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El Ferrocarril de Galdames

El Ferrocarril de Galdames
Bosques de ribera enfrentados a planos inclinados. Zonas kársticas de puntiagudas calizas sobresaliendo sobre pozos de agua cargados de riqueza ambiental. Arroyos de dinámicas aguas que siguen horadando el duro mineral de hierro como antaño lo hicieron manos de hombres y mujeres que labraron nuestro mundo más cercano, hoy en dí­a, dominado por la industria y el capital.Itinerario

Muskiz, Kotorrio, Ví­a Galdames, Túnel del Sobaco, El Once, Los Castaños, Arroyo El Picón, Cueva de Los Churros, Mina y humedales de La Barga, Polí­gono industrial El Campillo, Mina de Bodovalle, Museo Minero de Gallarta

Reseñas de interés

La “Ví­a Galdames” y los ferrocarriles mineros, El Doctor Areilza, La última mina “Concha” y Gallarta antiguo, Museo Minero

 

Zonas a respetar y fomentar

Aledaños de la Ví­a Galdames en Kotorrio, cercaní­as del Túnel del Sobaco, entorno de los arroyos Picón y Tobas, humedales de La Barga

 

La estación de Renfe de Muskiz nos da la oportunidad de comenzar a andar por una zona humanizada pero con matices naturales de gran belleza. En el recorrido no daremos un paso que no haya sido dado, no veremos una piedra que no haya sido vista… Nos adentraremos en preciosos lugares que jamás hubieramos podido imaginar en un entorno tan destrozado, tan “tocado”, tan insultado por la historia que, además, pretende seguir siendo cruel con unos proyectos que hacen peligrar humedales de gran valor ambiental.

Nos dirigimos cuesta arriba, enfrente de la salida de la estación, bajo un pequeño parque con columpios que dejaremos a la derecha avanzando hacia los barrios de Gurugu y Memerea.

Arriba, en la montaña, bajo las laderas de La Rasa, destacan bosquecillos de frondosas y florecientes frutales a la sombra de inquietantes eucaliptos.

Cuando llevamos trescientos metros, un cruce nos dice que debemos continuar repecho arriba. Los cerezos y las huertas nos van saludando mientras observamos Fresnedo y sus hornos de calcinación en la vaguada del rí­o Kotorrio.

Tras una fuerte ascensión, la pista llanea y Muskiz completo se nos abre. La vista nos baja un poco la moral entre tanto humo y fuego escapando por chimeneas de todas clases. Los sauces nos animan mientras un viejo barracón destaca bajo los imponentes contenedores que rompen de nuevo el equilibrio en las cercaní­as del pozo Gerente.

Decidimos proseguir sintiendo la tranquilidad de este lugar entre verdes pastizales insultantes de color.

Cuando llevamos algo más de un kilómetro encontraremos una casa y un garaje cortados por una pista de hormigón en fuerte pendiente. Se trata de la casa nº 62 que esgrime un lauburu con los nombres de Remancha/López. Nos desviamos abandonando el llano. Nos espera un subidón de algo más de trescientos metros entre preciosos prados y caserí­os que nos llevará, despúes de un lavadero, hasta la esperada Ví­a Galdames que nos regalará un buen rato de llano.

Una vez en la ví­a, marchamos hacia la izquierda. Entre abedules, robles y sauces nos dirigimos hacia el cercano Túnel del Sobaco. Las rocas que aparecen al lado de la antigua Ví­a Galdames  parecen querer hablarnos de locomotoras, negros humos de carbón, de mineral y trabajo.

Llegamos al famoso túnel. La linterna no nos vendrá mal aunque es toda una experiencia cruzarlo sin luz. Tomando el centro y sin desviarnos nos internaremos en su inquietante oscuridad. Unos cuantos intensos pasos porque pronto veremos la boca del fondo que nos guiará sin problemas.

La luz nos rodea de nuevo a la vez que disfrutamos de un entorno precioso. El bosque húmedo, molestado por algún que otro eucalipto, aprovecha el frescor de la vaguada para vivir y mostrarse en toda su plenitud.

Pero vamos para adelante. Una descendente estrada de asfalto nos muestra la antigua escuela de Kotorrio, actualmente refugio y casa de convivencias. Los robles nos acompañan mientras, abajo, vemos la lí­nea del tren junto a un par de túneles a la altura de Putxeta. Un muro amarillento nos acerca al paraje conocido como Olabarrieta, cruzado por dos arroyos, Tobas y Picón, encargados de abastecer al Kotorrio. Enfrente se alza el polí­gono industrial de El Campillo y a sus pies, como sustentándole, ruinas de explotaciones mineras mimetizadas parte integrante del paisaje, entre las argomas y la vegetación.

