RECORRIDO HISTÓRICO 83: Napoleón y sus pretensiones
Una simple ojeada a un mapa del entorno nos indica la singular importancia que tiene el País Vasco para cualquier transeúnte (ideológico o material) que, desde Francia, desee dirigirse a la Península (bien hacia la Meseta, bien hacia el eje del Ebro o hacia la cornisa Cantábrica) o pasar al continente africano. Y lo hicieron los celtas al inicio del primer milenio antes de Cristo y lo hicieron en el siglo V los pueblos germanos (bárbaros del Norte) y lo hizo, a comienzos del XIX, el emperador Bonaparte (bárbaro del Centro).
Dentro del “tridente vial” que hemos indicado, ocupa la anteiglesia un lugar estratégico de paso hacia la cornisa cantábrica. Esta situación fue aprovechada por todos aquellos que tuvieron alguna pretensión de dominio a lo largo de la Historia: celtas, romanos, bárbaros, asturianos, leoneses, navarros, castellanos… Por ello, queremos dedicar este recorrido a un momento concreto: la invasión napoleónica de España. Fundamentalmente nos dejamos acompañar por la mano experta de Ramón Hilario e Iker Martínez[1].
El 27 de octubre de 1807 se firmó en la ciudad francesa de Fontainebleau un tratado entre el Reino de España y el Imperio Francés. De acuerdo con este tratado, España permitiría el paso de tropas francesas por su territorio. El objetivo de estas tropas, junto a las tropas españolas, era el de llevar a cabo una invasión conjunta de Portugal al mismo tiempo que su reparto. Este tratado y la invasión de Portugal tuvieron consecuencias muy importantes, tanto en Europa como en las colonias americanas de España.
En Octubre de 1807 el Mariscal Junot, cruzó el Bidasoa, entrando en suelo peninsular con un total de 100.000 hombres. Tras los sucesos de Aranjuez, 18 de marzo de 1808, la familia Real Borbónica fue conducida a Francia donde, firmadas las abdicaciones de Bayona, es proclamado nuevo rey de España y de las Indias el hermano mayor de Napoleón, con el nombre de José I. De forma inmediata entró en vigor la mal llamada (ya que es más bien una Carta otorgada) “Constitución de Bayona”.
En 1808, tras el avance francés, las abdicaciones de Bayona y el 2 de mayo de Madrid, se suceden numerosos levantamientos antifranceses y ante el vacío de poder (tanto Carlos IV como su hijo Fernando están prisioneros de Napoleón en Bayona) se crean Juntas Provinciales de Defensa en casi todas las capitales, formadas por hombres de la aristocracia, el clero, militares y funcionarios. Enseguida, con delegados de estas juntas provinciales, se formó, en Aranjuez, una Junta Central Suprema de 34 miembros (septiembre de 1808), presidida por el viejo Floridablanca, que se convierte en el máximo órgano gubernativo (hasta la vuelta de Fernando VII como legítimo rey de España), coordina la acción contra los franceses y ocupa el vacío de poder dejado por la marcha de José I (quién tras la victoria de Bailén[2], 19 de julio de 1808, pasó a Francia).
A lo largo de 1808, las tropas francesas fueron instalándose progresivamente en diversos municipios del País Vasco. Es posible que en algunas localidades se les mirase con resentimiento, como a unos intrusos invasores. Pero, seguramente, no se les acogió con mucha más prevención que a los regimientos españoles que se habían asentado en esos mismos pueblos durante los meses anteriores.
En sí mismo, el hecho de que un ejército eligiese un determinado municipio para asentarse temporalmente en su territorio, no solía ser, precisamente, motivo de alegría y satisfacción para su vecindario. La razón era clara. El alojamiento y manutención de la tropa acantonada en los términos municipales, corría a cargo de la hacienda local, que se veía obligada a invertir en ello sumas ingentes, sin que, por lo común, viera compensado el gasto realizado con las aportaciones del Gobierno. Y quien más perjudicado resultaba del quebranto que ello originaba en las arcas públicas del municipio era, lógicamente, el vecino de a pie. Las elites locales siempre encontraban vías para salir indemnes de la situación.
