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Antón el del Arroyo (Leyenda)

Antón el del Arroyo (Leyenda)

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Cuando Manu regresaba de su tarea diaria, allá en la falda del monte, sintió ganas de beber del agua fresca del arroyo de Ibarreta. Sin prisa caló su descuidada cabellera. No bien mojó sus labios cuando llegó del último recodo un gemido como de cachorro herido. Los nervios del buen aldeano se tensaron. Ante sus agudos ojos y entre los juncos, medio oculta su figura, yací­a un niño recién nacido. Tras un momento de duda lo tomó entre sus brazos, y con paso largo y decidido marchó hacia su casa. Querí­a entregárselo a su esposa Martina.

La criatura hipaba, cansada de llorar. Era el hambre. Necesitaba, así­ pensó Manu, una madre que le cuidara y “aunque no tenga leche materna no le faltará la de mis cabras”, se dijo. Después de mucho andar llegó a su modesta casa donde le esperaba su esposa. Cuando la mujer vio al niño en los brazos amorosos del marido no salí­a del asombro. Fueron sus manos amorosas las que limpiaron la suciedad del arroyo que parecí­a corroer su delicada piel. Con leche de cabra y harina de borona lo alimentó.

–          El niño está sano -dijo Martina, mientras un profundo suspiro escapaba de los labios de Manu.

Pronto corrió la voz del hallazgo por todos los lugares de la aldea e incluso mucho más allá de los lí­mites de la provincia. Nada ni nadie supo dar razón de lo sucedido. Una noche frente al fuego encendido, Manu miró a su mujer. Estaba sonriendo y, con las manos en el regazo, acariciaba la desgastada tela de su vestido. Desde la llegada del niño algo habí­a cambiado en ella. Manu se conmovió y preguntó:

–          ¿Eres feliz, Martina?

Ella agachó la cabeza y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

–          Se quedará con nosotros si tú lo deseas. Cuánto has soñado tener un hijo… -dijo entre carraspeos Manu.

Ambos se miraron. Nunca habí­an sido tan felices. Le pusieron el nombre de Antón. El tiempo fue pasando y el chiquillo ya correteaba junto a los polluelos y gallinas que le picoteaban en las campas cercanas a la humilde vivienda de sus padres. El pequeño era amigo de todos estos animalitos y lloraba cuando sus ruidosos camaradas eran sacrificados en aras del sustento familiar. Manu solí­a decir entonces:

–          Antón, estos animalitos que criamos en casa son parte de nuestra comida y nuestras necesidades, no solamente podemos comer cosas de la huerta, necesitamos también carne del pequeño txarri. Cuando sea mayor, sacaremos la manteca para condimentar las comidas, e incluso nos servirá para que el candil nos alumbre por las noches. Es el derecho a la vida: algunos animales deben morir para que nosotros podamos seguir viviendo. Es triste hijo mí­o, pero no hay otro remedio.

–          Pero papá -le respondí­a el chaval- ¿también tendremos que matar a los corderillos? ¡Pobrecitos, con lo cariñosos y blancos que son…!

–          Antón -le respondí­a el padre–. Tú eres una inocente criatura que desconoce la vida. Esa vida cruel que nos oprime y que no nos deja otro camino que el de subsistir. Ya te harás mayor y entonces comprenderás la triste realidad… ésa que hoy desconoces.

–          Me gustan tus consejos, papá ¿Quién te enseñó tantas cosas?

–          Querido hijo -aseveró Manu- la vida es la verdadera escuela que nos va enseñando de continuo, y recuerda que cuanto más grande te vayas haciendo, más sabio serás. Quiero que recuerdes muy bien lo que le oí­ decir al Prior de los Mercedarios de Burceña cierto dí­a: “El Diablo sabe más por viejo que por Diablo”.

Al mencionar al Demonio, algo se estremeció en la sonrosada cara del chiquillo.

–          Papá, no debes mencionar a los enemigos de Dios. Te pones nervioso y a mí­ no me gusta que lo digas… ¡Es malo!

