Menú

Los hospitales mineros de Triano (Vizcaya)

Los hospitales mineros de Triano (Vizcaya)

RESUMEN DEL LIBRO “LOS HOSPITALES MINEROS DE TRIANO”

AUTOR: Profesor Manuel Vitoria Ortiz

Fue publicado por la editorial La Gran Enciclopedia Vasca en 1978. Su portada es todo un significado del libro que se editaba al presentar el Óleo de Ángel Larroque “Accidentes de trabajo”. Fue prologado por el gran escritor Luis de Castresana.

La Historia de los Hospitales Mineros de Triano es la historia de una época trascendental en la economía y sociología de España, al mismo tiempo que un motivo de orgullo para Vizcaya, por ser estos hospitales los primeros balbuceos de la preocupación empresarial por asistir al accidentado de trabajo, cuando en el resto de España no se había prestado todavía el más mínimo interés por evitar la invalidez.

En estos centros hospitalarios quedan representados los esfuerzos de los empresarios siderometalúrgicos, los conflictos sociales, las opresiones políticas y comerciales, los problemas de la emigración, el nacimiento del socialismo…

Pero también está representada una etapa de la Historia de la Medicina española en la que brilló con luz propia la ciencia de unos médicos que, dirigidos por la compleja personalidad del Dr. Enrique de Areilza, supieron cumplir con la misión que el destino les confió: curar enfermos, combatir epidemias y servir de ayuda material y espiritual para el pueblo minero de Somorrostro, que por sus particulares peculiaridades, fue preocupación constante de las autoridades gubernamentales desde 1881 hasta 1930.

Pero antes de comenzar con este estudio, vamos a contemplar desde la ventana de la historia la realidad de la España de esta época.

Enmarcación histórica de los montes de Triano y Gallarta. De la guerra a las minas de hierro

Estamos ante la España de la Restauración y de la Regencia, período que se abre en 1874 y se cierra en 1902, al declararse la mayoría de edad de Alfonso XIII. Arde aún la guerra civil en Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava; y hay ecos de duros combates en las montañas del Maestrazgo y en el Pirineo catalán. El carlismo lanza a la pelea sus últimos batallones que son, probablemente, los más adiestrados con que jamás contó don Carlos de Borbón. En tierras de Abárzuza (Navarra), alcanzan una victoria que pudiera haber sido decisiva si hubiese existido allí un jefe carlista deseoso de explotar aquél éxito; y en Lácar (también Navarra), estuvo Alfonso XII a punto de caer prisionero de sus enemigos. Perdidas estas dos ocasiones, la guerra comenzó a declinar muy rápidamente para extinguirse el día 28 de febrero de 1876, cuando don Carlos salió de España por el puente de Arnegui diciendo: “¡Volveré!”. No volvería, ciertamente; pero el espíritu que él encarnaba quedó guardado como en un sancta sanctórum, en el pecho de sus partidarios, y éstos lo transmitieron de generación en generación.

Actividad hospitalaria

El número de enfermos y heridos crecía en progresión vertiginosa. Había días y épocas del año en que el Hospital parecía ambulancia quirúrgica militar en línea de combate (como decía el mismo don Enrique). Los traumatismos eran de todo tipo, destacando entre ellos las fracturas de pelvis, producidas entre los trabajadores que servían de galgueros entre los vagones que arrastran bueyes y mulas. Otro tipo de lesiones frecuentes eran los traumatismos de cráneo causados por las piedras que vuelan al saltar los barrenos. En ambas especialidades se revela pronto la consumada pericia del joven director, cuyo nombre resuena en toda la zona minera con general admiración y cuya fama va invadiendo poco a poco Bilbao.

Los heridos son tratados en primera urgencia en los rudimentarios y defectuosamente atendidos cuartos de socorro de las minas y, cuando la gravedad era un hecho manifiesto y muchas veces lo era, son trasladados al Hospital, a hombros de sus compañeros. Para poder turnarse, acompañaban al herido ocho mineros, invirtiendo a veces en el camino hasta dos horas y media. El ritmo de la batalla del trabajo no disminuye sino que aumenta. Hasta seis millones y medio de toneladas se arrancan del monte de Triano en 1899. Los heridos son millares y las amputaciones están a la orden del día. Las minas que más bajas producen son la “Eloísa” y La “Uragalla” y la “Magdalena”.

No solo son problemas de fracturas y trepanaciones los que se presentan cotidianamente. Había veces en que la técnica de los injertos de piel, todavía incipiente, hubo de ser utilizada en gran escala para cerrar las desgarraduras que los accidentes producían.