En el territorio vasco, por otra parte, había colectivos de notables -vinculados, sobre todo, a la burguesía comercial- que no veían con malos ojos la influencia política, social y económica que pretendía ejercer el ejército de Napoleón. Eran los afrancesados, que no constituían, precisamente, un grupo irrelevante. En Bilbao, sin ir más lejos, uno de ellos, el almirante Mazarredo logró que las Juntas Generales jurasen como Señor de Bizkaia al rey José Bonaparte, hermano de Napoleón.
Es evidente que no todos los vascos eran afrancesados. El bajo clero, por ejemplo, veía en las tropas napoleónicas una peligrosa vía para la penetración del liberalismo y, tras él, la impiedad, la increencia, la irreligiosidad. Curas y frailes animaron a la insurrección a muchos sectores populares que, por otra parte, tampoco veían con buenos ojos las medidas fiscales que los franceses pretendían establecer. Pero de ahí a considerar que se movilizaban contra el invasor francés animadas por un cálido fervor patriótico, que aspiraba a ver a la nación española definitivamente liberada del yugo extranjero, dista un abismo.
En el País Vasco, como se ve, la llamada Guerra de la Independencia, tuvo mucho de guerra civil -liberales afrancesados contra clases populares apegadas a las tradiciones- y de defensa a ultranza de una concepción cerrada de la religión que veía al liberalismo como fuente de pecado. Tampoco faltó el componente internacional. La batalla más emblemática, la de Vitoria, fue dirigida por un militar británico, el duque de Wellington, que no era, precisamente, una expresión paradigmática del genio español[3].
Al estallar la guerra, Bizkaia se mantuvo, en un primer momento, fiel a Fernando VII[4] aun cuando los Urquijo, Mazarredo, Azanza, Cabarrús y la Diputación Vizcaína se adhieren al monarca intruso (José I Bonaparte)[5]. Parece que, por ello, se impone la diplomacia más que la guerra. Más aun, en un primer momento los ejércitos franceses penetran sin resistencia alguna en el Señorío, limitándose a tomar posiciones y solicitar provisiones y bagajes. Sin embargo, pronto las exigencias son mayores (ocupación en Bilbao, por ejemplo, de ciertos conventos para cuarteles u hospitales con el consiguiente desvalijamiento del mobiliario, secuestro de otros para proceder a su venta…). El disgusto por esta presencia y los informes que llegaban de la actuación de las provincias vecinas, unido a la acción del clero regular hizo que se promoviera entre el pueblo una resistencia armada, desembocando en la revolución del 6 de agosto de 1808. En esta fecha, la Junta de Gobierno de Vizcaya lanzó una proclama para alzarse en armas contra el invasor, al calor de las esperanzadoras noticias de la derrota de éste en Bailén y que, sin embargo, fue infructuosa para expulsar al enemigo pues la guerra no habrá hecho nada más que comenzar:
“(…) Vizcaynos: La Religion de vuestros Padres, baxo cuyas santas maxîmas habeis sido educados: la patria à quien debeis la exîstencia; el Señor que os habían señalado la constitución y las leyes: ved aqui los grandes objetos que llaman vuestra noble atencion, y os obligan á salir á una lid gloriosa. ¿Podriais ser victima de la ambicion de un hombre, que se ha propuesto encadenar toda la Europa? No. Vosotros no habeis nacido para la esclavitud[6]”.
