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EL CONVENTO DEL DESIERTO DE SAN JOSE DE LA ISLA

EL CONVENTO DEL DESIERTO DE SAN JOSE DE LA ISLA

convento-el-desierto-1-1Los monjes carmelitas de la Provincia de San Joaquí­n, de Navarra, en la se incluí­a Vizcaya, llevaban varios años buscando lugar apropiado para fundar “casa de desierto”, como ellos llaman a los lugares de retiro y contemplación.

Dichos lugares, como es lógico pensar, debí­an quedar alejados del ruido de la población y dado el que el religioso debe vivir en continua oración y contemplación de la Naturaleza, que le recuerda a Dios, procuraban encontrar parajes amenos, bellos, de buen clima y que dispongan de agua.

Los Provinciales habí­an realizado muchas diligencias y despachado, incluso, varios exploradores, que recorrieron en vano la jurisdicción, sin llegar a dar con el ansiado terreno para fundar su desierto.

Cierto que el lugar apropiado existí­a ya de antiguo pero no llegaban a vislumbrarlo. Por fin en 1718, con ocasión de la visita que hizo a Bilbao el P. Provincial Fr. Agustí­n de Jesús Marí­a, se encaminó un dí­a hasta el Promontorio de San Nicolás de Ugarte, donde quedó asombrado de la belleza de esta colina, espléndido mirador sobre la Rí­a bilbaí­na, cubierto de entero de arboleda, aunque no de gran extensión superficial si prescindimos de la Vega anexa en su parte Norte, con lo que el futuro empalamiento del desierto quedó decidido.

Sin embargo y a pesar de las muchas dificultades que aún debieron afrontar los Carmelitas para iniciar la erección de su Convento del Desierto, pudieron, con la ayuda del Mariscal de Campo, Don Blas de Loya, llegar a la posesión de estos terrenos que hasta entonces el Concejo de Sestao tení­a por improductivos ya que la madera cortada era poco y en el Vega sólo crecí­an junqueras y plantas no aprovechables.

Adquirido el derecho de propiedad, los monjes hubieron de recabar aun de las autoridades las debidas licencias legales para levantar su casa d oración y retiro, que les fueron concedidas por Cédula Real de Felipe V, de 20 de abril de 1919 y decreto del Señorí­o aprobando la real licencia, expedido el 23 de mayo de 1719.

Sorteadas todas las dificultades, los Carmelitas Descalzos pusieron manos a la obra y en el mes de junio de 1719, ya habitaban en San Nicolás los cuatro monjes conventuales encargados de iniciar la construcción del convento y su iglesia.

A partir de entonces este lugar conocido aun hoy por la Punta y antes por San Nicolás de Ugarte (debido a la antigua ermita que allí­ existió dedicada a San Nicolás de Bari) cambia de nombre por el de Desierto, ya que al designar así­ los carmelitas a sus casas d retiro los muchos devotos que acudí­an hasta el lugar para hacer oración comienzan también a llamarle Desierto, designación que extendida a Erandio y Baracaldo en razón de que los fieles que allí­ se encaminaban lo hací­an principalmente por dichos puntos en donde se hací­a el pasaje por el Nervión y el Galindo ha llegado hasta nosotros.

Antes de pasar adelante conviene describir los pormenores de este lugar, mencionado por todos los cronistas y escritores de la época que al igual que los monjes quedaron impresionados por su gratí­sima belleza natural.

El terreno adquirido por los carmelitas comprende el Promontorio y Vega, conocido entonces por San Nicolás de Ugarte; San Nicolás por las razones antes apuntadas, cuya ermita era muy visitada por los marinos y gente de mar que frecuentaban aquellos parajes, y Ugarte, por significar “lugar entre aguas”, como bautizaron los naturales con acierto, por la coincidencia de los dos rí­os Galindo y Nervión.

Los lí­mites eran; de N a S, la rí­a de Bilbao y el Galindo, y de E a W, desde la confluencia de los dos rí­os en la Punta hasta Urbinaga, alargándose la Vega por el NW hasta la jurisdicción de Portugalete “que dicen ser la fuente de la Salverilla”.

La parte alta al Promontorio vení­a elevándose desde Urbí­naga hasta alcanzar su máxima altura, unos 27 metros, en su lí­mite con la parte de Baracaldo, y la Vega era el terreno bajo, formado por arenales, a veces barrido por la marea que adosado bajo el Promontorio se extendí­a desde este a la Rí­o del Nervión. En total representaban unas 40 hectáreas, de las que 30 correspondí­an a la Vega.

La estratégica posición de este pequeño montí­culo permití­a contemplar el magní­fico panorama marino y campestre que le rodeaba y por si fuera poca se hallaba entonces cubierto por el boscaje y la floresta que lo alfombraba de verde. Paraje encantador, lamido en su base por las aguas que casi lo convertí­an en isla y desde el que se podí­a contemplar también la airosa lí­neas de los bajeles que con sus velas a medio trapo salí­an o entraban en Bilbao.

Todo esto, unido al silencio y apartamiento del lugar subyugó a los monjes y se decidieron a levantar en él su Convento del Desierto de San José de la isla.

