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El Pastor de Arnabal (Leyenda)

El Pastor de Arnabal (Leyenda)

Foto7_m_BArnabal fue una zona minera situada en lo alto del barrio barakaldés de El Regato. Como población minera tuvo su importancia ya que contó, aparte de las minas, con su propio ferrocarril minero, con oficinas, con el cuartel de la Guardia Civil y con escuelas para niños y niñas. No estará de más recordar tanto a don Martí­n Santurtun, como a Doña Marí­a Luzar y Marí­a Luisa Trigueros, maestros que allí­ impartieron clases.

***

Corrí­an los últimos años de la década de 1920, cuando por la serpenteante carretera que une Retuerto con El Regato -actualmente buena parte de este antiguo camino está cubierta por las aguas del pantano- caminaba un mocete cuya edad no parecí­a superar la docena de años “. Su rumbo era incierto lo que mostraba que la ignorancia o las circunstancias le hicieron tomar el camino de la cuenca minera barakaldesa. El lento caminar del flaco y pálido muchacho denotaba cansancio. Sus paradas y largas sentadas, junto al cantarí­n rí­o Castaños, hací­an sospechar que el rapaz habí­a huido de su casa.

En las aguas frescas lavó sus hinchados pies así­ como su sudorosa cara y cabellera, a la vez que saciaba la sed de su reseco gaznate en la milenaria fuente de Iguliz. Tras un breve descanso siguió su jadeante caminar hasta el lugar de Aranguren, no sin antes haberse provisto de una buena colgotada de sabrosas paví­as, que guardaba entre su sucia y rota camisa y la cuerda que sujetaba su pantalón corto, del que cabrí­a pensar que su anterior propietario tuvo más anchas sus posaderas.

Anochecí­a ya cuando escuchó el lejano sonar de las esquilas y cencerros de un rebaño. El chaval tomó acomodo entonces junto al riachuelo, donde pretendió reconciliar el sueño. La noche era clara y las estrellas fugaces correteaban por el espacio como queriendo ser juguetes del pobre vagabundo. No tardó mucho en dormirse en lo más profundo, cuando sus ilusiones se vieron desveladas por el berrear de las ovejas. En su ansia por beber agua en el rí­o casi pisotearon al delgaducho muchacho. Siguiendo a las ovejas apareció el pastor y, junto a él, su peludo y vivaracho perro que atendí­a al nombre de Batxi, cuyos ladridos eran coreados por la palabra cariñosa de su dueño, llamado Nicasio, que al amanecer iniciaba la marcha para pastorear en el nuevo dí­a.

Se frotaba los ojos el pequeño trotamundos cuando el viejo pastor le preguntó:

–          ¿Qué haces tú por aquí­ muchacho?

–          Voy camino de las minas en busca de trabajo -respondió el muchacho.

–          Creo no equivocarme al decir que tú no eres de por aquí­, ¿verdad? -insistió Nicasio.

–          No señor, soy asturiano.

–          Lo mejor que puedes hacer es venirte conmigo y reponerte un poquito pues mucho me temo que no sirvas ni para llevar el botijo del agua de los mineros -le propuso el pastor.

–          Creo que tiene razón, estoy desfallecido y me cuesta hasta andar.

–          Pues vamos al prado y repartiremos la comida para los dos -propuso Nicasio.

Amena resultó la jornada para el pastor, pues no le faltó diálogo con un semejante y no con su perro, como acostumbraba. Bien comenzaron las cosas y el pequeño trotamundos dejó de serlo para convertirse en el zagal del rebaño. El trato y contrato consistió en seis ovejas del rebaño con sus crí­as al año, comida y ropa. í‰stas fueron las ofertas que hizo Nicasio y que, a su vez, fueron aceptadas por el pequeño asturiano.

Después de comer, Nicasio quiso saber y nada mejor que preguntar, ya que era necesario que el chaval se identificara porque pudieran estarle buscando los familiares, y él no podí­a ni debí­a ser encubridor del abandono del hogar por parte de un menor.

–          Me parece muy bien -dijo el chiquillo-. Me llamo Florentino Cercilla y soy asturiano. Mi abuelo murió hace algo más de un mes y hace unos dí­as me escapé de su casa. Al verme solo decidí­ marcharme para recorrer el mundo.

–          Bueno -dijo el pastor- ¿Pero es que no tení­as más parientes para haberte quedado con ellos?

