La vida social en la zona minera vizcaína (siglos XIX-XX) (VI)
- La vida societaria en la zona minera
Por razones de espacio vamos a dejar de lado la principal forma societaria en España, la de tipo recreativo. Uno de los puntos fuertes de nuestro conocimiento del pasado en la zona minera es sin lugar a dudas el movimiento obrero, principalmente entre 1890 y 1910. Esas dos décadas se caracterizaron por la negativa patronal a aceptar que los socialistas representasen a los trabajadores en sus demandas. Sólo a partir de 1910 puede hablarse, por lo tanto, de unas relaciones laborales modernas, de negociación entre dos representaciones colectivas. Hasta entonces los conflictos buscaron la destrucción de la organización de la otra parte. No repetiremos lo conocido sobre las cinco huelgas generales del período y el rosario de huelgas parciales, con los arbitrajes de distintos organismos del Estado.
El esquema dual del socialismo español, de partido y sindicato, no funcionó en la zona minera vizcaína. Allí los intentos de organizar sindicatos de mineros fracasaron hasta muy tarde, y las agrupaciones socialistas resultaron la única organización solvente. En 1900 ya estaban constituidas las cinco clásicas, en La Arboleda, Gallarta, Ortuella, Las Carreras y San Julián de Musques. Ellas encauzaron las reclamaciones obreras, que en tantas ocasiones las desbordaron, sobre cuarteles y cantinas obligatorias, sobre jornada, sobre salario, sobre intensidad en el trabajo, sobre servicio médico-hospitalario, etcétera. Esas agrupaciones organizaron mítines y manifestaciones e incluso atenuaron cierta violencia para la negociación empleada por los trabajadores de las minas.
Desde su creación en 1917 el Sindicato Minero de la UGT experimentó una afiliación numerosa, mientras el partido se mantenía en cifras modestas. El minero fue el único sector laboral en el País Vasco donde se notó la escisión comunista, principalmente en el Sindicato. El socialista Sindicato Minero de La Arboleda contó con las secciones de San Salvador del Valle, Alén y Las Carreras, además de la matriz. El comunista Sindicato Minero de Bilbao contó con las de Ortuella, Regato, Musques y Aceña. En Gallarta se encontraron a la par. Los comunistas fracasaron en su actuación intransigente ante los recortes salariales motivados por la crisis durante 1921-1923, y apenas erosionaron la hegemonía socialista. En 1935 ambas fracciones participaron del frente único de las izquierdas.
En este estudio nos hemos propuesto atender singularmente a las presencias de las mujeres en la vida social de la comarca. Pues bien, ellas estuvieron en el entorno de las organizaciones socialistas y las actuaciones obreras, pero casi nunca, hasta donde podemos saber, tuvieron presencia directa. El cronista del mitin del domingo 4 de mayo de 1890 en La Arboleda menciona algunas asistentes. En mitin en Bilbao en 1891 Pablo Iglesias excitó a las mujeres a que tomen parte en las reuniones obreras, a que se asocien, a que aconsejen a sus maridos o hermanos a hacer lo mismo y a que no vean en la asociación nada que pueda perjudicarles a ellos o a sus hijos. La asociación —dijo— moraliza al obrero, apartándole de ciertos sitios peligrosos donde la ignorancia y la explotación le lanzan. Además —agregó— la mujer debe asociarse y venir al campo socialista, porque si el obrero es explotado y oprimido por la clase burguesa, lo es mucho más la obrera. Ésta, que no ha nacido para fregar y coser tan sólo, como despreciativamente dicen muchas gentes, sobre todo las defensoras del régimen actual, sino que ha nacido, como el hombre, para trabajar, sí, pero para disfrutar como él de todo cuanto el trabajo produce.
El papel de la mujer en la retaguardia de las luchas sociales parece confirmarse en las primeras décadas del siglo XX. Personalidades como Dolores Ibárruri resultarían más excepción que norma. Nos queda mucho por saber. Las lecturas moralizadoras se trasladaron a otro tipo de sociedades en la zona minera, las de socorros mutuos (ssm) en caso de enfermedades.
