Oficios mineros (Caballistas)
El hombre, durante siglos, ha utilizado a los animales para hacer más fácil su trabajo y los desplazamientos e incluso en nuestros días, sólo en las sociedades tecnológicamente más desarrolladas puede decirse que se haya sustituido por otros sistemas.
En la explotación tradicional de la zona minera vizcaína, la tracción animal fue muy empleada, sobre todo, en el arrastre de rastras y carretas cargadas de mineral, iniciándose, a partir de 1880, su paulatina sustitución por los planos inclinados, los tranvías aéreos y los ferrocarriles. Sin embargo, los caballos y en mucha menor medida los burros, siguieron utilizándose en las explotaciones para el movimiento de vagones hasta mediados de la década de los años sesenta del siglo XX.
Los caballistas eran los trabajadores especializados en el cuidado y manejo de estos animales, llegando a tener un singular conocimiento de su comportamiento, que era explotado para conseguir un mayor rendimiento laboral. Su tarea, que conllevaba un notable riesgo, aunque mejor retribuida que los peones o los fogoneros, siempre fue considerada como insuficiente, sin que el grupo que formaban lograra mejorar su situación relativa.
Las tareas
Atanasio Trasahedo Coloma (Recaldeberri, 11-03-1922), conocido como «Tarzán» por su agilidad, trabajó como minero durante 44 años, toda una vida laboral, primero en la mina de «Zarzal» de Ortuella (19381942) y posteriormente, hasta 1982, en la «Bilbao» (Barincua), de Ortue-lla, en su mayor parte como caballista.
Su tarea comenzaba a las siete y media (media hora antes que el resto de los trabajadores), con la limpieza y aparejado de los caballos (colocar guarnición, collarón, bridón, disparador, balancín, etc.), para dirigirse al estacionamiento de los vagones vacíos (de unas 3 tm. de capacidad). Tras enganchar dos y hasta tres vagones se trasladaban a los lugares de extracción de mineral deslizándose sobre las vías y en ocasiones, como la mina «Bilbao», recorriendo unos 2 km., la mitad de los cuales eran por una galería subterránea de unos 2 x 2 metros «en roca virgen sin revocar», que inicialmente había que alumbrar con candiles de carburo.
Desenganchados los vagones, se cargaban de mineral a mano por «los jornaleros», utilizando cestos, rastrillos y mallos, despedazándose los bloques que sobrepasaran los 20/30 kgs., para retornar por el mismo camino sin caballerías, aprovechando la pendiente descendente. El caballista iba controlando la velocidad mediante un freno de galga. El tope (una traviesa sujeta a dos hierros), señalaba el final del recorrido, donde se vertía el contenido de los vagones en los depósitos de mineral. El número de vagones que subían las caballerías y bajaban cargados, era de unos cuarenta diarios.
Al término de la jornada los caballistas tenían la obligación de llevar a cabo la limpieza de las caballerías, para lo que utilizaban un pozo en el que se introducían los animales. El mozo de cuadra era el encargado de su alimentación.
Condiciones de trabajo
Según Aldama (Revista Minera, 1851, pág. 369), a mediados del siglo XIX en la zona minera vizcaína se utilizaban cerca de un millar de animales de tiro, principalmente bueyes y mulas, que con el transcurso de los años fueron sustituidos por caballos percherones «altos y robustos que pesaban hasta 1.000 kgs., que traían de Francia», según un veterano caballista. Cada explotación minera de tamaño medio hacia los años setenta del siglo xx, disponía cerca de la veintena de estos animales y un par de burros.
El oficio de caballista requería agilidad y conocimiento de los animales. Por esta circunstancia sólo accedían a la profesión los que ya estaban acostumbrados a la convivencia con caballos, en otros trabajos o en las tareas domésticas. La prueba práctica (de hecho no había aprendizaje en las empresas mineras), se limitaba a demostrar, «que se dominaba a los percherones». A partir de los 45/50 años y la consiguiente pérdida de reflejos y capacidad física, los caballistas pasaban a ocupar otros puestos de trabajo.
A los percherones había que educarlos para un trabajo, utilizando a veces métodos cohercitivos, «aprendían enseguida a tirar si la primera vez que no lo hacían se les acercaba un papel ardiendo a las pelotas». De un buen comportamiento dependía, en muchas ocasiones, la seguridad del caballista, sobre todo, si había que atravesar estrechas galerías.
El trabajo de los caballistas era peligroso por las condiciones en que se llevaba a cabo y por los comportamientos que en ocasiones tenían los percherones. La atención que se prestaba a los accidentados era insuficiente, incluso para la época. Una muestra es que los heridos eran evacuados en las vagonetas utilizadas para el transporte de mineral.
En julio de 1903, sin limitación de horas, los caballistas tenían un jornal medio de 2,987 ptas./día, que en 1910 había subido a 3,100. A título comparativo, señalar, que un carpintero de mina ganaba en esta última fecha 4,543 y los barrenadores 3,616.
En 1936/38, con jornada de ocho horas, la retribución diaria llegó a 9,75 pesetas, siendo la de los pinches de 6,5. Según las informaciones del Museo Minero de Gallarta, en 1944 era de 10 pesetas y en 1982 de 4.000 pesetas mensuales. Fuera de la jornada laboral, caballistas y otros mineros podían quedarse a cargar vagones, por lo que percibían 3,5 pesetas por cada uno, los primeros, y una peseta menos los demás.
A los caballistas también se les aplicaba los llamados «días de agua», es decir, que en computo mensual, los tres primeros días que no se podía trabajar por lluvia, los pagaba la empresa, siendo los restantes a cuenta del trabajador.
En los peores años de falta de alimentos —los primeros cuarenta del siglo XX— los caballistas, en no pocas ocasiones disponían de la comida de los caballos (algarroba), lo que les daba una cierta ventaja comparativa.
Toda esta situación contrastaba con la visita a las minas “de los contratistas en coches de caballos árabes con cochero en la parte superior”.
Carmelo Urdangarin
José María Izaga
Comentarios recientes