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La derecha en Barakaldo (1898-1923)

La derecha en Barakaldo (1898-1923)

1.- Barakaldo a finales de siglo

La evolución económica y demográfica

Tras la última guerra carlista, Vizcaya vivió un acelerado proceso de transformación económica. En el último cuarto del siglo XIX, la exportación de mineral de hierro, que creció a ritmo exponencial en estos años, estuvo en la base de un “despegue del aparato productivo que puede identificarse con la revolución industrial“.

Estrechamente vinculadas a la actividad exportadora minera aparecieron las primeras industrias siderúrgicas que aplicaban las modernas técnicas productivas. La erección de altos hornos era una consecuencia lógica de la estrategia del poderoso y reducido grupo de beneficiarios del negocio del hierro que pretendí­an añadir valor a su actividad con la transformación del mineral en lingote. Sin embargo, aunque en sus orí­genes no fuesen más allá de la complementación de la actividad extractiva, la aparición de las nuevas siderurgias extendió los efectos del ciclo exportador de mineral más allá de los montes de hierro y la plaza comercial de Bilbao para revolucionar la configuración de la margen izquierda de la Rí­a del Nervión.

El moderno Barakaldo nació de este súbito y acelerado proceso de industrialización de las primeras dos décadas de la Restauración. La transformación en 1882 de la vieja Fábrica de Nuestra Señora del Carmen en la Sociedad Altos Hornos de  Bilbao, con una capacidad de unas 100.000 Tms/año sancionaba la rápida mutación de lo que habí­a sido un tradicional conglomerado de núcleos agrí­colas que no alcanzaban los dos mil habitantes en 1857 en un denso centro industrial de 15.000 habitantes a finales de siglo.

De 1860 a 1877 la población baracaldesa prácticamente se dobló. La llegada masiva de inmigrantes estaba en la base de este crecimiento. En el siguiente decenio, los inmigrantes siguieron llegando a Barakaldo aún en mayor número. Así­, de 1877 a 1887, la población de la localidad volvió prácticamente a duplicarse. Este ritmo de crecimiento exponencial se mantuvo en la última década del siglo si bien ligeramente atenuado y, sobre todo, cualitativamente transformado. Entre 1891 y 1900 los flujos inmigratorios cedieron el protagonismo en la explosiva demografí­a baracaldesa al crecimiento natural de la población que alcanzó en estos años la nada despreciable tasa del 1.78% anual. “En 20 años, de 1870 a 1890, se habí­a pasado de una población dependiente de una estructura económica preindustrial, basada en un semiautarquí­a agrí­cola familiar, de pequeños y medianos propietarios y arrendatarios, ayudados por otras labores, como la minera, carbonera, etc. al predominio del asalariado industrial y a una nueva estructura productiva de corte industrial”.

Este crecimiento acelerado y su dependencia de las nuevas industrias determinó la configuración fí­sica de la localidad. El nuevo Barakaldo era un conjunto de núcleos de población sin continuidad y jerarquí­a clara. Entre el tradicional núcleo de San Vicente y la Rí­a, nació El Desierto, que serí­a el nuevo centro de la localidad. Subsistí­an además núcleos dispersos como Retuerto, Luchana, El Regato y Burceña, además de Alonsótegui a bastantes kilómetros del nuevo centro, con una fisonomí­a social y económica particular.

El panorama polí­tico local

El súbito cambio económico y social del último cuarto de siglo desequilibró en el terreno polí­tico el tradicional equilibrio de poder local en Barakaldo. El liderazgo de las fuerzas vivas tradicionales, fundamentalmente propietarios agrí­colas, se fue viendo progresivamente amenazado por el poder de las nuevas empresas que dominaban la economí­a local. Entre ellas destacaba de manera espectacular Altos Hornos de Bilbao que empleaba a 1850 obreros en 1891 y a 2850 en 1901 (aproximadamente el 18% y el 14% de la población total respectivamente). De ahí­, que Altos Hornos no fuese una más de las industrias que se desarrollaban en la localidad, sino la fábrica.

Como se indicó Altos Hornos habí­a determinado la formación social y fí­sica del Barakaldo de final de siglo. Además, sus propietarios no eran accionistas lejanos que se conformaban con ver satisfechos sus intereses económicos, sino piezas centrales de la nueva burguesí­a vizcaí­na, cuya voluntad de intervención polí­tica era firme. La pujanza polí­tica de la nueva burguesí­a vizcaí­na quedaba ilustrada por su copo de la representación polí­tica de la provincia. Incluso el propio distrito electoral de Barakaldo fue creado en 1896 para satisfacer las pretensiones polí­ticas de la familia Ybarra.

Dada esta correlación de fuerzas, no era de extrañar que el monarquismo fuese la opción polí­tica dominante en Barakaldo. Los gobiernos locales de finales de siglo eran consistorios monolí­ticamente monárquicos, en los que se alternaban propietarios y labradores con una general adscripción dinástica y elementos procedentes del campo tradicionalista.

Los disidentes

Existí­a en el Paí­s Vasco una larga tradición de oposición al campo liberal liderada por los carlistas. También en Barakaldo el carlismo contaba con predicamento entre algunos sectores de la población tradicional. Al menos esto parece indicar la  fundación de la Sociedad Tradicionalista en 1892, aunque su refundación en 1905 apunta a que el moderno Barakaldo no era en los años del cambio de siglo un contexto muy favorable al desarrollo carlista. A diferencia de lo que les sucedí­a a los tradicionalistas, los católicos tení­an una mayor implantación que les sirvió de base para la expansión polí­tica y organizativa que vivieron que en los años siguientes.

La rebelión de las fuerzas vivas

El fin de siglo coincidió en Barakaldo con una crisis en el funcionamiento polí­tico tradicional.  Se produjo en estos años un desafí­o de las fuerzas vivas a la dinámica polí­tica instaurada. Las tensiones entre las fuerzas vivas tradicionales de Barakaldo y los hombres de la fábrica no se derivaban del copo de la representación electoral a este nivel que los segundos ejercí­an. La viejas élites baracaldesas ni podí­an, ni pretendí­an competir en este ámbito. Tal tensión se circunscribí­a estrictamente a la esfera local y, más concretamente, al control del ayuntamiento. El conflicto transcendí­a la dimensión simbólica que para las fuerzas vivas tradicionales tení­a su permanencia al frente del ayuntamiento, aspecto al que la fábrica fue sensible hasta bien entrado el siglo XX. Las resistencias al dominio de los nuevos hombres de las empresas tení­an, además, una base material clara en la oposición de intereses entre la élite tradicional y la nueva.

El dominio del ayuntamiento suponí­a para las empresas industriales el control de los recursos del municipio y de sus mecanismos de financiación. La apropiación de las aguas del término municipal por parte de Altos Hornos era un claro exponente del primer punto. En cuanto al segundo, las empresas instauraron una polí­tica fiscal basada en los impuestos indirectos en detrimento de las Utilidades que habí­an de gravar sus actividades.

El éxito de las empresas en la consecución de sus objetivos en materia municipal dibujaba una pirámide de agraviados en función de su número y capacidad de resistencia polí­tica. En la base de tal pirámide se situaba la población en general que soportaba los costes de tal polí­tica, ya fuese viendo agravadas sus ya difí­ciles condiciones de salubridad por la falta de aguas o disminuida su capacidad adquisitiva por la fiscalidad indirecta. Puesto que el peso del común de la población en la polí­tica local fue muy poco significativo hasta bien entrado el siglo XX, sus agravios no suponí­an ninguna amenaza para la continuidad de los intereses fabriles. En un nivel intermedio se perfilaba un grupo más concreto de afectados: los comerciantes. Sobre los tenderos baracaldeses recaí­a el peso de la fiscalidad local, ya fuera gravando directamente sus actividades o indirectamente por las restricciones al negocio que implicaban los consumos. Sufrí­an, además, la competencia de las cooperativas de consumo impulsadas por las propias empresas. El hecho de que la cooperativa de Altos Hornos absorbiese en 1897 aproximadamente el 80% del salario de sus 487 afiliados constituye un indicio de que la magnitud de tal competencia no era despreciable. Sin embargo, la capacidad de resistencia de los comerciantes, mayoritariamente marginales en las redes de poder local, era todaví­a muy pequeña y sólo posteriormente, como se verá, entraron en el juego polí­tico local, manteniendo siempre una ambigí¼edad derivaba de su difí­cil situación en los sucesivos mapas de oposiciones locales. Finalmente, en el vértice de la pirámide se encontraban los propietarios agrí­colas que se veí­an limitados en el uso del agua y relativamente sobrepresionados fiscalmente. En tanto que núcleo central de las fuerzas vivas tradicionales su oposición a la fábrica habí­a de ser la de mayor alcance polí­tico.

En 1896, el semanario La Ortiga Baracaldesa se erigió en el portavoz de la resistencia de estas fuerzas vivas. A través de la publicación, los miembros más activos de las antiguas élites exhortaban a la movilización contra la situación municipal del momento:

“Los verdaderos baracaldeses, y especialmente los propietarios, deben sacudir esa incomprensible indolencia que les subyuga; deben mirar más por el porvenir de este pueblo y tomar parte más activa que hasta el presente en todos los acuerdos del Municipio. (…) Sí­; todos los hijos de Baracaldo deben agitar esta idea y despertar á sus habitantes de ese profundo letargo de indiferencia en que se hallan sumidos, para que, constituyendo un Ayuntamiento probo, honrado e imparcial, sea fiel salvaguardia de todos los intereses mora les y materiales del pueblo…”.

Se trataba de una llamada regeneracionista a abandonar las inercias que presidí­an la polí­tica local. Sin embargo, la apelación regeneradora de La Ortiga no apuntaba a un programa democratizador de la administración local. Por el contrario, era fuertemente deudora de la nostalgia de un dominio pasado que se consideraba idí­lico. Esta armoní­a anterior tocó a su fin con la irrupción en la esfera local de la polí­tica, novedoso elemento perturbador desde la perspectiva de La Ortiga:

“aquel Baracaldo tranquilo, sosegado de bonacible calma se convirtió apresuradamente en un pueblo de odios, rencores y de polí­tica avasalladora.

La razón, la rectitud y la justicia quedaron encadenadas á la voluble vanidad del caciquismo.

Llegó a tal estado de algidez la perversión de la conciencia pública que, olvidándose de que eran vizcaí­nos y convirtiéndose en hijos expúreos de Baracaldo se arrastraron por el suelo para conseguir del mandón de la anteiglesia, un Monterilla de Real Orden”.

Adornadas con los mí­ticos valores de rectitud, valentí­a e independencia de la hidalguí­a vizcaí­na, estas fuerzas vivas se autocontemplaban como la natural representación del pueblo, en sus dos acepciones. Su exposición de lo que habí­a sido el funcionamiento polí­tico del último cuarto de siglo era inequí­vocamente corporativa. En los primeros tiempos de la industrialización, “el pueblo de Baracaldo, penetrado de la importancia de esa industria, daba siempre representación en el Municipio á individuos que la fábrica elegí­a entre sus empleados”45. Mas el equilibrio entre este pueblo y los intereses de las industrias locales se vio definitivamente alterado con la proclamación del sufragio universal. La extensión del sufragio acababa con aquella situación en la que la fábrica “no podí­a luchar con ventaja contra el pueblo”. Ya fuese por la incorporación efectiva de nuevos actores polí­ticos, hasta el momento desprovistos de derechos, o por las posibilidades de manipulación caciquil que ofrecí­a a la fábrica, el sufragio universal fue el tiro de gracia al dominio polí­tico local tradicional. En cualquier caso, la irrupción de la polí­tica se perfilaba como la principal responsable del derrumbe de un equilibrio considerado como natural.

El tema del agua ilustraba la extrema debilidad e impotencia de las élites tradicionales que aún permanecí­an a finales de siglo al frente del ayuntamiento. En el verano de 1896 denunciaba La Ortiga Baracaldesa que las fábricas captaban el agua más arriba del barrio del Regato en perjuicio de los cultivos y la salubridad, y llamaban a la movilización ante el anuncio de la construcción de un pantano en este rí­o. De nada sirvió, sin embargo, que la corporación se opusiese a la construcción de tal pantano. Representantes del gobierno local eran expulsados por guardias privados de las obras del pantano, que se estaba construyendo sin las licencias oportunas48, y burlados por el diputado Urquijo que les hací­a recorrer infructuosamente en su busca la margen derecha de Bilbao a Las Arenas.

La impotencia dejaba paso a la épica resistencial localista, invocadora de firmes valores consuetudinarios, pero incapaz de frenar los procesos que erosionaban el tradicional Barakaldo. El traslado del ayuntamiento de la anteiglesia de San Vicente al núcleo industrial de El Desierto sancionaba simbólicamente la consolidación del moderno Barakaldo, a pesar de las exacerbadas imprecaciones localistas de los hombres de La Ortiga: “¿qué hombre que lata en su pecho el amor al pueblo, qué baracaldés amante de sus tradicionales costumbres consentirá que se arranque de San Vicente la Casa Consistorial? ¿No se ha n puesto a pensar nuestros concejales lo que significa aquel santuario de nuestras tradicionales costumbres? ¿N o están allí­, alegó ricamente representadas todas las penas, todas las alegrí­as y los sobresaltos que experimentaron nuestros antepasados en las vicisitudes que asediaban á nuestro querido pueblo de Baracaldo?…”

La confirmación como alcalde de un empleado de Altos Hornos de Bilbao en 1896 cerraba el breve ciclo de abierta resistencia de las fuerzas vivas tradicionales. A partir de este momento, la confrontación se veí­a substituida por la implorante exposición de méritos a la espera de gratitud por parte de los nuevos dueños de la situación:

“porque la fábrica ha necesitado arena para sus hornos y Baracaldo le ha abierto espontáneamente y gratuitamente sus abundantes bancos de sí­lice en los filones de Cruces (…) porque la fábrica necesitó aguas para su industria y Baracaldo le regaló gratuitamente, con perjuicio de la higiene, de la salud y de la comodidad de sus hijos, el más puro y abundan te manantial que nace en su s montañas (…) porque la fábrica necesitó brazos, para sus labores, y Baracaldo en aras de la industria, sacrificó el sudor, la sangre y hasta la vida de sus hijos en el holocausto del trabajo “.

Estas fuerzas vivas no pudieron con la fábrica y tuvieron que someterse a la dinámica polí­tica que ésta impuso. Siguieron presentes en el ayuntamiento cada vez más subordinadas a los rectores de Altos Hornos. Se colocaron la etiqueta de liberales o conservadores según el momento, pero su breve rebelión muestra su preferencia por una especie de corporativismo arcaizante que eludí­a el sufragio universal y que reivindicaba una representación apolí­tica, natural.

En este contexto de reconsideraciones acerca de cómo habí­a de organizarse la sociedad y el poder polí­tico que erosionaba los principios liberales harí­an su aparición los primeros nacionalistas.

1.2.- La propuesta de futuro: los primeros nacionalistas

La historiografí­a vasca coincide en señalar el carácter integrista y antiliberal del nacionalismo vasco. El primer nacionalismo de Sabino Arana, fue según J. Corcuera, “el grito de un tradicionalista que se rebela ante un mundo tan diferente a la utópica sociedad preindustrial”1. Pero a pesar de su ruralismo y de su inicial antiindustrialismo, el discurso de Arana no fue una mera variante del tradicionalismo. Sabino condensó esta tradición y la fuerista en una formulación explí­citamente nacionalista que daba respuesta a nuevas demandas sociales. Así­ se ha generado un amplio consenso historiográfico en torno a la consideración del nacionalismo vasco como la expresión polí­tica de unas clases medias atemorizadas por las consecuencias de la súbita industrialización vizcaí­na: crisis de las jerarquí­as tradicionales, retroceso de la religión católica, emersión súbita del conflicto social encarnado en unas masas obreras foráneas de reciente llegada, etc. El lema “Dios y Ley Vieja” proferido por modernos profesionales y clases medias urbanas dejaba clara la ubicación polí­tica del movimiento.

Los orí­genes del nacionalismo en Barakaldo.

El ideal de Sabino Arana parece haber contado en Barakaldo con un buen núcleo de adeptos desde su formulación. En este sentido, la sociedad Euskalduna, o Batzoki de Barakaldo, fue fundada oficialmente en 1898, aunque según Camino, “pudo ser el primer Batzoki inaugurado en Euzkadi, pero por deferencia a Sabino Arana, se retrasó hasta la inauguración del EUZLEKDUN BATZOKIJA”. Definida en estos años en la documentación municipal como una sociedad recreativa, en 1905 contaba con 86 socios.

Las voces de estos primeros nacionalistas barakaldeses no han llegado hasta nosotros. No se han encontrado escritos de propaganda ni editaron prensa alguna. Sus colaboraciones posteriores en la prensa nacionalista perfilaban la propuesta nacionalista barakaldesa como una variante xenófoba del tradicionalismo. La novedad estribaba en la atribución uní­voca a agentes exteriores de la responsabilidad de los males de la sociedad vasca, genéricamente la pérdida de las libertades, pero concretamente en estos años la disolución bajo los efectos de la industrialización del viejo mundo rural, ahora idealizado, y muy especialmente la secularización. Antimaquetismo y religiosidad constituí­an las coordenadas básicas del discurso nacionalista baracaldés o sobre Barakaldo de mediados de la primera década del siglo, como se verá con posterioridad.

Hasta qué punto este ideal era compartido por los primeros nacionalistas barakaldeses es una incógnita que nos obliga a una aproximación más sociológica que ideológica a este grupo.

Este discurso resistencialista parece apuntar a la reacción del mundo tradicional frente a las consecuencias sociales y culturales de la rápida industrialización vizcaí­na.

En este sentido, Ludger Mees, Santiago de Pablo y José A. Rodriguez señalan que los primeros apoyos del nacionalismo provení­an de un sector muy determinado “la pequeña burguesí­a urbana bilbaí­na ligada a actividades “preindustriales” o mercantiles tradicionales, amenazadas por el orden económico emergente. Empleados, pequeños comerciantes, artesanos, etc. fueron los primeros discí­pulos de un Maestro con el que, además de ilusión y utopí­a, compartí­an también juventud”.

El caso de Barakaldo no parece desmentir la impresión de estos autores, con la salvedad de que esa pequeña burguesí­a no era urbana, sino rural. Sólo disponemos del nombre de siete de estos primeros nacionalistas, por lo que todo intento de caracterización global es muy arriesgado. Sin embargo, el análisis de la extracción social de estos siete hombres arroja unos resultados significativos.

El primer concejal nacionalista de Barakaldo fue Eugenio de Tellitu Lí­bano, presidente de Euskalduna, que entró en el ayuntamiento en 1902. En el censo electoral de 1910 aparece como jornalero, pero la contribución rústica y urbana de 1896 lo sitúa más cerca del mundo de los labradores tradicionales. Viví­a en una casa con tierras de su propiedad a las afueras de San Vicente.

De Tomás Palacios Barañano, concejal en 1904, se sabe que era labrador de Retuerto y que en 1918-19 aparecí­a en la parte baja de los mayores contribuyentes. Más información se tiene de los nuevos concejales nacionalistas de 1906. José Urcullu Santurtún viví­a como Eugenio de Tellitu en San Vicente, era labrador y propietario de su casa y tierras. Igualmente, Tomás Zavalla, labrador de El Regato, poseí­a la explotación en que trabajaba. Pedro Bolivar, también labrador de Burceña, poseí­a además de la explotación que trabajaba otra casa con tierras que arrendaba. Sólo el labrador Raimundo de Uraga, concejal desde 1904, no era dueño de su explotación.

Esta radiografí­a de la representación polí­tica del primer nacionalismo barakaldés parece circunscribirlo a un grupo social muy concreto: los labradores, un espectro social mayoritariamente propietario de la explotación que trabajaba. Solamente Guillermo de Ariño, presidente de Euskalduna en 1904, era carpintero. En todo caso, se trataba de un grupo social claramente vinculado al mundo tradicional bastante similar al descrito para Bilbao por los autores anteriormente citados.

Sin embargo, a diferencia de lo que señalan los autores citados para el caso bilbaí­no, la edad en el caso de los primeros nacionalistas barakaldeses no parece resultar un factor diferenciador. Ciertamente, Eugenio de Tellitu y Tomás Zavalla eran bastante  jóvenes cuando accedieron a la condición de concejal (34 y 29 años respectivamente), pero el resto de los concejales nacionalistas pasaba de los cuarenta. Además, otros concejales de filiación no nacionalista eran más jóvenes que ellos Resulta significativo que no se encuentre entre los primeros nacionalistas a ningún representante del otro grupo de fuerzas vivas del mundo tradicional: los propietarios agrí­colas que complementaban sus rentas con el negocio inmobiliario y que pretendieron hacerse con el control polí­tico de la población en los primeros años del siglo. El nacionalismo aparece, pues, en Barakaldo como la expresión polí­tica de un sector del mundo tradicional: aquél que no se vinculó sus medios de vida a la nueva situación creada por la industrialización.

Más que por el orden económico emergente en sí­, tal como lo expresan de Pablo, Mees y Rodrí­guez, estos sectores se veí­an amenazados por sus consecuencias culturales, ideológicas y simbólicas, de un lado, y por las polí­ticas, de otro. La insistencia en una invasión de gentes extrañas que corrompí­an unas formas de vida y costumbres tradicionales (“la bestia exótica”) deja claro el trauma que supuso para estos grupos la súbita transformación de Barakaldo. Pero además de esta conciencia de fortaleza asediada en el orden cultural y simbólico, el primer nacionalismo barakaldés respondí­a también a una amenaza polí­tica. Ante la nueva burguesí­a local de propietarios y las nuevas clases medias promocionadas por Altos Hornos, los nacionalistas apuntalaron la presencia de los labradores entre el personal polí­tico local, evitando a partir de 1904 un reflujo similar al que vivieron los propietarios. En este sentido, el primer nacionalismo barakaldés parece la reacción de los elementos medios de la sociedad tradicional frente a la deserción de las élites tradicionales, subordinadas polí­tica y económicamente a los nuevos tiempos industriales.

1.3.- La nueva polí­tica

El nacionalismo vasco no consiguió atraer a la burguesí­a vasca ni a sectores notables de la élite polí­tica restauracionista, que en el caso vizcaí­no vení­an a coincidir. Existieron movilizaciones económicas similares a las catalanas como la agitación finisecular de la Liga de Productores, las campañas para la renovación de los Conciertos Económicos de 1906 o las dirigidas contra los impuestos de beneficios extraordinarios de Alba en 1917. Todas ellas generaron plataformas suprapartidistas y cí­vicas que el nacionalismo vasco intentó capitalizar, pero el naviero Ramón de la Sota fue la excepción en el seno del nacionalismo vasco, y no la norma como en el catalanismo. En consecuencia, el nacionalismo vasco quedó limitado a su base social de clases medias atemorizadas por los efectos de la industrialización de Bilbao y la Rí­a y a islotes de notables locales en el resto del Paí­s Vasco. Libre del contrapeso de intereses sólidos, pragmáticos y concretos que templasen su discurso, el nacionalismo vasco siguió una evolución propia como un movimiento fuertemente ideologizado y claramente al margen del sistema de poder de la Restauración, circunstancia que lo hace diametralmente diferente del catalanismo. La rapidez con la que se moderó el catalanismo apunta a que la radicalidad discursiva y práctica del nacionalismo vasco fue el resultado de este fracaso a la hora de pactar con las redes de poder polí­tico y social restauracionistas, no su causa, como propone J. Corcuera. No fue la radicalidad del discurso lo que provocó que la burguesí­a vasca no se hiciera nacionalista (el nacionalismo catalán no era menos radical), sino que fue esta negativa a incorporarse al nacionalismo lo que permitió la continuación de esta pureza y radicalidad.

