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RECORRIDO HISTÓRICO 45: dos rastros de la 1ª Carlistada: Castrexana y Burtzeña

RECORRIDO HISTÓRICO 45: dos rastros de la 1ª Carlistada: Castrexana y Burtzeña

Estallado el complejo conflicto conocido como “guerras carlistas”, uno de los objetivos de los carlistas (en cuanto se refiere a nuestro entorno) fue la toma de Bilbao (en manos liberales). El “sitio” de la capital del señorío fue todo un acontecimiento que atrajo la atención de la sociedad internacional. Defensores y atacantes hicieron gala de un profundo compromiso con sus principios ideológicos, religiosos y económicos. La ciudad se vio pronto envuelta por las tropas carlistas que controlaban todos los accesos. Las montañas que circundan la ciudad pronto se convirtieron en emplazamientos de múltiples baterías desde las que bombardeaban constantemente el caserío bilbaíno. La Ría se convirtió, por su cercana conexión con el mar, en la única esperanza de liberación que albergaron durante el cerco los sitiados.

Y, junto a la Ría, sus márgenes marítimas. Los intentos liberales por romper el cerco (fracasados otros intentos) se centraron en la margen izquierda para lo que el paso de los puentes de Burceña y, sobre todo, de Castrejana se convirtieron en piezas clave. El fracaso en ambos casos llevó al general Espartero a intentarlo por la margan izquierda en la que otro puente “el de Luchana sobre el Asúa” era el elemento fundamental. En esta ocasión le sonrió la fortuna y, tras una feroz batalla por la posesión del puente, la suerte del sitio carlista a la heroica villa bilbaína estaba echada. Junto a las dos narraciones de Pirala presentamos en este recorrido algunas de las consecuencias que esta primera carlistada tuvo para la anteiglesia.

1.- Acción de Castrejana

“Antes de emprender operación alguna, Espartero preparó los medios para salir victorioso, cual cumple al buen capitán, no desatendiendo la disciplina de sus tropas, algo afectadas por las privaciones que sufrían, que eran en verdad horribles.

Previendo Villarreal el movimiento que podría efectuar su contrario, y tomadas las posiciones marcadas en su línea desde la playa de Burceña al puente de Castrejana, cubriendo los vados de Hibarza, Achandia, Subilleta, Ibargoche, Puertoreco y los demás puntos por Alonsotequi  a Sodupe y Oquendo, dejó encargada la defensa del puente de Castrejana al brigadier Don Prudencio de Sopelana, con una columna de preferencia de alaveses y dos compañías de guipuzcoanos; la del de Alonsotegui a Lazcano;  la del de la Cuadra a Rey, y la de Burceña a Andechaga, que con el 7º de Vizcaya rompió el fuego a la llegada de su jefe, Villarreal.   

El 27 se propuso atravesar la ría del Galindo, sin desconocer los inconvenientes que tenía este movimiento, siendo tan peligroso conseguir la victoria como crítica la situación en que quedaría sin ella. Para verificar el paso de la ría a las posiciones enemigas, había que enlazar las dos márgenes con barcas; lo emprendió la división de vanguardia, ganó el río, protegiéndola los fuegos de la primera y segunda división, sobre las alturas de Baracaldo; siguen los cazadores de la última el movimiento de la vanguardia, y los carlistas se repliegan, repasando el Cadagua por el puente de Castrejana. La segunda división atraviesa en tanto el Galindo, y la vanguardia siempre adelante, se apodera del convento de Burceña.

Espartero quedó asombrado del triunfó conseguido por sus valientes tropas; trata de aprovechar su entusiasmo, infundirles, si más necesitaban, el que él mismo sentía, y colocándose a la cabeza de la plana mayor general, de sus ayudantes y escolta, se precipita sobre los carlistas, que dominaban la eminencia de las Cruces, defendiéndose, protegidos por su artillería, colocada a la izquierda del Cadagua, y les obliga a retirarse por lo vigoroso de su ataque. Los liberales dominan ya la orilla del Galindo y las eminentes posiciones del Cadagua.

