Oficios mineros (Canteros)
La piedra, que junto con la madera ha sido tradicionalmente el principal material utilizado en la construcción, se ha extraído de las canteras, empleándose diversos métodos según las épocas, siendo los canteros los artesanos especializados en esta actividad y en el labrado de las rocas segregadas.
En el País Vasco se han explotado numerosas canteras en el pasado, como ponen de manifiesto los abundantes nombres de lugares, poblaciones, plazas y calles, así como apellidos, que hacen referencia a las mismas. En la Junta General de Guipúzcoa, celebrada en Elgoibar entre el 30 de abril y 9 de mayo de 1552, hay una referencia a un «maestro cantero que tenía thomadas las calgadas en pública almoneda». Actualmente sigue manteniéndose una importante actividad que representa del orden de una quinta parte del conjunto español que ocupa la segunda posición a nivel mundial.
En nuestras canteras (con independencia de los distintos tipos de roca) básicamente se han dado dos clases de aprovechamientos: por un lado, la obtención de bloques de distintos tamaños que tras su tratamiento se emplean en la construcción, y que son conocidos como rocas ornamentales, y por otro, la de materiales de reducidas dimensiones y formas irregulares que se usan en la fabricación, entre otros productos, del cemento.
Los especialistas que se han requerido en estas dos actividades presentan diferencias importantes. De alguno de los primeros nos hemos ocupado en ocasiones anteriores (1) y entre los segundos destaca el dinamitero o artillero por los riesgos que ha conllevado su trabajo.
Las canteras de bloques
No resulta fácil definir con claridad cuales eran en el pasado las tareas específicas de los oficios relacionados con la cantería dedicada a la obtención y labrado de piedras para la construcción, dado su carácter itinerante, y porque a diferencia de otras actividades relativamente similares no llegaron a constituir gremios.
Según el excelente trabajo de José Ángel Barrio y José G. Moya Valgañon, desde el siglo XVI hasta el XVIII, los contratos de aprendizaje no diferían de los que eran habituales en otros oficios, estableciéndose de forma minuciosa como mínimo que el maestro debe enseñar al aprendiz todas las artes de la profesión sin ocultarle nada, que éste permanecería en el taller todo el tiempo convenido y los compromisos en cuanto a manutención, vestido y hospedaje así como la retribución, si la hubiere, definiéndose también las responsabilidades por el incumplimiento de las obligaciones contraídas.
Los oficios básicos eran los de «sacador», «desbastador», «cantero-labrante» y «asentador», cada uno con sus características específicas, mientras el de «entallador» abarcaba varias tareas que hoy consideraríamos de diversos sectores. A las distintas categorías se llegaba mediante prueba fundamentalmente práctica ante los maestros examinadores.
La tarea de «sacador» de piedra era la que requería menores conocimientos, dedicándose con la ayuda de barras, barrenas, cuñas, mazas y pi-cachones a extraer las rocas. La voladura de las mismas, usando la pólvora, tenía notables inconvenientes como el peligro para los trabajadores, bajo rendimiento del material aprovechable y elevados costes de escuadrado de las piezas extraídas al presentar formas heterogéneas. Sin embargo, el sistema ha perdurado hasta nuestros días, para la obtención de material de tamaño reducido y siempre que su configuración no tenga importancia.
El oficio de «desbastador» exigía más habilidades pues con el auxilio de escasas herramientas manuales (cinceles, macetas, puntero, etc.), debía de dar a las piedras las formas finales aproximadas antes de enviarlas a las obras. En algunos casos ambas actividades las ejercían las mismas personas.
El encargado de labrar la piedra era el «cantero» también llamado «labrante» y que corresponde con nuestro clásico «arguiña». Su trabajo fundamental en la construcción se llevaba a cabo a pie de obra, siendo las herramientas básicas utilizadas el cincel, escuadra, regla, trinchete y escota. En 1905 ya se constituyó en Bilbao la Unión Profesional de obreros Canteros (Labrantes) estableciéndose, en su artículo 52, «Los solicitantes deberán reunir las condiciones siguientes: Ser notoriamente católico, apostólico romano y de ordenadas costumbres; haber trabajado durante dos años en la profesión de cantero (labrante) y residido en el distrito durante seis meses, y no pasar de los 45 años de edad. Deberán ser obreros hábiles (a juicio de la Junta Directiva), y se exigirán certificados de competencia cuando se creyese conveniente».
