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EL MONASTERIO DE BURCEÑA. ORíGENES, FUNDACIí“N Y DESARROLLO (V)

EL MONASTERIO DE BURCEÑA. ORíGENES, FUNDACIí“N Y DESARROLLO (V)

asdLA FECHA FUNDACIONAL DEL MONASTERIO. LA HIPí“TESIS DE 1432 Y EL MARCO HISTí“RICO

El marco histórico del siglo XV parece confirmar que fue hacia 1432 cuando se fundó el convento.

A los impedimentos comunes a todas las religiones, la misión redentorista mercedaria dificultaba si no su instalación sí­ su desenvolvimiento, pues sólo la consciencia de poder caer en cautiverio hací­a valorar su labor y hacerla objeto de dádivas. Y al tiempo de fundarse Burceña, como dice la escritura, propiciaba la buena aceptación de las bulas de la redención el hecho de que los naturales «de esta tierra, provincia e montañas que más continuo son cautivos por ser mareantes de los mares«. Embarcaciones de vascos y cántabros hacia 1430 formaron una gran armada que asoló las Baleares, contribuyendo a terminar con la injerencia en la polí­tica interior castellana de los reinos cristianos vecinos. Pero una parte de la flota permaneció en el Mediterráneo hostigando los piratas sarracenos y costas granadinas. (Labayru, 1968-1971,III: 78-81).

A partir de entonces los reyes de Castilla buscaron consolidar su prestigio reiniciando con carácter de cruzada la guerra contra los reyes nazarí­es de Granada, finalmente reducida a simples campañas de devastación por culpa de sus problemas con la nobleza levantisca. Este clima bélico añadió acicates a la expansión mercedaria, pues las incursiones terrestres castellanas en la frontera granadina obtení­an resultados variables. Si exitosas fueron la toma de Jimena por el yerno de Fernán Pérez, el mariscal Garcí­a Herrera, y la victoria de Higueruela donde participaron los principales linajes vizcaí­nos (1431), hubo también fracasos sonados.

La implicación en la guerra de los más poderosos linajes de Bizkaia y la necesidad de recaudar limosnas para liberar los cautivados en ella coadyuvarí­an al nacimiento de Burceña. Por otro lado, la muerte de la reina viuda Beatriz de Portugal (segunda esposa de Juan I) ese mismo año, que habí­a profesado como mercedaria, recordarí­an al viejo Fernán Pérez las penalidades de su propio cautiverio en defensa de los derechos de la reina.

En este contexto debió producirse la fundación del convento, hacia el verano de 1432, cuando el bachiller en Teologí­a Miguel de Aguirre, su primer comendador perpetuo, iniciaba el libro de profesiones -hoy desaparecido- con fr. Juan de Zorroza y fr. Pedro de Bilbao. (BN ms 2443-63) La orden mercedaria viví­a una expansión notable y, desde luego, nada improvisada, pues cada nueva casa cubrí­a un territorio desatendido en la recolección de legados y obras pí­as para la redención de esclavos cristianos. Podrí­a decirse que la bailí­a daba origen al convento.

El progreso económico y comercial del Cantábrico hací­a interesante crear comunidades estables que atendieran de forma eficaz jurisdicciones más pequeñas. Colindres, Burgos, Pamplona, Estella y Logroño cubrí­an un ámbito demasiado extenso, dependiente de distintos reinos, obispados y provincias mercedarias. Si bien Barakaldo era una localidad plenamente rural, la equidistancia a las florecientes plazas de Bilbao y Portugalete y el hecho de que por su término cruzaran los caminos reales a Burgos y Castro Urdiales convertí­an a Burceña en lugar idóneo desde donde propagar la causa de los cautivos. Sus frailes estaban dispuestos a afrontar con espí­ritu de caridad y fraternidad humanas temibles situaciones y peligros en favor de sus paisanos cautivados por los sarracenos.

Pero los conventuales, propiamente hablando, ni siquiera constituí­an comunidad. Por esta razón, pese a su cercaní­a al escenario de la herejí­a de Durango (1442), los predicadores enviados a combatirla por el obispo calagurritano fueron jerónimos de la Morcuera (Miranda de Ebro). Esta situación religiosa era preocupante en la región todaví­a un siglo después de fundarse Burceña, un centro cristianizador de primer orden cuyos religiosos, al contrario que el clero parroquial, se entregaban a jornada completa a esta labor.

Los clérigos seculares, que con su ejemplo y conocimiento debí­an enseñar a los fieles, ignoraban incluso artí­culos de fe y, a veces, no contribuí­an precisamente a moralizar las costumbres. Martí­n abad de Irauregui, beneficiado de San Vicente, fue asesinado en 1440 por dos de sus parientes porque «se le echaba públicamente al mayor de estos germanos con la mujer, seyendo vecinos, e burlaba por detrás, e dexándolo muerto, fuéronse de la tierra.» (Garcí­a de Salazar, 1955, IV: 355)

El confuso clima religioso y moral y la lengua propia de la bailí­a quizá influyeran en la pervivencia de la comunidad, lo que no sucedió con Rivadeo y Raí­ces (Avilés) fundados por fray Mací­as Monterrey (1456/63), desaparecidos en pocos años. Se habí­a determinado suprimirlos porque «Item cum propter multiplicationem domorum in quibus nullum officium celebratur et sunt inutiles provinciae» en el capí­tulo general de Guadalajara (1467), acuerdo confirmado por bula papal en 1469.

En estas reuniones generales se trataban y decidí­an temas de interés para la orden. Al de Guadalajara, en el que se aprobó crear la provincia castellana, asistió por primera vez un fraile de Burceña, su comendador Miguel de Aguirre. El convento al que representaba era, como la tierra donde se asentaba, tan pequeño y pobre que se agregó a otro más próspero: «Domus de Pancorvo sit adnexa conventui Burgensi sive unita domus autem de Burzenya sit adnexa domui Logronyo et domus de Lorca pariter sit adnexa et unita domui de Murcia ut solebat.» (Linás, 1696: 88-95)

 

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