–          No, no tení­a a nadie más que a mi abuelo, y los vecinos no me trataban nada bien. Me decí­an que yo estaba endemoniado y nunca me dedicaron palabras cariñosas. Cierto es que algo hay en mí­ que no comprendo, ya que cuando pretendo hacer las cosas bien algo hace que me salgan mal. Mi abuelo me reñí­a constantemente, y también me acuerdo de algo que murmuró en cierta ocasión y que le entendí­, como que si yo era fruto de un crimen pasional, pero nunca supe que era eso. Y ahora me estoy dando cuenta de que debí­ marcharme mucho antes de aquel lugar en que sólo recibí­ desprecios a mi persona.

–          ¿Y cómo se llama tu pueblo? – preguntó una vez más el interesado pastor.

–          No se lo puedo decir, pero sí­ que recuerdo que era muy sucio, las caras de los hombres casi siempre estaban pintadas de carbón. Eran mineros. También habí­a rebaños de cabras por los montes y vacas blancas y negras por los prados – comentó una vez más el chiquillo.

–          Casi me estoy figurando que tu pueblo pertenece a la zona minera asturiana, quizá pudiera ser La Felguera. ¿no?

–          Pues algo así­ me pareció que lo llamaban -acertó a decir el joven asturiano.

* * *

Pasaron los años, y de aquel famélico muchacho que llegara de la cuenca minera asturiana sólo quedaba su casi extinguido acento astur al hablar. Su figura también habí­a cambiado. Era un

buen mozo resultón, aún cuando sus modales eran bruscos y su carácter seguí­a siendo más bien huraño. Pese a estos inconvenientes no se perdí­a el ir a las romerí­as, bien de Cruces o las del mismo El Regato, así­ como la de San Ignacio en Bengolea. Las chicas le poní­an buenos ojos a los que él no rehuí­a. Lo malo era cuando ellas se enteraban de que era pastor, entonces ya no resultaba un buen partido, ni tan encantador.

Todas estas cosas y otras muy similares no pasaban desapercibidas por la mente de Florencio. Poco a poco le fueron minando su pensamiento. í‰l querí­a ser algo más en la vida: tener dinero para recrear su vanidad La monotoní­a pastoril le hizo ser taciturno y hasta Batxi, el pequeño y fiel compañero, solí­a pagar las consecuencias de su mal humor.

Nicasio pronto se dio cuenta de aquella transformación y cierto dí­a dijo:

¿Qué te pasa hijo? Te veo muy triste y pensativo, y eso no es bueno y puedes enfermar. Debes volver a ser alegre.

Gracias por su interés -dijo Floren muy apenado- hay algo dentro de mí­ que me abrasa las entrañas. Es el ansia que me dice que debo de salir de la pobreza y ser un hombre de ciudad y no un rudo patán del monte.

Aún eres muy joven y tú bien sabes que yo no estoy sobrado de salud, así­ que cuando yo muera, tú serás mi único heredero. Cuando esto ocurra -continúo Nicasio- puedes vender el rebaño, y con los ahorros que poseo podrás rehacer una nueva vida … pero para esto tendrás que esperar a que Dios me llame.

– ¡Gracias, muchas gracias! Es usted muy bueno… y ya quisiera yo parecerme a usted – susurró Florentino.

* * *

Eran los primeros dí­as del mes de marzo del año 1933 cuando, en la sobremesa nocturna de la rústica cabaña pastoril, conversaban los dos pastores bajo una temblorosa y tenue luz de un candil de carburo.

–          Dentro de muy pocos dí­as tendré que ir a Deusto para llevar una buena punta de corderillos. Se acerca el dí­a de San José, y allí­ son muy dados a comer cordero asado en la romerí­a y nunca regatean el precio. Así­ que será una buena parte de dinero para engrosar nuestros ahorros.

–          Lo que usted diga -acertó a decir el taciturno Florentino, cuya mente vagaba en el más allá y sólo Dios sabí­a con qué raras intenciones.

Amanecí­a la fresca y prometedora mañana de un nuevo dí­a cuando Nicasio emprendí­a la marcha con dirección a Bilbao. Un pequeño borriquillo tiraba de un carro y su mercancí­a eran unos corderitos que, con lastimero balar, parecí­an conocer su triste destino. Junto al carricoche saltaba Batxi presintiendo que su dueño iba a prescindir de él, como así­ fue. Los lastimeros ladridos del fiel animal se dejaban oí­r hasta su paso por Mesperusa y, obediente al fin, tomó camino atrás para ponerse a las ordenes del zagal que, siguiendo la costumbre una vez más, ascendió con el rebaño hasta los pastos de Treskilotxa, donde pasarí­a la jornada.