Sin embargo, la reconversión del entramado de poder restauracionista, si bien marca claramente las diferencias con el caso vasco, no basta para explicar la consolidación de un movimiento tan sólido y coherente como el catalanismo. La adhesión de notables y burgueses a un movimiento nacionalista no es fruto de un cí­nico y manipulador cálculo que aconsejaba en un determinado momento cambiar de fidelidad nacional, tal y como acostumbran a caricaturizar los que pretenden subrayar la implicación de estos sectores. La condensación del movimiento se efectuó lentamente a través de ese campo de convergencia de derecha antiliberal definido por la común desconfianza hacia las implicaciones potencialmente peligrosas del liberalismo del que se ha hablado en el primer capí­tulo. El discurso abiertamente nacionalista sólo era, como se ha indicado, la expresión más radical o más consecuente de un maremágnum de reconsideraciones, fobias y miedos comunes; ahora bien era el más operativo para encarar el segundo fenómeno que actuó como cuajo ante la diversidad de ingredientes ideológicos: la ofensiva de la izquierda.

La razón de fondo de este fracaso radicarí­a en la debilidad del desafí­o de la izquierda en el conjunto de la sociedad vasca. La fuerza polí­tica de la izquierda sólo era importante en las capitales de provincia, la Rí­a, la zona minera y alguna localidad guipuzcoana como Eibar. Fuera de Bilbao (donde los republicanos obtuvieron actas en diferentes ocasiones y el socialista Prieto fue diputado a partir de 1918), desde 1898 hasta la Dictadura de Primo la presencia de la izquierda entre los diputados vascos se redujo a dos actas por San Sebastián y dos por Vitoria. Incluso en la Diputación de Vizcaya la participación de la izquierda fue inexistente hasta 1909 y mí­nima partir de esta fecha.

Al margen de esta presión izquierdista tan acotada geográficamente, las derechas eran hegemónicas en el resto del Paí­s Vasco. Dinásticos, carlistas e, incluso, católicos independientes o neutros tení­an unas sólidas bases de poder. Nada les impelí­a a transigir con sus competidores de derechas. La propuesta movilizadora del nacionalismo vasco no compensaba las renuncias sectoriales cuando fuera de Bilbao era todaví­a posible en los años veinte ganar las elecciones por mecanismos tradicionales e, incluso en la misma Vizcaya, era posible compaginar el pacto tácito con la izquierda y la corrupción

La mayorí­a innominada de Barakaldo

Los avances institucionales del nacionalismo vasco fueron bastante limitados hasta 1917. El PNV, como se ha indicado, no contó con el apoyo de la burguesí­a vasca, ni con las redes de poder restauracionistas. Su primer éxito electoral (la elección de Sabino Arana como diputado provincial en 1898) fue posible gracias al apoyo del grupo euskalerriaco que aportó respetabilidad, contactos y dinero. Pero este grupo de fueristas liberales, procedentes de la sociedad Euskalerria y dirigidos por el naviero Ramón de la Sota, que se ha homologado a los burgueses regionalistas de la Lliga, distaba mucho de la representatividad social y la potencia económica del mundo burgués que pactó con los catalanistas. En consecuencia, el PNV tuvo que luchar realmente desde fuera del sistema, sin complicidades de los poderes fácticos. Por ello, la presencia institucional del nacionalismo vasco se vio limitada hasta la guerra mundial a los ayuntamientos, ya que incluso en Vizcaya, la única provincia donde el partido tení­a fuerza electoral, sus avances en la Diputación fueron extraordinariamente lentos.

La actuación del PNV como moderno partido de masas estuvo vinculada a la modernización del escenario polí­tico de la capital vizcaí­na. La gran inmigración de las dos últimas décadas del siglo XIX habí­a roto los ví­nculos personales que estaban en la base del clientelismo local, que fue substituido por la falsificación del sufragio a gran escala. Como sucedió en Barcelona, aunque no de una manera tan súbita, estos mecanismos caciquiles se colapsaron ante la presión de partidos polí­ticos modernos. En 1905 el alcalde de Real Orden Gregorio de Balparda era el único dinástico presente en el consistorio. Desde esta fecha republicanos y socialistas constituyeron los grupos municipales más numerosos, seguidos de los nacionalistas. La consolidación del nacionalismo vasco como la primera fuerza de las derechas en la ciudad de Bilbao fue paralela, por tanto, a la movilización de las izquierdas, de manera similar a lo que pasaba en Barcelona. La diferencia estaba en que el nacionalismo vasco luchaba en solitario y con complejas relaciones de competencia con el resto de las fuerzas de la derecha.

Sin embargo, esta competencia en Bilbao no ha de ocultar que se pueden detectar desarrollos del espacio de convergencia de derechas similares al catalán. La súbita victoria nacionalista en el ayuntamiento de Bermeo, donde obtuvo la mayorí­a absoluta en 1901, recuerda demasiado a la prototí­pica reconversión de notables locales catalanas. De manera similar, en Barakaldo los nacionalistas actuaron hasta 1917 como un grupo más de la mayorí­a innominada, la coalición de fuerzas vivas locales, que con las tradicionales prácticas caciquiles, dominó el ayuntamiento bajo la dirección de Altos Hornos.

La constitución de Altos Hornos de Vizcaya en 1901, por la fusión de la Sociedad La Vizcaya y Altos Hornos de Bilbao, acentuaba la concentración y el gigantismo que habí­a caracterizado la moderna industria vizcaí­na desde su nacimiento.

Subrayaba también el enorme poder del reducido grupo de familias que controlaban tanto la explotación minera como la producción industrial y los servicios financieros. De la misma manera que participaban en el control de la polí­tica vizcaí­na, los propietarios de AHV convirtieron el ayuntamiento de Barakaldo prácticamente en una sección más de su compañí­a. Hasta 1917, AHV dirigió la polí­tica municipal baracaldesa, combinando en un bloque de derechas hegemónico y fiel a sus intereses a las distintas sensibilidades polí­ticas y sociales de la derecha local. Este largo dominio de AHV puede dividirse en dos etapas.

La primera, de finales del siglo XIX a 1909, se caracterizó por la desactivación y final desaparición de la oposición tratada en el apartado anterior entre fuerzas vivas tradicionales y la fábrica. En un primer momento, AHV compensó la esterilidad polí­tica de estas élites tradicionales subrayando simbólicamente su viejo liderazgo. Respetó, así­, su derecho a ocupar los primeros cargos en los equipos de gobierno local para progresivamente reducirlos a la alcaldí­a. Bajo la teórica presidencia de algún miembro de las viejas familias baracaldesas, las nuevas clases medias del Barakaldo industrial, fueron haciéndose con el control del equipo de gobierno.

En la segunda etapa, de 1909 a 1917, fueron apareciendo los primeros desafí­os, externos e internos, al dominio de la fábrica. Desde fuera del poder local, la conjunción electoral formada por socialistas y republicanos fue sacando penosamente a la izquierda del ostracismo en que se hallaba sumida hasta el momento. En el interior del bloque liderado por AHV, un sector del nacionalismo pugnó por mejorar sus posiciones relativas frente a otros sectores. Ante estos desafí­os, la fábrica optó en estos años por consolidar su propia opción polí­tica, en torno a la cual habí­an de vertebrarse los sectores que se mantuvieron fieles a sus directrices.

La modernización polí­tica 95

La hegemoní­a polí­tica de Altos Hornos La primera década del siglo XX se caracterizó en Barakaldo por la disolución de la oposición entre los propietarios que pretendí­an mantener su independencia en la polí­tica municipal y los intereses de las empresas industriales radicadas en el término municipal. Hasta 1904 las fuerzas vivas independientes de Barakaldo controlaron los equipos de gobierno. Mas estas fuerzas vivas no eran en absoluto, a pesar de su discurso, la expresión del mundo tradicional. Su propia composición revelaba las contradicciones de la sociedad vizcaí­na del cambio de siglo a causa de la rápida industrialización.

El Barakaldo tradicional estaba representado por los labradores. Se trata de una categorí­a ambigua, pero el estudio de la contribución rústica apunta a campesinos medios o acomodados, propietarios de la casa y tierras que trabajaban, además de alguna otra de la que obtení­an rentas. Este es el caso de Separio de Goicoechea, alcalde de 1899 a 1903 que poseí­a una explotación en Luchana, del concejal Julián Zavalla, propietario de dos fincas, una de las cuales explotaba directamente, o del concejal Fernando Echevarria que explotaba una finca propiedad de su familia. Aquellos que ya no mantení­an un contacto directo con el trabajo en la tierra aparecí­an como propietarios. Pero los propietarios que intervení­an en el ayuntamiento ya no eran la expresión del mundo tradicional, a pesar de seguir obteniendo rentas de sus fincas. La mentalidad rentista de estos grupos acomodados no habí­a dejado escapar las oportunidades que los nuevos tiempos industriales ofrecí­an, concretamente las necesidades de alojamiento de las masas obreras que llegaban a Barakaldo. Los propietarios que participaban en el ayuntamiento a principios de siglo mantení­an sus propiedades en el campo, pero eran sobre todo los dueños de los nuevos edificios de viviendas para trabajadores de El Desierto, de los que obtení­an substanciosas rentas. Dadas las competencias del ayuntamiento en cuestiones de urbanismo y sanidad, eran sin duda el sector social de la localidad que mayores beneficios podí­a obtener del control del consistorio. El equipo de gobierno de 1902 situaba al frente del gobierno local a los mayores propietarios urbanos del municipio. Pero más allá del interés directo por beneficiarse el control del poder, su presencia en el ayuntamiento muestra su disposición a liderar polí­ticamente el nuevo Barakaldo.

Sin embargo, el mismo proceso de industrialización que parecí­a otorgarles la hegemoní­a frente a las élites más tradicionales estuvo en la base de su desaparición. Los efectos de la industrialización sobre la sociedad barakaldesa no se limitaron a consolidar a una burguesí­a local rentista que participaba de la novedad subsidiariamente frente a una masa de trabajadores hostiles. Se desarrollaron también, y en mayor medida, unas nuevas clases medias cuyo grueso no eran industriales y comerciantes de variada condición, sino básicamente empleados. Puesto que la mayorí­a de estos empleados dependí­a directamente de la fábrica, su promoción polí­tica cumplí­a una doble función. A la vez que implicaba modernización polí­tica frente a la hegemoní­a de los propietarios, reforzaba el dominio de Altos Hornos sobre el poder local.

En 1906 los propietarios habí­an desaparecido de los equipos de gobierno y se iniciaba el rápido reflujo de su presencia en el consistorio. En su lugar, las nuevas clases medias iniciaban un despegue hasta convertirse en el grueso del personal polí­tico local. La mayor parte de esta expansión correspondió a los empleados, mientras que la presencia de las capas medias independientes (comerciantes, industriales, etc) apenas varió en relación a principios de siglo En estos años recobraba protagonismo en el consistorio un hombre como Domingo Sagastagoitia, antiguo combatiente carlista y empleado de Altos Hornos, alcalde en 1896, a quien La Ortiga Baracaldesa denunciaba como hombre al servicio de la empresa, y que retuvo la primera tenencia de alcaldí­a de 1906 a 1910. En 1904 entraba en el ayuntamiento otro empleado que habí­a de tomar el relevo de Sagastagoitia como hombre fuerte de la fábrica. Rodolfo de Loizaga, presente en el consistorio de 1904 a 1923, se estrenaba como sí­ndico en el perí­odo 1906-1909.

AHV no pretendí­a, sin embargo, socavar la autoridad social de estos propietarios locales. Respetó la dimensión simbólica de su liderazgo sobre la comunidad y les reservó siempre la alcaldí­a. Como comentaba la prensa republicana en 1909, cuando la negativa del anterior alcalde Tomás de Begoña a seguir en el cargo hací­a sonar el nombre de Domingo Sagastagoitia, “sólo se echará mano de él si no hay ningún propietario importante que quiera la alcaldí­a, y nadie la quiere dada la función de ser subordinado de Altos Hornos”. Y efectivamente Tomás de Begoña fue sustituido por el propietario Pablo Arregui, alternativamente conservador y liberal.

La variabilidad polí­tica del propietario Pablo Arregui muestra que las etiquetas polí­ticas no daban cuenta de los condicionantes básicos del poder en el Barakaldo en la primera década del siglo. Si bien los hombres más destacados de la fábrica fueron católicos sin filiación polí­tica, el calificativo de liberal, conservador a nacionalista no tení­a mayor transcendencia en cuanto al grado de fidelidad a la polí­tica de AHV. De hecho, la primera década del siglo se caracterizó en Vizcaya por la profunda desorganización de las fuerzas polí­ticas en el tránsito de la antigua dinámica polí­tica basada en la oposición entre tradicionalismo y liberalismo a un modelo polí­tico dominado por la oposición entre derecha e izquierda.

Esta transición se efectuó en Barakaldo bajo la batuta directora de Altos Hornos que combinó todas las sensibilidades de la derecha local en los equipos de gobiernos,  formando aquella “mayorí­a innominada, incolora, tocada de extraños influjos”, sobre la que ironizaban los republicanos. La fábrica designaba los candidatos y amañaba las elecciones, pero no se decantó en esta etapa por una opción polí­tica propia. La práctica disolución hacia 1903 de la “Piña” que agrupaba a las fuerzas dinásticas en Vizcaya privaba tanto a la fábrica como a los dinásticos locales de un claro referente partidista.

Conservadores, liberales y nacionalistas se combinaron durante estos años en los equipos de gobierno sin que tal adscripción polí­tica pesara en exceso en la práctica polí­tica local. La aparición de una candidatura liberal demócrata en las municipales de 1905, que obtuvo las dos concejalí­as de mayorí­as en el distrito de Desierto, apuntarí­a a la existencia de un sector del liberalismo que pretenderí­a reafirmar la oposición al tradicionalismo. Sin embargo, la reafirmación liberal no iba a ser la salida al marasmo polí­tico de la primera década del siglo ni en Vizcaya, ni en Barakaldo. Por el contrario, los liberales fueron la principal ví­ctima de la reorganización de las oposiciones polí­ticas en Vizcaya que se fue fraguando en estos años. La candidatura liberal-demócrata de 1905 fue el canto del cisne del liberalismo barakaldés. Tras esta elección, el mayor éxito liberal fue la proclamación de dos concejales por el artí­culo 29 en las elecciones de 1909. A partir de esta fecha, el término liberal desapareció de los referentes polí­ticos baracaldeses de la misma manera que desaparecí­a del discurso del Cí­rculo Conservador fundado en 1909 en Bilbao para dirigir el monarquismo vizcaí­no.

La erosión del ámbito polí­tico liberal y la propia evolución del monarquismo vizcaí­no hacia los principios de orden, catolicismo y monarquí­a abrí­a un amplio campo de confluencia de derechas entre este nuevo conservadurismo y los sectores que provení­an del campo tradicionalista. Tres referentes polí­ticos se disputaban en Barakaldo, al igual que en Vizcaya, la herencia del tradicionalismo antiliberal: el carlismo, el integrismo católico y el nacionalismo.

LAS DERECHAS

El carlismo

La rápida transformación de Barakaldo en un núcleo industrial no dibujaba un panorama demasiado alentador para los herederos directos del tradicionalismo. El carlismo baracaldés se reorganizaba en 1905 con la refundación de la Sociedad Tradicionalista, ya existente en 1892, pero su estrella polí­tica local parecí­a declinar. El comerciante y labrador jaimista Leonardo Cobreros pasaba de la cuarta tenencia de alcaldí­a en 1902 a la mera concejalí­a en 1904, y, finalmente, a la exclusión del consistorio después de su fracaso electoral en la lucha por la minorí­a en el distrito de Burceña, en el que apenas cosechó 68 votos. En 1909 intentaron los jaimistas conseguir la minorí­a por el distrito de Retuerto, pero como denunciaban los nacionalistas, el carlismo no contaba ni con base social ni con capacidad electoral (“les metieron más de cien bolillas”) para impedir la victoria del candidato socialista64.

El catolicismo

A diferencia de lo que les sucedí­a a los carlistas, los católicos vivieron una significativa expansión polí­tica en este periodo gracias a los efectos combinados del favor de la fábrica y su amplia base asociativa. El asociacionismo católico local se concretaba en la conferencia de San Vicente de Paúl (1898), el Centro Católico Obrero (1903) y el Centro Católico Obrero de Alonsótegui (1908), además de las sociedades piadosas de las Hijas de la Cruz y de San Francisco de Sales. Sus efectivos eran, además, los más numerosos de la localidad. El Centro Católico Obrero y la Sociedad de Socorros Mutuos de San Vicente de Paúl, con 276 y 591 socios respectivamente, se distanciaba considerablemente del resto de las sociedades de resistencia y socorros mutuos como la Unión Obrera (82 socios).

Los presidentes de ambas sociedades ocuparon cargos como concejales en estos años. El presidente de San Vicente de Paúl en 1909 fue concejal de 1901 a 1905. Más peso polí­tico tuvo el ya mencionado Domingo Sagastagoitia, presidente del Centro Católico en 1905, que habí­a sido concejal en los periodos 1881-1885 y 1894-1898, además de alcalde al menos en 1896. El empleado de Altos Hornos de quien habí­an abominado los propietarios de La Ortiga volví­a a concurrir en las elecciones municipales de 1905 por las mayorí­as en el distrito de San Vicente junto al propietario conservador Begoña y pasaba a ocupar la primera tenencia de alcaldí­a desde 1906 hasta 1910. En 1904 entraba en el ayuntamiento el católico y empleado de AHV, Ramón de Loizaga, que permanecerí­a en el consistorio desde esta fecha hasta 1923, con la excepción del bienio 1911-1913 y durante la República, siendo alcalde de 1920 a 1923.

El catolicismo barakaldés, por tanto, mejoró sensiblemente sus posiciones en el poder municipal en esta primera década del siglo. A pesar de contar únicamente con dos concejales consiguió la primera tenencia de alcaldí­a en 1906 y la retuvo hasta 1918, incrementando además su presencia en el equipo en los años siguientes como ya se ha indicado. La movilización se realizaba a partir de La Gaceta del Norte de Bilbao.

El nacionalismo

El tercer vértice del viejo campo tradicionalista estaba ocupado por los nacionalistas que pugnaban por hacer gravitar a su alrededor a los dos sectores anteriores. Los nacionalistas se perfilaban como una nueva sí­ntesis de las tradiciones antiliberales y católicas, desprovista de los lastres dinásticos y polí­ticos carlistas, pero añadiéndole las radicales implicaciones polí­ticas de la ortodoxia sabiniana más o menos latente. En este sentido, el nacionalista retuertoarra Tabejón (Taranco) se definí­a “defensor empedernido de los intereses Católico-Bizcaitarras” y Aberri destacaba en su reparación (…) “¡A Barakaldo! A descargar el latigazo a la bestia exótica; a expulsarla de nuestro seno; en que se abriga y nos hiere traidora. ¡A Barakaldo!”  con un negativo diagnóstico sobre la localidad la cuestión religiosa:

“…Barakaldo, nobilí­sima Anteiglesia antes, y convertida hoy, por la invasión exótica, en pocilga inmunda donde toda mala pasión es engendrada, y donde tienen asiento el ponzoñoso virus de la irreligiosidad y cualquier clase de ideas disolventes, haciendo huir avergonzado todo sentimiento noble”.

De hecho, las mayores movilizaciones públicas del nacionalismo local recreaban una comunidad armónica y tradicionalizante en la que el elemento religioso y, por tanto, la institución eclesiástica, desempeñaba un papel preeminente. Las Fiestas Vascas, tanto las de la Juventud Vasca como las celebraciones de aniversarios de batzokis, se vertebraban en torno a la Iglesia. Elementos fijos del programa eran la misa de comunión de todos los participantes como primer acto y la misa cantada como segundo. Luego vení­an los bailes frente a la iglesia, la comida y la excursión o el mitin según los casos.

Este tipo de fiestas constituí­an no sólo la auténtica y honrada expresión del pueblo vasco que habrí­a de atemorizar a la “bestia exótica”, sino un ejemplo de virtudes terapéuticas sobre “los vascos corrompidos [que], fascinándose en la luz radiante del Nacionalismo, sentirán desaparecer de sus inteligencias las brumas que hoy les ciegan”.

La novedad del nacionalismo se limitaba a la solución polí­tica que ofrecí­a a la nueva situación. Las identidades y concepciones del pasado en que el ideario nacionalista se basada no eran, sin embargo, algo nuevo. Ya se señaló en el apartado anterior cómo estas consideraciones vertebraban el discurso de las élites barakaldesas, incluidos los propietarios y rentistas, a la hora de evaluar la nueva situación. Lejos de presentarse como una novedosa opción anti-stablishment, los representantes del nacionalismo baracaldés constituí­an una manifestación especí­fica de un discurso ampliamente difundido y, en consecuencia, se combinaban sin problema en la mayorí­a dirigida por Altos Hornos junto al resto de las fuerzas vivas de la derecha local.

La implantación asociativa del nacionalismo permaneció reducida hasta 1905 a la sociedad Euskalduna de San Vicente. A partir de esta fecha, el asociacionismo nacionalista vivió una importante expansión. La segunda entidad nacionalista de Barakaldo se fundó oficialmente en Retuerto en 190669, aunque ya hay noticias de su funcionamiento desde 190570. La expansión organizativa del nacionalismo se completó en los años siguientes con la fundación en 1907 de la Juventud Vasca71 y, en 1908, del Batzoki de Alonsótegui.

Esta expansión asociativa se desarrolló paralela a la ampliación de la presencia del nacionalismo barakaldés en el gobierno local. De un sólo concejal en 1902, Eugenio de Tellitu, presidente de Euskalduna, el nacionalismo incrementó su participación en el ayuntamiento hasta los tres concejales en 1904 y los cuatro en 1906. Esta evolución invirtió su signo en 1909 reduciendo la presencia nacionalista a dos regidores. A pesar de sus limitados efectivos en la corporación (una media del 13% durante este periodo), los nacionalistas baracaldeses consiguieron posiciones significativas en los equipos de gobierno. Ocuparon la tercera y cuarta tenencia de alcaldí­a en 1904, la sindicatura suplente en 1906 y la tercera de 1909 a 1912.

La integración del nacionalismo en la coalición que lideraba Altos Hornos y en sus prácticas quedaba subrayada por la complementariedad de la candidatura nacionalista por la minorí­a de San Vicente con la oficial de la derecha. Los tres candidatos obtení­an aproximadamente el mismo número de votos. De hecho, no se trataba sólo de que estos primeros nacionalistas no se diferenciaran excesivamente para los votantes de los conservadores o católicos con los que se complementaban, sino que simplemente formaban parte de la candidatura oficial que se imponí­a en una elección de dudosa limpieza. Ni siquiera un copo perfectí­simamente organizado podrí­a hacer coincidir la votación obtenida por el total de los candidatos con el número de votos emitidos.

A la minorí­a por San Vicente, se añadí­a a partir de 1903 una concejalí­a por Retuerto. Sólo en esta ocasión disputó el candidato nacionalista en este distrito una elección reñida. A partir de 1905 contaba con su elección por la mayorí­a. Fueron concejales por Retuerto Raimundo Uraga y Tomás Zavalla, ambos labradores, que hasta la consolidación institucional del nacionalismo con el batzoki en 1906, se apoyaron en el Sindicato Agrí­cola del barrio.

El hecho de que los nacionalistas contaran con un regidor por Retuerto antes de contar con batzoki en el barrio sitúa su expansión institucional más en el equilibrio de las fuerzas vivas tradicionales que en una nueva manera de hacer polí­tica. Sin embargo, el nacionalismo barakaldés presentaba ya a finales de la primera década del siglo un elemento clave: una amplia base asociativa que habí­a de convertirse en su fuente de poder cuando las disensiones en el seno de la coalición de orden llegasen a ser insalvables.

La especificidad social, ya señalada, del nacionalismo baracaldés quedaba subrayada por contraste con la extracción social de los representantes del resto de las fuerzas polí­ticas. La identificación de la tradicional élite de propietarios con el conservadurismo resultaba absoluta. No se tienen datos de concejales propietarios que optasen por otra adscripción polí­tica que la de conservador durante este periodo, a la vez que la mitad de los concejales conservadores eran propietarios. Estos propietarios, junto a un médico, dibujaban un perfil social de los concejales conservadores en el que las clases altas superaban el 57%. El resto de los conservadores provení­a de las clases medias y muy destacadamente del sector de los empleados.

