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Margen izquierda y zona minera (Bizkaia): un escenario del cambio social (I)

Margen izquierda y zona minera (Bizkaia): un escenario del cambio social (I)

INTRODUCCIÓN

El objetivo de este trabajo es, tras inventariar sumariamente el proceso de construcción de la sociedad local de la Margen Izquierda y Zona Minera, sugerir hipótesis o diseñar escenarios alternativos acerca del inmediato futuro de ese microcosmos híbrido y mestizo desde el punto de vista sociocultural que es el territorio de referencia. Con la especificidad propia de todo territorio local, incluso con las características que singularizan a éste dentro del más amplio Bilbao Metropolitano, pero también, y en definitiva, como toda ciudad contemporánea. Y más aún como réplica local de la arquetípica coketown originada por la industrialización, caracterizada por una heterogeneidad congénita -social, cultural y étnica- que la modernidad tardía no ha hecho sino incrementar en el escenario de la globalización. Exploraremos también esa concatenación de diversos niveles de la identidad colectiva, desde los agregados más básicos hasta los más inclusivos, porque en la Margen Izquierda y Zona Minera ser baracaldés, vizcaíno o vasco -por ejemplo- asume unos perfiles distintivos y singulares. Y las referencias patrimoniales que, a modo de puntos de anclaje de la memoria colectiva, pueden contribuir a legitimar esas identidades resignificadas por el proceso de un rápido cambio no exento de traumatismos.

La licencia metodológica que posibilita el ensayo permite estructurar nuestro discurso como mirada -o miradas- sobre la realidad no exenta de una cierta subjetividad del observador. La misma con la que un espectador crítico contempla, capta e interpreta las

imágenes de la exhibición cinematográfica. Y son varios filmes emblemáticos en la historia del cine, los que nos van a servir para articular los diferentes epígrafes de nuestro discurso, porque constituyen sendos epítomes y metáforas de diferentes -y sucesivas- tipologías de lo urbano: el poblado minerofabril, la ciudad moderna y la postmoderna. Cualquier producto de esa industria que es la «fábrica de sueños», cualquier película, es un relato que habla de relaciones sociales urbanas, expresando elocuentemente dimensiones vitales a menudo inaccesibles para el análisis sociocultural. Y más aún las aquí evocadas, todas ellas escenificadas en ese vasto plató que es el ecúmene urbano, el cual comprende tanto los «exteriores» virtuales de la ficción fílmica -zona minera de

Gales, metrópolis de Nueva York o de Los Ángeles -que nos sirven de referentes, como también el «estudio» o interiores de la Margen Izquierda y Zona Minera, nuestro territorio experiencial y concreto.

  1. ¡Qué verde era mi valle!

La Margen Izquierda y Zona Minera es un territorio de medianas dimensiones a escala local, sólo algo menor -con sus 127,3 km2 .- que el extenso valle y municipio de Carranza, en Las Encartaciones (Bizkaia). Comprendido entre los Montes de Triano, Sasiburu y Ganekogorta por el S.; la Ría de Bilbao con su Abra y el Mar Cantábrico, al N.; Castro Urdiales y su municipio por el O., el de Bilbao y el río Kadagua al E., alberga zonas diversas ecológica y paisajísticamente. Escenario y expresión de complejidad social y de particularismos locales ya en la sociedad tradicional, y posiblemente desde sus orígenes, pero articulados armónicamente como los fragmentos de un caleidoscopio. Aquí se asentaron una anteiglesia vizcaína (Barakaldo) -dos con Alonsotegi-, una villa (Portugalete) y los Siete Concejos encartados del Valle de Somorrostro, todas las expresiones posibles de la ordenación territorial y la institucionalización a escala local en la Bizkaia tradicional.

En la sociedad tradicional que precede a la industrialización sus gentes fueron básicamente aldeanos, al propio tiempo que mineros o pescadores; pero también ferrones, carboneros, pastores, arrieros y marinos. Si el euskera subsiste, en un Barakaldo bilingüe, hasta el último tercio del siglo XIX, al otro extremo del valle -Muskiz, Abanto-Zierbena- el castellano emite ya sus primeros balbuceos altomedievales como pidgin romance; y en las poblaciones de centro de la zona, se da un gradiente de situaciones intermedias, temporal y espacialmente.

Sin embargo, un tupido entramado de afinidades predomina sobre las diferencias. Se trata, más allá de la interacción socioeconómica y de los espacios mancomunados -Montes de Triano-, de los estilos de vida compartidos, y de un sustrato común de rasgos supralocales de la cultura popular, que precede a la industrialización o emerge con ella. Por ejemplo: las peculiares jotas; las cuestaciones infantiles o moceriles: aguilandos (aguinaldos) o cantas de Reyes, carnestoliendas, Santa Águeda; modalidades deportivas como los bolos a cachete, privativos de la zona; o un peculiar léxico emparentado con sus homólogos castreño, encartado o bilbaíno. Rasgos cuyos restos o permanencias forman parte del patrimonio cultural de la zona y, muchos de ellos, algo más desdibujados en los municipios periféricos: Muskiz y Alonsotegi.

