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RECORRIDO HISTÓRICO 79: LA AGRICULTURA SE EXPANDE EN EL SIGLO XVIII

RECORRIDO HISTÓRICO 79: LA AGRICULTURA SE EXPANDE EN EL SIGLO XVIII

Dicen que el “hábito no hace al monje”. Posiblemente sea cierto. Desde luego que en nuestros días es una afirmación más que comprobada. El dicho puede ser aplicado a determinadas afirmaciones referentes a la anteiglesia, especialmente aquella que la califica de “ciudad fabril”. Una imagen que, fuera de contexto, distorsiona el pasado y despersonaliza el presente. Porque, dicho en dos palabras, la impronta fabril ocupó, con sus matizaciones, un siglo de existencia del vivir barakaldés. Un amplísimo “antes” fue rural; un corto “posterior” es de servicios.

Hablo de un “amplísimo antes” porque desde las primeras documentaciones conocidas (que hacen referencia, sin duda, a momentos anteriores) hasta los inicios del siglo XX la actividad preferente de la población de la anteiglesia fue la agricultura (mediatizada desde la finalización de la tercera guerra carlista por la implantación de las primeras industrias). Por ello, nos parece oportuno presentar en este recorrido algunos rasgos del mundo agrario barakaldés de la mano, en esta ocasión, de Mayte Ibañez[1]

Disponemos de muy poca información para abordar este tema con la amplitud y  dedicación que se merece, y este vacío documental se pone especialmente de manifiesto en todo lo relativo a los datos de producción, que son prácticamente inexistentes hasta el último cuarto del siglo XVIII.

Lo que sí podemos señalar, incluso en medio de esta carencia informativa, es que en Barakaldo nos encontraremos a lo largo de todo el período (nos referimos básicamente al ochocientos) con una producción agrícola que no alcanza el umbral de la autosuficiencia[2]. El recurso a la importación de granos será una realidad constante agudizada lógicamente en coyunturas adversas, motivadas bien por conflictos bélicos, o bien por la sucesión de malas cosechas.

Esta realidad es mucho más palpable en el transcurso del siglo XIX, ya que en la segunda mitad del XVIII, y a tenor de los datos que nos proporciona Fernández de Pinedo para el quinquenio 1771-1775, la producción cerealística de Barakaldo, sin dejar de ser deficitaria, se acercaba más a los niveles medios del consumo local. Los autores del “Censo de Frutos y Manufacturas”[3] calculaban un consumo medio de 30 fanegas de cereal por familia y año, y Cangas Argüelles en su “Diccionario” estimaba que cinco fanegas anuales podían ser suficientes por persona. Debemos tener en cuenta que estas estimaciones, realizadas desde un prisma castellano, no contemplaban la importancia de otros productos no cerealísticos en la dieta del campesino de la Cornisa Cantábrica. No obstante, si las tomamos como punto de referencia aunque, insistimos, muy matizable, confirmaremos la idea que apuntábamos unas líneas antes. La producción de grano en esos cinco años alcanzaba la media de 6.945 fanegas. Si dividimos esta cantidad entre los 1.944 habitantes con que contaba Barakaldo según el censo de 1787, obtendremos un coeficiente de 3,45; repitiendo la misma operación con los datos del censo de 1768 (1.724 habitantes), resulta un coeficiente de 4,02. La producción de trigo y maíz se completaba, como ya apuntábamos, con las fanegas de castaña (540, una de las mayores cosechas de todo el Señorío), de manzana (267)[4], habas (7) y nueces (10).

La agricultura será la actividad fundamental del Barakaldo del Antiguo Régimen. Pero la dedicación preferentemente agrícola de la anteiglesia, no va a obstar para que muchos de sus moradores simultaneen el cultivo de los campos con otras tareas tales como el acarreo de vena, la minería, o la esquilmación de los montes. Si bien es cierto que nuestro municipio no es una excepción en este caso, también lo es que el desarrollo de estas labores complementarias adquirieron en él una especial relevancia. Sin duda, su proximidad a los cotos veneros de Triano, y su privilegiado emplazamiento, flanqueado por tres de las principales arterias de transporte y comunicación  vizcaínas, el Galindo, el Cadagua y el Nervión, favorecieron el desarrollo de otras actividades vinculadas a los sectores secundarios y terciarios de estas actividades.