Sin embargo, no era el conservadurismo la adscripción polí­tica mayoritaria de estos empleados que iban ampliando su peso en la corporación durante estos años. Un tercio de ellos se declaraba liberal, constituyendo el grueso de los concejales liberales. La representación liberal, cuya extracción social nos es sólo parcialmente conocida, se perfilaba así­ como eminentemente de clases medias, llegando a incorporar a un jornalero entre sus filas. El otro tercio de los empleados se proclamaba católico, alcanzando en este caso la correlación entre profesión y militancia una intensidad sólo comparable a la del nacionalismo y los labradores. De los siete mandatos católicos, cinco fueron ejercidos por empleados, siendo desconocida la procedencia social del resto de los católicos.

En resumen, frente a conservadores y liberales, de extracción social más difusa, la representación nacionalista y católica tuvo un perfil social muy marcado, labradores y empleados respectivamente. El mundo rural tradicional, modesto, pero independiente en el primer caso; las nuevas clases medias en expansión y dependientes de la industrialización en el segundo.

LAS IZQUIERDAS

Al margen de la entente práctica de este amplio espectro de derechas, la fuerza polí­tica de la izquierda aparecí­a como extremamente débil e irregular. Los republicanos superaban a los socialistas en tradición e implantación asociativa. El Cí­rculo Republicano fundado en 1891 y la más reciente Juventud Republicana de 1904, con 197 y 68 socios respectivamente, situaban al asociacionismo republicano como el más numeroso de la localidad después del católico. Contaban, además, los republicanos con los Cí­rculos Republicanos de Alonsótegui y Retuerto (39 socios), consiguiendo una implantación en los diferentes núcleos del municipio similar a la nacionalista.

En los primeros años del siglo el republicanismo baracaldés se mantuvo en las coordenadas de la vieja oposición liberalismo – tradicionalismo. Como vanguardia del frente liberal sostuvo en la localidad la antorcha del antitradicionalismo con sus escuelas laicas y su denuncia de la creciente influencia polí­tica del catolicismo en sus distintas expresiones (“sociedad jesuí­tica”) fruto de la erosión liberal. Pero esta propuesta de desarrollo del liberalismo se estrellaba contra la estrategia de frente de derechas impulsada por Altos Hornos.

En el terreno de las oposiciones locales, el republicanismo baracaldés retomaba el testigo que habí­an abandonado los propietarios agrí­colas y pugnaba por convertirse en el cauce de expresión polí­tica del descontento del segundo escalón de la pirámide de agraviados por la fábrica: los comerciantes. Los ví­nculos del republicanismo con los comerciantes eran estrechos. Su estructura para las elecciones provinciales se articulaba en torno a las tiendas, y sus principales candidatos eran tenderos. Esta circunstancia ligaba í­ntimamente el republicanismo a la Unión Comercial, sociedad de defensa del comercio local, presidida por un republicano. La Unión Comercial y el republicanismo presentaron candidaturas complementarias a las elecciones municipales de 1903 y 1905.

Sin embargo, también en este ámbito de las oposiciones locales, y con mayores motivos, bloqueó Altos Hornos las estrategias del republicanismo local. Ni siquiera bajo la apariencia de representantes del comercio, consiguieron los republicanos ser considerados en las combinaciones electorales de la fábrica, y no obtuvieron más que un sólo concejal por Retuerto en 1905. En consecuencia, tanto la dinámica polí­tica general (imposibilidad de desarrollar el frente antitradicionalista) como el juego de oposiciones locales (imposibilidad de hacerse un hueco en las redes pactadas de poder local) abocaban al republicanismo a la ruptura definitiva con Altos Hornos y el monarquismo local y a la alianza con los socialistas.

Los socialistas habí­an constituido, por su parte, la Agrupación Socialista en 1902 y la Juventud en 1904, además de la Agrupación Socialista del Regato. Con 86, 28 y 30 socios respectivamente, se situaban ligeramente por encima de los efectivos del nacionalismo y le tomaban la delantera en la organización de las juventudes. A diferencia de la actuación más localista y coyuntural de los republicanos, los socialistas aparecí­an como una opción claramente polí­tica al margen del poder local y presentaban desde mediados de los años noventa candidaturas en todos los distritos. Sin embargo, obtuvieron un único concejal en 1899 y tuvieron que contentarse con rozar en 1903 la nominación en Burceña y Retuerto en 1903 y 1905.

Los escasos votos que obtení­an los socialistas en El Desierto, el nuevo centro nacido entorno a Altos Hornos, ilustran las dificultades de implantación del partido entre los obreros de la fábrica y obliga a matizar la imagen del partido como expresión polí­tica del moderno proletariado. De hecho, más que en la oposición entre capital y trabajo, los socialistas, al igual que los republicanos, se ubicaban en la más tradicional y genérica oposición entre Altos Hornos y el pueblo. Como en el caso de los republicanos, eran comerciantes e industriales, concretamente taberneros, quiénes desde el campo socialista demandaban el voto para alterar el estatus quo local.

La extensión del término municipal de Barakaldo y su fragmentación en diversos núcleos de población le privó de un comportamiento polí­tico más o menos uniforme. Cada distrito electoral de Barakaldo, y aún cada sección, presentó unas caracterí­sticas polí­ticas diferenciadas.

En San Vicente, viejo núcleo de la localidad, se impusieron sin dificultad las candidaturas de derechas o de orden basadas en la combinación ya señalada de un candidato nacionalista por la minorí­a y conservadores o católicos por las mayorí­as. Frente a esta combinación, la izquierda no sobrepasó los 180 votos, aproximadamente un 25% de los votantes.

El Desierto, situado entre San Vicente y la Rí­a, era la zona de crecimiento del Barakaldo industrial. En él se ubicaban la empresa Altos Hornos, las estaciones de ferrocarril y, de hecho, el centro del moderno Barakaldo. Sin embargo, resulta significativo que no fuera el núcleo más moderno del municipio el protagonista de la modernización polí­tica. Por el contrario, fue el distrito sobre el que la fábrica ejerció una influencia más directa y en el que por más tiempo se mantuvieron las viejas prácticas de manipulación del sufragio. Todo ello le convertí­a en inaccesible para los nacionalistas que no presentaron candidaturas por El Desierto hasta la II República. Tampoco fue un distrito favorable a la izquierda, aunque las candidaturas republicanas de la Unión Comercial rozaron la proclamación por minorí­as en 1903 y obtuvieron en 1905 un 15% de los votos. Las fuerzas socialistas fueron casi testimoniales (entre un 5 y un 9%). Era, por tanto, un feudo de las candidaturas dinásticas de la fábrica, y especialmente, del católico Rodolfo de Loizaga.

Existen indicios para otorgar crédito a las denuncias de abierta manipulación electoral tanto en San Vicente como en El Desierto. En ambos distritos las concejalí­as eran pactadas con anterioridad a la elección que meramente sancionaba el acuerdo previo. En 1905 este acuerdo incluí­a a un excombatiente carlista destacado dirigente del catolicismo local, a un propietario conservador y a un labrador nacionalista por San Vicente, y a dos liberales demócratas junto a un candidato de filiación desconocida por El Desierto. Ni siquiera se intentaba conferir verosimilitud al resultado manteniendo alguna distancia entre los concejales proclamados por la mayorí­a y el de la minorí­a; los tres eran candidatos oficiales y los tres obtení­an el mismo número de votos. De hecho, como ya se indicó, sólo un perfectamente organizado y poco verosí­mil copo en ambos distritos podrí­a hacer coincidir el total de los votos obtenidos por los candidatos y el número de votantes, en torno al 75% del censo en los dos distritos.

Así­, pues, más allá de la cooptación del nacionalismo en San Vicente, no hubo verdadera pugna polí­tica en los dos distritos que componí­an el núcleo urbano de Barakaldo.

La competencia electoral quedaba en realidad limitada a los distritos de Retuerto y Burceña, menos controlables por la fábrica.

Por Retuerto compitieron personalidades representantes de todo el espectro polí­tico. El hecho de que las candidaturas fueran siempre uninominales permite que sea el distrito dónde se conoce con mayor exactitud la fuerza de cada una de las sensibilidades polí­ticas.

Desde la elección del nacionalista Raimundo de Uraga en 1903, el nacionalismo se aseguró la concejalí­a por mayorí­as. Se disputaron la minorí­a carlistas, independientes, y, especialmente republicanos y socialistas, que en 1903 y 1905 consiguieron un 23 y un 19% de los votos respectivamente. La elección en Retuerto era especialmente reñida. En 1903 los republicanos quedaron sólo a tres votos de la victoria y los socialistas a veinte. En 1905 obtuvieron en este distrito los republicanos su único concejal durante este periodo.

El distrito de Burceña aparecí­a dividido entre Alonsótegui, “pueblo mitad fabril, mitad minero” en el interior, y el núcleo industrial de Luchana en la Rí­a. Dominado hasta 1909 por los liberales, se perfilaba ya en 1905 como un distrito abierto a la competencia polí­tica en el que los socialistas retení­an el 21% de los votos ya conseguido en 1903, mientras que la primera candidatura nacionalista se hací­a con el 12%.

La relativa independencia de estos distritos del control de Altos Hornos no cuestionó la dinámica polí­tica basada en el papel directivo de la empresa en la configuración de una amplia mayorí­a de derechas en el ayuntamiento afí­n a sus intereses.

La desorientación y reorganización del monarquismo dejaba un amplio campo de juego a nuevas sensibilidades polí­ticas como el nacionalismo. La empresa reconocí­a su representatividad y lo integraba, ya fuera dándole la representación de la derecha en Retuerto o combinándolo con sus candidaturas en San Vicente. Las peculiaridades ideológicas de cada uno de los sectores de derechas no eran óbice para su común funcionamiento y los incidentes de Retuerto eran un buen ejemplo de ello. En diciembre de 1905, el nacionalista Meabe pronunciaba un mitin en el Batzoki del Regato en el cual manifestaba abiertamente los postulados sabinianos: “los nacionalistas venimos sufriendo y sufriremos tres persecuciones por parte de los españoles. A saber: primero, la prisión preventiva, segunda la prisión en Ceuta, tercero el fusilamiento (…) Quizás sea yo una ví­ctima y mártir de nuestra causa, pero no importa. Lo seré con la frente muy alta (…) los españoles no tienen derecho á pisar este territorio vizcaí­no; porque llegará un dí­a que se enseñoreen de Vizcaya y nosotros tendremos que emigrar a América. Por eso aconsejo, que debemos convertirnos en nacionalistas de acción para arrancar á la fuerza lo que por derecho nos corresponde. (…) Los vizcaí­nos podemos gobernarnos solos, sin necesidad de que los extraños manden en nosotros.”

Jóvenes republicanos provocaron incidentes durante el mitin que se saldaron con su detención. Dada la indiferencia de las autoridades locales, presentaron una denuncia ante el gobernador (“pues ante todo son españoles que no pueden sufrir tamaño insultos”) que era desautorizada por el alcalde, quien expresaba su confianza en el presidente del Batzoki y cuarto teniente de alcalde.

De hecho, no era sólo que las fidelidades ideológicas del nacionalismo no cuestionaran la coalición, sino que resultaba difí­cil distinguir, más allá del antimaquetismo, sin duda compartido por amplios sectores, a estos primeros nacionalistas del resto de las sensibilidades de derechas herederas del tradicionalismo. El fundador y principal animador del batzoki de Retuerto en 1906, J.F. Tierra, “el que aquí­ era í­dolo de muchos nacionalistas; el que por sus campañas en la conferencia, en el mitin y en la prensa, enloqueció a muchos que hoy son socios de nuestros Batzokis”, se integraba con posterioridad en la candidatura conservadora para las provinciales de 1913. Francisco Echave, concejal elegido en 1909 como nacionalista, se definí­a en 1921 como católico. De manera similar, cuando en 1921 reprimió como alcalde las manifestaciones festivas nacionalistas, Aberri recordaba al católico Loizaga el haber sido “tan asiduo concurrente en otros tiempos a jiras y fiestas nacionalistas”.

Los primeros desafí­os

La entente de funcionamiento polí­tico descrita en el apartado anterior se enfrentó al primer desafí­o importante en 1909. En las elecciones municipales de diciembre la izquierda presentaba su primer intento coordinado de salir de la marginalidad polí­tica a través de la Conjunción republicano-socialista. La Conjunción retomaba el tradicional discurso de defensa de los intereses del pueblo frente a los de la fábrica. Como habí­a sucedido en 1896, el desafí­o a la fábrica daba lugar a la aparición de un semanario local, El Eco de Baracaldo, que reeditaba las denuncias de su predecesor sobre la cesión del agua a Altos Hornos, y la dependencia de los concejales: “vosotros sois concejales sólo, entenderlo bien, por la influencia que estas grandes industrias ejercen en las altas esferas del poder y en el elemento trabajador, de cuya inconsciencia se abusa.

Acudí­s á las sesiones con los mandatos imperativos y dependéis de un modo de directo de los Altos Hornos, Luchana Mining o la Orconera, y digo de un modo directo, porque cobráis sueldo de dichas entidades, y esos sueldos los disfrutáis también cuando tenéis que acudir a las farsas municipales ya aludidas; cuando abandonando el taller, ocupáis el escaño para administrarnos“.

A diferencia de la oposición de las viejas fuerzas vivas, la conjunción trascendí­a el lamento y la voluntad administrativista, para plantear un programa municipal basado en la revisión de las tarifas fiscales con miras a no gravar las subsistencias y el traslado de la carga fiscal a la propiedad y la producción industrial.

Fiel a sus hábitos de actuación polí­tica, Altos Hornos encaró el desafí­o intentando minar su carácter alternativo por medio de la inclusión de una parte del grupo opositor en sus combinaciones de poder. Así­, ofreció la proclamación por el artí­culo 29 en El Desierto al candidato republicano dirigente de la Unión Comercial. Esta cooptación llegaba, sin embargo, demasiado tarde para frenar el paso del republicanismo, que habí­a pugnado por ella durante años, al campo alternativo. Si bien buena parte del republicanismo veí­a en este acuerdo el éxito de su estrategia pasada, los socialistas lo denunciaron y amenazaron con romper la coalición electoral. Finalmente, el republicanismo optó por confirmar el desafí­o a Altos Hornos y, ante la insistencia del candidato en cuestión por mantener el pacto, decidió expulsarlo de la agrupación republicana y nombrar un substituto para la conjunción. La debilidad republicana no podí­a ser más patente. Por un lado, sólo conseguí­a ser tenido en cuenta en las combinaciones oficiales ante la amenaza al recurso alternativo a la movilización electoral, y por otro, tal movilización jugaba a favor de los socialistas, pues la candidatura de la conjunción sólo reservaba un puesto a los republicanos sobre siete.

Los resultados electorales confirmaban esta debilidad. Mientras el republicano expulsado casi cuadriplicaba sus votos en relación a 1905 y salí­a elegido con el mismo nivel de voto que la candidatura conservadora oficial, el candidato republicano conjuncionista fracasaba. Altos Hornos habí­a conseguido gracias a la cooptación de la Unión Comercial no sólo conjurar el peligro conjuncionista, sino además invertir el crecimiento de la izquierda en El Desierto. Si en 1905 republicanos y socialistas habí­an superado el 22% de los votos, en 1909 apenas rozaban el 19%. En San Vicente, por el contrario, la Conjunción remontó de unas posiciones testimoniales al 23% de los votos, un resultado que los efectivos socialistas no esperaban puesto que el dí­a de la elección abandonaran el distrito dándolo por perdido y marcharon a Bilbao. En Retuerto, con el 35% de los votos, la Conjunción lograba proclamar a su candidato por la mayorí­a y en Burceña, con el 28%, hacerlo por la minorí­a. En total, la conjunción habí­a conseguido más de un cuarto de los votos emitidos en Baracaldo y habí­a logrado la proclamación de dos concejales socialistas.

Las elecciones municipales de diciembre de 1909 cerraban un ciclo polí­tico en Baracaldo: el del dominio de la derecha sin resistencias notables. A partir de esta fecha, el funcionamiento polí­tico local irí­a abriéndose progresivamente a la competencia polí­tica.

Esta nueva circunstancia trastocó notablemente la mayorí­a innominada que hasta el momento habí­a regido la localidad. A medida que las resistencias a su continuidad crecí­an y el espacio polí­tico se ampliaba con la incorporación de nuevos sectores a la polí­tica, habí­a de resultar cada vez más difí­cil mantener unas pautas de funcionamiento polí­tico caracterizadas por la marginación del cuerpo electoral y la reducción del espacio polí­tico a un reducido núcleo de personas e intereses. La principal ví­ctima de esta reorganización del juego polí­tico fue el liberalismo baracaldés. Los liberales baracaldeses, que habí­an contado con 6 de las 19 concejalí­as de 1906 a marzo de 1909 y que mantuvieron 5 concejales desde esta fecha a las nuevas municipales de diciembre, prácticamente desaparecieron del mapa polí­tico local. Sólo uno de los concejales proclamados por el artí­culo 29 en marzo aparece definido como liberal y, tras la finalización de su mandato en enero de 1912, la única calificación de liberal hace referencia este año al alcalde de R.O. Pablo Arregui, quien tres años antes y en el mismo puesto, aparecí­a definido como conservador. La nueva oposición derecha – izquierda no dejaba espacio al liberalismo baracaldés.

La reorganización del monarquismo vizcaí­no, que no habí­a contado con organización alguna desde 1903, aparecí­a liderada por los conservadores. La ofensiva conservadora por dotar de instrumentos polí­ticos al monarquismo se concretó a finales de 1909 en la fundación del periódico El Pueblo Vasco y del Cí­rculo Conservador. Esta reorganización conservadora diferí­a de las anteriores en que no pretendí­a reforzar una identidad polí­tica dentro del campo liberal en oposición al tradicionalismo, sino hacer frente al desafí­o de la izquierda a través de la constitución de una derecha moderna antirrevolucionaria. “Su objetivo fue ahora combatir a los partidos de izquierda, republicanos y socialista, ante lo cual las fuerzas antiliberales tradicionales debí­an ser aliados naturales”.

Tal reorganización del espectro polí­tico en torno a los principios de orden, catolicismo y monarquí­a dejaba poco espacio en Vizcaya a una identidad polí­tica especí­ficamente liberal, máxime en Baracaldo donde la influencia del lí­der conservador Fernando Marí­a de Ibarra, principal accionista de Altos Hornos, era más que notable. Abrí­a, sin embargo, esta reorganización del monarquismo la posibilidad de sancionar polí­ticamente lo que habí­a sido una práctica en la polí­tica baracaldesa de los años anteriores, es decir, la confluencia de las distintas sensibilidades de la derecha en un frente común. En realidad este frente se mantuvo en Baracaldo hasta 1917, pero el periodo de 1909 a 1917, cuando precisamente se lanzaba abiertamente la propuesta, se caracterizó por la paulatina demarcación en su interior de identidades polí­ticas progresivamente excluyentes. En Baracaldo la lógica de la posterior división y enfrentamiento radicó en las estrategias que cada sector polí­tico de la derecha adoptó frente al desafí­o de la izquierda.

Los distintos sectores de la derecha baracaldesa no eran en absoluto homologables respecto a sus bases de poder. Mientras los monárquicos derivaban su poder exclusivamente de su relación con el Estado y con Altos Hornos (no tení­an de hecho ni una sociedad ni centro), el resto de las fuerzas de derechas se fue dotando paralelamente al crecimiento de la izquierda de una estructura organizativa capaz de proveerlas de una amplia base social.

Ya se señaló en el apartado anterior la amplia base asociativa del movimiento católico a caballo entre la tradicional asociación piadosa y la obrerista. El catolicismo baracaldés se abstuvo, sin embargo, de dirigir hacia la movilización polí­tica su estructura organizativa tal y como sucedí­a en otros lugares. En realidad no lo necesitaron. Figuraron siempre en las candidaturas oficiales de sus núcleos de implantación (San Vicente y El Desierto), consiguieron ampliar su presencia en el ayuntamiento a tres concejales desde 1912, los cuales, además, tendieron a situarse favorablemente en los equipos de gobierno: mantuvieron la primera tenencia de alcaldí­a que ostentaban desde 1906 que completaban con la segunda tenencia de 1914 a 1916 y con la sindicatura suplente de 1912 a 1914. No teniendo que apelar a la movilización para conseguir posiciones favorables en las combinaciones de Altos Hornos, los dirigentes del catolicismo local pudieron obviar las consecuencias imprevistas del recurso a tal movilización.

La Sociedad Tradicionalista vertebró la sociabilidad del carlismo local, ausente del ayuntamiento desde 1906. Sus actos aparecen con irregularidad en los estados municipales, pero queda constancia de sus intentos de convocar en diferentes momentos ciclos de conferencias y veladas a la manera de los que hací­a la izquierda. En 1912 conseguí­a reunir en un mitin contra la polí­tica de Canalejas a más de 200 personas. A partir de 1915, tras la inauguración de sus nuevos locales, consolidó sus veladas semanales. Esta consolidación institucional fue paralela a su reincorporación a las mayorí­as lideradas por la fábrica. En 1914 retornaban los carlistas con un concejal al ayuntamiento, presencia que se amplió a tres en 1916, en ambos casos claramente alineados y favorecidos por la fábrica.

En contraste con el estatismo diáfano del conservadurismo y con el protectorado que ejercí­a sobre tradicionalistas y católicos, la expansión organizativa del nacionalismo en el periodo 1905-1910 perfilaba una estructura organizativa homologable a la de la izquierda.

Al igual que socialistas y republicanos, el nacionalismo baracaldés contaba desde 1907 con su propia Juventud e implantación en los distintos barrios. A los Batzokis de Retuerto (1906) y Alonsótegui (1908), siguió la fundación del Batzoki de Burceña, oficialmente en 1913, pero constituido desde 1910. Son escasas las actividades nacionalistas reseñadas en los estados municipales, pero su expansión organizativa apunta a que como mí­nimo el nacionalismo constituí­a un referente cotidiano de la sociabilidad de diferentes barrios. Esta estructura organizativa acabó por erigirse en la fuente de poder del nacionalismo local. A medida que avanzaba su implantación en los barrios, la presencia municipal del nacionalismo dejaba paulatinamente de depender del acuerdo con los poderes de hecho para apoyarse crecientemente en la movilización electoral. La transformación cualitativa que sufrí­a el nacionalismo baracaldés durante estos años puede constatarse en la procedencia de sus concejales. En el periodo anterior la integración en la candidatura oficial en San Vicente habí­a sido el canal básico de incorporación del nacionalismo al ayuntamiento. A partir de diciembre de 1909 la movilización electoral de los barrios iba a ser la base del grupo nacionalista municipal estabilizado en torno a los cinco concejales.

En este sentido, mientras el nacionalismo se consolidaba en Retuerto y Burceña, San Vicente perdí­a terreno hasta el punto de no conseguirse en este distrito la proclamación de concejales en 1915. De manera similar, si todaví­a en 1909 el distrito de San Vicente representaba el 45% del total del voto nacionalista, en 1915 este porcentaje se habí­a reducido al 19%, en favor del peso electoral de Retuerto y Burceña. Tras el desafí­o de la izquierda de 1909, el nacionalismo dejaba de ser una expresión más de las fuerzas vivas del casco urbano tradicional, para convertirse en el protagonista de la movilización polí­tica de los sectores no socialistas en Retuerto y Burceña, es decir, en aquellos distritos que escapaban al control directo de Altos Hornos. El nacionalismo presentaba la novedad de una derecha antisocialista que ya no basaba exclusivamente su poder en los acuerdos con los poderes tradicionales, sino en la movilización de sus bases, en competencia con la izquierda con sus mismos métodos.