Fue dura la resistencia frente a las tropas francesas, destacando las arengas que al pueblo realizaban los monjes y frailes de los conventos de Agustinos, Franciscanos y Carmelitas en Bilbao y los Mercedarios en Barakaldo[7]. Bilbao y su alfoz pueden servir como modelo de este especial sentir del estado llano ante el advenimiento del francés y suya fue la primera responsabilidad en el levantamiento de la urbe en 1808. Los insurrectos- miembros de las clases populares urbanas y rurales- bajo el liderazgo de algunos frailes y militares, se acopiaron de armamento almacenado en el Convento de San Francisco, de las armas del Señorío y de la Villa y del almacén de pólvora del Parque de Artillería. Una vez controlada la ciudad, intimidaron a las autoridades locales, llamando a todos los hombres de Vizcaya capaces de combatir para hacer frente a un ejército imperial que con rapidez estaba dispuesto a aplastar la sublevación. No estaban equivocadas las élites tradicionales. El saqueo que sufrió posteriormente la ciudad a manos del general Merlín corroboró sus peores aprensiones[8].
Ello motivó, una violenta reacción de las tropas imperiales contra la participación eclesiástica que fue castigada con severidad. Así el 15 de agosto de 1808 el rey José ordena mediante un Decreto Real, la supresión de los cuatro conventos citados que fueron ocupados como cuarteles militares. Igualmente se dispone que los religiosos de dichos centros sean expulsados del territorio del Señorío ordenándose la inmediata ejecución de quién se resista a estas regias disposiciones. El menaje, la biblioteca y todos los enseres y ornamentos de la iglesia junto con las Huertas y Arbolados del convento de Nuestra Señora de la Merced de Barakaldo fueron expropiados judicialmente, perdiéndose notable documentación y obras de arte de varios siglos atrás. El Decreto dice lo siguiente[9]:
“Decreto de José Napoleón … determinando lo que había de hacerse con los Conventos de Mercedarios de Burceña y Carmelitas de el Desierto[10] (entre otros).
1º de septiembre de 1808
“Don José Napoleón – Por la gracia de Dios y la constitución Rey de España y de las Indias.
Atendida la mala conducta, tan agena de su estado que han observado en la insurrección acaecida en la Villa de Bilbao muchos de los Religiosos de las órdenes regulares y especialmente los del Orden de S. Francisco, que después de hacer de uno de sus propios conventos el arsenal de los aprestos militares, arrastraron y condugeron algunos los cañones á sus puestos, armándose otros de fusiles, con escándalo del pueblo sensato y religioso; y conviniendo que el escarmiento de cuantos incurran en semejante delito contenga a los demás en los límites de su obligación y del respeto debido a las leyes civiles por toda institución religiosa, hemos decretado y decretamos lo siguiente:
6.º De los Conventos de Santa María de Burceña, Mercedarios en la Anteiglesia de Baracaldo, y San Agustín de Bilbao y Hospicio de Carmelitas de esta Villa y el término llamado del Desierto, que tienen en la referida Anteiglesia de Baracaldo, se ha de tomar igualmente ocupación judicial, y los individuos que se hubiesen fugado de ellos al tiempo de la entrada de las tropas francesas en Bilbao, aunque hubiesen vuelto á los quatro o más días de la operación, serán considerados prófugos, y saldrán del Señorío de Vizcaya, como se manda en el artículo segundo.
7.º La ocupación judicial del artículo 6 será extensiva a Iglesias y bienes, bien que si quedaron Religiosos Mercedarios y Carmelitas, quedarán por ahora los tales religiosos en sus habitaciones, y las Iglesias en su uso de hasta aquí, sin novedad también por ahora; de modo que la ocupación judicial se entienda inventario y conocimiento sin alteración en su actual aplicación.
8.º La ocupación inventario y avalúo de bienes se hará con intervención de los mismos procuradores, para darnos conocimiento de todo, y entonces señalaremos la pensión vitalicia que han de gozar mientras vivan los Religiosos no fugados, quedando a cargo de los procuradores su recibo y distribución.
Nuestros Ministros de la Justicia, Negocios Eclesiásticos y de Hacienda quedan encargados del cumplimiento de este Decreto, cada uno en la parte que le toca.
Logroño 1º de Setiembre de 1808.- Firmado Joel Rey. Por S.M. En ausencia del Ministro Secretario de Estado. Gonzalo O’Farril. Es copia. José de Mazarredo”.
