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MUJERES y MEMORIA DE LA REPRESIí“N FRANQUISTA EN LA MARGEN IZQUIERDA (V)

MUJERES y MEMORIA DE LA REPRESIí“N FRANQUISTA EN LA MARGEN IZQUIERDA (V)
  1. asd HAMBRE Y ESTRAPERLO

La miseria y el hambre están indisolublemente unidos a la vida cotidiana de la inmensa mayorí­a de la población española durante la guerra y el primer franquismo. Los pocos alimentos que habí­a se aprovechaban al máximo, como recuerda Enma:

«Fue un dí­a mi ama a Bilbao y en la calle Astarloa habí­a una tienda que vendí­a cacahuetes recién tostados. Y se conoce que en el tranví­a se puso a comer. Y un señor que iba enfrente le dijo:»por favor, no tire las cáscaras, démelas». La gente se comí­a hasta los pellejos de los plátanos. Y tostaban las cáscaras de naranja para hacer café.»     Enma Santí­n (Astrabudua, 1928)

La falta de una adecuada alimentación junto a las penosas condiciones de vida y vivienda aumentaron la incidencia de enfermedades transmisibles como el tifus y la tuberculosis. Muchas personas que ofrecieron su testimonio tienen uno o más familiares fallecidos por tuberculosis o afectados por esta enfermedad:

«En estas casas antiguas de Portugalete, de la calle Santa Marí­a y la calle del Medio, entre las dos casas hace un patio estrechito. «¿Oyes? El tuberculoso del segundo, el tuberculoso de…», se oí­a toser. Y la gente ya los tení­a identificados.»   Miren Begoña Sánchez Aranzeta (Barakaldo, 1935)

En el contexto de una autarquí­a que fracasa como modelo económico, el racionamiento de alimentos y bienes de primera necesidad (vigente hasta 1952) no cubrí­a las necesidades básicas de alimentación de la población. De modo que el propio sistema fomentó el estraperlo entre las clases pobres, junto a un variado abanico de estrategias para sobrevivir. Se ejercí­a un estricto control sobre la población, al tiempo que se favorecí­a a personas cercanas al régimen. El gobernador civil de Bilbao era considerado responsable de la situación de necesidad provocada por el racionamiento insuficiente y la pésima calidad de los alimentos que llegaban al mercado oficial:

«…le sacaron un cantar. «Cien gramos de azúcar, cien gramos de arroz… No sé cuántos… Esa es tu ración». »     Juli Gorosábel (Bilbao, 1933)

En general el hambre se hizo notar de forma más acusada en las ciudades, pues en el campo habí­a un mí­nimo autoabastecimiento. Muchas personas se desplazaban a áreas rurales para comprar productos en el mercado negro y revenderlos en su domicilio:

«¡En todas las buhardillas y en todos los pisos ibas a comprar! (…) la madre de unas amigas mí­as se dedicaba a eso. Iban en el tren de la Robla – ¡trabajaban!…- para la parte de León y por ahí­, y traí­an sacos de harina… Lo que daba el campo por allí­. Lo traí­an a sus casas y vendí­an. A escondidas. Y más caro.»   Juli Gorosábel (Bilbao, 1933)

El estraperlo a pequeña escala fue sobre todo practicado por las mujeres, madres de familia que intentaban obtener unos ingresos imprescindibles ante el escaso salario de los maridos, o bien cuando éstos estaban en la cárcel o no podí­an trabajar. A gran escala fue practicado básicamente por hombres con cierto potencial económico y polí­tico, dentro del propio régimen.

Muchas familias no sólo padecieron hambre como obreros, sino por ser desafectas o claramente opuestas al régimen franquista. El aislamiento social y laboral a que fueron sometidos los perdedores hizo que éstos sufrieran especialmente las consecuencias de la nefasta gestión económica y la represión hacia todo intento de supervivencia.

Como el régimen franquista no garantizaba las necesidades básicas, el hambre se constituí­a en una forma de represión en sí­ misma. Encarnación Santamarí­a, que tení­a ocho años en 1940, subraya así­ la gravedad de la situación: «era más la miseria que el miedo«.

Además, la población fue reprimida duramente en su intento por salir adelante sorteando la injusta legislación que regulaba el comercio de los productos básicos. La Guardia Civil, que se encargaba de reprimir el estraperlo, hací­a requisas en las estaciones de tren – el medio de transporte mayoritario – o bien aceptaba sobornos para «hacer la vista gorda» y dejar pasar los productos. Su abuso impune era muy común, lo que sugiere que era conocido por los superiores.

Desde el transcurso de la guerra, el régimen franquista organizó su actividad asistencial a través del Auxilio Social y la Sección Femenina de Falange, que gestionaban con objetivos muy ligados al control ideológico comedores sociales para personas sin medios de subsistencia:

«Solí­amos ir mi hermana y yo a comer al Auxilio Social. Y habí­a una canalla, una maestra que la tengo en el alma. (…) decí­a que a mi hermana no la darí­an comida porque se parecí­a mucho a mi padre. «A su padre, que era rojo».» Encarnación Santamarí­a (Sestao, 1932)

  1. REQUISAS Y SAQUEOS

En los primeros meses de la ocupación, las Comisiones Provinciales de Incautación gestionaron el despojo de sus posesiones a muchos vencidos. También fue frecuente el saqueo de los bienes de los que habí­an huido ante el avance de las tropas golpistas, o bien eran detenidos y encarcelados, y de las viviendas afectadas por los bombardeos. Eran realizados por personas cercanas al régimen y por miembros de patrullas falangistas y no estaban amparados expresamente por la ley pero eran permitidos, incluso alentados, por los dirigentes. La acción se cubrí­a con un baño de legalidad llamándolos «requisas».

Para las mujeres era muy significativa la pérdida del ajuar y de la vivienda, especialmente si los planes de matrimonio habí­an sido retrasados por el estallido de la guerra:

«Nos quitaron la casa, a mí­ me quitaron también todo lo mí­o…Y me lo quitó uno de aquí­ de Sestao, que viví­a en la Iberia. Y yo me casé y no tení­a nada.»     Nieves Ferraz (Portugalete, 1915)

A menudo la vivienda era saqueada u ocupada por personas conocidas de los antiguos propietarios o inquilinos, o bien los propios Ayuntamientos daban permiso a nuevos inquilinos para habitarla, lo que prolongarí­a el distanciamiento entre familias durante décadas.

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