Esta mutación habí­a de crear fuertes tensiones en el seno del movimiento nacionalista. Frente a los primeros nacionalistas, vinculados a una dinámica de equilibrio de fuerzas vivas, los nuevos sectores presionaban hacia una nueva lí­nea de actuación. De un lado, la movilización en función de apelaciones ideológicas entraba en contradicción con una actuación basada en la tradicional negociación de intereses de fuerzas vivas. Por otro, el eco social alcanzado por las propuestas nacionalistas fundamentaba la pretensión de que se les reconociese un mayor peso en la coalición de derechas que gobernaba la localidad.

Puesto que “las turbas revolucionarias que bajaron del monte a hacerle a Prieto diputado, no tuvieron aquí­ más barrera que la impuesta por los pechos nacionalistas, que así­ desafiaban las iras de esas turbas”85 en las elecciones de 1914, resultaba lógico que demandasen de la fábrica su reconocimiento como lí­deres de la derecha en sus respectivos distritos.

El descontento ideológico por la lí­nea transigente seguida por los concejales nacionalistas aparecí­a ya en 1908 a través de un escrito de un anónimo nacionalista retuertoarra que criticaba en Aberri la asistencia de un concejal “de filiación nacionalista y autoridad del partido” a una fiesta escolar en la que, desde una tribuna “engalanada con los colores nacionales españoles”, escuchó la Marcha Real. La conclusión del denunciante no dejaba lugar a dudas sobre su desacuerdo con la polí­tica conciliadora del nacionalismo local: “No quiero hacer comentarios, sólo diré que en la polí­tica prudentear, transigir y conciliar, es pintoresco, pero casi siempre inconveniente y que no es de hombres que tienen por armas invencibles la fe y la verdad”.

El nacionalismo baracaldés, sin embargo, estaba aún lejos de la práctica excluyente. Después de la publicación de varias réplicas y contra-réplicas patrióticas que ninguna información añadí­an al caso, Aberri descalificaba el escrito inicial tras recibir su redactor la visita de una comisión de batzikes y los sectores disconformes habí­an de sacrificarse a la reconciliación “en holocausto de Dios y de la Patria”.

Consecuente con su rechazo de la transigencia local del partido, este mismo sector intentó presentar un candidato propio a las elecciones municipales de 1909 que, junto al nacionalista apoyado por Altos Hornos, habrí­a de otorgar el copo a los bizcaitarras. La pretensión alarmó a Altos Hornos y a la derecha, ya que esta candidatura, al competir por la segunda acta con un carlista, ofrecí­a el triunfo al candidato socialista. A pesar de las presiones, este sector se mantuvo firme hasta que, la ví­spera de la elección, “descendió de un coche un joven con el ukase de las autoridades superiores para que se retirara y con compromiso de Altos Hornos de apoyarle en las siguientes elecciones”. En palabras de los propios afectados “pudo más el sentimiento religioso de nuestros directores que todas las conveniencias del partido y obligaron a nuestro candidato a retirarse…”

El compromiso se cumplió en las municipales de 1911. Idelfonso Taranco, Tabejón, resultaba elegido en esta fecha junto a un independiente en competencia con republicanos y socialistas divididos. La pugna se reeditaba, sin embargo, en 1913 y 1915 cuando, al igual que en 1909, junto a la candidatura nacionalista oficial y pactada con Altos Hornos, aparecí­an candidatos que pretendí­an alcanzar el copo nacionalista. En ambos casos, la operación se saldó con el fracaso.

La exclusión de esta candidatura de los pactos entre los poderes consolidados, abocaba a sus promotores al recurso directo a la movilización electoral de las bases. Aparecí­a, así­, por primera vez en 1913 la propaganda polí­tica electoral de la derecha. El discurso de los nacionalistas disidentes de Retuerto no se alejaba demasiado del discurso de las viejas fuerzas vivas de finales de siglo. Simplemente oponí­a la identidad vasca tradicional y sus valores asociados, ya no a Altos Hornos y a las novedades de la industrialización local, sino al socialismo. La incompatibilidad entre socialismo y linaje vasco era el argumento. El antimaketismo presidí­a la descalificación del candidato socialista: “Evaristo Fernández (a la reelección), natural de……no sabemos (…) ¿Que quiere un concejal nacionalista nombrar una barrendera barakaldesa para las Escuelas de Retuerto, Fernández dice que tiene que ser una de….que vive en el Desierto”. Junto al antimaketismo, la defensa de la religión establecí­a el objetivo inmediato del nacionalismo en la lucha contra “seres inhumanos que en Luchana como en Retuerto han declarado guerra a Dios negando hasta el bautizo a sus hijos”.

En definitiva, religión y antimaketismo constituí­an por el momento los parámetros ideológicos básicos del nacionalismo retuertoarra. A partir de ellos pugnaban por vertebrar en torno a la sí­ntesis sabiniana al catolicismo, al viejo tradicionalismo y a las energí­as inconformistas:

“Si sois católicos, veréis cómo él defiende pura é intangible la doctrina católica. Si sois tradicionalistas, observaréis como en su programa late intenso, él solo, el verdadero tradicionalismo vasco. Si suspiráis por la libertad, ella es la que informó el espí­ritu de nuestra antigua legislación, ella la que coronada por la Cruz, simboliza el Arbol. Sin embargo, ni siquiera el sector más radical del nacionalismo baracaldés desempeñaba ese papel “antioligárquico” que Real Cuesta atribuye al nacionalismo vizcaí­no ya desde 1898. Ninguno de los sectores nacionalistas cuestionaba las prácticas caciquiles de la fábrica, ni abogaba por la limpieza del sufragio. El anticaciquismo estaba ausente tanto de la actuación del nacionalismo mayoritario que se vinculaba institucionalmente a las candidaturas oficiales (en 1911 era elegido por San Vicente el vicepresidente de Euskalduna de 1917 y en 1915 el presidente de la Juventud Vasca por Retuerto) como de la disidencia retuertoarra. Por el momento, ésta se limitaba a pugnar por su reconocimiento en los encasillados de Altos Hornos y mantení­a un tono de lamento porque la fábrica “nunca nos ha dado sus votos de la 2ª Sección”.

La frustración de este sector no harí­a más que ir en aumento dada la estrategia polí­tica de la fábrica en este segundo periodo. A diferencia de los que habí­a sucedido en la década anterior de desorganización dinástica, en estos años Altos Hornos, optó por una opción polí­tica propia ya claramente definida: el conservadurismo y, más concretamente, el conservadurismo maurista. En la coyuntura de 1913-1917 la dinámica polí­tica de la derecha local (y por extensión la del municipio) habí­a de depender de qué sector consiguiera hacer pivotar a su alrededor a católicos, carlistas y monárquicos indefinidos.

La pugna se estableció entre los mauristas, claramente vinculados a la dirección de Altos Hornos, que contaban a su favor con el poder de la empresa en asuntos electorales, y los nacionalistas, con incipientes pretensiones de hegemoní­a polí­tica, con unas bases electorales firmes y concentradas en Burceña y Retuerto. La disyuntiva se saldó rápidamente a favor de la fábrica que, ante la creciente autonomí­a de los nacionalistas, se apoyó en católicos y tradicionalistas, reintegrando a éstos últimos en la vida polí­tica. A diferencia de las pretensiones hegemónicas del nacionalismo, Altos Hornos no pretendió subordinar ideológicamente estos sectores al conservadurismo, simplemente los ancló a la defensa práctica de sus intereses combinándolos generosamente con los conservadores.

Así­, dentro de lo que ya se perfilaba como el grupo municipal de la fábrica por oposición a nacionalistas y a la izquierda, los conservadores no ostentaron durante este periodo más que 15 concejalí­as, mientras que 10 correspondieron a los católicos, 4 a los tradicionalistas y dos al exrepublicano de la Unión Comercial cooptado en 1909. A diferencia de los nacionalistas, Altos Hornos no estaba tan interesado en consolidar una opción polí­tica como en desarrollar un amplio frente de derechas afí­n a sus intereses.

Con la progresiva delimitación de dos campos de derechas, el de la fábrica y el nacionalista, se dibujaba el mapa electoral local que habí­a de mantenerse hasta la Dictadura de Primo de Rivera.

En Retuerto, el liderazgo de los nacionalistas parecí­a indiscutible. Sólo la mencionada pretensión de los nacionalistas disidentes de competir por el copo provocaba tensiones. Ambos candidatos conseguí­an en 1913 y 1915 el 51%. El resto dio la concejalí­a al socialista Evaristo Fernandez en 1913, quien desde su elección en 1909 parecí­a consolidar su posición en el distrito a partir de su acercamiento al Sindicato Agrí­cola local y a sectores del vasquismo95. La entrada del socialismo en las redes del poder local se saldaba con la no obstrucción a la decisión de la fábrica de contrarrestar el minoritario desafí­o nacionalista con el apoyo a un candidato jaimista en 1915. Una maniobra que los nacionalistas denunciaban como alianza “Carlo – republicana – socialista – médica – Altos Hornos y fuerzas vivas locales”.

Menos disputado resultaba el distrito de Burceña. Desde las municipales de 1911, en las cuales el presidente del Batzoki de Alonsótegui consiguió el 43% de los votos, el distrito se perfiló como un feudo nacionalista en el que éstos obtuvieron el copo desde 1913, primero en alianza con un católico independiente y posteriormente en solitario. La hegemoní­a nacionalista sobre la derecha perjudicó notablemente a los socialistas que, pese a su continua progresión de votos (21, 28, 32, 34 y 37 por ciento de 1905 a 1915) se vieron marginados de las concejalí­as por este distrito.

La evolución de la derecha en el casco urbano era diametralmente opuesta a la seguida en los barrios. En San Vicente y El Desierto la fábrica respondió al crecimiento nacionalista, incipientemente alternativo, castigándolo con la expulsión de sus candidaturas e integrando a jaimistas y católicos en su ofensiva conservadora Si todaví­a en 1911 se mantuvo en San Vicente la caracterí­stica inclusión del nacionalismo en la candidatura oficial, en 1913 conservadores y jaimistas y en 1915 jaimistas y católicos, privaron de su tradicional acta a los nacionalistas quiénes en abierta competencia electoral apenas superaban el 20% de los votos. Más firme fue aún el control de la fábrica sobre su feudo tradicional de El Desierto donde conservadores y católicos monopolizaron las actas. La minoritaria presencia de la izquierda en ambos distritos (23 y 11% en 1909 y 1911 en San Vicente y 18 y 14% en Desierto) se convertí­a en meramente testimonial en los años siguientes (por debajo del 2% con la excepción del 6% de 1915 en San Vicente).

Esta progresiva definición de la triangulización polí­tica guardaba una notoria correspondencia con los realineamientos de los distintos sectores de la sociedad baracaldesa. El periodo 1910-1918 se caracterizó por el crecimiento del peso de las clases medias en la composición socioprofesional del ayuntamiento. Con anterioridad a 1910 este sector apenas alcanzaba a representar el 45% del total de concejales y más de la mitad de sus efectivos estaba constituido por labradores. Entre 1910 y 1918 rozó prácticamente el 60%, destacando en esta evolución la desaparición de los labradores. Las clases altas y medias se mantuvieron prácticamente en los niveles anteriores. Esta evolución en la extracción social de los ediles baracaldeses no se distribuyó en la misma medida entre todos los grupos polí­ticos. Existió una muy diferente vinculación de los sectores polí­ticos y las oposiciones sociales de la localidad. El desplazamiento de las bases de poder nacionalista hací­a los barrios y su creciente alternatividad al poder de Altos Hornos se correspondí­a con una profunda mutación en su composición social. Como se indicó en el apartado anterior, la representación nacionalista aparecí­a muy vinculada a un sector concreto de la sociedad baracaldesa, el de los modestos propietarios agrí­colas que accedí­an al conjunto de fuerzas vivas a través del nacionalismo.

A partir de 1910, los nuevos concejales nacionalistas provinieron de sectores claramente urbanos y de clase media en algunos casos de destacada solvencia económica. Estos sectores mesocráticos ejercieron en este periodo más del 60% de los mandatos nacionalistas, en contraste con el 23% correspondiente a las clases bajas y el escaso 4% de las altas. Más concretamente fueron las clases medias independientes (contratistas, carpinteros, etc) quiénes marcaron la pauta del nuevo perfil social nacionalista. Estos sectores representaron el 38% de sus concejalí­as frente al 23% de los empleados (sd 9%)98.

De hecho, su protagonismo en las mutaciones del nacionalismo baracaldés durante este periodo queda constatada si se tiene en cuenta que las cinco concejalí­as correspondientes a empleados fueron ejercidas por el sector más cercano a la dinámica polí­tica anterior, concretamente por el nacionalista “de Altos Hornos” Zorriqueta, candidato oficioso de la derecha en Retuerto, y por un concejal de Burceña que una vez en el ayuntamiento se proclamaba independiente.

Por tanto, el nacionalismo se erigí­a por primera vez en uno de los canales de expresión de los antagonismos entre una parte de las clases medias independientes baracaldesas y los intereses de la fábrica. Nada menos que el 72% de los concejales industriales eran nacionalistas (sd.9%). No contaba, sin embargo, el nacionalismo entre sus efectivos con el otro grupo profesional de las clases medias independientes: los comerciantes. La izquierda continuó siendo la ví­a mayoritaria de acceso al poder local de hombres procedentes del comercio. En este caso la correlación entre militancia y extracción socioprofesional era muy elevada: el 70% de los concejales comerciantes eran socialistas y todos los concejales socialistas provení­an del comercio. El resto de los comerciantes presentes en el ayuntamiento se alineaba con el grupo de la fábrica y fue elegido en las candidaturas de la Unión Comercial que, como se indicó, habí­a sido cooptada en 1909.

En contraste con este alineamiento de las clases medias independientes con socialistas y nacionalistas, los concejales empleados pertenecí­an al bloque de Altos Hornos.

El 25% de los concejales empleados era conservador, el 20% católico, el 5% liberal y otro 5% tradicionalista (sd. 5%). Si a este 55% se le añade el 25% correspondiente a los empleados nacionalistas ya mencionados, la estrecha vinculación de los empleados a las directrices de Altos Hornos quedarí­a suficientemente establecida.

De entre las identidades polí­ticas que se aglutinaban entorno a la fábrica el catolicismo la que contaba con mayor número de estos empleados en sus filas. El 40% de los concejales católicos eran empleados (sd. 20%), mientras que sólo provení­an de este grupo el 33% de los concejales conservadores (sd 6%).

Los conservadores, por su parte, continuaban siendo el grupo polí­tico más claramente vinculado a las clases altas baracaldesas. Cinco concejalí­as ejercidas por propietarios agrí­colas y dos por un médico adscribí­an al 63% de los concejales mejor situados en la pirámide social baracaldesa al conservadurismo (sd. 9%). De hecho, si se obvia la caracterización del alcalde y propietario Pablo Arregui, cuya ambigua significación ya ha sido comentada con anterioridad, este porcentaje se elevarí­a hasta el 72%.

A grandes rasgos, pues, la progresiva diferenciación de dos sectores polí­ticos en el seno de la mayorí­a de derechas que seguí­a rigiendo el ayuntamiento traducí­a una fractura clave entre las ascendentes clases medias baracaldeses: aquélla que separaba a los grupos que obtení­an sus ingresos de una actividad independiente que se movilizaban polí­ticamente en torno al nacionalismo y la izquierda, y aquellos sectores sociales para los que tanto su ubicación social como polí­tica dependí­a de las empresas.

Estas tensiones entre las diferentes identidades polí­ticas de la derecha en proceso de definición no afectaron a la continuidad de la mayorí­a innominada que gobernaba en el ayuntamiento. Se circunscribí­an, por el momento, a la obtención de mejores posiciones relativas en el seno del grupo que monopolizaba el poder local que ni siquiera se expresaban abiertamente. Solamente en 1916 los nacionalistas de Retuerto y Burceña utilizaron su representación en el consistorio para cuestionar el lugar que se les reservaba en el equipo de gobierno y, en todo caso, desde una perspectiva más defensiva que ofensiva. Las votaciones para la constitución del ayuntamiento de este año apuntaban a que lo mecanismos de negociación tradicionales comenzaban a entrar en crisis. Por primera vez, el equipo no era elegido por unanimidad y tuvo que ser renegociado en la búsqueda de votos necesarios.

1.4.- Las mutaciones

En los años finales de la segunda década del siglo, el protagonismo adquirido por el referente nacional acabó por fragmentar el espacio de convergencia de derechas que se ha expuesto en los capí­tulos anteriores. Los elementos que se habí­an puesto en juego en la búsqueda de unos nuevos fundamentos de la legitimidad polí­tica estrechamente vinculada al conservadurismo, al catolicismo y al tradicionalismo adquirieron suficiente autonomí­a para definir comunidades con fidelidades culturales y simbólicas progresivamente excluyentes y opuestas. Este fenómeno fue el resultado de la combinación de dos procesos: la desincronización de la polí­tica española que bloqueó la propuesta inicial de un programa moderno no liberal de legitimación del sistema polí­tico y la incorporación de nuevos agentes polí­ticos que ante este bloqueo presionaron en nuevas direcciones.

En lo referente al primer punto, la mayorí­a de los sectores dominantes españoles pudo prescindir de la necesidad de afrontar una reforma en ninguno de los sentidos fundamentales en que se estaba planteando. Ni se desarrolló el liberalismo polí­tico ampliando democráticamente la participación de los sectores excluidos, ni se apoyó los proyectos de modernización polí­tica de ámbito español que eludí­an esta democratización (fracaso de Maura y el maurismo). Dado que en gran parte de España su dominio no habí­a sido cuestionado seriamente, la clase polí­tica española continuó ejerciendo el poder desde una ideologí­a vinculada al tradicional liberalismo doctrinario y a una práctica caciquil, y se limitó a ofrecer contradictorias repuestas puntuales a los desafí­os planteados. El recurso al poder del Estado, y en último término al Ejército, resultaba menos arriesgado que intentar consolidar mecanismos de penetración social generadores de consenso en torno a su dominio.

Ante este bloqueo del espacio de convergencia de derechas que se ha venido estudiando hasta el momento, los discursos nacionalistas siguieron su propio desarrollo bajo la presión de los nuevos sectores que habí­an movilizado. El final de la I Guerra Mundial favorecí­a, además, esta evolución con su promesa de una primavera de las naciones. El regionalismo catalanista, tras sus fracasos a escala estatal, se replegaba sobre su territorio y movilizaba a la sociedad catalana en una campaña a favor de la autonomí­a. El nacionalismo vasco, por su cuenta, tomaba nuevos brí­os tras la victoria electoral que le dio el control de la Diputación de Vizcaya. Pero no eran los nacionalistas y regionalistas los únicos en rearmarse polí­ticamente. El resto de la derecha también se reorganizaba dispuesta a responder al desafí­o de aquéllos que rompí­an ese ambiguo y fluctuante espacio polí­tico hasta el momento común. En 1918 se fundaba en Vizcaya la Liga de Acción Monárquica con el fin de frenar el avance nacionalista y en 1919 le tocaba el turno a los dinásticos catalanes con la Unión Monárquica Nacional. La ruptura entre las derechas se habí­a consumado y su enfrentamiento abrí­a una espiral de interacciones que se retroalimentaba y de la que la apelación nacional salí­a reforzada.

La reivindicación comunitaria se convertí­a así­ en excluyente y exigí­a el alineamiento de unas masas de derechas para las que hasta el momento habí­a tenido un carácter fluctuante y ambivalente.

Pero la novedad de la situación no radicaba sólo la centralidad de la reivindicación nacionalista. La cuestión era que esta radicalización de la apelación comunitaria amenazaba con independizarla de la vieja matriz de conservadurismo, catolicismo y orden social a la que habí­a estado estrechamente anclada. El mismo éxito de la fórmula nacionalista a la hora de movilizar nuevos sectores atentaba contra la sí­ntesis originaria. Una vez abierta la espiral de oposiciones nacionales excluyentes, los nuevos sectores movilizados presionaban hacia nuevos desarrollos y proponí­an nuevas combinaciones de los elementos ideológicos asociados a la apelación comunitaria. Esta mutación estaba en la base de las graves tensiones y las escisiones que tanto el catalanismo como el nacionalismo vasco sufrieron en los años finales de la Restauración.

El fin de la mayorí­a innominada

También el año 1917 supuso un punto de no retorno en la dinámica polí­tica barakaldesa. La mayorí­a innominada que vení­a gobernando la localidad desde principios de siglo se escindió en dos sectores enfrentados en abierta confrontación polí­tica en las elecciones municipales de finales de 1917. En esta fecha, el nacionalismo barakaldés dejó de ser un polo de atracción dentro de un difuso conglomerado de derechas para aparecer por primera vez como una fuerza polí­tica claramente definida y excluyente.

Este salto cualitativo constituí­a un desarrollo lógico de las tensiones a las que la coalición de derechas estaba sometida desde unos años antes, descritas en el apartado anterior, y de la progresiva definición de dos bandos en su seno. Pero la eclosión de los enfrentamientos larvados no encontraba su razón de ser en la dinámica local, sino en la polí­tica vizcaí­na. Superada la crisis de 1915-16, el nacionalismo vasco se aprestaba a luchar en las provinciales de 1917 en un ambiente favorable tanto por la coyuntura interna como internacional. De un lado, la cuestión nacional habí­a adquirido un creciente protagonismo en la esfera internacional; de otro, la crisis polí­tica española y la movilización regionalista que habí­a desatado el proyecto de Alba reavivaba la viabilidad de un frente regionalista en España.

Tras el fracasado intento de crear con el resto de partidos de la derecha una “Solidaridad Vasca” contra los proyectos de Alba, el nacionalismo vizcaí­no optó en las provinciales de 1917 por presentarse en solitario y por las mayorí­as en todas las circunscripciones vizcaí­nas. Su victoria le otorgó el control de la Diputación. Por primera vez, el nacionalismo contaba con un centro de poder desde el cual poner en práctica su programa polí­tico y convertirse en punto de referencia de la acción polí­tica del partido.

La elección de Ramón de la Sota Aburto, hijo del industrial nacionalista Ramón de la Sota Llano, por el distrito de Balmaseda, suponí­a una victoria sin precedentes en un distrito que incluí­a los centros fabriles de la margen izquierda, dominados por los conservadores. Los resultados nacionalistas no eran, sin embargo, una novedad en Barakaldo. Ya en las provinciales de 1913, las primeras elecciones no municipales a las que concurrí­an, los nacionalistas habí­an obtenido más del 20% de los sufragios y habí­an confirmado su implantación en Retuerto y Burceña. Similares resultados obtuvieron en 1917. Pero esto no significaba que no existieran resistencias entre los votantes nacionalistas ante la nueva exigencia nacionalista de alineamiento. Los panages en Burceña y Retuerto entre el exnacionalista barakaldés Tierra integrado en la candidatura monárquica y de la Sota mostraban que una parte de los votantes se decantaba todaví­a por las tradicionales combinaciones locales frente la obediencia partidista. Con el referente del gobierno de la Diputación, los nacionalistas barakaldeses optaban en las municipales de 1917 por desmarcarse del antiguo conglomerado de fuerzas vivas de derechas arbitrado por Altos Hornos y presentarse como una opción polí­tica alternativa. Privado del apoyo de la fábrica y necesitado de la movilización electoral, el nacionalismo barakaldés tomaba partido en la vieja oposición entre intereses de la fábrica y numerosos sectores de la comunidad que hasta el momento habí­a eludido.

Por primera vez, el nacionalismo barakaldés se presentaba a las elecciones como una fuerza abiertamente anticaciquil, calcando el tradicional discurso de republicanos y socialistas en la presentación de sus candidatos como hombres “sin imposiciones ni mandatos de caciques de escritorios y empresas” que “solamente se someterán á las órdenes de su autoridad polí­tica local, con quien, guardando una constante y estrecha relación, llevarán al Ayuntamiento la más sana y fiel administración, sobre todo en estos momentos en que es necesario copiar todo cuanto nuestra infatigable Diputación está enseñando”.

