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RECORRIDO HISTÓRICO 60: tres descripciones entre guerras (carlistas)

RECORRIDO HISTÓRICO 60: tres descripciones entre guerras (carlistas)

Todas las generalizaciones tienen sus riesgos. Sucede lo mismo con las descripciones excesivamente detalladas. Sin embargo, debemos reconocer que la lectura de estas últimas viene muy bien para ubicarnos en el camino y no perder el bosque por empeñarnos en buscar el árbol. En este caso traemos a nuestro recorrido lo que nos dicen del estado de la anteiglesia en el segundo tercio del siglo XIX John Francis Bacon[1], Pascual Madoz[2] y Juan E. Delmas[3].

1.- La Guerra Carlista en el punto de vista de un inglés (1838) John Francis Bacon

«La próxima posición ocupada por las tropas de la Reina, a mano derecha del Nervión, era el Convento del Desierto, un edificio amplio pero nada fuerte, bella y ventajosamente situado en una alta franja de tierra, en la confluencia del Galindo. Este edificio fue dotado de aspilleras y barricadas, los árboles de las cercanías fueron talados y hecha una abierta explanada, un foso estaba también en construcción. En la parte oriental había una fuerte batería consistente en dos cañones del 10,32 y uno del 9; y de frente, hacia el río Galindo y tierra firme, había una batería de dos cañones del 9. La guarnición consistía en una compañía del 4º de Infantería Ligera y unos 8 o 10 artilleros. Como el edificio domina el mejor y más hondo fondeadero del Nervión, el Comodoro de las fuerzas de Su Majestad en el lugar dispuso de un destacamento de marinos británicos fuera estacionado allí; y S. Saracene de Su Majestad, anclado allí al pie del Convento. El jefe nominal de esta importante posición era el teniente Coronel Angulo, pero el real era el capitán T. P. Le-Hardy del Saracene, un oficial bien distinto del viejo oficial español”.

‹‹Hasta entonces, las operaciones de Eguía habían sido coronadas por el éxito; cinco puestos fortificados, once piezas de artillería con 738 prisioneros habían caído en su poder; y todo era de él, desde Bilbao a Portugalete, excepto la pequeña fortificación del Desierto. Con la esperanza de hacer un ataque de sorpresa, un batallón de carlistas se acercó cautamente al Desierto, pero la posición estaba en buenas manos. Se les permitió acercarse cuanto quisieron, y entonces, un pesado y bien dirigido fuego les hizo volverse sobre sus pasos; convencidos de que aquello no era ni Burceña ni Banderas››.

2.- Barakaldo hacia 1845 (Pascual Madoz)

“Anteiglesia en la Provincia de Vizcaya (2 leguas a Bilbao), diócesis de Calahorra[4], partido judicial de Valmaseda y ayuntamiento de su nombre. Situada en un llano rodeado por los ríos Ibaizabal o Nerva, Cadagua y Riotuerto[5]. Su clima es húmedo pero bastante sano.

Compuesta de unas 363 casas dispersas, formando grupos y caseríos aislados con nombres especiales conforme a la situación que ocupan. Tiene una escuela para niños y niñas, muy concurrida. La Iglesia parroquial (San Vicente) está servida por dos beneficiados de ración entera que ejercen las funciones de párroco y otros dos medios racioneros, todos perpetuos y de patronato particular[6] en que tenían participación el Marqués de Valmediano y los Srs. Castaños, Salazar y Mazarredo y Echevarri, cuyos herederos lo vienen ejerciendo; la casa Castaños percibía dos sextas partes del diezmo y una sexta cada uno de los otros partícipes, habiendo sacado antes del acervo común 40 ducados para la fábrica; había un convento de mercedarios calzados que fundaron en 1284[7] Fernán Pérez, conde de Ayala, y su hijo Pero López, y aun existen muy deterioradas, sus seis ermitas, la de San Antolín, en Iraurequi, que fue parroquia desde el principio del siglo XVI hasta 1732; San Roque, La Concepción[8], San Bartolomé[9], Santa Lucía[10] y Santa Águeda, distribuidas entre los caseríos que hemos indicado.

El término confina por el Norte con la anteiglesia de Erandio y el Valle de Somorrostro[11], interpuesto el brazo de mar donde desagua el Nerva; por el Este con el indicado río; por el Sur con Güeñes y Abando y por el Oeste con Galdames.