La miseria de la humilde familia se acrecentó con el paso de los años. Antón se habí­a convertido en un muchacho bien parecido y de dedicados modales. Veí­a con tristeza los desvelos de sus padres para que su vida tuviera un rumbo mejor. Cierto dí­a Manu anunció a Antón que tení­a pensado buscarle un trabajo en la Casa Torre de Zubileta.

–          Dices muy bien papá -aseguró el muchacho- hora es ya de que aporte algún beneficio a la familia para que seamos menos pobres.

* * *

La ocasión no se hizo esperar y, coincidiendo con un adelantado primaveral domingo del dí­a 5 de febrero, fiesta de Santa ígueda, padres e hijo se pusieron en camino para oí­r la santa Misa en la ermita del barrio barakaldés. Ataviados con sus muy sencillas prendas domingueras, se acercaron al pórtico de la pequeña iglesia donde todos esperaban al sacerdote para celebrar el rito dominguero… Cuando aparecieron, el murmullo de los hombres cesó mientras que el siseo de admiración de las mujeres iba en aumento. Sí­, era Antoñito el del arroyo, el mozo más apuesto del lugar. Antes de que la misa comenzara Manu presentó a su hijo a don Crescencio, mayoral de la Torre de Zubileta, y sin más rodeos le dijo:

–          Don Crescencio, éste es mi hijo y no estarí­a mal que lo tomara a su servicio. Es buen chico y honrado a carta cabal.

–          No me parece nada mal -respondió el viejo hacendado- estoy a falta de un zagal, y si sabe labrar la tierra mejor que mejor. Desde luego tiene buena presencia el mozo.

–          Sus hechos son aún mejores -respondió el halagado Manu.

 

Transcurrido el Santo Oficio se tornó a la tertulia frente a la vieja ermita y no faltó el txistu para amenizar el baile en la ya tradicional romerí­a de Santa ígueda. Mozos y mozas danzaban bajo la mirada de sus celosas amatxus que, muy atentas pese al gesto despistado, observaban el mejor partido para sus hijas casaderas. Antontxu danzaba con sus nuevas abarcas sin dar mayor importancia al asedio que le prestaban las futuras suegras. Los mozos, que no eran tontos, pronto dejaron sentir su malestar por la presencia de aquel “ser nacido en el arroyo”. Muy pocos pudieron darse cuenta de dos miradas que mudamente se cruzaron en el baile: fueron los ojos de Antontxu y los de una espigada muchacha de largas y rubias coletas. Ninguno de los dos podí­a presagiar la ciega pasión que entre ambos habí­a de nacer.

Al atardecer caminaron de regreso a su casa donde les esperaba una buena y fresca ensalada y un buen estofado de cordero con hojas de laurel en un puchero de barro. Durante la cena surgió el diálogo y Antontxu hizo hincapié en dejar la casa de sus padres.

–          Mamá, padre ha hablado con don Crescencio para ir a trabajar con él. A mí­ me parece muy bien, así­ que ahora es cuando yo debo iniciar mi vida. Nunca os podré pagar todo cuanto habéis hecho por mí­. Quizá algún dí­a podáis sentiros orgullosos de haber sido mis verdaderos padres. Ya sé donde me encontrasteis y todo lo ocurrido después… y es por eso por lo que os quiero más.

Tanto Martina como Manu se fundieron en un fuerte abrazo de despedida con Antón. Sabí­an muy bien que su niño tení­a que marcharse algún dí­a y habí­a llegado la hora de partir.

* * *

Acompañado de su perro caminaba Antontxu por el angosto camino que, desde Munoa, le llevaba a Zubileta. Las cepas txakolineras despuntaban ya sus verdes brotes y el camino resultaba agradable al escuchar cómo el agua fluí­a del cantarí­n arroyo. Caminaba el mozo con su modesto hatillo al hombro cuyo contenido sólo era una descolorida camisa remendada y un reviejo pantalón de pana, cuyas recosidas rodilleras hací­an suponer que fue una prenda heredada de su bisabuelo cuando menos. Una vara de avellano portaba en su mano, mientras que con la otra tiraba piedras para que tras de ellas retozara su inquieto y simpático perro. Sus pensamientos se perdí­an mientras caminaba sumido en su propia fantasí­a. Volaba libre como un pájaro, pero su vuelo le hizo tropezar y caer al suelo como sonámbulo.

