La iglesia de San Vicente Mártir: fiesta y culto popular (I)
La iglesia de San Vicente Mártir de Barakaldo ha sido, a lo largo de toda su historia, el principal foco religioso y devocional de los barakaldeses y barakaldesas. Pese a que los primeros vestigios datan del siglo XIV, la estructura que actualmente luce fue levantada en el siglo XVII. Más allá del interés histórico-artístico que el propio templo y su mobiliario interior puedan tener, San Vicente ha sido espacio para la fiesta y ceremonia religiosa así como para la congregación de varias cofradías. Hasta hace alrededor de un siglo, tradiciones como la Semana Santa o el Corpus Christi perduraron en el marco contextual del templo, tanto en su interior como en el espacio urbano comprendido en torno a sí. Al mismo tiempo, la producción de tipologías artísticas de larga tradición, que también gozaron de especial esplendor en el Barroco, tuvo su continuidad en los siglos siguientes. De este modo, nos aproximaremos a la iglesia de San Vicente Mártir desde el punto de vista de la ceremonia popular, la cual configuró las formas y el carácter del templo actual. Al fin y al cabo, San Vicente constituye, en todo su esplendor, un testimonio vivo de la historia de Barakaldo.
La fábrica de la iglesia de San Vicente de Barakaldo
El origen de la estructura de la actual iglesia de San Vicente se remonta a la tercera década del siglo XVII. Martín Ibáñez de Zalbidea, destacado tracista en la Bizkaia del siglo XVII, lideraría las obras. No obstante, el templo debió de ser originalmente erigido alrededor de 1340. Iturriza señala que se levantó por la necesidad de acercar el culto a los feligreses que se veían obligados a cruzar la ría para llegar a la parroquia de Santa María de Erandio aunque esta teoría se ha puesto en dudas en numerosas ocasiones, ya que parece extraño que Barakaldo no tuviera un templo propio anterior como vemos en otros lugares de Bizkaia y Las Encartaciones.
Construida sobre un solar en un cerro desde donde era visible todo el entorno, los únicos vestigios de la antigua construcción pueden encontrarse en la parte baja de algunos de los muros exteriores pero hasta estos han sido muy reformados; por ejemplo, el arco apuntado que se observa a los pies del templo no corresponde a los modelos de arcos apuntados de los siglos XV y XVI. Es más, podríamos proponer que se tratara de una reconstrucción muy posterior. Por una parte, las pilastras del arco con sus sillares desgastados parecen originales, quizás del siglo XVII, pues las impostas presentan una pequeña moldura en caveto, tan característica de ese siglo. Por la otra, la forma de las dovelas no corresponde a los modelos de los siglos XV y XVI, que suelen presentar piezas mucho mayores y más estrechas. Parece estar más cerca de un modelo de talla que se usó a lo largo de los siglos posteriores; el hecho de que este tipo de dovelas se haya utilizado para hacer un arco de tipo apuntado, parece indicar una reforma con criterios neo del siglo XIX, quizás imitando una portada anterior o simplemente siguiendo la moda que en el momento tendía a reproducir formas de carácter gótico.
De hecho, las bóvedas interiores de aspecto goticista que hoy tenemos, corresponden al siglo XVIII, concretamente a 1729, pese a que en este momento ya nos ubiquemos en pleno esplendor del Barroco vizcaíno. Son obra de Ignacio de Sagarmínaga. El recuerdo por la tradición gótica se mantiene en la arquitectura religiosa del País Vasco a lo largo de toda la Edad Moderna, como es evidente, en nuestro caso, en el abovedamiento y en el aspecto prismático exterior.
No obstante, la única nave interior, ancha y diáfana, que propiciara la adecuada visualización y escucha de lo que acontecía en el presbiterio, se enlazaba con los principios la arquitectura religiosa contrarreformista. Así mismo, el edificio consta de cuatro tramos y cabecera recta. La torre-campanario, que se alza sobre el acceso de arco apuntado anteriormente mencionado, también nos indica que el auge constructivo de este templo llegó a partir del siglo XVII. En este caso, además, las intervenciones posteriores han deslucido su aspecto, resultando en una estructura cúbica sobria con ciertas molduras en la cúpula y su remate, que sí mantienen su forma original. A los pies de la torre, cruzando el acceso gótico mencionado en el primer párrafo, se encuentra la pila bautismal de mármol, instalada en 1883 y cubierta de una capa de pintura posterior. El pórtico de madera cubierto con tejavanas, tan práctico para la reunión de los habitantes ante las inclemencias del tiempo (y por tanto siendo una tipología con gran difusión por todas las iglesias del territorio vasco), también recibió modificaciones y reparaciones a mediados de los siglos XIX Y XX. La totalidad de la iglesia de San Vicente fue restaurada por última vez hace diez años, aunque tal intervención no afectó sustancialmente al aspecto y patrimonio arquitectónico y litúrgico del edificio.
El templo también cuenta con un coro a los pies, levantado en 1962, ocupando la mayor parte del último tramo de la iglesia, donde se ubica el órgano. Frente a él, en el extremo contrario, se sitúa el retablo mayor, de finales del siglo XIX, que presenta una fisonomía ecléctica de corte clasicista. La iluminación natural procede de cuatro ventanales de medio punto en cada lateral, uno por cada tramo. El resto del interior presenta una apariencia sobria, por lo que resaltan las escasas imágenes devocionales ubicadas en diversos puntos; es el caso de la Virgen Dolorosa ubicada en un nicho bajo el coro, con un Cristo Yacente a sus pies y un Crucificado a su lado, sumando las tablas de la Vía Crucis en los muros laterales y las pequeñas imágenes a los lados del retablo mayor y órgano. Los altares instalados a los dos lados del altar mayor y en las capillas hornacinas de los laterales, como el correspondiente a la cofradía del Rosario o al de las Ánimas y Soledad, desaparecieron tras la reforma acaecida entre 1962 y 1963. Se centró así la atención del culto, con mayor insistencia, en el retablo que posteriormente describiremos.
Estos elementos brevemente descritos, sumado a los datos que posteriormente aportaremos, posicionan a la iglesia de San Vicente como espacio para la reunión popular, desde sus inicios hasta tiempos más recientes. Fue fundada con la razón de establecer un camino más seguro y rápido a los feligreses de la época. Al tratarse de una edificación con una única nave y medidas modestas, se adecuaba al número de fieles que podía acoger y la humilde entidad de la que disponía, tan enlazada con el recogimiento y la intimidad ceremonial. Los múltiples altares que las cofradías fundarían en el interior son muestra de la participación popular en su equipamiento litúrgico. Y la iglesia, asimismo, constituía la referencia principal para la congregación, tanto en el día a día bajo los techos del pórtico, como en ocasiones festivas con el edificio como escenario.
Ander Prieto de Garay
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