Anochecí­a ya cuando el zagal, con buen criterio, tomó su larga vara de avellano a la vez que silbaba al fiel Batxi que, decidido y ladrador, puso en marcha a las remolonas ovejas. Pudo haber sido pura coincidencia, pero lo cierto fue que al lado del redil se juntaron de pronto con Nicasio, que acababa de llegar de Bilbao y que con aires de triunfador dijo a Florentino:

–          Hoy he hecho un buen negocio, he cobrado casi el doble de lo que yo creí­a ganar en el trato … Y vosotros ¿qué tal?

–          Por aquí­ no ha habido ninguna novedad y tanto el perro como yo hemos estado tranquilos – dijo Floren.

–          ¡Me alegro mucho! -dijo Nicasio al tiempo que sacaba del bolsillo un pequeño saquete de cuero con un buen montón de monedas cuyo sonido denotaba que eran de plata.

Una vez contadas y sonadas las piezas en la rústica mesa que habí­a en la cabaña, Nicasio apartó aquélla a un lado y tras levantar una tosca piel, que hací­a las veces de alfombra, apareció un agujero en el suelo en cuyo interior podí­a verse un viejo perol. Contení­a un buen montón de monedas, así­ como un buen fajo de billetes enrollados.

Todo este dinero será tuyo, querido Floren. Todo será tuyo cuando yo muera. Como ves no quiero tener secretos contigo, y menos ahora que no estoy muy sobrado de salud. Así­ que si algo ocurriera ya sabes dónde está el dinero.

–          ¡Es usted muy bueno, Nicasio! -tartamudeó el zagal-. Es mucho dinero el que me confí­a y, a veces, es mejor ignorar para no tener malos pensamientos.

Ordeñaron las ovejas y después de una buena cena con pescado frito y unos pastelitos, que Nicasio habí­a traí­do, finalizaron la jornada. Después, tras el obligado y breve diálogo bajo la luz del candil, se acostaron. Florentino a penas pudo conciliar el sueño. En su mente se dieron cita todos los males que su cuerpo albergaba, y pronto surgió el deseo de matar para adueñarse del dinero de su bienhechor Nicasio. No tuvo problemas para cometer el crimen. Un certero hachazo fue el final de una vida humana. El improvisado verdugo tuvo que dar un nuevo golpe de hacha para decapitar a Batxi, cuyos lastimeros aullidos podí­an levantar sospechas anticipadas.

* * *

Una vez realizado el crimen era necesario preparar la huida, cosa que Florentino realizó con rapidez, ya que sólo querí­a el dinero. Tomó rápidamente la subida del monte por la Arboleda, y siguiendo las ví­as del ferrocarril minero se adentró en Somorrostro para continuar camino de Santander.

Los vecinos de El Regato pronto se extrañaron de que las ovejas de Nicasio no salieran a los pastos. Se dio la alarma a la Guardia Civil de Amabal, y tras no muchos dí­as dieron caza al malvado Florentino cuando ya estaba en la capital de la montaña. Convicto y confeso fue condenado a cadena perpetua, condena que realizó en el Penal de Santoña.

El 18 de julio del año 1936 fue un gran dí­a para el malvado Floren. La guerra civil española fue su momentánea salvación ya que le ofrecieron alistarse en el ejército como voluntario para ir al frente de batalla. Equipado como un miliciano más fue destinado al frente de Otxandiano donde las escaramuzas de Villareal de ílava y Ubidea fueron en parte la tumba del ejército vasco.

En la densa niebla de cierto amanecer, cuando la tropa tomaba su mí­sero desayuno, una bala perdida encontró lugar donde acomodarse. Fue en la cabeza de un soldado que se distinguió más por su cobardí­a que por su coraje. El muerto era Florentino Cercilla, al que nadie lloró por su muerte, ya que ésta la llevaba dentro de su perverso corazón.