Comenzaron por arreglar la antigua ermita de San Nicolás que dejaron fuera de la clausura y sin retirar la imagen del Santo Obispo de Bari, que dejaron visible, colocaron en el centro del altar la bendita figura del Nª Srª del Carmen, en1804, imagen esta última que iba a tener gran influencia de fieles devotos y correr una historia triste después de presidir durante lustros las ansias d sus muchos devotos.

Sucesivamente levantaron la iglesia y convento con sus celdas, así­ como las ermitas para que los monjes pudieran retirarse a una mayor soledad y recogimiento como manda la Regla.

La iglesia fue puesta bajo la advocación del Glorioso Patriarca San José que se entronizó en el altar mayor y en los dos altares laterales, la Virgen del Carmen en el del Evangelio y Santa Teresa de Jesús en el de la Epí­stola.

Las paredes del templo quedaron enriquecidas con la colocación de once hermosos lienzos pintados en Sevilla, donados por D. José Loizaga de Galdames que al ser enviados por mar fueron detenidos por corsarios ingleses y sufrieron algunos daños. Nueve de estos lienzos pueden ahora verse en la Basí­lica de Nuestras Señora de Begoña, Patrona de Vizcaya, en las naves laterales, y como se recordará, fueron restaurados hace pocos años, luciendo en todo su esplendor.

Así­ también, se conservan en el Carmelo de Begoña otros dos retablos que los monjes colocaron en San José de la Isla: uno dedicado hoy al Sagrado Corazón de Jesús y otro a la Virgen de Lourdes.

Atendida la parte espiritual y del culto, los carmelitas tuvieron que dedicar también su atención a la agricultura, con el fin de procurarse el necesario sustento. Para ello y en principio dispusieron un terreno de huerta en la ladera que mira a Baracaldo, en el extremo más empinado del monte, fuera de los muros de clausura, y en ella cultivaron acelgas y otras hortalizas y hermosas flores para el altar. La parte forestal, respetando los robles y castaños y otros que ya existí­an de antiguo, fue repoblada con denuedo con nuevas especies, como pitas, encinas, fresnos, álamos, chopos, pinos, cipreses, naranjos, limoneros, parral, manzanal y como señaló el Barón de Humboldt, dos palmeras datileras, procediendo muchas de las plantas de sus viveros propios.

En el reconocimiento que hemos efectuado hace unos dí­as no hemos hallado ningún ejemplar arbóreo de tan variado inventario (unos 6.000 eran los existentes) pues el bosque fue cayendo a causa de las talas y de las necesidades militares que hicieron del Promontorio un baluarte inexpugnables en varias ocasiones. Aunque ahora existe arbolado, este procede de plantaciones posteriores y son plátano y acacia.

En los lí­mites que hemos fijado y dentro del impresionante marco natural ya narrado, desarrollaron los monjes su vida de retiro espiritual, ejercitándose en la rigurosa práctica de sus deberes conventuales: escasa comida y nada regalada, pues prescindí­an incluso de sus magní­ficos pescados que entonces abundaban en las pesqueras de su Vega, o en las cercaní­as, como truchas, angulas, lampreas, salmón fresco, ostras, lenguado, langostas, meros, besugos, congrio fresco, lubina, merluza fresca, barbarines y sólo admití­an bonito, abadejo y sardinas.

Dormí­an en camastros y durante muchos años los pisos de las celdas fueron de tierra pisada y sus paredes sin revocar. Practicaban duras penitencias con cilicio y mortificación constante y después de estar acostados se levantaban a media noche para cumplir sus rezos en el coro al ser convocados por la campana, así­ en verano como en invierno. Hablaban poco, y toda su atención se concentraba en la contemplasción de la Naturaleza que les elevaba hasta el Creador.

Digamos para completar el cuadro que aunque los veranos el clima brindaba delicioso en el Promontorio de la Isla, los inviernos eran durí­simos por causa de las fuertes lluvias, nieblas y frí­os que hací­an padecer constantemente a los religiosos, que todo lo sufrí­an por Dios.

La huerta que antes hemos indicado y primera que tuvieron los monjes en San José de l isla ocupaba relativa extensión y dado que la tierra no era profunda pues el monte es un macizo rocoso cubierto por delgada capa terrosa y también quizá por la acción de los vientos dominantes la producción era escasa y de mala calidad que no bastaba para atender las exiguas necesidades de estos varones de Dios que bajo el Promontorio permanecí­a improductivo. La semana pasada en nuestra visita al antiguo lugar observamos en el sitio que ocupó la huerta, unas coles en periodo de crecimiento como testimonio actual del servicio que antes habí­a prestado a los carmelitas.

Por la razón apuntada iniciaron los ardorosos monjes el cultivo de la esplendida Vega que por circunstancias especiales merece que nos detengamos en ella pues la  sorprendente y persistente labor allí­ realizadas iba a señalar a los descalzos del Carmen como los precursores en el mundo de los riegos con agua del mar.

Isidro Esteban Gómez

1965

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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