Los «asentadores» eran los encargados de colocar los materiales para lo que era fundamental la barra de uña. Su responsabilidad era notable pues la rotura de las piedras (que sus errores podían producir), suponía graves perjuicios económicos.
A finales del siglo pasado y principios del actual los sistemas de trabajo habían mejorado aunque básicamente seguían siendo los mismos. Patxi Albizu «Soarte» uno de los mejores conocedores de esta actividad, recuerda haber oído a sus mayores que tras limpiar de árboles, arbustos y vegetación de la zona de trabajo de la cantera procedían a abrir el primer frente, lo que hacían en la roca un agujero (barreno) horizontal de unos 40 milímetros de diámetro y 2 metros de profundidad, utilizando la barrena, barra cilíndrica o hexagonal con su extremo afilado. En el orificio así obtenido introducían pólvora y seguidamente cerraban con tierra.
Para provocar la explosión utilizaban una mecha elaborada por los mismos canteros, para lo que cortaban una rama de abrojo (larra) de aproximadamente medio metro de longitud, a la que posiblemente con un alambre sacaban la médula (muna), muy blanda, en toda su longitud, obteniendo una especie de tubo que rellenaban con pólvora a la que prendía fuego.
La explosión provocaba la rotura de la roca, que una vez retirada dejaba abierto el frente de trabajo del que se iban a extraer los bloques deseados. Para ello volvían a realizar otro orificio igual al anterior, que también se rellenaba con pólvora que explosionaban de la misma forma, con lo que la roca se fragmentaba por su parte inferior y se elevaba ligeramente. Para separar definitivamente los bloques efectuaban una serie de orificios verticales, de 2 centímetros de diámetro, alineados con una separación entre los de 20 centímetros, utilizando las barrenas.
Una vez que habían efectuado todos los agujeros de una hilera los rellenaban de cal viva, añadían agua y los cerraban con tierra. La reacción del agua con la cal producía tal aumento de presión que al cabo de 24 horas la roca quedaba rajada y separada. También utilizaban largos palos de madera de haya bien redondeados a la medida justa del orificio, que se introducían en ellos a presión, para seguidamente verter agua que hinchaba la madera dando lugar a una fuerte presión y el resquebrajamiento de la roca.
Las técnicas para el desplazamiento y aserrado de los bloques
Los canteros para sacar los bloques utilizaban gatos de manivela con cuerpo de madera y palancas. El desplazamiento hasta el cargadero se efectuaba volteando (dando vueltas) la piedra sobre sí misma, para lo que levantaban de un lado con gatos hasta hacerla girar y caer sobre otra de sus caras y así sucesivamente, labor que en ocasiones les llegaba a ocupar hasta una jornada completa.
Las piedras así obtenidas no quedaban totalmente escuadradas, por lo que era preciso trabajarlas a mano con pico, puntero y martillo.
Una vez acabados los bloques de hasta cuatro toneladas, se cargaban sobre leras (rastras) tiradas por bueyes con las que se bajaban desde Goltzibar unos casos a Zestoa transportándose también con bueyes, hasta Zu-márraga, en donde se cortaban en placas a las medidas deseadas.
Con frecuencia al descender pendientes pronunciadas la rastra se deslizaba hacia adelante debido al peso de los bloques transportados atrapando las patas de los bueyes, lesionándolos e inutilizándolos en muchos casos.
Asimismo, desde Goltzibar se transportaban las piedras aguas abajo del molino de Estrapaio en donde al perder el terreno inclinación existían una instalación para su troceado con una sierra mecánica de hojas metálicas, a la que se añadía agua y arena de mar, movidas en vaivén por la rueda hidráulica accionada por agua de la regata de Aguita, labor que podía precisar para cortar un bloque de 1,50 m. de altura hasta una semana.
Antxon Aguirre Sorondo en su Tratado de Molinologia recoge la publicación en el Boletín Oficial de Guipúzcoa de abril de 1893 de la petición de Narciso Arambarri vecino de Azcoitia para que se le autorice derivar y aprovechar las aguas que discurren por el arroyo denominado Aguila-erreka, en jurisdicción de la villa de Cestona cuyo caudal se estima según aforos practicados en 36 litros por segundo, como motor de un artefacto para aserrar piedra de jaspe, reincorporando después integras aquellas aguas a la corriente del arroyo a una distancia de 345 metros aguas abajo del punto de toma.
