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Las ferrerías de monte (una revisión bibliográfica) (I)

Las ferrerías de monte (una revisión bibliográfica) (I)
  1. Introducción

Al interesarnos por el fenómeno de las ferrerías en las provincias atlánticas vascas y más concretamente por las denominadas «ferrerías de monte», nuestro primer paso fue proceder a recopilar y revisar todo aquello que se hubiera publicado sobre dicho tema y que fuera, por otra parte, fácilmente accesible, con el fin de obtener una imagen del grado de conocimiento alcanzado.

Esta revisión, de la que no estuvo ausente un cierto espíritu crítico, puso de manifiesto algunas carencias, contradicciones y puntos débiles que parecen presentar las fuentes bibliográficas. En esta situación, decidimos profundizar en la lectura de los trabajos que abordan el tema de las ferrerías de monte. Las reflexiones surgidas son las que nos proponemos mostrar a continuación, debiendo verse en ellas un intento de analizar los fundamentos en los que parece basarse nuestro conocimiento actual de estas ferrerías primitivas y conocer las circunstancias en las cuales tal conocimiento puede ser utilizado.

Una primera nota que nos parece interesante introducir, por ser la primera constatación que se realiza, es el hecho de que el tema de las ferrerías ha suscitado un enorme interés a lo largo del tiempo, alcanzando su expresión más concreta en numerosas publicaciones.

Dejando para más adelante las valoraciones sobre la calidad «científica» de lo en ellas contenido, es necesario señalar que la atención ha gravitado fundamentalmente sobre las ferrerías que utilizan la fuerza hidráulica en los procesos de elaboración del hierro. El fenómeno de las ferrerías de monte suele tratarse a modo de antecedente, de forma rápida, escueta y de obligado compromiso como paso, siempre previo, al estudio de las ferrerías de valle, auténtico centro de dichas publicaciones.

El análisis que nos proponemos realizar con los trabajos publicados que recogen aspectos de las ferrerías primitivas ha sido dividido, por razones puramente metodológicas, en dos apartados. Uno primero, hace referencia al aspecto físico y elementos constitutivos de dichas ferrerías. Un segundo apartado se centrará en su localización y distribución geográfica.

 

  1. Las ferrerías de monte: aspecto físico

Una de las primeras cuestiones a resolver es ¿cómo eran esos primitivos hornos o ferrerías? La respuesta que obtengamos dependerá de diversos autores:

  1. A) «la vena se fundía en hoyos ú hornos de cal y canto como los que se usan para el cocimiento de la cal. Y éste parece que fue uno de los procedimientos más antiguos.

«Introdujose también calcinar la vena a campo libre y sin hoyo, cargando el mineral sobre espeso cerco de troncos. ( … ) Ensayose también la fundición sobre una pared de cal y canto de poca elevación».

Esta opinión será posteriormente recogida por Adolfo LAFARGA, sin hacer mención expresa de la fuente de la que lo toma, y por Juan GARMENDIA que sí especificará el origen de su referencia.

  1. B) «El mineral de hierro, con el carbón, se colocaba dentro de un tronco de árbol de gran diámetro, ahuecado previamente, recubierto de arcilla y otras sustancias minerales. La combustión se activaba con fuelles de piel de gamo o cabra, movidos con los pies y, con más frecuencia, mediante las manos. Las «toberas» encauzaban el aire producido. El mineral dejaba caer sus escorias a una hoya que recibía el nombre de «arrago», «arruga», (…)».
  2. C) «El mineral de hierro ( … ) se desmenuzaba en pequeños trozos del tamaño de una nuez, los cuales, una vez calcinados, eran mezclados con arcilla y cal para hacer conjuntamente una especie de bola que se colocaba en lo que hacía de horno, rodeada de carbón vegetal».

«Durante siglos posteriores fueron introduciéndose algunas modificaciones en la fabricación del hierro (…). Las antiguas cavidades eran sustituídas por hornos de, aproximadamente un metro de altura y un metro de anchura (… )».