–          ¡Vaya que eres bruto! ¡Por poco me matas! -le gritó una jovencita de coletas rubias.

–          Perdóname, soy un loco. Sólo trataba de llegar cuanto antes a casa de don Crescencio y…

–          ¡Pues anda, que si se entera mi padre que me has querido matar, malamente te podrí­a dar trabajo!

–          Yo creo que nos vimos el domingo pasado en Santa ígueda, ¿verdad? –preguntó Antontxu reconociendo las rubias trenzas–. No sabí­a que fueras la hija de don Crescencio…

Portada de la Ermita de Santa ígueda.- El artista de la presente portada es el baracaldés Ví­ctor Salazar, y en ella vernos reflejado todo el encanto ermitaño de la santa siciliana, cuya fiesta se celebra el dí­a 5 de febrero. El lugar en que está enclavada la ermita lleva su mismo nombre, y se puede acceder a él bien por Burceña, Castrejana o por Cruces.

–          Pues mira, ahora ya lo sabes. Yo también sé que tú eres Antón el del arroyo.

–          Supones muy mal chica. Yo soy Antón, hijo de Manu y Martina, y no me gusta ser juzgado por aquéllos que no me conocen. Presiento que siempre seguiré siendo un desconocido incluso para mí­ mismo – dijo el zagal mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

–          No ha sido mi intención molestarte -terció con temblorosa voz la muchacha–. Te llevaré hasta la casa de mis padres.

***

–          ¡Caramba! ¡Caramba! -acertó a decir don Crescencio al ver a su hija acompañada del nuevo bracero-. Pareces precoz en tus presentaciones. Supongo que vendrás a quedarte con nosotros. Tu padre ya sabe cuánta será tu soldada anual: seis sacos de borona y tres corderos al año -le dijo al tiempo que le indicaba la entrada a los establos donde pernoctarí­a en lo sucesivo.

–          Gracias señor. Espero que disponga cual ha de ser mi trabajo -dijo Antón.

–          No te preocupes chaval, descansa hoy y mañana Dios dirá. Pero recuerda que has venido para trabajar y no para holgazanear.

–          Espero no crearle problemas. El trabajo no me asusta y sabré cumplir lo pactado con mi padre -dijo el joven con mucha humildad.

Antontxu realizó las tareas de zagal y pronto el ganado se familiarizó con él. Con su perro y su certera honda no habí­a manera de que se desmandara ningún ganado. Tan tranquilo era su trabajo que pronto dispuso de tiempo libre para dialogar con la guapí­sima hija de don Crescencio. La muchacha, con muy rara habilidad, desoí­a los consejos de su madre para reunirse con el agraciado pastor.

–          Nunca te casarás con ese “hijo del arroyo”, ¿me oyes? ¡Nunca! -le decí­a irritada su madre-. Es mejor que dejes de tontear con ese muchacho.

La prudencia del joven Antón era tal que nunca se rebeló contra las ofensas que tanto el malcarado y envidioso Gervasio, hermano de Maite, como su madre lanzaban contra él. Cierta mañana, cuando Antontxu soltaba el ganado para llevarlo al prado, fue requerido por el dueño de la Torre de Zubileta quien, con no muy buenos modales, lanzó un juramento ante los atónitos ojos del joven barakaldés que no salí­a de su asombro:

–          Ha llegado a mis oí­dos que tu comportamiento es muy dudoso. Llegaste como un hijo y ahora me lo pagas cortejando a Maite. Me duele mucho tener que despedirte de mi casa, pero como hombre que eres quizá llegues a comprender mis razones. Soy el dueño de la Torre y quiero para mi hija un marido con posición y no un hijo del arroyo sin apellidos propios como tú. ¿Me oyes? -concluyó el severo patrón.