Ahora bien, no debemos perder de vista que esta diversidad ocupacional debemos entenderla también como un recurso, en ocasiones forzoso, ante la debilidad de rentas campesinas. Aunque no debían opinar así ni Delmas, cuando veía en ello una prueba más del espíritu emprendedor y polifacético del baracaldés, ni los representantes de la anteiglesia, cuando, confundiendo la causa con el efecto, culpaban a sus administrados del abandono de los campos y de la escasa producción agrícola del municipio.

Decía así Delmas: «El baracaldés es de genio acometedor y atrevido. Labrador al propio tiempo que pescador; marinero y minero a la vez; ya arrastrando desde su barquichuelo un cepo para coger ostras, tendiendo la red desde la mitad del río, conduciendo pinazas cargadas de mena de hierro desde Galindo a Bilbao, o sacando con el pico en los criaderos de Triano«. Unos años antes, el ayuntamiento de la anteiglesia denunciaba el incumplimiento, por parte de los baracaldeses, del acuerdo adoptado en Juntas Generales, en julio de 1818, relativo a los períodos en los que se permitía el laboreo en las minas, y la conducción de vena a los puertos de Causo, Galindo y Ugarte: «a causa de no llevarse a debido cumplimiento las disposiciones, excediéndose en el trabajo, fuera de las épocas que se señalan, desatendiéndose por esa razón las labores de la agricultura, se halla esta en suma decadencia”.

En el siglo XVIII experimentó nuestro municipio una fuerte expansión agrícola, y esto lo señalamos, no sólo a tenor de lo que se conoce para el resto de Bizkaia, sino también porque disponemos de referencias indirectas que permiten confirmarlo. Así por ejemplo, la cosecha obtenida en tierras novales[5] entre los años 1771-1775 representaba aproximadamente la cuarta parte de la producción total de la anteiglesia.

Resulta curioso el enorme crecimiento de las pomaradas, un caso único entre los municipios estudiados por Fernández de Pinedo. De hecho, tanto la producción como, el consumo de la sidra había entrado en franca decadencia en el siglo XVIII, frente al avance de otros cultivos. Este retroceso constatado para el conjunto de Bizkaia producirá que Barakaldo en la centuria siguiente se erija en el motor de la expansión agrícola.

En una primera fase se cultivarían las tierras que habían sido abandonadas en coyunturas críticas. De hecho, en la Fogueración de 1704 se señalaba que «de poco tiempo a esta parte se an caido muchas cassas sin que haia esperzanza de redificarlas. Esta republica tiene la deterioridad de muchas cassas desde la ultima numeracion que se hizo al año de mil seiscientos ochenta y ocho«. En total eran cuarenta y cinco casas derruidas, la mayoría de ellas en los barrios del Regato y Bitoricha.

No obstante, el incremento de la producción agrícola se efectuará sobre todo roturando nuevas tierras[6], y en el caso concreto de Barakaldo, desecando sus numerosos juncales[7]. Este proceso, realmente laborioso, se inició ya a mediados del XVIII aunque será en el siglo siguiente, de una forma más planificada, cuando adquiera auténtica relevancia.

Los juncales, como terrenos de marisma, eran ejidos[8] comunes de la anteiglesia. La primera desecación de la que tenemos constancia tuvo lugar en el año 1712 en la Vega de Ansio. Participaron en ella varios particulares, aunque desconocemos el número exacto. El documento no especifica con detalle los mecanismos utilizados en el proceso de desecación, que suponemos similares a los que describe Ander Iturbe para el vecino Erandio: la heredad se rodeaba mediante un vallado hecho de tierra, abriéndose una serie de zanjas a su alrededor hacia donde acudía el agua del interior de la vega.

