La vida social en la zona minera vizcaína (siglos XIX-XX) (IV)
- Las mujeres en el trabajo minero
Algunas mujeres trabajaron en las minas, fundamentalmente en labores de carga, en tareas de clasificación y lavado de la «chirta» en los lavaderos de mineral. Relacionamos su presencia asalariada en las dos últimas décadas del siglo XIX con las actividades no cualificadas más duras y peor retribuidas generalizadas en la vida urbana e industrial europeas, y particularmente en la de la Ría del Nervión. Al igual que aquellos peonajes, los de las mujeres en las minas rara vez tuvieron un carácter permanente, ni se convirtió en un oficio de por vida, sino que venía determinado por unas condiciones familiares y unas necesidades cambiantes.
Sin embargo, había quien prefería ir a los lavaderos [que a servir] porque era más libertad. Fuera de la hora podían hacer lo que les diera la gana. Para mí era más penoso el trabajo en las minas, aunque se trabajaba mucho en casa. ¡Bastante desgracia era tener que ir a trabajar! A los padres no les gustaba la libertad de las hijas y preferían que fuesen a servir. Era otra cosa estar dentro de una casa. Además, había muchos hombres en los lavaderos. Yo tenía una prima viuda en un lavadero, porque generalmente iban las viudas que no podían ir a servir porque tenían hijos que cuidar.
La cuantificación es difícil, porque las fuentes son escasas y contradictorias. Pilar Pérez-Fuentes trabajó entre otras fuentes la Estadística Minera de España, según la cual en las minas de Somorrostro las mujeres se ocuparon en las labores de transporte, aunque no en las de laboreo. Nerea Aresti menciona testimonios de un viajero inglés en 1882. El corresponsal en Gallarta de El Noticiero Bilbaíno exponía en abril de 1883, dentro de un llamamiento a la mano de obra:
En tres años próximamente que resido en ésta no he visto pagar jornales tan crecidos como actualmente; las cuadrillas de mujeres que transportan tierras o mineral en cestos, ganan de 10 a 11 rs. (así que no es fácil encontrar criadas para el servicio doméstico), y los chicos igual jornal; los peones ganan de 12 a 15 y 16 rs.
Las 350 mujeres empleadas en aquellos comienzos, según cálculos de Pilar Pérez-Fuentes, cayeron en picado desde entonces. Consideramos la ley de 13 de marzo de 1900, que reguló el trabajo de las mujeres y los niños, punto de inflexión. El Informe referente a las minas de Vizcaya del Instituto de Reformas Sociales, publicado en 1904, interpreta que la ley se aplicaba exitosamente puesto que había conseguido la salida de las mujeres para cuidar a sus hijos («cuando éstas se ocupaban en las labores de las canteras, antes de la promulgación de la citada Ley»).
Pilar Pérez-Fuentes calcula que en los años de la Primera Guerra Mundial habría un centenar de mujeres, esto dentro de una tímida recuperación de su presencia. A partir de entonces sólo contamos con las fuentes orales, que las mencionan de nuevo en los lavaderos. Nerea Aresti y Carmelo Urdangarín y José María Izaga han descrito con minuciosidad la dureza del trabajo femenino en los lavaderos. Algunos testimonios fotográficos, en el Museo de la Minería del País Vasco y en la colección Mac Lennan depositada en el archivo municipal de Muskiz, alumbran la presencia femenina.
A las duras condiciones laborales había que añadir el hecho de que los salarios de las mujeres siempre se mantuvieron por debajo del de los hombres, igualados al salario de los pinches. Esto nos indica la distinta consideración o el menosprecio del trabajo desempeñado por la mujer, así como su menor valor de cara a la obtención de recursos monetarios para la familia, lo que nos confirma la hipótesis de que el trabajo de la mujer en las minas, como el de los niños, fue un recurso que sólo se adoptó en momentos de necesidad.
