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Alonsotegui y Burceña (Perfiles barakaldeses)

Alonsotegui y Burceña (Perfiles barakaldeses)

ALONSOTEGUI

Si acumulando toda la plétora de energí­as conseguimos en­cumbrar la podero­sa mole de Ganeco­gorta, podemos los baracaldeses posar un pie en el térmi­no de Oquendo, de la región alavesa, y descansar el otro en Arrabachu, de nuestro propio territorio jurisdiccional. Algunos de nuestros lectores experimentarán una ver­dadera sorpresa al tener conocimiento que Baracaldo, al que se imaginan tan solo como un punto negro arrimado al Nervión en las proximidades del mar, pueda confinar con ílava. Y así­ es, en efecto: Baracaldo confina con ílava desde el año 1888, en que se anexionó a nuestro Municipio la antigua Anteiglesia de Alonsótegui. Con esta anexión la comarca ba­racaldesa comprende 4.545 hectáreas de exten­sión, ocupando uno de los lugares preeminen­tes entre los municipios más dilatados del Se­ñorí­o.

En los pliegues y repliegues de esta alta cordillera de Ganecogorta y Pagazarra, se en­cuentran también los hitos y mojones que separan a Baracaldo de otros términos municipales de Vizcaya: el alto de Lingorta, Urquiza y Aspe, con Gí¼eñes; con Zollo;  Pagasarri, con Arrigorriaga; Pagasarri, Ganeta; ­Restaleco, Aránsuli, Udoy, Ingulis y Campichu,  con Bilbao. En la elevada meseta sestea el poblado de Artiba, semejando a una vieja acartonada y enjuta que dormita acariciada por ­el sol. Y es este de Artiba un somo baracaldés donde todaví­a puede oí­rse a Ios nativos el ­euskera privativo. Desde aquí­ podemos des­cender al pueblo de Alonsótegui por Sordolla, ­Ardaola, Mintechu y Azordoyaga o también, bajando por encrucijados atajos o senderos,  desde Gongueda a San Martí­n y a Ullate, rozando el gran pinar, de imponente negrura que jalona el brechazo de Zamaya.

Viajero: si la suerte te depara arribar a este pueblo de Alonsótegui, adéntrate hasta Sordoyga por el bucólico vericueto besado amorosamente por el murmurante arroyo que baja de Mintechu. Sordoyga es una aldea agazapada, perdida entre montañas, circuida por apretado ramaje en que los pájaros trinan y revolotean. Trinos de los pájaros, pí­o, pio de los polluelos apretujados bajo el palio de las alas maternas y lejanas baladas de pastores: estos son los barruntos de Sordoyga, el inefable e inocente remanso donde los ojos se ­deleitan y se embriagan los sentidos. Adéntrate, viajero, hasta Sordoyga y nos agradecerás las gratas e inolvidables impresiones que recibas. Y haz un esfuerzo mayor, si el caminar no te fatiga: sube la brava pendiente, y en una protuberancia de la cordillera alcanzarás el somo de San Martí­n y quedarás conmovido por la honda poesí­a de otra aldea virgiliana asentada a la sombra azulenca de los manzanos.

Más lugares pintorescos: Aldana, Aldanaza­rra, Zaramillo… y otros de industrial tempera­mento: Arbuyo, Aldanondo.

Y en el confí­n baracaldés de la ribera del Cadagua se encuentra Linaza, frente por frente de la  orgullosa casona de Lazcano; en medio se alarga el murazo de la presa dividiendo las aguas en que rebullen las truchas, las loinas y los barbos.

Más abajo, bajo el puente de Alonsótegui, fue encontrada, a principios de este siglo, una imagen de San Martí­n Obispo en un pozo del rí­o. El misterio de este hallazgo no ha sido todaví­a descifrado a pesar de las diversas con­jeturas que corren por el pueblo y lugares circunvecinos. La imagen fue trasladada al somo que ahora se denomina de San Martí­n, donde es venerada en una ermita minúscula construida a expensas de don Máximo Chávarri.