Los canales se cerraban con una compuerta para impedir la entrada de las aguas saladas procedentes de la ría.

En este caso, el arrendamiento era para nueve años, a condición de que la jun­quera se entregase al cabo de este tiempo «bien cerrada zanjada y cultibada de manera que se aya de coxer labor de granos de trigo y maiz y otras cosas«, y añadía el contrato «y asi despues poder venderla para qualquiera urgencia como en la anteiglesia de Deusto se arriendan las vegas de la republica para su alibio«. No se menciona el pago de ninguna cantidad, por lo que hemos de suponer que en este tipo de contratos, al menos en una fase inicial, no mediaba ninguna compensación económica.

En los posteriores arriendos de terrenos ya desecados se incluía un pago en metálico y la obligatoriedad de efectuar ciertas mejoras: Domingo del Valle pagaba en 1752 una renta anual de doscientos cincuenta y siete reales por una heredad de 6.400 estados, situada en la vega de Careaga. Treinta años después Luis de Egusquiaguirre tomaba en arriendo 4.100 estados de terrenos en la Punta, también por espacio de nueve años, que empezaban a contarse desde el día uno de noviembre. Pagaría por todos ellos 665 reales al año, comprometiéndose a cubrir cada mil esta­dos de los sembradíos de maíz con dos barcadas de arena, y a ampliar las zanjas tanto en anchura como en profundidad, dos pies y medio y pie y medio, respectiva­mente.

Una agricultura con unos bajos rendimientos por hectárea, el empleo del estiér­col como único medio para fertilizar los sembradíos, el agotamiento progresivo de las tierras con las alternancias ininterrumpidas de cultivos…, no tenía otra posibilidad de expansión que la de ampliar el área roturada.

Buena prueba de las rudimentarias técnicas que utilizaban los agricultores baracaldeses en el XVIII, es el testimonio del molinero Juan Antonio de Unzaga, parte contraria de un pleito promovido por la anteiglesia en el año 1775. Según Unzaga, el trigo se recogía a mano, espiga por espiga, y se desgranaba a golpe de maza. Solo empleaban el trillo en un barrio de la anteiglesia —no especifica cuál—, y dada la dure­za de la paja, para unas mínimas porciones de cereal. Añade otros datos de interés, como el espectacular aumento en el precio de los granos, casi un 50% «de unos años a esta parte», o el de la procedencia de la simiente del trigo, «traido de las Costas de Alcira».

Distribución de cultivos

El maíz o borona[9] se situaba a la cabeza de la producción agrícola de nuestro municipio. Así fue al menos hasta mediados del XIX, período de máximo desarrollo del cultivo vinícola en Barakaldo, sobre el que nos extenderemos más adelante.

El cultivo conocido en el XVI como «mijo de Indias» debía estar ya suficientemente extendido en la anteiglesia[10] en los años veinte y treinta del seiscientos, porque en estas fechas todos los molinos de la localidad, exceptuando el de Urcullu, percibían derechos de molienda por molturar el maíz. A lo largo del XVIII se producirá un avance espectacular de este cereal panificable, desbancando, a veces definitivamente a otros de menor rentabilidad como el mijo[11], el centeno o la cebada, hasta llegar a convertirse en la «estrella» del agro baracaldés. La planta obtenía mejores rendimientos en los fondos de valle que en zonas de mayor altitud u orografía sinuosa, y, en este sentido, Barakaldo con sus vastas vegas y su clima húmedo proporcionaba un emplazamiento ideal para el desarrollo de este cultivo.

El maíz[12] se impuso con semejante fuerza que incluso el trigo ocuparía un lugar secundario con respecto a él. En las últimas décadas del setecientos las cosechas de maíz prácticamente doblaban a las del trigo como media general para el conjunto de Bizkaia. A lo largo de todo el siglo XIX en Barakaldo la diferencia entre ambos será mucho más acentuada: la producción de aquél, no sólo doblaba, sino que triplicaba y a veces cuadruplicaba la del trigo. Aunque de una forma no excesivamente rigurosa ni extrapolable a toda la centuria, podemos generalizar que a cada fanega de trigo cosechado en la anteiglesia le correspondían 3,5 de maíz.