El terreno de mediana calidad en la parte cultivable, especialmente el destinado a huerta y arboleda frutal; los caminos locales, así como los que se dirigen a Portugalete, Bilbao y Valmaseda se encuentran en buen estado.

El Correo lo recibe por la capital de provincia y en la estafeta de Portugalete.

Produce cereales, legumbres, buenas hortalizas y fruta; cría algún ganado; tiene varios molinos harineros y su principal industria es la ferrera, si bien no existen hoy con la brillantez que antes sus antiguas ferrerías. Concurren estos naturales con sus frutos y hortalizas al abasto de Bilbao y Portugalete, en cuyos puntos se proveen de los artículos de primera necesidad.

Población: conforme a los datos oficiales 367 vecinos (1.585 almas). Bajo el régimen foral se gobernaba esta anteiglesia por dos fieles regidores de elección anual y sus apoderados disfrutaban el 33 voto y asiento en las Juntas Generales de Guernica”.

3.- Barakaldo hacia 1864 (Juan E. Delmas)

“Los astilleros de Deusto y Abando con su agitado movimiento, el Dique y la Cordelería se van presentando poco a poco, hasta que el barrio de Olaveaga con sus blanquísimas casas, sus apiñados buques de variados pabellones y sus afanosos habitantes, realzan el animado cuadro del viaje de Bilbao a la mar. Concluidas las dos hileras de casas de una y otra orilla, cuya calle principal es el río, y por el que el viajero ha de atravesar embarcado, cierra esta perspectiva un monte no muy elevado, pero sombrío, a la manera que en el teatro oculta el telón de boca otras decoraciones tendidas en pos de él. Tuerce en este punto la ría describiendo una curva violentísima, como para exponer de pronto un vasto pero precioso panorama, acaso el más bello de los que se descorren durante la navegación. ¿Pero qué significa esa vieja torre cuyos pies lamen las mansas aguas del río que aquí comienzan a agitarse, y ese negro monte que la defiende, y ese puente de la opuesta orilla por cuyos arcos atraviesa otro río que se reúne al Nervión?

Este es el puente de Luchana, y esa torre, la torre vieja del mismo nombre, con sus desmantelados cubos, y sus arruinadas almenas, y sus secos y marchitos recuerdos que el tiempo y el hombre han borrado a porfía. Y esa torre y ese puente son una viva historia de sucesos más o menos trágicos, aquella en los románticos tiempos que la poseyó el condestable de Castilla don Bernardino Fernández de Velasco, duque de Frías, y en la serie de sus sucesores, y éste en los modernos, entre los que descuella la más famosa batalla de la Guerra de los Siete Años, la de Luchana, que salvó a Bilbao de su ruina, y colocó sobre el timbre de don Baldomero Espartero una corona condal. ¡Y cómo nos duele pasar en silencio algunos bellísimos episodios de la ruinosa torre de Luchana! Más ya que por la índole de este libro no nos sea permitido escribir su historia, digamos al menos lo que era esta torre en los siglos XV y XVI, cuando aun la mar embravecida se estrellaba contra sus cimientos, y flotaban no lejos de sus troneras abultados cetáceos que emigraron para no volver jamás.

Sin detenernos en la investigación del origen de la torre de Luchana y de dar cuenta de las vicisitudes que atravesó en los primeros tiempos de su fundación, la vemos al principiar el siglo XV dependiendo del condestable de Castilla don Pedro de Velasco, duque de Frías y de la misma familia en los siguientes, hasta el siglo actual, que pasó a manos de propietarios distintos. Era entonces, según el contexto de una escritura coetáneas «la torre é fortaleza de Luxana, que son dos torres cuadradas de piedra, con un cuarto entre la una e la otra, é un pasadizo que está entre dicho cuarto é la torre que bate la mar con sus dos barbacanas del lado del mediodía, é su fosa, é puente por el dicho lado, que es el lado principal donde entran a la dicha fortaleza por la tierra, é entre las dichas torres hay su plaza de armas, mucho capaz, e muy holgada, é por todas partes sus ateras, é su escala, é embarcadero por la parte de la mar con su puerta, con su escudo de armas en un cubo que está sobre la dicha escala que son de S. E., en la cual dicha fortaleza é  torres tiene S. E. su alcaide, y tiene piezas de fierro de artilleria en la dicha fortaleza, con balas e otros pertrechos para las dichas piezas…»

Sábese también quiénes fueron sus alcaldes y sus tenientes de alcalde, cuáles los pleitos-homenajes que se hacían a la llegada de cada heredero, cuáles las divisas, pertenencias, tributos que cobrara la torre de sus feudos, y, en fin, hasta los curiosos y largos pleitos que sobre diferentes causas sostuvo la casa de Frías con la anteiglesia de Baracaldo.

