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Margen izquierda y zona minera (Bizkaia) un escenario del cambio social (II)

Margen izquierda y zona minera (Bizkaia) un escenario del cambio social (II)

Todos los prejuicios antiurbanos de esta escuela etnográfica se desatan contra la nueva Babilonia del hierro, y el perfil que traza de la misma se asemeja a una encarnación de la Bestia, ya que representa: indiferencia religiosa, anticlericalismo, lenguaje blasfemo

y costumbres licenciosas por lo que toca a la religiosidad eclesial; así como pérdida de plausibilidad para las creencias y rituales propios de la religiosidad popular. Diez años más tarde, sendos informes publicados en la revista de «sociología cristiana» Idearium, también dirigida por Barandiarán en el Seminario de Vitoria, son mucho más pesimistas con respecto al estado religioso de esta zona, cuantificado en términos de prácticas sacramentales y litúrgicas.

Tras la primera postguerra y el subsiguiente periodo de hambruna, penuria y estancamiento demográfico, la reactivación económica e industrial desencadena un intenso flujo migratorio hacia esta zona, hasta donde la demanda de mano de obra atrae trabajadores procedentes -principalmente- de Castilla-León, Galicia, Andalucía, Extremadura, Cantabria y otras regiones españolas. Con su entramado asociativo destruido por el nacional-catolicismo, y con una sociabilidad informal que permanece en «libertad vigilada», a la sociedad local no le resulta posible asimilar este aluvión migratorio, ni cultural ni socialmente. Carece no sólo de libertad y de identidad expresable en espacios públicos, sino también de parque de viviendas y de los equipamientos colectivos más elementales. El hacinamiento doméstico y la precaria urbanización serán dos problemas resueltos a medio plazo, con el acceso de las familias que padecen aquél a un trabajo estable y el ralentizado incremento de las arcas municipales.

Los centros regionales articulan la sociabilidad intragrupal en lo cotidiano, y refuerzan la identidad de origen mediante expresiones folklóricas y rituales vehiculadas por sus respectivas fiestas patronales; pero en detrimento de la integración en la sociedad de acogida. Y también desempeñan un papel activo como grupo de presión organizado en el entramado institucional del franquismo sociológico, mediante la concejalía ocupada de forma recurrente por alguno de sus directivos, e incluso tras la transición política a la democracia. Su loable iniciativa social, materializada en la promoción de viviendas para sus asociados, tendrá como efecto no deseado la configuración de grupos o barriadas a modo de guetos segregados por el origen de su vecindario.

Los estilos de vida y subculturas juveniles de nativos e inmigrantes, reduplicadas por filiaciones ideológicas contrapuestas, se confrontan, e incluso colisionan, tanto en el baile público dominical como en algunos rituales festivos. Con antelación a la guerra civil en las romerías de Cruces y, entre 1960 y 1975, en la masiva romería de repetición de Santa Agueda, santuario situado a media ladera del Arroletza. Aunque, más allá de puntuales fricciones, entre unos y otros van tendiéndose sólidos vínculos de sociabilidad. El asociacionismo cultural y juvenil actúa como agente de integración local, e incluso de inserción en la cultura vasca; y lo propio sucede con las fiestas populares de barrios y de pueblos, momentos de exaltación de cada identidad local.

Pero, por otra parte, el propio crecimiento y la modernización van distendiendo los vínculos proxémicos basados en la vecindad y el conocimiento mutuo: de los barrios mineros o fabriles, de las viejas calles, de las barriadas de casas baratas, de las rondas chiquiteriles, y de esas sociabilidades elementales que van desde la tertulia vecinal hasta la cuadrilla amical. Los procesos de invasión-sucesión de nuevas poblaciones inmigrantes que van desplazando a los viejos vecindarios obreros en vías de movilidad social-y residencial- acaban convirtiendo algunos de ellos, como Simondrogas-Urbinaga- en barrios estigmatizados por su connotación étnica y por toda una acumulación de problemáticas sociales. Y la especulación inmobiliaria, asociada a las operaciones de rehabilitación, acaba con otros como San Juan, La Felicidad, Villa Róntegui, El Desierto y un largo etc.

Las solidaridades en el trabajo y los vínculos vecinales restablecidos por el asociacionismo formalizado de los barrios contrarrestarán durante algún tiempo estos efectos, creando y definiendo nuevas identidades locales compartidas por unos y otros. Identidades reforzadas mediante la solidaridad -en cuanto trabajadores y vecinos- que fomenta la participación en dos ámbitos conflictuales: las grandes huelgas a partir de 1966 y las luchas del movimiento ciudadano en pro de las reivindicaciones vecinales. Como bien expresa un antiguo líder del movimiento vecinal, en el caso de Lutxana, «la [lucha contra la] contaminación nos hizo pueblo». Y esto sucede tanto en viejos vecindarios como éste o los de Mamariga y Cabieces, pero en rápido crecimiento, como en los nuevos barrios fruto del desarrollo de esas décadas: Zuazo -Arteagabeitia, Cruces, etc.

Pese a sus similitudes formales, e identidad básica de problemáticas, las identidades colectivas de ámbito local no han logrado trascender el ámbito de cada entidad de población: barrio y/o municipio.