Las diferencias no serán tan marcadas en cuanto a su extensión en el municipio. Prácticamente todas las caserías baracaldesas contaban con sembradíos de uno y otro cereal. En el año 1814 había un total de 310 explotaciones agrícolas en la localidad: 276 con trigo y maíz, y 34 sólo con este último.

Como dato comparativo señalaremos que las explotaciones de viñedos para esta misma fecha se reducían a un total de sesenta y dos, lo que difiere notablemente de las conclusiones a las que llega Mutiloa en su estudio sobre el viñedo vizcaino, afirmando que el número de productores solía coincidir con el de los hogares por lo que cada familia mantendría su propio cuadro de cepas. Lo cierto es que esto se señala para mediados del XIX, fecha en la que el cultivo de la vid se hallaba mucho más repartido en nuestro municipio sin alcanzar, no obstante, los niveles señalados por el autor[13].

 

[1] Mayte IBÁÑEZ “Barakaldo”, pp. 72 y ss.

[2] Afirmación que puede extenderse a siglos anteriores. Algunos artículos de las Ordenanzas de 1614 son explícitas en este sentido cuando dedican varios artículos a planificar la venta y consumo de materias básicas como eran el trigo, el vino o la carne.

[3] El Correspondiente a 1799 indica que en Vizcaya entre la producción de granos destaca el trigo (231.531 fanegas), el maíz (171.162 f.)  y la cebada (140.503 f.). Entre las legumbres señala las habas (44.441 f.) y los yeros (30.230). Entra las frutas únicamente cita las manzanas (60.340 arrobas) y las castañas (19.036 f.). La producción de vino y sidra es de 204.710 arrobas. Entre las manufacturas se señalan 3 fábricas de Cáñamo, 17 de Curtidos, 146 Ferrerías y 4 de Cobre.  Las “Reflexiones Generales” que contiene el Informe no tienen desperdicio. Por ello las incluimos. “La extensión de la Provincia de Vizcaya es 106 leguas cuadradas. Su población 111.436 personas o 22.287 familias. Su riqueza moviliaria (sic) territorial e industrial es de 66.859.483 reales. Corresponde a cada legua cuadrada 1.051,28 habitantes y 630.748 reales y 30 maravedíes del total valor de sus productos y a cada familia 2.999 reales y 31 maravedíes. El consumo de granos de las 22.287 familias es 668.610 fanegas. La cosecha de esta Provincia, incluso el maíz, asciende a 472.497 fanegas. Descontada la simiente quedan para el consumo 400.880 fanegas, de lo que resulta faltan a esta Provincia 267.730 fanegas. Todos los demás productos se consumen en la Provincia, a excepción de las castañas, de que se extrae alguna cantidad. Asciende el valor de lo manufacturado a 21,758.000 reales y el de los productos naturales a 45.101.483 reales. La razón de los primeros a los segundos es 1:2,07. El número de operarios en los tres aspectos es de 404, los cuales, si se suponen familias, serán a la población total 1:55,16 pero si se cuentan por individuos serían al mismo total 1: 275,83. En esta Provincia se trabaja con el mayor primor la “xarcia” de todas clases, inclusa la de los buques mayores de guerra. Las tenerías están es una decadencia considerable. La abundancia y preciosidad de la mena que se encierra en las entrañas del famoso monte de Somorrostro, hace que el hierro sea la producción más rica de esta Provincia. En la villa de Balmaseda y su jurisdicción hay cuatro martinetes para tirar cobre, en los cuales y en las fraguas para vaciar calderas y otras manufacturas iguales se emplean diariamente 70 hombres. En la jurisdicción de la mencionada villa hay tres ferrerías de sartenes de corto rendimiento por alta de agua suficiente para mantener la elaboración en todo el año. En Vizcaya se fabrica el herrage y la clavazón y hay fraguas en donde se forjan instrumentos de hierro para la agricultura. Apenas hay casa en la villa de Ochandiano en donde no haya una fragua de clavos y herrages y se regula en 40 quintales de hierro el que se emplea en todas cada día. En la villa de Elorrio se trabaja con la mayor perfección y hermosura el hierro y lo mismo en otras Anteiglesias de la Merindad de Durango”.

