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Un paseo por las Encartaciones

Un paseo por las Encartaciones

Img_Museo_EncartacionesHay grande y pequeño turismo. Raro será que una provincia española no pueda ofrecer al conocimiento de las gentes una variedad de motivos cautivadores. Quienes más obligados están a sentirse interesados son los habitantes de la capital, porque muchas veces esos motivos marcan–sobre todo los de carácter histórico, arqueológico y étnico o–huellas de diversas etapas, precisas, a lo largo del tiempo, para generar y for­mar la gran ciudad representativa de la provincia.

Pero hay todaví­a más pereza o más indiferencia para el pequeño que para el grande turismo. Las gentes de la población no transitan por su propio paí­s. Se deberí­a estu­diar el poderí­o aprisionador del asfalto. Aquí­ mismo, en Vizcaya, a pesar de ser la ex­cursión un tentador medio de complacer la afición suavemente epicúrea de la raza, son escasos los amigos del turismo provincial. Claro está que nada cuenta ni nada nos in­teresa ese furor de llegar con jadeos, en minutos cronometrados, a lo alto de un monte, ciegos los ojos a la belleza y hermética la inteligencia a la contemplación. El turismo, la excursión, de propósito entrañable, es otra cosa más intelectual, más noble.

Esta forma de turismo no puede satisfacerse con motivos simplistas. Necesita un complejo de atracciones, casi logrado en Vizcaya. No hay por qué entretenerse en un esfuerzo literario para exaltar la belleza del paí­s. Sobre esa potencia básica de capta­ción, están numerosos motivos de orden sentimental. Noto en la Diputación un inte­ligente y mantenido interés por realzar cuanto en la provincia es no sólo hito cronoló­gico de las etapas de formación histórica, sino también por salvar del olvido recuerdos venerabilí­simos y por enaltecer valores espirituales. Aparte de la atención inexcusable al santuario foral de Guernica, aparece ese interés en restauraciones como las de la Colegiata de Cenarruza, Santa Marí­a de Gí¼eñes y la Iglesia juradera de Larrabezúa.

Poco hará que hallé nuevas muestras de ese empeño. Uno de esos dí­as soleados que han sido regalo de la primera quincena de noviembre, transité por las Encartacio­nes. Delicia sobre delicia. La Encartación es en Vizcaya su parte profundamente diná­mica. Costa y mina, labrantí­o y arboleda, horno y naví­o. Además, un sacro osario de España, porque en estas montañas cercanas vino la muerte a reducir el odio cruento de hijos de la misma matriz patria. Y este trozo de historia española sí­ que nos llega al alma. Hay instantes en que el curso de los acontecimientos ha impuesto a la Huma­nidad virajes repentinos. Los examinamos hoy con frialdad crí­tica. En pequeño, estos montes encartados fueron testigos de un viraje nacional. ¿Qué hubiera pasado con una definitiva derrota liberal? ¿Qué organización polí­tica la nuestra, cuál nuestra posición en Europa? La etapa histórica decidida en estos montes actúa sobre nosotros. Destino inquieto el de la Encartación; suelo de lucha civil de banderizos, donde hasta los idio­mas han peleado y se atrincheran perennes en sus posiciones: un vascuence Ocharan, valle frí­o, en lí­nea frente a un castellano Mal-abrigo, situado a poco trecho. La calzada latina, que desde Castro pasa por Avellanada, fue también camino abierto para las le­giones del romance.

Como un sí­mbolo, aparecen contiguas las dos casas del linaje de Lope Garcí­a de Salazar, la casa de paz y la casa de guerra. Esta última, la torre de los Muñatones, es hoy una ruina bellí­sima. El mismo Lope Garcí­a fue una sí­ntesis de lucha civil. Su pro­pio hijo le puso cautivo. Pero este don Lope tení­a espí­ritu inapresable y dentro de la torre le volaba libérrimo para extenderse sobre las páginas de las Bienandanzas e For­tunas, libro engendrado en prisión, como más tarde habí­a de serlo el Quijote. A este Lope Garcí­a de Salazar le hablan sorbido el amor las lecturas, y mandaba traerlas de lo cercano y lo remoto para así­ constelar de saber su entendimiento, como de estrellas consteló su escudo y de hijos la tierra.