Los carlistas no habían puesto gran empeño en defender estos puntos, pero resistieron bien el que les interesaba que era el puente de Castrejana. Allí se les veía ocupar una bonita serie de posiciones más o menos culminantes que presentaban un variado, caprichoso y magnífico anfiteatro: allí esperaban ellos a sus entusiastas adversarios.

Avanzan éstos con el comandante general a la cabeza, esperan trasponer el puente; pero son recibidos con un fuego tan nutrido, certero y constante que forma ardiente una muralla imposible de salvar. En vano hacen valerosos esfuerzos los liberales, en vano se distingue con prodigios de valor la columna de Castañeda; las pérdidas son grandes; las municiones empiezan a escasear, y la vacilación se difunde por las filas: el diezmado batallón del rey es reemplazado por el de Borbón, que marcha al centro del ataque, no consiguiendo su marcial ardimiento restablecer el combate en este  extremo de la línea.

La retirada, es precisa: cuanto más se retarde es mayor la destrucción; porque a la vez que los carlistas sostienen el ataque de frente, mandan otras fuerzas al puente de Alonsotegui y amenazan muy de cerca el flanco descubierto de la vanguardia y segunda división. Para desgracia de ésta, el oficial que llevaba las órdenes prescribiendo su retirada cae atravesado por un balazo, y aquellas tropas, a pesar de comprender su situación, continúan empleando inútilmente su bravura, hasta que el sentimiento de su desgracia, el propio instinto de conservación les hizo replegarse sobre el batallón de San Fernando, que formaba el núcleo de la reserva. Vigo (don Froilán) protege el establecimiento de otros con dos batallones de la Guardia Real que se escalonaron en el cuerpo de la cordillera. Las márgenes del Cadagua no ofrecían seguridad al ejército de la reina, que acampó en la llanura de Baracaldo, donde incendió bastantes casas; y apenas el sol del día 28 alumbraba a aquellos temidos campos ensangrentados, se emprendió un movimiento retrógrado hacia Portugalete, conteniéndose los nuevos ataques de los enemigos, bien situados y orgullosos con su anterior triunfo.

La acción referida en la que perdieron los liberales unos 300 hombres tenía una importancia suma para las causas liberal y carlista. Los defensores de ésta adquirían nuevo brío al ver que tenían fuerzas bastantes para impedir que el ejército liberal levantara el sitio de Bilbao. Los soldados de la reina comprendían que no era fácil abrirse paso para la villa, objeto entonces de la preferencia de unos y otros combatientes. Las dificultades de salvar a Bilbao, que había expuesto Espartero en diferentes partes, se iban comprendiendo por todos, así como la casi imposibilidad de vencer a los carlistas en el terreno que habían escogido. Ahora se veía la razón de los que opinaron por llamar a él al ejército enemigo.

Espartero vio la crítica situación del que mandaba, vio las pérdidas que habían sufrido, veía la miseria en que se hallaba, veía inaccesible el puente de Castrejana, suponía lo serían igualmente todas las avenidas que podían conducir a Bilbao, y temió, quizá, que el auxiliarla ocasionaría su ruina. Pero si esto temía su razón, su valor le aconsejaba no cejar en tan ardua empresa; porque esto sería demostrar la superioridad del enemigo, dejar abandonada una población, cuyos habitantes merecían tanto por su heroísmo, y comprometer, si no perder, la causa liberal. El caso era apuradísimo en extremo, era desesperado, y para resolverlo convocó una junta de generales y jefes superiores. Justa y acertada determinación que, a la vez que demostraba lo crítico del estado del general en jefe, salvaba, en parte, su responsabilidad la decisión del consejo; y discutidas las dificultades y conveniencias de una operación, podía emprenderse con más confianza, y asegurarse más el éxito”.

