RECORRIDO HISTÓRICO 57: en camino hacia Barakaldo
La Historia de Barakaldo (y su entorno) no puede entenderse sin la continua aportación de miles de inmigrantes que han hecho realidad su actual configuración. Si su propia razón de ser “lugar de paso” en los ejes Norte-Sur (Costa-Meseta) y Este-Oeste (Bilbao-Portugalete) motivó su origen y consolidación, fue el vertiginoso auge industrial del siglo XX el que elevó a la anteiglesia a la categoría de la ciudad que hoy conocemos. Y, junto a este desarrollo urbanístico, la llegada “incontable” de mano de obra. Los “Libros de Bautismos”, por ejemplo, pueden servirnos de excelente fuente para medir el volumen, origen y significatividad de este hecho, como mostramos en otros recorridos[1].
Por puro azar hemos topado con el relato familiar[2] de una de esas familias inmigrantes. En él se describen, con cuidadoso y entrañable detalle, los avatares por los que pasaron sus miembros en la segunda mitad del siglo XX desde su lugar de origen (Andalucía) hasta su asentamiento definitivo en la Anteiglesia. Sólo es un ejemplo del amplio espectro de familias que vivieron similar situación. Agradecemos a su autor (cuyo relato en primera persona mantenemos) la amabilidad tenida con nosotros, al mismo tiempo que indicamos que la mayor parte de los nombres utilizados en este relato (personas o lugares) son ficticios.
COMIENZA MI HISTORIA
Iniciamos la historia en Castillodonálvaro, a pocos kilómetros de Jaén, para decir algo de lo que sabemos de mis abuelos. Por parte paterna, mi abuelo se llamaba Juan Quesada (del que heredamos el nombre) casado con mi abuela Remedios Sánchez; por parte materna, el abuelo Pedro Arjonilla que casó con la abuela Rosario Jaén. Los cuatro nacieron, vivieron y murieron en Castillodonálvaro.
Yo, aunque conviví muy poco con ellos, tuve la suerte de conocer a los cuatro cuando mis padres me llevaban de visita. Mi abuelo Juan, físicamente, se parecía bastante a mi padre aunque más pequeño y con el pelo tirando a rubio, como mi hermano Santiago. El abuelo Pedro era todo lo contrario: alto y de gran corpulencia. Las abuelas, en el físico, coincidían con sus maridos. Mi abuela Remedios era pequeña y con el pelo completamente blanco (dicen que lo tenía así desde los veinte años). Mi abuela Rosario era bastante alta, más bien delgada y morena. Así que, en cuanto a estaturas, las dos parejas se igualaban entre sí. A mí me gustaba estar con los abuelos maternos, tal vez porque jugaban más conmigo. A los otros también les tenía cariño, aunque puede que se debiera en parte a los plátanos que me daban de un puesto que tenían en la plaza.
Dicho lo que sabemos de la primera generación, voy a resumir un poco lo más significativo de mis padres: Juan y Asunción. Ambos nacieron, crecieron y vivieron en Castillodonálvaro hasta un año después de casarse. Mi padre al igual que mi abuelo Juan, era de complexión normal, moreno y más bien bajo, pero de gran talla humana, de carácter serio, que supo transmitir a todos el respeto a los demás y el valor de la palabra que, para él, cuando la empeñaba con un apretón de manos, tenía tanta fuerza como la firma de un notario. Fue el segundo de tres hermanos.
Mi madre, tercera de nueve hermanos, morena, heredó el físico de mi abuelo Pedro en cuanto a lo fuerte, pero en la altura se quedó algo más baja. Era una mujer de trato afable muy abierta a la amistad con todo el mundo. Aún me llena de satisfacción hoy, encontrarme con personas que me dicen que la querían mucho, porque ella siempre les trató como si hubieran sido de la familia. Los dos castillodonalvarenses se casaron en 1930 en la Parroquia de Santa María, de gran valor histórico y la más importante de Castillodonálvaro; allí bautizaron también a mi hermana mayor, Mercedes, que nació un año después.