El 24 de julio de 1808 entraron los franceses en Barakaldo tomando posesión de la plaza. Esperaban los barakaldeses al mando del Alférez Javier de Barakaldo, a sus entonces aliados imperiales en el Alto de Castrejana. El comandante Lafont encabezaba el regimiento imperial. Tras los saludos llegaron a suelo barakaldés atravesando el puente del Diablo, siguiendo por Zubileta hasta subir al barrio de Cruces. Por Ansio llegaron hasta la parte alta de San Vicente. A su paso, los vecinos se agolpaban para disfrutar del espectáculo. Uniformes vistosos, piezas de artillería, caballos de exposición, e impecables estandartes, eran vistos por primera vez en la localidad. El silencio, mezcla de asombro y temor se adueñaba al paso de los recién llegados. Sólo el ruido de los cascos de las bestias y los carros y las voces de mando de suboficiales eran los únicos e impresionantes sonidos en la plazoleta. Entre la parroquia y casa consistorial tuvo lugar la recepción oficial. Toda la corporación, a la cabeza de la cual se encontraba su alcalde D. José María Andonegui, estaba presente con sus mejores trajes. Al lado del regidor se hallaba el marqués de Larrea, don Ignacio María de Larrea y Loizaga, barakaldés acaudalado y muy bien relacionado en el Señorío, además de conocido francmasón. Sonrisas y parabienes no paraban de sucederse entre todos los presentes, esforzándose por ambos lados en intentar parecer más obsequiosos y atentos. Sin embargo, algo había de insincero en todo ello ya que no se respiraba ningún ambiente diáfano.
La vida diaria en Barakaldo durante la ocupación francesa se iba quebrando y mudando por la crispación y los malos ánimos. Los vecinos se quejaban de que los soldados extranjeros armasen barullo en las ventas, sidrerías y tabernas, que se marchasen sin pagar, que robaran en los puestos del mercado y que, como señores de la calle, molestaran a las neskas del pueblo levantando las iras de maridos, novios y hermanos. Colmó el vaso de la paciencia el desalojo de la parroquia de San Vicente para alojar en ella a la caballería francesa, llenándola de caballos, mulas, utensilios y forraje. La gente escuchaba los servicios religiosos en la cercana ermita de San Bartolomé, pero al ser ésta pequeña, muchos se quedaban fuera teniendo que seguir la misa, sin ver ni oír al párroco, don Nicomedes Alegría. Tampoco gustó nada que se retirasen las banderas propias de la Nación y Señorío y sólo ondease una gran tricolor francesa.
En 1810 el emperador Napoleón ordena mediante un Decreto que las tierras españolas por encima el Ebro pasasen a soberanía francesa. Esta clara anexión, separaba este gran territorio del resto del Reino de España, para disgusto general y, en especial, del hermano del emperador, el rey José I.
La tragedia de la aventura napoleónica en Barakaldo se desencadenó el 24 de mayo de ese mismo año. En el término de Cruces, en la zona boscosa de La Dinamita, sobre las nueve de la noche fue asesinada una patrulla francesa compuesta por el teniente André, el cabo Michel y los soldados Pierre, Marsel, Nicola y Denis, a quienes robaron los uniformes y las armas. Como represalia, desde Bilbao, llegaron órdenes del general Bernard de detener y fusilar a 25 vecinos que pudieran ser sospechosos de traición. El cruel cálculo se había hecho tomando 8 reos por el teniente, 5 por el cabo y tres por cada soldado.
Barakaldo vivió momentos de terror. Los piquetes franceses entraban en las casas y sacaban materialmente a golpes a los varones que se encontraban en ellas. No se atendió a si eran sospechosos o no, siendo las detenciones indiscriminadas. Las mujeres que querían defender a sus maridos, padres o hermanos eran golpeadas y arrojadas al suelo. La gente clamaba y gritaba. Los niños lloraban y en algún punto de Beurko sonaron disparos, en Zaballa hubo heridos y en Landaburu los soldados tuvieron que defenderse de una intensa lluvia de piedras.