–          De nada me considero culpable y espero que nunca tenga que arrepentirse de haberme conocido. Que Dios les perdone -dijo con tristeza Antón.

Sin mediar más palabras, Antontxu llamó a su perro y tal como habí­a llegado dos años antes, regresaba a la casa de sus padres donde le esperaban los dos únicos seres que de verdad le habí­an querido.

* * *

Manu, una vez más, llegó sudoroso y contento. Habí­a realizado en buena luna el semillero de coles y lechugas y ahora tendrí­a una buena cosecha. Su alegrí­a se acentuó al ver a su mujer y a su hijo cuchicheando junto a la lumbre de la cocina. Cenaron y ya entrada la noche Manu propuso a su hijo dar un paseo hasta los frondosos bortales. Allí­ y sobre las raí­ces de un centenario castaño y bajo un cielo inusitadamente bello, el padre le dijo:

–          Bien sabes Antón que tu madre y tú sois lo que más quiero en este mundo. Sabí­a desde que te encontré en el arroyo, que este momento tení­a que llegar. ¿Ves aquella estrella fugaz que flota en el cielo, pues con ella llegaste tú para iluminar nuestras vidas y, como ella, me temo que algún dí­a nos dejarás solos. Nunca te conté toda la verdad y ahora que soy viejo no puedo seguir ocultándotela. Junto a aquel niño, mi niño, cerca del agua encontré también una extraña piel curtida en la que malamente pude descifrar que alguien te reclamarí­a cuando llegaras a la edad de 18 años. No supe quién lo ordenaba y sí­ entendí­ que deberí­as estar allí­ en la ladera, junto a la fuente que mana oculta entre los juncos y los zarzales. Ya no puedo callar más tiempo. Te mandé lejos de casa porque pensé que así­ no te perderí­amos, pero ahora tengo miedo de que algo malo nos pueda suceder a tu madre y a mí­. Antontxu, si nos quieres de verdad, debes irte. ¡Es la hora!

La brisa acariciaba los cabellos rubios de Antón, sus labios temblaban. Padre e hijo se miraron. Entre ellos no hací­an falta palabras. Una nueva estrella fugaz iluminó el firmamento, tal y como ocurriera en cierta fecha ya casi olvidada.

* * *

Amanecí­a cuando el chirriar de la puerta de la casa dejo ver la silueta del joven Antón. El perro ladró y por un momento pensó dejarle que le acompañara. “Solo” resonó una voz en su interior. í‰l obedeció y acariciando el hocico de su amigo tomó el camino. A medio dí­a habí­a llegado junto a la Torre de Zubileta. Se disponí­a a pasar de largo cuando oyó unos sollozos cerca de la tapia. Era Maite.

–          ¡Oh Dios mí­o! -pensó- ¿Por qué tengo que dejarla?

Sus manos se unieron entre los barrotes de una ventana depositando un dulce beso, esa caricia que tantas veces buscan los enamorados, sellando así­ para siempre su amor. Antón le prometió que allí­ donde estuviera la llevarí­a para siempre en su alma, pero Maite supo que no volverí­a jamás.

Hací­a más de un año que Antontxu habí­a abandonado la ribera del Cadagua. La casa solariega de Zubileta era un lugar triste, donde don Crescencio no era más que un guiñapo acompañado. Un agudo ataque de reuma le habí­a recluido en la cama. Su mujer, la loba madre, no encontraba consuelo ni era capaz de devolver la alegrí­a a su hija, esa niñita que cada dí­a se veí­a más transparente, más sin vida. Su hijo, perdida la razón, vagaba como un idiota por los lindes de la casa. Buscaba a Antón, a quien consideraba el autor de toda aquella ruina.

Nada volvió a saberse de aquel alegre y rubio barakaldés. Sin embargo, cuenta la leyenda que mucho tiempo después un pequeño zagal se acercó con sus ovejas al pequeño arroyo de Ibarreta, y cuál no serí­a su sorpresa cuando entre los tupidos juncos vio una estatua de un fraile cubierta de verdí­n que parecí­a portar entre sus manos una ruda cruz de madera. El muchacho emocionado por el hallazgo la transportó hasta la Casa Torre donde prestaba sus servicios.