El agua se hace presente con su constante trajinar. Es el riachuelo Tobas engordado con aguas del Txikito un poco más arriba. Vamos a llegar a el Once, conocido con este nombre por ser dicho kilómetro de la ví­a. En este lugar habí­a un nudo de enlace para cargar mineral. Al cruzar bajo los paredones que todaví­a quedan en pie podemos ver las vigas de madera e imaginarnos los mineros acarreando hierro en repletas vagonetas.

Cerca de este lugar nos encontramos con el área de esparcimiento de Los  Castaños precedida de unos cerezos adornados de preciosas flores blancas.

Al final del área de descanso tomaremos la última rampa asfaltada a la derecha. Dejamos unas viviendas y tomamos el ramal de la izquierda que pronto se convierte en una pista con dos claras rodadas. Los restos de un plano inclinado destacan en el paisaje sobre el arroyo Picón. Su pendiente es impresionante.

Según vamos avanzando el valle se abre en un pequeño pastizal. El lugar es de gran belleza mientras el agua se desliza entre lascas de piedra arenisca como queriendo escaparse del cauce. El sitio no tiene desperdicio. Parece mentira que podamos disfrutar de estos lugares tan cerca de otros tan degradados. La pista se empina endiabladamente convirtiéndose en hormigón. Dejamos la última vivienda del entorno, conocida como la casa del barranco, junto a un pozo situado en una pequeña cavidad bajo una pared de arenisca.

Nos internamos por la senda hacia la estrecha vaguada encima de el Picón. El arroyo se presenta con caí­das de agua y pozas a nuestros pies. Una huerta al lado del camino nos despide por ahora de la civilización.

El agua está cada vez más cerca del camino. Un murallón, en otro tiempo presa, nos hace pisar parte del lecho. En esta zona podemos bajar a disfrutar del dinámico y joven rí­o desde su mismo cauce. Todo un espectáculo.

Un poco más delante de los restos de la presa vadeamos para tomar un sendero que sube enfrente. También podemos optar por la pista en desuso que se nos presente llena de juncos. Algo más adelante se junta con dicha senda. Comenzamos a subir y pronto divisamos la casa del barranco y la huerta. La vegetación de ribera, avellanos y sauces principalmente, hacen de este reducto una verdadera maravilla.

Ascendemos por la pista muy húmeda por los continuos regatillos hasta alcanzar una bocamina inundada de donde proviene un manantial y que está cerrada con una valla que impide la entrada del ganado. Parece que se nos acaba el camino pero no es así­. La manera más sencilla serí­a cruzar la valla de su lado pero los juncos, argomas y sauces hacen el paso imposible. Otro camino tradicional perdido. Hasta hace pocos años, operarios de los Ayuntamientos se encargaban de tenerlos abiertos y libres de zarzas. Hoy nadie realiza esta labor, que sumada al abandono de la ganaderí­a por parte de los vecinos, y la creación de nuevos viales, hacen que caminos “de los de toda la vida” entre barrios se estén perdiendo para siempre.

Frente a la galerí­a vemos un mojón de arenisca, parecido a otros que hemos visto en los alrededores. Nos preguntamos si antiguamente serí­an los encargados de marcar las propiedades. Salimos a una campa con gran inclinación. Un sendero nos guí­a a una cuadra cercana sin perder altura. En los alrededores de ella podemos observar un par de galerí­as más, una de ellas semitapada por un derrumbe. La pista llega a dicha cuadra nos sitúa detrás del polí­gono industrial del Campillo. Saltamos una valla verde por el mojón de su derecha teniendo especial cuidado con los pinchos de la barrera.

Unos cientos de metros de pista serán suficientes para encontrarnos la carretera que sube desde Gallarta hacia Las Calizas y Triano. La tomamos rampa arriba para darnos de bruces con la Cueva de los Churros que deja escapar destellos rojizos de mineral en sus dos bocas. Se trata de una gran piedra caliza excavada de gran belleza que nos comienza a entonar y a dar una ligera idea de lo que nos espera.

Bajo la cueva abandonamos el asfalto escogiendo una pista que se adentra directamente en el entorno conocido como La Barga. Os avisamos. Es un lugar de una belleza tan curiosa y humanizada que estaréis pensando en volver antes de iros.