TRASLADO AL CORTIJO
Después de haber vivido su primer año y medio de matrimonio en su pueblo natal, en 1931 decidieron arrendar el cortijo denominado FUENTE-CLARA próximo a Torempardo. Allí nacimos los otros once hermanos, sin médico, con la única ayuda de la “partera” y las penurias de mi madre, que vio como tres de sus hijos no llegaron a ver la luz de este mundo y otras dos la vieron muy poco tiempo (Violeta, seis años y Puri, tan solo ocho meses), producto sin duda de la pobreza y miseria de la época, agravada por la guerra que, si bien mi padre no participo en la misma, sí sufrió las consecuencias, estando preso casi dos años en dos campos de concentración.
Al segundo, que distaba de Torrempardo unos 50 kilómetros, me cuenta mi hermana Lourdes que las llevó un tío de mi padre en un mulo, metidas ella y Violeta en cada uno de los serones y Mª Luisa, de corta edad, bien en brazos, bien andando o a lomos del callado mulo. De estos episodios de la guerra nunca hablaron mis padres, puede que por no revivir momentos amargos o por no sembrar odios en nosotros. No seré yo el que indague ahora y sólo he reseñado este hecho por la dureza que debió suponer recorrer 100 kilómetros en un mulo con tres criaturas pequeñas para darse fuerza con su presencia el uno al otro en tan duras circunstancias.
Pero volvamos a Fuente-Clara. Allí vivimos hasta 1951, año en que mis padres consiguieron comprar media casa en Torrempardo (Jaén) que constaba de un edificio (Planta baja: cocina con chimenea, habitación y cuadra con corral para el ganado. En la parte de arriba: cuatro dormitorios. En la delantera: una fuente importante procedente de un manantial, de la que posiblemente le vendría el nombre y a la que acudía gran cantidad de gente a comprar el agua, que se vendía según épocas desde 0,05 céntimos hasta 1,00 peseta el cántaro en la última etapa. El sobrante de la fuente se recogía en una alberca que se utilizaba para regar y bañarse en los meses de calor) y un terreno (la superficie total era de unas cinco fanegas, una hectárea aproximadamente de extensión. Una parte se dedicaba a regadío para huerta y el resto para sembrar trigo, cebada, alpiste, garbanzos, lentejas y maíz, que yo recuerde. Los trabajos al principio se realizaban con una yunta de bueyes pero como estos salían caros por su mantenimiento se cambiaron por un mulo y los brazos de mi padre). Mis hermanas mayores, mi madre y los más pequeños nos dedicábamos al cuidado del cortijo donde las gallinas, los conejos y los cerdos nos proporcionaban la parte más importante de la alimentación, completada con el pan que hacía mi madre de la harina que molía en una piedra circular. Lo malo que recuerdo de aquellos cerdos es que nunca daban jamones, pero tenían un tocino muy sabroso para untar. El precio que se pagaba por el arriendo era el que se denominaba “al tercio”: mi padre tenía que poner las semillas, los abonos y el trabajo y cuando se cosechaba se hacía el reparto: 2/3 para mi padre y 1/3 para el dueño, acompañado probablemente de los jamones de los cerdos que nunca aparecían en casa.
Mis hermanas siempre han dicho que cuando nací yo tuve cierto privilegio de mi padre por ser el primer chico, después de ocho chicas. Yo no recuerdo tales prebendas de esa época aunque sí que, cuando mi padre iba a Castillodonálvaro con el mulo, me llevaba a mí solo. Creo que es porque Damián y Santiago eran muy pequeños y porque el mulo no tenía más plazas. Como compensación yo les traía unas cachavitas de caramelos y el olor de los plátanos que me había comido.
En esta época del cortijo, y con mis hermanas ya mayores, cuando se celebraban las fiestas en Torrempardo, mi padre alquilaba un balcón de una casa que daba a la plaza para ver las vaquillas. Años después, cuando he vuelto al pueblo, me he sorprendido de la suerte que nos acompañó al librarnos no de las vaquillas sino del accidente que pudo haber ocurrido en el balcón, cargado con toda la familia, más los novios y algunas amistades; toda una prueba de buena construcción y de imprudencia de los ocupantes.