  1. D) «Al igual que los utilizados en la antigüedad, en algunas regiones de Europa y aún hoy en ciertos pueblos salvajes, probablemente consistían en unos pequeños hornos de dos o tres metros de altura, con un diámetro de un metro escaso, en los cuales mediante capas alternas de carbón vegetal y mineral en forma de óxido de hierro, alimentados por una corriente de aire, se obtenía el metal por reducción. (… ) Mientras se verificaba la reducción del metal, el orificio de entrada que luego serviría de piquera, permanecía cerrado con tierra arcillosa sin dejar más espacio que el necesario para que pasase la tobera compuesta de arcilla ferro-arcillosa, la cual se quitaba para extraer la masa de hierro reducido. La escoria se eliminaba, mediante unas tenazas, por una abertura superior a medida que aquella se enfriaba».
  2. E) «En hornos de un metro de anchura y, después de haberse desmenuzado una masa de hierro de la mejor calidad (vena, generalmente), en trozos ovoidales del tamaño de un huevo de gallina y a veces del de una nuez, se colocaban ya calcinados, con mezcla de arcilla y cal en el horno, rodeados de carbón vegetal (… )».
  3. F) «(… ) la ferrería primitiva era una instalación muy sencilla y de escasa importancia, pues solamente constaba de un pequeño horno de calcinación de la vena o mineral y otro para la reducción del mismo».
  4. G) «Primero se calcinaba este al aire libre, a fuerza de leña y carbón vegetal. Cuando quedaba reducido a una masa esponjosa, se lo refinaba en una gran hoya abierta

en el suelo, llamada en vascuence arragua».

  1. H) «Una u otra de tales materias primas era después mezclada con carbón o leña, y dicha mezcla se hacía arder apilándola en montones rodeados por un cerco de troncos o de piedras. Cuando terminaba la combustión, se deshacía el apilado y se separaba la parte rica en gránulos metálicos escoriformes -la agoia o arragoa- para calentarla de nuevo (ahora en un pequeño hoyo) a fin de agregar el metal formando un tocho o lingote rudimentario (… ). (… ) luego fueron creciendo, tanto en número como en tamaño, y en ellas se instalaron ya hornos de fábrica, hechos con piedra o con ladrillos. Estos hornos serian, probablemente, de forma cilíndrica y de dimensiones parecidas a los existentes en las caleras, aunque de momento sus estructuras y sus restantes particularidades permanecen casi totalmente ignoradas, por ser muy escasos y de incierta procedencia los restos que hemos llegado a conocer. En ellos se cargaba el carbón y la mena, calcinando y troceando generalmente ésta antes de mezclarla con el reductor, también troceado (…).
  2. I) «La técnica de trabajo era muy rudimentaria, similar a la utilizada por los pueblos naturales: empleo de un mineral muy rico que (…) se reduce en un horno excavado en el suelo (del tipo de cubo o «windofen» u horno bajo de tipo catalán) situado en bosques y zonas altas de montaña. El aporte de aire se hacía por fuelles manuales.

A este tipo corresponden los hornos descubiertos en 1870 en Huttenberg (Carintia); otro en el Jura Bernois, de tipo celta; en Cernetat; Léilling (Carintia) -utilizados en época romana-, etc. Igualmente se conocen hornos pequeños en lugares aislados y cuevas, como los encontrados en Escocia, acaso similares a los citados en Lemos (Galicia) el 29-11-1979″.

  1. J) «(…) todas las operaciones necesarias para transformar el óxido mineral en metal utilizable se habían desarrollado al aire libre o en rudimentarias cabañas, empleando hornos bajos semiexcavados en la tierra».

Tras leer con detenimiento las opiniones transcritas, lo primero que ponen de manifiesto es la existencia de varios tipos de hornos o ferrerías primitivas. En este punto se hace necesario introducir algunas reflexiones con el fin de tratar de encontrar las razones que originan tal diversidad de tipos.

1) La distinta distribución geográfica de los modelos, sobre la que volveremos a tratar más adelante en otro apartado y en la que pudiera pensarse al leer la referencia bibliográfica de la que se extracta la cita, no debiera ser tenida en cuenta, al menos de manera importante, ya que parece tratarse de modelos ampliamente intercambiables o, cuando menos, sin una clara cualidad localista. Baste recordar que junto a modelos con los de Julio CARO BAROJA y Leandro SILVAN que engloban la totalidad del País Vasco, encontramos otros que, como los tipos propuestos por Estanislao J. de LABAYRU para el caso vizcaíno son asumidos por Juari GARMENDIA con validez para todo el territorio vasco o el modelo que nos propone Manuel LABORDE referido al ámbito guipuzcoano y al que posteriormente, el mismo autor, le otorga una aplicación geográfica más amplia.

2) Si valoramos ahora las referencias bibliográficas considerando el aspecto cronológico de su publicación, no dejan de llamar poderosamente la atención dos hechos.