4 Comentarios

  1. Begoña Ibáñez Avendaño

    La leyenda “El pastor de Arnabal” está escrita por mi padre, Carlos Ibáñez López, y está recogida en el libro “Barakaldo Cuentos, Leyendas y Sucedidos” publicado en el 2006 en las páginas 145 a 149. Se trata de la misma fuente de la que se han obtenido las leyendas que, en esta misma web, se publican correctamente con la autorí­a de Carlos Ibáñez López.
    Espero subsanen el error mencionado.
    Atentamente. Begoña Ibáñez Avendaño

  2. Ezagutu Barakaldo

    Lo hago con mucho gusto. Mi admiración por el trabajo que realizó don Carlos Ibañez es evidente y se lo manifesté muchas veces personalmente. La Historia de Barakaldo le será siempre deudora.

  3. Antón Sánchez

    Es muy facil equivocarse. Llamar a una puerta equivocada. Todo está en el aire. Escribir en el sitio inadecuado. Sin embargo… solo es comprensible si se entiende que LO MISMO DE AQUI FUí‰ ALLI.
    Entonces EL PASTOR Y LA LEYENDA SE REPITE AQUI Y ALLI… ES EL MISMO AIRE.

    HUELLAS DISTINTAS SOBRE LA VIÑA

    Son las primeras luces del invierno venidero, y Pedro se baja del autobús como cada mañana laboral en su pueblo natal. Pedro camina y sube la primera cuesta del dí­a. Lo hace desde un espí­ritu apacible, lleva muchos años desempeñando el mismo puesto. Mas de veinticinco posiblemente. Pero Pedro para mi mas que piedra significa roca, persiste en su tiempo disfrutándolo según que posible. Cumpliendo su misión existencial incluida la propia. Cosa tan fundamental… si se quiere hacer bien lo de obligado cumplimiento. Que en ocasiones es duro, difí­cil.

    Lejos de ir directo a su lugar de trabajo como dispone de tiempo, quizás minutos mejor dicho en los términos de existencia y obligaciones laborales. Pedro siempre, todos los dí­as rodea el pueblo respirando cada mañana. Perdiendo su mirada en el estupendo y grande entorno que es el paisaje. Incluso fijándose atentamente en esta o aquella piedra del entorno que en un pasado bastante distante fue fortaleza. Vigila, si se movió ésta o aquella piedra. Es muy critico, ama su pueblo y quiere que mantenga su natural esencia. Lógicamente comprende la evolución necesaria y acorde de los tiempos.
    Pedro pierde su mirada como pájaro que vuela hasta aquello que es horizonte, o cordillera rocosa. Le gusta mirar al Toloño, observar que peinado de alguna manera lleva. Por que las nubes peinan y despeinan en su cresta según esa circunstancia metereológica que es como el devenir de los seres humanos. Difí­cil aunque lo intentemos predecible, observando el presente y contrastando con el pasado. Pero nunca de manera definitiva y si mas bien referenciado a lo que posiblemente vendrá. Los lugareños como Pedro, predicen el dí­a que viene con solo mirar hacia el Toloño.

    Todos los dí­as no son iguales, jamás. Ayer la viña era mas verde y hoy enrojece. Pasando los dí­as de la vendimia la vista de los campos va cambiando a tonos rojizos. Como el vino que va fermentando en los lagares. Unos para envejecer y otros para ser o intentar ser siempre jóvenes. Cada mañana tiene un paladar original y distinto. í‰l es un reserva y llegará a gran reserva.

    Isidro con la chaqueta puesta dado que el norte es presente y el sol todaví­a tan solo se vislumbra en su resplandor iniciático. Lanza su mirada igualmente hacia el fondo. Observa la mañana, saca conclusiones y se dirige a buscar el coche. Necesita observar el progreso de la tierra desde cerca. Es posible que lo haga casi todos los dí­as, incluso festivos. No obstante puede eludir como no puede evitar un dí­a de tormenta, helada o nieve ir a ver como está esa tierra. Como afectado es el fruto cultivado.

    Como en todas partes la realidad está tejida del mismo hilo. Sin embargo ese hilo genera formas bien distintas unas de otras. El espacio la circunstancia y el tiempo junto con algo así­ como la providencia genera esas diferencias. La voluntad de los hombres unidos también interviene. Pero las diferencias les separa, las preocupaciones (probablemente las mismas sin duda), inquietudes, alegrí­as y necesidad de sentirse… vivos. Cosa que toda persona escoge dentro de sus posibilidades y libertad. Con respeto reciproco.
    Mirar hacia el paisaje desde aquí­ arriba siempre lleva a la expansión, al orgullo, al sentimiento feliz y de satisfacción, o a la preocupación de conocer que la tierra este año no va bien. O si, pero la realidad humana dice que no. Y es en ese punto en el que Pedro e Isidro conectan. Ambos conocen los resultados de la cosecha antes de ser cosechada.

