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Minerí­a en El Regato (X)

Minerí­a en El Regato (X)

Problemas ecológicos. Espacio minero

Es indiscutible que la minerí­a intensiva supuso una gran fuente de riqueza; las labores ocuparon a un buen número de obreros, y la exportación del mineral contribuyó, según la mayorí­a de los autores, al desarro­llo del paí­s. Quizá por ello, sus repercusio­nes sobre el medio ambiente no fueran con­sideradas prioritarias.

De todos modos, la ley de Minas de 1868 obligaba a responder de los daños y perjui­cios que por razón del laboreo pudieran sobrevenir a terceros. Exigí­a también respe­to de los caminos vecinales, fuentes y usos tradicionales del espacio, así­ como la restauración a su primitivo estado de los pozos de investigación o calicatas.

Para evitar responsabilidades y que la propiedad particular o pública pudieran interferir los trabajos, Luchana Mining optó por adquirir los terrenos de las explotaciones, con lo que se evitaba presentar o des­arrollar programas de restauración de las zonas afectadas. Como resultado de esta polí­tica, la mayorí­a de la superficie de Arnabal llegarí­a a pertenecer a la compañí­a británica.

La minerí­a se desarrolló sobre un espacio rural, de aprovechamiento tradicional del bosque y con una incipiente ganaderí­a. La mina Juliana, por ejemplo, se encontraba en el monte Ormillas y ocupaba buena parte del sel Imitola; el lugar de Las Bordas o Treskilotxa, denominaciones que denotan la dedicación ganadera, se hallaba muy próximo a la estación del ferrocarril. Pero, en un breve espacio de tiempo, al ocupar la extracción grandes superficies, acabó con ambas actividades.

De todos modos, algunos efectos indeseables sobre el medio ambiente desaparecen en un periodo mas o menos largo, una vez abandonadas las labores: emisiones de polvo, ruido y contaminación atmosférica; otros son permanentes. Ahora bien, la negativa incidencia sobre el paisaje era menos visible que en otros lugares, pues tanto los yacimientos de El Regato como los de Alonsotegi se encontraban relativamente alejados de núcleos importantes de población.

Además, tanto en Barakaldo como en una parte importante de la extracción de  carbonatos se hizo en galerí­as. Este tipo de trabajos subterráneos fueron casi excepcionales en la provincia, pero en el coto de El Regato fue normal la explotación mixta, a cielo abierto y en galerí­as sostenidas con pilares (Amalia, Linda, Elvira y Paquita).

Una vez abandonadas las labores se retira­ron las entibaciones desplomándose la galerí­a, por lo que la modificación del relieve a simple vista inapreciable.

Caso bien distinto era la explotación a cielo abierto. La puesta en producción de yacimientos en cantera suponí­a una intervención radical sobre el paisaje. La extracción se realizaba haciendo cortes en la montera vegetal, formando bancadas de varios metros de altura y anchura suficiente para permitir el acceso de trabajadores y medios de transporte.

Es conveniente recordar que a medida que los filones iban agotándose se necesitaba arrancar mayor cantidad de tierras para encontrar mineral. En consecuencia, la zona afectada aumentaba por los hoyos y tajos propiamente dichos y por los, cada vez más abundantes, escombros.

Hondonadas y barrancos se usaron para arrojar millones de toneladas estériles, de menudos y minerales de baja ley, poco apropiados para las siderurgias, lo que influirí­a en el fracaso de las repoblaciones forestales de la zona llevadas a cabo por Papelera Española y Altos Hornos de Vizcaya en la primera mitad del siglo XX.

En algunos casos, la extracción habí­a sido tan minuciosa que sólo afectó a la zona mineralizada, dejando la roca caliza al descubierto, sin capa vegetal alguna. Así­ sucede en el Karst de Arnaban y en Peñas Blancas donde, eliminada la cubierta mineral, ha quedado al descubierto un lapiaz.

La acci6n de la lluvia sobre el suelo desprotegido de la capa vegetal es mucho mas erosiva, pues la vegetación hace que el agua se deslice con menor velocidad, a la vez que incrementa la acción absorbente del suelo. Por esta razón, a pesar de la escasa altitud de los montes barakaldeses, la velocidad del agua que corre sin obstáculos incrementa la acción erosiva y puede provocar inundacio­nes aguas abajo del curso del rio.

Otro aspecto importante de modificación del paisaje fueron las obras de infraestructura para la explotación de las minas: planos inclinados, ví­as de ferrocarril e instalaciones de almacenaje, carga y descarga. En las laderas de los montes de El Regato encontramos todaví­a una sucesión de ruinas, de cortes en el paisaje, de artificiales explanadas, restos de lo que constituyo una enmarañada red de transportes y construcciones auxiliares.

Buena parte de todo ello desaparecerí­a bajo las aguas del pantano municipal de Loyola o del rí­o Cuadro, construido a partir de 1958. La carretera de acceso a la presa se hizo parcialmente sobre la antigua ví­a y uno de los pianos inclinados de Luchana Mining). Otro tanto sucederí­a con las ví­as férreas que atravesaron el término municipal desde los montes hasta la rí­a: una vez dejó de trabajarse en las minas, sus trazados fueron alterados tan radicalmente que apenas queda vestigio de ellos.