Esta torre, que según se desprende de algunos documentos que hemos examinado, estuvo en todos los tiempos perfectamente abastecida, empezó a repararse notablemente en 20 de enero de 1605, reparación que duró tres años, hasta 1608. La obra de cantería costó 900 ducados con 10 por 100 de promedio y la ejecutó el maestro Pedro de Larrea, 1.480 la carpintería, fabricada por Domingo de Ugarte. Por las escrituras de los remates de entrambas obras se colige lo sólida, lo vasta, lo rica que debió ser esta fortaleza, y un dato harto curioso que corrobora nuestra opinión emitida ya en otra parte, sobre lo mucho que se retira el mar de nuestra costa, Dice una condición de la escritura… «Y no ha de tener salitre (la piedra de la obra) ni otra calidad gastadiza para el agua, sol y aire y a lo menos hasta doce pies de los cimientos de la dicha torre y cubos, que es donde llega la marea, se ha de fabricar forzosamente con dicha piedra de Ganguren o Galdácano»… de lo que se infiere que no alcanzando hoy la mayor pleamar a lamer las ruinas de la obra exterior, que con gran diligencia hemos examinado, para que llegase el agua a cubrir los doce pies de la torre que señala la condición citada, era necesario no tan sólo que quedasen anegadas las vegas de Baracaldo y Deusto sino que subiese aquélla a una altura extraordinaria, comparada con la altura a que hoy asciende.

La torre, pues, ha venido decayendo apresuradamente hasta nuestros días: durante la Guerra de la Independencia la pegaron fuego; en la Guerra Civil fue también incendiada; algunas balas de cañón de la batalla de Luchana desmoronaron sus ennegrecidas paredes; y la incuria y el abandono, azotes más temibles que las balas y el fuego, han demolido el más gallardo castillo Vizcaíno, situado sobre las orillas de un río pintoresco, que, como avanzado centinela, defendía su entrada, a la manera de los que erguidos campean en las márgenes del poético Rhin.

Si la vista se extiende desde Luchana sobre las mismas márgenes del río, divisará, como cerrando la vasta perspectiva, en último término, una montañuela en cuya cresta hay un edificio. El que ignore lo que signifique y examine su forma y las paredes y otras obras que le circuyen, le tomará por un castillo y, sin embargo, es un convento. Verdad es que hubo allá en otros tiempos conventos que se semejaban a castillos, como hoy hay castillos con la apariencia de conventos. El que ahora nos ocupa es el «Desierto”, mansión privilegiada, incomparable, que reúne cuantas comodidades puede apetecer la vida, de la que, al ocuparse el tierno y ameno fabulista vascongado Samaniego, en una sátira inédita, donosamente exclama:

En el más sano clima de España,

una fértil colina,

hermosea y domina

al mar y a la campaña;

un río tortuoso

con las marinas aguas caudaloso

le presenta sus naves y le baña.

Coronan su eminencia

un templo entre cipreses, y a su lado,

en un bosque frondoso,

un humilde edificio colocado

apenas a la vista descubierto.

De veinticuatro estáticos varones

grandes por su retiro y penitencia

ésta es la habitación, éste el desierto.

Ni escarpados peñones

que formen precipicios espantosos;

ni grutas habitadas por leones

entre bosques umbrosos;

ni aullidos de demonios ni de diablos,

como entre los Antonios y los Pablos,

ni objeto que conspire

que la soledad horror inspire

hay en este retiro penitente.