Con este giro, los nacionalistas vení­an a converger tácticamente con las tradicionales denuncias de la izquierda, y confirmaban el progresivo desengaño de diferentes sectores locales que habí­an esperado ver reconocido por Altos Hornos su peso en la sociedad barakaldesa. En palabras de El Liberal: “El malestar alcanza también a entidades tan importantes como el Sindicato de Labradores, la Unión Comercial y la Asociación de Propietarios que, representando una fuerza positiva y respetable y, sobre todo, constituyendo el verdadero pueblo baracaldés, se ven sin una representación legí­tima en el Ayuntamiento por culpa, única y exclusivamente, de Altos Hornos.

Antes de ahora, la Unión Comercial y el Sindicato de Labradores, han tratado, amistosa y cordialmente, de hacer entrar en razón a la soberbia Sociedad, para que se les diese en el Municipio la representación que, por lo que son y significan en el pueblo, les corresponde; pero, si hubo buenas palabras, justo es consignar que los hechos han sido fatales”.

Aunque no renunciara a su tradicional discurso en relación a la Conjunción republicano-socialista que “deja traslucir al hombre primitivo, selvático, pletórico de incultura y lleno de odios hacia todo lo establecido”, la convergencia práctica del nacionalismo y la izquierda en un frente anticaciquil, depurador y administrativista, auguraba el fin del tradicional dominio de Altos Hornos.

Las elecciones municipales de 1917 fueron las primeras elecciones modernas de la historia de Barakaldo, es decir, las primeras en las que fuerzas organizadas en torno a un programa competí­an por la captura del voto. Pero esta nueva realidad de movilización y competencia polí­tica no implicó que todos los sectores en pugna modernizaran sus estrategias. Las viejas prácticas todaví­a dejaban un amplio margen de maniobra a Altos Hornos. Ante esta nueva correlación de fuerzas, la fábrica aplicó su tradicional maniobra de cooptación del sector descontento una vez que este amenazaba con convertirse realmente en alternativo. Como habí­a hecho en 1909 con la Unión Comercial, integró en su candidatura a los sectores del nacionalismo de San Vicente que continuaban entendiendo el desafí­o nacionalista como un medio de presión para el reconocimiento de mayor representación por parte de Altos Hornos y recelaban de una ruptura total que hiciese depender tal representación de la movilización electoral.

Después de los fracasos de las candidaturas nacionalistas en las dos elecciones municipales anteriores, se reeditaba el tradicional y sospechoso panage con los conservadores en San Vicente. Así­, el carpintero nacionalista Ariño, que no habí­a conseguido ni la mitad de sus actuales votos en las convocatorias anteriores, se convertí­a en el candidato más votado. El copo de nacionalistas y conservadores dejaba sin representación por el distrito a la izquierda que habí­a obtenido el 38.9%.

También habí­a de recurrir la fábrica a la cooptación en El Desierto frente al avance de la izquierda. En esta ocasión reeditaba el copo con la Unión Comercial de 1909 y 1913. Con el 38.2% de los votos, la izquierda, en este caso republicanos, se quedaba a quince votos de la nominación.

En Retuerto, la lucha entre las tres fuerzas polí­ticas locales dio la victoria a nacionalistas y republicanos, y en Burceña, los nacionalistas consolidaban su aplastante hegemoní­a frente a la izquierda, obteniendo el copo con un 66% de los votos.

Los resultados de las municipales de 1917 (30% de los votos para los conservadores, 33% para los nacionalistas y 30% para la izquierda) inauguraban una etapa en la que la vida polí­tica local se habí­a de caracterizar por la casi aritmética triangulización del voto. La pugna sobre el liderazgo de católicos y jaimistas que en los años anteriores habí­an protagonizado nacionalistas y conservadores se habí­a resuelto ya claramente a favor de estos últimos. Conservadores, católicos y jaimistas monopolizarí­an con el apoyo de la fábrica la representación de la derecha en San Vicente y Desierto, mientras que los nacionalistas, con apoyo popular, lo harí­an en Retuerto y Burceña. Frente a esta concentración geográfica de la derecha, la izquierda aparecí­a más homogéneamente implantada en todos los distritos, homogeneidad que habí­a de limitar sus éxitos electorales en el sistema de elección por distritos.

El frente anticaciquil barakaldés.

Las elecciones municipales de 1917 configuraban un consistorio compuesto por siete nacionalistas, nueve concejales de la fábrica, dos socialistas y un republicano. El desafí­o nacionalista, a pesar de su éxito electoral, se saldaba con el frustrante resultado de tener que pactar con una de las fuerzas polí­ticas del triangulo local para hacerse con el ayuntamiento. La trayectoria polí­tica anterior apuntaba a un pacto con Altos Hornos que habrí­a de readaptar sus pretensiones al nuevo peso del nacionalismo. Esta era la opción del nacionalismo tradicional del centro de la localidad, el sector cooptado en San Vicente. Pero la fuerza nacionalista ya no provení­a de estos notables, sino de los sectores movilizados que no estaban dispuestos a transigir con las antiguas componendas. Las primeras elecciones modernas en Barakaldo se habí­an desarrollado bajo la máxima del anticaciquismo, y el sector nacionalista triunfante impuso su desarrollo. Sin embargo, era ésta una opción que entraba en contradicción con el núcleo de valores primarios de antimaketismo y antisocialismo que habí­a constituido el motor de la movilización nacionalista local hasta el momento. La llegada del nacionalismo al poder en Barakaldo no pudo superar las graves tensiones internas a la que le sometí­a esta disyuntiva.

Los nacionalistas retuertoarras y burcetarras optaron por la alianza con la izquierda que el ambiente anticaciquil favorecí­a para conseguir la alcaldí­a. Las principales resistencia a tal objetivo provinieron del mismo grupo nacionalista. Como apuntaba El Liberal, discrepaban de tal opción Manuel Solaeche, antiguo presidente de la Juventud Vasca, definido más tarde como católico y candidato oficial frente a Idelfonso Taranco en 1915 en Retuerto, y el concejal electo por San Vicente, Guillermo Ariño, que “se apresuraba a declarar que, a su juicio, el no votar al candidato de la fábrica implicaba una traición, toda vez que salió triunfante en las urnas gracias a los votos de los amigos de la poderosa Sociedad, que le fueron otorgados luego de haber adquirido el compromiso de apoyar al nombramiento del Sr. Loizaga para la Alcaldí­a”.

Finalmente, los nacionalistas consiguieron la alcaldí­a, que se sometí­a a votación después de largos años de designación por Real Orden, gracias al apoyo de la izquierda.

El anticaciquismo habí­a triunfado y presidí­a la primera intervención del nuevo alcalde popular quien, a pesar de ser accionista de Altos Hornos, inauguraba la presidencia con un duro ataque a los concejales que respondí­an a los intereses de la fábrica.

Tanto nacionalistas como socialistas se apresuraban a justificar este espectacular giro que revolucionaba el tradicional juego de oposiciones locales. La izquierda insistí­a en el anticaciquismo y señalaba que, puesto que los nacionalistas necesitaban sus votos para “para arrebatar a la fábrica la Alcaldí­a, no han vacilado en dárselos”. Se cuidaba mucho, sin embargo, de mostrar excesivo entusiasmo con el pacto y marcaba la distancias con el nacionalismo: “las dos fuerzas contrarias a los intereses populares, rompieron esas relaciones, quedando frente a frente, y en actitud hostil, las huestes de la casa Sota y de la fábrica (…) Altos Hornos, decimos, ha perdido la Alcaldí­a de Baracaldo. Pero, ¿la habrá ganado el pueblo?”.

La prueba de que la solución alcanzada en Barakaldo era audaz y suscitaba grandes recelos en el seno del nacionalismo vasco fue la actitud del diario nacionalista Euzkadi. De hecho, la toma del ayuntamiento de Barakaldo era un gran triunfo para el nacionalismo que se hací­a así­ con la segunda localidad de Vizcaya. Junto a Barakaldo, el control de la Diputación y el Ayuntamiento de Bilbao conferí­a a los nacionalistas una sólida base de poder para expandir su modelo polí­tico al resto de la provincia. Sin embargo, tan importante victoria no fue resaltada por el periódico. Por el contrario, la toma del poder local por los nacionalistas fue relegada a un segundo plano sin comentarios especí­ficos. Euzkadi obviaba el apoyo de la izquierda y se aplicaba a tranquilizar conciliatoriamente a los desplazados del poder: “no teman los que crean erosionados sus intereses con dejar el mando de pueblo, nada se lesiona, todo se cura…”. Estas prevenciones de las direcciones provinciales tanto nacionalista como socialista han conseguido que el olvido histórico caiga sobre el pacto anticaciquil de Barakaldo. Así­, la historiografí­a polí­tica sobre el periodo no da cuenta de este pacto que, como se verá, resultó contradictorio con el desarrollo de las alianzas polí­ticas provinciales en los siguientes años. No por ello, deja de ser una prueba patente de las posibilidades polí­ticas abiertas que ayuda a entender la evolución del partido nacionalista más de una década después.

A pesar de estas reticencias que las justificaciones públicas de sus órganos de prensa dejaban entrever, sectores tanto de la izquierda como del nacionalismo local se mostraban firmemente dispuestos a desarrollar el frente anticaciquil, por el momento limitado al coyuntural apoyo al alcalde, en forma de un acuerdo para el reparto de las tenencias de alcaldí­a. Así­, el dí­a siete de enero nombraba la Juventud Socialista en asamblea una comisión para negociar con la Juventud Vasca el reparto del equipo. Las negociaciones configuraron un equipo de gobierno de mayorí­a nacionalista en el que el socialista Ortega ocupaba la tercera tenencia de alcaldí­a.

Para cualquiera que leyese la prensa vizcaí­na del momento, el anticaciquismo triunfante presidí­a la polí­tica barakaldesa en enero de 1918. Euzkadi reseñaba el homenaje que los nacionalistas brindaban al nuevo alcalde de elección insistiendo en la denuncia del dominio de Altos Hornos:

“Todos tuvieron palabras de execración para los persistentes atropellos é inicuas persecuc iones por parte del ominoso caciquismo que en los treinta y más años ha disfrutado del presupuesto, ha tenido la anteiglesia falta de todo y en particular de urbanizadas ví­as de comunicación, excepción hecha de aquellos lugares en que algún Juantxu tiene fijada su residencia”.

El Liberal, por su parte, publicaba una entrevista con el nuevo alcalde en el que éste exponí­a sus planes para hacer frente a las dificultades a las que se enfrentaba el ayuntamiento (subsistencias, deuda) que concluí­a con un significativo “me interesa la vida de este Ayuntamiento renovador“.

No escapaban a los dinásticos las contradicciones internas del frente y, aún, las del propio nacionalismo. Por ello, antes de que los nacionalistas pudieran desplegar una estrategia reivindicativa desde la institución, se adelantaron presentando una moción en la que pedí­an la restauración de los fueros. Tal como pretendí­an mauristas y carlistas, además de cogerlos por sorpresa, el debate revelaba las diferencias entre los propios nacionalistas. Mientras el concejal nacionalista Larrinaga exponí­a con claridad que no era esa la reivindicación y que habí­a que superar el tema de los fueros, el nacionalista retuertoarra Taranco defendí­a la más ortodoxa vuelta a la situación anterior a 1839. Finalmente, el frente funcionó y nacionalistas y socialistas hicieron abortar la cuestión.

Sin embargo, pronto el frágil frente anticaciquil barakaldés iba a verse pronto sometido a graves tensiones que difí­cilmente podí­a superar. La convocatoria de elecciones a Cortes en febrero de 1918 subrayó la flagrante contradicción existente entre la dinámica polí­tica local y la del resto de Vizcaya. Mientras los nacionalistas se preparaban para revalidar sus victorias del año anterior, socialistas y mauristas parecí­an llegar a un acuerdo tácito para repartirse los distritos. A cambio de no obstaculizar la candidatura de Prieto por Bilbao, los socialistas renunciaban a presentar candidatos en el resto de las circunscripciones vizcaí­nas. En Barakaldo, este acuerdo de no intromisión suponí­a que, sin la presión y vigilancia de la izquierda, Altos Hornos y los monárquicos tení­an manos libres para forzar su maquinaria caciquil en contra del candidato nacionalista. Las consideraciones de la dirección polí­tica provincial socialista frustraban la movilización y el avance de la izquierda local, máxime cuando existí­an presiones para convertir la neutralidad en apoyo al candidato maurista Ibarra, consejero, además, a la fábrica.

Con la deserción de la izquierda, el discurso anticaciquil y democrático se convertí­a en patrimonio del nacionalismo que pasaba a capitalizar los descontentos. Así­, la Unión Comercial, que tradicionalmente habí­a oscilado entre el republicanismo y la cooptación por Altos Hornos, expresaba su apoyo anticaciquil, aunque apolí­tico, al candidato nacionalista:

“Necesario es que los comerciantes todos de la anteiglesia nos unamos para la defensa de nuestros intereses. Para ello nos ofrece su apoyo el candidato don Alejandro de Zaballa y Loizaga, persona prestigiosí­sima que, aunque afiliado a determinado partido polí­tico, se ha prestado á defender nuestros legí­timos derechos en las Cortes de Madrid, ampliando su ofrecimiento de que aún en el caso poco probable de que no fuera elegido diputado, sus compañeros de filiación polí­tica se colocarán en nuestra defensa y en la del Comercio de este distrito.

Por las razones expuestas, esta Junta, atenta siempre al cumplimiento de su deber que es la defensa del Comercio de esta anteiglesia, y teniendo en cuenta el a poyo ofrecido por don Alejandro de Z aballa, y dejando aparte la polí­tica, de la que esta entidad quiere estar completamente separada, pe ro en justa reciprocidad al ofrecimiento hecho, ruega encarecidamente á todos los comerciantes apoyen la candidatura del señor Zaballa en cuyo triunfo vemos la consecución de nuestras aspiraciones”.

Incluso algunos sectores de la izquierda local se resistí­an a subordinar la dinámica polí­tica local a los designios de la dirección provincial socialista y más aún en favor del candidato maurista que era un insigne representante de la patronal. El Liberal publicaba un rotundo desmentido republicano-socialista que negaba la existencia de ningún acuerdo a favor de Ibarra:  “porque se opusieron importantes elementos que no estaban conformes en votar la candidatura del señor Ibarra, por entender que así­ se traicionan los ideales y se destruye dos urnas rotas, tiros y un nacionalista herido de arma blanca (“De Bilbao al Abra” El Liberal, 25-II-1918) y, de hecho, los niveles de participación fueron sospechosamente altos: 81.5 % en general, 93% en la primera sección de San Vicente (94% en municipales de 1917), 87% en la segunda del Desierto (63%) y 88% en la primera de Retuerto (76%).

¿Cómo nosotros, fervientes socialistas y republicanos, vamos a cooperar con nuestro sufragio al triunfo de un maurista, que a su significación polí­tica une la de un burgués explotador directo de nosotros mismos?”.

El mismo número de El Liberal publicaba a continuación sin comentarios el apoyo de la Unión Comercial al candidato nacionalista y reseñaba un manifiesto de “un importante grupo de trabajadores aconsejando la abstención en esta lucha, señalando como preferente para la concesión del voto a cualquier candidato menos al señor Ibarra, miembro de una polí­tica cruel y persecutoria para el obrero”.

La elección de 1918 en Barakaldo es referencia obligada de los estudios de polí­tica vizcaí­na tanto por la competencia en manipulación de actas y compra de votos como por las reacciones de los obreros barakaldeses ante la ajustada victoria final del candidato nacionalista. Citando a Ybarra y a El Liberal, Fusi señala que “centenares de obreros de Altos Hornos habí­an marchado en manifestación hacia Bilbao en protesta, en parte espontánea, por las irregularidades electorales cometidas por el candidato nacionalista y sus agentes, vitoreando a España, a Prieto y al candidato dinástico por Barakaldo, Ibarra”. Estos sucesos han sido tradicionalmente interpretados como la manifestación del españolismo de los obreros barakaldeses. En este sentido, el maurista Javier Ybarra en su Polí­tica nacional en Vizcaya reseñaba las palabras del candidato maurista a la multitud congregada a la vuelta de la manifestación en Barakaldo: “Todos vosotros, como yo, nos consideramos servidores de la Patria, y prescindimos de todo otro interés para sacrificarlo todo en aras de la Patria, por amor a España”.

No se trata aquí­ de negar la animadversión de las bases de la izquierda a los nacionalistas. No era sólo una cuestión de profundas diferencias ideológicas en cuestiones sociales y religiosas. Basta repasar las proclamas nacionalistas sobre la bestia exótica y demás diatribas antimaketas para entender que difí­cilmente podí­an sentir simpatí­a por los nacionalistas con los que, de hecho, vení­an combatiendo en la calle hasta pocos meses antes. La cuestión es que la constatación de esta animadversión no es suficiente para postular la existencia de un españolismo entre las bases electorales de la izquierda barakaldesa capaz de dirigir el sentido de su voto.

El protagonismo de la dialéctica españolismo – nacionalismo vasco en la polí­tica barakaldesa fue, como se verá, posterior a esta fecha. De hecho, la estrategia de la izquierda barakaldesa entraba en oposición con tal dialéctica de confrontación que, más que de adscripciones nacionales previas, era el resultado de la estrategia práctica de la dirección socialista vizcaí­na. Como señala Fusi, a consecuencia del ascenso nacionalista en la coyuntura 1917-1918 y de la creación de la Liga de Acción Monárquica, en 1919 la balanza del poder polí­tico de Vizcaya quedarí­a en manos del partido socialista”.

Prieto inclinó pragmáticamente la balanza a favor del acuerdo con la Liga manteniendo el distrito de Bilbao a cambio de no obstaculizar las candidaturas monárquicas en Barakaldo y Valmaseda. La elección de Prieto por Bilbao en 1918 coincidió además con los momentos más bajos del movimiento obrero vizcaí­no después del fracaso de la huelga de 1917 y con la primací­a de los intereses polí­ticos de la organización sobre la dinámica sindical. En estas circunstancias, la exaltación españolista no sólo justificaba la entente entre monárquicos y socialistas, sino que constituí­a una fuente de legitimación de Prieto y el socialismo sobre sectores sociales no estrictamente ligados al mundo del trabajo. A partir de su acuerdo con los dinásticos, Prieto dejaba de ser el abanderado de la democracia y los derechos obreros, para convertirse en el adalid vizcaí­no de la defensa de la civilización española frente a la barbarie bizcaitarra. El españolismo era más una consecuencia de la opción pragmática de poder tomada por el socialismo prietista que su causa. El españolismo como fuente de movilización polí­tica aparece estrechamente vinculado a la figura de Prieto. En este sentido, resulta muy ilustrativo de la conexión que se iba a desarrollar entre ambos elementos el comentario de Euzkadi cuando, denunciando la “compenetración de patronos mauristas y obreros socialistas de Barakaldo”, afirmaba: “Es que tienen un ideal común, repiten: el españolismo. Y este  ideal común lo descubren, añadimos, al grito de ¡Viva Prieto!“.

En conjunto, los resultados de la elección en Barakaldo arrojaron una victoria conservadora con el 62% de los votos frente al 36% de los nacionalistas. Estos resultados apuntarí­an a primera vista al trasvase casi aritmético del voto de la izquierda a los conservadores. De la suma de los 1230 votos de la izquierda en las municipales de 1917 y de los 1037 de la derecha resultarí­an 2267 votos, cifra muy cercana a los 2338 votos obtenidos por el conservador Ibarra. De esta operación cabrí­a deducir el éxito de la estrategia prietista entre las bases electorales de la izquierda. Sin embargo, el estudio pormenorizado de los resultados electorales y la consideración de todas las hipótesis de combinación de voto verosí­miles problematizan seriamente este tipo de inferencias. Si se atiende a la evolución del voto nacionalista, el trasvase de voto de la izquierda a los conservadores pierde su aritmética claridad. Puesto que el nacionalismo ganó en esta elección cerca de 400 votos que volvió a perder en la repetición de la elección en julio, cuando la izquierda también compitió, y puesto que no parece probable la existencia de 400 abstencionistas que sólo votasen a los nacionalistas en febrero de 1918, no existen razones de peso para no postular que estos votos procedí­an de la izquierda. En tal caso, al menos un tercio de los votos ganados por los conservadores en esta elección, puesto que no podí­an proceder de la izquierda, habrí­an de proceder de la abstención. Un precedente de tal comportamiento lo encontrarí­amos en las provinciales de 1917 en que, a la vista de los resultados en las municipales, los conservadores contaron con votantes que luego se abstuvieron. Sin embargo, no parece lógico que votantes conservadores en las provinciales de 1917, cuando el triunfo era seguro, se abstuvieran en las municipales, cuando sus votos eran más que necesarios para la victoria. De igual manera, cualquier otra hipótesis de combinación electoral lleva a resultados contradictorios o poco verosí­miles si se atiende a sus implicaciones para el comportamiento del total de los agentes en juego. Por tanto, el análisis de los resultados electorales de estos años en lugar establecer una lógica del comportamiento electoral de los barakaldeses apunta a la inexistencia de cualquier lógica polí­tica. De ello se deduce que, o bien, los barakaldeses votaban aleatoriamente en función de criterios que nos son desconocidos, o bien, que la lógica del voto era independiente de las preferencias polí­ticas de los  votantes, es decir, que la elección estaba manipulada. En realidad, esta hipótesis de la corrupción del sufragio es la única que encuentra abundantes indicios en la que sustentar su verosimilitud.

En primer lugar se encuentra el hecho de que la participación en estas elecciones a Cortes (87%) en las que no participaba una de las tres opciones polí­ticas fundamentales fuese notoriamente superior a las elecciones mucho más competitivas en que todas fuerzas concurrí­an (76% en las municipales de 1917, 77% en la segunda elección a Cortes de 1918). En segundo, el análisis del comportamiento electoral por secciones parece indicar que más que fruto del españolismo de la izquierda, el reparto del espacio electoral de la izquierda respondió a las posibilidades de corrupción del sufragio de cada uno de los contendientes. Finalmente, hay que tener presente que se trataba de una elección que fue anulada por las numerosas manipulaciones tanto de nacionalistas como de conservadores. En definitiva, poco puede deducirse acerca del comportamiento polí­tico de los barakaldeses a partir de una elección que fue anulada por corrupta en un sistema que convertí­a la manipulación de sufragio en una de las premisas básicas de su funcionamiento.

En todo caso, lo que quedó meridianamente claro a principios de 1918 era que la dirección provincial socialista defendí­a una estrategia contrarí­a a la ensayada en Barakaldo. A los dos meses de su constitución, uno de los pilares del frente anticaciquil barakaldés se tambaleaba seriamente. Tampoco el nacionalismo habí­a de ser una base firme para su continuidad. El nacionalismo recién llegado al poder distaba mucho de ser un grupo homogéneo con una estrategia polí­tica clara, tal y como ya se hizo evidente en la propia votación de constitución del ayuntamiento. En la complicada coyuntura de 1918, se perfilaban básicamente tres posturas en el seno del grupo nacionalista. De un lado, se encontraban aquéllos que recelaban de la ruptura con Altos Hornos y el conglomerado de derechas que la empresa lideraba y que pugnaban por la vuelta al  antiguo clima de entente práctica. Frente a ellos, se impusieron los partidarios de configurar el nacionalismo como una opción polí­tica claramente definida, con objetivos propios e independientes del núcleo de poder tradicional. Sin embargo, éste mismo grupo se debatí­a ante la disyuntiva entre utilizar las cuotas de poder alcanzadas en favor de la depuración y democratización de la vida pública o, contrariamente, subordinarlas en favor del ideario nacionalista a la manera del viejo caciquismo.

De un lado, el alcalde aparecí­a como partidario de ahondar el frente anticaciquil evitando el enfrentamiento con los socialistas y asentando las bases de un funcionamiento polí­tico que permitiese la competencia entre las dos fuerzas con bases electorales, nacionalistas y socialistas, marginando, por tanto, a los hombres de la fábrica. Frente a él, los protagonistas del desafí­o nacionalista defendí­an la utilización tradicional del poder (amplia intervención del alcalde sobre las sesiones, control de la guardia, etc), pero esta vez al servicio del ideario nacionalista.