Los tres ferrocarriles se habí­an construido entre 1873 y 1880, cuando Barakaldo era un pueblo agrí­cola, escasamente urbanizado. En su instalación se necesitó de grandes movimientos de tierras en obras de explanación, desmontes, túneles, trincheras, etc. El tendido de los raí­les afectó a los caminos vecinales y de servidumbre y cortó la comunicación entre los barrios, es decir, las lí­neas férreas determinaron el desarrollo urbano de la anteiglesia.

Por otro lado, el intenso tráfico de locomotoras por el medio del pueblo (en 1879, cuando aún no funcionaba el ferrocarril de la Franco-Belga, se calculaban 50 viajes diarios) ampliaba el radio de acción de la contaminación, del polvo y del ruido. En resumen, el suelo agrario se degrada y se convierte en suelo industrial.

 

Contaminación de los rí­os

Es necesidad ineludible para cualquier población, tanto en el pasado como en el presente, disponer de agua suficiente para el consumo de hombres y animales. Pero durante muchos años, en Barakaldo, inevitablemente, hombres y empresas debieron compartir el caudal de los pequeños arroyos de la cuenca de El Regato.

Fue la gran empresa siderúrgica la mayor beneficiaria de las aguas de nuestros rí­os, aumentando su consumo a medida que lo hací­a la producción. Con la progresiva disminución del caudal, se temí­a que el Castaños quedara «reducido a un depósito de materiales fecales, cuyo hedor y descomposición serí­an un constante foco de infección y germen de enfermedades».

Por desgracia, el temor vecina estaba plenamente justificado. La escasez de agua potable en un pueblo poco urbanizado, carente de fuentes públicas y alcantarillado, provocarí­a una importante mortandad por enfermedades del aparato digestivo: cólera, disenterí­a, gastroenteritis y tifus, «que tienen su mejor caldo de desarrollo en la miseria, y en beber agua del rí­o que es la única de que se surtí­an los barrios obreros».

Algunos usos industriales del agua afectaban mí­nimamente a su calidad. Buen ejemplo de ello era la obtención de energí­a eléctrica por medio de saltos de agua, como hizo Alambres del Cadagua en 1894 en la presa de Irauregi. En el espacio propiamente minero, la Eléctrica del Nervión, con permiso de Luchana Mining, utilizarí­a este sistema en 1895 en el punto de Quebranta; cinco años después, Juan José de Llodio harí­a otro tanto aprovechando los arroyos Fondo y La Fuente en Samunde, «Para suministrar luz a las labores subterráneas de las minas en explotación en dicho termino», lo que tampoco alteraba el caudal.

El verdadero problema surgirí­a con la expansión de la extracción minera. El progresivo depósito de escorias y materiales estériles actuaba sobre los cursos fluviales alterando su cauce, contaminando sus aguas, destruyendo el hábitat de la fauna y amenazando las propiedades agrarias y otros bienes particulares o públicos. Ya en 1869, varios vecinos de Retuerto habí­an denunciado que los “campaniles” depositados a orillas del rí­o Castaños para su embarque interceptaban su curso natural:

Encontrando las aguas interrumpido su paso verdadero, crecerán indudablemente en la parte superior, o sea en el intervalo que media desde donde está el campanil referido hasta la presa, introduciéndose entre tanto además de en otras casas en la del exponente Garay, perjudicándole notablemente no solamente en el edificio sino en el chacolí­ que tiene encubado, como no es la primera vez que le ha sucedido…

Dos décadas después el propio Ayuntamiento protestaba reiteradamente por los vertidos de escombros en los arroyos. Denunció a varias empresas, entre ellas, también a Luchana Mining, aunque esta obligara a las compañí­as que utilizaban su ferrocarril a la construcción de depósitos para evitar el anegamiento de los cauces:

Desde el mes de mayo de 1888 en cuya fecha terminaron los trabajos del depósito de minerales de la Compañí­a San Feliciano en el Regato, la misma no ha arrojado ni una piedra ni terrón al cauce del arroyo. En el otoño del mismo año, los Sres. Castaños y Compañí­a limpiaron perfectamente el referido cauce dejándolo a entera satisfacción de los interesados.

Los propietarios de las minas del monte Polveros debieron construir un túnel de piedra de casi 150 m de longitud en el barranco de las Mazuqueras para que sus estériles no afectaran al cauce del Castaños ni al pantano.

Sin embargo, hasta tal punto habla minerales en los fondos de los rí­os que hubo quien pretendió declarar como minas los regatos de San Salvador del Valle, desde antiguo usados como embarcaderos de mineral. Igualmente, a pesar de la pobreza y menor tiempo de explotación de los yacimientos de El Regato, también Antonio Acebal solicitó en 1900 limpiar el Castaños .para utilizar los residuos de mineral depositados en su cauce»; cuatro años más tarde, Manuel Montiano hada lo propio en el cauce del rio entre Retuerto y Zuloko. Otros mineros fueron denunciados «por estar realizando la extracción de minerales depositados en el rio Cadagua, en el kilómetro 111 de dicho ferrocarril.