Estas identidades locales se reafirman mediante la oposición dialéctica entre pueblos vecinos. Barakaldo y Sestao, por ejemplo, competirán históricamente por un mismo símbolo religioso -la Virgen del Carmen- y su festividad, en el ámbito deportivo y en cuantas expresiones de la vida cotidiana sean consideradas relevantes en la definición de identidades. A nivel intramunicipal el primer, y en ocasiones único, nivel de identificación local es el barrio: Lutxana, La Arboleda, Urioste, Pobeña, etc.

Y muchos inmigrantes, e incluso sus hijos, asumen el nivel local de identidad, pero no asumen el nivel más amplio de la vasca, cargada de connotaciones étnicas excluyentes para quien no se identifique con ella.

El imaginario y la memoria de la industrialización han cristalizado en la definición de dos zonas bien definidas: la Margen Izquierda, integrada por los municipios de tradición fabril de la Ría; y la Zona Minera, definida a partir de la antigua actividad extractiva, donde se ubicaron los grandes yacimientos de hierro de Triano, Matamoros y otros. A nivel supramunicipal durante el franquismo funcionó una Mancomunidad de Fiestas, de la que también formaban parte municipios de la Margen Derecha, y otra de basuras. Hoy subsisten la Mancomunidad de Basuras y R. S. U. y un foro de los concejales de cultura de siete municipios. Con la democracia, han primado los intereses políticos fácticos del grupo político que lidera cada institución municipal en fomentar un localismo que los legitime en su posición de privilegio y reparto de incentivos materiales. No sólo no ha existido un verdadero proyecto de gestión mancomunada, sino una tendencia hacia la fragmentación territorial. La reivindicación de la identidad local, unida a la viabilidad económica de pequeños municipios sostenidos a base de subvenciones forales, han conducido en los noventa a sendas desanexiones: las de Alonsotegi y Zierbena de sus municipios matrices, Barakaldo y Abanto-Zierbena. Incluso las escasas muestras de asociacionismo cultural nacido con vocación supralocal reproducen una limitadora red de relaciones locales.

A modo de castillos de arena, ninguno de los sólidos artificios -técnicos o sociales- de la sociedad industrial resistirá la erosión de la marea ascendente del cambio social. No mucho después que Trueba, en 1898, Miguel de Unamuno ya había profetizado el fin de una era industrial que detestaba: «Alguien ha dicho que, dentro de algunos años, las actuales máquinas de vapor, sustituidas por otros motores, se convertirán en monumentos arqueológicos, yendo a parar a museos. Puede muy bien suceder, con igual razón, que esas altas chimeneas de las fábricas, cuyo humo se divisa desde la reliquia de la vieja Torre de los Zurbarán, llegarán a ser también curiosidad arqueológica, «mudos testigos de cuanto fue y ha muerto».

Como antes las torres de los banderizos, el equipamiento fabril se convertirá en patrimonio, en este caso industrial, sirviendo las ruinas «de nuestros actuales Altos Hornos [… ], realidad viva de hoy y pura historia de mañana» como escenario donde evocar las contradicciones de su férreo ciclo, y la memoria colectiva como herramienta para evocar el imaginario social, «las anhelosas esperanzas que en un punto dado se conviertan en recuerdos», y las estrategias de lucha electoral de los caciques industriales

recordarán las «enconadas luchas de los banderizos» medievales. Unamuno augura a la

sociedad industrial un ciclo, un tiempo histórico, relativamente largo, pero ésta será algún día tan caduca como la pretérita sociedad medieval.

Pero lo que no pudo prever es que al cerrarse este -de poco más de cien años- no quedasen apenas ni ruinas para activar la memoria de la identidad colectiva que aquí, en este entorno espacial culmen de la industrialización vizcaína, fue gestándose durante el mismo. La crisis terminal de la minería, concretada a comienzos de los sesenta mediante las sucesivas clausuras de explotaciones, se palió sin traumas mediante la absorción de su mano de obra por la actividad siderometalúrgica y su población excedente transvasada a la inmediata conurbación fabril de la Margen Izquierda, que acabará integrando algunos de los antiguos núcleos mineros. En la zona interior de la cuenca minera se produce un cierto retomo de los espacios productivos hacia actividades agropecuarias. La fase terminal de la minería se precipita con la clausura de

las explotaciones de Agruminsa a cielo abierto en 1985, pero el fin de todo el ciclo productivo en la cuenca minera vizcaína se produce con la clausura del pozo subterráneo de Bodovalle en 1993.

A partir de 1975, la estructura industrial basada en los sectores tradicionales  siderometalúrgico, naval, químico- sufre una pérdida de competitividad que la sume en una profunda crisis de reconversión; proceso que ha culminado con la desaparición de empresas emblemáticas y el declive del tejido industrial en su conjunto. Lo que se traduce en altos índices de desempleo, movimientos migratorios hacia otras zonas del país o del Estado, y -asociada a la baja natalidad- consiguiente declive demográfico. El impasse de todos estos factores explica, en buena medida, la escasa relevancia cuantitativa de la nueva inmigración tercermundista vinculada, en otros con- textos, a los sectores primario o terciario.

Todo ello ha dejado un saldo de importantes problemas medioambientales: contaminación de suelos, acuíferos y atmosférica. La ruina y/o demolición del patrimonio industrial y minero, como antes del arquitectónico, prácticamente se ha consumado ante la indiferencia casi generalizada de la sociedad e instituciones locales, preocupada aquélla por su propia supervivencia.

Y con él se derrumba, como un castillo de naipes y tanto a nivel local como global, la superestructura de certidumbres de la época.

José Ignacio Homobono

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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