2.- Acción de Burceña

“El día 11 dieron principio los carlistas a la construcción de un puente-balsa sobre la ría, frente a San Mamés, y construyeron una batería avanzada delante de Banderas, con objeto de batir las trincaduras que se hallaban en el puente de Luchana, contra las que se colocó el cañón del 8 que había en Banderas.

En el ínterin se prosiguieron algunos tratos para hacerse dueños los carlistas del fuerte de Burceña, que les perjudicaba para sus operaciones contra Bilbao, a cuyo comandante y guarnición se les ofreció garantizar sus personas y efectos, dar colocación en las filas carlistas al que deseara, y al que no, pasaporte o licencia para su país, siempre que entregara el fuerte sin efusión de sangre. Su comandante, don Vicente Aymerich, contestó que, a los deberes de su posición como militar y como hombre de honor, era arriesgado para él cualquier propuesta que hiciese a los individuos que tenía a sus órdenes en el caso presente, añadiendo que, “ tan luego como ponga a cubierto el honor mío y el de mi tropa, espero de V.E. se servirá en aquel caso de dispensarme su generosa protección, como amante de la humanidad; como igualmente a todos mis compañeros de armas que guarnecen este punto, con las gracias que me ofrecen su apreciable; lo que creo no dejará de hacer sin echar en olvido dichos  ofrecimientos, pues conozco bien a fondo está poseído del derecho de gentes como tipo de todos los generosos capitanes. Por último, mi general, si V.E. no quiere hostilizar este punto, tan luego como yo conozca que no tengo ningún auxilio, haré una capitulación honrosa, pues si otra cosa hiciere, hasta mi tío el general Aymerich, que es de la misma opinión que V.E., me desconocería por su sobrino, a más que estoy seguro que V.E. no acriminará jamás esta franca y sincera declaración y conducta”.

Al mismo tiempo oficiaba al coronel del cuerpo manifestándole lo crítico de su situación, y preguntándole cuántos días podría tardar en llegar con su columna, y si esto era posible, si podría retirarse a Portugalete, enviándole alguna trincadura, para que con su protección pudiera salvar los 130 hombres que componían su destacamento.

Consecuentes los carlistas en su empeño, lo prosiguieron el 12, renovando a las seis de la mañana los esfuerzos para realizar el ataque proyectado el día anterior: rompieron el fuego a la una de la tarde, y hechos 40 disparos, a los que contestaron los sitiados con seis únicamente, pidieron capitulación, y se les concedió salir con sus mochilas la tropa, y con sus equipajes y espadas los oficiales. Ciento treinta y cuatro prisioneros, dos cañones con abundante dotación, 12.440 cartuchos de fusil, otras municiones y no escaso repuesto de víveres, fueron el premio del vencedor, sin ninguna pérdida ni sacrificio de su parte, como quien contaba con la voluntad de los defensores; así que el mismo Eguía escribía a Erro, que le pedía de orden de don Carlos explicaciones sobre la libertad de que gozaban los prisioneros de Burceña…

Es, pues, evidente que si no traición, hubo algo más que debilidad en la defensa de Burceña, si defensa puede llamarse aquel simulacro de resistencia”.

 3.- Consecuencias de la 1ª Guerra Carlista[1]

Los años siguientes a la finalización de la guerra (1839) son un cúmulo de peticiones por parte de ambos bandos de todo tipo de prestaciones alguna, incluso, bastante curiosa como la recogida el 4 de Agosto de 1839: «Satisfacer como se pueda el pedido del Gobernador del Desierto que exige para los cuatro oficiales varios efectos como son tres pucheros u ollas, una sartén, platos de Talavera, una fuente, dos tazas, una botella, dos jícaras, una chocolatera, una palangana, dos cubiertos de meta! y un cántaro». Todo, y mucho más, derivado no sólo de las acciones directas de la guerra sino de tener a ambos ejércitos acantonados en los distintos barrios del municipio. Esta situación motivará; en ocasiones, que se disculpen para no atender peticiones de ambos bandos. Así, por ejemplo; cuando Cástor de Andéchaga solicite que un paisano lleve las ropas para que la tropa se pueda mudar se le responda (5 marzo de 1837) que debe enviarse un soldado para que le acompañe porque el paisano está expuesto a que se lo quiten».