Las discusiones durante los primeros meses sobre cuestiones relativas a la dimensión simbólica del poder público (festejos, religión) comenzaron a dejar traslucir en la primera mitad de 1918 estas diferencias. El alcalde quedaba en solitario con su talante conciliador frente a un grupo nacionalista dominado por posturas claramente beligerantes en contra del socialismo y partidarias de la utilización del poder público en su lucha por el control de las masas.

Así­, la mayorí­a de nacionalistas y conservadores se reeditaba para la afirmación de la alianza del poder municipal y la iglesia. Esta mayorí­a aprobaba la asistencia de la banda y la corporación a las funciones religiosas en enero44, y de nuevo su presencia en la procesión en junio. Los socialistas protestaban en esta ocasión no sólo por la presencia municipal en actos religiosos, sino por la actuación de guardia que obligaba a los transeúntes a descubrirse ante su paso. Mas la postura de la mayorí­a nacionalista no dejaba lugar a dudas a este respecto. Como señalaba el primer teniente de alcalde Taranco en una discusión sobre la conveniencia de que los maestros municipales llevasen a sus alumnos a una función religiosa en los salesianos, no habí­a de cuestionarse la subordinación del poder público a la Iglesia, “siendo católica la religión del Estado”.

Por el contrario, la misma mayorí­a de nacionalistas y concejales de la fábrica negaba la banda a las entidades de la Casa del Pueblo para la celebración del 1 de mayo, desestimando las argumentaciones de la izquierda acerca del carácter no polí­tico de la fiesta. Un concejal nacionalista señalaba además que “votarí­a a favor de ésta si no fuera porque la fecha que trata de conmemorarse más que de regocijo y jolgorio, es de luto”.

Sólo el alcalde mantení­a una actitud conciliadora, “pero advierto que he de votar con mis compañeros”. Poco después veí­an frustrada los nacionalistas su pretensión de utilizar la misma banda para la romerí­a nacionalista de Santa ígueda.

Antisocialismo y religión uní­an pues a nacionalistas, conservadores y jaimistas en unas sesiones que daban lugar, además de a la agitación del público, a acusaciones de traición que mostraban la ambigí¼edad de la polí­tica de alianzas de la izquierda. Los socialistas, a la vez que criticaban a Ibarra por “romper las buenas relaciones” (que, por tanto, existí­an), concluí­an con una genérica descalificación de toda la derecha: “Solo existen dos grupos muy amigos (…) enemigos polí­ticos de ayer os dais un abrazo para hundir el deseo de la clase obrera. Tan malos sois unos como otros”.

Anulada la elección a Cortes de febrero de 1918, su repetición a finales de junio trasladaba la dialéctica de enfrentamiento entre los nacionalistas y la izquierda a sus respectivas bases sociales. A diferencia de lo que habí­a pasado en febrero, la presencia de una candidatura republicana en junio implicaba directamente a las bases de izquierda en la elección. De esta elección arrancó una espiral de violencia callejera entre los efectivos movilizados por nacionalistas y socialistas que acabarí­a por frustrar cualquier intento de entendimiento entre ambos sectores.

La nueva convocatoria electoral confirmaba la triangulización de la correlación de fuerzas locales, aunque esta vez con destacada ventaja de la izquierda. Con 1751 votos la izquierda se hací­a con el 49.7% del voto, mientras que nacionalistas y conservadores reducí­an sus posiciones a un 27 y 22% respectivamente. Se confirmaba, también, la distribución tradicional del voto por distritos. En contraste con la distribución homogénea de la izquierda, más del 80% del voto conservador provení­a de San Vicente y El Desierto y los nacionalistas obtení­an sus mejores resultados en Retuerto y Burceña.

No faltaron voces nacionalistas que denunciaran el apoyo de los mauristas a la candidatura republicana, pero lo cierto era que, a diferencia de lo que habí­a ocurrido en febrero, competí­an en la calle contra los nacionalistas esas “hordas” que saciaban

“sus odios africanos en los abnegados patriotas del distrito de Barakaldo”.

Durante la elección se produjeron agresiones a jóvenes nacionalistas en Landáburu y varios tiroteos, entre ellos el que hirió de gravedad al hijo del conserje de la Casa del Pueblo, al parecer de tendencia nacionalista. Las agresiones socialistas encontraron en las semanas siguiente su repuesta en la implicación de la guardia municipal en la violencia partidista. Así­, ya en julio podí­an los socialistas podí­an efectuar una radiografí­a de la situación local en la que quedaban claramente perfiladas los instrumentos de poder de que disponí­a cada sector de la derecha: “En el mando de la fábrica, cuando la poderosa Sociedad tení­a su imperio en Baracaldo, los enemigos polí­ticos, obreros en su mayorí­a, eran condenados con el despido a la miseria. Hoy que el nacionalismo, por las artes ya conocida, impera polí­ticamente en la ciudad fabril, combate a sus enemigos con un procedimiento mucho más repugnante, con el palo. Y lo triste es que vista de uniforme a determinados hombres a quienes encarga esta “delicada” misión”.

La espiral de violencia callejera era azuzada por la prensa. Mientras Euzkadi insistí­a con renovada beligerancia en los tópicos xenófobos sobre las hordas incivilizadas, El Liberal se erigí­a en defensor de la civilización ilustrada y se enzarzaba en una ardiente campaña contra el matonismo bizcaitarra que serví­a de base para encendidas proclamas españolistas.

El incidente más grave en esta espiral de violencia callejera se registró a mediados de julio. Varios disparos efectuados por una militante nacionalista en un mitin celebrado precisamente contra los malos tratos de la guardia municipal costaron la vida al presidente de la Juventud Republicana Radical. Ante la aparente tendenciosidad de la guardia municipal, se produjeron intentos de asalto al batzoki. El Liberal dio cuenta de los sucesos en los dí­as posteriores con truculentos titulares y crónicas que los La modernización polí­tica. “En el crimen del viernes último no debe verse únicamente el hecho vulgar de una riña que tiene consecuencias sangrientas. E s algo más que eso, porque parece responder a un plan trazado por los nacionalistas para imponerse por el terror; porque no es un hecho aislado, fortuito, imprevisible, inesperado, sino por el contrario, según todas las referencias y todas las impresiones recogidas en el lugar del suceso, estaba premeditado y dispuesto de la manera que más convení­a a la impunidad. Así­ vemos que acude a un mitin organizado por republicanos y socialistas uno de los más exaltados bizcaitarras baracaldeses; que va armado de pistola; que sabe situarse enfrente del presidente de la Juventud Republicana de aquella localidad; que busca la cuestión interrumpiendo a los oradores; que dispara un tiro contra los que le mandan callar; que hiere mortalmente, no a un ciudadano cualquiera, no a un individuo de los mucho s que allí­ habí­a, sino precisamente a uno de los más caracterizados; que los a gentes de la autoridad municipal protegen la huida del agresor y toman atestado contra los que quisieron detenerle; que un abogado poco escrupuloso, de acreditada especialidad criminalista por la maña que tiene para probar coartadas, un abogado muy “popular”, toma la dirección del asunto y hace hablar de legí­tima defensa y prepara testigos y trata de embrollar el enjuiciamiento dificultando la saludable acción de la justicia; que todo el partido nacionalista parece asistir con sus cuidad os al criminal y que el órgano de ese partido no tiene una sola palabra de condena para el crimen” (…) “Vemos también que quedan en la impunidad los tormentos denunciados por el concejal socialista Agustí­n Gondra y que es éste detenido tan pronto como los guardias presentan una denuncia contra él”. “Le matan con alevosí­a y le entierran con vilipendio” El Liberal, 15-VII-1918.

Finalmente, la implicación de la guardia municipal en los enfrentamientos callejeros provocó la primera crisis grave del nacionalismo barakaldés en el poder. Ante el incremento de las denuncias, el alcalde Juan de Garay destituyó al cabo de la guardia. El grupo nacionalista se opuso a tal medida, pidió la expulsión del partido del alcalde y amenazó con que si ésta no se producí­a dimitirí­a la Junta Municipal en pleno, en versión de El Liberal. Si bien el alcalde Garay no llegó a dimitir de su cargo, solicitó una licencia por asuntos personales que le alejó del ayuntamiento durante meses. Taranco, el lí­der del nacionalismo retuertoarra, se hací­a cargo como alcalde interino de la situación.

Negándose a reconocer al nuevo cabo y confirmando en su puesto al antiguo entre protestas del resto de los concejales, se alejaba de cualquier postura conciliadora.

Afrontaba la cuestión del orden público publicando un bando que establecí­a el cierre de todos los establecimientos a las nueve y prohibí­a la circulación de grupos superiores a tres personas durante la noche y las “reuniones o conversaciones de menosprecio a algunas personas y muy concretamente a la religión Católica, a S.M. el Rey, o al Gobierno de la Nación, así­ como proferir blasfemias contra Dios y sus Santos, o cosas sagradas, silbar, ultrajar, apostrofar a persona alguna…”.

Finalmente, el sector más beligerante del nacionalismo se habí­a hecho con el poder a costa de los antiguos conciliadores con Altos Hornos y del talante independiente y conciliador con la izquierda del alcalde. Su victoria le colocaba, sin embargo, en una posición de extrema debilidad en el consistorio que le dejaba a merced de los votos de la fábrica y del recurso al autoritarismo por parte del nuevo alcalde interino.

En estas circunstancias se produjo la primera gran discusión acerca de la simbologí­a nacional en el consistorio. Los concejales jaimistas y mauristas presentaron una moción solicitando explicaciones sobre la substitución del himno nacional por el de San Ignacio en la misa mayor de Burceña y de la retirada de la percalina con los colores españoles del kiosco de la banda municipal. Correspondió a los mauristas la glosa de las glorias de España ultrajada por estas medidas.

Los concejales de izquierda se situaron inicialmente al margen del debate. El Liberal señalaba la secundariedad del asunto apuntando que “hoy contenderán frente a frente los que ayer fueron aliados y acaso también mañana lo sean, por oponerse a la aprobación de otras cuestiones más urgentes y de mayor interés para el vecindario”.

Los socialistas sólo intervinieron en el debate cuando los ánimos de concejales y público se crisparon ante la intervención del nacionalista Larrinaga: “Además el Sr. Sanz habla de una España grande; no será tan grande cuando trenes cargados de hombres que proceden de esa España vienen a matar el hambre a Vizcaya”. Respondió el concejal socialista Gondra a esta declaración defendiendo la dignidad de los inmigrantes, su contribución a la riqueza de Vizcaya y su condición de explotados de quienes les despreciaban. Hasta aquí­ la intervención socialista se mantení­a fiel a los parámetros tradicionales anacionalistas y antixenófobos. Sin embargo, la última parte de su intervención mostraba cómo el discurso de los dirigentes socialistas se iba impregnando no sólo de españolismo, sino de un españolismo legitimador del sistema polí­tico vigente:

“aunque parece que no tienen importancia los actos que se discuten, la tienen mucho, y él que, sin embargo, no pretende sentar “pregón de católico” ni de “Empresa” entiende que quien ocupa un sillón presidencial, bajo el retrato de S.M. el Rey, tiene la imperiosa y primordial obligación de rendir los honores correspondientes á las altas jerarquí­as en todos los actos oficiales”.

Como se indicó con anterioridad, la dureza nacionalista coincidí­a con una situación de extrema debilidad en el pleno que obligaba al alcalde interino a forzar sus atribuciones. Así­, ante las peticiones jaimistas de una comisión investigadora y su sometimiento a votación, el alcalde suspendió la sesión asumiendo todas las responsabilidades. La sesión se clausuró con una violenta discusión entre concejales nacionalistas y jaimistas. Estos últimos atizaron el enfrentamiento proponiendo en la sesión siguiente que constasen en acta textualmente las afirmaciones del nacionalista Larrinaga, lo cual, a pesar de los intentos de éste de dar un nuevo sentido anticaciquil a su declaración, consiguieron en votación.

A finales de septiembre de 1918, los enfrentamientos multilaterales de los nacionalistas liderados por Taranco con el resto de las fuerzas polí­ticas y con su propio grupo habí­an desembocado en el bloqueo de la acción polí­tica del consistorio. A estas alturas, la salida a esta caótica situación provocada por los enfrentamientos cada vez más violentos entre los nacionalistas y el resto de la derecha pasaba por un realineamiento de las fuerzas polí­ticas locales en el que los socialistas se perfilaban como un valor en alza. Los intentos de tender puentes hací­a los socialistas por parte de los dos sectores de la derecha se multiplicaron en los meses siguientes. En octubre, los socialistas apoyaban la moción nacionalista de protesta contra la supresión de la ley de 183968, mientras los mauristas puntualizaban que, si bien estaban en contra la abolición de los fueros, Vasconia antes y después de ella formaba parte de España. Una semana antes de esta votación, el propio alcalde Taranco habí­a hecho suya la argumentación socialista de negar a la Conferencia de San Vicente de Paúl recursos para ayudar a las ví­ctimas de la epidemia de gripe por competer tal ayuda a la Junta de Beneficencia. En diciembre los mauristas, con jaimistas y nacionalistas, se plegaban a la negativa socialista de que la banda acudiese a los funerales por las mismas ví­ctimas70. Sin duda, el mejor ejemplo de las distintas sensibilidades que conviví­an en los sectores de la derecha barakaldesa y su pragmatismo a la hora de halagar a los socialistas lo constituí­an las continuas contradicciones y realineamientos que se produjeron en la discusión acerca de la redacción concreta de una moción congratulándose del fin de la guerra mundial.

Los intentos de acercamiento a la izquierda no evitaron a los nacionalistas el rotundo fracaso que implicaba perder el control de la representación del ayuntamiento de Barakaldo en la Asamblea de Municipios convocada por la Diputación para presentar al gobierno un proyecto de autonomí­a. Paradójicamente, un ayuntamiento teóricamente gobernado por los nacionalistas enviaba a la Asamblea una comisión compuesta por el católico Loizaga, el jaimista Saez y el republicano Vilda, quienes se alinearon con el maurista Ramón Bergé en el intento de sabotearla. La impotencia nacionalista no podí­a ser más manifiesta.

Los alineamientos estrictamente coyunturales en función de los beneficios a obtener por las partes se impusieron en la polí­tica local. De ahí­, que el discurso socialista La modernización polí­tica fluctuase alternativamente entre la adscripción a la dinámica de enfrentamiento españolismo- nacionalismo vasco y el periódico resurgir de los planteamientos anticaciquiles. Por un lado, El Liberal continuaba con su ofensiva antinacionalista con titulares como “el matonismo bizcaitarra”, “el salvajismo bizcaitarra”, “los crí­menes de Baracaldo” y acusaba a los conservadores de haber favorecido el, a su juicio, nefasto ascenso al poder de los nacionalistas en Barakaldo: “Este absurdo estado de cosas habí­a de producir indignación y la produjo. Germinó la protesta en los obreros, mayorí­a de este vecindario; en los comerciantes, en los propietarios y en los labradores. Esto suponí­a una grave amenaza y se pensó, no en un cambio de conducta municipal, sino en una nueva y oscura alianza con los nacionalistas, a los cuales se darí­a cinco o seis concejales a cambio de que continuaran los fabriles con la primera vara y la dirección de los asuntos. Amamantaron la ví­bora y hoy ésta amenaza sacarles el corazón”.

Simultáneamente, desde el mismo periódico, el concejal socialista Gondra replicaba a El Pueblo Vasco, que acusaba a los socialistas de ser el apoyo de los nacionalistas, con el tradicional discurso demócrata anticaciquil, desmarcándose del juego antinacionalista: “le diré que serán conservadores o jaimistas los concejales que el informante alude; pero que en el Ayuntamiento baracaldés no hay más que un considerable número de concejales que, salvo raras excepciones, están únicamente para defender los intereses de poderosas Empresas (…) Este Ayuntamiento está compuesto por siete nacionalistas, tres jaimistas, tres conjuncionistas, dos republicanos independientes, un conservador maurista, otro conservador no definido. (…) un tradicionalista que no sabe si lo es, y un concejal alcaldable que toda ví­a germina en su cerebro la idea separatista. Pero bien, de todo este considerable número de minorí­as (…) pertenecen a las Empresas de este pueblo (…): un accionista de A.H. de V., otro accionista de Industria y Comercio, seis empleados en A.H. de V., un empleado en la Luchana Mining….”  Así­, el resurgir de la violencia callejera entre nacionalistas y socialistas, con nuevas denuncias de actuaciones irregulares de la guardia en enero de 1919, no era obstáculo para que éstos llegaran a acuerdos que parecí­an revivir el frente anticaciquil.

Socialistas y nacionalistas pactaron la renovación de los vocales asociados, arrebatando a la fábrica su tradicional control sobre el presupuesto.

Sin embargo, la vuelta de Juan Garay a la alcaldí­a a principios de febrero de 1919 no consiguió consolidar ninguna alianza polí­tica mí­nimamente estable. De hecho, su polí­tica en torno al tema de las subsistencias le llevó a un enfrentamiento con aquellos sectores de comerciantes cuyo voto habí­a sido solicitado por los nacionalistas en las elecciones a cortes de 1918. Los contactos entre la Unión Comercial y la Casa del Pueblo para abaratar las subsistencias no mejoraron la situación. En abril de 1919 se produjo una manifestación de mujeres que amenazó con asaltar el ayuntamiento y que profirió insultos y abucheos contra el alcalde Garay77. El ayuntamiento respondió a estos indicios de posible desbordamiento del descontento popular tasando el precio de los productos. Esta acción provocó la animadversión de los comerciantes que se quejaban de que: “es un error pretender exigir al pequeño comerciante precios más baratos que los que nosotros tenemos que pagar por los comestibles, una vez que esto no es posible llevarlo a cabo; prueba clara y terminante de ello es que las Cooperativas obreras y socialista de la provincia no han podido acatar los precios fijados por la Junta Provincial de Subsistencias y que esto podí­a redundar en perjuicio del público, una vez que, de pretender exigir artí­culos a precio de tasa, los comerciantes tendrí­amos que dejar de suministrar éstos”.

La oposición de los comerciantes a la tasación desembocó durante el mes de abril en un cierre de establecimientos y un agrio conflicto entre múltiples partes. El Liberal, mostrando cuál la clientela polí­tica que le interesaba ganar, se poní­a de parte de los comerciantes, mientras el alcalde Garay, desbordado por el conflicto, se vio obligado a ceder autorizando la apertura de los establecimientos a finales de mes y tolerando los viejos precios hasta que la alcaldí­a pudiera suministrar productos al precio de tasa.

En este convulso clima llegaba una nueva convocatoria de elecciones a Cortes en junio de 1919. De nuevo, la estrategia de la dirección provincial socialista frustraba cualquier salida depuradora al marasmo polí­tico barakaldés. Pero, por otro lado, el acuerdo de monárquicos y socialistas tampoco conseguí­a mantener las viejas prácticas de corrupción del sufragio, puesto que el acta de Barakaldo tuvo que ser anulada por el Tribunal Supremo.

El alcalde Garay volví­a a abandonar el cargo entre julio y octubre de 1919, cediendo la alcaldí­a de nuevo al primer teniente Taranco. A finales del año, se reproducí­an las denuncias de extralimitaciones y malos tratos de la guardia municipal, La modernización polí­tica a la vez que le procesamiento del socialista Gondra por no descubrirse al paso de una procesión atizaba el enfrentamiento ideológico entre la izquierda y el nacionalismo en el poder. En consecuencia, el bloqueo polí­tico presidió el resto del mandato nacionalista.

El desafí­o nacionalista de 1917 se habí­a saldado con un rotundo fracaso. El grupo nacionalista habí­a mostrado su incapacidad para presentar una acción de gobierno contí­nua y coherente, no habí­a conseguido colaborar en el proceso de construcción nacional desde las instituciones al perder la elección de los delegados que habí­an de representar a Barakaldo en la asamblea de municipios, se habí­a visto afectado por fuertes tensiones internas que habí­an provocado la retirada intermitente del alcalde y, finalmente, habí­a sido incapaz de anclar en la causa nacionalista los apoyos coyunturales obtenidos de sectores de la localidad tradicionalmente no nacionalistas, como los comerciantes. En este negativo balance de su paso por el poder, el nacionalismo barakaldés no se alejaba demasiado del fracaso del ciclo expansivo del PNV iniciado en 1917. Pronto serí­a la hora del reflujo y de la reconsideración.

El fracaso de la convergencia de derechas.

El pragmatismo socialista

En 1920 el bloqueo de la situación polí­tica barakaldesa se resolvió al consolidarse una alianza entre dos de los vértices del triangulo polí­tico local. Los socialistas barakaldeses acabaron con sus ambigí¼edades, olvidaron el precedente de frente anticaciquil y optaron por aplicar la estrategia prietista al ámbito local en el momento en que en Barakaldo se daban unas condiciones similares a las que habí­an determinado la actuación de la dirección socialista a escala vizcaí­na: la posibilidad de obtener cuotas significativas de poder.

Las elecciones municipales de 1920 no alteraron substancialmente el equilibrio de fuerzas electorales existente en 1917. La izquierda, esta vez dividida entre republicanos y socialistas, consolidó sus resultados de la última elección a la que concurrió erigiéndose con más del 40% de los sufragios en la fuerza más votada. A pesar de que Euzkadi publicara la intención de los nacionalistas de pasar a la ofensiva en el distrito de El Desierto presentando un candidato80, el mapa electoral de 1917 se mantuvo sin grandes modificaciones. Los dinásticos seguí­an controlando los distritos de San Vicente y El Desierto, y los nacionalistas hubieron de conformarse con renovar el copo por Burceña. Se produjo, sin embargo, un cierto reequilibrio del voto de derechas. Los nacionalistas se resentí­an de sus crisis internas y del duro enfrentamiento que, a causa de la cuestión de las subsistencias, habí­an mantenido con los comerciantes en 1919.

Si los resultados electorales globales no variaban con respecto a 1917, la composición del ayuntamiento sí­ que se vio significativamente alterada por efecto del sistema de votación por distritos. La pretensión de mauristas y jaimistas de ir al copo en tres distritos redujo su éxito a un sólo concejal, con lo que el grupo de la fábrica reducí­a su presencia en el ayuntamiento a sólo cinco concejales, el mí­nimo en todo el periodo estudiado. Por el contrario, los socialistas conseguí­an actas para tres de sus cuatro candidatos y con cuatro regidores alcanzaban su máxima representación en el consistorio. Por último, los nacionalistas conseguí­an hacer triunfar a todos sus candidatos, a pesar de su retroceso relativo. Con nueve concejales, los nacionalistas constituí­an el grupo municipal más numeroso y volví­an a quedar a sólo un voto de la mayorí­a absoluta.

Tal composición ampliaba los efectivos del frente anticaciquil de 1917. Sin embargo, a estas alturas, semejante pacto ni siquiera se planteaba. Al igual que ocurrí­a en el ámbito provincial, la izquierda optó por la alianza antinacionalista con los monárquicos a cambio de amplias cotas de poder. Las pretensiones iniciales de El Liberal no eran pocas: apuntaba la alcaldí­a para el socialista Evaristo Fernández a cambio de la primera tenencia de alcaldí­a para Altos Hornos.

Los nacionalistas sólo podí­an esperar el desacuerdo entre las otras dos fuerzas o la disidencia o incomparecencia de algunos concejales. En este sentido, parece que no estaba exenta de intencionalidad la campaña de Euzkadi en la que se denunciaba la implicación de dos concejales socialistas en el atentado sufrido por un trabajador nacionalista.

Finalmente, los socialistas no consiguieron la alcaldí­a, pero la fábrica hubo de pagar cara la primera vara municipal para el católico de Altos Hornos Rodolfo Loizaga: la primera y la cuarta tenencias de alcaldí­a para los socialistas y la tercera para los republicanos, un resultado que difí­cilmente podrí­a haberse obtenido de los nacionalistas.