EN TORREMPARDO
Transcurrido el periodo del cortijo, en 1951, mis padres, por primera vez, consiguieron tener algo en propiedad: compraron en Torrempardo media casa que dividió una familia porque le resultaba muy grande. Con la marcha de Mercedes a casa de su suegra, que tenía más sitio que nosotros, y la de Lourdes que, una vez terminada la mili Benito, se instaló en Castillodonálvaro, quedaba espacio en la casa (a pesar de ser sólo media) para poner un bar en la planta baja y unas ovejas en el corral.
La vida en el pueblo era completamente distinta. Mis hermanas ya no tenían esas labores diarias en el campo que se limitaban a la época de recogida de la aceituna. Damián y yo cuidábamos las ovejas que había comprado mi padre y a las que pusimos nombre. Era un trabajo que nos entusiasmaba más que el asistir a las dos horas de clases particulares por las noches, que sustituían a la jornada diaria escolar, a la que no acudíamos por estar ocupados con las ovejas.
Recuerdo que, cuando pasábamos por las calles del pueblo con el rebaño, yo me colocaba delante y Damián detrás y, con mis diez años y los ocho de Damián, nos sentíamos mayores e importantes, sobre todo, cuando la gente les decía a mis padres que nos habían visto con las ovejas y lo majos que éramos. La verdad es que a pesar de la corta edad, teníamos talante de chavales maduros.
UN PUEBLO LLAMADO BARAKALDO
Pero esta situación no duró mucho. Por aquel entonces, los más decididos empezaron a desplazarse hacia Bilbao y Barcelona en busca de mejor suerte y mi padre, animado por un amigo y Andrés, el novio de Visitación, que ya estaban en Barakaldo, decidió vender las ovejas y desplazarse a Barakaldo con mis hermanas Visitación y Mª Luisa, para ver las posibilidades. Nada más llegar, por mediación de algunos conocidos del pueblo, comenzaron a trabajar: mi padre en Luchana, en la empresa Orconera, y mis hermanas en Retuerto, en la Fábrica de Garay.
Pasados unos meses le comunicaron a mi madre que vendiese la casa y preparásemos el viaje para Barakaldo, cosa que hizo con la ayuda de mi cuñado Miguel que también se embarcó con mi hermana Mercedes y mi sobrina María de corta edad.
EL LARGO VIAJE
El viaje Jaén-Bilbao, que entonces ocupaba un sin fin de horas, debió resultarle muy duro a mi madre, no sólo por el tiempo y los kilómetros, sino por el hecho de tener que desprenderse de la primera casa que habían tenido en propiedad, después de tantos años de inquilinos en el cortijo, y que, debido a la prisa y la necesidad de dinero para el viaje, quien la compró se aprovechó de la situación y le pagó poco más de lo que le costaron las maletas de madera y algún baúl para traer todo lo que teníamos.
Del viaje se encargó mi cuñado Miguel que sacó los billetes con reserva. Como llegamos con bastante antelación, nos colocamos todos en nuestros respectivos asientos sin ningún problema, hasta que en una de esas mil estaciones en las que paraba el tren, apareció el revisor con una señora muy bien vestida y quiso acomodarla en uno de los asientos que ocupábamos nosotros, a lo que mi cuñado se opuso mostrándoles las reservas. Después de una fuerte discusión, mi familia decidió hacerle un sitio apretándonos todos un poco más. Esto, al final, tuvo su recompensa. La señora, que vivía en Madrid, al saber que nosotros nos dirigíamos a Bilbao, se ofreció para llevarnos de una estación a otra e incluso nos acompañó a sacar los billetes para Bilbao, lo que nos facilitó el andar por Madrid sin ningún problema.