Además de las series de salarios ya publicadas, hemos podido reconstruir la serie del jornal diario en algunas minas vizcaínas según ocupación y sexo entre 1919 y 1938. Según estos datos, los salarios recibidos por las mujeres apenas aumentaron a lo largo de los veinte años, y se mantuvieron siempre muy por debajo del de los hombres y al nivel del salario más bajo de un peón, que era el salario recibido por los pinches.
Si en 1919 un peón ganaba de jornal diario en las minas hasta 5 reales y 25 céntimos, una mujer apenas alcanzaba 3 reales y 25 céntimos; y en los años treinta llegará a los 4 reales y 10 céntimos, frente a los 7 reales y 40 céntimos que podía ganar un peón hombre. Las mujeres que trabajaron en las minas lo hicieron solteras y viudas. La participación de la mujer en el mercado de trabajo reglado u oficial está en íntima relación con su ciclo vital. Las mujeres casadas estaban excluidas de dicho mercado.
Avanzado ya el siglo XX, los datos de los padrones de habitantes muestran una clara reducción de la tasa de actividad femenina. Si en 1880-90 arrojaban un 12,78% de media para toda la zona minera, en los años 1920-35 esa cifra ha descendido hasta un 4,31%, siendo aún más reducida en San Salvador del Valle, con un 2,12%. Además, entre este colectivo de mujeres activas destacan las dedicadas al servicio doméstico. Sin duda, para estos años el modelo se había consolidado, la mujer está fuera del ámbito del mercado reglado u oficial y recluida al ámbito de lo privado. Esto no implica que no desempeñe numerosas actividades económicas no registradas por las fuentes de la época.
El modelo está más claro si atendemos al estado civil de las mujeres activas. El matrimonio supone el abandono del mercado de trabajo, reservado a las mujeres solteras, fundamentalmente. Sólo con la viudedad algunas mujeres tendrán que volver a incorporarse al mercado reglado. Las mujeres casadas aparecen como «amas de casa», y las niñas como «escolares» y un reducido grupo de mujeres aparecen con alguna otra profesión declarada.
En los años del franquismo estaba muy consolidada la división sexual del trabajo, y las mujeres aparecen sin profesión en un altísimo porcentaje en los padrones de que disponemos, para San Salvador del Valle (91,6% en 1960 y 89,67% en 1970). Aparecen como amas de casa, estudiantes o sin profesión.
Una serie de sectores fabriles se especializaron desde la segunda industrialización en mano de obra femenina. Entre ellos nos interesa uno que operó como subsidiario de la actividad minera, el de los explosivos.
Las mujeres aquí se ocuparon del encartuchado y el empaquetado, no de los procesos químicos. Conocemos las fábricas construidas tras la segunda guerra carlista en Galdácano, Nocedal (Santurce), Cruces y Burceña (Baracaldo) y Arrigorriaga. Sus respectivas compañías se fusionaron en 1896 en Unión Española de Explosivos. Al margen de ese trust en 1934 se puso en marcha «La Magdalena» de Explosivos Modernos S.A. en Sanfuentes (Abanto y Ciérvana). Aquí las mujeres fabricaban los cartuchos con papel en casa, y los rellenaban con explosivo en la fábrica. Durante la Guerra Civil la fábrica se dedicó a la elaboración de bombas de mano, que las mujeres rellenaban con explosivo, al igual que los cartuchos.
Vinculado al mundo del trabajo en las minas, tan masculinizado, pero también a las estrategias familiares de supervivencia, rescatamos una presencia de las mujeres anterior a los seguros sociales. Al parecer, y relacionado con la falta de soporte económico a la muerte o inutilización del «ganador de pan», a finales del siglo XIX persistía una costumbre que relata la prensa socialista, tras la que se ocultan solidaridades informales:
Sucedió en cierta ocasión con un amigo nuestro, que al solicitarle [a un maestro de taller] una cantidad para la viuda del que fue director de Triano [se refiere al ferrocarril de la Diputación], le contestó que no tenía inconveniente, siempre que dicha señora colocara una mesa petitoria el día de la quincena al lado de la taquilla, como lo hacen las mujeres de los que se desgracian en los cargues y en las canteras.
Rafael Ruzafa Ortega y Rocío García Abad
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