El primero surge de la ruptura que parecen establecer los autores anteriormente reseñados con respecto a los escritos de sus predecesores en tal campo de interés.

Autores como Esteban de GARIBAY, el padre Gabriel de HENAO, Lope MARTINEZ DE ISASI, Pedro Bernardo VILLARREAL DE BERRIZ o Juan Ignacio de ITURRIZA y ZABALA al tratar el tema de las primeras ferrerías no hacen mención alguna a los componentes o elementos constitutivos de las mismas, consideraciones que entran a formar parte de aquellos estudios que estamos revisando en el presente análisis y que se han manifestado en una pluralidad de modelos.

El segundo hecho que interesa destacar es el posicionamiento de los diversos autores con respecto a estudios cronológicamente anteriores y el paso de modelos singularizados o con detalles descriptivos muy concretos a modelos de caracteres y rasgos generales.

Parece lógico pensar, o así suele mostrarlo la práctica habitual, que conforme avanza el tiempo, los investigadores tienden a asumir determinadas afirmaciones o supuestos por considerarlos válidos, convirtiéndose así en puntos de obligada referencia para cualquier investigador posterior. Y esto hasta que algún nuevo descubrimiento o aportación invalida todo lo anterior pasando a ocupar, una vez aceptado como válido, el lugar de cita obligada.

En este sentido, no deja de extrañar que en 1975 Joaquín ALMUNIA no haga referencia, al menos directa, a los modelos propuestos por Estanislao J. de LABAYRU a fines del siglo pasado, que Juan GARMENDIA retoma como válidos en 1976 y a los que veremos desaparecer en 1988 bajo el concepto genérico de hornos bajos semiexcavados en la tierra. Más curioso, si cabe, es el caso del modelo de Julio CARO BAROJA (1949) que no parece llamar la atención de ningún interesado en estos temas hasta 1986, año en el que Juan Ignacio PAUL ARZAC lo rescata del olvido aplicándolo al caso de la provincia de Guipúzcoa, al tiempo que ignora trabajos como los de Manuel LABORDE (1956, 1963 y 1979) o las aportaciones de Luis Miguel DIEZ DE SALAZAR (1983) para el mismo ámbito geográfico.

Y este comportamiento no deja de sorprendemos precisamente porque ningún autor establece una crítica con respecto a las opiniones o planteamientos de sus antecesores. Evidentemente la asunción o no de la tradición historiográfica anterior y la formulación de planteamientos nuevos ya supone, en sí mismo, una toma de postura.

Sin embargo, cuando hablamos de crítica nos estamos refiriendo a un posicionamiento razonado, plasmado en sus escritos, de aquellas consideraciones que les han llevado a desechar o aceptar estudios precedentes, único medio que puede contribuir a disipar la impresión de que en tal actitud selectiva hay mucho de arbitrario.

En esta misma línea, más difícil de interpretar es la tendencia de algunos autores a referir tipos de hornos descritos con anterioridad sin mencionar la fuente de donde se toma tal referencia.

3) Tal vez a modo de curiosidad, llama la atención la distinta manera de expresarse de los diversos autores. Frente a los que al redactar utilizan expresiones que afirman: «la vena se fundía», «la ferrería primitiva era», «las antiguas cavidades eran sustituídas», etc., otros autores quieren introducir cierta cautela en expresiones como: «parecer ser que», «probablemente consistían», «debieron darse», etc.

4) Un cuarto y último aspecto a considerar, sin duda el más importante, nace de un cierto carácter contradictorio que se deja entrever en algunas de las publicaciones que venimos comentando. Al menos esto es lo que se desprende cuando Leandro SILVAN (1976), tras comentar la evolución sufrida por las ferrerías de monte con el paso a «hornos de fábrica, hechos con piedra o con ladrillos … probablemente de forma cilíndrica ‘dice a renglón seguido’ (…) de momento sus estructuras y sus restantes particularidades permanecen casi totalmente ignoradas, por ser muy escasos y de incierta procedencia los restos que hemos llegado a conocer».

En tales circunstancias, no dejan de tener un interés particular las notas apuntadas por Manuel LABORDE o Julio CARO BAROJA. Más recientemente se han llevado ‘a cabo intentos por localizar en la zona de Legazpia y en determinadas áreas de la geografía vizcaína (Encartaciones, Gorbea, Amboto), vestigios materiales que permitieran hacerse una idea de la estructura y composición de las ferrerías de monte. Esfuerzos que resultaron infructuosos.