El viaje duró dos días y cuando por fin conseguimos dejar el tren en Barakaldo, lo prolongamos desde la estación del Desierto hasta El Regato en un tradicional “taxi” de la época. Lo conducía un hombre gordo con una blusa y una vara. Ya fue casualidad que, después de la distancia entre Torrempardo y Barakaldo, me volviese a encontrar con un mulo, similar al del cortijo, tirando de un carro repleto de maletas y bultos, con el hombre de la vara, mi madre y mi hermana, que llevaban sobre las rodillas a mi hermano Santiago, y mi sobrina María a bordo del mismo. Mientras, mi cuñado Miguel, Damián y yo, caminábamos detrás del carro. ¡Qué pena de foto! Lo peor estaba por llegar porque, cuando llegamos a la dirección que teníamos, nos dijeron que mi padre y mis hermanas se habían cambiado a la Carretera Nueva, hoy Avenida de Euskadi. Así que vuelta atrás y a seguir prolongando el largo viaje. Este contratiempo se debió a la lentitud del correo y a la situación de los trabajos de entonces que no les permitió a mis hermanas y a mi padre coger un día libre para recibirnos.
LOS AÑOS DE LA CARRETERA NUEVA
Por fin se acabó el interminable viaje y nos instalamos en casa de Juani, una viuda de Cádiz, con dos hijos de la edad de Damián y mía, y una hija, más o menos, de la de Santiago. Se había quedado viuda no hacía mucho y vivían con ella un cuñado, su cuñada y dos hijos de corta edad. A nosotros nos alquiló dos habitaciones con derecho a cocina, así que compartíamos el piso quince personas entre mayores y pequeños.
A pesar de que todo esto pudiera parecer imposible, la verdad es que fue un periodo de buena convivencia, hasta el punto de que a día de hoy mantenemos una buena amistad entre los que sobrevivimos. Pero también es cierto que se dieron muchos casos en los que tenían que ponerse candados en las habitaciones y algunos aseguran que, incluso, llegaron a ponerlos en las tapas de los pucheros.
Mi madre se apresuró, con la ayuda de Juani, a inscribirnos en la escuela de Arteagabeitia, que aún subsiste en el mismo lugar. Fue la primera vez que asistimos a una escuela nacional, pues en el pueblo las clases a las que acudíamos las impartía en su casa el “chato”, uno que debió estudiar para cura.
La escuela fue toda una novedad, que yo solo pude disfrutar un año, pues el 25 de Septiembre de 1956 comencé a trabajar de pinche en la Fábrica de Productos de Goma Garay, en Retuerto, donde ya trabajaban mis hermanas. Mi debut en la vida laboral, con trece años aún no cumplidos, me hizo sentirme importante, sobre todo cuando le entregaba el sobre semanal a mi madre.
Don Crescenciano Llorente, un buen maestro que estaba de director en Arteagabeitia, aconsejó a mi madre que yo asistiese, después de trabajar, a unas clases particulares que se daban en el colegio, después del horario lectivo, a fin de obtener el Certificado de Estudios Primarios. Así lo hicimos. Mis hermanos continuaron en ese centro escolar hasta que Damián fue a Maestría y Santiago a Paúles.
Mi hermana Mercedes y Miguel alquilaron una habitación con derecho a cocina muy cerca de nosotros, en lo que hoy es la calle Landabeko. También probaron suerte, en el Barakaldo de la época, Lourdes y mi cuñado Benito a quienes buscamos acomodo en el segundo piso de la casa donde vivíamos nosotros. Así que, a pesar de los kilómetros que habíamos recorrido, estábamos todos muy cerca. No duró esta situación mucho tiempo pues Lourdes y Benito, regresaron antes de un año y Mercedes y Miguel también se marcharon al pueblo. Estos últimos volvieron a Barakaldo otra corta temporada para regresar, definitivamente, al calor de Andalucía.
Por estas fechas, mi hermano Santiago hizo la primera comunión con un elegante traje y gran gozo de todos pues no solo fue la suya sino la primera de toda la familia, ya que, hasta esa fecha, no la habíamos celebrado ninguno. Así que el acontecimiento fue realmente extraordinario para todos.