–          ¡He encontrado a San Antonio de Padua! ¡He encontrado un San Antonio! – gritaba.

Maite vestida de negro y acompañada por un matrimonio de ancianos, los que fueron padres adoptivos de Antontxu, detuvo al zagal antes de que traspasara el umbral de la que hace años fuera su casa.

–          ¿Qué es eso que gritas? Detente muchacho y enséñame lo que arrastras.

–          Sí­, señorita -contestó el chico.

Maite se arrodilló, junto a ella lo hicieron Manu y Martina, y sacando su pañuelo comenzó a quitar el moho de la cara de la estatua. Manu cerró los ojos. ¡Sí­! ¡í‰l lo presentí­a!

–          Dime, muchacho, ¿dónde la has encontrado? –acertó a decir nerviosamente.

–          En el arroyo, junto a los juncos.

De pronto un grito pareció conmocionar a los que transitaban por el camino:

–          ¡Ha vuelto! ¡Ha vuelto! -gritaron las dos mujeres al ver, tras la corteza de lodo que cubrí­a la estatua, la amplia sonrisa y los ojos azules de Antón el del arroyo.

Carlos Ibáñez

1 comentario

  1. Antón Sánchez

    Estimado Señor… es así­… tengo grandes defectos en Ortografia… Aquella profesora guapa, de cara bonita y ojos introspectivos.. me suspendió. No obstante… aprendí­ tanto con ella…
    Yo Anton aqui estoy y mi gatita Menta se pase por mi teclado… roza su piel por mi nariz. Argi distante y con su pelo negro brillante, siempre distante. Los animales igual que las personas marcan sus prioridades, incluso entre lo mas cercano y menos de su competencia. Yo soy el amo, y ellos mios. Sin embargo como con los hijos, los papeles se pierden…
    Yo también me pierdo… Me llamo Antón y me apellido Sánchez (hijo de Sancho).
    Pero tampoco tengo claro eso… en ocasiones… este mundo evenencial nos lleva y vivimos historias miles. Aun así­ hijo de Sancho soy.
    Me gustan sus leyendas, me recuerdan la infancia… tengo ya cuarenta y seis… y sin embargo sus leyendas me llevan al recuerdo. No soy un gran erudito, es más nunca lo he pretendido. Eso si… enamorado de VER y COMPRENDER. Lo de hacer entender… es para los maestros. Yo solo soy un narrrador empedernido.
    Barakaldo… que pueblo verdad?
    Soy mas joven que Usted, sin duda.
    Desconocia leyendas, salvo después de haberle leido. Son Hermosas. Todas ellas llevan a la reflexión…
    ¿por que escribir?
    ¿para que solo entiendan unos pocos?
    Los elegidos, son los mas sencillos.
    Estamos llegando (antes erea razonable)a una complicación del lenguaje… que no llega.
    Si no llega el lenguaje… ¿que sentido tiene?
    jejejjeje
    Es asi.
    Una historia, en ocasiones me lo han dicho… (Yo si te entiendo, pero ELLOS no).
    No importa, ESTí DIRIGIDA A ELLOS. A los que no entienden. Me muevo en parametros sencillos… y se, tengo Fí‹ de que tras leer… reconozcan la realidad, dentro de la realidad.

    Un saludo cordial.
    Mi admiración desde mi sencillez, y sinceramente estoy implicado… en algunas tareas dentro del mismo contexto, pero lejos de Barakaldo. Aún así­… si no censuran mi verbo… diré lo que surja.
    Hablar sin muletas, o con ellas..

    Libertad de expresión.

    Si sueño despierto algo… escribo.
    Es cosa de locos, pero es PRESENTE. Y eso, es lo que vivimos.
    No con ello perdone Usted, la Leyenda es RAIZ y de ella venimos.

    Saludos

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