La estrategia polí­tica de los socialistas no habí­a de ayudar precisamente a relajar el enfrentamiento callejero entre las bases de izquierda y las del frustrado nacionalismo. Una nueva espiral de violencia se abrió en junio, cuando una manifestación nacionalista y una jira socialista coincidieron en la zona de Barakaldo. Según el relato de El Liberal, los nacionalistas dispararon contra la manifestación socialista provocando intentos de asalto al batzoki de la calle Fueros y de linchamiento de los detenidos nacionalistas, además de enfrentamientos entre los manifestantes y la guardia civil. Euzkadi, por su parte, diferenciaba entre tres incidentes independientes y subrayaba que el resultado de las escaramuzas (dos nacionalistas muertos y un herido frente a un republicano muerto) difí­cilmente podí­a sostener la campaña de El Liberal acerca del matonismo bizcaitarra.

A diferencia de lo que habí­a ocurrido en el periodo 1918-1920, los nacionalistas se encontraban ahora en desventaja ante este rebrote de la violencia polí­tica callejera. La ofensiva represiva gubernamental se veí­a agravada por la pérdida del control sobre la fuerza pública local. El nuevo alcalde, Loizaga, destituyó al cabo de la guardia nombrado por Garay, que incluso fue cacheado por orden del juez municipal durante la sesión de constitución del ayuntamiento.

Los socialistas tuvieron que pagar un alto precio electoral por su pragmatismo polí­tico. De entre las tres fuerzas polí­ticas en juego, fueron los que más castigados electoralmente resultaron por el cambio de alianzas. En las municipales de 1922, el nuevo Partido Nacionalista recogió el voto tradicional del nacionalismo barakaldés e incluso mejoró resultados con relación a 1920. También mejoraba resultados con relación a esta fecha la derecha dinástica. La principal ví­ctima, pues, del juego de alianzas establecido en 1920 eran los socialistas que perdí­an casi la mitad de sus votos y no obtení­an ningún concejal, sin que la recuperación republicana consiguiera recuperar los niveles de voto de la izquierda de las convocatorias anteriores. El prietismo no parecí­a acabar de convencer a las clases obreras de Barakaldo que desafiaban la lí­nea socialista tanto en su vertiente polí­tica como en la laboral, pugnando por romper la estrategia de armoní­a social y contención reivindicativa seguida por los sindicatos socialistas.

Sin embargo, estos resultados adversos no hicieron variar la estrategia de los dirigentes socialistas barakaldeses. La estrategia prietista no se basaba en la ampliación de las bases electores socialistas, sino en el pragmático aprovechamiento de la coyuntura polí­tica para ampliar las cuotas de poder del partido. Así­, tras la debacle electoral de 1922, los socialistas optaban por desarrollar crudamente esta estrategia.

La composición del ayuntamiento en 1922 volví­a a situar a los nacionalistas, con nueve regidores, a sólo un voto de la mayorí­a absoluta. La fábrica habí­a superado su escasa representación del mandato anterior y obtení­a seis concejales (dos jaimistas, tres conservadores y un católico). Entre ambos sectores, la minorí­a de izquierda con tres regidores socialistas y un republicano volví­a a convertirse en la clave del poder.

Habiendo conseguido el católico Loizaga, alcalde desde 1920, la alcaldí­a por Real Orden, la reedición del pacto entre la izquierda y los dinásticos hubo de adecuarse a la nueva situación de reforzamiento de los dinásticos. Los resultados de la primera votación apuntan a que la minorí­a socialista se dividió entre el veterano concejal Fernández, en el ayuntamiento desde 1910 y partidario de la alianza con los dinásticos, y los dos nuevos concejales socialistas que se abstuvieron en las votaciones. El equipo quedó, por tanto, interinamente formado por nacionalistas. En estas circunstancias, la cotización de los votos socialistas se disparaba y Altos Hornos se vio obligada a pagarlos caros.

En la siguiente sesión, los dos socialistas se reintegraron a la disciplina antinacionalista. El equipo resultante otorgaba la primera, la tercera y la cuarta tenencias de alcaldí­a a los socialistas y la sindicatura suplente a los republicanos. La lógica pragmática de la polí­tica socialista habí­a dado sus máximos frutos: los tres únicos concejales socialistas conseguí­an colocarse en el equipo de gobierno.

La estrategia socialista de condicionar el apoyo a los dinásticos a la obtención de amplias cotas de poder volví­a a ponerse en práctica un mes después al suspenderse la alcaldí­a de R.O. En la votación para alcalde, los dos socialistas se abstení­an de nuevo y el católico Loizaga habí­a de conformarse con ocho votos frente a los nueve del nacionalista Atxabal. Hicieron falta tres sesiones para que Loizaga consiguiese los votos socialistas, precisamente cuando se mantení­a un largo conflicto huelguí­stico en Altos Hornos. Las reticencias socialistas no parecí­an, pues, derivadas de la voluntad de no incrementar la contradicción entre oposiciones laborales y oposiciones polí­ticas en la localidad, sino de su estrategia meramente pragmática de obtención de la máxima presencia en el poder. Como se indicaba irónicamente el diario Aberri: “¿Qué les dá el compañero Loizaga a estos ciudadanos universales para que se le muestren tan sumisos y obedientes? Les dá, todo lo que se puede dar en estos casos: guardias municipales diurnos y nocturnos, terrenos comunales, clientes, etc.”

Vista en perspectiva, la evolución de la derecha barakaldesa no podí­a ser más contradictoria. Tras una común andadura cimentada en su oposición a la izquierda, sus enfrentamientos internos habí­an acabado por ofrecer amplias cuotas de poder a la izquierda, paradójicamente en sus momentos de máxima debilidad electoral.

Mutaciones y escisiones

De manera similar, el amplio frente interclasista articulado por el nacionalismo vasco habí­a de imponer al partido soluciones propias ante el bloqueo polí­tico. La presión de los nuevos sectores movilizados abrí­a a finales de la década un periodo de fuertes tensiones, crisis y mutaciones en el seno de los nacionalismos periféricos. L. Hooghe da cuenta de estas mutaciones en lo que denomina modelo de conflicto – movilización – actividad de la pauta cí­clica del nacionalismo. Dejando aparte la oportunidad del nombre, el modelo de este autor resulta útil y puede sintetizarse de la siguiente manera.

Algunas personas deciden desafiar a los que detentan el poder por medios no convencionales de actuación polí­tica. Tal desafí­o se difunde por el sistema polí­tico en función de los agravios existentes (conflicto) y de las posibilidades reales de  éxito (estructura de las oportunidades) y de la fuerza de los contendientes. A medida que se expande la movilización nuevas organizaciones y nuevos sectores se añaden a las inicialmente inspiradoras del procesos. Con ello los temas y las tácticas se diversifican e incluso algunos sectores se radicalizan más allá de los objetivos iniciales de la protesta.

Una parte importante de los movilizados se retira, sin embargo, en la medida en que sus demandas inmediatas son satisfechas o cuando consideran que los costos y los riesgos no compensan el objetivo a conseguir. El movimiento pierde fuerza y se desintegra, pero el ciclo ha alterado sus caracterí­sticas. Se han socializado nuevos tipos de participantes, han emergido nuevos actores y se han introducido nuevos temas. En este proceso las pautas y valores asociadas a la nación pueden haberse transformado de manera radical e, incluso, volverse en contra de sus iniciales inspiradores.

Esta era la dinámica que estaba latente bajo las escisiones que vivieron los movimientos nacionalista y catalanista en los primeros años veinte. El golpe de Estado de Primo llegó antes de que el proceso iniciara su reflujo y se completara el ciclo, aunque sí­ que puede detectarse la retirada o el intento de volver a la situación anterior de algunos sectores. A lo largo de estas escisiones los temas se solaparon y se combinaron de diferentes maneras en los debates, pero es importante separar analí­ticamente las tres fuentes de fricción básicas y posibles ví­as de desarrollo:

a) La primera era la de la radicalidad nacionalista. Dado que la soberaní­a procedí­a de la nación y ésta ya se habí­a definido en contra de la española en toda una serie de escaramuzas durante los años precedentes, buena parte de los movilizados comenzó a considerar que la defensa de la catalanidad o de la vasquedad exigí­a una práctica polí­tica que no se correspondí­a con el posibilismo y regionalismo de las direcciones de los partidos nacionalistas-regionalistas y defendí­an una polí­tica más radicalmente nacionalista.

b) La segunda fuente de disensiones procedí­a de la dimensión social de los programas nacionalistas. Toda idea de comunidad nacional implica de alguna manera la de solidaridad. A pesar del blindaje originario de los nacionalismos en este tema, a medida que los sectores populares se incorporaban a la nación se incrementaba la tensión entre la comunidad espiritualmente solidaria y las desigualdades materiales que se producí­an en su seno.

c) La tercera fuente de fricción era la más estrictamente polí­tica y la única que atentaba directamente contra el núcleo ideológico que habí­a actuado de motor de la expansión nacionalista. Aceptada la idea de una comunidad que aspiraba al autogobierno, definida en la práctica por la lucha polí­tica, la estrecha vinculación originaria con contenidos substantivos como el orden social y la religión comenzaba a relativizarse. El autogobierno de la nación tomaba una significación autónoma que no habí­a tenido hasta el momento. Todas la propuestas de ordenamiento polí­tico futuro de la nación comenzaban a ser teóricamente posibles, hasta las liberales o democráticas. La misma práctica polí­tica cotidiana favorecí­a estos planteamientos. La experiencia de la represión y de las intervenciones autoritarias del Estado legitimaba los principios democráticos. Para horror de parte de sus impulsores, el inicial regeneracionismo ultraconservador y corporativista nacionalista podí­a desembocar en la práctica, a través de mecanismos no previstos y mucho menos deseados, en un fuerte motor democratizador.

En el caso vasco, el detonante de la crisis nacionalista fueron las expectativas frustadas de las victorias de 1916-17. La táctica posibilista del partido nacionalista amplió notablemente su base electoral como partido de orden y permitió un ciclo expansivo que comenzó con la consecución de la mayorí­a en la Diputación de Vizcaya y se manifestó espectacularmente en las elecciones a Cortes de 1918. Un partido que no habí­a tenido ningún diputado hasta el momento se hací­a súbitamente con todas las actas de Vizcaya, menos la de Bilbao, y una por Guipúzcoa. Después de estas victorias no era de extrañar que la campaña en pro de la autonomí­a generara grandes expectativas que se frustraron estrepitosamente al cabo de dos años. La reorganización dinástica, la ofensiva represiva estatal y las mismas contradicciones y rigideces del nacionalismo, redujeron estas victorias a la nada.

Las fuertes tensiones internas que culminaron en la ruptura del partido en 1921 no derivaban tanto de la oposición a la estrategia moderada y posibilista llevada a término hasta el momento como de la brutal frustración de expectativas que implicó su fracaso. Para buena parte de las fuertemente ideologizadas bases nacionalistas, la ortodoxia se convertí­a en el único agarradero sólido en esta frustrante coyuntura. En este sentido, el escindido PNV aberriano fue básicamente un fundamentalismo, es decir, una radical y confortable reafirmación en los principios como guí­a de actuación en una situación adversa. El importante papel que las juventudes jugaron en la escisión y el carácter popular de la base nacionalista les permitió crear un juego de imágenes socializantes, que, en el sentido de la segunda fuente de fricción, enfrentaba la verdadera raza vasca a los débiles burgueses de la Comunión (el partido tradicional).

Pero este populismo no era más que aranismo. Fue la primera fuente de fricción, la cuestión de la radicalidad nacionalista, la que rompió el movimiento de arriba a abajo, incluidos los obreros nacionalistas, no una oposición de programas o composición social. Aparte de la fidelidad a la Comunión de la escasa gran burguesí­a nacionalista, ambos partidos se distinguí­an más por la radicalidad asociada a la juventud de sus miembros que por su composición social. Sólo algunos sectores de la Juventud Vasca de Barakaldo, con un proyecto de Partido Nacional Vasco, se atrevieron a avanzar por la tercera ví­a de desarrollo atentando directamente contra la sí­ntesis racial-integrista sabiniana para plantear abiertamente un nacionalismo aconfesional, socializante, democrático y abierto a todos los habitantes del Paí­s Vasco.

Las escisiones barakaldesas

Tras su audaz desafí­o y su llegada al poder, la situación del nacionalismo barakaldés a principios de los años veinte reflejaba la frustración general del nacionalismo vasco ante el fracaso de su ofensiva. Perdido el ayuntamiento y privado de la fuerza pública local en la lucha callejera, el nacionalismo habí­a de sufrir en mayo de 1921 la destitución de sus nueve concejales por el gobernador civil por haber votado una moción en la que censuraban la suspensión gubernativa de un acuerdo de la Diputación acerca del uso del euskera por parte de los funcionarios. La evolución del contexto polí­tico para el nacionalismo local era paralela a la general y el fracaso de la ofensiva iniciada en 1917 igualmente notorio. Sobre este clima de frustración incidirí­a la polémica entre los aberrianos y la Comunión que habí­a de llevar a la escisión del nacionalismo.

Los batzokis de Burceña y Retuerto y la Juventud Vasca apoyaron durante el verano de 1921 la campaña de depuración y petición de responsabilidades sobre la situación que inició Aberri. Existe constancia de una junta celebrada el 2 de septiembre por la Juventud en la que, sin duda, se tomó partido en la crisis abierta en el nacionalismo vasco. Igualmente, el dí­a 3, la sociedad Euskalduna celebró otra junta en la que se decidió la expulsión de varios socios. A finales del verano eran expulsados de la Comunión la Juventud Vasca de Barakaldo, los centros vascos de Alonsótegui y Retuerto, y la sociedad Euskalduna, más los votantes a favor de las tesis aberrianas de la asamblea de Alonsótegui y los batzokis de Regato y Burceña.

La escisión aberriana contó, pues, con el apoyo inicial en Barakaldo de las principales entidades nacionalistas. Este apoyo se vio rápidamente ampliado a la totalidad del entramado institucional nacionalista barakaldés. En diciembre, las entidades nacionalistas respondí­an a las declaraciones del diputado provincial de la Sota en contra del PNV renunciando a su representación y negándose a continuar los contactos tendentes a solucionar la crisis nacionalista. Firmaban la declaración la Junta Municipal de Barakaldo, la Juventud Vasca, la sociedad Euskalduna y los Batzokis de Retuerto, Regato y Burceña. El nuevo partido nacionalista incluí­a ya, por tanto, a aquellos dos Batzokis que no habí­an sido expulsados en septiembre. Una semana después la Junta Municipal ratificaba la adhesión al PNV.

Por su parte, en Alonsótegui, el Centro Vasco habí­a decidido prestar apoyo a Aberri en dos juntas sucesivas de 22 y 28 de julio de 1921. En noviembre, el presidente de la junta municipal comunicaba a Eguilor la falta de información sobre la fundación del nuevo partido y la decisión de retener las cuotas hasta decidir a qué partido adscribirse. La adhesión al PNV se confirmó en la primera semana de enero de 1922 por una votación de 40 a favor, 10 en contra y 8 abstenciones.

A principios de 1922, la totalidad de las entidades nacionalistas barakaldesas se habí­a escindido de la Comunión y adherido al nuevo PNV. Con tal apoyo institucional, no era extraño que el nuevo partido se aprestase a luchar con renovada beligerancia y en exclusividad en las elecciones municipales de febrero de 1922. Aunque anunció su intención de presentar por primera vez candidatos en El Desierto, finalmente hubo de conformarse con la más tradicional competencia por las mayorí­as en los distritos de San Vicente y Retuerto y el copo en Burceña.

Los buenos resultados electorales obtenidos por los nacionalistas en 1922, similares a los de 1920, no encandilaban al nuevo partido: “el fin supremo del Nacionalismo no son las luchas electorales”. La composición del ayuntamiento de 1922 confirmaba el alejamiento del poder institucional del nacionalismo barakaldés iniciada en 1920, que habí­a condicionado el surgimiento de la escisión de Aberri y, en consecuencia, nada invitaba a un replanteamiento del camino emprendido por el nacionalismo local en el otoño-invierno de 1921.

Viejos y nuevos temas se solapaban en esta crisis de la Comunión de 1920-21. Más, concretamente, resurgí­an los viejos temas conflictivos en el seno del nacionalismo, pero en un nuevo contexto. El nacionalismo barakaldés ya no era el mismo de 1917.

Durante la ofensiva de los años posteriores, el nacionalismo habí­a sufrido importantes mutaciones: se habí­a erigido en un referente nacional claro y excluyente y, además, habí­a conseguido un éxito notable a la hora de movilizar a nuevos sectores de la población en torno a su programa

La radicalidad nacionalista, a diferencia del catalanismo, habí­a sido teóricamente explí­cita en el nacionalismo vasco desde su nacimiento. Sin embargo, como denunciaban los aberrianos, el propio éxito del movimiento habí­a llevado a una práctica regionalista. Tal como denunciaba un editorial de Aberri: “A medida que el Partido Nacionalista va ganando en cantidad, va perdiendo en calidad. El espí­ritu sabiano se va entibiando y aquella austeridad de principios e intransigencia patriótica que el Maestro infundió en los primeros Jetzales, se va mistificando. Vamos de concesión en concesión, de dejación en dejación, olvidándonos de nuestra primitiva fiereza…”

Una práctica polí­tica radical era aún más novedosa en Barakaldo, donde, como se ha expuesto, el nacionalismo habí­a mantenido estrechos lazos con las fuerzas vivas y a las redes de poder local. Desde 1917, con el desafí­o a Altos Hornos, la situación se habí­a clarificado, pero cabe recordar que hombres como Ariño, presidente de Euskalduna en 1904-05, se mostraban reticentes a la nueva dinámica excluyente. Lo cierto, es que a partir de esta fecha, ya no eran posibles ambigí¼edades como al fundador del batzoki de Burceña, Francisco Tierra, posteriormente diputado provincial monárquico, o la del propio alcalde de Altos Hornos, Rodolfo Loizaga, que dirigí­a en este periodo la represión de las manifestaciones nacionalistas, habiendo sido, según Aberri, “tan asiduo concurrente en otros tiempos a jiras y fiestas nacionalistas, donde sabe él muy bien que la más franca alegrí­a y la mayor corrección son los digní­simos acompañantes de todos los concurrentes….

Las juventudes suelen ser señaladas como un factor de radicalización consecuente de los principios nacionalistas. De hecho, la Juventud Vasca de Bilbao fue el bastión del PNV en todo el proceso de escisión de 1921. Sin embargo, si bien la Juventud Vasca de Barakaldo, como se verá, tuvo un protagonismo incuestionable y actuó como punta de lanza de la evolución nacionalista en estos años, los datos disponibles para Barakaldo no apuntan a una oposición generacional en este sentido.

En 1917, la media de edad de la Junta directiva de Euskalduna era de 33.8 años, pero esta relativa juventud no constituí­a una novedad en el nacionalismo barakaldés. El primer concejal nacionalista entró en el ayuntamiento con 34 años y la media de edad de los nuevos concejales se mantuvo siempre entorno a los 38 años. Igualmente, la media de edad del grupo nacionalista en el ayuntamiento fluctuó en torno a los 40 años.

Por tanto, no se constata una diferencia apreciable en cuanto a la edad entre los primeros concejales nacionalistas y los del periodo posterior a 1917. Si bien es cierto que en este año se produjo un notable rejuvenecimiento de los nuevos concejales, también lo es que el PNV aberriano llevó por primera vez al ayuntamiento hombres mayores de 55 años, con lo que la media de edad del grupo nacionalista de 1922 resulta ser la más elevada del periodo estudiado (44,5). Mayor peso que la edad estrictu sensu en la radicalidad nacionalista parece tener el grado de imbricación en las redes sociales tradicionales de poder local. En este sentido, sí­ que resulta notoria la transformación social del nacionalismo barakaldés durante las dos primeras décadas del siglo XX. Hasta 1910, los escasos datos que tenemos sobre la base social del nacionalismo barakaldés apuntan a su vinculación a los sectores medios bajos autóctonos (labradores, jornaleros). Coincidiendo con la consolidación del grupo municipal en torno a los cinco concejales, se produjo una significativa transformación social entre 1910 y 1917. La presencia de labradores se vio reducida a un único concejal (9.5%) y la de las clases bajas a un 23%. En su lugar, las clases medias y, especialmente, las clases medias independientes (comerciantes, industriales, contratistas) constituyeron el grueso del grupo municipal (61.9%). La expansión del nacionalismo local, en compleja relación de amor y odio con Altos Hornos, pareció coincidir con su adopción por una parte de las clases medias urbanas.

Sin embargo, a partir del desafí­o de 1917 y más acentuadamente a partir de 1920, esta configuración social varió notablemente. Las clases medias mantuvieron sus posiciones, pero en el resto de la composición del grupo se produjeron importantes variaciones. En estos años, las clases bajas recuperaron un creciente protagonismo, pasando a constituir el 55% del grupo aberriano de 1922. Similar proceso, aunque más limitado, siguieron los labradores. Por otro lado, y esto constituí­a una novedad sin precedente, las clases altas irrumpieron en el grupo nacionalista (12%), concretamente jóvenes profesionales liberales.

Por tanto, el nacionalismo barakaldés del periodo de ofensiva y crisis aparece como un movimiento claramente interclasista, con un importante componente popular incluso entre sus representantes en las instituciones y con presencia de profesionales acomodados. En resumen, todo un espectro social alternativo a la sociedad no nacionalista. Era esta una composición similar a la apuntada por Ludger Mees para el grupo aberriano, aunque, a nuestro entender, en el planteamiento de este autor existe una confusión entre la ausencia de la burguesí­a industrial nacionalista en el PNV con la negación del carácter acomodado de la dirección peneuvista. Abogados, gerentes, ingenieros o el propio caso del médico barakaldés, José Larrea, miembro del BBB del partido, no diferencian socialmente de manera substancial al PNV de la Comunión, aunque resulte claro que el primero no contó con el apoyo de la minoritaria gran burguesí­a que apoyaba a la Comunión.

En una localidad eminentemente industrial como Barakaldo, esta composición interclasista implicaba un notable peso de los trabajadores en el movimiento nacionalista. Así­, en 1917, tanto la junta de la Juventud Vasca como la de Euskalduna estaban í­ntegramente compuestas por trabajadores. Igualmente, los jóvenes trabajadores eran hegemónicos en la junta directiva del batzoki del Regato de 1922. A finales de 1921, el núcleo dirigente del nuevo PNV confirmaba esta preponderancia de trabajadores combinada con la presencia de jóvenes profesionales liberales. Presidí­a la Junta Municipal un joven abogado de 30 años, que contaba con la ayuda de un modelista y un albañil como tesorero y secretario respectivamente. La cúpula dirigente del nacionalismo barakaldés se completaba con un albañil en la presidencia de Euskalduna, un forjador en la del Batzoki de Retuerto y Juan de Garay, alcalde en 1917 y marino acomodado, en la del Batzoki de Burceña. En Alonsótegui, por su parte, era un jornalero de 40 años quien presidí­a la Junta Municipal que se completaba con un empleado de 24 años como secretario y un capataz de 29 como tesorero.

Por tanto, la radicalidad nacionalista aparece relacionada con el establecimiento de un espectro social alternativo, vertebrado por esta ideologí­a, e independiente de los intereses y tradiciones de un grupo social determinado.

Ahora bien, el notable peso de trabajadores en las filas del nacionalismo vasco habí­a de incidir en el convulso panorama nacionalista. Aceptada la exclusividad de la identidad nacional quedaba pendiente el escollo de las diferencias sociales en el seno de esta comunidad, es decir, la segunda lí­nea de desarrollo.