Fue cerca de este lugar donde hallé la primera muestra del afecto de la Diputación hacia las calidades espirituales del paí­s. Una carretera, llena de prisa por escalar la cima lleva a un lugar de toponimia paradójica: Montellano. Junto a la casa en ruinas donde nació Trueba, acaba de erigirse el monumento al poeta. El escultor Manolo Basterra ha logrado una obra moderna, de sentido grave y religioso. En un pequeño recuesto, con el adorno de árboles y yedra, quedará evocada la memoria de Antón, como un rincón apartado de poesí­a, meditación y olvido. Más adelante, pasada la angostura de Sopuerta, me salió al encuentro la segunda prueba. La cárcel de Avellanada ha estado hasta hoy peor que abandonada. Una restauración antañera fue de tan escaso acierto que pudiera creerse se entregó el lugar al olvido por sonrojo. Pero en la exigua plazoleta, situada ante la cárcel, se reuní­an las Juntas de la Encartación, bajo el dombo de un roble ya desaparecido, emblema gemelo al de Guernica. Pretende ahora la Dipu­tación restaurar el abandonado edificio con conocimiento y largueza; decorarlo con sobriedad, y acaso plantar de nuevo ante su escudo pétreo un retoño de árbol foral para renovar, con todo su significado histórico, venerable y sentimental, el recuerdo de instituciones jurí­dicas peculiares. Hay en estos propósitos una elegancia tan inhabi­tual, que merecen ser divulgados para que la misma publicidad constituya un compro­miso con el paí­s. De cuánto deben ser agradecidos, de qué elogio merece este saber elevarse sobre la mera función administrativa, cada hombre de corazón adicto al solar dará la medida.

Repara esta atención de ahora olvidos inexplicables tenidos con este trozo magni­fico de Vizcaya. Cada paso en la Encartación es una variante de su universalidad Tierra castigada por azotes apocalí­pticos, como el hambre y la peste de 1599, que hizo salir de la parroquia valmasedana las mejores’ joyas de culto para ser empeñadas y allegar recursos. Tierra donde, por batallar todo, batallaban Jesús y Belial en la conciencia de las gentes, y llegaban saludadores e inquisidores a exorcizar o a prender la pira purificadora. Aún hoy tiene Zalla su imagen milagrosa contra el sortilegio–San Pedro ad Vincula, según el calendario; San Pedro Zariquete, según el vulgo–, y todos los años, el primero de agosto, acude una legión de poseí­dos para que esta imagen arcaica, de estilización bizantina, les desahucie los malos huéspedes. ¡Ah! Pero la tradición, aun siendo de las más vulgares, siempre deja su sello atractivo. Aquí­ fue donde la bruja de Zalla predijo a don Pedro el Cruel–ese rey merecedor de una inter­pretación shakesperiana–la muerte próxima, en un plazo exacto y cumplido, a manos fraternas. Macbeth hubiera encontrado aquí­ también la voz del Destino.

Esta tierra de espí­ritu vivo, agitado por tanta levadura castellana, ha obtenido menos dulzura que el resto de Vizcaya. No es hora de señalar diferencias ni hay por qué enumerarlas. Pero la Encartación ha sido y es el aliento sin reposo del paí­s. Se han librado en su seno las batallas de cada época. Lucha de linajes con el feudalismo; lucha de legitimidades reales después. Las batallas inminentemente futuras, las sociales, también aquí­ se librarán. Como una última avaricia, los dioses en derrota encerraron un tesoro en el suelo encartado, y a la hora de la revelación todo el paisaje gimió bajo la amenaza de hombres cargados de preocupación geológica. Mas también, como una postrer generosidad hicieron brotar en el somo de un monte el perpetuador lí­rico del paisaje, el hombre de mirada perdida en el infinito, de palabra armoniosa, de ojos enamorados. Antonio Trueba sintió con unción filial el amor a su tierra y, en tanto otros la horadaban y volcaban, él la ganaba para la belleza permanente y hubiera sabido cantarla mientras hubiese una flor en sus montañas, porque una flor es universalidad para un poeta: es forma, color, aroma, germinación y muerte, ciclo vital.

Avellaneda será un relicario histórico, con su retoño foral arraigado de nuevo en suelo encartado, como aquel extinguido que recibí­a el tí­tulo de druidismo civil, tan caro a los vizcaí­nos. Montellano será la conmemoración de que allí­ cayó ese don excepcional de Dios, que es un poeta. Preocupaciones de buen gusto las de nuestra Dipuación, purificadoras de muchos olvidos. La Encartación puede llenarse de hitos evocadores, inteligentemente discernidos, ante los cuales el vizcaino de aficiones nobles perciba el honor de su pasado con toda exactitud, sin halagos fetichistas. El paí­s puede tener una potencia multitentacular de cautivación. Es bello, y sobre este valor natural, fácil es ir acumulando valores intelectivos y sentimentales. Una orientación de tan fino espí­ritu merece no interrumpirse. Ante el paí­s y ante sí­ propia, debe considerarse emplazada nuestra primera Corporación.

23-11-1930

Por Joaquí­n Adan

LGEV, tomo VII

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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