Hacia 1934 se modernizó la explotación de las canteras de la zona al incorporarse la utilización del hilo helicoidal de acero continuo que corre sobre unas poleas convenientemente dispuestas, movido por un motor eléctrico, y que corta la piedra por fricción, «in situ», ayudado por material abrasivo y agua. Con este sistema se efectuaban hasta hace no muchos años los cortes de las caras horizontales superior e inferior de los bloques.
Por las mismas fechas se incorporaron los martillos y perforadores neumáticos, que se emplearon para efectuar las hileras de barrenas verticales separadas entre 10 y 20 centímetros que terminaban de delimitar y dar forma a las 4 caras laterales de los bloques.
La definitiva separación de éstos respecto al resto de la roca se conseguía utilizando unas cuñas cilíndricas (pinchotes) que sustituyeron a la cal y a las maderas, que se introducían en los agujeros verticales, guiadas por dos pequeñas piezas curvadas, situadas en forma de embudo en la boca del orificio. Una vez colocadas todas en su posición, varios canteros los golpeaban con mazas, lo que originaba el agrietamiento de la roca por el plano de los agujeros y su separación.
Como consecuencia de estas innovaciones se fue reduciendo la dureza del trabajo, aunque siguió utilizándose en muchos casos el barrenado manual, y se siguió terminando de escuadrar los bloques a golpe de pico y cincel. Sin embargo, no se introdujeron mejoras notables en las labores de movimiento de los bloques en la cantera, aunque debido a que el suelo sobre el que se trabajaba era una superficie de roca lisa, procedente del corte con hilo, los bloques se podían desplazar sobre rodillos, impulsándolos varios trabajadores simultáneamente con palancas.
Con frecuencia era preciso cambiar la dirección del avance, o girar sobre sí mismo el bloque para poder ser cargado en los camiones que comenzaron a utilizarse para su transporte.
Para ello por medio de palancas y gatos levantaban unos centímetros el bloque y bajo él y en el centro de su base introducían un pico sin mango, de forma que el bloque quedara balanceándose sobre este soporte. En esta posición con muy poco esfuerzo, empujando con palancas podían hacer girar el bloque sobre sí mismo en el sentido deseado. Asimismo, la incorporación de cabrestantes de cadena contribuyó a facilitar las labores de transporte.
En un documento de la época puede leerse: «En 1924 en Guipúzcoa, los equipos mecánicos son pocos y sencillos. La cantera Iztiñaga tiene una instalación para cortar con hilo de acero las masas de su caliza marmórea y perforadoras de aire comprimido. Tienen también hilo de cantera y de plaza las canteras de mármol de San Marcos y martillos neumáticos las de Añorga, Ancieta, Nueva de Burunza, Miruaitz, yesera de Echebeltz y alguna otra. La de Arranomendi tiene tres escopleadoras neumáticas para el desbaste de los adoquines».
Hacia 1970 se comienza a utilizar la sierra mecánica con dientes de acero que penetran en la roca hasta profundidades de 3 metros. Asimismo, el hilo helicoidal es sustituido por hilo diamantado y grúas y las máquinas elevadoras se incorporan a las labores de extracción y transporte de los bloques extraídos, que simultáneamente aumentan de tamaño y peso.
Con todo ello desaparecen en gran medida los trabajos manuales y el gran esfuerzo físico necesario para la extracción de la piedra, pasando de una producción de unos 3 m3 por trabajador y mes a 10 m3 de producto válido quince años después.
Los barrenos, punteros y cuñas eran fabricados en la misma cantera por un herrero (utilizando acero Bellota) que disponía de fragua y yunque y que se ocupaba asimismo del afilado de todas las herramientas y su reparación. Su habilidad para dar el temple adecuado a las herramientas fue importante en el buen funcionamiento de la cantera.