Alonsótegui cuenta con un hijo muy preclaro, al que algunos autores consideran natural de Arrigorriaga. Nos referimos al R. Padre Fray Miguel de Alonsótegui, Comendador que fue del Convento de Mercedarios de Burceña y a cuya pluma se debe un libro lleno de erudición que escribió en 1577, titulado «Coronicas de Vizcaya».

La majestuosa iglesia de San Bartolomé data del año 1500. Situada en la eminencia de una roca, domina un gran trecho del ubérrimo valle del Cadagua.

Alonsótegui tiene el aspecto sosegado y apacible de las antiguas anteiglesias vizcaí­nas: las casas emplazadas a ambos lados de la carre­tera, próximos el rí­o y el monte, y la iglesia, el más destacado edificio, en una prominencia. Pueblo de calmosa apariencia, que ejerce en los nervios influjo sedante, sus naturales tienen, sin embargo, el alma templada para la aven­tura y el peligro. La ambición les domina; pocos serán los hogares que no cuenten con un miembro emigrante. En Méjico, Perú, la Argentina, Chile… son muchos los alonsoteguiarras que batallan y luchan. Y si no todos triunfan, algunos alcanzan fortuna y renombre.

Por breves que sean los instantes que per­manezcáis en este pueblo, percibiréis inmedia­tamente un agradable tufillo de distinción y de rango. La corrección y !a afabilidad en el trato es proverbial en sus moradores. Nos­otros hemos tenido siempre hacia esta loca­lidad baracaldesa, afable, distinguida y formal, respetuoso y sincero aprecio. Y como nosotros, todo aquel que la conoce.

BURCEÑA

Presentes en la plazoleta de Llano, ante la escuela del lugar, somos invadidos por un tropel de enternecedores recuerdos in­fantiles. Nos parece estar como hace tantos años, ahí­ arriba, sentados en «nuestro» pupitre de la octava clase, próximo a la espaciosa ventana. Nos parece oí­r la enérgica voz de don Justo, el maestro paternal: « ¡Orden, silencio, atención!» Orden, silencio y atención que mantení­amos los alumnos poco tiempo; uno, que pinchaba a su vecino; otro, que, distraí­do, alejaba su mirada del encerado siguiendo el vuelo de una mosca: este, que pensaba en el nido de la sieve; aquel, en el rí­o…, hasta que el buen maestro gritaba otra vez agitando la regla: « ¡Orden, silencio, atención!»

Y nos parece oí­r ahora a don justo: “De pie”. Y que cantamos bajo su batuta cual­quiera de aquellas bellas canciones que arru­llaron nuestra edad escolar:

Qué bonito es el nidito que el jilguero construyó

Domilindón las campanas tocan a misa

¿Recordáis, amigos de la escuela? Sí­. Re­cordáis. Y el recuerdo también os enternece. Aquel maestro meritorio, don justo, es hoy anciano. Y nosotros somos ya hombres. ¡Qué alegrí­a para el maestro, qué alegrí­a para nos­otros sus antiguos discí­pulos, reunirnos aquí­, en la vieja escuela, en torno a su venerable figura! Siquiera una sola vez…

Llano, con sus casitas mirando a Luchana, a Burceña, a Zorroza, a Deusto, a Bilbao… es uno de los lugares más bonitos y alegres de nuestro pueblo. Y sus vecinos, los vivaces vecinos de Llano, saben cosechar simpatí­a con la misma facilidad que en su próvido terreno se cosechan los inigualables pimientos chori­serillos. Estos vecinos, autóctonos legí­timos de su lugar, son de prosapia egregia: entre sus apellidos figura siempre el muy esclarecido apellido de Llano; corre por sus venas la sangre del muy noble señor de Llano. Aquí­ está, enhiesta y arrogante, la alcurniosa casa-torre, dignamente ocupada por un descendiente de aquel ilustre infanzón de tizona en ristre, ocupada por un Llano sin vasallos, por un Llano que alterna su trabajo en la fábrica y en la gleba para poder vivir modestamente.