    Juan abre la persiana de la ventana de su habitación y observa tras las gotas fruto de la condensación la primera luz de la mañana. Ello le preavisa de que afuera hace frí­o.
    A Juan no le gustan las camisas, por ello se superpone dos camisetas de manga larga y se acomoda los vaqueros impenitentes que le caracterizan. Abajo se acomoda su chamarra vaquera con piel de invierno. Abre la puerta con una ilusión que no poseí­a de joven. Como a todo joven nos ha ocurrido en el momento más decisivo de la vida. Aunque se diga que la infancia es fundamental, lo es… pero la adolescencia y la comprensión de lo que hay es importante también.
    Juan tiene un trabajo, proyectos que le exigen esfuerzo sin duda e ideas que va rumiando lentamente. Se pone los cascos con música y se dirige hacia su trabajo matinal. Suena “La granja” de ZZ TOP, calentado su espí­ritu matinal entre los primeros albores de luz.

    Lorena detesta el despertador, le ha dado ya dos manotazos con sus finos dedos. Es tan calido el calor bajo las mantas…
    No necesita saber que dí­a hace, lo presupone. A la tercera o cuarta vez de repetición, en un acto convulsivo se reincorpora y retira las mantas. Empieza el protocolo matinal… como todos los dí­as. No merece entrar en detalles pero para ser una chica que trabaja con buzo azul en una bodega, va guapí­sima y sonriente todas las mañanas. Tiene una sonrisa maravillosa. No se le caen los anillos trabajando, pasa.

    Delfin, como Lorena (son todas iguales) también tiene una sonrisa preciosa, al igual también es protocolaria matinalmente, aunque quizás ya no detesta al despertador, pero le da sus delicados manotazos… Es filosofa, ya no sufre. Toda guapa coge su coche y recorre cincuenta kilómetros, para realizar cientos de informes numéricos, de cifras impronunciables. Todo empieza por veinte euros… y entre la diversidad de productos y centros de producción… un cúmulo de números que hay que organizar… ya no le parece tedioso. Son como los sudokus. Casi semejantes ha los que necesita realizar para llegar a fin de mes.

    Yo soy Lucky, el errante. Saliéndome de la autopista hacia el infierno, recorrí­ trochas y senderos, bosques e incluso el desierto. Yo y mi caballo Jolly Jumper, “el caballo más listo del mundo”. Increí­blemente eficiente, siempre acude en mi ayuda cuando soy secuestrado o encarcelado por mis enemigos. Ambos nos compenetramos a la perfección, de hecho Jolly Jumper entiende lo que le digo y suele hacer comentarios sarcásticos sobre ello. Mi trabajo es así­, intenso y arriesgado, aburrido o sencillo como cabalgar por la llanura. Vivo de ello, ello me lleva la vida. Como a los demás.
    Cabe señalar que estoy enamorado de Delfin, es mi novia. Al principio ella estaba celosa de Jolly. ¡¡Tú siempre por ahí­ con tu caballo¡¡
    Y yo la contestaba siempre…

    “I’m a poor lonesome cowboy, and a long way from home” (“Soy un pobre cowboy solitario, y estoy lejos de mi hogar”).

    No es una búsqueda es un encuentro, vivir es un continuo encontrarse. Y eso está bien.

    Alguien QUE SIEMPRE ES de BARAKALDO

  4. Antón Sánchez

    Muchas Gracias.
    Quizás cuando tenga tiempo vuelva por estas paginas… y siguien la lineas escritas de la leyenda… sea capaz trsladarlas en el tiempo… si es cierto… el pastor sigue reencarnadose. Y Barakaldo por su evolución singular, como singular es toda vida… se repite.
    Es una paradoja hermosa, que cuesta comprender, pero que como decia… de la Verdad Hay que enamorarse.
    Y sobre todo.. SIN VERDAD NO HAY ARTE CABAL. SOLO LO VERDADERO ES DIGNO DE SER AMADO.
    Cosa curiosa, que inventores o personas que traen a la memoria historias, y las llaman leyendas… SON LA VERDAD MAS FERREA QUE PODEMOS SOSTENER.
    GRACIAS.

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