[4] En Bizkaia, las primeras referencias escritas a las manzanas datan de la Alta Edad Media; a mediados del siglo XI se empieza a tener documentación escrita con referencias a la agricultura. De las donaciones y cartularios monasteriales se recogen menciones a “arbores pomiferas” (Busturia 1051), “Kasas terras et manzanares et pomares” (Bermeo 1053), “cum terris, ortis et pomiferis arboribus” (Iurreta 1072), (Orduña 1075), etc. Merece mención el pasaje que, en el Poema de Fernán González (siglo XIII) sobre la supuesta batalla de Hacinas hacia el año 930, se refiere al Conde Don Lope diciendo: “Don Lope el vizcaíno, rico de manzanas, pobre de pan y vino”. Este pasaje de la historia tan estudiado y debatido por los historiadores y escritores, refleja la situación agraria en la Bizkaia de la época. De los extensos manzanales, expansión e importancia en la Edad Media dan cuenta diversos viajeros, así como la documentación general existente referida a las Ordenanzas Forales y locales, impuestos, litigios, etc. El manzano es el cultivo más abundante en la Bizkaia medieval. Aparecen manzanales alrededor de las villas, en las heredades, en montes y lugares apartados; y la sidra se producía en casi todas las caserías con destino de autoabastecimiento y venta en las villas. De la expansión de las manzanas de Bizkaia queda constancia por autores franceses de que en Normandía algunas variedades proceden de Bizkaia importadas durante la Edad Media. El manzano es un cultivo muy protegido y regulado por las distintas Ordenanzas y Fueros de los siglos XIV, XV y XVI, tanto de Bizkaia, Encartaciones, Merindad de Durango y otras como las de las villas de Bilbao y Gernika; era tal su protección que incluso se penaba con la muerte algunas infracciones; asimismo se regulan los cuidados que necesita el cultivo, los contratos de explotación entre propietarios del terreno y plantadores y demás aspectos. Es preciso destacar la importancia de la Colegiata de Zenarruza como ejemplo de este tipo de explotación en la Edad Media.

A lo largo del siglo XVII se incrementan las roturaciones de los terrenos en beneficio del trigo y el maíz, a costa de los manzanales y otro tipo de arbolado. Los cronistas y datos del siglo XVIII así lo confirman. A partir de estos siglos su plantación y consumo se fueron reduciendo debido, entre otras razones, al incremento del consumo del vino. Este se pagaba más y el gusto de los vizcaínos también había cambiado. A partir del siglo XVIII, se ponen en marcha distintas iniciativas para fomentar la plantación y cuidado de los manzanos. La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, ante la regresión del cultivo de la manzana y el consumo de la sidra en Gipuzkoa y Bizkaia, pone en marcha unas actuaciones relativas al estudio, cría y cuidado de manzanos: podas, viveros, injertos, estercolados, etc.; en los extractos de las Juntas Generales de 1775, 1778, 1781 y 1784, se recogen diversas reflexiones sobre la decadencia del cultivo así como datos de experiencias y técnicas apropiadas para su mejora.

De todas formas a lo largo del siglo XIX y primeros del siglo XX, el consumo de la sidra se mantiene en el medio rural mientras que en los centros urbanos prácticamente desaparece. En el Archivo Foral de Bilbao y Gernika se pueden encontrar datos estadísticos y expedientes relativos al arriendo de los arbitrios municipales sobre las sidras consumidas en el municipio. Tomado de www.bizkaia.eus.

[5] Tierras que se cultivan por primera vez.

