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RECORRIDO HISTÓRICO 65: Un Paisaje olvidado: LA VID

RECORRIDO HISTÓRICO 65: Un Paisaje olvidado: LA VID

Vemos las laderas de nuestros montes tanto las que se deslizan desde el Argalario-Mendívil hacia el valle de Ansio como las que desaguan en el Castaños en el tramo desde el Regato. Subimos Santa Águeda… El paisaje que cubre los suelos poco nos deja entrever su antigua dedicación: la vid. Porque, aunque nos pueda parecer extraño, esos suelos fueron ocupados desde antiguo (así nos los indican la Ordenanzas de 1614) por el cultivo de la vid de la que se obtenía el hoy tan demandado txacolí. Las propias Ordenanzas, la mano experta de Mayte Ibáñez[1] y “El Noticiero Bilbaino” nos muestran este olvidado recorrido.

Barakaldo fue, sin duda, un centro vitícola de cierta relevancia a lo largo del Antiguo Régimen. Los niveles de producción alcanzados, sobre todo en el siglo XIX, y las numerosas disputas que enfrentaron a consumidores y cosecheros, apoyados interesadamente por la legislación municipal, bien merecen que dediquemos este itinerario al desarrollo de este cultivo en la anteiglesia, cuya significación debemos inscribir necesariamente en el contexto bizkaino. No olvidemos que el vino cosechado suponía una cantidad irrisoria en comparación con el de regiones cercanas como Álava o la Rioja.

El cultivo de las viñas en Bizkaia se ubicaba en tres zonas: las Encartaciones (sobre todo Valmaseda), la franja costera oriental (Lekeitio y Bermeo) y las orillas del Ibaizabal (Portugalete, Abando, Begoña, Barakaldo y Bilbao).

El chacolí, llamado así desde mediados del siglo XVIII, era un vino ligero y ácido, que no sobrepasaba los seis o siete grados de alcohol. La vendimia se efectuaba antes de que la uva alcanzase el grado de madurez conveniente, mezclando indistintamente las uvas verdes con las maduras, las sanas con las podridas, de tal forma que el vino fermentaba poco y mal.

Un producto tan mediocre sólo puede fomentarse gracias a una política legislativa que lo protegía celosamente frente a los vinos foráneos y que al tiempo que beneficiaba a los viticultores lo hacía, aun más, a la calidad del chacolí.

Las primeras disposiciones que conocemos para Barakaldo proceden de las ordenanzas elaboradas por el concejo municipal del año 1614[2]. En ellas los artículos relacionados con los vinos ocupan la máxima extensión (18) y se refieren, sobre todo, a tres cuestiones: proteger la producción local de la competencia de los vinos foráneos, vigilar las medidas que utilizan los taberneros y controlar los precios. A estas preocupaciones se añaden otras relacionadas con la evitación de abusos (mezclas, horarios…). El tema de las tabernas es de suma importancia y así se refleja en el número de ordenanzas. Destacamos la que indica que “para comprar vinos (se cita los de Rivadavia) que vengan de fuera por la ría hasta la Torre de Lutxana deberán esperar tres días para dar opción de compra a cualquier vecino de la Anteiglesia o de las de Erandio, Deusto, Begoña y Abando; desde el día de San Martín (11 de noviembre) en adelante no se pueden vender vinos foráneos (se citan los de Riva­davia, blanco de Castilla y tinto de Toro y Rioja) hasta que no se haya vendido el cosechado en la anteiglesia porque en ella se produce mucha cantidad de vinos”.

Este proteccionismo no es exclusivo de Barakaldo. Las Ordenanzas de Bilbao (1399) muy anteriores a las citadas de Barakaldo (1614) contienen, por ejemplo, dos artículos referentes a Barakaldo[3] y otros muchos que se verán reflejados posteriormente en las de la anteiglesia.

El final de este periodo conocido como “viedo” fluctuaba de unos años a otros según los niveles de producción local y de consumo. Su inicio, sin embargo, se fijaba siempre en el día once del mes de noviembre, adecuándose lógicamente al calendario agrícola: los viñedos se cavaban en marzo, a últimos de mayo y principios de junio escardaban o recavaban con azada ancha, en los meses de agosto y de septiembre se eliminaban las hierbas de los parrales situados en lugares sombríos para que las uvas recibiesen mejor los rayos del sol; finalmente, a mediados de octubre, se procedía a la vendimia. Las uvas se exprimían en los lagares, envasando el mosto en barricas. Para el día de San Martín había cesado la fermentación.

En caso de incumplimiento la anteiglesia incautaría el vino introducido fraudulentamente, destinando un tercio a la reparación de caminos, otro para la que persona que informase del delito y el resto para los fieles[4]. Toda esta normativa se justificaba porque “en la anteiglesia se recoge mucha cantidad de vinos suficientes, y los dueños de ellos tienen mucha costa de plantar, rexir y conservar las dichas viñas ypara que se conserven y se valgan con su hacienda, y por quanto se suele salir y sacar de la dicha anteiglesia mucha cantidad de dinero para vinos de fuera, parte en que recivian mucho daño los dichos vecinos”.

Las ordenanzas no pusieron fin al contrabando de vino foráneo[5]. A partir de estas fechas y hasta bien entrado el XIX se multiplican las referencias a numerosos pleitos que enfrentaban a taberneros, arrieros, propietarios de viñas y representantes de la anteiglesia. La postura de estos últimos no deja de ser ambigua en cada uno de los casos analizados. En principio deberíamos entender que con su apoyo a las medidas proteccionistas defendían los intereses de sus administrados, potenciando la cosecha local. Pero en más de una ocasión se les acusará por su falta de celo y excesiva permisibilidad con el incumplimiento de las normativas. No olvidemos, por otra parte, que los arbitrios sobre éste constituían una importante fuente de ingresos para la hacienda municipal.

En el año 1738 Miguel Cayetano Ruiz, vecino de Barakaldo, era acusado tanto por los propietarios como por los fieles de ésta de introducir vino foráneo en época de viedo. Cayetano esgrimía varios argumentos: en principio, que el vino en litigio se destinaría sólo al consumo particular y no a la venta, asunto este no aclarado suficientemente en las ordenanzas y en el que en más de una ocasión se escudaran los inculpados, y que era indispensable para aliviar el duro trabajo de los operarios de su ferrería. Señalaba igualmente que no podía imponerse el producto local a las personas acostumbradas o criadas con el clarete de la Rioja o con chacolíes de mejor calidad como eran los del Castro y Gordejuela. Su defensa se convierte en ataque cuando asegura que “los vecinos pudientes y particulares siempre han sacado libertad para llevar a sus casas  vino clarete de la Rioja sin pagar sisa en tiempo de viedo[6] para el consumo de sus personas, mujeres e hijos,  y que tiene oído diferentes veces a los vecinos de dicha anteiglesia que los propietarios  de ella venden el chacolí a los pobres por beber ellos buen clarete, con que siendo los contrarios de esta localidad, razón será que mi parte y su familia beba buen chacolí de Gordejuela[7].

No deja de extrañarnos en este alegato que haga objeto de sus críticas a los vecinos pudientes, dado que él, como propietario de una ferrería se incluía sobradamente dentro de este colectivo.

Los curas beneficiados de la parroquia, en su doble calidad de cosecheros, y de interesados en el diezmo y primicia del chacolí local, hacían causa común con los propietarios de vides. Así en 1769 Ignacio de Echávarri y Juan José de Lezama, pres­bíteros, denunciaban a los fieles regidores por «tener puestas y abiertas» diferentes tabernas donde se vendía públicamente vino foráneo, y exigían el cierre de todos los establecimientos, salvo el de Santa Águeda, y el del barrio de Aguas Altas. Las autoridades municipales contestaron a éstos y a los demás viticultores, acusándoles de vender chacolí en mosto antes del día de San Martín, y a un precio superior al esti­pulado por la anteiglesia (dieciséis cuartos el azumbre, en vez de catorce).

Pocos años después nos encontraremos con los mismos párrocos quejosos por el degradante espectáculo que ofrecían algunos fieles consumiendo vino en las proximi­dades del templo parroquial: «la incidencia que esto causa especialmente en los días festivos en que se impide el culto divino, profanándole, llegando a la rusticidad, a beber en el mismo pórtico, juntándose lastimosamente gente joven de uno y otro sexo que con el Dios Baco ofenden al nuestro verdadero, con semejantes ovejas díscolas que impiden el pasto espiritual a los demás». Al parecer, consiguieron su objeti­vo porque el concejo determinó que en las proximidades de la iglesia no podría ven­derse vino, bajo multa de veinte ducados en caso de infracción.

Las prohibiciones, como ya señalábamos, seguirán jalonado todo el siglo XIX. La profusión de normativas al respecto nos informa, de un lado, que las primitivas ordenanzas habían perdido vigencia y que era necesario «recordar» año tras año todo lo relativo a las épocas de viedo y franca, y por otro, que el incumplimiento de las reglas era un hecho habitual. En el año 1832 se prohíbe la expedición de vino clarete de la Rioja tanto en la venta de Ugarte como en la de Santa Águeda[8]. Sólo podían ser­virlo a los enfermos que presentasen un atestado del facultativo en regla.

La anteiglesia controlaba de forma exclusiva todo lo referente a la venta del vino foráneo: importación, lugar de expedición, y precio del producto. Pero ya a mediados del XIX se alzaban las voces críticas de varios baracaldeses que consideraban el sistema como obsoleto y de escasa rentabilidad.

Las peticiones que en este sentido se elevaron ante el Gobernador de la Provincia en el año 1862 no tuvieron mayor efecto. El Ayuntamiento sólo concedió la venta libre para los productos de carnicería, porque lo contrario “dará lugar a que muchísimos contravengan impunemente con grandes perjuicios de los fondos municipales”.

No cejaron en su empeño los que proponían una alternativa al “antiguo y desacreditado sistema de la venta exclusiva», y así lo manifestaran en el año 1868, sin duda imbuidos y sabiéndose respaldados por la nueva Ley de Ayuntamientos de marcado corte liberal:

«La venta libre del abastecimiento de los pueblos dejados al interés individual, es el que proporciona los artículos de consumo con más abundancia y baratura, evitando los monopolios consiguientes, y de estas ventajas se utiliza el vecindario y tinto el público».

DATOS DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO

 

AÑO COSECHA AÑO COSECHA AÑO COSECHA AÑO COSECHA AÑO COSECHA
1771… 1800[9] 1819 3.000 1854 2.500 1877 18.784 1893 1.600
1799 800 1848 5.200 1857 15.758 1883 2.800[10] 1894 1.000
1812 5.273 1849 6.000 1861 17.830 1884 16.000 1895 1.075
1813 1.500 1850 9.744 1862 20.480 1887 1.000[11] 1898 850
1814 1.923 1851 4.095 1868 25.000 1888 2.800 1899 1.141

Quisiéramos  hacer dos aclaraciones previas antes de abordar el análisis de esta serie numérica: en primer lugar, no hemos presentado los datos de producción uniformando las medidas porque las equivalencias que proponen los diversos autores consultados no coinciden entre sí. Pascual Madoz indica que, en Bizkaia, las medidas para líquidos eran idénticas a las utilizadas en Madrid, por lo que deberíamos suponer que la cántara vizcaína, al igual que la castellana, contenía 16,133 litros. Huetz de Lemps, sin embargo, señala unas proporciones bien distintas, de manera que la cántara equivaldría a 20,16 litros. Joseba Agirreazkuenaga, por su parte, aplica el módulo 1 cántara=16 litros.

Cualquiera de las tres cifras, adaptadas a nuestro municipio, evidencian el progresivo descenso de la producción vitícola en el último cuarto de siglo. Si aceptamos las más bajas que por otra parte parecen ser las que más se ajustan a nuestro caso teniendo en cuenta que la producción de 1884, señalada en cántaras es de 16.000, y la del año anterior de 2.800 hl., éste se produciría de forma menos brusca y acusada.

La segunda anotación se refiere a la doble cifra que señalamos en algunos casos. La discrepancia entre unas y otras se explica por el diferente destinatario. Las estadísticas de orden interno, elaboradas por encargo de la propia anteiglesia suelen ser más detalladas y próximas a la realidad. En esos casos la ocultación se hacía más difícil sin duda. Deberemos cuestionar en mayor medida la veracidad de los recuentos enviados a la Diputación, donde los mecanismos de autodefensa del campesino ante el temor a las requisas o a los impuestos extraordinarios se evidenciaban más claramente.

En estas ocasiones los representantes de la anteiglesia solían actuar como «cómpli­ces» de sus administrados. Así ocurrió en 1862, como suponemos que en otras tantas situaciones similares, cuando el Gobernador Civil rechazó el cuestionario remitido por el municipio acerca de la producción, consumo e importación de granos, vino y aceite, expresándose en los siguientes términos: “tengo el sentimiento de manifestarle que no satisface a lo que era de esperar de su celo por el servicio público. Es inverosímil y da una idea del desaliño y poca formalidad con que se ha efectuado este trabajo”.

Cada cántara cosechada en Barakaldo estaba gravada con veintiocho maravedíes, cantidad destinada a los Caminos de las Encartaciones. Los pueblos situados fuera de ruta cotizaban únicamente con 7 maravedíes. En el año 1877 la Diputación creó un nuevo impuesto de dos reales en cántara “para sufragar las nuevas cargas que pesan sobre este país”, que no eran otras que las derivadas de la contienda civil. En esta coyuntura el ayuntamiento baracaldés no sólo apoyo a los cosecheros sino que asumió la representación de sus intereses en un elocuente informe que reproducimos en parte:

«No se puede negar que la producción del chacolí, cambiando en terrenos productivos los que antes heran yermos eriales han transformado las condiciones topográficas de una buena parte de este país, desarrollando una industria agrícola importantísima proporcionando las pingües cosechas y sosteniendo a su amparo numerosos brazos y familias (…) El nuevo impuesto que ahora se trata de establecer sería un golpe de gracia para esta industria, porque los dos reales en cántara con que se grava vienen a representar cuando menos el cuarenta por ciento, de sus utilidades. (…) Las contribuciones para que sean justas, para que obedezcan al principio de que dimanan y cumplan el objeto a que se destina, deben ser aplicadas de una manera equitativa y proporcional (…) No hay industria por poderosa que sea que no esté llamada a desaparecer de una manera irremediable cuando se la viene a gravar con contribuciones exageradas y fuera de proporción«[12].

Retomemos de nuevo los datos de producción. Lamentablemente no contamos con referencias cuantitativas anteriores al siglo XIX, tan sólo las noticias que proporciona Pinedo para el quinquenio 1771-1775, según las cuales el 15,39% de la cosecha de esos años se había obtenido en tierras novales, esto es, recientemente roturadas, lo que nos informa de un proceso de expansión y creciente desarrollo de este cultivo en nuestra anteiglesia. La producción de 1799, aunque a todas luces infravalorada, nos sitúa Barakaldo como centro viticultor de escasa relevancia en el contexto vizcaíno. Para hacernos una idea de ello, señalaremos que en esa misma fecha la cercana villa de Portugalete cosechaba un total de 4.500 cántaras de chacolí, Balmaseda 19.000 y Güeñes 5.500.

Las cantidades que mostramos para la primera mitad del XIX no parecen evidenciar ninguna tendencia clara en la evolución productiva. Emiliano Fernández de Pinedo nos habla de la profunda caída que experimentaron los viñedos vascos en la segunda década de la centuria, imputada lógicamente a los efectos negativos de la Guerra de la Independencia. Sin embargo, Barakaldo presenta para 1812 la cosecha más sustanciosa -5.273 cántaras- de estos años, frente al descenso de 1819 que no debe atribuirse directamente a la guerra.

El crecimiento más espectacular se produce, sin duda, entre los años 1849 y 1877 y a un ritmo más vertiginoso que en cualquier otro municipio vizcaino. La cosecha recogida en Barakaldo en 1861 solo fue superada por la de las anteiglesias de Begoña, Santurce y Güeñes. Aún más, Bakio que iniciaba el siglo con 2.000 cántaras -recordemos las 800 de nuestra localidad- alcanza la máxima de toda la centuria en 1850, con 2.172 cántaras, frente a las 9.744 de Barakaldo.

Este ritmo expansivo se interrumpió, coyunturalmente, en determinados años. La cosecha de 1851, que los propios representantes de la anteiglesia regulaban en la tercera parte de lo que venía siendo habitual, se vio fuertemente diezmada por el huracán que asoló los campos el día 23 de julio, aunque Mutiloa lo señala como el año más próspero para los viñedos vizcainos. La crisis se prolongó hasta 1857, fenómeno por otra parte constatado por Huetz de Lemps para todo el noroeste de España. La causa de esta regresión no fue otra que la aparición del «oidio»[14].

El oidio, llegado de Estados Unidos e introducido en Orense, a través de Portugal, empezó a combatirse con el empleo de azufre a partir de 1854 en Francia, y casi diez años después en la península, donde se ensayó por primera vez, en la región gallega de Trives, en el año 1861. En marzo de 1863 el vapor «Valencia» conducía 1.800 kilogramos de flor de azufre desde el puerto de Barcelona hasta Bilbao con destino al municipio de Barakaldo.

En el País Vasco la crisis del “oidio” no provocó la desaparición del viñedo como en otras regiones costeras situadas al oeste de Castro Urdiales. Se arrancaron las cepas más sensibles a la humedad, reemplazándolas con nuevas plantaciones. La uva negra, la más dañada por la enfermedad, empezó a ser sustituida por la blanca france­sa, que se había mostrado mucho más resistente frente al parásito. Las nuevas viñas, cerradas y menos altas que los antiguos emparrados, producirían un chacolí con un menor grado de alcohol. Desde entonces, el chacolí blanco será la única variedad pro­ducida en el municipio de Barakaldo.

A partir de 1884 se evidencia un descenso progresivo y acelerado en la producción vitícola. Una nueva enfermedad, el “mildiu”[15] (detectada ya en 1885 en la Cuenca del Ebro y en Galicia) arrasará los viñedos. Así describía un agricultor baracaldés los efectos del temido hongo parásito (5 de marzo de 1889): «La sorpresa que hizo el último verano (refiriéndose al Mildew) que en solo tres días ayudado por un viento sur abrasador asoló el fruto de las vides dejándolas atizonadas y en esqueleto produjo en sus dueños tal sen­sación que se disponen a toda costa a reponerlas del quebranto que sufrieron«[16].

Esta nueva plaga no ocasionaría los mismos efectos devastadores que el “oidio”. El tratamiento era ya relativamente conocido. Además se pusieron en práctica otros remedios difundidos, incluso en la prensa, por el agricultor José Mª de Escauriza,[17] uno de los mayores propietarios de la anteiglesia: se recomendaba como media preventiva, abrir zanjas en una y otra fila de las vides, rellenándolas con abundante meleno (variedad de estiércol)[18]. Esto al tiempo que se practicasen las cavas. Después, a principios de junio y mediados de julio, aplicar a las vides una disolución de sulfato de cobre mezclado con cal.

En noviembre de 1890 escribía el corresponsal en el Noticiero Bilbaino: “Hace muchos años que los chacolíes no han resultado de tan superior calidad como en el presente, siquiera sea para compensar la escasez de la cosecha. Esto ha animado sobre manera a los viticultores cuyas esperanzas habían decaído con justa causa en virtud de las terribles enfermedades que durante la última década has atacado la vid”.

No obstante, el retroceso del viñedo será imparable: en 1884 se dedicaba 199 hectáreas al cultivo de la vid. En 1893 habían descendido ya hasta las 124. El punto más bajo de esta serie se alcanzará en 1907. El gusanillo, denominado vulgarmente «lapillo», al que responsabilizaban los agricultores baracaldeses de las escasas cantidades cosechadas, no era otro que la temida filoxera[19] que asolaba los viñedos franceses desde 1881. Pero no serán éstos los únicos factores, ni siquiera los más decisivos, a la hora de explicar el hundimiento en la producción del chacolí, que a partir de entonces y durante la primera mitad del XX se verá reducido a explotaciones marginales y muy localizadas en nuestra anteiglesia. Definitivamente el fenómeno industrial había irrumpido en la sociedad baracaldesa, una nueva oferta a la que no se sustraerán ni el capital ni los trabajadores del mundo agropecuario.

Ni siquiera en los momentos de mayor producción vitícola la cosecha local cubrió toda la demanda de los barakaldeses. Salvo en casos muy excepcionales, como el del año 1849, en el que la anteiglesia exportó 2.500 cántaras a Portugalete, Begoña, Derio y Bermeo, el recurso a la importación de vino foráneo era una realidad constante. Aunque, en este hecho influían varias circunstancias, no sólo la de una producción deficitaria, sino también la inevitable preferencia por un vino de mayor calidad. Recordemos los argumentos esgrimidos por Cayetano Ruiz.

A tenor de las cifras podemos concluir igualmente que el consumo de vino creció a un ritmo mayor que el del número de habitantes:

 

AÑO CONSUMO COSECHA IMPORTACIÓN
1854 4.680 C. 2.500 C. 2.400 C.
1862 30.720 C. 20.480C. 10.240 C.
1884 ¿ ¿ 20.000 C.

 

Señalábamos unos párrafos antes que el inicio de la «franca» o libertad para importar vino foráneo variaba sustancialmente de unos años a otros. Según Mutiloa, refiriéndose a la totalidad de Bizkaia, las existencias locales duraban aproximadamente cuatro meses. En el caso de Barakaldo, y para mediados del XVIII, la franca solía iniciarse en torno al mes de abril, lo que supondría dos meses más que la media vizcaína. Y no varió mucho la situación en las primeras décadas del XIX porque entre 1827 y 1835 el precio del azumbre de chacolí se mantenía invariable hasta el día uno de marzo -dieciséis cuartos-, cuando empezaba a escasear la reserva local. A partir de entonces el precio estipulado era de dieciocho cuartos, lo que indudablemente condujo a que más de un cosechero “reservara” parte de las cuberas para sacarlas al público en  esta segunda fase.

En cuanto a la procedencia de los vinos importados. Barakaldo presenta una evolución prácticamente análoga a la del conjunto de Bizkaia. Durante los siglos XVI y XVII la anteiglesia recibe sobre todo vinos de Galicia (por mar) y de la cuenca del Duero. Así, en las ordenanzas de 1614 se prohibía a introducción, antes del día once de noviembre, de “ningún vino de Rivadavia ni blanco de Castilla, ni tinto de Toro”. El vino de Castilla constituía a menudo una carga de retorno para los baracaldeses. Este era el caso, entre otros, de Ramón de Cantarrana y Martín de Acebal que “con sus recuas de machos han hecho varios viajes a las partes de Castilla y Rioja, ya con cargas de mercaderes de la Villa de Bilbao, y ya sin ellas, trayendo de vuelta vinos y otras vituallas de trigo”.

También las importaciones de vino francés solían ser frecuentes en aquella épo­ca. En 1676 los fieles de la anteiglesia se querellaban contra el irlandés Joan de Oberna, capitán de un navío cargado con vino de Francia, por no entregar parte del surtido en el municipio: «y dijimos que teniendo obligación de detener a la vista de las torres de Luchana y enfrente de ellas nueve mareas sin pasar de alli a delante qualquiera navio que viniese cargado con Bino para que la dicha anteyglesia y sus vecinos y sus convecinas se provean del vino que necesitaren en conformidad a las Cartas Ejecuto­rias, en cuia orden los navios que vienen con semejantes binos siempre han estado nueva mareas«.

Las importaciones gallegas y castellanas comenzaron a ceder mediado el sete­cientos, y el clarete riojano, que ocupaba un papel marginal hasta entonces, triunfará entre todos los concurrentes monopolizando prácticamente el mercado baracaldés porque «estos viñedos (los de Rioja) se veían ampliamente favorecidos, en esta pugna desigual, por los privilegios fiscales que les deparaba su régimen foral, al permitirles escapar de la ampliación, remodelado y creación de viejas y nuevas figuras impositi­vas gestadas en Castilla».

Por último, recordemos que además de estos vinos blancos, tintos y claretes, en Barakaldo se consumían también, y en cantidades nada desdeñables, chacolíes de otros municipios como Gordejuela, Somo, Güeñes, Castro y Abando, que superaban en calidad a los cosechados en la anteiglesia.

 

[1] Mayte IBAÑEZ “Barakaldo” 78-86

[2] Una copia legaliza de estas Ordenanzas se encuentra en la Fundación Sancho X el Sabio de Vitoria dada la desaparición del original.

[3]Capítulo X: que si trajesen vinos del término viejo de la Villa, de dentro de Madariaga, y pusieren taberna, que la justicia de los vacíen, con otras penas en su razón y que si pusieren los traídos en franca por mar o tierra en Zubileta o Tapia o en otra parte para lo gastar y traer a esta villa calladamente o en público, lo que se ha de hacer con ellos, aun después de la franca. Otrosí, si alguno o algunos trajesen  vino o vinos de dentro de Madariaga, del término viejo de la villa, y pusiesen taberna, así en casa del vecino de la villa como en otra cualquiera manera, que la Justicia de la Villa y los de el Concejo, que le hayan donde quier sus tales vinos fallaren, que los vacíen, tajando odres u otro cualquiera ¿medio? que los tuvieren y que si en casa de vecino fuere que el tal vecino pague los dichos doscientos maravedís y si en casa de foráneo fuere que por el Prestamero o merino le hagan pagar la pena del Privilegio que sobre esta razón de reventa está; y si alguno o algunos de tales tabernas hicieren traer vino a la Villa o a la comarca que cada uno por lo poco que trajese que pague por cada vez dos maravedís y si por ventura alguno o algunos vecinos o foráneos, clérigos o legos, varones o mujeres de ante que la franquia de esta Villa trajesen o hiciesen traer vino o vinos por mar y por tierra y pusiesen en Zubileta o en Tapia o en otro cualquier lugar de las comarcas diciendo que los tienen fuera de término para lo gastar en privado o en público en esta Villa o para lo traer cuando la franquia fuere; que las tales personas y los tales vecinos que así tuviesen que los traigan a esta Villa aun después que la franquia sea hecha, que si los trajesen que los vacíen en la Villa o fuera trayéndolos para acá donde los alcanzasen y aun las tales personas ni este año ni en ninguno de los siguientes ni de algunos vinos que sean traídos por mar ni por tierra que no tengan tabernas ni triga vinos el tal ni otro por él aquí  a la dicha Villa ni en su término sopena de vaciárselos y de pagar los dichos doscientos maravedís de pena cada vez.

Capítulo XI: que los que trajesen vinos de la Rochela, Galicia, Burdeos, Portugal o aquellas partes, pueden embodegar en Baracaldo, en Arriaga y Asúa y dende allá, no dando poco ni mucho para gastar en esta Villa antes de la franquia. Pero, si acaeciese que alguno o algunos vecinos o foráneos que vayan a traer vinos de la Rochela o de Galicia o de Burdeos o de Portugal o de esas partidas arredradas, que los tales vinos que los puedan embodegar en Baracaldo o en Arriaga y Asúa y desde allí, no dando poco ni mucho para gastar en esta Villa, antes de la franquia, y los tales vinos que así acaeciese traer después de la franquia que los traigan y vendan en esta Villa y si por ventura dieren del tal vino para gastar antes de la franquia que no puedan meterlos en esta Villa después de la franquia y si los metiesen que se los vacien y pague el dueño doscientos maravedís”.

[4] Respecto a las multas las Ordenanzas marcan en cada caso su aplicación. Lo más frecuente es dividirlo en tres partes para lo cual las cifras más frecuentes (204, 408 y 612 maravedíes) eran muy adecuadas. El reparte ordinario era dedicar un tercio para reparar caminos, otro tercio para el acusador y otro tercio para el regidor que ejecutase la sentencia. En RESUMEN: los dineros provenientes de las multas iban a parar al arreglo de caminos, al denunciante, al justicia y, en algunos casos, a la iglesia de San Vicente.

[5]Los vinos que se citan son los de Riva­davia, blanco de Castilla y tinto de Toro y Rioja.

[6] El “viedo” es el período en el que era obligatorio consumir caldos locales, lo que se aseguraba estableciendo el cierre del marcado a los forasteros, es decir, prohibiendo la introducción de vinos de fuera parte hasta que los locales se agotasen. Comprendía, en el papel, el lapso que mediaba, aproximadamente, entre mediados de noviembre y finales de junio. Ana Mª RIVERA “La civilización del viñedo en el primer Bilbao (1300-1650)”, p. 172

[7] Mayte IBÁÑEZ “Barakaldo” pág. 80

[8] No parece que el chacolí del vecino Sestao fuese competencia del barakaldés. En 1812 su producción era de 815 cántaras, la mitad de las cuales correspondían a los religiosos del Desierto. Cipriano RAMOS “Sestao” DFB p. 89

[9] Salvo que se indique lo contrario los datos corresponden a “CÁNTARAS”

[10] Hectólitros

[11] Hectólitros

[12] A.M.B 115. D.4

[13] En este caserío pronunció Sabino Arana el 3 de junio de 1893 un discurso durante un banquete organizado por los Asociación Euskalerriaka de Bilbao como homenaje por la publicación el año anterior del opúsculo Bizcaya por su independencia, considerado como el acta de nacimiento del nacionalismo vasco (aunque todavía como bizkaitarrismo).

[14] Hongo parásito que dañaba de tal forma la vid, que muchos pequeños viticultores se vieron obligados a abandonar definitivamente sus cultivos.

[15] El mildiu es una enfermedad criptogámica que ataca todos los órganos verdes de la vid: hojas, zarcillos, ramas jóvenes, racimos antes del cambio de color (envero).

[16] El NOTICIERO BILBAINO, 5 de marzo de 1889. “Con gran sentimiento y entera confianza, damos la voz de alerta a nuestros convecinos labradores. El “mildew” que tantos estragos ha causado durante estos últimos tres años a la vid, poniendo en prolongada y constante crisis el ramo vinícola de toda esta comarca, da ya señales de su aparición en algunos viñedos. Con tal motivo, al Ayuntamiento ha hecho inmediatamente, un pedido de una gran cantidad de kilos de Sulfato de cobre con objeto de evitar una sorpresa y sea combatido en toda regla el terrible enemigo. Así es que dentro de muy breves días, podrá adquirirse el referido sulfato en Retuerto, en el establecimiento de D. Antonio de Acebal: con que manos a la obra ya no descuidarse”. 7 de junio de 1889.

[17] “Deposítese pues al practicarse ahora las cavas de los viñedos y a una profundidad de unos cuarenta y cinco centímetros, pie y medio, en zanjas abiertas entre una y otra fila de vides, de ninguna manera al tronco se estas, dicho “meleno” con alguna abundancia. Aplíquese a las vides a principios de junio y a mediados de julio, bien disueltos y en la forma en que en sus por todos conceptos recomendables cartas en la prensa ha indicado el distinguido agricultor señor de Escauriza el sulfato de cobre mezclado con la cal y obligaremos a despedirse o a sucumbir al terrible enemigo de los viticultores que tan en jaque les trae conjurando la crisis que en estos últimos años vienen sufriendo”. EL NOTICIERO  5 marzo de 1889. “El viernes último, día de san Pedro, tuvieron lugar ante numerosos cosecheros vinícolas, previo aviso al efecto, las pruebas de las máquinas pulverizadoras, destinadas a la aplicación de sulfato de cobre como medio preventivo y curativo de la enfermedad del “Mildew” que tantos estragos viene causando a la vid. De los tres aparatos que se presentaron, dos de ellos del incansable agricultor Sr. de Escauriza y el otro del acaudalado propietario Don Dionisio de Olaso, los tres agradaron; pero especialmente los provistos de bomba… Como consecuencia son varias las máquinas de esta clase que se han comprado ya con destino a esta anteiglesia”. (6 de julio de 1889). “Recomendamos muy mucho a los propietarios viticultores que el agua que emplean en la mezcla para la disolución y aplicación del sulfato de cobre a las vides sea limpia de fuente o río y no de las estancadas de pozos, aljibes, etc… que hayan perdido parte de su pureza, lo cual se conoce por su color verdoso, pues de emplear esta, en lugar de evitar que el “Mildew” no llegue a los viñedos, indudablemente se declarará en los mismos y se desarrollará de una manera pasmosa. Esta es otra de las observaciones que ha anotado el Sr. de Escauriza en las múltiples pruebas que diariamente viene haciendo”. (12 de julio de 1889).

[18] “Son grandes las cantidades de estiércol, llamado vulgarmente meleno, que se está importando de esa capital a esta anteiglesia, abono que, ora por los elementos heterogéneos de que se compone, ora por la paulatina y alterna descomposición que sufren los hacen inmejorable y de excelentes condiciones positivas para las plantas cereales armas y tuberculosas, pero sobre todo y especialmente para la perfecta nutrición de las vides”. El Noticiero Bilbaino, 5 de marzo de 1889.

[19] Plaga producida por el insecto homóptero del mismo nombre que afectó a Europa y al resto del mundo a finales del siglo XIX y principios del XX. El insecto fue descrito (Fitch) por primera vez en 1854, en Estados Unidos.  Tras varias apariciones limitadas, la plaga surgió con fuerza en 1868 en Francia que fue el país inicialmente más perjudicado por esta plaga. En España, se detectó por primera vez en Malaga y Gerona en 1877 y en 1878 en la Rioja extendiéndose posteriormente a todo el país. El origen de la plaga parece haber sido la importación de vides americanas desde Europa con el fin de ensayar especies y variedades nuevas resistentes al oídio, enfermedad también procedente de América que había invadido los viñedos europeos a mediados del siglo XIX. El efecto de la plaga fue una grave crisis que obligó a replantar casi todos los viñedos de Europa utilizando portainjertos de vid americana, resistente al insecto.

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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