Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (III)
- LAS FACETAS DE LA FIESTA
- 1. Tiempo y espacio festivos del Carnaval barakaldarra
El Carnaval barakaldarra, como corresponde a una población fabril, cuya vida estuvo regida por el calendario laboral, se vio reducido a su mínima expresión temporal durante nuestro periodo de referencia, tanto en la Anteiglesia propiamente dicha como en la anexionada de Alonsotegi. Disfraces, máscaras, bromas y bailes públicos tenían lugar el Domingo y el Martes posterior preferentemente; sin preludio festivo alguno, como el Jueves Lardero o Gordo, omnipresente en el ámbito rural vasco. El Lunes se consideró un día de tono menor, laborable, con una oferta de bailes de salón sensiblemente inferior a los otros dos días, aunque ello no impedía que algunas mascaritas y comparsas deambularan por calles y bastantes barrios. El Martes era el día principal, durante el cual la mayor parte de la población en edad laboral no trabajaba, incluso en las fábricas. La celebración de algunos de estos bailes el posterior Domingo de Piñata, constituía el epílogo de las Carnestolendas locales, a modo de incursión festiva, moderna y urbana, en el austero periodo de la Cuaresma, que había comenzado el Miércoles de Ceniza. El tiempo cuaresmal carecía de diversiones públicas formalizadas, con el baile amenizado por la Banda de Música, y estaba sometido a un estricto régimen alimentario. Pero la demanda popular se impuso a las restricciones institucionales.
5.2. Disfraces y máscaras
El disfraz es el elemento distintivo y más característico del Carnaval. Porque el disfraz y la máscara posibilitan esa ruptura del orden normativo cotidiano, garantizando el anonimato y, con él, la libertad suficiente para la realización de actos desacostumbrados y acciones que subvierten las normas sociales. Los antifaces, las caretas, el atuendo imaginativo y/o disparatado, provocando el esparcimiento la crítica y la evocación de otra sociedad imaginada.
Propiciando inversiones de sexos y de roles, travestismo, exhibicionismo, espontaneidad y actitudes lúdicas. Las clases populares disponían, al efecto, de una amplia tipología de disfraces, cuya sencillez no estaba reñida con la originalidad. Inversiones, disfraces y enmascaramiento se desarrollan preferentemente en la calle y en los bailes públicos, posibilitando, por ende, una efímera transformación del espacio público. Pero, para las autoridades, ello provocaría situaciones de descontrol, aprovechando el anonimato.
En Barakaldo el Domingo era el primer día que se disfrazaban los participantes, ocupando las calles de El Desierto o sus respectivos barrios, y acudiendo a los bailes públicos de la “Plaza de Abajo” o a la de Alonsotegi. Entre los numerosos enmascarados que deambulaban por calles y estradas de Barakaldo, entregándose a las licencias festivas propias del tiempo de Carnaval, encontramos toda una galería tipológica de atuendos. Un entramado de curiosos personajes que conformaban el tejido humano carnavalesco, encarnando diversas subculturas y mentalidades presentes en esta población obrera, minera, aldeana o de pequeña burguesía, autóctona y/o inmigrante. Las clases populares vivían un carnaval de disfraces sencillos y originales, aunque de escasa calidad, en contraposición al de la pequeña burguesía de El Desierto. Con bailes organizados por ésta primero en los cafés, y después en asociaciones recreativas o deportivas, pero también regionales y políticas, o de sesgo republicano. En cambio, no hay ninguna socialista o nacionalista vasca.
La indumentaria carnavalesca más común entre nuestras clases populares -tanto autóctonas como inmigrantes- fueron los disfraces propios del travestismo o inversión sexual, es decir de “mamarrachos vestidos con estrafalarias ropas del sexo contrario, y escandalosos atributos postizos, con la necia intención de desvirtuar su género. En las barriadas rurales también fue usual travestirse, el hombre de mujer y viceversa; los niños se disfrazaban de adultos. Y todos/as utilizando ropas estrafalarias, viejas y de colores chillones, incluso de saco, o simplemente escondiéndose tras sus disfraces a los que se realizaban pequeños agujeros para los ojos y la boca. Algunas chicas de El Regato/Errekatxo llevaban un cascabel o campano, quizás para distinguirse de los chicos.