Implantadas entre los trabajadores cualificados en los núcleos urbanos, su aplicación a la zona minera fue reclamada infructuosamente en los orígenes de la extracción. En esos años las compañías constituyeron los hospitales mineros de Triano, sostenidos con un canon por tonelada y con el descuento del 2% de los jornales. En los hospitales se atendió a accidentados y a enfermos comunes hasta 1898, en que como resultado de una campaña de denuncia obrero-socialista, se suprimió el descuento y se limitó la atención hospitalaria a los accidentados.
En ese momento las agrupaciones socialistas de la comarca proyectaron «grandes sociedades de protección mutua». Hasta donde conocemos, sus logros en afiliación fueron modestos, en el marco de las reticencias ya mencionadas al societarismo. Entonces se crearon las sociedades La Humanitaria en San Julián de Musques, Fraternidad Obrera en La Arboleda (creada como Unión Obrera, tuvo que variar su denominación al coincidir con otra previa de Baracaldo) y La Esperanza en Abanto y Ciérvana. Les siguieron otras, no necesariamente vinculadas al socialismo.
A cambio de cuotas reducidas, ofrecieron prestaciones poco ambiciosas, principalmente gastos de entierro y asistencia médico-farmacéutica a los socios y sus familias. Los municipios se mostraron renuentes a subvencionarlas.
Como todo el mutualismo popular español38, no rebasaron ámbitos locales de actuación, y compitieron entre sí dentro de los municipios. Sin embargo, sabemos que en la primera década del siglo XX La Esperanza de Abanto y Ciérvana había llegado a un acuerdo con otras ocho ssm del Bajo Nervión para que los socios no tuviesen que pagar matrícula en caso de traslado. El Sindicato Minero abandonó muy pronto, en 1919, la base múltiple, para promover mutualidades obreras. En 1926 las seis ssm del municipio de Abanto reclamaron al unísono a su ayuntamiento una subvención en nombre de sus 602 socios, «gente humilde, esto es, obreros».
Contamos con una serie de indicadores para pulsar la ideología de las sociedades mutualistas. El principal es la aceptación o no de socios protectores que aportaran financiación. En la zona minera esos protectores remiten a las compañías y los contratistas, que antes de la eclosión mutualista en 1898 habían articulado socorros discrecionales. Otra especificidad en la comarca fue la inclusión de los temporeros con cuotas y prestaciones menores de las comunes. A falta de más estudios que penetren de lleno en el siglo XX, la cronología avanzada en que nacieron las sociedades mutualistas de la zona minera explica cierta sofisticación actuarial, sin menoscabo de la vida societaria.
Las sociedades de socorros mutuos contaron precisamente desde 1898 con la competencia católica, cuyo propagandismo actuó desde muy pronto en la comarca desde sus bases en Bilbao, primero desde la universidad de Deusto y después desde el patronato de obreros de San Vicente de Paúl en Iturribide. Apenas conocemos su influencia en la práctica, por ejemplo, entre las mujeres a través de congregaciones como las Hijas de María. Su acercamiento al elemento obrero era denunciado por el corresponsal socialista en La Arboleda:
Los jesuitas no pierden ripio (…). Constantemente se nos está repartiendo en estas barriadas, a los trabajadores, folletos de una publicación titulada «La lectura gratuita», y raro es encontrar uno donde no se rebuzne algo contra el Socialismo (…). Nos fijamos en el hecho bien expresivo y significativo de ser los patronos, los contratistas, nuestros explotadores sin conciencia, los que nos entregan los tales libritos.