Más tarde, con la generalización de los lavaderos de mineral, cantidades ingentes de lodos se depositaban en los rí­os, provocando el enfangamiento de las aguas, lo que revestí­a especial gravedad cuando se utilizaban para el consumo humano.

En el año 1900 se aprobó un reglamento sobre enturbiamiento de aguas, que afectaba directamente a los propietarios mineros al prohibir vertidos a los rí­os. Para la patronal el decreto amenazaba el propio laboreo, pues obligaba a reparar los dragar cauces, eliminar lodos, etc., con el consiguiente incremento de los costos.

Muy pronto empezaron las demandas de los propietarios de fincas próximas a los lavaderos y escombreras, pero solo las reclamaciones de las empresas (Altos Hornos de Bilbao y Aguas del Regato) obtuvieron rápida respuesta. En marzo de 1900, el director de AHB denunciaba la contaminación de los rí­os Loyola y Castaños:

…y pudiendo ser esto origen de un graví­simo accidente hemos averiguado el ori-gen de este mal y resulta; que en los dep6- sitos de los lavaderos de las minas Lejana y Dificultosa no devuelven las aguas a las corrientes de que las toman con la limpieza a que se obligaron al obtener la autorización para el use de los mencionados lavaderos…

Algunas empresas son multadas por el gobernador civil pero, pasados los primeros años, los resultados del decreto fueron exiguos, como atestiguaba la contaminación de los rí­os vizcaí­nos.

A pesar de tan negativa experiencia, en octubre de 1908 el Ayuntamiento insistí­a en su oposición al proyecto de lavadero para la mina Manuela de Luchana Mining. Los vecinos de El Regato utilizaban las aguas de los rí­os Castaños y Cuadro para todo y los de otros barrios para el lavado de ropa, lo que suponí­a una grave amenaza para su salud.

 

Contaminación aérea

El arbolado de la zona se utilizó, además de como material constructivo, como combustible en las maquinas de vapor, en los hornos de calcinación y en la industria siderúrgica. Bien como leña o como carbón vegetal fue consumido de forma muy intensa por sus propiedades calorí­ficas y proximidad en los primeros.

La combustión del carbón vegetal tiene unos efectos mí­nimos sobre el medio ambiente, pero su sustitución por carbón mineral en la calcinación de los carbonatos –normalmente asociados a piritas y calcopiritas– multiplicó las emisiones de SO2 y de í“xido de nitrógeno a la atmósfera.

Para producir cien toneladas de carbonato se consumí­an dos de combustible. Durante altos la empresa utilizó carbón inglés, aunque excepcionalmente, en 1919, firmara un contrato de suministro de 6.000 t con la compañí­a de La Robla, tras haber adquirido esta última una locomotora a la empresa británica.

La consecuencia inmediata de las emisiones es la acidificación de las precipitaciones al reaccionar en la atmósfera dando ácidos sulfúricos o ní­tricos, por lo que el use de hulla y otros carbones minerales en los hornos crearon problemas en la agricultura. Nada que ver, desde luego, con la grave contaminación que, en 1888, provocarla importantes protestas en la minerí­a onubense.

A partir de 1890, la puesta en funcionamiento del horno de calcinación de Luchana Mining, que iniciaba la producción de carbonatos en gran escala, multiplicarla las emisiones de humos. Naturalmente, Altos Hornos y la eléctrica de Burceña también contaminaban, sobre todo, a partir de que la primera de ellas empezara a producir coque en sus propias instalaciones (1899), lo que supuso un gran impulso para la industria quí­mica de la anteiglesia.

La aprobación de un decreto 10 de diciembre de 1890 contemplaba la indemnización por daños causados a la agricultura. A partir de esa fecha, los campesinos de El Regato comenzaron a exigir las correspondientes indemnizaciones, pues los humos de los hornos de calcinación causaban perdidas en sus heredades, algunas plantadas con árboles frutales y viñedos en los lugares de Quebranta, Sakona, Ostola, Aresti, Goikosolo. Ignoramos si la compañí­a eléctrica y Altos Hornos de Vizcaya recibieron semejantes reclamaciones.

La mayorí­a de los campesinos, después de haber evaluado los perjuicios causados, suscribieron contratos cuatrienales con la sociedad inglesa para percibir una compensación que oscilaba entre 85 y 100 pesetas cada alto. Cuando los hornos no trabajaban durante largas temporadas, la empresa indemnizaba proporcionalmente al tiempo de encendido.

Cuantificar los daños de la lluvia acida sobre la agricultura, aún con los medios actuales, resulta difí­cil: como medir su influencia en el crecimiento de la masa forestal o cuánto daño pudo causar en la fauna y suelos de la zona. Con que cantidad indemnizar las molestias, la suciedad y malos olores de los humos sulfurosos que tanto molestaban a trabajadores y vecinos. Tampoco es fácil determinar el impacto que tuvo sobre la economí­a familiar la disminución de los montes comunes y la deforestación. Es lógico pensar que, al mermar su autosuficiencia energética, tuvieran que adquirir en el mercado el carbón y la leña de sus hogares.

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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