[6] El ímpetu roturador que hemos observado en la zona holohúmeda a lo largo del XVII no sólo afectó a tierras incultas, pastizales y bosques, sino también, y probablemente sobre todo, a castaños y muy especialmente a manzanales. Costes de oportunidad o necesidades, más bien, urgían esta alternativa de maíz-trigo sobre manzana-castaña. Los cronistas del siglo XVIII certificaron este proceso, referido a manzanares, llegándolo incluso a adscribir al mismo siglo XVI. L. M. BILBAO BILBAO-E. FERNÁNDEZ de PINEDO “La producción agrícola en el País Vasco (1537-1850)” 129.

[7] Estos juncales eran abundantísimos en todo lo que hoy es la Vega de Ansio. El cauce del Galindo, ocupando el espacio del prehistórico meandro y la poca altitud del mismo hacía que el influjo de las mareas fuese muy intenso. De hecho, en el espacio se ubicaron desde la edad media unos pequeños puertos (Beurko, Causo y Galindo) para la exportación del mineral que procedente de las veneras se llevaba en gabarras hasta el embarcadero de San Nicolás en la Punta.  A esta amplia zona se denomina en la cartografía como “El Juncal”.

[8] Terreno comunal, a las afueras de un pueblo, que se destina a eras y en el que se pueden reunir los ganados de todos los vecinos.

[9] La identificación, tan firmemente consagrada, entre borona —nombre que acabará asumiendo el maíz— y mijo no parece ser tan segura, aunque también es cierto que la documentación más al uso los confunde e identifica. Así, en libros de fábrica de Alava, consultados para fechas muy primeras del siglo XVI, se utiliza indistintamente, de un año para otro, los nombres de mijo o de borona. En la Summa de Geografía, de FERNANDEZ ENCISO, se explicita que en el País Vasco «comen pan de mijo: a la que llaman borona» (tomado de R. FLORANES, La supresión del Obispado de Alava, B.H.V., T. I, Madrid, 1919, p. 33). Sin embargo, otros textos más precisos las diferencian. Por ejemplo, las Averiguaciones de 1537-41, al distinguir expresamente el mijo de la borona en el listado de precios de tasa de los diferentes frutos diezmados, aunque, significativamente, se les atribuya idéntico valor; con más rigor, como el tema lo merece, la Obra de Agricultura de G. ALONSO DE HERRERA nos advierte que «otra semilla hay que en las montañas hacia Vizcaya llaman borona, es de propiedad del panizo», aunque bien es cierto que, preciamente, atribuye al panizo similares características que al mijo, siguiendo la mejor ortodoxia fitotécnica (ed. B.A.E., Madrid, 1970, pp.42 y 41); Noticias geográficas de los pueblos de la costa de Vizcaya y Guipúzcoa, referentes a Fuenterrabía, parecen corroborar este aserto, al explicitar entre las cosechas «trigo, panizo, mijo y maíz.. » (Col. Vargas Ponce, B.R.A.H., 9-22-4-4179, f. 371 vº). Bien puede suponerse a la borona como una variedad de la familia del mijo o del panizo, mejor adaptada a la ecología vasca, y que por deslizamiento semántico se asimilaba indistintamente a uno u otro grano. «El panizo es semejante al mijo, vulgo artachia o mijo pequeño» nos advertirá ITURRIZA (o.c., T. I, p. 141). L. M. BILBAO BILBAO-E. FERNÁNDEZ de PINEDO “La producción agrícola en el País Vasco (1537-1850)”.  p.115. Nota 47.