Las mascaritas de la calle se ataviaban con ropas viejas, colchas en desuso, gabanes raídos, sábanas y toda clase de atuendos que el imaginario popular rescataba, acompañándose con música callejera de calderos y latas vacías.
En el casco urbano de El Desierto aparecían mascaritas más sofisticadas. Las más frecuentes fueron las de pierrot, dominó o payaso, cura o fraile, o de aña; disfraces alquilados, en determinadas tiendas al precio de dos pesetas, e infrecuentes en los barrios rurales. Cubriendo su cara con grandes caretas de cartón con descomunales narices y barbillas prominentes. También fue habitual tiznarse la cara con carbón. En Alonsotegi apareció ocasionalmente algún pierrot procedente de Bilbao. Por El Desierto
también deambularon “elegantes damas siglo XIX, finamente ataviadas; majas y chulos. También hubo disfraces de gitanas, andaluzas o valencianas, con mantones de Manila o mantillas. Los bailes de disfraces también fueron concurridos por sotas, pichis, vaqueros y aldeanos.
No resulta sorprendente que, en el seno de una sociedad local eminentemente proletaria y urbana en buena medida, detectar la supervivencia de algunas mascaritas de referente rural, más próximas a las antiguas formas festivas carnavalescas que al decadente carnaval burgués. Las clases populares del Barakaldo urbano de entresiglos (XIX-XX) eran, en parte, de extracción rural, autóctona o inmigrante; y sus vínculos con el mundo rural no se limitaba a su estatus social o la dedicación a tiempo parcial a labores agropecuarias de muchos obreros sino, sobre todo, a la profunda huella que su socialización primaria rural imprimió en el imaginario colectivo de aquellas gentes. Por ello el disfraz también propició efímeras inversiones de otros roles cotidianos, sin correspondencia con su estatus social. Algunos obreros de Santa Águeda – Kastrexana e Irauregi se disfrazaban de aldeanos, con blusa y abarcas; otros, como en Zaramillo, de gitanos.
Al carnaval de El Desierto acudía un grupo de los barrios liminales de El Juncal y Ugarte (Trapagaran), representando la parodia del arado. Encabezaba el grupo de mascaritas un individuo, disfrazado de aldeano, llevando bajo el brazo una cesta con una gallina, así como la aguijada. Otros dos, disfrazados de bueyes y uncidos a un yugo ornamentado con campanillas, tiraban de un arado.
Algunas mascaritas llevaban un orinal de porcelana en la mano, lleno de chocolate que ofrecían a los viandantes.
La mayoría de estos personajes carnavalescos cubría su cara con una máscara, por lo general de cartón, aunque también de tela ajustada al rostro. Algunas de estas máscaras, firmes hasta la nariz, se prolongaban de boca hacia abajo mediante su velo de tela, al modo veneciano, siendo más habituales en los núcleos urbanos de El Desierto y de Lutxana. Otros mediante una barba postiza, como en Alonsotegi. Fue en esta anteiglesia anexionada donde proliferaron las máscaras más arcaizantes, consistentes en un pañuelo teñido de negro o simplemente tiznándose la cara con carbón, complementada por un pañuelo ceñido en la cabeza.
La labor artística de confeccionar las máscaras más sofisticadas, estaba a cargo de hombres, que confeccionaban máscaras diversas, asemejándose a la diversidad cultural de los participantes.
Precisamente las máscaras fueron un componente clave del carnaval a comienzos del siglo XX; con rasgos definidos, con personajes populares, su confección y comercialización eran esenciales para el despliegue de la fiesta. Estos artefactos, elementos claves de aquel arte efímero que suponía el evento del carnaval, proponían juegos de cambios de roles y personificaciones diversas. Su circuito de venta incluía a puestos callejeros, pero también a tiendas.
Este elemento definitorio del espíritu carnavalesco confirió su denominación a los protagonistas de las carnestolendas locales. En todo el ámbito de Barakaldo y su entorno se les denominó mascaritas. Quizás con la única excepción de El Regato/Errekatxu, donde también fue usual el de mojigangas, de tipo más arcaizante. Disfraces o máscaras grotescos, en particular de animales.