Cuando Damián cumplió los 14 años ya estaba en Maestría haciendo la especialidad de ajustador e ingresó a trabajar en el taller de ajuste de Orconera, donde ya trabajábamos mi padre y yo. Después pasaría al taller mecánico donde adquirió una gran experiencia en reparación de todo tipo de vehículos. En cuanto a Santiago, cuando terminó el Bachillerato en Paúles, pasó a la Escuela de Maestría para hacer delineación, aunque nunca trabajó en esto ya que, al igual que nosotros, entró en Orconera, donde aprendió electricista, oficio que practicó muy poco, pues lo suyo fue la actividad sindical, que supo mantener antes y después del cambio político del régimen de Franco.
En Orconera consolidamos todos nuestro puesto de trabajo y, aunque más tarde desapareció para integrarse en Agruminsa, propiedad de Altos Hornos, al cerrarse la mina a finales de los 80, a todos nos respetaron la categoría profesional y la antigüedad en Altos Hornos de Vizcaya, donde nos prejubilamos.
EL CAMBIO A GOROSTIZA
Después de año y medio aproximadamente de compartir el piso con Juani y compañía, mi padre, a través de un empleado de Orconera que vivía en Gorostiza, consiguió alquilar otra media casa en este barrio. Se trataba de un caserío que había construido en la cuadra una vivienda con tres habitaciones, cocina y servicio. El cambio, aunque nos alejaba un poco del centro de Barakaldo, nos pareció una lotería. El alquiler no era mucho más caro y disfrutábamos de una vivienda para nosotros solos, pues sólo compartíamos la puerta de entrada del caserío, que no se pudo modificar debido a que la obra se realizó, cosa frecuente, sin permiso del Ayuntamiento.
En esta época apareció por casa Manuel, del pueblo, al que recibieron mis padres con cierta sorpresa porque trabajaba en Mondragón. Más tarde resultó ser el novio de mi hermana Mª Luisa. Total que, a mis padres, a pesar de los años, la natalidad no les abandonaba: habían dejado de tener hijos y ahora tenían yernos.
En el pueblo de la época, tenían una extraña costumbre: a las parejas de novios nunca les dejaban salir solos; así que mi madre quiso mantener las costumbres y me eligió a mí como “chico de confianza”, haciéndome ir de escolta con los cuatro cuando salían e casa. Los problemas surgían cuando querían ver una película de mayores y a mí no me dejaban entrar, cosa que siempre la resolvían haciéndome chantaje entre los cuatro: me sacaban entrada para otro cine y me daban una bolsa de pipas para comprar mi silencio. Menos mal que pronto se perdieron las costumbres del pueblo y me liberaron de este incómodo servicio en el que no quería quedar mal ni con mis hermanas ni con mi madre, que había depositado su confianza en mí.
En cuanto a mi estancia laboral en Garay, sólo duró año y medio pues, a raíz de una baja que tuve por intoxicación al inhalar gases de benzol pintando una caldera, aconsejado por la practicanta de la fábrica, que habló con mis hermanas, me fui a trabajar a Talleres Ereño de Burceña cuyos dueños eran primos de esta practicanta.
En Junio de 1958, aprovechando, que mi padre trabajaba en Orconera y los hijos de los trabajadores tenían preferencia para entrar en ella, me trasladé y comencé de pinche en el taller de calderería. Seguí en Agruminsa (cuando compró Orconera) y en Altos Hornos de Vizcaya (que absorbió a Agruminsa) donde terminé mi vida laboral el 31 de Octubre de 1995, año en que me prejubilaron al encontrarse A.H.V. en fase de desaparición.
Durante los años que vivimos en Gorostiza, mis hermanas Visitación y Mª Luisa, tuvieron tiempo de casarse. Ambas bodas se celebraron en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Retuerto. Visitación se fue a vivir con una cuñada a otro caserío de la zona, muy cerca de nosotros, y Mª Luisa se quedó a vivir con nosotros. Cuando nos trasladamos a María Auxiliadora, Visitación se reincorporó al clan familiar.
REGRESO AL CENTRO DE BARAKALDO
En 1960 el mismo empleado, que proporcionó a mi padre el contacto para ir a vivir a Gorostiza, le propuso la posibilidad de alquilarnos un piso que había comprado en la calle María Auxiliadora.