Aunque las bases aprobadas y el reglamento de la Asociación sólo se ocupaban de la asistencia en los Hospitales y de la consulta pública para todo el personal minero, la Comisión interpretando en el sentido más lato y generoso la misión que se le había encomendado, acordó hacer extensiva la asistencia facultativa y suministro gratuito de medicamentos al domicilio de los obreros. Con este objeto celebró conciertos diferentes farmacéuticos de las respectivas localidades y subvencionó médicos en ellas que prestaron sus servicios en los siguientes puntos:

Un médico para los barrios de Gallarta, la Barga y además del norte de Triano hasta el Campillo. Otro desde el Campillo hasta Balastrera y Pucheta. Otro en Matamoros. Otro en Somorrostro y Poveña. Otro en Galdames. Otro en Sestao y Portugalete. Otro en desierto, Luchana y Retuerto. Otro en Ortuella y San Salvador. Eran en total 8 médicos, además del Médico-Director, cuyas retribuciones, sin contar las del último. Ascendían anualmente a 12.500 pesetas.

Los riesgos personales del minero, como consecuencia del aumento del ritmo del trabajo, son cada día mayores y el número de heridos aumenta. Los traslados a hombros de sus compañeros desde largas distancias y a veces guiados por la luz de un rudimentario farol, son demoledores, con el agravante de tener que subir las 120 escaleras que separan el camino hasta la puerta del Hospital.

La necesidad asistencial hace que las reformas sean imprescindibles y urgentes. Los incipientes pabellones de madera en puntos alejados del Hospital son sustituidos por modernos edificios a los que Areilza se esfuerza en dotarlos de los medios más actuales y prácticos para realizar una medicina asistencial auténtica. Sus constantes viajes por Europa enriquecen estos centros sanitarios con aparatos difíciles de encontrar en Vizcaya.

El número de camas ascendió de las cincuenta iniciales hasta doscientas. Los consultorios se desparraman por toda la zona minera y obligan a los colaboradores de don Enrique a un trabajo ímprobo y abnegado en un clima que paulatinamente se va enrareciendo con las nacientes ideas políticas. Las visitas nocturnas a determinados puntos, constituían un serio peligro para los médicos ayudantes, que en repetidas ocasiones se vieron atacados por desaprensivos; en cierta ocasión uno de los colaboradores, don Anselmo Cenarruza, perdió la vida por cruel venganza.

Los veinte años que vive en Triano don Enrique, hasta 1900, serán decisivos no solo en su formación científica, sino también en la forja de su templo moral e intelectual.

Se hospedaba en la fonda de Ángela Arrien y en ella dedicaba horas y más horas al estudio serio y profundo de todas las publicaciones médicas que le llegaban y que eran muchas, como hemos podido comprobar al asomarnos a su biblioteca. Muy metódico, de severidad extrema y de estricta rectitud controla desde el Hospital central todos los enfermos que le envían del resto de los hospitales de la zona minera. Algunas veces por dar un paseo por el monte, su afición favorita, otras porque la necesidad así lo requería, salía de su hospital y visitaba la Arboleda donde atendían a los enfermos don Eugenio Vergara y don Jorge Sotero Ita.

La reeducación de los heridos, mutilados e inválidos y especialmente de los lesionados de cerebro, con sus desarreglos funcionales en el aparato locomotor o en las facultades de expresión, fue objeto de su especial preocupación. Don Enrique inició sus tratamientos de sugestión hipnótica con resultados espectaculares en muchos casos y también con la inevitable leyenda popular que le atribuían fantásticas o macabras experiencias, a pesar de la discreta reserva en que siempre se mantuvo en la materia.

La dedicación profesional intensa y absoluta a los enfermos y operados ocupaba prácticamente toda la jornada del Director, que se retiraba bastante entrada la noche a la fonda donde, después de cenar, se encerraba en su habitación para estudiar una y otra vez las intervenciones quirúrgicas del día siguiente. La fama del buen cirujano hacía que compañeros médicos de Baracaldo y Santurce subieran al Hospital de Triano a ayudarle con cierto temor por las brusquedades e interrogatorios clínicos a los que les sometía don Enrique.

Con la creación de los Hospitales Mineros de Triano y su puesta en marcha por Areilza, se consiguió la desaparición de la epidemia de viruela y tifus, pero el joven director quiso extirpar el mal de raíz y, dándose cuenta de que para combatir la enfermedad no bastaban las medidas de curación que la Asociación había propuesto, redactó una memoria en la que pintaba la dolorosa realidad, denunciando el lamentable estado de toda la comarca minera, reclamando urgentes reformas higiénicas a fin de prevenir posibles epidemias.

Esta memoria fue elevada a la autoridad competente, pero las necesarias reformas no se realizaron y el pueblo minero continuaba viviendo en húmedos barracones, con familias hacinadas, sin ningún tipo de desagüe y trabajando de sol a sol.

La historia de los Hospitales de Triano toca a su fin con el descenso de producción del mineral, por una parte y la creación del nuevo Hospital de Basurto por otra.

En 1926, año en que muere Areilza, todavía funcionaban los hospitales, presidiendo como Director Don Vicente Fidalgo, antiguo colaborador de Don Enrique.

En 1930 las instalaciones dejan de prestar servicios médicos. Actualmente los edificios poco modificados, están destinados a preventorio y viviendas para obreros.

Tomado de http://enfeps.blogspot.com

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *