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Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (I)

Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (I)
  1. CONSIDERACIONES PREVIAS

En toda Euskal Herria -y en concreto en Bizkaia-, etnógrafos, folcloristas, etnólogos, antropólogos e historiadores han producido una considerable literatura acerca del Carnaval rural y/o tradicional.

Son muy escasos, en cambio, los estudios referentes al Carnaval urbano contemporáneo propiamente dicho del País Vasco; de Bilbao y de Donostia o únicamente de la villa de Bilbao. Y tan solo conocemos referencias tangenciales relativas a los núcleos urbanos y fabriles, de lo que -a posteriori- se denominará Bilbao Metropolitano.

De estos últimos, relativos preferentemente a las postrimerías del siglo XIX y primer tercio del XX. Por lo que resulta significativo el estudio de esta fiesta por antonomasia en el mayor de tales núcleos.

Barakaldo en el periodo precitado.

El estudio de un genuino Carnaval local como el de Barakaldo no puede remontarse más allá de 1892, cuando en el Archivo Municipal comienza a haber documentación referente al mismo para cesar en 1937, año de su prohibición formal. Por lo que el estudio del intervalo aquí elegido, se efectúa desde la antropología histórica y/o historia cultural. Elegido porque, como ya he constatado en otro lugar (2016), el carnaval urbano actual, tras su larga supresión, y desde su “recuperación” en 1979, está desprovisto de sus significados alternativos y críticos, así como de sus atributos y funciones -máscaras, bromas- en gran medida, ya que hoy se trata de una fiesta popular más, consistente en un desfile-concurso de comparsas no musicales, en buena medida integradas por niños y por sus padres, y de atracciones varias.

La documentación archivística, que representa fundamentalmente la voz de las autoridades6 -civiles y eclesiásticas- del momento es complementada por la voz directa de los informantes entrevistados por mí entre 1980 y 1982 y, por otros investigadores, pocos años después. Y contextualizado en un contexto comparativo a partir de estas mismas fuentes y de la bibliografía local y supralocal.

No existen fuentes hemerográficas, puesto que la prensa local de la época se ciñe prácticamente a la de Bilbao y ésta apenas proporciona noticias que rebasen el ámbito municipal de la villa. Lo que convierte al presente estudio en etnohistórico, complementado por el prisma de la antropología cultural en lo conceptual y analítico.

 

  1. DEL CARNAVAL UNIVERSAL AL LOCAL

El ciclo festivo del Carnaval corresponde a un periodo del calendario popular de extensión variable, según épocas históricas, ámbitos culturales y lugares; durante el cual se producen ciertas formas de comportamiento social, ceremonias y rituales de neto carácter alternativo, subversivo, crítico e inversor. Se subvierten los roles sociales y de género, cuestionándose las jerarquías establecidas en un contexto de inversión ritualizada. Se produce un enmascaramiento de la identidad individual, licencias, burlas y farsas, satisfacción de la lujuria y de la gula. También era un alter ego profano de las festividades religiosas, aunque con el tiempo se ha ido secularizando y trivializando, a medida que avanzaba el proceso de modernización.

Sus funciones más trascendentes adquirían sentido en el contexto de las sociedades tradicionales; que hoy se han desacralizado y, en mayor o menor medida, la fiesta de referencia se ha convertido en un espectáculo folclórico de connotaciones lúdicas y estéticas.

Aunque incluso, ya integrado, el Carnaval representa un grado de liminalidad mayor que cualquier otro ritual festivo.

Las mascaradas y cuestaciones invernales, así como el propio Carnaval instauran una temporalidad y espacialidad extraordinarias; son, ante todo, unas fechas orientadas hacia la celebración ritual de la salida y entrada del año, un momento de cambio estacional y social, pensado y simbolizado en sociedades y en culturas diferentes.

Este tiempo, en el orbe cristiano, precede al de Cuaresma, pero su inicio puede situarse en muy diversos momentos: en su acepción más amplia desde el solsticio invernal, pasando por Reyes, la Candelaria, Santa Águeda o el Domingo de Quincuagésima, hasta la llegada del tiempo cuaresmal. Lo más general es considerar como Carnaval, en sentido más restrictivo, tres días: el Domingo, Lunes y Martes anteriores al Miércoles de Ceniza. De entre ellos, el Martes es considerado como día principal o día de Carnaval por antonomasia. Pero el tiempo de Carnaval en sentido amplio impregna todas las fiestas del ciclo invernal.

Pero, más que eventos, los carnavales son un conjunto de actuaciones complejas puesto que, además de la vista implican otros sentidos y expresan el paisaje y su apropiación. En cada repetición del Carnaval se ritualizan unos signos y símbolos, una sonoridad, una sensibilidad energética, además de propiciar la observación. Se trata de recrear un mensaje cultural, que se actualiza a partir de los estímulos dirigidos a la significación y comprensión del territorio unitario y/o de los lugares urbanos. Es un proceso de comunicación, de interpretación de la comunidad/sociedad local; que expresa las transformaciones anímicas de sus habitantes. En ocasiones, esta sensibilidad trasciende en el tiempo, se establece en la memoria colectiva y modifica el paisaje, rural o urbano; más allá de una planificación controlada. Reflejando una constante tensión entre lo tradicional y lo moderno, el cambio y la permanencia.

Este marco temporal, inscrito entre la muerte de un año y el nacimiento del siguiente, se caracteriza por una naturaleza dual y liminal. Tiempo de muerte y de resurrección, de caos y de tranquilidad, de pecado y de posterior purificación. Tiempo caótico tras el que renace la vida. De transgresión de las normas e inversión simbólica de los roles sociales, donde se escenifica el caos primigenio. Tiempo de gula y de lujuria, a modo de desquite por la inminente prohibición cuaresmal de comer carne.

En el ámbito rural y en la cultura tradicional prevalecen los aspectos cómicos y rituales: renacer del ciclo anual, expulsión de los males mediante la muerte de un chivo expiatorio, fertilidad… Pero tampoco faltan los referentes de inversión, de diversión y de comensalía. Mediante diversos actos festivos, cada sexo y grupo de edad se convierte en protagonista; y las cuestaciones que recorren aldeas y pueblos entrelazan sentimientos de autoidentidad grupal y de identificación colectiva por el exogrupo. Las formas festivas carnavalescas también pueden catalizar identidad local, particularmente cuando está presente una viva alteridad. En el mundo urbano, donde tampoco están ausentes los elementos precitados, destacan la máscara, la crítica jocosa, la liberación de tabúes, la descarga de tensiones psicológicas, así como la oposición entre la distinción de las élites y la efímera relación igualitaria, protagonizada por las clases populares. Todo ello hace que notorios autores consideren al Carnaval como la fiesta por antonomasia.

Esta fiesta del Carnaval tiene raíces muy arcanas. Algunas teorías etnológicas lo presentan como supervivencia de creencias y ritos de paso gentiles y muy antiguos, en concreto como las Bacanales, Saturnales, Lupercalias o Matronalias romanas. Gaignebet

define al Carnaval -desde la mitología histórica- como el ciclo litúrgico central de una religión popular, pagana e indoeuropea, regida por los ciclos lunares, residuos de la cual perviven en un calendario cristiano de celebraciones escalonadas cada cuarenta días. Carnaval sería el umbral que separa la salida del invierno y la entrada en la primavera y la gran peregrinación de las almas en el cosmos. Para Caro Baroja, el Carnaval -aparentemente profano y alternativo- se estructura durante la Edad Media como contraposición a la Cuaresma, en un contexto cristiano, en cuanto época de libertad y de excesos, reglamentada y consentida. Heers establece la conexión entre las medievales Fiestas de Locos, excesos y extravagancias de niños y del bajo clero, con el más ordenado y encaminado Carnaval. Otros analistas ponen el acento sobre las manifestaciones urbanas de una fiesta profana y secular. Zemon Davis carga el énfasis en las asociaciones de mozos que ejercen su control sobre la comunidad, con actividad más intensa en el Carnaval, encarnando la contestación y la parodia. Para Bajtin, ese Carnaval es la fiesta popular por excelencia, una cosmovisión que opone la parodia grotesca y la risa como transgresión a la visión oficial del mundo. Rito ambivalente, de esporádica rebelión simbólica, en cualquier caso, pero que escenifica tanto las tensiones y antagonismos de una colectividad, como su integración, para Le Roy Ladurie (1978). Constituye una válvula de escape, liberación episódica de las tensiones, o paréntesis festivo en la vida cotidiana que garantiza la persistencia del sistema social, tras una efervescente ilusión de communitas, performativa de un orden social diferente. Pero las grandes interpretaciones teóricas y tipológicas apenas se ajustan a la fiesta concreta. Son un constructo teórico-metodológico que no se adapta a la realidad, mucho más compleja e híbrida, tan solo perceptible a través del estudio de casos fiables.

Porque el Carnaval, además, carece de la trascendencia atribuida por Turner a la communitas libre y espontánea, opuesta a las rígidas estructuras de la cotidianeidad. Despojado de sus presuntas y trascendentes funciones iniciales, se trata más bien de un intersticio o intervalo festivo, propicio a la simbolización, que rompe el transcurso de lo cotidiano e introduce otro tipo de comportamientos, pero sin tener consecuencias indelebles sobre éste. Las formas rituales de la fiesta carnavalesca no representan una ruptura radical con las de la vida cotidiana; al menos en términos tan dualistas, porque están en relación dialéctica, pero no en abierta confrontación. En suma, los comportamientos festivos del Carnaval se mueven en la ambigüedad referencial y entablan una tensión dialéctica con lo cotidiano. El Carnaval no es totalmente un rito de subversión ni un rito de integración, sino un contexto ambivalente en el que coexisten ambos aspectos.

El Carnaval es un tiempo de inversiones y usurpación de roles, de alteración de los papeles sociales ordinarios y de desorden y confusión transitorios. Por el contrario, la Cuaresma simboliza el orden y la armonía sociales. Un significado del Carnaval es el de paréntesis temporal previo a la austera Cuaresma, a modo de recurrente catarsis colectiva y de antítesis de la austeridad y el duelo que representa ésta. Lo carnavalesco promueve el ejercicio de la gula y de la lujuria, propiciadas por la comensalía festiva. Si el Carnaval está asociado con los conceptos de tradición y legado patrimonial, en el ámbito urbano se vincula indisolublemente a la modernidad.

Toda fiesta subvierte el sentido del tiempo y del espacio cotidianos, sometidos a las funciones de producción e intercambio; así como al orden público, garante de su desarrollo. La fiesta restituye al espacio su genuino valor de uso y lo transforma en lugar, de encuentro, convivencia y participación. La acción festiva carnavalesca convierte plazas y calles -espacio público- en territorio festivo, en escenario de interrelación social desinhibida de las pautas comportamentales ordinarias. La magia de la máscara posibilita no sólo la transformación personal, sino también la del espacio. Música, baile, gestos y dramatización desinhiben las relaciones personales y convierten al espacio público en un escenario presidido por dictados éticos y estéticos alternativos. Mascaritas y disfraces, comparsas y coplas, carrozas y confetis transforman efímeramente este espacio en sus usos, dimensiones, percepciones y valores. En concreto, las comparsas callejeras constituyen un ejemplo de apropiación del territorio por las clases populares. Porque representan, a través de sus canciones, una visión crítica de la vida social. A través de la generación de sonidos, los componentes de la comparsa absorben el entorno y reinterpretan la realidad cotidiana. En la urdimbre del casco urbano, habitado por inmigrantes y autóctonos, el carnaval supone un modo festivo de integración social, un ritual mediante el que la población deviene a lo público, revalorizando las calles y plazas, espacios de aglomeración; catalizando así una transfiguración festiva del paisaje urbano. Máscaras, música, travestismo y mímesis se encuentran presentes en estas expresiones callejeras, que también suponen una dimensión política y/o una alternativa a la misma.

El Carnaval, fiesta popular por excelencia, es polifacético, polisémico y multidimensional e involucra diversos órdenes de sentido y significación: identitario, religioso, lúdico, sociable y de comensalía, ideológico y político, económico, estético, así como de apropiación de espacios públicos y de lugares. Pero encarna, además, valores alternativos, ya que en ella se subvierten los roles sociales y se cuestionan las jerarquías establecidas, en una efímera rebelión. También conlleva significados de género, etc.. En definitiva, es la fiesta de la alteridad en el imaginario. Encarna una dialéctica entre el poder y la subversión del mismo. Fiesta del disfraz, el Carnaval vehicula mediante la mascarada la confusión de los lugares sociales y de ahí su carácter subversivo; posibilita vivir los sueños, soñar la vida, cataliza el humor y la alegría. De relativización del mundo a través del humor y la parodia. Forma un espacio donde haya lugar para todos y para todo.

Los espacios públicos constituyen el referente espacial, por excelencia, de la fiesta del Carnaval, frente a la privacidad de lo doméstico. La acción festiva del Carnaval popular barakaldarra discurre en esos espacios urbanos, relaciones y sociables, por definición, que son las plazas: de Vilallonga en la capitalidad urbana, y las de Retuerto, El Regato/Errekatxo, Alonsotegi y otros barrios en la orla periférica rural y autóctona. Las calles de El Desierto, en particular y los ámbitos comunes en general, son animadas por la irrupción festiva de las mascaritas de casi todo el municipio y sus aledaños, que deambulan por ellas; así como por la animación itinerante de comparsas, rondallas y estudiantinas, propias y foráneas.

El Barakaldo de la época se caracterizó por su densa trama urbana en el centro -periurbana en el resto del municipio- y de intensa sociabilidad que se concentraba allí desde el último cuarto del siglo XIX, arranque del proceso de industrialización en Bizkaia,

con miles de trabajadores y sus familias en busca de ocupación y vivienda. Diversos vínculos de trabajo, diversión, vecindad, amistad, familiaridad, amor y militancias político-sindicales se combinaban en tiempo y espacio, sujetos y experiencias. En la amplia geografía de la sociabilidad urbana finisecular, la frecuentación de los trabajadores y sus familias de tabernas, tiendas, plazas y salones para la obtención de productos y servicios cotidianos o para disfrutar de la recreación y el tiempo libre, permite trazar una territorialidad a través de experiencias al margen de lo laboral. El Carnaval, en tanto fenómeno popular urbano, para el cambio del siglo se había tornado un espectáculo diverso, en el modo en que esta fiesta reflejaba las lecturas de la sociedad. Estas nuevas formas del carnaval, así como las desarrolladas durante el siglo XIX, enfatizaban el carácter vivencial y efímero de esta práctica social festiva, así como la pluralidad de sus sentidos y códigos. Tales formas carnavalescas, como los disfraces, máscaras, comparsas, músicas, coplas y bailes, caracterizaron también el carnaval barakaldarra y las formas que diversas comparsas y agrupaciones asumieron en este pueblo obrero.

El Barakaldo moderno estuvo vinculado, de forma indisoluble, al proceso de industrialización y a la concentración de una masa social de clase obrera, inmigrante o autóctona que, procedente del ámbito rural, trabajaba y vivía en un medio urbano, inédito para ella.

Viendo como sus referencias culturales, procedentes del mundo tradicional habían perdido su razón de ser en la ciudad industrial de acogida. Donde se mezclaba lo antiguo y lo moderno, con la consiguiente y paulatina imposición de nuevas pautas de pensamiento y de acción con respecto a las pasadas.

En los núcleos urbanos más importantes, la burguesía local deserta de este ámbito público reservado a las clases populares; para refugiarse en el privado (casinos y círculos), donde se celebra un Carnaval elegante, distinguido y ajeno por tanto a su genuina razón de ser. La estructura social de Barakaldo no posibilita una escisión tan dicotómica de espacios festivos y, aunque las clases populares frecuenten sobre todo el baile público y recurran al estruendo viario, no dejan de acudir por ello a los bailes de salón, organizados por la pequeña burguesía y la “aristocracia obrera” locales, ni de alquilar disfraces al efecto.

No obstante, tanto calles como locales son sometidos al control y vigilancia de las instituciones, vehiculado -a este nivel local- por el municipio, cuyos bandos imponen censuras y limitaciones a ambos espacios festivos. A los contraventores se les amenaza con multas de diversa cuantía y con la intervención de la policía municipal, encargada de velar por el cumplimiento de la normativa dictada.

Los organizadores de los bailes de salón, por su parte, tratan de reforzar este control para obtener la pertinente autorización y evitar los excesos y expresiones “de mal gusto” de la plebe. Así, el director de la orquesta Santa Cecilia, organizador de varios bailes de

salón en el barakaldarra café de Fano en 1894, garantiza al Ayuntamiento que en los mismos “en nada se faltan al orden ni a la moral”. La Sociedad Recreativa “La Guirnalda”, solicita por su parte al alcalde, en 1900, que en sus bailes de música y “para más orden se digne ordenar la presencia de sus subordinados en estos días”. Deslegitimación tácita del estereotipo de un Carnaval abiertamente sedicioso.

A medida que, más allá del discurso, nos acercamos al terreno empírico se evidencia la diversidad de modalidades que adquiere el carnaval. Por esta razón, resulta pertinente hablar de carnavales, en plural, ya que existen diversas formas de su reproducción, así como complejos de significación particulares que se desarrollan en los distintos contextos socioculturales en los que se lleva a cabo.

José Ignacio Homobono Martínez

 

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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