 Suelo, mar, clima, cielo, puntos de vista sorprendentes, todo reúne el Desierto. La vega que lleva su nombre es celebrada por sus hortalizas y frutas, por sus ricas pesquerías, por la caza que abunda en ella. Este convento que pertenecía a la Orden de Carmelitas Descalzos[12], se halló perfectamente fortificado durante la Guerra Civil: jamás los carlistas se atrevieron a atacarle formalmente. Cierto es también que su posición es casi inexpugnable; y como nunca falta en su cómodo fondeadero una crecida embarcación de guerra, extranjera o nacional, los defensores del Pretendiente le miraban con fundado respeto. El prestó en la batalla de Luchana la más acertada cooperación para coronar el éxito de la salvación de Bilbao: en sus playas se improvisaron las balsas que desembarcaron las tropas de la reina cerca del puente de Luchana: los tiros de sus canales y los de la batería improvisada construida a espaldas de la torre frontera al puente, sofocaron los de las baterías enemigas del Monte de Cabras, mortífero escalón que después de salvado apresuró la toma del baluarte de Banderas, desde cuyo punto y casi sin oposición entró el ejército de Espartero en la Villa invicta. Y finalmente, en él se despidieron por última vez de sus demás compañeros, Ulibarrena, jefe de la expedición, y otros pundonorosos militares que en la tarde y noche del 24 de diciembre de 1836 adquirieron prez sobrada de hidalguía española, como también la adquirieron nuestros bravos montañeses, que en número reducido sostuvieron con la mayor pujanza los repetidos ataques de las mejores tropas del ejército liberal.

El río que desemboca al pie del Desierto, es el Galindo; el de Asúa, el que atraviesa por debajo del puente de Luchana; y el Cadagua, el que saliendo de la orilla izquierda del Nervión, sin llegar al puente y la torre, le rinde sus aguas.

Mas antes de llegar al Galindo, y formando un notable contraste con la quietud del Desierto, la mecánica y el vapor, con su estrépito y bullicio, han turbado aquella soledad sentando allí sus reales. Ese pardo edificio, calcinado ya por la hulla, vomitando por su bosque de chimeneas el negro aliento de la más rica industria, es la fábrica de hierros del Carmen[13]. En él se funde, se elabora, se manipula este precioso metal en cien formas diferentes: él ha creado una población a su alrededor; él mantiene a su frente una flota preparada a cargar en sus bodegas el mineral labrado, o a recibir de ellas en sus almacenes el pasto que alimenta sus hornos. El sarcástico Desierto de Samaniego se ha convertido en el verdadero infierno de los Antonios y los Pablos.

Las canteras de Axpe son las que se alzan en la orilla opuesta a lo largo y encima del camino; y la anteiglesia de Baracaldo, y Sestao, con su elegante histórica torre de graciosas almenas y suspendidos cubos salpican la orilla izquierda en medio de esa feraz y bellísima campiña cuyo horizonte forman los cónicos montes de Serantes y Somorrostro, y cuyos píes bate el proceloso mar Cantábrico.

De en medio de las aguas, álzase en el último confín de este paseo, Portugalete, villa situada como el atalaya del río Nervión, y Las Arenas, con su molino de viento, y sus movibles dunas, remedo microscópico del Sahara: pero antes de llegar a ellas observará el viajero una línea de tierra que se extiende, a la derecha, sobre el mar. Es la Galea, promontorio en que está enclavado Algorta, con su luminoso faro y sus blancas y alternadas casas, en cuya base y desde el puerto se forma la barra de Portugalete, que, extendiéndose hasta Santurce en toda su longitud, presenta al fatigado navegante con demasiada frecuencia, un dique peligroso que ha de vencer si quiere llegar al término de su viaje que es Bilbao. Es imponentemente bello en algunas mareas de invierno presenciar la lucha de la barra y la nave durante algunos momentos: esta clase de espectáculos no pueden describirse; es preciso contemplarlos para comprenderlos.

Al opuesto lado, y en forma de anfiteatro se ve a Santurce, el de las blancas y apiñadas casas, y el monte de Serantes batido por el mar; y hacia el Oeste la costa cantábrica, el saliente cabo del Lucero; las ensenadas de Ciérvana y Poveña, coronando tantas hermosas obras, como remate del paseo, el monte de Triano, el de las entrañas de hierro, el que ha dado armas al mundo desde la antigüedad más remota, descrito por Plinio el joven, y que inspiró al maestro Tirso de Molina esta robusta octava:

Cuatro bárbaros tengo por vasallos

a quien Roma jamás dominar pudo,

que sin armas, sin muros, sin caballos libres

conservan su valor desnudo.