Pero vayamos poco a poco. Lo bueno hace falta degustarlo con tranquilidad y eso es lo que vamos a hacer. La pista avanza junto a unas explotaciones ganaderas. A los cuatrocientos metros veremos un gran bloque de caliza en la vaguada. Todo a nuestro alrededor ha sido tocado. La hierba cubre los restos de las explotaciones mientras subimos por un repechón de hormigón. Unos cientos de metros más adelante se nos abre el horizonte. Serantes comienza a ordenar desde su altura al toparnos con una “granja” de pottokas.

Enfrente encontraremos una pista de piedra y mineral que arranca cerca de un mojón de los interesantes recorridos del Centro de Interpretación medioambiental de Peñas Negras. Continuamos hasta llegar a un corte que nos muestra una laguna de agua rodeada de caballos y una garza real que intenta buscarse una presa. El humedal de La Barga bien merece unos minutos de observación en silencio. En las proximidades observamos el poste 20 de un recorrido de Peñas Negras.

Volvemos sobre nuestros pasos unos doscientos metros hacia el poste 19 de dicho recorrido. En sus alrededores sale un camino a la derecha que se adentra de lleno en uno de esos lugares medio lunáticos que creó la minerí­a. Las calizas del karst de La Barga se alzan entre vegetación. Son rugosas, roí­das por el tiempo y la lluvia. Mientras vamos andando entre ellas aparecen pequeños humedales y charchas de agua de gran interés ecológico. Nos encontramos en uno de esos lugares amenazados por el desarrollismo donde el espectáculo está garantizado. Tan cerca y tan desconocido.

Comenzamos a descender hasta darnos de bruces con una pista de mineral. A su derecha desemboca sobre el Barranco Granada y las antiguas balsas de decantación de La Orconera, actualmente rellenas de basura y tierra.

Elegimos la izquierda que sube como con miedo, sin decisión. Pronto nos internaremos en otra parte del karst de gran belleza. Es un paseo totalmente preparado con información medioambiental y minera. Nos situamos encima de una pequeña presa, cerca del poste nº 16. Abajo intuimos la Concha de Bodovalle, el enorme agujero. Tomamos la pista que va bajando y que al momento pasa por otra recogida de aguas más pequeña. El entorno se abre.

Tomamos la pista que desciende directamente a pesar de que se interna en una cantera. Lastimosamente esta es la realidad y el dí­a a dí­a de la zona minera y de muchas partes de Bizkaia. Cruzamos la explotación por el mismo centro para desembocar en la rotonda de entrada al polí­gono industrial de El Campillo. Enfrente observamos el cerro Buenos Aires donde, imponente, sobresale El Preventorio y el espí­ritu del Doctor Areilza (2), impulsor de los hospitales mineros.

A lo lejos vemos el edificio del antiguo matadero de Gallarta adornado con una chimenea de ladrillo. Vamos bordeando la mina que se tragó a Gallarta sobre los años 60 del siglo pasado por ser de los pocos lugares donde quedaba mineral. Eso es progreso. Se trata de un pueblo que nos acerca de una manera especial al pasado y presente minero.

La meta está cerca, el Museo minero es ya una realidad gracias a un conjunto de personas a los que tenemos que agradecer que la minerí­a y sus formas de existencia hayan quedado resguardadas para el futuro.

Reseñas de interés

La “Ví­a Galdames” y los ferrocarriles mineros

Nuestros pies pisan terreno que hasta hace solo unos años ha sido una de los ferrocarriles mineros más importantes, además de ser el más largo. Los sistemas tradicionales como las carretas tiradas por yuntas de bueyes o caballerí­as casi habí­an desaparecido para el año 1.900.

Uno de los culpables de tal desaparición fueron los numerosos ferrocarriles mineros que se adueñaron del paisaje entre nubarrones de contaminación y largas hileras de vagones repletos de hierro.

A pesar que los primeros datos son de 1.827 la cosa tiene algo de trampa. Sí­, eran trenes de diez o doce vagonetas pero todaví­a se usaban animales para poderlas mover. A partir de la ley general de ferrocarriles de 1.855 se empezaron a construir estos viales con no pocas dificultades debido a lo escarpado del terreno. En solo uno de ellos se usó la ví­a ancha, fue el más importante en cantidad de toneladas transportadas: el de Triano perteneciente a la Diputación. La razón era sencilla. Todos los demás ferrocarriles, al ser de ví­a estrecha tení­an que pagar por su uso.