5.3. Juegos, bromas y diversiones
Efervescente y alegre el Carnaval barakaldarra careció, sin embargo, de las connotaciones de desorden, licencias y agravios rituales que caracterizaron a las Carnestolendas de otras latitudes.
Una cierta mesura informa los juegos y bromas propias del jolgorio callejero de entre siglos por estas fechas, convirtiéndolas en una versión edulcorada con respecto a las propias de épocas precedentes.
Algunos enmascarados organizaban improvisadas y fingidas capeas en plena calle. Pero el juego más característico fue el del “higuí”. Una mascarita, o personaje carnavalesco, provista de una caña de pescar o un palo con hilo atado a su extremo, del que pendía un higo paso; y una cesta con hileras de sabrosos higos.
Recorría las calles incitando a la chavalería a atrapar el higo con la boca, moviendo continuamente la caña o el palo, para hacer el juego más difícil y tarareando la cantinela:
“Al higuí,
al higuí,
con la mano no,
con la boca sí”.
Los bailes públicos, habitualmente morigerados, eran ocasión estos días de ciertos atrevimientos, incluso por parte de las chicas disfrazadas. Si alguna de éstas “daba un fregotón” a su pareja de baile, y este no la conocía, “daba unos cuantos chillidos y corría”.
En su deambular festivo los enmascarados/as embromaban a sus convecinos/as; literalmente, uno de mis informantes regateños dice que “iban haciendo mal”. El Martes de Carnaval, cuando las aldeanas de El Regato/Errekatxo volvían de realizar la vendeja en El Desierto, comentaban entre ellas: “Ya vendrá alguna mojiganga que nos espantará las mulas”. Las mascaritas masculinas, urbanas o rurales, “decían lo que les daba la gana” a las chicas, entrometiéndose con ellas amparadas en su anonimato. Algunas mascaritas pregonaban que por la carretera iba a pasar un nuevo ferrocarril. Las licencias carnavalescas tenían como objetivo preferente a las jóvenes: puñados de confeti, disparos de soma, abrazos de máscaras embarradas, frases obscenas y sustos. Para la pazguata opinión de la pequeña burguesía local, todo esto no era otra cosa que: “Mamarrachaditas, insolencias, procacidades, inmoralidades, agresiones y mofas… groserías y falta de respeto a las doncellas”. Pero las bromas fueron algo más procaces y soeces. Por la plaza de El Desierto se paseaba una mascarita, llevando bajo el brazo una
cesta con huevos y una gallina. Al cruzarse con algún transeúnte le espetaba aquello de: “No me toque los huevos, que se me alborota la polla”. En cierta ocasión, y en Gorostiza, el cuñado de un vecino le colgó a éste un rabo de cordero, y estuvieron a punto de llegar a las manos. Las mascaritas de La Quadra tiraban a los viandantes algo -¿agua, ceniza?- que mi informante no recuerda. Con objeto de animar la fiesta y divertir a sus convecinos, las mascaritas hacían filigranas, “monigotadas y chirigotas”.
Los enmascarados/as tenían a gala su anonimato, diciendo a los viandantes: “Mascarita, tira coces, que no me conoces”; a lo que alguno de éstos contestaba: “Mascarita, que te conozco, que eres de Orozko”. Al efecto todos fingían la voz y los ademanes, o se entendían mediante un expresivo lenguaje gestual.
Las mascaritas de El Desierto lanzaban confetis y serpentinas, compradas en el comercio de Amayra, sito en la Plaza de Vilallonga. Muchas de estas mascaritas cantaban y bailaban sin acompañamiento musical alguno, tanto en la zona urbana como en la rural. En los años más permisivos se las permitía circular por las calles, pero tan solo a la luz del día.
El año 1918, alegando muchos Ayuntamientos de Bizkaia, entre ellos los de Bilbao y Barakaldo, la penosa situación en que se encontraba España, se suprimió la circulación por la calle de comparsas, excluyendo a las que vinieran de otras provincias, así como el precitado juego, arrojar confetis y líquidos y causar molestias al público.
Asimismo, se dispuso que los disfraces fueran moderados y que respondieran al sexo del disfrazado.
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