Las condiciones laborales
Todas las labores se efectuaban a la intemperie y el trabajo no se interrumpía en el caso de adversas condiciones climatológicas, pues con lluvia los canteros cubrían su espalda con una piel de oveja, sujeta con tiras de cuero que se cruzaban por su pecho, y habitualmente se calzaban con botas de cuero (anteriormente albarcas). La comida la efectuaban en la misma cantera hacia el mediodía. Uno de los trabajadores calentaba en el fuego el cocido que cada uno traía de su casa (habas, alubias, cecina, etc.).
Hasta los años sesenta los canteros procedían de los caseríos cercanos, pero debido a la dureza del trabajo y a la oferta de puestos en la industria fue preciso buscar trabajadores en Galicia que con frecuencia vivían en barracones en la misma cantera.
Los primeros años cuarenta los canteros ganaban unas 900 ptas. mensuales con 2.296 horas de trabajo anual, para pasar a unas 1.100/1.200 pesetas mensuales una década más tarde, en ambos casos con afiliación de la Seguridad Social.
Canteras de áridos
El número de canteras de áridos ha sido muy elevado en nuestro país. En la memoria estadística del distrito minero de Guipúzcoa (abril de 1925) se manifiesta «la abundancia de piedra de las calidades usuales y corrientes motiva, que en evitación de transportes, con frecuencia más costosos que el arranque, las canteras se abran ocasionalmente lo más cerca posible del lugar de aplicación de sus productos y sobre las carreteras o caminos vecinales. De ello resulta que las canteras son numerosas, pequeñas, de laboreo intermitente, todas a roza abierta, sin más excepción que las de Icharri-alde, y muchas se abandonan al terminar la obra que les dio origen».
El fuerte crecimiento de la demanda de materiales como el cemento o el hormigón, así como de aglomerado para pavimentación de carreteras, dio lugar a la explotación de un gran número de canteras (Añorga, área de Zu-maya-Zestoa-Itziar, Mañaria, Lemona, Olazagutia, Etxegarate, etc.), donde se obtenían los áridos calizos necesarios para su fabricación. Basta recordar que la producción del conocido «cemento natural de Zumaya» pasó de las 5.000 tn. de 1.860 a 35.000 sólo treinta años más tarde. Lo mismo ocurrió con el hormigón armado desde los años veinte y la demanda de aglomerado como consecuencia de la extensión y mejora de las carreteras.
Los sistemas de segregación de la piedra de la masa rocosa en nuestras canteras de áridos han evolucionado sustancialmente durante las últimas décadas, sobre todo al mejorar los medios empleados lo que ha afectado a los oficios necesarios en esta actividad.
El sistema de extracción
En la primera mitad del siglo, se iniciaba la tarea eligiendo el lugar de la cantera donde se iba a llevar a cabo la voladura, buscando siempre el mayor rendimiento con el menor trabajo (decisión en lo que los facultativos de minas tenían parte relevante), para pasar a desbrozar y eliminar la vegetación, así como retirar toda la cubierta («sanear el terreno»), hasta tener a la vista la roca limpia, para lo que se utilizaban azadas, picos, hachas y «corbillos» (parecidos a las hoces). Las cestas eran importantes para alejar a hombro los materiales sobrantes (tierra, ramas, hierbas, etc.).
Se seguía con la perforación de los barrenos (cavidades cilíndricas abiertas en la roca), operación que los años cincuenta ya se efectuaba con martillos y perforadores accionados neumáticamente, y manejados por los barrenistas (anteriormente con herramientas manuales). A continuación, el artillero (conocido como dinamitero), trabajador especializado en el manejo y colocación de explosivos, rellenaba con cartuchos de pólvora negra estos huecos, en toda su extensión, unos tres o cuatro metros. Los cartuchos se iban introduciendo uno detrás de otro empujando con largas varas cilíndricas de madera. Finalmente, se terminaba de rellenar el orificio con tierra suelta, comprimiéndola fuertemente (retacar) con las mismas varas de madera. La mecha de pólvora se colocaba al primer cartucho introducido, y finalmente, se unían entre sí las mechas de todos los barrenos cargados. «Había que ser artista para saber donde y como colocar las cargas, pues la roca tiene muchos secretos» nos decía un viejo y experimentado dinamitero.
Teniendo en cuenta que en las calizas más abundantes en nuestro país la llama en la mecha avanzaba a una velocidad de 1 metro cada 90 segundos, el artillero debía calcular la longitud para disponer del tiempo necesario para protegerse de los efectos de la explosión.
