reclutamiento y mantenimiento de mano de obra y a las fórmulas patriarcal-obreras.

La co-residencia con pupilos o posaderos pasó a formar parte de la vida cotidiana de la zona minera. Lo expresa el cura de San Pedro de Abanto en 1901 a la hora de justificar las misas asignadas a su parroquia. La primera misa que se celebra a primera hora en la iglesia parroquial es necesaria para que los fieles del Barrio de Sanfuentes, uno de los más numerosos, pueda cumplir con el precepto, y para las familias de los obreros que necesitan tener una misa temprano para después atender a los peones que cada familia tiene en concepto de pupilos, a los cuales han de llevar los almuerzos a las ocho generalmente.

La estrategia de tener huéspedes en el hogar se adopta fundamentalmente en los primeros años del ciclo vital de las familias y de las mujeres. Son mujeres de entre 20 y 35 años las que mayoritariamente tienen pupilos, edad que se corresponde con los comienzos de la formación del hogar y el nacimiento de hijos. Se trata de una fase delicada con más gastos que ingresos, hasta que los hijos lleguen a la edad laboral.

A medida que aumenta el número de hijos desciende la presencia de huéspedes, probablemente por una clara competencia por el espacio de la vivienda, y porque los hijos, desde temprana edad ayudan también a engordar los ingresos familiares, con lo que la necesidad económica de la tenencia de huéspedes en el hogar se reduce. Por lo general el pupilaje representaba unos ingresos inferiores al jornal del cabeza de familia, pero ese aporte de las mujeres era determinante a la hora de marcar los niveles de vida.

El número medio de hijos de las mujeres que tienen huéspedes es de 1,92 hijos, y va aumentando con la edad de la mujer hasta los 45 años. Estos hijos son casi siempre menores de 14 años. En 1880 el 37,5% de las familias con huéspedes tienen hijos de entre 0 y 4 años, y un total del 76,3% tiene hijos menores de 14 años. Destaca el repunte entre las mujeres de 55-59 años, que se corresponde en gran medida con viudedades, cuando la mujer, más necesitada que nunca, necesita de los ingresos económicos que le reportan los huéspedes, y también se da una mayor presencia de hijos en el hogar, quizás atraídos por la necesidad de atender o ayudar a la madre viuda. Las mujeres con huéspedes en su hogar tienen una media de menos hijos, como se ve en los tramos de 30-34 años, 40-44 y 45-49 años respectivamente.

El pupilaje u hospedaje se va a seguir practicando, aunque se conozca peor, en 1920-1935, si bien las progresivas crisis de la minería y el desarrollo urbanístico provocarán que el fenómeno disminuya. El número medio de huéspedes por hogar descendió a 1,94. La presencia de huéspedes se mantiene bastante constante en los hogares, independientemente del ciclo vital de la mujer, con unos ligeros máximos entre las mujeres de 35 a 60 años, mientras que a finales del siglo XIX el mayor número de pupilos se encontraban en hogares de mujeres más jóvenes, entre 20 y 35 años. De nuevo, las mujeres con huéspedes en el hogar tienen una media menor de hijos a partir de los 35 años, coincidiendo también con la mayor presencia de huéspedes en los hogares.

En los años del franquismo también se recurrió de forma importante a las pupileras como primera forma de asentamiento de los inmigrantes recién llegados, fundamentalmente, a trabajar a las fábricas vizcaínas, con un carácter temporal hasta que el individuo —generalmente hombre— consiguiera un hogar propio y se casara, o trajera a su familia desde el pueblo de origen. En otras ocasiones era la familia al completo la que vivía como pupila en otra vivienda, de forma provisional hasta que se solucionara el tema de la vivienda propia. En esta época muchas empresas hicieron una política de construcción de viviendas para sus plantillas. Pero esta técnica, que siguió estando muy extendida en la Vizcaya industrial de las décadas de 1960 y 1970, prácticamente desaparece del entorno minero, y en concreto, de San Salvador del Valle, como consecuencia directa del progresivo cierre de las minas. Los datos de los padrones son claros: en 1930 aparecen recogidos un total de 528 huéspedes en el municipio, que para 1960 se reducen a unos 200, y en 1970 apenas llegan a los 50.

De una forma o de otra, fue trabajo desarrollado por mujeres. A pesar del que el modelo del «ganador de pan» y el «ama de casa» trataba de imponerse ideológicamente entre la clase trabajadora, las duras condiciones de vida de la minería no lo permitieron. Las familias no podían sobrevivir sólo con el sueldo del cabeza de familia que trabajaba en las minas. Por lo tanto, y por pura supervivencia familiar, hasta el final de la explotación minera en la década de 1960 se siguió utilizando el recurso del trabajo femenino y también de los niños, como estrategias de complementariedad económica. En este aspecto tampoco conocemos bien la situación de las décadas de 1920 y 1930.

Rafael Ruzafa Ortega y Rocío García Abad

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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