Otros, aun compartidos con el conjunto de Las Encartaciones y comarcas colindantes (Castro – Guriezo, valles del Asón y de Mena), como el juego del pasaba/o, y las competiciones de barrenadores con el resto de la zona minera -Galdames, Sopuerta y Setares (Mioño)-, contribuyen a perfilar una cierta peculiaridad de esta subcultura de ámbito local-comarcal.

  1. De Luces de la ciudad a Metrópolis

El imaginario popular concibe este territorio como parte de un cosmos feérico poblado por enemiguillos, trasgos y otros duendes, por brujas y númenes diversos, y como escenario de apariciones de almas en pena y de seres sacrales o diabólicos, desde La Magdalena en su cueva de Urállaga hasta el Diablo en el puente de Kastrexana; unos y otros se enseñorean de estradas, encrucijadas, fuentes, campas, peñas, cuevas e incluso minas. Esta mitología menor se prolonga hacia un universo creencial articulado en tomo a los rituales y prácticas propios de la religiosidad popular y/o eclesial, y hasta las advocaciones de su panteón objeto de culto local: Santa Águeda, San Roque, Santa Lucía o el Socorro.

Las luces de la razón primero y el resplandor de los altos hornos después, iluminan la penumbra del ideario y del territorio de la sociedad local tradicional, progresivamente desencantado éste y literalmente quebrantado por el impacto de las actividades extractivas, industriales y urbanas. Los trabajadores de esa nueva fragua de Vulcano que son los hornos altos y los astilleros, esclavos de los cien oficios descritos por Gregorio San Juan, viven encadenados al trabajo cotidiano y proyectan sus anhelos en una futura emancipación. Con la industrialización se inaugura un periodo de certidumbres, proporcionadas por una nueva religión civil, que postula la firme y positiva creencia en el progreso, en una evolución irreversible, y en un destino de la historia, sea éste el de la sociedad del bienestar o el del socialismo. Sin embargo, la ruptura no es absoluta, porque el nuevo universo de valores y creencias coexiste con la sacralidad precedente, en sus versiones de religiosidad popular y/o eclesial. Status quo no exento de conflictos, como el latente anticlericalismo, el creciente antirritualismo materializado como incumplimiento de los· ritos de paso católicos -bautizo, matrimonio, funeral- que se

traducirán en brotes de iconoclastia, anticlericalismo y quema de templos ya durante el periodo republicano.

Las profecías se autocumplen en un breve lapso de tiempo, y las nuevas Casandras no auguran la destrucción de ciudades, sino la creación de otras nuevas sobre las aldeas ribereñas de la Ría o en los baldíos mancomunados de los Montes de Triano. Es así como

Antonio de Trueba afirma, en 1872, ante el escepticismo de sus coetáneos:

«Antes que los muchachos

lleguen a viejos

seréis siete ciudades

Siete Concejos»

Y, quince años después, puede constatar que su hipérbole se ha convertido en realidad para todo el valle de Somorrostro, la villa de Portugalete y la anteiglesia de Barakaldo, donde ya agoniza el mundo tradicional y emerge una nueva sociedad urbana e industrial. Este coetáneo de los primeros pasos del proceso pudo, incluso, prever la integración de la subcomarca en el «valle de Bilbao», germen de la futura zona metropolitana en la que aquélla se integrará. Gentes recién inmigradas, de procedencias muy diversas, y autóctonos forman asentamientos de nueva creación, a pie de fábrica o de mina, con la

consiguiente desorganización del hábitat: barrios obreros como El Desierto, Lutxana y Urbinaga, o poblados mineros como La Arboleda, Larreineta, Matamoros, Barrionuevo y Gallarta. En este último caso sobre terrenos propiedad de las respectivas compañías mineras o bien comunales. Además de estas poblaciones, mineras o fabriles, también crecen por análogos motivos pequeños núcleos rurales preexistentes, como Burtzeña, Retuerto, El Regato (Eskauriza y Urkullu), La Escontrilla, Ortuella, Urioste, Las Carreras, Putxeta, Somorrostro y Pobeña.

Las Luces de la Ciudad, de ese ámbito pletórico de ideas, técnicas y energías disipan las tinieblas del mundo tradicional creando metafóricamente la sensación de vida urbana; y, en sentido literal, el alumbrado eléctrico despeja los temores nocturnos propios del mundo rural y de la ciudad preindustrial. La acción combinada de estos factores desencadena cambios políticos, económicos y socioculturales.

