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EL MONASTERIO DE BURCEÑA. ORíGENES, FUNDACIí“N Y DESARROLLO (y VI)

EL MONASTERIO DE BURCEÑA. ORíGENES, FUNDACIí“N Y DESARROLLO (y VI)

asdEL DESARROLLO DEL MONASTERIO DE BURCEÑA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV. CONSTRUCCIí“N DEL CONVENTO Y LA LLEGADA DE LOS SALAZAR

Para el monasterio de Burceña la situación cambió radicalmente en pocos años, al coincidir con una etapa de crecimiento económico y demográfico en la comarca de la Rí­a. Al año siguiente del Capí­tulo general de Guadalajara (1469), Burceña iniciaba una disputa de siglos con los trinitarios de Burgos por la recaudación exclusiva en Bizkaia de legados y limosnas para la redención. También el problema dentro de la propia orden respecto a las limosnas de Gipuzkoa se solventarí­a a favor de Burceña en el capí­tulo general de Girona (1481).

Esta bonanza y el abandono franciscano del eremitorio de Basurto para acercarse a Bilbao (1475) animaron a los mercedarios a sustituir la vieja ermita, tan pobre como la comunidad a la que atendí­a, que la devoción de los habitantes de Abando y Barakaldo habí­a dejado pequeña. Pero las condiciones exigidas a un templo abierto a los fieles, a quienes se pretendí­a vehicular con el convento, requerí­an un gran esfuerzo dinerario. La generosidad de los fieles, no alcanzaba para costear las obras, por lo que los mercedarios solicitaron en 1477 licencia real y papal para pedir limosna y destinar lo recaudado a tan piadoso objeto. (AGS. RGS. 22-2-1477 fº 281)

Sobre todo fue el inicio de la guerra de Granada lo que en mayor grado estimuló el asentamiento y expansión de Burceña. La toma de Zahara (1482) y el impago de las parias o tributos por los granadinos animó a los castellanos a emprender una guerra total por la soñada conquista del reino nazarí­, debilitado por divisiones internas. Ese mismo año, en que las crónicas mercedarias (excepto la de Gabriel Téllez) señalan el martirio y primera redención de Burceña, profesaron Catalina de Larrazabal y Teresa de Escauriza, las primeras beatas de las que tenemos constancia documental, que aportaron como dote importantes bienes. Los mercedarios supieron encauzar la religiosidad femenina y la necesidad de tomar estado en una comarca cuyos hombres se habí­an volcado en las grandes empresas militares y marí­timas. Burceña será decisivo en la extensión de la rama femenina de la orden desde el beaterio de Zubileta «la de arriba», a partir del cual nacerí­an en la centuria siguiente los de Bilbao, Deusto, Santurtzi y otros.

Poco a poco, las limosnas (algunas importantes según el citado apeo de 1569) se emplearon en reformas de las dependencias conventuales; la torre se destinó a cámara del comendador, mientras los frailes se trasladaban a un nuevo edificio donde dispondrí­an de cámaras individuales. Pero pasaba el tiempo y el templo estaba sin concluir, por lo que acudieron al mecenazgo de un particular. Aduciendo la pobreza e imposibilidad de rematar las obras con sus propios medios, reunidos en capí­tulo en 1487 el comendador Miguel de Aguirre, el doctor Pedro Bilbao, Diego Zubileta, Juan Zorroza, Ochoa Lezcano, Pedro Somorrostro, Ortuño Echebarrí­a, Pedro de Oñate, San Juan Axpuru, Juan Miguel Aguirre y Juan Zubileta, con el beneplácito del provincial, convinieron que Pedro de Salazar, «el de Barakaldo», construyera a su costa la capilla mayor, el lugar más privilegiado del templo teóricamente ocupado por los restos de miembros del linaje de Ayala como dice la carta fundacional, en la que la comunidad oficiarí­a a partir de su entierro una misa diaria «con responso y luces» por su alma, perpetuamente.

Disponí­a de sepultura en Portugalete, pero la rivalidad con su sobrino «el preboste», las obras en aquella iglesia y la prohibición de grabar sus armas y escudo sobre la sepultura le ayudaron a decantarse por Burceña. Al modo de reyes y nobles, querí­a prestigiar su propia estirpe y perpetuar su memoria pese a su precaria economí­a. De este modo, uno de los hijos de Lope Garcí­a de Salazar prosiguió la obra del templo iniciada diez años atrás y garantizó, temporalmente, la supervivencia de una comunidad cuya esforzada labor a favor de los cautivos contribuirí­a a que, en 1493, fuera llamada para poner en marcha el primer convento masculino (Nuestra Señora de Arantzazu) de Gipuzkoa, cuyos orí­genes son también controvertidos.

Pero tanto éste como otros aspectos sobre los mercedarios calzados merecen mayor atención. Porque si en la vida claustral los frailes consumí­an buena parte de la jornada, otros asuntos más mundanos no les fueron ajenos. Su papel en el pasado fue fundamental y, sin embargo, tras más de cuatrocientos años de azarosa existencia, su historia nos es desconocida todaví­a. Esta ignorancia, que bien podrí­a hacerse extensiva a otros colectivos e instituciones de antaño, quizás se deba al tiempo transcurrido desde su destrucción (1836), al desinterés actual por la temática religiosa o al radical cambio económico habido desde entonces. Fábricas, ví­as férreas, cargaderos, calzadas y viviendas ocupan el espacio donde se asentó. Apenas quedan más huellas de aquel magní­fico convento que una antigua capilla particular, rehabilitada como parroquia del barrio, y la denominación de una calle -8 de septiembre- que indirectamente hablan del mismo.

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