Los 25 arrestados fueron arrojados a la cárcel de San Vicente, situada en la trasera de la parroquia. Un fuerte número de franceses guardaba la puerta mientras fuera muchas personas se agolpaban para saber que era de los suyos. Se hicieron numerosas gestiones en Bilbao para obtener clemencia pero todo fue inútil ante la intransigencia del honor francés ofendido. En la madrugada del día siguiente se formaron dos cuerdas de presos llevando amarrados a los condenados para su destino final. Según el parte oficial 200 soldados habían llegado desde Bilbao para «seguridad del lugar y sus habitantes«.
Los desgraciados, todos de clase humilde y variada edad fueron conducidos hacia la cuesta de Eguzkiaguirre que bajaron hasta el lugar de Arteagabeitia. Se les dijo que serían montados en carretas y llevados a Bilbao para ser juzgados. Por ello, iban más confiados que aterrados pero llevados a un lugar donde existía un arroyo entre juncos y cañas, fueron dispuestos de espaldas al mismo y en filas de a cinco. Los pelotones de ejecución hicieron sistemáticamente su función. Los nombres de los fusilados eran leídos en voz alta por un oficial francés: Ruperto Sánchez, Eladio Olabarrieta, Ángel Vitorica, Damián Beteluri, Eustaquio de Zuloko, Pedro Negro…
Cuando todo hubo terminado, los franceses abandonaron el lugar dejando los cadáveres tirados sobre el arroyo que ya no tenía sus aguas cristalinas sino rojas de la sangre de veinticinco buenos e inocentes baracaldeses.
Los familiares y amigos de los ajusticiados sacaron del agua los cuerpos calientes y los llevaron hacia la iglesia de Retuerto por no acercarlos a San Vicente, donde se hallaban sus verdugos.
Hacia mediodía se produjeron serios incidentes. A las cuatro de la tarde podían oírse en Erandio y Sestao, tiros y descargas de la fusilería francesa. Siete civiles murieron en los disturbios. La orden militar era breve y concisa “disparar a matar sin la menor contemplación«. Los sucesos de Barakaldo causaron gran conmoción en toda la margen izquierda pero fueron silenciados en cualquier medio de información de toda Bizkaia. Desde Santurce a El Valle se reforzaron las patrullas y controles. Todo estaba bajo un verdadero estado de sitio.
La feroz venganza francesa sembró de ira la pequeña y humilde anteiglesia baracaldesa. Desde las fechas de los cruentos fusilamientos de Arteagabetia ningún francés podía callejear solo por las calles. Incluso su presencia se había reducido de manera importante en tabernas y sidrerías. De la misma forma, la vida se tornó muy difícil para los denominados afrancesados, que ocupaban los puestos de poder en el municipio.
La respuesta de un pueblo sencillo pero digno no se hizo esperar aprovechando la fiesta del 14 de Julio que los franceses celebrarían con un gran banquete, se urdió un plan por el cual con pólvora suficiente volarían el local de la reunión así como el polvorín y las instalaciones anejas. Para no levantar sospechas se pensó en Miguel de Galindo que tenía, entre otros, un hijo de diez años llamado Ángel y que gozaba de la entera confianza de los franceses.
Los militares habían bajado la guardia pues ya no esperaban ninguna agresión por parte del vecindario baracaldés. El día señalado había animación en las instalaciones francesas de Barakaldo y cerca de las diez de la noche, en el comedor habilitado al efecto, el comandante de plaza, tres oficiales y cerca de 200 suboficiales y soldados se hallaban disfrutando de la velada.
El pequeño Ángel entró al local portando debajo de su camisa y pegada a su cintura la carga explosiva que detonó al pasar junto a la presidencia. Una gran explosión conmocionó la noche de Barakaldo. A ello sucedieron llamas, derrumbes y gritos desesperados de los supervivientes que, heridos y bañados en sangre, deambulaban horrorizados por el entorno de la tragedia.