Se inauguraron los primeros ocho kilómetros desde Ortuella a los muelles de Sestao en 1.865, pudiendo llevar, gracias a su 1.65 de ancho de ví­a, hasta cuarenta vagones de unos 7.000 kilos de carga. Veinticinco años más tarde, en el 90, se amplió hasta Muskiz alcanzando los 12.8 kilómetros y uniéndose en Desierto-Barakaldo con la lí­nea Bilbao-Portugalete.

Por diversas razones entre las que destacan las económicas y el bajón minero comenzó su andadura como transporte de viajeros hasta la actualidad.

Entre los demás ferrocarriles destacaba el de Galdames construido por la Bilbao River Cantabrian Railway  Company Limited inaugurado en 1.876. Fue el más largo (22.408 metros) y constaba de seis túneles, destacando uno de 620 metros y en rampa. La Ví­a Galdames uní­a los cargaderos de La Benedicta en Sestao con el barrio de La Aceña. Cruzaba Sestao por medio de un túnel, su ancho de ví­a era de 1.14 y más de la mitad del trazado (55%) eran curvas. Gracias a él se crearon barrios como La Aceña, Ledo (encima de San Pedro), El Sauco en plenos Montes de Triano, o la Balastera. Su explotación terminó en 1.968 y se desmanteló en el 72, hace tan solo tres décadas.

Guarda ciertos lugares dignos de mención como las ruinas de un cargadero al pasar el barrio de La Balastera, o un lavadero de mineral tras un pequeño túnel. También, después de dejar atrás el merendero de Los Castaños, encontramos unas ruinas llamadas el Once que deben su nombre al kilómetro donde se encuentra y donde existí­a una terminal de la cadena que bajaba el mineral de las minas del Alta de Galdames.

Otros ferrocarriles mineros fueron el de la Orconera de los Ibarra Hnos. construido tras la segunda guerra carlista y que se metió de lleno en las montañas para lo que hubo que hacer muchas obras por lo accidentado del terreno. Tení­a 13.8 kilómetros y necesitó de ocho túneles, siendo el más largo de 230 metros además de tres ramales al barranco Granada, a Gallarta y a Lutxana.

Otro fue el del Regato a cargo de La Luchana Mining Company de 12 kms. o el de la Franco-Belga de 7 kms. que iba desde Ortuella hasta Barakaldo.

También se construyeron otros ferrocarriles más pequeños como el de Kobaron y Ontón, Parkotxa, Setares, cargadero de Dí­cido y otros que como los que uní­an las minas de Sopuerta con Castro Urdiales, Castro con Traslaviña (Arcentales) o Castro con el poblado minero de Alén.

La conocida Ví­a Galdames representa un paseo acogedor, tranquilo, abierto a todas las edades debido a su falta de desnivel. Esperemos que proyectos como el de la realización de un bidegorri y un paseo hagan de nuestra ya maltrecha zona un poco más vivible y agradable.

El Doctor Areilza y los hospitales mineros

Desde el siglo I se sabe de la existencia del mineral de hierro tal y como lo describe el famoso historiador romano Plinio que describe una enorme montaña toda de hierro. Está demostrado que en el siglo II o III se produjo algún tipo de comercio en relación a este mineral entre los romanos y las personas que habitaban los Montes de Triano. También es de todos conocido que este tipo de extracción entrañaba sus peligros y sus accidentes, normalmente desprendimientos y hundimientos, que además de fracturas producí­an amputaciones y frecuentes muertes.

Habrá que esperar hasta el año 1.848 para que la Diputación de Bizkaia tome cartas en el asunto y piense en crear “algo” para hacer frente a esta lacra, aumentada por la falta de orden en las explotaciones.

Pasa el tiempo entre dimes y diretes hasta que en mayo de 1.880 nace la Asociación para los hospitales mineros con un capital de 75.000 pesetas.

Sin más demora, eligen una zona de Gallarta, el cerro de Buenos Aires, donde hací­a pocos años el propio Carlos de Borbón habí­a intentado dirigir lo que a la postre supuso su derrota en la 2ª Carlistada.

En dicho cerro se construye el primer hospital minero con 50 camas, a cargo después un concurso de méritos del célebre Enrique Areilza Arregui (Doctor Areilza) de tan solo 21 años y recién acabados sus estudios. Empieza a trabajar a finales de 1.880 demostrando su enorme vocación al separarse de su familia y de un entorno con unas condiciones de vida mucho más elevadas.

Pronto construye otro edificio de madera en las cercaní­as para enfermedades contagiosas (viruela, cólera, sarna …u otras  originadas por las condiciones de vida, mala alimentación, falta de agua potable, nula higiene, hacinamiento, ausencia de recogida de basuras como la neumoní­a, pulmoní­a, bronquitis, colitis, disenterí­a,…).