Los centros católicos de obreros de Ortuella, Abanto y Ciérvana y La Arboleda se constituyeron en 1898 como sociedades mixtas, de socorros mutuos y recreativas. Además de a los socios de número aceptaron y promovieron socios honorarios, con cuotas ligeramente más altas, y socios protectores, con un mínimum de 250 pesetas anuales. En su gobierno se excluían las capacidades de autogestión. Para la junta directiva se procuraba que «siempre tengan la misma intervención próximamente los socios honorarios y los de número». Por encima se instituía un consejo supremo que nombraba consiliario y tesorero. Integraba al propio consiliario, a un miembro de la junta directiva, a un concejal elegido por ésta, a un sacerdote de la parroquia de que dependiese, a un miembro de la junta del patronato de obreros de Bilbao y al director espiritual de éste. Seguramente para facilitar el control de la jerarquía eclesiástica, mientras las juntas generales del centro ortuellano se celebraban por Navidad y Corpus, las del centro de La Arboleda tenían lugar por Año Nuevo y Santiago. Aceptado el protagonismo de los seglares en la acción católica, con José Posse los centros se reconvirtieron en la primera década del siglo XX en las asociaciones obreras León XIII de La Arboleda y Pío X de Gallarta.
Ninguna modalidad mutualista contempló a las mujeres como socias iniciadoras. Su presencia se limitó a las beneficiarias de las prestaciones, como enfermas o viudas. Aquí las ssm proyectaron miradas bien diferentes sobre las mujeres. Las de los centros católicos se definieron «ajustada totalmente a las normas estrictas de moralidad exigidas por la Religión Católica». Por supuesto, abominaban de uniones fuera del matrimonio. Por su parte, las ssm laicas como las gallartinas La Esperanza y La Amistad consideraron esas uniones.
Se considerará como familia del socio: primero, hijos, hijos políticos, hermanos, padres, padres políticos, abuelos; menores de 16 años y mayores de 55; segundo, las hermanas a excepción de las casadas o hagan vida marital; tercero, la esposa, madre, nieta y abuela.
El sindicalismo católico no encontró demasiados apoyos en la zona minera. La secularización debió de asentarse en la década de 1930. Contamos con las bien pesimistas encuestas sobre el estado religioso de la zona publicadas en Idearium, revista del Seminario Diocesano de Vitoria:
Que nadie sueñe hacer evolucionar a los mineros con una siembra a voleo de regalos y donativos. Bastante se ha hecho en este sentido y los resultados han sido nulos, cuando no contraproducentes; porque se fomentaron hipocresías y se dio pie a sacrilegios, pues se especulaba con los bautismos, las comuniones y con las legitimaciones de matrimonios.
El corte que supuso el franquismo en cuanto a recristianización y societarismo no ha sido convenientemente estudiado. El Estado configuró una previsión social dual, a caballo entre lo privado-mutualista y lo público-estatal.
El fondo documental de entidades de previsión social voluntaria conservado por el Gobierno Vasco ha revelado la creación de sociedades en las que apreciamos ciertas continuidades históricas. Una de ellas fue la Mutualidad de Previsión Social para entierros de Sanfuentes (Abanto y Ciérvana), fundada en 1959 y aún vigente. Su domicilio en el Centro Social Parroquial de Sanfuentes la integra en la nueva vida social. Su reglamento volvía a resultar ambivalente en cuanto a la posición de las mujeres.
Los menores de edad, mayores de 18 años, no necesitarán la autorización de sus padres o tutores y las mujeres casadas tampoco precisarán la licencia marital para formar parte de la institución, reconociéndoseles plena capacidad para ejercitar los derechos y cumplir las obligaciones que por su condición de socios les corresponde. Las mujeres casadas no podrán desempeñar cargos directivos sin autorización marital.
En cualquier caso, entre sus 25 miembros fundadores no aparecía ninguna mujer. Su evolución la sumerge de lleno en la transición a la democracia, un periodo demasiado cercano al presente, cuya investigación histórica debe ir precedida de un mejor conocimiento de las etapas previas. Esta modesta aportación pretende abrir algunas puertas.
Rafael Ruzafa Ortega y Rocío García Abad
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