Ochenta franceses murieron en el acto y quince más en las fechas siguientes a consecuencia de sus heridas. La causa de tanta mortandad se debió a que el barracón que sirvió de comedor se hallaba ubicado frente al poderoso polvorín francés. La bomba que portaba Ángel hizo daño al mismo, haciendo más letal el atentado, pero Barakaldo pagó un alto precio por estos sucesos. La ermita de San Bartolomé, a unos metros de la tragedia, desapareció totalmente y ni las ruinas hicieron posible su reconstrucción. Tallas, cuadros y otras obras artísticas fueron pasto de la destrucción.
La parroquia románica de San Vicente, del siglo XIII, quedó gravemente dañada. La torre del campanario, el pórtico, la fachada norte y la portada principal se perdieron por completo. Tres edificios anejos quedaron en estado de ruina y fueron demolidos. La acción fue calificada por las autoridades de Bilbao de terrorista y atribuida al sanguinario bandolero Perucho de Urkullu, que durante años sembró el terror entre Galdames y Barakaldo, llegando incluso con sus hombres a matar y robar en caseríos de Gorostiza. Durante la guerra contra el francés se convirtió en guerrillero e intentó lograr un indulto gubernativo pero tal cosa no ocurrió puesto que falleció en acción durante la contienda.
Miguel de Galindo, el padre del pequeño mártir, fue arrestado al día siguiente de la masacre y, pese a las torturas, no salió de su boca delación o confesión alguna. Fue ahorcado en un platanero que existía al inicio de la cuesta de san Bartolomé. Su cuerpo, colgado desnudo y con el sexo mutilado, sirvió durante días de blanco en las prácticas de tiro de la milicia francesa. La tropa española también fue obligada a disparar sobre el cadáver.
El actual escudo de Barakaldo[11] recuerda al valiente Ángel. Sobre él, por decisión de la corporación acabada la guerra, luciría para siempre la cabeza de un Ángel alado, protegiendo a su amada anteiglesia y dando por ella su vida como efectivamente lo hizo. A día de hoy se le conoce como «Jolín», mascota de las fiestas patronales.
[1] Ramón HILARIO-Iker MARTÍNEZ “Barakaldo a través de los tiempos” pp. 105-109
[2] Por no pasar por alto la ocasión, debemos recordar que las tropas españolas estuvieron comandadas por el general Fco. Javier Castaños, originario de Barakaldo.
[3] www.josuerkorweke.com
[4] ZABALA, A. Yakintza, nº 2, años 1933, pág. 106: “Al pasar Fernando (VII) por Vitoria, camino de Francia, fueron a cumplimentar al rey el Comandante General de Vizcaya Arteaga y una Comisión Vizcaína compuesta por los diputados generales, tres padres de la provincia, el médico, uno de los capellanes del Señorío y el Secretario de la parcialidad gamboína. Recordaron a su Señor la ley del fuero sobre el juramento de los señores de Vizcaya y le ofrecieron fiel obediencia”.
[5] José Mª MUTILOA en “La desamortización en Vizcaya” pp. 21-23 estudia esta situación con algún detenimiento
[6] Biblioteca de la Diputación de Vizcaya, signatura VAHS-1,19. Citado por Sergio Delgado Sotelo “Vizcaya ante la ocupación napoleónica”, p.133
[7] Como es conocido los Mercedarios estaban establecidos en Burceña desde el siglo XIV (1384, aunque existen problemas con esta datación). El Monasterio es una donación de D. Fernán Pérez de Ayala. Ver el Recorrido 9.
[8] Sergio Delgado Sotelo “Vizcaya ante la ocupación napoleónica”, p.135
[9] Tomado de Labayru “Historia General de Bizkaia”, VII. Lo inserta, igualmente, José Mª MUTILOA “La Desamortización en Vizcaya” pp. 24-25
[10] Se refiere el Desierto de san José que tenían los Carmelitas en la Punta de Sestao. Fue fundado en 1719.
[11] Ver el Itinerario 1
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