Que las requisas o pedidos lo hacían ambos bandos no tiene ninguna duda. En Acta de 8 de Enero de 1838 se afirma que los carlistas de Sodupe solicitan 40 cajas para sacar tierra y treinta azadas so pena de cien ducados de multa. La respuesta es que «se tenga presente que el gobernador del Desierto (liberal) que está inmediato hace igual pedido tanto en hombres como en cosas y que tenga en consideración, por tanto, de no cargarle a este pueblo porque no puede suministras a ambas fuerzas».

Al margen de lo conseguido directamente de los vecinos (frecuentemente por la fuerza aunque se les dará un recibo para que lo cobren en la Casa Consistorial) lo más socorrido era que cada bando dirigiese su petición al Ayuntamiento amenazando a este en caso de no cumplir con lo solicitado.

Si la producción necesaria para alimentar la población de la anteiglesia no era suficiente y, desde siempre, se debían importar mercancías, el desarrollo de la guerra y los pedidos continuos llevarán el hambre a la misma. Determinadas afirmaciones recogidas en los Libros de Actas Municipales nos hablan de esta realidad: el 18 de Junio de 1837, por ejemplo, ante un pedido de Gordejuela de suministrar raciones se responde  “no poder hacerlo porque la anteiglesia se halla en una situación deplorable, con los incendios y saqueos que ha sufrido y se halla sin alimentos todo el vecindario».

Otra consecuencia de la guerra serán las destrucciones:

1837, 25 de octubre: «Los terrenos de las casas quemadas y destrozadas se hallan la mayor parte sin laborarse y cultivarse y otros del pueblo se han perdido llevándolas los aguaduchos Este es el motivo por el que los pocos terrenos que se manejan no producen ni la tercera parte que debían producir«.

1837, 25 de octubre: en un resumen de la situación se indica: SAN VICENTE (casas 52: quemadas 10 -una en San Bartolomé-), BEURCO (62, quemadas 26), BURCEÑA (69, quemadas 22), RETUERTO (67, quemadas 8); LANDABURU (46, quemadas 34). REGATO (89 más dos fanderías y dos molinos, quemadas 13 casas y un molino del Sr. Cobreros) e IRAÚREGUI (71, quemadas 4). TOTAL CASAS: 456; TOTAL QUEMADAS: 117.

1840, 24 de agosto: relación de edificios totalmente arruinados, presentada a la Diputación General: RETUERTO (total casas 76, quemadas, 5); SAN VICENTE (48, 10), lRAÚREGUI (39, 3), BEURCO (47, 24), EL REGATO (59, 14), BURCEÑA (40, 18) y LANDABURU-VITORICHA (43, 26). TOTALES: 352, 100. Igualmente de las casas saqueadas: RETUERTO 84; REGATO, 84; BURCEÑA, 17; YRÁURGUI, 54; LANDADURU, 24; SAN VICENTE, 46; BEURCO, 28, y de los árboles cortados: 1090. Sus dueños: Paulino de Echavarri: 739; Pedro Novia de Salcedo 143; Julián de Arzadun: 78; Juan Ramón Arana: 50; Ramón de Gastaca: 37; José Mª de Vildosola: 34 y Nicasio de Cobreros: 9.

