Barakaldo y el alzamiento carlista de 1860 (III)
“Disturbios en Baracaldo”
Ajenos al brusco final de la aventura de su pretendiente, los rescoldos habían sido suficientemente avivados y, en distintas partes de la Península, impacientes carlistas recibieron con entusiasmo la real orden de tomar las armas. Curiosamente, entre los contados lugares donde la llamada al alzamiento tuvo eco, se encontraba la vizcaína población de Barakaldo.
La anteiglesia de San Vicente de Barakaldo, que había salido notablemente maltrecha de la I Guerra Carlista, no respondía de forma estricta a la Bizkaia nuclear de carácter agropecuario. Al igual que otras poblaciones de la margen izquierda, Barakaldo había comenzado su trasformación de sociedad eminentemente rural a una típicamente industrial, con una población en crecimiento que superaba ya las 2.000 almas. La gran fábrica “Nuestra Señora del Carmen” a orillas de la ría, construida por ilustres de apellido Ybarra y preludio de los Altos Hornos de Bilbao, era el principal artífice del cambio socio-económico que se estaba produciendo.
En este ámbito poblacional, a medio camino entre pueblo y barrio obrero, pero donde la base ideológica seguía siendo mayoritariamente tradicionalista5, fue donde los diarios registraron el comienzo de unos “disturbios” que derivarán en una espiral de violencia de importantes repercusiones políticas y mediáticas.
Habían transcurrido dos días del desembarco de Ortega y, en el atardecer del Jueves Santo y siguiendo las crónicas recogidas en los periódicos bilbaínos, fue el propio alcalde de Barakaldo quién comunicó a un cabo de carabineros del Desierto que, en una taberna de su municipio, “algunos mozos ebrios”, habían comenzado a pedir armas.
Lo cierto era que los estamentos políticos y militares del Señorío, tanto gubernamentales como forales ya se encontraban prevenidos. En el momento que se había difundido la noticia de lo ocurrido en San Pedro de la Rápita se procedió a proteger la capital, concentrando en Bilbao a “todos los destacamentos de carabineros y de guardia civil diseminados por el Señorío y cuya ocupación no era de imprescindible necesidad”. De igual forma, se dirigieron “las ordenes convenientes a las autoridades locales para que den parte de cualquier suceso que pudiera ocurrir”. Tampoco faltaron las vigilancias estrechas y visitas a conocidos carlistas, en la búsqueda de actividades ilícitas.
El carabinero trasladó a su vez los hechos a su superior en Portugalete, así como al comandante del cuerpo, “Sr. Acebedo”, que residía en Bilbao. Se formó seguidamente una fuerza compuesta por 20 carabineros a la que se unieron 15 guardias civiles que se “encaminaron al punto de reunión de los amotinados”. No se encontró rastro alguno de los revoltosos mozos en Barakaldo y, tras registrar algunas casas y la iglesia “sin ningún resultado, se dispuso la detención de algunas personas que parecían sospechosas”.
Finalizadas las pesquisas y tomadas las declaraciones que se consideraron oportunas, se procedió a dejar el grueso de la fuerza en el lugar, mientras el comandante de carabineros, acompañado de 4 de sus hombres, regresaba a Bilbao conduciendo a los reos a la cárcel de la villa. Según relatan las crónicas, fue en este retorno a “altas horas de la noche”, cuando se toparon con “algunos hombres armados que estaban apostados en Bidebitarte”.
Probablemente, este pequeño piquete, formado por unos cuatro o cinco hombres, trataba de evitar que los tomados presos llegasen a Bilbao. Tras “una ligera lucha”, donde los carabineros salieron mejor parados, “consiguieron dispersar a los agresores y traerse a Bilbao tres de estos, uno de ellos herido”, huyendo el quinto “merced a la oscuridad de la noche y a su ligereza”.
Los rumores de un cruce de fuego con una partida carlista tan cerca de la villa, generó una notable alarma en Bilbao y, ante el cariz que habían tomado los acontecimientos, se remitieron disposiciones para proceder a la inmediata detención de sospechosos colaboracionistas con el alzamiento. Paralelamente, el Gobernador Militar Interino, el castreño Ramon Salazar Mazarredo, se apresuró a ordenar que una patrulla de guardia civil de unos 30 hombres, auxiliados por otros tantos carabineros y una compañía de tropa del ejército, batiera la zona donde se había producido este nuevo altercado.
La fuerza se desplazó “tomando el camino viejo que va desde Basurto y al llegar al inmediato punto llamado Entrambasaguas”, en la “jurisdicción de Abando” los hombres de avanzada recibieron “una descarga a quemarropa”. Algunas crónicas describirán que las tropas habían sorprendido a la partida carlista en pleno proceso de organización y distribución de “armas, dinero y prendas de vestuario”, mientras que otras, hablarán de una emboscada planificada.
Allí quedo muerto, “atravesado por varios balazos” el guardia civil Juan Muguira de 29 años, un vizcaíno de Navarniz. Dejaba viuda a María Catalina Urgoitia y un huérfano de 3 años. Y prosiguiendo con el relato de los acontecimientos, tras verse superados, la partida carlista se dispersó “huyendo a lo más escabroso del terreno”, dejando atrás muchos de sus pertrechos que fueron recogidos y catalogados: “31 fusiles, 9 pistolas, 2 pantalones encarnados, 2 zamarras nuevas, 2 boinas, 2 cinturones para oficiales, 1 pañuelo de seda usado, 1 casquete, 1 bolsa de vinagre, 1 saco de noche, 1 cajón de municiones, 1 saco de balas sueltas, 4 panes, ½ pellejo de vino, 1 botella de aguardiente”.