Pero la labor del Dr. Areilza no acaba en Gallarta. A este hospital le siguen en 1.895 los de El Cerco en Galdames y La Arboleda (conocido bajo el nombre de Matamoros) estratégicamente situados para el rápido traslado de los heridos. También en 1.921 funda el Sanatorio de Gorliz, preocupado principalmente por la tuberculosis infantil. En 1.930, cuatro años después de su muerte, se cierra definitivamente el hospital de Triano. El edificio se destina a otras actividades como vivienda de mineros, preventorio (sanatorio para la prevención de ciertas enfermedades) o centro de enseñanza.

La última mina: Bodovalle

A tan solo unos cuantos metros del Museo Minero podemos observar y acercarnos al pozo de Bodovalle de la mina Agruminsa que terminó por cerrar sus puertas en el año 1.993 finalizando, después de siglos y siglos de explotación, con la minerí­a de hierro de la zona minera.

En dicho “agujero”, antes de ser excavado, estaba enclavado el casco viejo de Gallarta que fue demolido para la extracción del preciado mineral.

La última mina explotada en Bizkaia dejó decenas de kilómetros de galerí­as subterráneas.

La excavación fue realizada, en sus inicios, a cielo abierto. Las labores fueron horadando el terreno hasta dejar el embudo actual que profundiza hasta 40 metros por debajo del nivel del mar.

En un principio, las vetas se encontraban recubiertas por una capa de roca de 120 metros que una vez retirada dio paso a la propia extracción del mineral de hierro (carbonatos principalmente) por medio de bancos de unos 20 metros de altura perfectamente visibles.

Antigua Gallarta (Gallarreta)

Ya desde que desapareció el barrio de La Barga, a mediados del siglo XIX por las diferentes explotaciones mineras que se comenzaron en los terrenos que ocupaba, pareció establecerse el que todo valí­a por el capital. Y el capital en nuestra zona se llamaba hierro. La Barga pagó con el derribo de sus casas y la marcha de sus vecinos hacia Las Calizas o la propia Gallarta, el precio de estar construida sobre hierro.

Un tanto de lo mismo le ocurrirí­a a la propia Gallarta unas décadas más adelante, en 1.960. El pueblo, ya datado en el siglo XV como Gallarreta, hubo de pagar un precio similar: casas, plaza, iglesia, ayuntamiento, frontón, escuelas, kiosco de música…

Todo fue derruido poco a poco a golpe de barreno y dinamita.

La población, no sin quejas y peleas, se fue desplazando, calle a calle, portal a portal según se acercaba la mina a sus casas o negocios, creando el Gallarta tal y como lo conocemos actualmente.

Cuando a finales de 1.983 se abandona la extracción de mineral (carbonato) a cielo abierto, Gallarta habí­a pagado con su “traslado forzoso” el precio del enriquecimiento de unos pocos empresarios mineros.

El enorme agujero llenó los bolsillos de unos pocos pero dejo un vací­o en muchos pobladores de este pueblo, minero por antonomasia, que abonó el precio de su desaparición a cambio de mineral.

Museo minero

El antiguo matadero municipal de Gallarta sirve de infraestructura para este museo. El año 1.986 se constituyó la asociación cultural Museo Minero cuyos objetivos principales se dirigí­an a servir de testigos y conservar la memoria histórica de la zona minera, encargarse del patrimonio minero, dar a conocer los modos y formas de vida del pasado y fomentar visitas culturales y trabajos didácticos.

Desde entonces, las personas que forman la Asociación intentan recuperar instrumentos, máquinas, documentos, fotografí­as, planos… con el deseo de salvaguardar lo que para Bizkaia supuso el despegue económico: el mineral de hierro.

Poco a poco han ido consiguiendo maquinaria, pinturas, aperos, fotografí­as… hasta conseguir un fondo de más de 10.000 objetos que representan una gran parte de los instrumentos que se usaban en las labores de extracción del hierro.

Desde 1.988 participa en exposiciones de minerales, fósiles y organiza certámenes culturales como Gallarminer.

Las puertas del este ecomuseo, que también persigue mantener los paisajes y entornos que generó la minerí­a, se encuentran abiertas para poder respirar in situ la memoria de nuestros antepasados que a base de sudor hicieron de nuestra zona el motor impulsor de todo un paí­s.

Más información: Teléfono 94.636.24.17

Correo electrónico: gorri@sinix.net

Página Web: www.sinix.net/paginas/museominero

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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