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Antecedentes de la gran siderurgia vasca (1840-1880) (IV)

Antecedentes de la gran siderurgia vasca (1840-1880) (IV)

LA MERCED DE GURIEZO

La fábrica de Nuestra Señora de La Merced de Guriezo Al mismo tiempo que se abrían las fábricas de Araya y Bolueta, tenían lugar una serie de acontecimientos en la localidad cántabra de Guriezo, próxima a la comarca vizcaína de Las Encartaciones, que habrían de determinar el futuro de la siderurgia vizcaína y de los protagonistas más destacados del proceso de industrialización del Señorío: la familia Ybarra. Ellos más que ningún otro grupo representaron el paso del capital comercial al industrial y minero.

Los Ybarra habían sido originariamente los más importantes proveedores de materias primas de las ferrerías y, por lo mismo, sus mayores acreedores. A ellas debieron su inicial acumulación de capital, beneficiándose del auge de la demanda de mineral vizcaíno en el extranjero tras el fin de la guerra carlista gracias a su asociación a grandes empresas siderúrgicas europeas que dieron lugar a la creación de las famosas Orconera Iron Ore y Franco-Belga.

Los Ybarra, en principio, buscaban el simple suministro barato y regular de materia prima pero, finalmente, aunque tarde, supieron transformar sus métodos siderúrgicos y adecuarse a la nueva era del acero en la década de 1880.

Para los Ybarra, su posición en el negocio del hierro cambiaría radicalmente a partir del traslado de las aduanas a la costa en 1841 y la decisión ese mismo año de varios comerciantes bilbaínos de constituir la sociedad Santa Ana de Bolueta con el fin de levantar una fábrica de hierro en las cercanías de la capital vizcaína, alentados por la posibilidad de abastecer el mercado español sin pagar derecho alguno tras la desaparición de esas aduanas.

A la vez que esto ocurría, en Guriezo (Cantabria), cerca de Bilbao, se daba un proceso similar. Si en Bolueta fue un grupo de empresarios vizcaínos encabezados por el Conde de Santa Coloma el que impulsó el proyecto, en Guriezo fue el Teniente coronel Lorenzo Serrano y su esposa Mercedes Trebuesto, condesa de Miravalle, quienes decidieron edificar una instalación siderometalúrgica.

Todos eran acreedores de las ferrerías que se situaban en los lugares que ocuparon luego las fábricas, aprovechándose de ello para hacerse con la propiedad.

Así, el citado Lorenzo Serrano tras hacerse con una de las ferrerías de Guriezo en 1829, anunciaba la inminente puesta en funcionamiento de su nueva fábrica ya en 1831 pero sus planes se torcieron con el estallido de la primera guerra carlista en 1833 y su extensión por las provincias norteñas.

Serrano, republicano confeso, pudo escapar del ejército carlista pero no así su administrador, Ángel González, que fue fusilado como represalia. Las tropas carlistas ocuparon la fábrica para fundir en ella artillería y pertrechos de guerra y, al retirarse, destrozaron completamente las instalaciones, acabando con las expectativas de Serrano.

En 1840, tras finalizar la guerra, la Sociedad Ybarra, Mier y Compañía se hizo cargo de la administración de todos los bienes de los condes de Miravalle y accedió a adelantarles dinero para la restauración de la fábrica. En 1843 ésta se arrendó al francés Francisco Alem que se comprometió a reconstruir todas sus instalaciones, para lo que formó una sociedad con varios franceses y un belga, pero fracasó en su empeño y la empresa quebró al de un año y medio.

Tres años después, en 1846, se traspasó el contrato de arrendamiento a uno de los socios de los Ybarra, Carlos Dupont, y a José de Vilallonga, miembro del grupo Ybarra. Con conocimiento de los Ybarra, principales acreedores de la empresa, estos dos personajes formalizaron un mes después la escritura de constitución de la Sociedad Anónima de La Merced de Guriezo. El capital social quedó fijado en 640.000 reales y el número de socios en cuatro.

Dupont y el cuñado de José Antonio Ybarra, Andrés Gutiérrez de Cabiedes, aportaron 80.000 reales cada uno, mientras que 240.000 correspondían a Mariano Vilallonga, padre de José, y otros tantos a Ybarra, Mier y Compañía.

Los nuevos dueños procedieron a finalizar la reconstrucción y reorganización de la fábrica.

Paralelamente a estos movimientos, los Ybarra sondearon la posibilidad de ubicar nuevas siderurgias en Asturias y en Cataluña. En Cobiella (Asturias), en 1842 un rico propietario les ofreció instalar la fábrica cerca del pueblo costero de Ribadesella, en un sitio que parecía adecuado. Al mismo tiempo los Ybarra recibieron información de que en la localidad catalana de Camprodón se había establecido una fábrica de hierro con expectativas de éxito, con minas de hierro cercanas.

Finalmente, la decisión final fue desechar las opciones asturianas y catalanas, apostando completamente por la cántabra de Guriezo en la que se integraría y participaría activamente la catalana familia Vilallonga -y más tarde en la de Barakaldo- que les asesoraron en el caso catalán, dando origen a la importante inversión de capitales catalanes en la industria vasca del hierro.

Sin embargo, tras la eliminación de las aduanas interiores en 1840, Guriezo no ofrecía una ventaja suficiente sobre otras ferrerías del entorno de Somorrostro para convertirse en la gran fábrica siderúrgica que los Ybarra pretendían erigir.

Además, durante los primeros años de actividad se tuvieron que ajustar los costes al máximo para no acumular pérdidas debido a la elevada cuantía de las inversiones realizadas, la falta de trabajadores cualificados, la escasa producción obtenida y el coste

financiero de las deudas de la empresa. El trabajo con los hornos de pudelado se paralizaba con frecuencia pues los hornos altos que producían los lingotes luego trabajados en los pudler se detenían continuamente debido a la escasez de carbón vegetal y a la irregularidad del caudal del río. Se optó, por tanto, por primar la producción directa del pudelado y reducir la del lingote.

Hacia 1850-51 la marcha de la fábrica comenzó a ser satisfactoria pero muy pronto, en 1854, se tomó la decisión de construir una nueva instalación siderúrgica en La Ría de Bilbao. A pesar de los buenos tiempos, los empresarios propietarios de Guriezo vieron claramente que, para poder seguir con la expansión del negocio siderúrgico, era necesario levantar una fábrica de nueva planta en un lugar con mejores accesos por tierra y, sobre todo, por mar, y que estuviera más cerca de la cuenca minera de Bizkaia, en la que ya tenían importantes intereses. Así, a comienzos del año 1855 compraron los terrenos de “La Punta” de Barakaldo, y allí comenzaron a levantar la nueva fábrica de

Miguel Ángel Martínez Vítores

José Eugenio Villar Ibáñez

 

 

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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