Al día siguiente, un 6 de abril de Viernes Santo, la noticia del pequeño combate comenzaba a propagarse en los diarios vizcaínos, indicando las editoriales que no tenían “palabras bastantes para reprobar tal atentado” y afirmando que “el país entero lo rechaza y no dudamos que, dispuesto a ayudar eficazmente a las dignas autoridades secundando sus acertadas disipaciones, muy pronto los traidores habrán sufrido el castigo que su crimen merece”. Por su parte, los despachos oficiales informaban que “una corta partida de tropas” de la guarnición de Bilbao había “salido y dispersado completamente en la noche última la gavilla de 18 a 20 Iatro-facciosos que, capitaneada por dos oficiales carlistas, se acababa de organizar a una legua de distancia de esta capital”.
Atendiendo a los telegramas que el Gobernador de Bizkaia remitió al Ministro de Gobernación en Madrid, no fueron éstos los únicos altercados en el Señorío. Acatando la orden de detener a presuntos simpatizantes del alzamiento, otro guardia civil fue herido de gravedad en Güeñes en el momento de detener a un hombre que, según indicaba el gobernador, “debía ponerse por la noche al frente de la partida”23. Posteriormente será identificado “como N. Gutiérrez, antiguo comandante carlista y hoy administrador de una mina de calamina que se explota cerca de Sodupe”.
Diputación Foral y Gobernación Civil se apresuraron a emitir una circular conjunta de repulsa: “Cuando tantos hijos de este ilustre Señorío están cumpliendo en África el generoso compromiso contraído en las últimas juntas generales extraordinarias, defendiendo con valor el buen nombre del país y sellando con su sangre el juramento de lealtad de esta tierra a S. M. la Reina Nuestra Señora, una veintena de hombres excitados por cuatro viciosos y mal avenidos con la paz y tranquilidad que disfruta este solar, ha cometido anoche al favor de la oscuridad en las inmediaciones de esta villa, un atentado criminal siempre, y vergonzoso en las actuales circunstancias, disparando las armas contra las tropas nacionales. […] han sido dispersados los criminales, huyendo a ocultarse en lo escabroso del terreno. Estos deben desaparecer completamente y la suscrita Diputación está resuelta a contribuir a ello por cuantos medios estén a su alcance […]. Así se conservará la paz pública tan necesaria para la felicidad de este ilustre solar”.
Tras su fuga, la partida parecía haberse fragmentado y las noticias de su localización se tornaron confusas, concediéndoles una notable ubicuidad. Algunos paisanos decían haberles visto en las cercanías de Bilbao “por los montes de Pagazarri y San Roque en Abando”. Otras noticas parecían dar fe de su presencia en el “valle del Cadagua”, donde un correo gubernamental había sido interceptado y conminado a pasarse a los sublevados.
Intercalados con las noticias que llegaban de la Guerra en África y las crónicas del desembarco de San Carlos de la Rápita, los diarios nacionales se fueron poblando de reseñas referidas al alzamiento en el Señorío. Trascurridos tres días del levantamiento, todavía se especulaba con el número real de efectivos de la partida de Barakaldo, que parecía no superar los 40 individuos, el nombre de sus mandos, si bien sonaba ya el de Aniceto Llaguno, o la procedencia de sus armas, afirmando que contaban con flamantes carabinas salidas de las fábricas en Eibar.
Paralelamente, Bilbao se blindaba con la llegada de nuevos efectivos militares procedentes de “Vitoria y algunos soldados más de Santoña”, además de levantar una propia leva de voluntarios: “En Bilbao gran entusiasmo en favor de S. M. y del gobierno. En dicha plaza se está armando 70 hombres de garantías para mantener el orden interior”.
Además de circulares, la Diputación Foral del Señorío se apresuró a trasmitir de forma directa al Gobierno en Madrid en boca de su diputado general en la capital del reino, D. Manuel de Gogeascochea, “la lealtad inquebrantable del señorío de Vizcaya, su constante adhesión al trono y al gobierno”. Todo ello “como prueba inequívoca de su nunca desmentida lealtad, adhesión y amor a su señora y reina (Q. D. G.), en quien y en su beneficio e ilustrado gobierno tienen depositada toda su confianza de que les serán garantizados los antiguos y venerados fueros que siempre han formado la proverbial felicidad de este ilustre solar”. Y para refrendar esta voluntad, se expidió una carta explicativa a la propia Isabel II, una prerrogativa exclusiva de las provincias forales: “[…] una veintena de hombres seducidos por cuatro díscolos son concepto no prestigio en el país ni fuera de él, dieron a las altas horas de la noche del 5 al 6 del corriente el grito de rebelión en las cercanías de esta villa de Bilbao, haciendo armas contra la fuerza que el momento fue destacada para sofocarla. No podía esta Diputación, Señora, permanecer pasiva al tener noticia de execrable hecho […]”.
Jesus Arrate Jorrín
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