La oferta les pareció atractiva a mis padres. Esto nos permitió olvidarnos de aquellos paseos obligados para ir a trabajar a Luchana mi padre y yo, y a los colegios de Barakaldo a Damián y Santiago, además de estrenar un piso, en el que nos alojamos nosotros y mis hermanas Visitación y Mª Luisa. Total, casi como al comienzo de nuestra aventura en Barakaldo: tres matrimonios viviendo en un mismo piso, pero esta vez con la ventaja de que todos éramos de la misma familia. Aquí vivimos hasta que en 1964, compraron cada uno su propio piso. La primera fue Mª Luisa, en Llano. Después mis padres y Visitación, en la zona de Arteagabeitia.
Ni qué decir tiene la diferencia que notamos. Por fin tenía una habitación para mí solo y disfrutábamos de una sala de estar, cosa que hasta esa fecha no conocíamos, pues hasta entonces, eran las cocinas multiuso las que prestaban todos los servicios menos el de dormir y el del WC.
INICIO DE UNA NUEVA GENERACIÓN
Cerrada la etapa de la segunda generación, concerniente a la rama de la familia Quesada Arjonilla, entramos en la tercera, donde aparece el tercer Juan Quesada, que soy yo, y una Llanos (Esperanza), que darán apellidos a esta nueva rama familiar que empieza a nacer, un mes de Febrero de 1961, en la Plaza de Abajo, llamada también plaza de Vilallonga.
Después de un periodo de vernos solo unos ratos a la salida de la costura y los domingos en torno a la música, empezamos a ir algunas veces al cine, repitiéndose este programa hasta 1963, año en que terminé en Maestría y abandoné el oficio de calderero de 3ª en el taller de calderería de Orconera. En esa fecha me propusieron hacerme empleado para la Oficina de Métodos y Tiempos con la categoría de Técnico de Organización de 2ª, cosa que no dudé en aceptar. Con mis 20 años, con novia y empleado de corbata, me pareció tenerlo todo y dejé pasar una gran oportunidad para haber seguido estudiando, cosa que me pesó más tarde.
Tras el largo y obligatorio servicio militar, un trabajo estable y con siete años de noviazgo, nos empezó a entrar el nerviosismo y comenzamos a dar la lata en nuestras familias de que queríamos casarnos. Como no disponíamos de medios para adquirir una vivienda, porque tanto Esperanza como yo todo lo que ganábamos se lo entregábamos a nuestros padres les propusimos a mis suegros Vicente y Jesusa, dos estupendísimas personas que vivían solos, el irnos a vivir con ellos, hasta que nuestra situación económica nos permitiera independizarnos. Ellos, con mucho sentido común y porque su poder adquisitivo se lo permitía, nos dijeron que esperásemos un poco, hasta que comprasen un piso al que pudiésemos ir a vivir.
La razón se impuso a nuestra impaciencia y esperamos hasta que compraron un piso en Llano En cuanto montamos la cocina y amueblamos una habitación y la sala, el 19 de Septiembre de 1968, en la antigua parroquia del Buen Pastor de Luchana, tuvo lugar nuestra boda.
El inicio de la etapa matrimonial coincide con el final de otra etapa, la laboral, que me afectaba muy directamente, y que me llevó a vivir dos experiencias nuevas al mismo tiempo, la del matrimonio y la de unos intensos años compatibilizando el trabajo y los estudios nocturnos en la Universidad de Deusto.
En aquella época, las técnicas de controlar a cada persona para establecerle un rendimiento de producción, que era lo que yo hacía, estaban siendo sustituidas por otros sistemas más modernos y menos costosos, lo que hacía presagiar el final de esa actividad. Por eso me decidí a inscribirme en esos cursos nocturnos para formación de mandos intemedios que se impartían en la Universidad de Deusto. Aquí es cuando me pesó el haber abandonado los estudios en aquellos años de Maestría, pues notaba mi bajo nivel respecto a los que me rodeaban. No obstante, la responsabilidad que había adquirido al casarme me empujaba a superar las dificultades.