[10] Esta «revolución del maíz», por utilizar un término discutible, pero consagrado, permitió, como primera y principal secuela, elevar el nivel de autoabastecimiento de una región tradicionalmente deficitaria en granos, bien que éste nunca fue suficiente como para eliminar la dependencia exterior, especialmente en años de crisis. El mayor equilibrio logrado entre recursos alimenticios y población comenzó, no obstante, a irse debilitando a lo largo del último cuarto de siglo, a medida que el incremento de los efectivos demográficos no se veía correspondido por una adecuada capacidad productiva del «sistema agrícola». Esta realidad y el temor, sobre todo, hacia ella fue causa de previsiones que en base a cálculos de la producción interior estimaban las necesarias importaciones, con vistas a su oportuna provisión. Previsiones, tanto más necesarias cuanto en el horizonte económico se oteaban nubarrones de presagio para nuevos y definitivos problemas en la industria y comercio tradicionales, equilibradores otrora de la dependencia agrícola exterior. El estancamiento práctico de la producción, el inicio de un nuevo ciclo de roturaciones y el relanzamiento al alza de los precios conforman el cuadro de indicadores más objetivos de la nueva situación. De la misma manera que la consciencia subjetiva del nuevo estado de cosas se manifiesta en la serie de voces que entre 1767-1787 se alzan clamando sobre el problema y reclamando inaplazables cambios para la reconversión de la economía, en general, o para la reorganización del sector agrario, en particular. L. M. BILBAO BILBAO-E. FERNÁNDEZ de PINEDO “La producción agrícola en el País Vasco (1537-1850)”.

[11] En el siglo XVIII el mijo será desconocido y la avena y la cebada habrán descendido en valores absolutos y, más aún, en significación relativa. Incluso desplazará a un cereal de invierno, como el centeno y al lino, planta industrial exigente en humedad y que ocupaba, esquilmando, los suelos más propicios para el maíz. Su éxito, desbancando a otros cereales y protagonizando con el trigo los espacios de cultivo, se fundaba, en último término, en sus altos rendimientos comparativos por simiente y superficie respecto a los granos que desplazaba, lo que hacía más que rentable esta operación substitutiva. De este modo, el maíz posibilitó un considerable incremento agrícola, sin que el espacio cultivado tuviera que ampliarse en la misma proporción. L. M. BILBAO BILBAO-E. FERNÁNDEZ de PINEDO “La producción agrícola en el País Vasco (1537-1850), 120.

[12] En resumen, y siempre con prudente provisionalidad, el maíz se introduciría, tal y como escribiera a fines del siglo XVIII Vargas Ponce, hacia 1576, pero su difusión y generalización, que es lo verdaderamente relevante, fue un proceso -diferente según comarcas y zonas- que se iniciaría y culminaría a lo largo del siglo XVII. En sus fechas últimas tenía ya idéntica o mayor importancia que el trigo. L. M. BILBAO BILBAO-E. FERNÁNDEZ de PINEDO “La producción agrícola en el País Vasco (1537-1850)”, p. 118.

[13] Los mediocres vinos autóctonos, al amparo de sistemáticos proteccionismos concejiles y de privilegiadas exenciones tributarias municipales, podían resistir con suficiente holgura la competencia de los caldos foráneos, gracias a la práctica de prioridades en la venta y a sus precios finales -sin costes de transportes ni gravámenes de sisas- más asequibles. La oportunidad, sin embargo, engendraba sus propias contradicciones y se convertía en arma de doble filo. Sólo el sostenimiento de los precios hacía viable su concurrencia. Pero tal operación chocaba en la realidad con el alza de los costes salariales, que comprimía beneficios, y con las eventualidades de cosechas y precios. Reducir la producción —práctica a la que se acudió en ocasiones— permitía elevar los precios y derivadamente los beneficios. Pero también conseguía rebajar el período de tiempo reservado a vinos autóctonos —el viedo— y ampliar el necesario para los extraños. Y, asimismo, eliminar las objetivas ventajas comparativas entre ambos vinos y reforzar «subjetivamente» un proteccionismo excesivo y peligroso cara a los consumidores. Ante esta difícil opción de alternativas, el txakolí costero debió de correr suertes muy diversas. Las noticias llegadas hasta nosotros son tan contradictorias como las alternativas ante las que este vino tropezaba. Pueblos y villas hubo, como los de Bilbao, Ondárroa o Lequeitio, que ampliaron sus viñedos. Otros cercenaron cepas y parrales y muchos los arrancaron definitivamente. Pero, como tónica global de la zona, la resistencia al retroceso sería la síntesis más expresiva. L. M. BILBAO BILBAO-E. FERNÁNDEZ de PINEDO “La producción agrícola en el País Vasco (1537-1850)”.

 

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