Montes de hierro habitan que a estimallos

valiente en obras, y en palabras mudo,

a sus miras guardárades decoro

pues por su hierro, España goza su oro.

 Más allá de la célebre montaña se confunden el cielo y la mar: la mar con sus espantosas tradiciones; el país del miedo como la llaman los árabes; la mar de las Tinieblas como llamaron al Océano los navegantes que buscaban el Jardín de las Hespérides; el abismo sin fondo como la llamamos los europeos.

4.- Viaje al País de los Fueros (1876) Mañe y Flaquer

“Cuando este punto cayó en poder de los carlistas, quedaron interrumpidas las comunicaciones entre la plaza y Portugalete, es decir, entre los sitiados y el ejército libertador; pero, según he oído, pasados algunos días, un oficial extranjero, creo que inglés, notó que, no sé de qué punto de Bilbao, se descubría el semáforo de Portugalete, y después de perseverantes esfuerzos para llamar la atención hacia aquel sitio, se logró restablecer las comunicaciones por medio de estos telégrafos ópticos.

El monte de Banderas se distingue por su alfombra de flores silvestres de variados y vistosos colores; y desde su cumbre se disfrutan vistas verdaderamente encantadoras, pues se descubre todo el valle del Nervión, desde Bilbao a Portugalete, con la planicie de Abando, Baracaldo, Sestao, Deusto, Olaveaga, por su izquierda, y al pie de su falda derecha se extiende el valle de Asúa, donde existen las anteiglesias de Sondica, Lujua, Erandio, Lejona y otros pueblos de bastante importancia todos ellos.

Desde el alto de Banderas se va sin dificultad á Begoña, pues la cumbre del monte es llana y sin grandes ondulaciones. Casi en el centro de este trayecto está el punto llamado el Molino de Viento, por uno que existió allí hace muchos años. Durante el último sitio de Bilbao, los carlistas establecieron en dicho punto una batería de obuses, que creo fue la que disparó la última granada sobre la villa, el 1.º de Mayo de 1874, a las doce de la noche. Desde el mismo alto de Banderas, por el monte de Cabras, podemos bajar al puente de Luchana, llevando un camino opuesto al que siguieron las tropas del general Espartero en la memorable noche del 24 de Diciembre de 1836; pero será, para nosotros más cómodo y menos fatigoso volver a Deusto y de allí a Olaveaga, donde tomaremos el camino que sigue la orilla derecha de la ría. A corta distancia de este punto, el Nervión tuerce, bruscamente presentando a nuestra vista un precioso panorama, en cuyo  primer término se destaca una antigua torre, cuyo pie lamen las aguas del Ibaizabal aumentadas ya con las del Cadagua y del Asúa”.

 

[1] Fue cónsul británico en Bilbao durante los años 1830 a 1837, periodo comprendido en parte por la Primera Guerra Carlista (1833-1839). Fue autor del libro Historia de la revolución de las provincias vascongadas y Navarra. 1833-1837, en el que se narra su experiencia en este periodo. También es autor del libro titulado «Six years in Biscay comprising a personal narrative of the sieges of Bilbao in June 1835 and Oct. to Dec. 1836, and of the principal events which occurred in that city and the Basque provinces during the years 1830-1837«, donde narra los sitios de Bilbao, durante la primera guerra carlista. El libro, en su edición inglesa, contiene un plano y cuatro grabados de la villa de Bilbao. Existe una traducción al castellano de Victor Luis de Gaminde de 1838.