Según vamos para Cruces, tenemos a la de­recha Sagarrasti, Andicollano, otros preciosos rincones baracaldeses. Y a la izquierda, en un gran trecho de camino, la sólida muralla de Munoa, vasta propiedad cuajada de flores y de árboles frondosos rodeando a la regia mansión de nórdica arquitectura.

Más fincas tapiadas. La arboleda de Sarasti. Policromos hotelitos veraniegos en Guruceta y Tellerí­a. Y luego, Cruces, con su amplia campada donde se celebran las famosas ro­merí­as; Cruces, la sede baracaldesa de los baracaldeses de arremango.

Descendamos a la capital del barrio, a Bur­ceña, la «ciudad» de los puentes, a Burceña señorial, a la piadosa Burceña que acude siem­pre en masa a los “entierros”.

Donde muy antiguamente estuvo un con­vento de Padres mercedarios, hoy se levanta la iglesia en que los muy católicos burceñeses veneran a Nuestra Señora de las Mercedes.

Lo que más nos gusta de Burceña es su tí­pica calle del Tanque, con sus casas ceñidas al canal mojándose los pies. En los dí­as de bonanza, el rí­o besa amorosamente los cimientos de las casas; pero en los dí­as de agi­tado turbión, los descarna con furiosos gol­petazos. De la calle del Tanque son esos há­biles y resistentes tritones que extraen los relucientes bichis del fondo del Cadagua. Y nos creemos transportados a una perlerí­a del Pa­cí­fico.

Antaño, Burceña fue muy notable por sus astilleros del Responso, de donde salí­an bien paramentados veleros y bergantines.

Merece ser visitado este paraje del Res­ponso, porque en él se dan más y mejor que en cualquier otro las afamadas angulas de Bur­ceña, que siempre han alcanzado los máximos precios en el mercado pantagruélico. El Res­ponso debe visitarse en invierno, de diciembre a marzo, y de noche, de noche oscura y lloviznante, que es cuando las angulas -el «fideo fluvial», que decí­a un infortunado amigo nuestro- acuden a los lugares polarizados por la ­mortecina luz de los faroles. Si la noche es clara, la luna dominante y las estrellas titilando en el firmamento, se esparcen las angulas por toda la superficie de las aguas, resultando vana e infructuosa su captura.

¡Espectáculo solemne el de la pesca de la angula! Noche de siri-miri, de intensa negrura. Enfundados los anguleros en los gruesos capotones; situados cada cual al final de su carrejo, esas edificaciones de piedras apiladas, monumentos megalí­ticos que se adentran en el rí­o formando los rejules; pestañean los faroles, háceles el eco con sus guiños una estrella solitaria; óyense los rí­tmicos sonidos de los cedazos chapoteando con las aguas, que solo se interrumpen cuando arremete a su bota el pescador. Las angulas que remontan aguas arriba, con la marea ascendente, tuercen su ­camino atraí­das por las luces pirueteras de los fanales que las llaman al rejul, que es el ángulo que forma el entrante carrejo con las aguas. Y, como decí­a aquel mentado amigo nuestro: «si el rejul es el “angulo», no es nada sorprendente que la «angula» se deje seducir por el rejul». Y van cayendo poco a poco, muy poco a poco, en el cedazo y en el balde ad-hoc del angulero: una, dos, nada, tres, nada, nada, una.., y siguen las batadas durante horas y horas, para conseguir unas onzas o  dos cuarterones del preciado «fideo fluvial”. ¡Qué baratas se cotizan en el mercado pantagruélico las angulas de Burceña! Pero el angulero, enfundado en su grueso capotón, junto a la misteriosa luciérnaga de su farol, interrumpiendo con sus botados el silencio de la noche lloviznante da intensa negrura, sim­boliza una de las virtudes más estimables en los hombres, simboliza la paciencia. Abandonamos la «ciudad» de los puentes, a Burceña señorial, a Burceña en que vimos la primera luz. Nos alejamos del Paí­s de los Cañeros.

Por Ernesto Perea Vitorica

Tomado de La Gran Enciclopedia Vasca

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