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Barakaldo y el alzamiento carlista de 1860 (IV)

Barakaldo y el alzamiento carlista de 1860 (IV)

Los “Infelices de Baracaldo”

Desde Vitoria, el general José María Marchessi y Oleaga, General en jefe del 5° Ejército y Distrito que comprendía las “provincias Vascongadas, Navarra y Burgos” ponía el acento en la pronta destrucción de la facción carlista: “Me sobran medios para exterminar la partida facciosa que ha dado el grito de rebelión carlista en la provincia de Vizcaya; muy pronto caerá la espada de la ley sobre los culpables […]”. Y la misma mañana del viernes 6, comunicaba con sucinta marcialidad al Ministro de la Guerra el breve futuro de alguno de los carlistas tomados presos: “Doy orden que los prisioneros sean fusilados”.

Y efectivamente, en un acto sumario, a las 9 y media de la mañana del día 10 de abril, dos prisioneros fueron fusilados en el paseo de Miraflores. De nada sirvieron las suplicas de estamentos oficiales de la Diputación o del ayuntamiento de Bilbao, “que solicitaron al general en jefe del distrito se suspendiera la ejecución”. Incluso se intentó hacer llegar el suplicatorio de clemencia a la propia Isabel II, “pero al recibirse en Madrid su exposición, los presos habían sido ya ejecutados

Los “fusilados de Baracaldo”, los “facciosos de Baracaldo”, los “infelices de Baracaldo” o los “desgraciados de Baracaldo”, serán algunos de los apodos con los que pasarán a la historia. Curiosamente, ninguno de ellos era baracaldés: José María Mendizabal Esnaola que había nacido en algún caserío del barrio de Astigarreta en Beasain, no tenía cumplidos los 23 años de edad y acababa de casarse en Bilbao el 12 de febrero con Ana Bautista Arzallus Mugica. El otro joven, José Antonio Barrenechea Garmendia, tenía unos pocos años más, acabando de cumplir los 26 en febrero, siendo natural de Orendain. Mendizabal fue conducido a su patíbulo herido, habiendo permanecido en el hospital civil hasta que el día anterior se le dio traslado a la cárcel. Allí, junto a su compañero de infortunio, se les comunicó su sentencia, pasando sus últimas horas en “capilla”, “mostrándose ambos muy resignados con su desgracia”.

Poco más trascendió de la vida de estos jóvenes. Algunos recogerán que eran “infelices trabajadores de las minas de Baracaldo”; otros les señalarán como contrabandistas que “trabajaban en una fábrica de algodón de Guipúzcoa, y a veces se dedicaban a lo que en aquel país llaman paqueteros, conductores de contrabando”.

En un nuevo y frio telegrama, Marchesi comunicó a Madrid haber pasado “por las armas a dos de los facciosos de la gavilla levantada en Baracaldo, según mis instrucciones. No ocurre novedad”. Estas muertes fueron consideradas por la prensa como un brutal acto ejemplarizante, deseando que “esta terrible justicia sea el último periodo de la sublevación de Baracaldo y que la sangre ayer derramada sea la única que corra en nuestro país”. Sin embargo, la depuración continuará: al ajusticiamiento de los dos jóvenes se sumará tres días después el fusilamiento en Palencia de otro alzado, el coronel Epifanio Carrión, alias Villoldo. Y el 18 de abril, se pondrá fin a la vida del general Ortega, principal conjurado del fallido intento de poner en el trono a Carlos VI.

La aparente premura de ajusticiamiento y el pertinaz silencio que mantuvo Ortega hasta el final sobre posibles compañeros de conspiración, hacían sospechar que el gobierno deseaba pasar página rápidamente: “¿A qué tanta prisa? El país no tenía sed de víctimas; el país las hubiese aceptado, siempre con dolor, cuando al fallo de la justicia hubiese precedido el esclarecimiento, […] de las conexiones que con el delito puedan tener otras personas que tal vez gozan de la más completa impunidad mientras muere Ortega en Tortosa, Carrión en Palencia, y en las Provincias los carlistas de Baracaldo”.

No fueron pocos los opinadores que afilaron sus plumas con estas muertes, las más de las veces, criticando su premura y las irregularidades con las que se desarrollaron los Consejos de Guerra: “¿Qué necesidad había de tal prisa en la ejecución de los culpables, cuando era notorio haberse frustrado completamente la tentativa de Amposta, cuya primera noticia pudo provocar y cuya prolongación pudiera haber continuado produciendo actos insurreccionales como el de Baracaldo? ¿Se hallan las provincias de España declaradas en estado de sitio?”.

Otros articulistas de lustre, como Román Lacunza, incidían en la necesidad de llegar al fondo de la conspiración: “No queremos el derramamiento de sangre; pero será bueno que el gobierno tenga en cuenta que la nación observa su conducta, y que será juzgado muy severamente si, contentándose con ejecuciones como las de los desgraciados de Baracaldo no pone de manifiesto la extensión de ese plan diabólico de los conspiradores, […]. porque más que castigar, más que derramar sangre, lo que importa al país es inhabilitar a los conspiradores; lo que le interesa es quitar máscaras”.

La persecución

La actividad del reducido grupo de rebeldes vizcaínos parecía haberse trasladado al valle de Arratia. De allí llegó la noticia del intento de secuestro del alcalde de Aranzazu por parte de 9 hombres, a los que los periodistas no dudaban en identificar como de “la partida de amotinados de Baracaldo, que corriéndose hacia el valle de Arratia intentan huir de la activa persecución de las tropas, o tentar fortuna por él”.

La Diputación Foral, colaborador activo en la búsqueda, puso al frente de sus fuerzas a un miquelete de reconocido prestigio, como era Juan de Andechaga, a la sazón, sobrino del famoso Castor Andechaga, que había sido (y será) un referente del carlismo en el Señorío. Juan procedió a distribuir sus fuerzas tanto al valle de Arratia como al del Cadagua, límites territoriales por los que la partida se desplazaba. El territorio por cubrir era extenso, pero en el agreste paraje del Yermo de Santa Lucia, cerca del Llodio, se llegaron a localizar “tres hermosos cigarros puros esparramados por el suelo y las huellas de calzado que no pisa comúnmente esos vericuetos”. Pero ni rastro de los hombres que las portaban.

La colaboración ciudadana, ya fuera espontanea u obligada, será fundamental en esta etapa, donde no faltarán las detenciones e interrogatorios: “Anteayer se pusieron buen recaudo a dos hombres, uno desde Valmaseda y otro de Güeñes, así como a la mujer de Aniceto Llaguno”, del que ya se decía que era uno de los jefes de la partida.

Mientras la búsqueda continuaba, el general Marchesi haciendo valer el refrán “dar una de cal y otra de arena”, difundió un decreto de indulto: “[…] concedo tres días de término a contar desde el día catorce, hasta las doce de la noche del diez y seis a todos los individuos del partido carlista que han levantado el pendón de rebelión, para que se presenten y sean indultados de la pena de muerte. […] pero pasados los tres días fijados serán fusilados los que fuesen aprehendidos”.

Jesus Arrate Jorrín

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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