Como en las restantes zonas mineras e industriales europeas, el desarraigo y la desestructuración de los diversos modelos tradicionales de origen, se traducen en anomía y conflictividad intragrupales. Sin embargo, la homogeneidad social de estas comunidades locales y de su estructura ocupacional, la densidad -física y social- del hábitat dominado, como todo el paisaje, por la presencia de una empresa a menudo única, y la gran visibilidad social, contribuyen a articular una nueva identidad colectiva de ámbito local a partir de aspectos de la vida cotidiana que sus miembros comparten; desde la solidaridad en el trabajo hasta los vínculos sociales de vecindad, de conocimiento recíproco y de amistad. En un contexto dialéctico en el que el paternalismo patronal se entrevera con las más crudas expresiones de la lucha de clases.

Los precitados vínculos se activan en espacios públicos de sociabilidad como la taberna, el chacolí y el carrejo de bolos para los hombres; la fuente, el lavadero y la costura para las mujeres; el baile y el ciclo festivo, o las sedes asociativas, para todos.

Como también en los ámbitos rituales del convivial propios del ciclo festivo local y supralocal. Estilos de vida, trabajo, valores y creencias compartidas de mineros y obreros fabriles, definen una subcultura específica de cada comunidad local, perfilando niveles de identidad colectiva más inclusivos.

Como los del monte se identificó colectivamente a los pueblos y a las gentes de la zona minera. En torno a las instancias de socialización políticas y sindicales, de la prensa obrera, de rituales y símbolos como el 1º de Mayo y la bandera roja, de la solidaridad en los conflictos, surge una identidad de clase obrera, cuyo ámbito es nacional-estatal y virtualmente internacional. Articulada a nivel formal en los centros obreros -después casas del pueblo- socialistas y los ateneos libertarios; mientras que en torno a los batzakis y euskal etxeak se estructuran la identidad étnica vasca y el imaginario nacionalista. Y es que en esta zona, urbana y castellanófona, en sus aglomeraciones industriales y enclaves mineros, junto con la inmediata villa de Bilbao y sus barrios populares, nacen los modernos movimientos sociales de la industrialización: el socialismo, el minoritario anarquismo, más la escisión comunista de aquél; el nacionalismo por su parte, aunque no hegemónico, tiene aquí fuertes puntos de anclaje, y de esta conurbación obrera emergerán sus expresiones más innovadoras durante el primer tercio de siglo veinte.

Las expresiones públicas de sociabilidad y los rituales festivos de la industrialización también contribuyen a estrechar los vínculos e identidades intra e interlocales, mediante contraposición de cada nosotros con los otros. E incluso contribuirán a mantener la ficción de identidad, activando ritualmente símbolos vinculados a la memoria colectiva y soslayando la evidencia de los cambios. Función que cumplen las competiciones de bolos a cachete, entre jugadores de distintos barrios y carrejos, y el fútbol una vez convertido éste en deporte de masas. Como también el estructurado sistema de bailes públicos en nuestras plazas, las fiestas patronales de cada núcleo o las comparsas itinerantes de los carnavales urbanos que recorren estos pueblos desde 1901. Sin olvidar las grandes romerías de ámbito supralocal: Cruces, Santa Águeda (Kastrexa-

na), San Roque (El Regato), La Magdalena (Urallaga/La Arboleda), Santa Lucía (Sanfuentes) y El Socorro (Pobeña); distribuidas espacialmente por la periferia rururbana de la zona y temporalmente a lo largo del ciclo anual, desde febrero hasta septiembre. Todas ellas articulan un sistema unificado de esparcimiento y cortejo juveniles, siendo además escenario de las rivalidades y peleas entre cuadrillas de diferentes pueblos primero, y también de distintas ideologías después. Con la postguerra perdurará el primer tipo de rivalidades y, a partir de la transición las que sobreviven con un ámbito supralocal -Santa Agueda y La Magdalena- se convertirán en sendos lugares y fechas rituales de encuentro y sociabilidad para las gentes atrae su poder de convocatoria.

La cultura popular gestada en esta zona metropolitana somete a una intensa aculturación urbana a las comarcas del ámbito rural circundante, tanto Las Encartaciones como Txorierri y Uribe, actuando tomo foco difusor de la modernización. La difusión de los cambios a partir de esta Errekartia vizcaína -trasunto de la Mesopotamia bíblica- y de otros núcleos urbanos vascos, será percibida por Barandiarán y sus primeros discípulos, ya en 1924, en términos de desestructuración de una sociedad idealizada como patriarcal réplica de la Jerusalén celestial.

José Ignacio Homobono

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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