Estos testimonios ayudan a explicar una carencia que se deja sentir poderosamente en los escritos que venimos analizando, y es la total ausencia de referencias a restos materiales, a localizaciones geográficas precisas a que referir y sobre los que sustentar los modelos que se proponen. Referencias que son habituales en cualquier trabajo de investigación.

De todo lo hasta ahora dicho, parece que la respuesta a las causas posibles de tal variedad de modelos por las que nos interesábamos más arriba, deba encontrar su razón de ser en las opiniones o intuiciones personales de cada autor. Situados ante el problema de las estructuras para la obtención. del hierro en un momento anterior a la aplicación de la fuerza hidráulica a la ferrería y careciendo de restos en los que basarse, cada autor trató de encontrar la solución que más adecuada le parecía. Esta búsqueda personal del modelo o modelos más satisfactorios, si bien clara y manifiesta en los casos de Manuel LABORDE y Luis Miguel DIEZ DE SALAZAR, debe extenderse a los restantes autores ante esa falta mencionada de vestigios en los que apoyarse, ante ese panorama de opiniones diversas y contradictorias, ante esa ausencia de referencias de cualquier tipo que los avalen.

Sin embargo, aun cuando podamos considerar que en los modelos propuestos hay mucho de respuesta «inventada», de opinión personal ante un problema concreto,

esta constatación no resuelve completamente el tema. El planteamiento de un modelo determinado debiera ir acompañado de las razones que justifican su elección.

Esta es una carencia más, entre las ya citadas, que se muestra especialmente significativa en los dos autores que expresan la búsqueda hipotética de un tipo de ferrería primitiva: Manuel LABORDE y Luis Miguel DIEZ DE SALAZAR. Ambos dicen basar su propuesta en modelos tomados de la Antigüedad y en aquellos que aún se utilizan entre los pueblos primitivos o naturales actuales. Ahora bien, parece inevitable preguntarse a la vista de sus trabajos ¿entre qué pueblos naturales?, ¿por qué ese o esos modelos de hornos primitivos y no otros?

Entre los tipos de hornos para reducir el hierro conocidos en la Antigüedad y Edad Media (sin aplicación de la fuerza hidráulica a sus procesos) se puede observar una amplia variedad que engloba desde los sencillos agujeros excavados en el suelo hasta hornos construidos totalmente sobre la superficie del terreno, en los más diversos materiales y abarcando, a su vez, modelos sencillos y complejos. Todos estos tipos son aptos, en principio, para el fin con que se crearon: transformar el mineral en metal.

Sin embargo, no todos se muestran igualmente eficaces en la consecución de tal fin, eficacia que, entendida como menor esfuerzo y mejor rendimiento, dependerá de características tales como el aislamiento, la refracción o la ventilación que presente el horno.

Manuel LABORDE ha optado por un modelo de dos o tres metros de altura, frecuente en época romana y medieval sin mostrar consideración alguna por los hoyos excavados en el suelo tan del parecer de los restantes autores. Por su parte, Luis Miguel DIEZ DE SALAZAR se inclina por un tipo amplio y general: los hornos excavados en el suelo, con o sin superestructura, entre los que podría incluirse el modelo de Manuel LABORDE si su parte baja estuviera enterrada; sin embargo, hace caso omiso a la reducción del mineral bien en hornos construidos sobre el suelo bien en masas de mineral rodeadas de troncos.

Tal preferencia por un tipo u otro responde, sin duda, a un conjunto de razones que han dirigido la selección en una dirección determinada, pero tales motivos nos son desconocidos, precisamente porque los propios autores los omiten. Si bien en la mayoría de los casos se puede vislumbrar una pobreza o parcialidad en las fuentes bibliográficas que debieron servirles de base al elaborar o elegir su propuesta, el desconocimiento de las razones que guían su elección nos impide una justa valoración de sus aportaciones y plantea serias dificultades y problemas a su utilización posterior.

Quizá como última nota, un poco a modo de aclaración para que nadie se precipite al extraer conclusiones, precisar que el considerar las aportaciones al tema de las ferrerías de monte a nivel de simples sugerencias, no supone que traten de dar respuesta a un problema ficticio, porque precisamente tales propuestas surgen ante la necesidad de aportar soluciones a una situación concreta largamente conocida: la presencia de escoriales de hierro sin relación directa con las instalaciones que pudieron haberlas originado.

José Luis Ibarra Álvarez

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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