[2] Pamplona, 1806 – Génova, 1870. Madoz fue uno de los fundadores de la estadística en España, con su traducción y ampliación de la Estadística de España, de Moreau de Jonnès, en 1835. También redactó Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones, obra básica para conocer la economía del siglo XIX y el imperialismo colonial español. http://www.biografiasyvidas.com

[3] Periodista, escritor e impresor del Señorío de Bizkaia. Nació en Bilbao en 1820 y murió en Madrid, donde se encontraba accidentalmente, el 25 de octubre de 1892. Su nombre es el de Juan Bautista Eustaquio. En 1846 aparecieron una serie de trabajos, entre los que sobresale El viaje pintoresco por las Provincias Vascongadas. Obra destinada a dar a conocer su historia y sus principales vistas, monumentos y antigüedades…, en láminas litografiadas, copiadas al daguerrotipo y del natural, que fue recibido con general aplauso. Resta decir que él fue el iniciador de la obra, así como el ejecutor de las láminas y el redactor de algunos de sus artículos, como Gernika y Orduña. En 1864 aparecía en Bilbao la Guía histórico-descriptiva del viajero en el Señorío de Vizcaya, acompañada de láminas y de un mapa topográfico, sin duda la obra cumbre de Juan Eustaquio Delmas y la que mayores elogios le ha valido. Según un moderno biógrafo, Delmas, con esta Guía en la que se recoge lo más saliente que en el campo histórico, monumental y folklórico posee Bizkaia, «se adelantó en un siglo a sus contemporáneos, al adoptar el criterio descriptivo de las modernas guías turísticas». Cuando le sorprendió la muerte, preparaba dos obras de largo aliento: Biografía universal de claros varones de Vizcaya, con una tabla cronológica y alfabética de sus apellidos (aparecida póstumamente con el título de Diccionario biográfico de claros varones de Vizcaya, en Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1970), una Biografía de Trueba con un estudio crítico de sus trabajos, y varias monografías sobre los sepulcros de Argiñeta y sobre el Padre Calatayud. http://www.euskomedia.org

[4] Las disputas con Burgos por esta pertenencia fueron abundantes en tiempo anteriores.

[5] Curiosa la denominación por cuanto responde (castellanizada) a la expresión latina original “rivustortus” que aparece en la documentación.

[6] No debemos olvidar que la Iglesia de San Vicente, desde su fundación, es Iglesia propia o de patronazgo.

[7] Repite el mismo error que Iturriza. La mayoría de autores se decanta por retrasar su fundación un siglo después.

[8] Capilla del barrio de Aranguren, desaparecida (junto al resto de edificios) con la construcción del Pantano de Gorostiza.

[9] Con motivo de la primera guerra carlista (para hacer frente a las “enormes deudas”), el Ayuntamiento procedió a vender algunas propiedades que tenía en su entorno. Las compró Pedro de Alday por 5.608 reales. Sin estas propiedades la ermita no pudo ser restaurada y sus piedras fueron usadas para obras particulares, por lo que se decidió que “previa tasación de su local y paredes se ponga a público remate”. El retablo fue trasladado a San Vicente, a una capilla lateral. Pedro SIMÓN “San Vicente de Barakaldo” pp. 104-105.

[10] Lo mismo ocurrió con la ermita de Santa Lucía. En este caso el comprador de las casas fue B. de Vildosola en 11.999 reales. Igualmente compró Joaquín Beraza la “Casa de la Novena” (casa de devotos que quisieran hacer una novena) en 6.573 reales. Su conservación, como señala Pedro SIMÓN, no se tomó en consideración hasta el siglo XX. En 1941, no obstante, ya se consideraba arruinada totalmente, al parecer, a causa de un fuerte vendaval.

[11] A mediados del siglo XIX el Valle de Somorrostro constituía la parte septentrional de las Encartaciones y en tiempos de Madoz estaba dividido en siete concejos agrupados en dos Ayuntamientos que se denominaban Tres Concejos del Valle de Somorrostro (donde estaban inluidos Sestao, Santurce y san Salvador del Valle) y Cuatro Concejos del valle de Somorrostro (que agrupaba a Musques, Abanto de Suso, Abanto de Yuso y Ciérvana). Esmeralda GONZÁLEZ “De los tajos a los embarcaderos” p. 22, Nota 4.

[12] Tenían norma los Carmelitas Descalzos de disponer en cada jurisdicción de un Convento, alejado de las ciudades, para permanecer en él durante algún tiempo. Por ello, se les denominaba “Desiertos”. Este es el origen de la denominación de la zona próxima al Convento, tanto en la margen izquierda (Barakaldo) como en la derecha (Erandio). El nombre de este convento era el de San José de la Isla. En algunos casos también sirvió de “destierro” para determinadas personalidades.

[13] Se instala en la finca de recreo conocida como “la Punta” adquirida por don Juan Mª Ibarra en 1855

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