La armoní­a de las clases y, en todo caso, la subordinación de la cuestión social a la cuestión nacional era el lema tradicional del nacionalismo vasco. Ello no obstó para que, como expresión de la base popular autóctona, surgieran desde muy pronto propuestas en favor de un sindicato nacionalista. En Barakaldo existió una sociedad de obreros vascos de la que sólo se conoce su reglamento de 1909. Sin embargo, el sindicato SOV-ELA se fundó bastante tarde en la localidad: en 1919 en Barakaldo y 1920 en Alonsótegui, contando con unos 500 y 100 afiliados respectivamente, según Euzkadi. En noviembre de 1921, un estadillo municipal recoge la existencia de este sindicato y de las agrupaciones de madera, oficios varios (Barakaldo y Alonsótegui), caldereros y ajustadores.

Ya en 1919, Antonio de Villanueva, dirigente de la SOV barakaldesa, habí­a tomado parte en el debate sobre el contenido social del nacionalismo. Defendí­a Villanueva la necesidad del abandono del “neutralismo” de la Comunión y la elaboración de un programa social claro y vinculante. Es de suponer que defendiera similares ideas en la conferencia que pronunció en la Juventud Vasca de Barakaldo en marzo de 1920. Esta crí­tica al conservadurismo social de la Comunión fue uno de los aspectos que configuró el clima de descontento sobre el que habí­a de producirse la escisión nacionalista. Sin embargo, aunque por oposición a la Comunión tildada de conservadora, el nuevo PNV apareciera más cercano a la cuestión social, la realidad es que no llegó a formulaciones claras al respecto. Para ambos partidos, la cuestión social no era solamente secundaria con respecto a la nacional, sino que quedó relegada del ámbito de los compromisos programáticos.

Sin embargo, existí­a desde 1920 en Barakaldo una coyuntura favorable para la expansión de un nacionalismo obrerista y demócrata. La tradicional hegemoní­a socialista sobre el movimiento obrero local empezaba a resquebrajarse dada su contradictoria posición. La alianza polí­tica socialista con la dirección de la fábrica entraba en contradicción con la dinámica de la lucha social en la localidad. Además, la votación de la alcaldí­a en plena huelga en Altos Hornos convertí­a esta contradicción en flagrante.

Para los descontentos con la estrategia españolista de Prieto, surgí­a por la izquierda una escisión comunista que en junio de 1921 aprobaba su reglamento y que con su actividad regular a partir de 1922 constituí­a un desafiante referente en la sociabilidad polí­tica de la izquierda local. También en el terreno sindical la tradicional hegemoní­a socialista se veí­a cuestionada por la formación a partir de agosto de 1922 de un Sindicato íšnico de Trabajadores de Barakaldo.

Resultaba evidente que las bases de la izquierda barakaldesa no podí­an tener ninguna simpatí­a por el nacionalismo vasco tal como se habí­a formulado hasta al momento, puesto que el agresivo antimaketismo y antiizquierismo constituí­an elementos definitorios de este movimiento. Seguramente, profesaban ese españolismo primigenio que señalaba Fusi, pero en todo caso no acababan de ser convencidos por el españolismo prietista, tal como muestran los resultados electorales socialistas. La izquierda barakaldesa habí­a remontado el bache electoral de 1913 y 1915 en la municipales de 1917 con 941 votos (30%) y alcanzaba su mejor resultado en las de 1920 con 1545 votos (42%). La estrategia de alianza con los hombres de Altos Hornos invertí­a esta tendencia. En las municipales de 1922, la izquierda no superaba los 900 votos (23%). De hecho, esta evolución era aún más marcada en el caso de los socialistas.

El rápido incremento del voto socialista entre 1917 y 1920 (415 y 1005 respectivamente) se tornaba en una verdadera debacle en 1922. Los 447 votos de este año se situaban por debajo de los resultados obtenidos en 1911 y 1913.

Este descrédito socialista entre parte de sus bases electorales fue explotado por los nacionalistas. Por primera vez, los nacionalistas podí­an abandonar el integrismo y el conservadurismo en su discurso antisocialista. En la campaña electoral de junio de 1918 el nacionalista Esteban de Isusi se mantení­a todaví­a en el esquema tradicional de crí­tica a los socialistas: “Acordaos de Agosto en que tení­ais planteada un huelga justa y la intromisión de los elementos perturbadores de los Prieto y comparsa hizo que se convirtiera en revolución aria y ser perdida por vosotros; los mismos que mientras poní­ais el pecho a las balas del ejército, preparaban cuidadosamente su huida a Francia “Sólo un año después, el también candidato nacionalista Epalza “ensalzó y elogió la labor desarrollada por Pablo Iglesias [y] atacó duramente la actuación del candidato por Bilbao, Sr. Prieto, manifestando que no se le puede considerar como demócrata por pertenecer a la camarilla que obtiene los triunfos inclinando la rodilla ante las gradas del Trono”. La entente de Prieto con la derecha dinástica permití­a que por primera vez los nacionalistas pudieran atacar a los socialistas desde su terreno tradicional: el de la democracia y la defensa del trabajador. En este sentido, tras el pacto municipal de 1920, Euzkadi insistí­a en la traición socialista a sus bases, aunque no podí­a evitar rematar la crí­tica con una vuelta a la más rancia ortodoxia antimaketa: “son aquellos que arribaron á este pueblo con alforjas, erigiéndose hoy en administradores de nuestra hacienda”.

Esta variación del discurso que sin duda, tal como revela el anterior pasaje, era meramente pragmática por parte de los dirigentes nacionalistas, tení­a posibilidades reales de calar entre las bases trabajadoras del nacionalismo barakaldés. Mientras la anterior generación del nacionalismo vasco veí­a con profunda desconfianza cualquier democratización que pudiera desembocar en el acceso al poder de los izquierdistas y moralmente corruptos maketos, la generación nacionalista forjada en la lucha electoral y social de este periodo podí­a adoptar las reivindicaciones democráticas y antiburguesas que el prietismo habí­a abandonado, puesto que, dado el pacto de la izquierda con el poder estatal, eran ellos las principales ví­ctimas de la represión polí­tica del régimen.

Sin embargo, ni la Comunión ni el PNV dieron cuenta de esta evolución. Tanto en el terreno social como en la cuestión religiosa o en las formulaciones polí­ticas sobre el futuro Estado vasco, el PNV aportaba pocas novedades. La radicalidad fundamentalista le confirió una áurea dinámica e innovadora frente a la instalación de la inercia cauta y acomodaticia de la Comunión, pero distó de dar solución a las cuestiones que estaban en la base de su nacimiento. Resulta, así­, comprensible que la Juventud Vasca barakaldesa, después de haber jugado un decidido papel en la escisión a favor de los aberrianos y haber ayudado al establecimiento del PNV aberriano en Barakaldo, mostrase pronto su insatisfacción ante el nuevo partido y mantuviese su independencia de criterio entre ambas organizaciones nacionalistas. Ya en diciembre de 1921 asistí­a su junta directiva, para escándalo de Aberri, a una conferencia de Eleizalde, destacado teórico de la estrategia gradualista de la Comunión y polemista antiaberriano. A finales de 1922, la insatisfacción ante ambos partidos llevó a un grupo de jóvenes barakaldeses a lanzarse de lleno por la tercera ví­a de desarrollo con la fundación de un tercer partido: el Partido Nacional Vasco.

El ideario del Partido Nacional sólo es conocido indirectamente a través de las conferencias que se realizaron en la Juventud Vasca desde noviembre de 1922 a febrero de 1923, con una asistencia media de 100 personas. Aparte de lo publicado en la prensa, se conserva un borrador de la de Telesforo Uribe- Etxebarria

El Partido Nacional partí­a de una explí­cita declaración independentista reclamando la “independencia absoluta y terminante de nuestra patria”, según Uribe-Etxebarria. Se alejaba, por tanto, de la ambigua formulación de “derogación de la ley de 1839” que habí­a permitido la convivencia de diferentes tendencias en el seno del nacionalismo vasco y que todaví­a defendí­a la Comunión. Con ello, se acercaban a los planteamientos del PNV aberriano. Sin embargo, los puntos de contacto acababan aquí­, puesto que el Partido Nacional tení­a una concepción muy diferente de la aberriana acerca de la organización del futuro Estado vasco.

El Partido Nacional propugnaba una república vasca unitaria con “unas mismas Cortes legislativas y un mismo poder ejecutivo para todos los vascos y teniendo las regiones y Municipios facultades solamente administrativas”, según la formulación del ponente del programa Nicolás de Aldai. Con tal declaración casi jacobina, los disidentes barakaldeses superaban el esencialismo y el idealismo tradicional que defendí­a la restauración del funcionamiento polí­tico vasco previo a la abolición de los fueros. La independencia de la nación vasca ya no podí­a ser un mero retorno a la situación anterior a 1839; sino que debí­a desarrollarse en torno a un sistema polí­tico homologable a la contemporaneidad, desde el cual cimentarla y reforzarla. Así­, el tema de la centralización vasca iba ligado al tema de la unificación del euskera. A la manera catalana, debí­a crearse un euskera unificado por encima del conglomerado de dialectos locales y regionales. En definitiva, el Partido Nacional abandonaba idealizaciones tradicionalizantes y esencialistas, que veí­an en el pasado anterior a la revolución liberal española la nación vasca ya formada, para incidir en la necesidad de la moderna construcción de la nación en consonancia con lo que habí­an sido los principios del nacionalismo liberal del siglo XIX.

En este punto, se acercaban más a la teorí­a y la práctica de la Comunión que al PNV. El ex-presidente de la Diputación, Ramón de la Sota Aburto, expresaba el acuerdo de la Comunión con estos planteamientos señalando “la necesidad de la unidad nacional de que el Estado sea uno y único”, y atribuí­a a los particularismos tradicionales el fracaso de la nación vasca en la historia. Igualmente, Julián de Arrién establecí­a que la multiplicidad de gobiernos irí­a contra la unidad nacional y remitirí­a más a un regionalismo españolista administrativo “que le repugna” que a la reivindicación nacionalista. El PNV, por el contario, en tanto que retorno a la ortodoxia integrista, defendí­a el pensamiento del Maestro y proponí­a una confederación de estados vascos absolutamente autónomos, con dialecto propio y personalidad soberana propia, teóricamente facultados para separarse de la confederación, y supuestamente organizados a la manera tradicional. Así­, el conferenciante aberriano, Luí­s González de Etxabarri, establecí­a en este punto el principal desacuerdo entre la nueva propuesta y el PNV, señalando que “esa futura constitución que se propone es lo más antidemocrático y centralista y los más contrario al espí­ritu que informó la antigua y libérrima legislación del Pueblo Vasco”. La diferencia de planteamientos era substancial, puesto que no se trataba simplemente de una oposición entre centralismo y federalismo, sino de dos concepciones del movimiento nacional absolutamente distintas: la que defendí­a la necesidad de construir la nación, adecuarla a la contemporaneidad y cimentarla desde el Estado y la que, casi al margen de las nuevas realidades sociales, pensaba que la nación vasca habí­a existido con anterioridad a la privación de sus derechos por los liberales españoles y, en consecuencia, sólo necesitaba para su libre funcionamiento del abandono de sus ocupantes. La declaración de Uribe- Etxebarria sobre el idioma expresaba claramente la resistencia ortodoxa a aceptar la propuesta de construcción nacional del nuevo partido: “En lugar de preocuparnos hondamente en la unificación de los dialectos actuales creo que serí­a más práctico que invirtiésemos todas nuestras energí­as en desterrar el erderade [de] nuestra patria”.

A la luz de esta substancial diferencia de planteamiento, estaba claro que la disidencia barakaldesa no se basaba, como pretendí­an los aberrianos, en una cuestión de grado o matiz. El resto de los puntos de fricción constituí­a el correlato lógico del paso adelante dado por los disidentes barakaldeses en la dirección de la tercera lí­nea de desarrollo arriba apuntada. La comunidad nacionalista vasca se habí­a definido en los enfrentamientos prácticos de las dos décadas anteriores, jalonados de batallas polí­ticas y callejeras con heridos y muertos, y habí­a tomado conciencia de su existencia. En consecuencia, el programa nacionalista debí­a centrarse en la realización de la voluntad de autogobierno de tal comunidad que progresivamente aparecí­a como independiente de los estrechos contenidos substantivos que vení­an caracterizándola teóricamente. Nada impedí­a a esta nación dotarse del sistema polí­tico que decidiera. Se abrí­a, así­, no sólo la posibilidad de superar las recetas concretas ofrecidas por Sabino sobre la organización del futuro Estado, sino también, y esto era lo radicalmente novedoso, de relajar y modificar los estrechos criterios fijados por el Maestro para definir la comunidad. Como expresaba la Juventud Vasca en carta dirigida a Euzkadi, la idea de Sabino de que Euskadi era la única Patria de los vascos constituí­a “lo UNICO que admitimos como básico y dogmático en el Nacionalismo Vasco”. El resto de las cuestiones quedaban expuestas al debate y la discusión.

Este desarrollo resultaba lacerante en el tema religioso. El Partido Nacional proponí­a una estricta separación de la Iglesia y el Estado relegando la cuestión religiosa al ámbito privado y suprimí­a el Jaungoikua de su lema. La formulación de Nicolás Aldai muestra que, con todo, las formulaciones del nuevo partido distaban de ser radicales en esta cuestión: “Pero a pesar de ser el Pueblo Vasco tradicionalmente católico, existen y existirán en el mañana discrepancias religiosas entre sus hijos, y a éstos no podemos ni debemos cerrarles las puertas de nuestros Batzokis y Sociedades si aman a Euzkadi y desean su libertad No pedimos libertad completa para estos hermanos nuestros, que han perdido la fe de Cristo para que sus ideas expongan en nuestros Bazokis, sino solamente tolerancia para que, juntamente con nosotros laboren en pro de la patria”.

De hecho, el aberriano Luí­s G. de Etxabarri preferí­a eludir el tema reduciéndolo a “un simple matiz de tolerancia, que el Partido Nacional quiere proclamar en su Manifiesto y que el Partido Nacionalista, sin aludir a ella en el suyo, la practica todo los  dí­as”. No era este el caso de la Comunión. Ya cuando publicó la carta de la Juventud sobre su interpretación de la herencia sabiniana, Euzkadi se habí­a apresurado a subrayar la sí­ntesis indisoluble entre nacionalismo y religión como elemento central de su legado: “No creemos que lo UNICO básico en el Nacionalismo Vasco sea la afirmación patria.

A esa afirmación polí­tica unimos la afirmación religiosa, estimando, por tanto, que lo básico del Nacionalismo por nosotros defendido es, conforme a las enseñanzas sabinianas, la afirmación de la unidad patria y la afirmación religiosa”.

De manera similar, el comunionista Elejondo se declaraba partidario de la separación económica entre Iglesia y Estado, pero se mostraba contrario a la supresión de la primera parte del lema sabiniano, ya que “el espí­ritu religioso se halla tan arraigado en el alma de nuestra raza, que serán inútiles todos los esfuerzos que se hagan para desvincularlo”. Mucho más radical era en este sentido, Ramón de la Sota: “No hay problema religioso en el Paí­s Vasco porque la inmensa mayorí­a de vasco son católicos. Habrá, sin duda, una minorí­a – de número y de calidad- que no tenga sentimiento religioso de ningún género, bien por holgazanerí­a o por incultura. Estos son precisamente los que constituyen la intolerancia ignorante. Y frente a esa intolerancia es cuando no cabe el bálsamo misericordioso de nuestra tolerancia que es virtud demasiado preciosa para la cerrilidad”.

No habí­a cabida para los laicos en la nación vasca y sus planteamientos sólo podí­an ser descalificados. La Comunión era, por tanto, radical en la defensa del legado integrista sabiniano, a pesar de su moderación y apertura en otras cuestiones.

Las novedades del desarrollo protagonizado por el Partido Nacional eran también evidentes en el tema social. Seguramente, nunca se plantearon los impulsores del nuevo partido subordinar la cuestión nacional a la social, ni mucho menos formar un frente único con los trabajadores socialistas con los que se batí­an en las calles. Sin embargo, no era éste el tema fundamental. La cuestión era que, aún sin abandonar la lógica subordinación del tema social a nacional (de lo contrario no serí­an nacionalistas), no habí­a razones para seguir realizando profesiones de fe ante los dogmas armonicistas sabinianos para aquéllos que no eran ni nostálgicos tradicionalistas ni modernos conservadores. Puesto que los trabajadores constituí­an el grueso de la comunidad nacionalista (como mí­nimo así­ era en Barakaldo) y su realidad social era constatable, el nacionalismo debí­a formular un programa claro y vinculante acerca del tema social, tal y como habí­a propugnado Antonio Villanueva en 1919.

La diferencia entre el Partido Nacional y los dos partidos nacionalistas no estribarí­a tanto en las implicaciones concretas de este programa como en la clara voluntad de establecer un compromiso entre el movimiento nacionalista y la realidad social de la mayorí­a de la comunidad nacionalista. La dificultad de los conferenciantes de las dos ramas nacionalistas para abordar este tema eran proverbiales. Ramón de la Sota recordaba el proyecto de la Diputación para facilitar el acceso de los campesinos a la propiedad de los caserí­os y, tras una larga disertación sobre el socialismo, parecí­a cifrar las mejoras obreras en la educación y el cooperativismo. Uribe-Etxebarria concluí­a que “a pesar de que el Nacionalismo Vasco no haya definido aún oficialmente su actitud en la esfera social, es tan poco lo que vosotros demandáis, que no puede haber ningún patriota que se oponga a vuestras pretensiones”. Pero es sin duda la argumentación del comunionista Elexondo la que mejor sintetiza la nebulosa armonicista que caracterizaba el discurso nacionalista sobre esta cuestión y su incapacidad para dar respuesta a la desafí­o obrerista del Partido Nacional: “…esta cuestión podrá ser resuelta en el Paí­s, de forma armónica y cordial, entre patronos y obreros, el dí­a en que el ideal nacionalista triunfe. Nadie más capacitad o que la organización nacionalista para encontrar una fórmula de concordia a este problema, ya que nuestro ideal, al estrechar los lazos de fraternidad entre los vascos de todas las clases sociales, uniéndolos con los ví­nculos de un efusivo cariño de hermanos, facilita la compenetración, acorta las distancias, despierta la mutua simpatí­a haciendo posible una cordial y fraternal convivencia de la inteligencia, el capital y el trabajo, mediante la distribución, en justa y equitativa proporción, de los beneficios debidos a los tres factores que integran la producción de la riqueza”.

A la luz de las anteriores consideraciones parece más correcto situar al Partido Nacional como un precedente de ANV, tal y como apunta Mees, que enmarcarlo simplemente en las incapacidades del PNV para dar repuesta a los problemas que provocaron su escisión de la Comunión como defiende Elorza. Es necesario insistir en que la disidencia del Partido Nacional no sólo suponí­a una especí­fica combinación de los acentos en los temas que enfrentaban a los dos partidos nacionalistas, sino que cuestionaba abiertamente las soluciones dadas por el Maestro y, aún más, atentaba contra el estrecho núcleo definitorio de la misma comunidad nacionalista (integrismo, antiliberalismo, antimaketismo). En este sentido, resulta especialmente relevante el preámbulo de la conferencia de González de Etxebarri: “El espí­ritu del nuevo Partido es sano en cuanto pretende crear un ví­nculo más amplio de unión entre todos los vascos, en cuanto defiende una mayor tolerancia para las ideas y opiniones del adversario, en cuanto busca soluciones más progresivas a los problemas polí­ticos y sociales. Pero ese espí­ritu es nocivo en cuanto significa una acogida indudablemente suicida al elemento extraño, en cuanto puede caer, no ya en la tolerancia para las ideas ajen as, sino en la transigencia de las propias, en la claudicación más o menos consciente de las propias convicciones, en cuanto esa busca de soluciones progresivas puede hacernos perder la genuina idiosincrasia”.

El nuevo Partido Nacional no sólo pretendí­a dotar de un sentido menos integrista y más socialmente comprometido a la ortodoxia sabiniana, sino que, haciéndose eco de una realidad local eminentemente industrial, urbana y obrera, atentaba directamente contra su intolerancia y cerrazón (“acogida indudablemente suicida al elemento extraño”) abriendo por primera vez el camino para una desvinculación de la definición de la comunidad nacionalista de los contenidos tradicionalistas.

Con semejantes planteamientos, la disidencia barakaldesa aparecí­a a los ojos de los aberrianos como una auténtica deserción, máxime cuando algunos de estos planteamientos la acercaban a la Comunión. En marzo de 1923, la Juventud Vasca se adherí­a, en contra del resto del nacionalismo local, a la manifestación convocada por la Comunión para el primero de abril, que Aberri calificaba de “gran farsa”. La resolución aprobada por los participantes subrayaba los puntos de coincidencia entre los disidentes barakaldeses y la Comunión: definición de los vascos como una nación única, idioma unitario-literario para el Euzkera, restauración de la “independencia nacional que Euzkadi disfrutó durante siglos” y creación de un estado unificado vasco y de un gobierno para todo el Paí­s Vasco.

Posteriomente, según anunciaba Euzkadi, la Juventud Vasca de Barakaldo apoyó al candidato nacionalista a Cortes, Mariano de la Torre. Con este apoyo explí­cito, la Juventud no se distanciaba de la base del nacionalismo barakaldés, puesto que este candidato obtuvo una votación similar a la obtenida por los candidatos nacionalistas anteriores a la escisión.

Tras haber planteado un esbozo de superación del nacionalismo tradicional, los disidentes barakaldes parecí­an tomar en la primavera de 1923 un camino de apoyo a la Comunión en aquellos temas en que la polí­tica de ésta coincidí­a con su ideario. Sin embargo, no es posible evaluar si la tercera opción nacionalista propuesta por la Juventud Vasca de Barakaldo iba a ser absorbida finalmente por alguna de las dos grandes tendencias en pugna o si, por el contrario, mantendrí­a una posición autónoma.

El final de un ciclo

El golpe de Estado del general Primo de Rivera suspendió la evolución de los movimientos nacionalistas e impide establecer en qué propuestas polí­ticas y sociales se hubiera concretando la mutación que viví­an. A pesar de ello, en Barakaldo, se habí­a cerrado un ciclo polí­tico ya antes del golpe. La pretensión originaria de encontrar una fórmula polí­tica moderna que evitara los peligros de la democratización y la lucha social habí­a fracasado estrepitosamente. Las derechas habí­an llegado a un punto en que preferí­an pactar con la izquierda antes que retornar a la actuación común que habí­a presidido el desarrollo de los discursos de referencia comunitaria en los primeros años. El propio éxito de su propuesta estaba en la clave de este resultado.

La nueva manera de hacer polí­tica habí­a conseguido movilizar a amplios sectores de la población paralelamente a la movilización de la izquierda. La misma lucha polí­tica habí­a legitimado un conjunto de normas y hábitos de actuación democráticos que precisamente de pretendí­an deslegitimar en la sí­ntesis inicial. La presión de los nuevos sectores movilizados apuntaba a desarrollos ni previstos ni deseados inicialmente. Incluso se planteaban en torno a la apelación nacional combinaciones especí­ficas de temas que atentaban contra la matriz originaria que la habí­a dotado de sentido.

Sin embargo, a pesar de este común fracaso de la propuesta inicial, la diferencia estructural persistí­a entre sus impulsores en ambas localidades. En Barakaldo, la sí­ntesis original habí­a fracasado en la práctica polí­tica, pero no habí­a perdido su vigencia. El Partido Nacional era sólo un desafí­o parcial fruto de las peculiaridades locales que difí­cilmente podí­a cuestionar al conjunto del nacionalismo vasco. Sin variar sus presupuestos ideológicos el nacionalismo vasco habí­a conseguido cimentar un amplio movimiento interclasista libre de lastres y compromisos con los grupos dominantes.

Habí­a conseguido incluso penetrar en el mundo del trabajo con sindicatos propios que contraponí­an el ideario nacionalista al movimiento obrero izquierdista. El propio éxito del PNV subrayaba la vigencia de las sí­ntesis sabiniana. La vieja matriz no se habí­a resquebrajado, sino que por el contrario contaba con nuevas fuerzas para enfrentarse a la izquierda.

Antonio Fco. Canales Serrano

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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