La voladura
Realizados todos los preparativos para la voladura (tirar los barrenos), se daba aviso por medio de toques de corneta, suspendiéndose toda actividad en la cantera, y si ésta estaba situada en las cercanías de alguna carretera, peones provistos de banderas rojas, cortaban el tráfico de vehículos.
Cuanto todo el personal se retiraba, el dinamitero daba fuego a la mecha con una cerilla o un encendedor y salía corriendo hacia un lugar protegido. Algún artillero singular utilizaba una moto que dejaba en marcha para facilitar la huída. Los errores en esta operación casi siempre tenían consecuencias graves como saben muy bien estos especialistas, algunos de los cuales perdieron la vida y otros quedaron mutilados.
La cantidad de piedra desprendida era muy distinta según las posibilidades de la roca. Gregorio Ansorena Orueta (1923), con experiencia como minero en «La Elvira», de Galdames, y uno de los buenos expertos en la explotación de canteras de áridos, recuerda por su magnitud la última voladura en la cantera de Usabiartza (Itziar) debido a que la construcción de la autopista A-8 obligaba a que cesara en su actividad. «Ocurrió poco antes de inaugurarse la autopista y con 15.300 kg. de dinamita se arrancaron 156.000 tn. de caliza de una sola explosión. Fue precioso. Se emplearon 180 barrenos de 30/35 y 60 de 15/35. Con esta piedra la fábrica (de cemento) podía trabajar un año».
Una vez comprobado que todos los barrenos colocados habían explosionado, se volvía a tocar la corneta y se reanudaba la actividad en la cantera y se volvía a circular libremente.
Los sistemas variaban según el tipo de roca como expone Antxon Aguirre Sorondo al estudiar las canteras areniscas de Igueldo.
Recogida y transporte
Frecuentemente quedaban en el talud o frente numerosos trozos de material agrietado, en situación inestable y con riesgo de desprenderse y provocar accidentes. Para soltarlos el artillero y el barrenista se descolgaban desde lo alto, sujetos a cuerdas que ataban a árboles (encinas) o a barrenos clavados en la tierra, y con palancas y otras herramientas, los arrancaban haciéndolos caer a la «planta de la cantera».
Los bloques desprendidos por la voladura de 5, 10 y hasta 20 tn. de peso, que no podían ser transportados con los escasos medios disponibles, tenían que ser desmenuzados de nuevo. Para ello, también el artillero y el barrenista los perforaban con uno o varios orificios e introducían en ellos cartuchos con sus correspondientes mechas, todas ellas cortas y de la misma longitud. Efectuada esta operación en todas las rocas se procedía a «pegar» (explosionar) los barrenos. Para ello cortaban un trozo de mecha a la mitad de longitud de la colocada en los cartuchos y le daban cortes en su recubrimiento exterior de forma que apareciera la pólvora en ella contenida. Tras el reglamentario toque de corneta de aviso, la encendía y con ella se desplazaban de roca en roca dando fuego a las mechas colocadas, cada vez que la llama salía por uno de los cortes.
Cuando la mecha que portaban en la mano llegaba a su fin, sabían que la primera encendida estaba consumida en la mitad de su longitud y el cartucho próximo a explotar y que por lo tanto, debían correr rápidamente a lugar protegido.
Una vez reducido el volumen de las rocas que lo requerían, eran los peones quienes con porras o mazos de hasta 6 kg. golpeaban los trozos hasta terminar de desmenuzarlos y conseguir que pesaran 50 kg., para a continuación manualmente y con palas, cestos y rastrillos, recoger el material y cargarlo en vagonetas con capacidad de 1.200 kg. y que ellos mismos en grupos de dos empujaban sobre raíles hasta la trituradora sobre cuya boca volcaban el material. Los viejos trabajadores de las canteras recuerdan la época en que estos transportes se realizaban en carros de tracción animal.
Efectuado este transporte y para control de su labor, por cada vagoneta introducían una pequeña pieza de madera en un tablero con orificios que cada pareja de peones disponía. De esta forma en cualquier momento y sobre todo al final de su jornada tanto ellos como la empresa sabían el número de vagonetas de material recogido y la prima que les correspondía.
Hacia 1925, «por término medio 60 obreros arrancaban 235 toneladas diarias de piedra y 65 de escombros, y eventualmente las monteras de los bancos daban 115 toneladas más de tierras».