El curso duraba tres años y al finalizar el primero, como ya se estaba deshaciendo la oficina donde trabajaba, el jefe me propuso un puesto de responsable de relevos en el interior de la mina de Bodovalle en Gallarta. Al no ser compatible los relevos con el horario de la Universidadmrechacé la oferta.
Terminados esos cursos y pasado un corto período se predujo el cierre del departamento donde trabajaba y recolocan al personal en otras áreas. Yo recía en Administración y el jefe del Departamento me inscribió en otros cursos, esta vez de “Perfeccionamiento Administrativo”, para adaptarme al nuevo trababo y que se daban también en Deusto. Estos no los llegué a terminar por lo que puso fin a mi “corta carrera universitaria tardía”.
Con el paso de los años, debido más a mi constancia que a mi inteligencia y a la confianza de mis jefes, llegué a los puestos de Personal de Fuera de Convenio de Altos Hornos de Vizcaya, donde terminé mi vida laboral a los 52 años, en que salí como pre-jubilado.
En mayo de 1971, nos compramos nuestro primer coche, un Renault 8, que nos permitió desplazarnos hasta Villargómez y disfrutar de nuestras primeras vacaciones fuera de Barakaldo. Esta experiencia dejó tan grato recuerdo que pensamos repetirla al año siguiente en un bonito pueblo de la comarca del Alto Ebro (Burgos), un lugar mucho más cercano y atractivo, que mi amigo José Mª se encargó de enseñarme y de ponerme en contacto con la persona que nos alquiló un piso para la temporada de vacaciones.
Ese año le sacamos una gran rentabilidad a la mesa y sillas de camping que habíamos comprado. La casa era bastante incómoda. Tenía la cocina y el baño en la planta baja y arriba las habitaciones. Todo esto compartido con una “gran familia de ratones” por lo que procurábamos estar fuera todo lo más posible especialmente Esperanza, que no era muy amiga de los “pequeños vecinos” que estaban casi siempre haciendo simpáticas carreras.
Aunque no acertamos aquel año con el piso de veraneo, sí lo hicimos con el pueblo. Nos encantó de tal manera que al año siguiente, poco antes de Semana Santa, nos desplazamos para ver si alquilábamos algo mejor. Nos enseñaron dos pisos que se vendían y elegimos el que más nos gustó. Cuando vimos el del Convento nos gustó el sitio y el piso, así que dejamos una señal y regresamos a Barakaldo con la sorpresa de que en vez de alquilar para ese año, habíamos comprado para muchos años más. A partir de esa fecha, ha sido un lugar de muy buenos recuerdos para toda la familia. El piso lo compartimos durante las vacaciones escolares de Junio a Septiembre con mis suegros, mi madre y Amaya e Izaskun, las dos herederas hasta la fecha.
Al aumentar la familia con dos hijas, hizo que creciese también el coche al que cambiamos por el R-12 Familiar en el que podían ir siete personas gracias a unos asientos supletorios que aún están por el camarote: así viajábamos mis suegros, mi madre y nosotros, que ya éramos cuatro; después vendría Estíbaliz para completar la familia Quesada-Llanos.
En esas fechas (1981), estábamos haciendo planes para cambiarnos al piso que acabábamos de comprar, en el centro de Barakaldo, para estar más cerca del Colegio donde iban nuestras hijas. El cambio nos gustó tanto que, hoy día, seguimos viviendo en él[3] disfrutando de la jubilación y de los nietos Idoia, Iñaki y Edurne que forman parte de la 5ª generación.
[1] Nuestro estudio se ha reducido, de momento, a los Libros de Bautismos de las Parroquias de San Ignacio (Róntegi) y El Carmen (Desierto-Lasesarre). En ambos casos referentes a las décadas 70, 80 y 90 del siglo XX.
[2] El relato, excelentemente encuadernado y con múltiples fotografías, está redactado el año 2011.
[3] El relato que se nos ha proporcionado continúa con múltiples detalles que, para el interés de nuestro recorrido, es menos significativo.
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