Por último nos encontramos con un tema de suma gravedad. A una economía bajo mínimos por efecto, como ya dijimos, de la escasez ordinaria debemos añadir los efectos propiciados por la guerra: tierras sin cultivar, muertes y casas quemadas o saqueadas. No acaban aquí las desgracias: los «aguaduchos» inundaron las tierras cultivables de la vega de la Punta con lo que poco se pudo sacar de las cosechas. Añadamos, por último, los gastos a los que se vieron sometidos los vecinos (a nivel particular o municipal) derivados de las peticiones directas de moneda por parte de los contendientes o el importe de bagajes, raciones, trabajos, caballerías… En un documento titulado ESTADO GENERAL de la deuda de Barakaldo anterior a la guerra, de los víveres y utensilios suministrados a las tropas de la Reina y a ejército carlista desde octubre de 1834 hasta septiembre de 1839 se dice:

 

Deuda anterior a la guerra:                                       261. 334 r. y 22 mr

Suministros a las tropas de la reina:

Víveres:                                              227.788 r. 10 mr

Utensilios:                                           1. 237 r.

Suministros a las tropas carlistas:

Víveres:                                              263.523 r. 95 mr

Utensilios                                             9.181 r. 138 mr

Bagajes y demás gastos                     488.799 r 4 mr

Total gastos guerra:                           990.528 r

Cobrado por contribuciones              452.307 r

Deuda al finalizar la guerra                                       808. 070 r 6 mr

 

Para hacer frente a estos gastos motivados por el conflicto se recurrió a diferentes mecanismos como son las derramas vecinales, el aporte de los principales propietarios, diversos préstamos de particulares o instituciones y venta de propios[2]. Esta es una de las causas de la disminución de los bienes patrimoniales del municipio y, al mismo tiempo, del enriquecimiento de unos cuantos vecinos y no vecinos de la anteiglesia.

En 1837 se gira la siguiente contribución con motivo de la Guerra Civil:

 

Barrios Contribuyentes Reales Media/ contribuyente
Landaburu 77 49.836 647
Beurco 51 58.782 1152
Regato 71 51.021 718
Burceña 87 57.441 660
Retuerto 86 65.916 766
San Vicente 96 42.884 446
Iráuregui 56 50.779 906
TOTAL 524 376.659 718  

 

Un jornal diario sería de 9,94 reales diarios para un hombre que multiplicado por 267 días de trabajo útil al año da un total de 2.653 reales. Una familia con dos hijos viene a gastar en alimentación anual 1.660 reales.

Nada tiene de extraño que una vez finalizada la contienda las reclamaciones de vecinos y acreedores inunde al ayuntamiento. El 8 de junio de 1840 se presentan unos cuantos memoriales reclamando deudas: Juan Bautista de Barnechea (azumbres de chacolí), Antonio de Urcullu (por bagajes), Juan Bautista de Tapia y consorte (dinero adelantado), José de Astoviza (por dos novillos), Casimiro de Loizaga (por réditos de cuatro años)… Aún el 1 de enero de 1878 se acuerda ver el modo y forma de dar debido cumplimiento al acuerdo de la Junta Municipal sobre pago de treinta mil reales a los acreedores de esta anteiglesia por suministros a las fuerzas en la guerra civil de 1836 a 1839…

 

[1] El artículo completo puede leerse en ARBELA, 2002, pp.29-38. Mitxel OLABUENAGA

[2] Ya en años anteriores (consecuencias de la Guerra de la Independencia) se había procedido a la venta de diversos bienes. En 1808 se vende el molino de Rotabarria por 80.214 rls.; entre los años 1809-10 se enajenan 86.779 de terreno entre 133 personas que lo dedicarían al cultivo de trigo, maíz, viñedos, hortalizas y frutales, principalmente. Un año después ingresan en las arcas concejiles un total de 93.837 rls. en concepto de venta de vegas y terrenos de monte. Los lugares de los que se enajenó la mayor parte fueron Ansio y la Ribera de San Bartolomé. Mayte IBAÑEZ “Barakaldo”, pág. 123

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