Las condiciones de trabajo
El documento anteriormente citado (memoria estadística del distrito minero de Guipúzcoa, de 1925) se dice «En el trabajo de las canteras han perecido durante 1924 cinco obreros y sufrido heridas graves tres. La proporcionalidad entre el número de obreros muertos y el de sucesos desgraciados, acusa que los accidentes mortales exceden en más de tres veces a los de los ocurridos en las minas, pero la comparación resulta falseada, porque no de todas las desgracias en las canteras se tiene noticia y, además, porque su labor es siempre intermitente».
Después del encargado de la cantera era el artillero, especialista de 1ª, el trabajador de mayor cualificación en las canteras de áridos. Debía conocer el manejo de explosivos y las normas, instrucciones y reglamentos de seguridad establecidos oficialmente y estar en posesión de la cartilla que le autorizaba a ello, la que se le concedía previo examen y que tenía que ser renovada cada 5 años, lo que les avalaba como expertos y les hacía responsables del transporte de los explosivos desde los depósitos hasta los distintos lugares en los que iban a ser empleados, de la preparación de los cartuchos y detonadores, de la carga de los barrenos y de su «pega».
Habitualmente eran (son) trabajadores que iniciaban su aprendizaje desde jóvenes en minas o canteras y que por experiencia iban adquiriendo conocimientos sobre dónde colocar las cargas y cómo hacerlo para con el menor trabajo y consumo de explosivos, obtener la mayor cantidad de material. El peligro que conlleva su actividad lo convertía en un oficio singular.
Les seguían los barrenistas (especialistas de 2ª) que perforaban los orificios manualmente con barras y mazos y más tarde con máquinas neumáticas, y ayudaban a los artilleros en la colocación de los explosivos y mechas. Los peones que recogían y transportaban el material constituían el tercer nivel.
Todos ellos desempeñaban su labor al aire libre cualesquiera que fueran las condiciones ambientales, lo que suponía en casos de nieve, lluvia o intensos fríos o calores un importante endurecimiento del trabajo.
Hacia 1953, un encargado de cantera ganaba 750 ptas./mes más 150 de suplemento y en algunos casos un tanto por ciento por ahorro en el consumo de dinamita, un artillero 12 ptas./día más una prima del 15% del salario obtenido por los peones, incentivo que era del 10% en el caso de los barrenistas y 5% el que manejaba la máquina trituradora.
Los peones cobraban 7,5 ptas./día para lo que debían cargar y transportar un mínimo de 5 vagonetas por jornada. Asimismo, percibían una prima que llegaba a 5 ptas. si alcanzaban las 12 vagonetas, lo que conseguían en unas 5 o 6 horas de trabajo. Alcanzada esta producción, sobre todos los trabajadores procedentes de los caseríos próximos, terminaban voluntariamente la jornada de trabajo en la cantera, otros continuaban hasta alcanzar en algunos casos las 15 vagonetas/día. Con todo ello el salario percibido era superior a los de los peones de las cercanas fábricas.
La jornada de trabajo era de 8 horas al día, incluidos los sábados, en dos turnos, el primero de 6,00 a 14,00 horas y el segundo de 14,00 a 22,00 horas, para lo que iluminaban la cantera con focos cuando faltaba la luz natural. En días de lluvia el artillero y el barrenista no trabajaban, pero sí lo hacían los peones que recogían y transportaban el material en vagonetas.
En las épocas de mayor demanda de trabajadores (años cincuenta y sesenta) la oferta de la zona no era suficiente por lo que llegaron a las canteras sobretodo extremeños y gallegos y se hospedaban «apopilu» principalmente en caseríos de la zona.
Hacia 1970-75 se introdujo el encendido eléctrico para originar la explosión, así como la goma como explosivo. Como consecuencia de todo ello las voladuras fueron de mayor volumen y se trabajaba dejando bancadas en los taludes, por los que podían circular máquinas excavadoras que desprendían las rocas sueltas, con lo que ya no fue necesario que el artillero y el barrenista se colgaran con cuerdas para desprenderlas. De la misma forma, se sustituyeron a los peones en la recogida y transporte de las piedras desmenuzadas.
Carmelo Urdangarin
José María Izaga
Comentarios recientes